BAJO-CUBIERTA

Allá abajo pasaban otras escenas.

Sentados en bancos y en pequeños taburetes de madera, entre maletas,

cajones, cestos y tampipis, á dos pasos de la máquina, al calor de

las calderas, entre vaho humano y olor pestilente de aceite, se veía

la inmensa mayoría de los pasageros.

Unos contemplan silenciosos los variados paisajes de la orilla,

otros juegan á las cartas ó conversan en medio del estruendo de las

palas, ruido de la máquina, silbidos de vapor que se escapa, mugidos

de agua removida, pitadas de la bocina. En un rincon, hacinados como

cadáveres, dormían ó trataban de dormir algunos chinos traficantes,

mareados, pálidos, babeando por los entreabiertos labios, y bañados en

el espeso sudor que se escapa de todos sus poros. Solamente algunos

jóvenes, estudiantes en su mayor parte, fáciles de reconocer por

su traje blanquísimo y su porte aliñado, se atrevían á circular de

popa á proa, saltando por encima de cestos y cajas, alegres con la

perspectiva de las próximas vacaciones. Tan pronto discutían los

movimientos de la máquina tratando de recordar nociones olvidadas de

Física, como rondaban al rededor de la joven colegiala, de la buyera

de labios rojos y collar de sampagas, susurrándoles al oido palabras

que las hacían sonreir ó cubrirse la cara con el pintado abanico.

Dos, sin embargo, en vez de ocuparse en aquellas galanterías pasageras,

discutían en la proa con un señor de edad, pero aun arrogante y bien

derecho. Ambos debían ser muy conocidos y considerados á juzgar por

ciertas deferencias que les mostraban los demás. En efecto, el de más

edad, el que va vestido todo de negro era el estudiante de Medicina

Basilio, conocido por sus buenas curas y maravillosos tratamientos. El

otro, el más grande y más robusto con ser mucho más joven, era Isagani,

uno de los poetas ó cuando menos versistas que salieron aquel año del

Ateneo, caracter original, de ordinario poco comunicativo, y bastante

taciturno. El señor que hablaba con ellos era el rico Capitan Basilio

que venía de hacer compras en Manila.

--Capitan Tiago va muy regular, sí señor, decía el estudiante moviendo

la cabeza; no se somete á ningun tratamiento... Aconsejado por alguno

me envía á S. Diego so pretesto de visitar la casa, pero es para que

le deje fumar el opio con entera libertad.

El estudiante cuando decía alguno, daba á entender el P. Irene,

gran amigo y gran consejero de Capitan Tiago en sus últimos días.

--El opio es una de las plagas de los tiempos modernos, repuso el

Capitan con un desprecio é indignacion de senador romano; los antiguos

lo conocieron, mas nunca abusaron de él. Mientras duró la aficion

á los estudios clásicos (obsérvenlo bien, jóvenes) el opio solo fué

medicina, y si no, díganme quiénes lo fuman más. ¡Los chinos, los

chinos que no saben una palabra de latin! ¡Ah si Capitan Tiago se

hubiese dedicado á Ciceron!...

Y el disgusto más clásico se pintó en su cara de epicúreo bien

afeitado. Isagani le contemplaba con atencion: aquel señor padecía

la nostalgia de la antigüedad.

--Pero, volviendo á esa Academia de Castellano, continuó Capitan

Basilio; les aseguro á ustedes que no la han de realizar...

--Sí señor, de un día á otro esperamos el permiso, contesta Isagani;

el P. Irene, que usted habrá visto arriba, y á quien regalamos una

pareja de castaños, nos lo ha prometido. Va á verse con el General.

--¡No importa! ¡el P. Sibyla se opone!

--¡Que se oponga! Por eso viene para... en Los Baños, ante el General.

Y el estudiante Basilio hacía una mímica con sus dos puños haciéndolos

chocar uno contra el otro.

--¡Entendido! observó riendo Capitan Basilio. Pero aunque ustedes

consigan el permiso, ¿de dónde sacarán fondos...?

--Los tenemos, señor; cada estudiante contribuye con un real.

--Pero ¿y los profesores?

--Los tenemos; la mitad filipinos y la mitad peninsulares.

--Y ¿la casa?

--Makaraig, el rico Makaraig cede una de las suyas.

Capitan Basilio tuvo que darse por vencido: aquellos jóvenes tenían

todo dispuesto.

--Por lo demás, dijo encogiéndose de hombros, no es mala del todo, no

es mala la idea, y ya que no se puede poseer el latin, que al menos

se posea el castellano. Ahí tiene usted, tocayo, una prueba de cómo

vamos para atrás. En nuestro tiempo aprendíamos latin porque nuestros

libros estaban en latin; ahora ustedes lo aprenden un poco pero no

tienen libros en latin, en cambio sus libros estan en castellano

y no se enseña este idioma: ¡ætas parentum pejor avis tulit nos

nequiores! como decía Horacio.

Y dicho esto se alejó magestuosamente como un emperador romano. Los

dos jóvenes se sonrieron.

--Esos hombres del pasado, observó Isagani, para todo encuentran

dificultades; se les propone una cosa y en vez de ver las ventajas

solo se fijan en los inconvenientes. Quieren que todo venga liso y

redondo como una bola de billar.

--Con tu tío está á su gusto, observó Basilio; hablan de sus antiguos

tiempos... Oye, á propósito ¿qué dice tu tío de Paulita?

Isagani se ruborizó.

--Me echó un sermon sobre la eleccion de esposa... Le contesté que

en Manila no había otra como ella, hermosa, bien educada, huérfana...

--Riquísima, elegante, graciosa, sin más defectos que una tía ridícula,

añadió Basilio riendo.

Isagani se rió á su vez.

--A propósito de la tía, ¿sabes que me ha encargado busque á su marido?

--¿Doña Victorina? ¿Y tú se lo habrás prometido para que te conserve

la novia?

--¡Naturalmente! pero es el caso que el marido se esconde

precisamente... ¡en casa de mi tío!

Ambos se echaron á reir.

--Y hé aquí, continuó Isagani, el por qué mi tío que es un hombre

muy concienzudo, no ha querido entrar en la cámara, temeroso de

que doña Victorina le pregunte por don Tiburcio. ¡Figúrate! Doña

Victorina, cuando supo que yo era pasagero de proa, me miró con

cierto desprecio...

En aquel instante bajaba Simoun y al ver á los dos jóvenes,

--¡Adios, don Basilio!, dijo saludando en tono protector, ¿se va de

vacaciones? ¿El señor es paisano de usted?

Basilio presentó á Isagani y dijo que no eran compoblanos, pero que

sus pueblos no distaban mucho. Isagani vivía á orillas del mar en la

contra costa.

Simoun examinaba á Isagani con tanta atencion, que molestado éste se

volvió y le miró cara á cara con un cierto aire provocador.

--Y ¿qué tal es la provincia? preguntó Simoun volviéndose á Basilio.

--¿Cómo, no la conoce usted?

--¿Cómo diablos la he de conocer si no he puesto jamás los piés en

ella? Me han dicho que es muy pobre y no compra alhajas.

--No compramos alhajas porque no las nececitamos, contestó secamente

Isagani, picado en su orgullo de provinciano.

Una sonrisa se dibujó en los pálidos labios de Simoun.

--No se ofenda usted joven, repuso, yo no tenía ninguna mala intencion

pero como me habían asegurado que casi todos los curatos estaban

en manos de clérigos indios, yo me dije: los frailes se mueren por un

curato y los franciscanos se contentan con los más pobres, de modo

que cuando unos y otros los ceden á los clérigos, es que allí no se

conocerá jamás el perfil del rey. ¡Vaya señores, vénganse ustedes á

tomar conmigo cerveza y brindaremos por la prosperidad de su provincia!

Los jóvenes dieron las gracias y se escusaron diciendo que no tomaban

cerveza.

--Hacen ustedes mal, repuso Simoun visiblemente contrariado; la

cerveza, es una cosa buena, y he oido decir esta mañana al P. Camorra

que la falta de energía que se nota en este país se debe á la mucha

agua que beben sus habitantes.

Isagani que casi era tan alto como el joyero, ¡se irguió!

--Pues dígale usted al P. Camorra, se apresuró á decir Basilio tocando

con el codo disimuladamiente á Isagani, dígale usted que si él bebiese

agua en vez de vino ó de cerveza, acaso ganásemos todos y no diese

mucho que hablar...

--Y dígale, añadió Isagani, sin hacer caso de los codazos de su

amigo, que el agua es muy dulce y se deja beber, pero ahoga al vino

y á la cerveza y mata al fuego; que calentada es vapor, que irritada

es océano ¡y que una vez destruyó á la humanidad é hizo temblar al

mundo en sus cimientos!

Simoun levantó la cabeza y aunque su mirada no se podía leer oculta

por sus gafas azules, en el resto de su semblante se podía ver que

estaba sorprendido.

--¡Bonita réplica! dijo; pero témome que se guasee y me pregunte cuándo

se convertirá el agua en vapor y cuándo en océano. ¡El P. Camorra es

algo incrédulo y muy zumbon!

--Cuando el fuego lo caliente, cuando los pequeños ríos que ahora

se encuentran diseminados en sus abruptas cuencas, empujados por

la fatalidad se reunan en el abismo que los hombres van cavando,

contestó Isagani.

--No, señor Simoun, añadió Basilio tomando un tono de broma. Repítale

usted más bien estos versos del mismo amigo Isagani:

Agua somos, decís, vosotros fuego;

Como lo querais, ¡sea!

¡Vivamos en sosiego

Y el incendio jamás luchar nos vea!

Sino que unidos por la ciencia sabia

De las calderas en el seno ardiente,

Sin cóleras, sin rabia,

¡Formemos el vapor, quinto elemento,

Progreso, vida, luz y movimiento!

--¡Utopía, utopía! contestó secamente Simoun; la máquina está por

encontrarse... en el entretanto tomo mi cerveza.

Y sin despedirse dejó á los dos amigos.

--Pero ¿qué tienes tú hoy que estás batallador? preguntó Basilio.

--Nada, no lo sé, pero ese hombre me da horror, miedo casi.

--Te estaba tocando con el codo; ¿no sabes que á ese le llaman el

cardenal Moreno?

--¿Cardenal Moreno?

--O Eminencia Negra, como quieras.

--¡No te entiendo!

--Richelieu tenía un consultor capuchino á quien llamaban Eminencia

Gris; pues éste lo es del General...

--¿De veras?

--Como que lo he oido de alguno... que siempre habla de él mal detrás,

y le adula cuando le tiene delante.

--¿Visita tambien á Capitan Tiago?

--Desde el primer día de su llegada, y por cierto que un cierto le

considera como rival... en la herencia... Y creo que va á verse con

el General para la cuestion de la enseñanza del castellano.

En aquel momento un criado vino para decir á Isagani que su tío

le llamaba.

En uno de los bancos de popa y confundido con los demás pasageros

se sentaba un clérigo contemplando el paisaje que se desplegaba

sucesivamente á su vista. Sus vecinos le hacían sitio, les hombres,

cuando pasaban cerca, se descubrían y los jugadores no osaban poner

su mesa cerca de donde él estaba. Aquel sacerdote hablaba poco, no

fumaba ni adoptaba maneras arrogantes, no desdeñaba mezclarse con

los demás hombres y devolvía el saludo con finura y gracia como si

se sintiese muy honrado y muy reconocido. Era ya de bastante edad,

los cabellos casi todos canos, pero su salud parecía aun robusta y,

aunque sentado, tenía el tronco erguido y la cabeza recta, pero sin

orgullo ni arrogancia. Diferenciábase del vulgo de clérigos indios,

pocos por demás, que por aquella época servían como coadjutores ó

administraban algunos curatos provisionalmente, en cierto aplomo y

gravedad como quien tiene conciencia de la dignidad de su persona y

de lo sagrado de su cargo. Un ligero examen de su exterior, si no

ya sus cabellos blancos, manifestaba al instante que pertenecía á

otra época, á otra generacion, cuando los mejores jóvenes no temían

exponer su dignidad haciéndose sacerdotes, cuando los clérigos

miraban de igual á igual á los frailes cualesquiera, y cuando la

clase, aun no denigrada y envilecida, pedía hombres libres y no

esclavos, inteligencias superiores y no voluntades sometidas. En su

rostro triste y serio se leía la tranquilidad del alma fortalecida

por el estudio y la meditacion y acaso puesta á prueba por íntimos

sufrimientos morales. Aquel clérigo era el P. Florentino, el tío de

Isagani y su historia se reduce á muy poco.

Hijo de una riquísima y bien relacionada familia de Manila, de

gallardo continente y felices disposiciones para brillar en el mundo,

jamás había sentido vocacion sacerdotal; pero, su madre, por ciertas

promesas ó votos, le obligó á entrar en el seminario despues de no

pocas luchas y violentas discusiones. Ella tenía grandes amistades

con el arzobispo, era de una voluntad de hierro, é inexorable como

toda mujer devota que cree interpretar la voluntad de Dios. En vano

se opuso el joven Florentino, en vano suplicó, en vano se escusó

con sus amores y provocó escándalos; sacerdote tenía que ser y á los

veinticinco años sacerdote fué: el arzobispo le confirió las órdenes,

la primera misa se celebró con mucha pompa, hubo tres días de festin

y la madre murió contenta y satisfecha dejándole toda su fortuna.

Pero en aquella lucha recibió Florentino una herida de la que jamás

se curó: semanas antes de su primera misa, la mujer que más había

amado se casó con un cualquiera, de desesperacion; aquel golpe fué

el más rudo que sintiera jamás; perdió su energía moral, la vida le

fué pesada é insoportable. Si no la virtud y el respeto á su estado,

aquel amor desgraciado le salvó de los abismos en que caen los curas

regulares y seglares en Filipinas. Dedicóse á sus feligreses por deber,

y por aficion, á las ciencias naturales.

Cuando acontecieron los sucesos del setenta y dos, temió el

P. Florentino que su curato por los grandes beneficios que rendía

llamase la atencion sobre él, y pacífico antes que todo solicitó su

retiro, viviendo desde entonces como particular en los terrenos de su

familia, situados á orillas del Pacífico. Allí adoptó á un sobrino,

á Isagani, segun los maliciosos hijo suyo con su antigua novia cuando

enviudó, hijo natural de una prima suya en Manila segun los más serios

y enterados.

El Capitan del vapor había visto al clérigo é instádole á que entrára

en la cámara y subiese sobre-cubierta. Para decidirle había añadido:

--Si usted no va, los frailes creerán que no quiere reunirse con ellos.

El P. Florentino no tuvo más remedio que aceptar y mandó llamar á su

sobrino para enterarle de lo que sucedía y recomendarle no se acercase

á la cámara mientras estuviese allí.

--Si te ve el Capitan, te va á invitar y abusaríamos de su bondad.

--¡Cosas de mi tío! pensaba Isagani; todo es para que no tenga motivos

de hablar con doña Victorina.

El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · 第 9 / 83 题