A CONFEDERAÇAO DOS TAMOYOS, POEMA POR DOMINGO GONSALVES DE MAGALHAES

(Rio Janeiro en casa de Paula Brito, impresor de la corte. 1856. 1 v. fol.

men. de 340 pags.)

....Se siente ondear como á manera de un perfume de flores de la

India en ese poema escrito bajo el cielo del trópico. Los dulces

acentos de su melancolia en nada han alterado los fenómenos; y al

dar el arte mayor poder á las impresiones sabe añadir grandeza y

exactitud á las imágenes como le acontece toda vez que ocurre á

fuentes puras.

(A. DE HUMBOLDT, _hablando de la grande epopeya de los

portugueses._)

Los indios Tamoyos fueron para la ciudad de Rio Janeiro, lo que los

Querandies para Buenos Aires,--los primitivos y denodados habitantes de la

tierra en que el conquistador europeo plantó la cruz afianzándola con la

espada.

No hay americano dotado de sensibilidad y de fantasia que al hojear las

crónicas y leyendas patrias no sienta fraguarse en su cabeza el poema

animado de aquellas luchas en que se cruzaba la espada y la _macana_[16],

la bala del mosquete y del arcabuz con la flecha armada del colmillo de

un yaguar, del hueso de un yacaré ó del fragmento de un pedernal aguzado

á fuerza de paciencia. La inocencia iba desnuda por una parte, sin mas

loriga que una musculatura que raza alguna puede mostrar mas consistente,

y por otra la estrategia y la disciplina militar se presentaban revestidas

del acero de las cotas de malla. Los unos tenian á su servicio el rayo de

los cañones; apenas si los otros podian disparar con mal amaño algunos

haces de arbustos encendidos en el estremo de sus flechas para destruir

las tiendas de campaña que se han convertido en ciudades.

Algunos americanos del habla española, durante el gobierno metropolitano,

emprendieron escursiones de mal éxito en ese campo seductor. Saavedra

Guzman cantó las hazañas de Hernan Cortés desde su arribo á las costas

mejicanas hasta la aleve prision de Guatimozin. Pedro de Oña, nacido bajo

la tienda de un conquistador, ha cantado las mismas proezas que dieron á

Ercilla una celebridad tan persistente. Peralta Barnuevo, bajo el título

de _Lima fundada_ compuso mil ciento cuarenta octavas, para _decantar_

toda la historia del descubrimiento y sujecion de las provincias del Perú

por el marqués de los Atabillos.

Estos poemas impresos por primera vez en 1599, 1605 y 1732, fueron

compuestos bajo influencias poco favorables al aprovechamiento de la

abundante cosecha de poesía verdadera y orijinal que presentaban sus

asuntos. Los autores de esos poemas, á pesar de su oríjen indijena, se

apasionaron mas que el mismo autor madrileño de la Araucana, de los

héroes castellanos, dejando sin relieve la constancia de los naturales en

la defensa audaz, y paciente al mismo tiempo, del suelo patrio. Tampoco

acertaron á interesar la sensibilidad del lector con los inauditos é

inmerecidos padecimientos de los desventurados moradores de este nuevo

mundo, condenados por la fatalidad de leyes inmutables y ajenas al

criterio humano, á abonar con sangre y con sudores de muerte el terreno en

que la Europa habia de establecer la civilizacion cristiana.

En esas largas epopeyas, dignas no obstante de ser leidas, no hay que

buscar la perspectiva artística ni el fondo natural del paisaje, en

cuyos primeros planos se agrupan ex-abrupto los personajes y se traman y

desenvuelven las escenas de dramas siempre bélicos en cuyo desenlace es

casi siempre seguro el exterminio de una tribu y la desaparicion de un

idioma. A veces la buena intencion amanece en el espíritu de los autores y

esperimentan como una vision confusa de la magnificencia de la naturaleza

vírjen y de lo pintoresco de las costumbres y usos primitivos. Pero, ni

esa yntension es perseverantemente auxiliada por la voluntad, ni la vision

llega á tomar cuerpo bastante para que se aperciba bien. De manera, que,

esos poemas, por lo jeneral, parece que tuviesen por teatro el vacío, y

que sus héroes, que tan recios mandobles se regalan, fuesen creaciones

osiánicas de aquellas que escojen la rejion de las nubes para campo de sus

batallas fantásticas.

Es verdad que Peralta, imitando sin duda á alguien, forma en verso la

nomenclatura descriptiva de los frutos y flores peculiares á los climas

tropicales del Perú, sin olvidar la _granadilla_ ó pasionaria en cuyos

pétalos vé con los ojos de una fé sencilla y sincera los instrumentos

del mas santo de los martirios. Pero al consagrar un canto especial á

esta materia, la separa y aisla, siguiendo el método científico de los

historiadores jesuitas de América que destinan un libro aparte á sus

crónicas, á los productos, maravillas y fenómenos de la naturaleza;

algunas veces bien mal observados y peor descriptos, sea dicho de paso.

Aunque el poeta verdaderamente inspirado, inventa, y se adelanta á los

preceptistas y dá á estos la materia para que por ella sientan y deriven

sus reglas y establezcan la disciplina literaria de la composicion, del

gusto y del estilo; aunque el arte antiguo, fuente eterna y perenne de

la verdadera y sabia inspiracion, pudo haber dado á los adeptos de su

escuela medios suficientes para sacar todo el fruto que les brindaba

la orijinalidad del nuevo continente,--sin embargo, así como el

descubrimiento de la cuarta parte del mundo fué reservado al siglo XVI

(siglo de grandes novedades) así parece reservado al presente, en que la

humanidad ensancha tanto sus fuerzas, el conocimiento completo de los

ricos mineros que para la imajínacion y el arte encierra este suelo tan

querido y risueño. El jénio apenas si ha comenzado su explotacion; pero

ha dado ya los primeros pasos, y en esta como en toda ruta desconocida el

señalamiento del rumbo es casi una prenda de seguridad para el acierto y

realizacion de la jornada.

La América necesitaba emanciparse para tener conciencia de si propia. El

astro de la monarquía señalaba la direccion en que habian de jirar las

plantas vivaces y jugosas que brotaban entre nosotros en el terreno de la

intelijencia. La antigüedad y la superioridad de las escuelas; la mayor

y mas próxima proteccion al injenio, la facilidad para instruirse y para

producir por la prensa, redujeron por largos años á los hombres estudiosos

de América á la humilde condicion de pupilos de los peninsulares,

precipitándose con la exajeracion que es natural, por el lamentable

despeñadero abierto por el gongorismo y por los _cultos_ al abatimiento de

las letras españolas. Cuánto talento, cuánta erudicion, cuántas bellísimas

dotes han malgastado los antiguos americanos en escribir versos hinchados

y prosa tan inflada que no resistirian á la picadura de un alfiler! Y

sin embargo, cuánta perla de buen oriente podria hacer brillar al sol el

paciente erudito que de entre aquella lobreguez de mal gusto estrajese lo

que es pena que permanezca en olvido!

Aquel meteoro social que en el segundo lustro de este siglo cundió por

las colonias españolas y electrizó las almas, fué una verdadera ráfaga de

luz celestial. Llovieron tambien entonces lenguas de fuego sobre cabezas

nuevas é ignoradas, y comenzó la conquista de la doctrina democrática y de

los justos derechos del individuo, por medio de la espada de los héroes

improvisados y de la palabra de los oradores y poétas que de nadie habian

aprendido el arte de conmover, y de avasallar las voluntades.

El nombre de Olmedo se asocia perdurable al del vencedor en Junin, como se

asociaron mas tarde los de Lafinur y de Belgrano, de Luca y San Martin,

de D. J. C. Varela y de Alvear. Fernandez Madrid emplea las formas de la

elejía antigua para avivar el resentimiento de la opresion y el espíritu

de emancipacion, presentando cuadros patéticos de los padecimientos de

aquel Inca cuya empinada estatura no alcanzó á saciar la codicia de oro

de sus vencedores y se hundió en el sepulcro con todo su imperio y sus

códigos. Heredia desde las alturas monumentales de Cholula se engolfa

en sublimes meditaciones sobre las jeneraciones y pueblos desaparecidos

de sobre el suelo de Anahuac; llora en el destierro la ausencia del sol

tropical de su cuna; traslada al verso las magnificencias del Niagara, y

se convierte sin sentirlo en creador inspirado de un jénero de literatura

americana en la cual, entre nosotros, es el Sr. D. José Marmol su succesor

y rival en este torrente de armonías y de reflejos de rubíes y diamantes

que él ha llamado _El Peregrino_.

En las obras firmadas con estos nombres, y en otras que no es del caso

mencionar, se halla la solucion práctica de esta cuestion tantas veces

planteada: existe, es posible una literatura americana?

Seria largo transcribir todo lo que en crédito y elógio de nuestros

injenios anteriores á la revolucion han espresado los literatos

peninsulares. Nos limitaremos á citar unos cuantos entre los eminentes

escritores estranjeros que, de paso, han resuelto afirmativamente aquel

problema.

«La raza criolla, dice M. de Sainte-Beuve, parece creada para darse al

canto, y á los sueños de la fantasía.»--«Resplandeciente de juventud, la

América debe concebir pensamientos tan nuevos y flamantes como ella.....

En aquellas comarcas mimadas sin tasa por la naturaleza, el pensamiento

debe ensancharse á par del espectáculo que ante él se ostenta..... La

América debe permanecer ajena á toda imitacion y solo la cuadra tomar

por guía á la observacion propia.»--De esta manera se ha expresado un

historiador frances de la literatura brasílica. Cuando el jenio de

águila de Humboldt, en su mas reciente y notable produccion, examina

la parte que ha cabido á la pintura de paisage en los progresos del

estudio de la naturaleza, ha estampado los siguientes líneas que parecen

dictadas al pincel del artista por la observacion, esta gran reveladora

de las verdades: «Existen en la América del sur, (leemos en el Kosmos)

populosas ciudades que se alzan hasta cerca de 13 mil pies sobre el nivel

del Oceano. La vista descubre desde aquellas alturas toda la variedad

de vejetales que proviene de la diversidad de los climas. Cuanto no

debemos esperar de los esfuerzos del arte aplicados á la naturaleza,

cuando desapareciendo la discordia y reinando las institucionos libres

se despierte en aquellas rejiones el sentimiento del arte!» _Ut pictura

poesis._

El viejo mundo espera las revelaciones del nuevo en los fenómenos de la

imajinacion, del sentimiento y del estilo, y es en este concepto que M.

Augusto de Saint-Hilaire, examinando una obra americana de ciencia y de

erudicion, dijo no ha muchos años: «Tambien ellos (los hijos de América)

tienen mucho que enseñarnos.»

Sin mengua de mérito alguno, sin desvirtuar los esfuerzos anteriores

espontaneos, ó premeditados, para dar color nacional ó indijena á las

producciones de la fantasía, puede asentarse como príncipio jeneral que,

hasta la época en que aparecieron las doctrinas y las obras llamadas

románticas, ese color no ha sido subido ni intencional de veras en los

poetas sud-americanos. D. Estevan Echeverria es el primero entre los

nuestros que emprende la pintura de la fisonomia poética del desierto,

colocando en la vasta soledad de la pampa dos seres de su invencion,

seres que al mismo tiempo son reales por los hábitos, por las escenas en

que son actores y por los sentimientos de la sociedad que reflejan.

_La Cautiva_ señala una época notable en las letras del Rio de la Plata y

establece un punto nuevo de partida á nuestra novel y escasa literatura

poética.

La marcha que de la poesia española en América hemos tratado de trazar

en pocos renglones, es en gran parte la misma que han seguido las

producciones de la musa en la parte de nuestro continente que habla y

escribe en portugues. Con la diferencia única que habiéndose conservado la

unidad nacional en el imperio, no ha habido alli dispersion en la familla

de los poetas anteriores á la emancipacion, formando todos un _Parnaso_

mas numeroso, mas homojeneo y tambien mas característico.

Santa Rita Duráo que canta las aventuras de Diego Alvarez, el _hijo del

trueno_ y _dragon de los mares_, pertenece al siglo de Peralta, y su

_Caramurú_ puede hacer juego en sus bellezas y lunares con el poema de

_Lima Fundada_. Entre la aparicion del _Caramurú_ en 1781 y la del poema

titulado el _Uruguay_, digno de la atencion de los lectores argentinos

bajo muchos respectos, puede colocarse un gran número de producciones de

la musa brasilera á las cuales como á las nuestras de aquellos mismos

tiempos es aplicable el juicio que hace de ellas el ilustrado autor de

la _historia de la poesia_ y de la _lengua portuguesa_, al frente del

Parnaso lusitano[17]. «Cierto es (dice) que las majestuosas y nuevas

escenas de la naturaleza de aquella vasta rejion debieran haber dado

á sus poetas mas orijinalidad, mas variedad en las imájenes, en la

espresion y en el estilo. Pero debe tenerse en cuenta para su descargo

que el espíritu nacional fué apagado en esos injenios por la educacion

europea: manifiestan como á manera de recelo de mostrarse americanos; de

donde proviene cierta afectacion é impropiedad que desluce sus mejores

cualidades.»

Pero donde el sincronismo histórico entre una y otra literatura viene á

ponerse de bulto, es cuando se personifican en D. Estevan Echeverria, y en

el Sr. Magalháes autor del poema cuyo título encabeza este escrito.

El Sr. Magalháes nació en el suelo pintoresco de Rio Janeiro y recibió

una educacion literaria apropiada al sano desarrollo de las dotes

intelectuales que debia á la naturaleza. Los autores que primero manejó,

fueron los que en un tiempo no muy distante se apellidaban clásicos como

por escarnio. Los poetas é historiadores de aquellas dos fecundas y

seductoras literaturas que envueltas en el sudario oscuro de sus muertos

idiomas reviven con cada jeneracion, cada vez mas brillantes y mejor

comprendidas, abrieron las puertas de la orijinalidad al Sr. Magalháes. Él

no hubiera podido llegar á ser innovador y á señalar nuevas rutas, si no

se hubiese robustecido con el estudio de aquellos maestros: ellos enseñan

por donde y como se llega á la fuente de toda poesía que es la naturaleza,

en las cosas, y en el hombre, en las profundidades del alma y en esa

region de los meteoros de la luz y de colores que se llama la fantasía.

* * * * *

El Sr. Magalháes apareció como Echeverria cuando menos se le esperaba,

trayendo como este el sentimiento, el colorido, la melancolia y el

perfume relijioso que traspiran en las composiciones de Chateaubriand

y de Lamartine. El libro con que se hizo notar el Sr. Magalháes

titulábase--_Suspiros poéticos e saudades_; portada bien significativa

para preparar al hallazgo de las dulces penas y de las nobles esperanzas

encerradas en aquellas pájinas aplaudidas del público y hábilmente

apreciadas en su tiempo por escritores de nota como Evaristo Ferreira y el

vizconde de Cayrú. Echeverria denominó _consuelos_ á la primera coleccion

de poesías que publicó en 1834. «He denominado así estas fugaces melodías

de mi lira, decía el autor en una nota, porque ellas divirtieron mi dolor

y han sido mi único alivio en dias de amargura. Ellas pintan en bosquejo

el estado de mi ánimo en una época funesta»..... Los _Consuelos_ eran el

canto de la resurreccion penosa de una alma que casi había naufragado para

siempre. Los _Suspiros Poéticos_ salvaron á su autor á las puertas ya del

sepulcro sembrándole de agradables perspectivas para lo futuro el tiempo

de su convalescencia. «Moribundo estaba, dice Magalháes, cuando mis amigos

los mandaron imprimir para consolar el último crepúsculo de mi existencia.

Querian adormecerme el alma y volverla á la vida. Lo consiguieron, y este

libro fué mi salvador.»

El Sr. Magalháes recobró sus fuerzas para emplearlas en nuevas y mas

sérias tareas: escribió varios dramas, el _Olgiato_, _Antonio José_,

_Mazanielo_ _etc._, y cooperó como secretario del ilustre Baron de Caxias

á la hábil pacificacion de Rio Grande, trabajo en que no brilló menos

la discrecion que la clemencia, únicos remedios heróicos para curar las

heridas causadas por las armas de hermanos cuando se vuelven unos contra

otros por instigacion del infierno. Dice á favor del juicio y del carácter

del Sr. Magalháes el haber contribuido á que se procediese de una manera

jenerosa en una querella de familia. Eso es amoldarse á los consejos de la

historia, mostrar una política profunda y comprender bien la índole de la

filosofía que preside á la direccion de los hechos y de las costumbres del

siglo. Cuando el Cristo vino á redimir el mundo de las pasiones paganas

traia en los dos brazos de su cruz estas palabras: caridad, perdon;

palabras que supieron fecundar unos humildes pescadores, pero que no han

sido comprendidas por el orgullo de algunos sabios.

El arjentino autor de los _Consuelos_ se vió precisado á abandonar sus

bienes de fortuna y su pais al dia siguiente de haberle dotado con

la segunda edicion de aquellos cantos tan nobles y armoniosos, y fué

á morir prematuramente en tierra estraña en medio de una lucha civil

encarnizada cuyo término no podia preveer. Su lira de paz sonó dos veces

en el estranjero para llorar la sangre inocente y la mala estrella de

sus compatriotas, en los campos del sur de Buenos-Aires y en la victoria

de Oribe, cuyo botin fué la cabeza de Avellaneda presentada oficialmente

á Rosas. El último éco que escucharon sus oidos no fué el de la voz de

sus amigos, casi todos dispersos, sino el del cañon del asedio de la

nueva Troya. El pasó su vida en esa árdua tarea que consiste segun la

espresiva idea de un poeta francés en _faire un avenir á sa tombe_. Y sin

embargo sus restos no descansan al lado de sus padres, sino en un rincon

estranjero y olvidado.

Antes de entrar al lijero anális que nos proponemos hacer del poema del

Sr. Magalháes, queremos fijarnos un momento sobre su dedicatoria al

emperador.

Nos llama la atencion esta dedicatoria, por que al poner un poéta una

produccion suya en manos de un monarca, necesita para no pasar por

lisonjero fundar su predileccion en razones que honren al autor y al

Mecenas. No es el súbdito rendido, ni el cortesano de vértebras flexibles

quien se inclina con aquella admiracion rastrera que tanto afea las

pájinas primeras de muchos buenos libros, sino el hombre que halla en

el monarca las calidades que exije para sus amigos. La dedicatoria del

Sr. Magalháes es la noble accion de un ciudadano libre pero agradecido

y la espresion razonada de ese mismo agradecimiento. Bajo las formas

cultas y pulimentadas con el roce social puede haber tanta independencia

democrática como en las declamaciones de _Bruto_ en la trajedia

filosófica. «No es la gratitud del individuo, dice el poeta á su soberano,

sino el sentimiento patriótico de reconocimiento por la justicia y _el

amor á las instituciones libres_ que distinguen á V. M. lo que me induce

á ofrecerle este trabajo literario.»

Y para que nadie pueda tacharle de inexacto hace la siguente reseña

de las conquistas alcanzadas por el Brasil en el terreno fundamental

de la civilizacion, bajo el ala de la buena índole del monarca. “La

instruccion pública propagada y protejida (añade), la entera libertad de

imprenta, la independencia de la tribuna y la libertad de los cultos,

los puestos públicos abiertos á todos los talentos y capacidades, las

trabas del comercio rotas, todos estos grandes bienes y los que de ellos

necesariamente se derivan, están ahí para presentar al Brasil como una

nacion constituida con arreglo á la dignidad de la naturaleza humana, y

conforme al dictamen de la razon ilustrada y de la buena política, y para

dar al mismo tiempo de V. M. I. una idea al mundo de un principe perfecto,

contraido esclusivamente á promover la felicidad de su pueblo.”

Nuestro Echeverria hubiera buscado en vano (en su tiempo) en toda la

estension que abarca en América el habla española un magistrado protector

de la instruccion, respetuoso por la dignidad del hombre, á quien

manifestarle su gratitud de patriota asociando su nombre duradero de

poeta al del mandatario digno de estima y de fama. Hubiérale buscado sin

fruto. Por eso en la primera edicion de los _Consuelos_ cada composicion

está dedicada á uno de sus amigos íntimos, su _Elvira_ al Dr. D. José

M. Fonseca; la _Cautiva_ á nadie; el _Avellaneda_ al tucumano que mejor

habia pintado el paraiso argentino. En la nobleza de sus ideas no cabia

sino la indignacion contra los mandones voluntariosos ó los indolentes

é ignorantes administradores que las pasiones sublevadas ó las nociones

torcidas sobre el uso del derecho de elejir, levantan al poder para rémora

del verdadero progreso.

Entremos á dar una idea del poéma de que nos vamos apartando.

Acosados de las repetidas invasiones de los lusitanos, se confederan

los Tamoyos. Estos valientes descendian de la raza de los Tupis, pero

no vagaban errantes por los desiertos como los feroces Aimores. Eran

los Tamoyos dados á la poesia y al canto, y estaban persuadidos de que

la armonía de sus gargantas les era comunicada por las aguas puras del

Carioca. Poetas y músicos, eran altivos al mismo tiempo que tratables.

Las diversas tribus de que se componia aquella nacion ocupaban el vasto

espacio comprendido entre las altas sierras de los Organos [llamadas asi

por su aparente configuracion] y las orillas del mar. Adoraban un Dios

cuya voz para hacerse escuchar de los hombres era el trueno. Los payés

eran sus sacerdotes, ministros de Tupan. Respetaban como á Gefe al que mas

se señalaba entre todos por el injenio y la fuerza.

* * * * *

_Aimbire_, amaestrado desde la niñez, á disparar la saeta con acierto,

asi derribaba al yaguar en las breñas de las montañas como al mas pequeño

pajarillo en el aire. Robusto, audaz, elocuente, Aimbire acaba de ser

proclamado caudillo principal de aquellas tribus que se aprestan á

castigar á sus opresores. Ceñida trae la cintura con un largo y airoso

tejido de plumas encarnadas y azules. Desde el cuello desciéndele formando

vueltas, hasta cubrirle el pecho, un collar formado con los dientes de

sus enemigos vencidos, y la piel verdinegra y escamosa de un yacaré

jigantesco, muerto por sus propias manos, es el manto con que se cubre las

espaldas. Una hacha formada á modo de sierra con colmillos de onzas es el

arma mortal que levanta en su diestra. Descansan en sus hombros una ancha

aljaba y un arco tan pesado que aun cuando él le maneja como un juguete de

niño no bastarian á cimbrarle las fuerzas de dos atletas. Una diadema de

plumas refuljentes como rayos del sol ciñe sus sienes y es la prenda del

amor de _Iguazú_, su bella prometida para despues de la guerra.

La pátria y el amor se disputan el corazon de Aimbire; la recompensa de

su victoria será la posesion de la mas hermosa mujer de su raza. Habíala

conocido el gefe Tamoyo en una situacion verdaderamente romántica.

Recorriendo las tribus para provocar el alzamiento vá en busca del anciano

Pindoburú, de cuyo brazo y consejo necesita. El Nestor del desierto

acababa de enterrar á su hijo muerto á manos de los cristianos. Los

hermanos y compañeros de la víctima, cabizbajos y llorosos acarrean toscos

pedazos de piedra para levantarle un monumento, y el cacique sentado junto

á la fosa, absorto en su dolor, apoya una de sus manos en la cabeza de su

hija que solloza reclinada sobre las rodillas paternas. Esta mujer que

llora y padece es Iguazú, de quien Aimbire se aficiona, seducido por sus

gracias y su virtud.

Puede decirse que el poema del Sr. Magalháes es la historia de estos dos

hijos de la naturaleza que nunca llegarán á ser esposos y para quienes no

habrá tranquilidad ni patria. Esta idea del poeta es acertada. Haciendo

pasar á estos dos interesantes personages por todas las visicitudes de

la guerra y de las modificaciones ocasionadas en torno de ellos por la

civilizacion y la relijion cristiana que adelanta su conquista, ha

logrado mantener cierta unidad de accion de que careceria una obra cuyo

carácter es descriptivo y concebido con la idea de idealizar algunos

rasgos aislados de las costumbres primitivas, trazadas sobre el fondo

pintoresco y sublime de una naturaleza que dejará siempre atras al

pincel mas diestro y á la poesia mejor inspirada. De este modo aumenta

tambien el interés del lector porque es propension humana tomar mayor

parte en los dolores individuales que en las catástrofes colectivas por

grandes y célebres que sean los pueblos ó asociaciones de hombres que las

esperimenten. En medio de las llamas de Troya no distinguirá la posteridad

sino á la familia de Priamo, y uno de los cuadros mas patéticos de la

epopeya antigua será siempre el que presenta el hijo de Anquises seguido

de su esposa y doblado bajo el peso de sus penates.

Hemos visto ya quien era Aimbire; veamos ahora bajo que aspecto se nos

presenta su querida.

El ejército de los Tamoyos está en marcha: es la madrugada. Los

guerreros sacuden las cabezas emplumadas para espantar al sueño y la

pereza, remedando un campo sembrado de cañas silvestres que se erguien,

pasado el viento que las dobló. Sobre la cumbre de una eminencia,

Iguazú, contemplativa, derramando en ondas fluctuantes el cabello, vé

desaparecer á lo lejos aquel ejército al que van incorporados sus deudos

y á cuyo frente camina Aimbire. Ya trepan una colina, ya descienden á

un precipicio, finjiendo los guerreros á la distancia arbustos débiles

en medio á los robustos troncos de la selva. La melancolía la tiene

aprisionado el corazon. En los verdes ramos de un árbol inmediato, el

_saibá_, el ruiseñor del Brasil, modula canciones de amor y de dulces

recuerdos.--“Canta, la dice entonces el poeta, canta, vírjen del bosque,

vírjen de ojos negros, bella Iguazú. El canto que desde el alma se levanta

al cielo, mitiga inmediamente las angustias del corazon que llora.

Acompaña al dulce saibá que te convida.”

La hija del desierto prorrumpe en estas endechas:

Vedme aqui sola de mi padre ausente,

ausente del querido bien amado;

como tórtola viuda solitaria

en desierto arenal su mal llorando.

Hasta hoy estaba de mi padre al lado,

Al lado de mi amante .... ambos huyeron,

Como veloces ciervos de la selva:

mi dicha pasó ya:--soy desgraciada.

Los ecos respondieron: ¡desgraciada!

Desgraciada! y aun vivo? ir á la guerra

en compaña del padre y del amante,

escucharles la voz y acariciarles,

y á par de ellos morir, mas me valiera.

Y el eco respondió: mas le valiera!

Oh jénios que poblais grutas y valles,

jénios que contestais á mis acentos,

id y al amante murmurad al oido

que esta su ausente de tristeza muere.

Los ecos repitieron: muere! muere!

Esta última palabra resonó largo tiempo. La jóven suspendió su canto y

repitió en voz baja el estribillo de los ecos como si la asaltara algun

presentimiento. Enjuga sus negros ojos cansados de llorar; pero vuelven

á brotar las lágrimas que le caen como lluvia de perlas sobre el seno

tostado, asi como gotea abundante la linfa pura de la hendida _Taboca_.

El saibá se entristeció al oirla modular quejosas é interrumpidas notas,

y como si obedeciese á un mandato secreto apagó sus trinos. Tal vez

juzgándose vencido, hizo silencio para aprender nuevas armonias; no

pudiendo rivalizar con la voz de aquella criatura humana. “Quien presume

conocer bastante (observa el poeta) los instintos de semejantes seres y

los misterios íntimos de la vida, para afirmar ó negar estas apariencias”?

Parece que en este rasgo tradujese el Sr. Magalháes aquellos conocidos

versos del epílogo de la _Cautiva_:

Quizá los sueños brillantes

De la inquieta fantasia,

Forman coro en la armonia

De la invisible creacion.

La espedicion de las tribus reunidas de los Tamoyos, como se vé,

comienza bajo la influencia de presentimientos funestos. Nos hemos

detenido en ella porque pone de manifiesto el tinte de melancolía y de

sensibilidad que constituye el fondo de la poesia del autor, sin dejar

por eso de dar toques enérjicos á sus demas cuadros en los lugares que

lo exige el efecto. Por ejemplo; los tamoyos forman un campamento en

donde se sirven manjares silvestres y licores y se discurre sobre las

operaciones militares que deben acometerse y en donde, en fin se alientan

recíprocamente á la constancia y al valor por el recuerdo de sus derechos

á la voz elocuente de sus caudillos, de sus sacerdotes y vates, entre

quienes se distingue Coaquira. Con este motivo se ensaya en imitar los

caracteres y elementos de la oratoria primitiva y salvage de los cantos

de guerra de que toda tribu americana estaba dotada. Hé aquí esos pasages,

y como se desempeña el autor: usamos del verso para acercarnos en lo

posible á los efectos rítmicos del orijinal:

.... Reina el silencio. Coaquira entonces

Sobre una prominencia se levanta

Para que le oigan todos y le vean,

Y la punta del arco clava en tierra.

Un albo vaso de enemigo cráneo

De licor espumoso rebosando

Lleva al labio, y apura: de improviso

Sacro fuego devora sus entrañas:

Inflámanse sus ojos círcuidos

De una aureola de sangre; como espinos

Sobre su frente críspanse sus canas;

Crujen sus dientes, hincha las mejillas,

Dilátase su pecho, y se estremece

Como á los calofrios de la fiebre.

Plácida resplandece en quieto cielo

La luna cuya lumbre baña el rostro

Con albor macilento al indio vate,

Mientras con esa luz contrasta el rojo

Resplandecer de las hogueras que arden.

Apenas si interrumpe allí el silencio

El blando soplo de nocturnas auras

Que estremecen las hojas murmurando.

Sacro horror de los pechos se apodera

De cuantos allí están. Remeda el bardo

Fantasma aparecida en un ensueño,

Ó maléfico génio que se antoja

En solitaria noche al peregrino.

Despavoridos ojos por el campo

Vibra, y despues en el cenit los clava.

Levanta hácia los cielos ambos brazos

Y con potente voz, ronca, espantosa

Entona así su cántico de guerra:

«Gloria, gloria á Tupan, su voz resuena

Desde la choza erguida en la montaña

Hasta la oscura cueva de las fieras.

«El cielo es de Tupán, la tierra es nuestra;

Con sangre la regaron nuestros padres

Y nos toca morir para vengarlos.

«Fueron nuestros mayores el azote

Del terrible aimoré que carne viva

Devora, y bebe nada mas que sangre.

«De qué nos sirve el brazo, el arco y flechas

Si el fiero portugués impune huella

Nuestra tierra y cautiva nuestros hijos?»

Danza veloz emprenden los Tamoyos

En torno de Coaquira repitiendo:

«El cielo es de Tupán, la tierra es nuestra.»

En nueva inspiracion arde la mente

Del bardo de la tribu y continua:

«Tal vez es esta noche la postrera

Que presencie en algunos de nosotros

La luna el inocente pasatiempo.

«Cuando mañana el sol dore el racimo

De las palmas del monte, ya marchando

Le hemos de saludar todos armados.

«Bebamos y danzemos en compaña

De nuestros hijos y mujeres hora,

Que solo en guerra es de pensar mañana.

«Tupán es con nosotros! En la sangre

enemiga lavemos nuestro oprobio,

y que yazcan sus cuerpos insepultos.

«Repúdielos la tierra de su seno;

que negros _urubús_ pasten sus miembros;

y muera el que piadoso toque á ellos.

«De heredado valor, ejemplo nuevo

demos á nuestros hijos. Muera el flaco

que no sepa vengar al deudo muerto.»

Cesa el Tamoyo trovador y en tierra

cae arrobado en éxtasis. En torno

de él la tribu se ajita, danza y canta:

«El cielo es de Tupán, la tierra es nuestra.»

La propiedad de estas escenas y su naturalidad saltan á la vista. Aquí

no hay imitaciones de los cantos de los bárbaros de uno y otro mundo,

poetizados por Chateaubriand en los _Mártires_ y en los _Natches_. Es una

poesía verdaderamente orijinal y americana: sin conocer probablemente la

_Cautiva_, el Sr. Magalhaes, ha empleado en su himno guerrero algunas

pinceladas idénticas á las que empleó Echeverría poniendo en boca de un

_pampa_ inspirado por el licor la valiente estrofa que sigue:

_Guerra, guerra y esterminio_

_al tiránico dominio_

_del_ huinca;--_engañosa paz:--_

_devore el fuego sus ranchos,_

_que en su vientre los caranchos_

_ceben el pico voraz._

Hacemos estos paralelos con el objeto de mostrar que puede tomar

caracteres especiales la poesía en América, esplotando con inteligencia

sus verdaderas fuentes.

Entre las dificultades de la empresa de los Tamoyos debe contarse el

desaliento de los guerreros mismos de quienes se apoderan á veces los

sentimientos supersticiosos inspirados por sus sacerdotes. En medio de la

noche aparéceseles el Payé trayendo en el estremo superior del arco un

cráneo blanquecino por cuyas huecas órbitas reboza la luz de la resina

ardiendo. Parece una momia animada que surjiese del centro de la tierra.

Sobre sus huesos descarnados se pega macilenta y rugosa una piel semejante

á la corteza de un tronco añoso. “Huid, Tamoyos mios, les dice, huid.

Dejadles las márgenes deleitosas de Nitheroy que ellos tanto envidian y en

donde pretenden á costa vuestra apacentar su ocio y levantar ciudades con

el trabajo de vuestros brazos .... Huid y sereis libres, que todo es nada

en comparacion de la libertad. Sacad únicamente de esta tierra, que no

puede ya llamarse vuestra, los huesos de vuestros padres para que no los

profane el pié de tan feroces enemigos!....”

Copiemos del poema otra bellísima escena que servirá para caracterizar los

sentimientos de Aimbire. El sol se pone; el héroe vá acompañado únicamente

del hermano de su querida Iguazú.

¿Adonde van silenciosos uno en pos de otro esos dos bultos de porte

agigantado y de tostado cútiz, que parecen al claro de la luna dos

jénios nocturnos? siguen la márjen de un rio.--Aimbire, en que piensas,

le pregunta Parabusú, estamos todavia distante? Aimbire levanta los

ojos á los luceros de la constelacion de la cruz del Sur, y bajándolos

lentamente: no, le responde, solo nos faltan unos pocos pasos,--llegaremos

al salir el sol.--Mucho antes de la aurora; cuando la luna brille en la

mitad del cielo .... ya estamos cerca--No oyes un rumor?--Si, es el rio

que se despeña en cascadas.--No equivocarás el sitio?--Bien presente le

tengo; paréceme que estoy viendo todavía á mi anciano padre recostado

al tronco de un gran árbol que entre otros mas pequeños se levanta á la

márgen de la corriente.--Existirá aun? No habrá sido devorado por el fuego

europeo? Suspira Aimbire y no replica. Reina entre ambos el silencio por

algun tiempo, hasta que Parabusú le pregunta con calma: en que piensas,

Aimbire?--Y tú?--Y ambos á un tiempo pronuncian el nombre de Iguazú.

Pensaba en ella, continúa Aimbire; pareciame que la oia, que me llamaba

por mi nombre con voz tan ahogada y sentida que me llenaba el pecho de

pavor y de pena.--Y á mí pareciame, le dice el amigo, que la veia caer

en manos de nuestros fieros enemigos.--Calla, Parabusú, ¿que te atreves

á decirme? No mas: esos recuerdos me horrorizan. Ah! cuando tendrán

fin nuestras desgracias? Mucho hemos sufrido, y el corazon me dice que

mucho mas hemos de padecer aun. Que torrente de males han descargado

sobre nosotros esos hombres crueles que nos han puesto en la alternativa

de una guerra cruenta ó de una dura esclavitud! Ah! no, tu no sabes lo

que es ser esclavo! no ser dueño de si mismo; vivir sin honra, dormir y

despertar por voluntad agena; obedecer callando con rostro complacido;

sufrir sin quejarse; comer con lágrimas; trabajar, trabajar al sol, á la

lluvia, para que el amo viva abundante y tranquilo! Ah! tú no sabes lo que

es ser esclavo; yo sí. Cuando pienso en esto me abrasa la ira........ Mi

padre; desgraciado! murió en la esclavitud: si vivo es para vengar tamaña

infamia. Ellos me la pagarán con un mar de sangre. Asi pudiesen rodar sus

cadáveres hasta las playas de donde zarparon, que entonces arrojaria al

mar sus cadáveres para que llevasen nuevas de nosotros á sus hermanos y

amigos!

Discurriendo de esta manera llegaron á un valle cuyo suelo estaba

sembrado de troncos envejecidos de árboles corpulentos que el hacha y

el fuego hadian derribado con trabajo para proporcionar al hombre un

alimento mezquino. Un hermoso yatai, herido en la raiz, cediendo á su

paso, caia sobre el rio formando una puente rústica y peligrosa. Pasan

ambos por ella, Aimbire reconoce el lugar apesar de los multiplicados

y empinados árboles caidos en tierra. Vaguea con la vista por aquellos

troncos jigantes que parecen esqueletos de una raza titánea respetada por

los siglos. Un soplo de muerte le hiere el pecho anhelante y la sangre

se le agolpa tumultuosa al corazon .... recela, teme no hallar lo que

busca .... avanza el paso por la márjen del rio, y distingue negrear

al resplandor de la luna el bulto inmenso del árbol robusto porque

ansía--Helo aquí--exclama; corre, le abraza, le besa y riega con su llanto

aquel monumento del bosque á cuyo pié enterrara el vaso tosco de barro que

contiene el cuerpo de su padre. Afánanse á porfía los dos amigos, cavan y

desentierran la urna. Al verlo, exclama Aimbire enternecido:--Oh Cairuzú,

ilustre guerrero que despues de una vida gloriosa tuviste una vejez tan

escasa de fortuna y cerraste los ojos en los dolores del cautiverio. Oh!

Cairuzú, padre mio! desde aquella noche en que aquí escondí tus huesos [la

luna que me aclara lo atestigüe] desde esa noche en que juré tu venganza,

no he descansado un solo dia. De esta tierra bañada con tu llanto, tierra

de esclavitud que alimenta la codicia de un magnate, vengo á rescatar tu

cuerpo .... te prepararé otro descanso en aquel monte que mira al mar,

que tomará tu nombre para eterna memoria y en donde el paso del bárbaro

extranjero no haga estremecer tus cenizas. Pero, antes que mis hombres te

alejen de este lugar daré castigo al cruel que incauto duerme en estas

cercanías....

Efectivamente: eran aquellos los campos que la invasion habia convertido

en propiedad de Blas Cubas, á quien Aimbire debia sus martirios y los de

su padre. El mismo habia sido el matador de su primera esposa, y de su

hija primojénita. El Tamoyo, ayudado de su amigo incendia los plantíos y

embaraza las salidas de la habitacion del cristiano con pesados trozos de

piedra. El incendio y el humo crecen, arden ya los techos. Aimbire como el

cazador que espia la fiera, acecha por la ventana que al fin se abre. El

bulto de un hombre despavorido se lanza por ella pálido como un fantasma

que se despoja del sudario y huye. Aimbire le reconoce y le dá caza como

un demonio se apodera del alma condenada que le pertenece por un contrato

infernal--Mírame, Blas Cubas, mírame, conóceme. No quiero que perezcas

antes que sepas quien se venga de ti matándote. Aimbire le hace una larga

relacion de las crueldades del lusitano con su familia y con sus amigos.

Acuérdate, le dice, del pobre Guarativa á quien amarraste á un árbol á

cuyo pié hervia un hormiguero y le azotaste hasta arrancarle la piel con

la sangre dejándole en llaga viva. Acuérdate de los suplicios de aquella

víctima en cuyas úlceras negreaban enjambres de hormigas que le mordian el

cuerpo convulsivo.

La vida del vencido tenia un angel que la custodiaba, su hija Maria, que

como una aparicion del cielo, cubre con sus desnudos y torneados brazos el

cuerpo del padre cuya salvacion pide con lágrimas. El Tamoyo, desarma su

ira y se deja vencer por los ruegos de la inocencia. Otros héroes mimados

por la fortuna, observa aqui el autor, celebrados por altisonantes poetas,

no dieran ejemplo de piedad semejante en el momento en que blandian el

hierro de la venganza.

Los presentimientos de los dos amigos eran de corazones leales. Iguazú

habia caido prisionera en manos cristianas y padecia cautiva lejos del

objeto de su cariño. A par de otras indias compañeras suyas habia tenido

que sufrir mal trato y los lascivos atrevimientos, para salir victoriosa

de los cuales habia puesto á prueba su egregio valor y su constancia. El

poéta echa un velo sobre estas escenas, porque como él dice bellísimamente:

_No halla deleite el númen que le inspira_

_Con hechos que al pudor la faz coloran_ (p. 227).

Con cuanto dolor supo Aimbire la suerte que le cabia á su prometida,

nada menos que cautiva en poder del aborrecído Cubas. Devora el furor

dentro del pecho, como el fuego subterráneo que calcina las entrañas de

la tierra. La fortaleza de su voluntad contiene la explosion de su ira.

Descubre á Pindobuzú postrado en el suelo, llorando por su hija querida,

reclinada la cabeza sobre el hombro del hijo tambien aflijido. Entonces

da rienda á su cólera: Oh! Pindobuzú exclama, enjuga el llanto, prepárate

para una venganza ejemplar, Iguazú será libre, te lo prometo. Con ella

te daré en represalias cuantas hijas y esposas quieras de esa raza de

crueles. Haré correr rios de sangre y alzaré un monte de cadáveres.

Opíparo banquete dispone mí brazo á los hambrientos cuervos. Al mar

canoas, al mar volemos.... ....

Una batalla tiene lugar. En aquel campo halla el ofendido su venganza.

Veamos el papel que hace allí Aimbire y como describe el poéta el nuevo

encuentro de aquel con Blas Cubas:

Cansado de esparcir muerte y espanto,

Aimbire se adelanta, revolviendo

Los ojos que el furor en sangre tiñe,

Busca sus principales enemigos

Para verles morir bajo su brazo.

“Traidor Tibirizá, donde te escondes

Cayubi, Cuñambeba”! asi diciendo

Tropieza con D. Blas. “Eres tú, infame!

Te concedí la vida, hoy de tu muerte

vienes en busca”--Por vengarme vengo,

el portugues le replicó; salvaje,

esclavo envilecido, reconoce,

á tú señor en mí que te castiga.--

Y al espresarse asi descarga un golpe

que en la maza del indio no hizo mella.

--“Mas vigor en la lengua que en el brazo

tienes, y es poca gloria arrebatarte

la vida que desprecio y te regalo.

Mas, ven conmigo y muéstrame primero

en donde está Iguazú, dónde el infame

que consumó su rapto y cautiverio.”

Júzgale descuidado el lusitano

y con cautela previniendo el arma

le dice con irónica sonrisa:--

--Quiero ahorrarte la pena de llorarla.

--Y yo el infame peso de tu vida,--

y con pronta respuesta pronto golpe

aséstale el Tamoyo, retumbando

á un mismo tiempo el golpe, la respuesta

y la caida tambien del alevoso.

--La muerte lenta y cruel que merecias

no me es posible darte; estoy á prisa,

dijo el Tamoyo, y en su propia sangre

dejo teñido el cuerpo de Blas Cubas....

Pero no era la victoria alcanzada con sangre la que habia de volver al

cacique á la mujer de sus sueños. En éste poema hacen un papel principal

los famosos misioneros Nóbrega y Anquieta cuyas intenciones y santidad

ofendidas en sus compañeros por el autor del _Uruguaya_, ha vindicado sin

afectacion el Sr. Magalháes. En tanto que la carniceria tenia lugar, el

segundo de aquellos beneméritos sacerdotes oraba en el templo humilde y

recien levantado como prenda de paz y de cultura en aquellas soledades que

hoy forman los bellos y pintorescos alrededores de Rio Janeiro. El santo

varon manifiesta en su rostro las señales del extásis y presta profunda

atencion como si diese el oido á la voz de algun mensagero misterioso.

Cesa el órgano; el ministro de Dios pónese en pié y dirijiéndose á Iguazú

que estaba en el templo con las mugeres cristianas, tócala el hombro y

la dice: «hija, levántate, ven conmigo.» Absorta la concurrencia ábreles

camino y todos se preguntan curiosos: ¿dónde irán?--Marchan silenciosos

por las tinieblas; Iguazú vá llena de asombro y de incertidumbre: el pié

de ambos evita mancharse en la sangre que cubre el suelo. El sacerdote se

detiene al fin y esclama ¡Aimbire!! Aquella voz parecia resonar en una

bóveda armoniosa. Aimbire! Aimbire! repite varias veces. El rabioso Tamoyo

acude al llamado despavorido y chorreando sangre.--Toma á Iguazú; huye. El

indio fascinado vuelve los ojos á su amada, en tanto que desapareciéndose

Anquieta súbitamente, repite al ocultarse del todo: huye.

Reflexionando Aimbire sobre sí mismo, en aquella especie de tregua á sus

afanes y desgracias, se cree digno de ser feliz y declara ante los suyos

que toma á Iguazú por esposa. Esposa solo en el nombre la virjínea flor

del bosque estaba todavía en pimpollo: era preciso esperar la aurora que

la diera el perfume y nectar. Los indios sabian respetar severamente á

esas impúberes esposas que segun sus usos tenian derecho de elejir. No

eran tan brutos ni lascivos que cojiesen fuera de sazon los frutos del

amor. Amaba Aimbire á su tierna esposa como un lirio próximo á abrir su

mimoso caliz á los besos del colibrí.

Iguazú traia al volver á su tribu inoculadas en el alma las verdades del

evanjelio. Su esposo mismo no podia resistir á las tentaciones de aquel

nuevo misionero cuya palabra llegaba con los écos simpáticos al fondo de

su alma. Así, cuando llegaron Anquieta y Nóbrega á inducir á los Tamoyos á

la paz y á la adopcion del evanjelio, con discursos llenos de elocuencia y

de uncion, vieron que á imitacion de la india convertida, todos aquellos

adoradores de Tupan se postraban en el polvo de los desiertos en donde por

primera vez se consumaban los misterios del cristianismo.

La ambicion del conquistador vino á despertar de nuevo en el ánimo de los

Tamoyos los resentimientos y la innata inclinacion de la independencia,

burlando los pacíficos esfuerzos de los misioneros. Las naves de Mendo de

Sá preséntanse preñadas de soldados y muerte para echar á los franceses,

aliados de los Tamoyos, del pais de Nitheroy y fundar la capital de Rio de

Janeiro. Aimbire duda nuevamente de la lealtad lusitana, enciéndese otra

vez en ira, hace sonar las trompas guerreras y parte con sus parciales al

encuentro de los recien llegados. Nada le detiene, ni las observaciones

de otros caciques de su raza, ni los peligros á que de nuevo pueda

esponerse la jóven cuya existencia depende ya de su apoyo. Pronto se

encuentra con sus huestes al pié de la reciente fortaleza: la asedia meses

enteros; la lucha es porfiada; á los Tamoyos que caen á las balas suceden

otros, como olas que crecen unas en pos de otras.

El mismo Mendo de Sá acude al lugar de la lucha. Aimbire le reconoce, y

levantando los ojos desde el nivel del Oceano hasta las montañas sublimes

que dan majestad al golfo, los vuelve hácia los suyos y los fija con

detencion especial sobre su esposa. Parece que diera el último adios á

tan caros objetos, y la lágrima de dolor que no se muestra en sus ojos le

cae petrificada y ardiente sobre su corazon.--«A las trincheras! esclama

derrepente; combatir ó morir.» Dice, y se lanza á la pelea. No son hombres

sino leones los que batallan; la sangre espumosa forma lagos. Los ojos

de Aimbire parecen dos relámpagos: ensánchasele el alma como el mar al

trueno de la artilleria. Parece que desafiara al cielo y al infierno, á

las balas de los arcabuces y á los escombros que vuelan á su derredor.

Su esposa, Iguazú, cae á su lado herida de muerte en el mismo instante

en que el enemigo proclama la victoria. Mañana la cruz se alzará sobre

aquel campo perdido para siempre para sus moradores primitivos. Aimbire se

detiene pasmado y blandiendo su maza feroz grita con todas sus fuerzas:

«Tamoyo soy, y quiero morir libre como lejítimo Tamoyo. Soy el último de

la raza: no daré á mis enemigos la gloria de arrancarme la vida.» Dice, y

blandiendo sus armas, por entre contrarios y cadáveres se abre paso al mar

y se arroja en sus abismos.

Asi perece con sus amores, sus deudos y su patria el Hector salvaje de

esta epopeya americana.

Nos hemos visto forzados á encerrar en poco espacio _diez_ cantos que

forman 340 páginas en folio menor, y á no bosquejar mas que la fisonomia

descarnada de dos de sus actores. Hay en el poema, sin embargo, variados

é interesantes caracteres, como por ejemplo, el del calvinista frances

Ernesto, aliado y compañero de armas de los Tamoyos, á quien Aimbire

premia con la mano de su hija del primer matrimonio. El sabio Anquieta,

que mundanas pasiones no cobija

bajo la capa de Jesus....

está representado como pudiera estarlo en la historia mas severa y sin que

el tinte poético aparezca por eso descolorido. Al contrario sobre todos

los perfumes de aquellos deliciosos bosques y valles se levanta como una

columna de incienso, el que exhala el alma de aquel varon, impregnando

las páginas del libro de una mansedumbre verdaderamente celestial. Los

caracteres, lenguage y hechos de los personages indígenas son bien

escojidos, alejan por su novedad característica todo jénero de monotonia

y sin embarazarse ni producir oscuridad, contribuyen no solo á completar

el cuadro de aquella edad y costumbres, sino á desenvolver el plan que es

tan sencillo como el de una leyenda. El arte principal del autor consiste

en ocultar bajo la sencillez mas depurada, el trabajo y la detenida

meditacion que el desempeño de la composicion arguye.

El Sr. Magalháes conoce la historía de su pais, ha hecho estudios sérios

de las crónicas y de la naturaleza. No pinta sino con colores americanos.

Sus cuadros tienen la orijinalidad de la verdad. En nada se parecen

sus indias adornadas de plumas á las ridículas Atalas y Coras de las

litografías europeas. El Sr. Magalháes ha hecho gala, á mas, de sus

conocimientos en la filosofia relijiosa. Aprovechando discretamente de

la idolatria de los bárbaros, de la creencia disidente de los franceses

parciales de Coligny que habian llegado á aquellas playas á fundar una

Francia antártica, y de la doctrina católica, profesada por los lusitanos

y predicada por los misioneros, pone en boca de los caciques, de Anquieta

y de Ernesto, instructivos discursos en apoyo de las respectivas creencias

de estos, y en los cuales se ventila á veces con novedad la sofística

cuestion planteada por Rousseau sobre si es ó no propicio á la felicidad

del individuo el progreso de la cultura social. Hé aquí de que manera el

sábio Anquieta comprende la tarea que á él le cabe para la dicha de sus

semejantes como soldado pacífico de la conquista:

.......... No, lusitanos!

otra es nuestra mision. La luz de Europa

no sus errores difundir debemos

en esta tierra santa, hospitalaría,

debe al amparo de la cruz sembrarse

la justicia y la paz entre los hombres.

Levantemos la cruz, la cruz, del Cristo,

Signo de redencion que en otro tiempo

allá en el capitolio salvó á Roma,

cual la arca santa que arrancó al diluvio

la prole antigua. De la cruz en torno

aprenda la verdad este jentío,

y cáigales la venda de los ojos,

como en otras edades disipóse

el error de los bárbaros del norte....

En las obras poéticas, la poesia es todo. Aunque cuanto la constituye

pueda caber en una noble prosa como está probado por repetidos ejemplos,

es preciso convenir, sin embargo, en que hay mucho de arte en la poesia

y que por consiguiente ella debe halagar el oido con los sonidos,--fin

que solo se consigue plenamente por medio de la versificacion, es decir

por el período medido y por consonante. Estamos persuadidos de que el Sr.

Magalháes habria dado un grado mas de perfeccion á su poema, si le hubiese

compuesto en estancias regulares, ó en octavas italianas á imitacion _das

Luciadas ó del Curamurú_ de Duráo. La _rima es una esclava_ para el que

conoce su idioma y tiene imajinacion: solo es estorbo, por dicha, para

aquellos versificadores á quienes, segun el dicho epigramático de Horacio,

no pueden soportar ni los postes. La lenta rémora del consonante sazona,

por decirlo así, al pensamiento que busca una forma definitiva al bregar

con ella, saltan chispas de gracia, de novedad y eficacia que el prosador

no habria hecho brotar jamás en el camino llano de su pluma: Manzoni la

ha llamado con razon _inspiratrice_, porque es un verdadero jenio, aunque

subalterno, en el coro de los que inspiran la labor del poeta.

Los escritores que hacen sensacion en nuestros paises meridionales, no

deben apoyar ningun mal ejemplo en literatura, porque hay en nosotros una

lijereza, una laxitud innatas que nos inclinan á buscar sendas fáciles y á

ahorrarnos trabajo mental.

La poesia, que puede considerarse como el lujo superfluo de la república

de las letras, es preciso que se presente siempre, como el oro y la seda,

bajo las formas mas acabados y como fruto de un esmero artístico en

consonancia con la preciosidad de la materia primera, si es permitida esta

espresion profana. No se crea por esto que carece de armonía, de número

ni de entonacion el verso libre en que está escrita la Confederacion de

los Tamoyos. No aceptamos este jénero de versificacion por mas que Heredia

y Basilio de Gama en América, y Quintana y Moratin en Europa, hayan dado

bellísimas muestras de lo que pueden el talento y el estilo para producir

armonia con instrumentos mal encordados.

Lunares mas visibles que este hemos creido encontrar en la obra de que nos

ocupamos.

Parece que la organizacion del autor no estuviese predispuesta sino para

sentir y pintar la voluptuosidad perfumada y luminosa de la naturaleza

inanimada. El amor á Dios y á la patria, se presentan tambien en el poema

con la conveniente exaltacion y con todo el calor con que la esperimentan

las almas de buen temple. Pero el amor humano, el amor entre esos dos

seres que desde la tentacion del paraiso se dicen al oido palabras

que producen incendios y que los ata por el mas santo y dulce de los

vínculos, ese amor no se muestra en los labios de personage alguno del

poema; dejando asi sin pulsar la cuerda á que el corazon del hombre es

mas sensible, y malogrando la ocasion de beber en la fuente inexhausta de

la inspiracion mas viva. El casto Virjilio comunicó hasta cierto punto

su carácter al pio Eneas; pero supo revivir en el pecho de la reina de

Cartago _los vestigios de la antigua llama_. Es tanto mas sensible este

vacio cuanto que aquella pasion, como todas las demas que mueven á la

humanidad, reviste caracteres especiales y aspectos distintos segun

el grado de civilizacion que ocupa en la escala social y segun otras

influencias que el _vate_ debe tomar en cuenta tanto como el fisiolojista.

Que enérgico y orijinal debió ser aquel afecto en hombres que amaban á sus

padres y á la patria con la vehemencia de Aimbire! Aimbire ama, es verdad,

á Iguazú; no quiere vivir un momento mas que ella; pero deseamos conocer

como se espresaria ese amor en el lenguage del desierto adornado con las

imájenes sujeridas á la pasion por los torrentes y las selvas.

El chileno _Oña_, que hemos citado al principio, no solo salpica su poema

con escenas amorosas, sino que interesa con ellas el alma y los sentidos,

pintando al desnudo las gracias sin atavio de _Fresia_, jugueteando con

su amante en las aguas corrientes de Arauco sombreadas de enredaderas y

propicias al misterio.

La belleza airada y celosa de _Moema_ forma uno de los episodios que

salvarán del olvido el poema épico de la _Conquista de Bahia_, escrito por

un fraile Agustino.

Las relaciones místicas entre el _saibá_ y la doncella son de un efecto

esquisito; pero el amor humano se compone, segun la espresion de un poeta,

no solo de «los delirios del alma sino tambien de los estremecimientos de

la carne.»

Por que condenar á la india brasílica al conocido destino de Atala? Acaso

no santifica la relijion los apetitos lejítimos que la naturaleza pone en

nuestras entrañas? Hay ausencia completa de la muger en el poema del Sr.

Magalháes. Iguazú es un pimpollo, una promesa, pero no una esposa. No hay

alli como en la _Araucana_, por ejemplo, madre alguna que arroje el hijo

á su cobarde compañero; ni una Glaura, ni una Tegualda _en fuerte hora

nacida_, «espaciosa de pecho y de dientes engastados en fino coral.» En

aquel Eden de poesia no hay una sola Eva.

Notaremos tambien algunas contradicciones en el carácter de Iguazú. En su

bella y sentida cancion que hemos traducido habla ella del amante querido.

¡Habíase despertado en su corazon el sentimiento del amor de esposa cuando

no era todavia una muger, cuando todavía, segun la poética espresion del

autor, no habia abierto el broche á los besos del colibrí aquella azucena

silvestre! ¿Sientan bien, por otra parte, las sombras de la melancolía

sobre aquella tierna niña, siendo así que las aflicciones de esa dolencia

vaga del alma son fruto por lo general de cierta esperiencia de la vida y

del ejercicio de la sensibilidad?

Algo podiamos añadir á esta crítica en cuanto al uso de lo maravilloso que

el autor ha introducido en la máquina de su poema. El sueño de Jagoanharo

le permite al poeta desenvolver las pájinas de la historia futura de su

patria; pero por mas elevacion que haya logrado dar á la intervencion de

Satanás en las filas opuestas á la cruz, enarbolada por los misioneros,

no quisiéramos ver allí lo que no nos parece estemporáneo ni mal traido

en las octavas del Tasso, en consideracion á la época en que nació la

_Jerusalem libertada_.

Anjel antes de luz, hoy de tenieblas

maldito Lucifer! perdiste el cielo.....

Todo esto es muy bello. Seria, empero, mas natural y no menos poético,

poner en el corazon de un europeo influyente las pasiones á las venganzas

del angel caido.--El autor de la Araucana dice terminantemente que los

conquistadores españoles _mas que otras gentes_, eran

_Adúlteros, ladrones, insolentes._

Serian de mejor condicion los lusitanos? Con semejantes calidades no podia

faltar entre ellos alguno que produjese los mismos fines para que sirve la

evocacion del espíritu malo entre los Tamoyos.

Deseariamos tambien que la erudicion del Sr. Magalháes y su menudo

conocimiento en las costumbres primitivas de su pais no lo llevase á

referir algunas que son aberraciones de la inocencia y la ignorancia y

perjudican al carácter varonil de aquel llas razas. El ejemplo de ternura

conyugal tal cuase leé en la pájina 69 del poema, no nos sensibiliza ni le

creemos un rasgo noble.

Si cuando las mujeres de nuestros _querandies_ se entraban con sus recien

nacidos á las aguas del Plata, hubiesen ocupado sus varones el lugar que

dejaban en el hamaca, no esperimentariamos por ellos profunda simpatía,

ni les ofreceriamos (como lo hacemos ahora) a la juventud bonarense como

dignos de la resurreccion que sabe dar el injenio á los pueblos estintos

que solo viven en los anales de la historia.

El Sr. Magalhaes ha hecho con su poema un servicio á las letras

americanas, dando una prueba mas, entre las poquísimas que existen, de

la posibilidad que hay de interesar el sentimiento y la imajinacion con

nuestras crónicas primitivas, dándolas por fondo las peculiaridades de

nuestra espléndida naturaleza. Es por esta razon que hemos escrito la

presente noticia, sintiendo no haber contraido á ella mayor estudio y

meditacion. El Sr. Magalháes puede con mas razon que su compatriota el

autor del poema _Uraguay_, decir al suyo: _¡serás leido!_ Lo será en todas

partes. Para sus paisanos será no solamente un poema sino una buena accion.

Bajo estos dos aspectos recomendamos tambien su lectura á la jeneracion

jóven de Buenos Aires que hoy se prepara para ilustrarlo en un dia proximo

con las producciones de su espíritu privilejiado.

EL Dr. D. TEODORO M. VILARDEBÓ.

Como si estuviese dotada de un instinto infernal de dominacion, la fiebre

pestilente acaba de conseguir victoria sobre uno de sus mas denodados

é intelijentes adversarios. El jeneroso orgullo del que se consideraba

fuerte por la ciencia, ha sido castigado por la mano misteriosa de la

naturaleza. El Dr. Vilardebó ha muerto de la fiebre amarilla en la noche

del Sábado al Domingo 29 de Marzo último, á la cabecera de los enfermos,

esforzándose por tranquilizar los ánimos aterrados por la secreta y rápida

circulacion de la muerte, como espira gloriosamente el guerrero al pié de

su bandera.

En medio del silencío egoista que se apodera de las poblaciones azotadas

por la peste, no han faltado en Montevideo ecos que repitan el dolor

especial causado por la muerte de aquel hombre distinguido.

El Dr. Vilardebó habria sido estimado en cualquier parte del mundo por sus

luces, por su noble carácter, por su constante devocion á las ciencias

y al estudio; pero en esta parte de América donde tan pocos de sus hijos

se consagran por puro amor, por irresistible vocacion al cultivo de los

conocimientos recónditos que tienen por base la observacion y cálculo, era

una especie de escepcion y un objeto de orgullo para los hombres de su

propio orijen.

Nosotros no podemos hacer una biografia de la noble víctima. Hemos estado

privados por largos años de su agradable trato y de sus instructivas

conversaciones. No estamos iniciados en la marcha de su espíritu desde

el año 1843, ni de sus proyectos científicos, ni de los trabajos á que

ha sabido consagrarse despues de aquella época, aparte del ejercicio de

su profesion de médico. El Dr. Vilardebó, bajo aquellas formas sociales

y amables con que aparecia revestido en público, ocultaba la severa y

elevada rejion en que se mantenian sus ideas constantemente. Su silencioso

gabinete era el oasis de sus sueños en ese arenal que atravesaba como

médico en las horas de su práctica de cada dia.

El Dr. Vilardebó comenzó sus estudios mayores en la Universidad de

Cervera. Creyendo que su vocacion le llamaba á consagrarse á las

matemáticas, hubo de dedicarse á ellas esclusivamente, y aun fué invitado

para rejentar allí una cátedra de cálculo trascendente. Otra era la

profesion á que su destino le llevaba. De España pasó á Francia para

dedicarse á la medicina y fué discípulo de la escuela de Paris hasta

recibir en ella su diploma conquistado con un trabajo asiduo, una conducta

ejemplar y lucidos actos científicos, de cuyo mérito puede dar testimonio

la notable tésis que leyó para recibir el grado de Doctor en la famosa

Universidad de aquella capital. Al frente de esa tésis habia escrito con

ternura el nombre de su padre, pensando al escribirle en los servicios

próximos que iba á ofrecer á su querida patria despues de una larga

ausencia y de muchos desvelos.

La fama de su mérito se adelantó á él en América. Poco antes de partir

para Montevideo, habia sido elejido para componer una comision de

distinguidos profesores franceses encargados oficialmente de estudiar en

el Norte de Europa el carácter y los sintomas del cólera en sus primeras

invasiones en aquella parte del mundo.

Esto era por los años 1830 y tantos: estaba entonces en la plenitud de su

robustez y de su fuerza: su estatura era alta, su semblante simpático, sus

modales benévolos y cultos, y su palabra pura y perfectamente acentuada

no dejaba nunca traslucir que poseia fundamentalmente muchos idiomas

estranjeros, porque había cultivado con preferencia el que amaba y

respetaba como heredado de sus padres. No nos engaña la aficion de amigos.

Podemos citar un ejemplo práctico del encanto de la conversacion íntima

del Dr. Vilardebó, con tal que ella se contrajera á materias científicas

y graves. A las oraciones de una tarde del verano de 1841 se reclinó

nuestro amigo en una hamaca correntina, colgada á las paredes de nuestra

habitacion. Era la primera vez que descansaba el cuerpo sobre las redes

de aquel lecho americano, y las observaciones que hizo con este motivo

nos autorizaron para decirle: «Querido Doctor: haga V. de cuenta que se

encuentra V. en este momento en las soledades primitivas de Nueva Granada

y que ha hallado V. allí como A. Humboldt á aquel pobre americano _del

Pozo_, sediento de los raudales de la ciencia europea, que el sábio

viajero describe con tanta admiracion en una de sus obras. Hábleme V.

de Paris, del Paris intelectual que V. conoce tanto, de los profesores

que allí se distinguen, de las teorias científicas á la moda, y de las

verdades inconclusas que la observacion ha arrancado del avaro seno de la

naturaleza.» Con qué modestia y con cuanta gracia, comenzando por la parte

pintoresca de las costumbres de las escuelas francesas, fué remontando

hasta la parte árdua y elevada á que le convidábamos á subir! El sol

del dia siguiente bañaba las azoteas de la blanca y rizueña Montevideo,

cuando nos despediamos despues de haber pasado una noche _ática_, como

él decia, inolvidable para nosotros. Seriamos incapaces de reproducir

lo que dijeron de bueno y de interesante los lábios que hoy están para

siempre mudos. Pero un biógrafo del famoso físico, M. Ampere, hablando del

inmenso saber de este profesor, ha descripto con una rara fidelidad el

cuadro que acabamos de dibujar con vagos perfiles. «Habló _trece horas_

con una lucidez no interrumpida: y como el mundo es infinito, y todo en él

se encadena, y Ampere le conocia zona por zona y de un círculo al otro,

sus palabras corrian sin cesar: si el cansancio no le hubiese detenido,

creo que aun continuaria. ¡Oh ciencia! Esta vez habiais puesto bien á

descubierto el puro, bullente y sagrado manantial de tus verdades!»

Ocupaba mucho al Sr. Vilardebó la idea de hacer un estudio formal de

la historia política y natural del pais de su nacimiento. Y como la

historia civil del territorio oriental está ligada desde la conquista

á la jeneral del antiguo Vireinato del Rio de la Plata; se estendian á

todo él sus investigaciones. Llegó á reunir muchos é importantes mapas,

planos parciales y documentos escritos para servir á sus miras, y aun

redactó unas _décadas_ que, mas que un trabajo histórico completo, eran

un cuadro cronolójico de acontecimientos y descubrimientos esplicados con

los preciosos materiales que habia sistemado laboriosamente. El estudio

de las razas extintas de la gran familia guaranítica que habian poblado

las tierras comprendidas entre el Uruguay y el Plata, habíale llamado su

atencion con preferencia, y deben existir entre sus papeles apuntes útiles

sobre esta interesante materia y en especial sobre el carácter, hechos y

costumbres de aquellos famosos charruas que fueron rebeldes por siglos á

la espada y á la doctrina de la civilizacion. Creemos que los primeros

pasos que se dieron en Montevideo para formar una asociacion de personas,

que se contrajesen á la jeografia y á la historia patria, fueron dados por

el Sr. Vilardebó. Esta idea se realizó mas tarde, quedando hasta ahora en

estado de jérmen, como quedan siempre entre nosotros las ideas de esta

naturaleza.

El segundo viaje que emprendió á Europa el Sr. Vilardebó debió tener por

objeto, si no estamos mal informados, el perfeccionar sus conocimientos

para realizar sus escursiones científicas en el territorio oriental. Al

ocuparse de la geografia práctica, al estudiar la geolojía especial de

aquel suelo, advertió que las nociones generales que poseia sobre estos

ramos no eran suficientes para llegar á la perfeccion á que aspiraba,

y para responder á las exijencias que tiene en la actualidad el mundo

científico. Adelantado ya en la vida, pudiendo gozar de la independencia

que ya habia conquistado, se resignó por amor patrio y por devocion al

estudio, á volver á la humilde condicion de discípulo, interrogando los

sábios especiales y sentándose en los bancos del aula como en los años de

su primera juventud. El aspiraba á determinar astronómicamente los puntos

principales que habian de servirle de base para formar en seguida la red

trigonométrica de su cartas, asi como aspiraba con este segundo objeto á

perfeccionarse en el manejo de los instrumento jeodésicos. En el estudio

de los minerales, y de la formacion de los terrenos, en la clasificacion

de los abundantes restos fósiles que en esos mismos terrenos están como

incrustados desde las épocas antediluvianas, aspiraba igualmente á

presentarse digno de los jeólogos y de los paleontógrafos mas acreditados.

Es lástima que las inquiétudes políticas y otras causas de desaliento que

militan en América para esterilizar los mejores propósitos, hayan detenido

al Sr. Vilardebó en este camino tan honroso como útil. Su espíritu debe

haber padecido mucho con los obstáculos que encontró invencibles para la

prosecucion de sus miras, pues hemos sido testigos de la satisfaccion con

que decia hablando de la firme resolucion que tenia de entregarse á ese

género de trabajos: «Para quien desea formarse un nombre en la carrera

científica, nada es tan penoso como la indecision del rumbo que haya de

seguir. Yo le he hallado ya. Mi ocupacion en adelante será el estudio

de la naturaleza y de la historia civil de mi pais.».... La muerte lo

ha sorprendido sin haber satisfecho tan laudable ambicion. Esta es la

historia del hombre.

Lo repetimos, el espíritu y el carácter del Dr. Vilardebó eran sérios

y reflexivos. El profesaba principio de que no se puede ejercer en la

vida mas que un sacerdocio, y que los ocios del medico son la meditacion

y el estudio. El profesaba tambien la máxima de Plinio el viejo: para

él, _vivir era velar_. Si las cuestiones de la política intestina de

su pais no le eran indiferentes por la relacion que tienen con la

felicidad pública, nunca quiso tomar una parte activa en ellas, dejando

la jestion de los negocios de estado á cabezas mas audaces ó á personas

mas presumidas de entender la táctica de los movimientos gubernativos.

El era uno de esos pocos hombres con que contamos en estos paises para

que se coloquen á la cabeza de la falanje científica que es preciso

organizar alguna vez para sacar de la pereza en que yacen las fuerzas de

la naturaleza y devolverlas activas á las necesidades de un pais que se

desarrolla como un niño bien constituido,--á pasos de gigante.

Si hay un consuelo para los amigos del Dr. Vilardebó al verle detenido

en la vida, no por el cansancio de los años sino por el veneno traidor

de una épidemia inesperada, es sin duda la idea de que ha sucumbido en

el lugar de honra á donde le llamaban sus deberes. La actitud del médico

que sucumbe al mal que en aquel momento combate, es mas modesta, pero no

menos meritoria que la del soldado que dá la vida en su puesto. Nosotros,

sin embargo, colocamos al Sr. Vilardebó mas arriba de los héroes de

espada, dándole el lugar que merece entre los hombres sabios y rectos que

se sacrifican por la humanidad. Tenemos á la vista la carta de un digno

y respetable europeo que ha tratado al Dr. Vilardebó hasta sus últimos

instantes y de ella estractamos las siguientes palabras: «Estoy convencido

por esperiencia propia de que hay almas tan nobles y sublimes en el seno

de las civilizaciones jóvenes, como en el de las antiguas. Vilardebó

me recordará siempre la verdad de este principio, que para mi es sin

contradiccion.»

Quien conoce el mérito moral é intelectual de la persona que escribe estas

palabras, sabe que ellas son el mayor elojio que se puede escribir sobre

el sepulcro del amigo malogrado á quien deseamos paz.

Apuntes biograficos de escritores, oradores y hombres de estado de la Republica Argentina · 第 39 / 55 题