Este dia eché la vacijeria en tierra, el caballo (que hasta ahora no
habia hallado paraje para desembarcarlo), y todos los ùtiles de á
bordo, á fin de limpiar la embarcacion, y achicarle el agua: y
asimismo eché en tierra anclas y cables, y monté la artillerìa y bajè
tierra cerciorarme bien de su calidad, la que ciertamente supera
cuanto he visto en la Costa Patagónica, y creo compite con los mejores
parages, cuyo juicio hice el año pasado, y expuse en el diario citado
arriba: pero no siendo esto de mi profesion, suspendo lo que pudiera
decir en el asunto, por no errar; dejándolo los inteligentes en la
agricultura (aunque esta no me es totalmente desconocida). Luego que
llegué bordo, que fuè bien cerca de noche, llegaron un cerrito, por la
parte del N, como de 50 60 indios: inmediatamente mandé el bote y la
chalupa á que condujesen algunos, y trajeron 5, y una mulata
lenguaraz: entre ellos venia el que habia conducido la carta del
Super-Intendente, los que agasajè y regalé con aguardiente, (la mitad
agua del Colorado) poleadas y bizcocho; y aunque los quise despachar
para el Rio Negro, respondiendo por medio de ellos dicho Señor, y d
ndole cuenta de mi arribo á este rio, no pude conseguirlo, porque
decian quieren pasar aquì el dia de mañana, para que descansen sus
caballos. A las ocho de la noche los eché en tierra.