CAPÍTULO XXX.

Aristipo.

Al día siguiente de esta conversación, corrió la voz de que acababa

de llegar Aristipo de Cirene, a quien nunca había yo visto. Mirábanle

muchos como un novador en filosofía, y le acusaban de que quería

establecer la alianza monstruosa de las virtudes y deleites. Al punto

que llegó a Atenas abrió su escuela, donde yo me introduje con la

multitud. Después le traté particularmente, y en las conferencias que

con él tuve me dio algunas nociones de su sistema y de su conducta.

«Aún era yo joven», me dijo, «cuando recibí las nociones de Sócrates,

y como la belleza de la doctrina de este gran filósofo exigía ciertos

sacrificios de que yo no era capaz, resolví emprender otro camino

más cómodo para llegar al término de mis deseos. Siguiendo pues mis

propias reflexiones, me acostumbré a juzgar de todos los objetos por

las impresiones de alegría o de dolor que causaban en mi alma; a buscar

como útiles los que me procuraban sensaciones agradables, y evitar como

dañosas las que producían un efecto contrario.

»Tomando por reglas de mi conducta estas dos especies de sensaciones,

las refiero todo a mí mismo, y no dependiendo del resto del universo

sino por mi interés personal, me constituyo centro y medida de todas

las cosas. Como no quiero que me mortifiquen los pesares ni las

inquietudes, alejo de mí las ideas de lo pasado y lo futuro, y vivo

enteramente entregado a lo presente. Cuando he agotado las delicias

de un clima, voy a otro para hacer nueva cosecha. Aunque extranjero

en todas las naciones, de ninguna soy enemigo; gozo de sus ventajas

y respeto sus leyes. Aun cuando estas no existiesen, el filósofo no

debiera turbar el orden público con máximas atrevidas ni con una

conducta irregular y reprensible. Pasé a la corte de Dionisio, rey de

Siracusa, y este príncipe me preguntó a qué iba a su corte. “Vengo

a trocar”, le dije, “vuestros favores por mis conocimientos y mis

necesidades por las vuestras”. Aceptó Dionisio el trato y me distinguió

de los demás filósofos que le rodeaban».

Sabía Aristipo que le habían desacreditado en la opinión de los

atenienses; y dispuesto siempre a satisfacer los cargos que se le

hacían, me instaba a que le diese ocasiones para justificarse.

«Os acusan», le dije, «de haber adulado a un tirano, y esto es un

crimen horrible». «La corte de Siracusa», me respondió, «estaba llena

de filósofos que se erigían en reformadores. Yo tomé en ella el papel

de cortesano sin dejar el de hombre de bien: aplaudía las buenas

prendas del joven Dionisio, pero no alababa sus defectos ni tampoco los

reprendía, porque no tenía autoridad para ello y solamente sabía que

era más fácil tolerarlas que corregirlas. Jamás he faltado a la verdad

cuando me ha consultado sobre puntos importantes. Cuando no se trataba

de su gobierno, hablaba con libertad y aun a veces con indiscreción.

Un día le dirigí una pretensión en favor de mis amigos, y, viendo que

no me oía, me eché a sus pies y esto se miró como un crimen, a lo cual

respondí: “¿Es culpa mía que este hombre tenga los oídos en los pies?”.

»Mientras yo le instaba inútilmente para que me concediese una

gratificación, le ocurrió hacer una a Platón, el cual no la aceptó, y

entonces dije yo en voz alta: “No hay peligro de que el rey se arruine,

pues da a los que rehúsan, y rehúsa a los que piden”.

»Muchas veces nos proponía problemas, e interrumpiéndonos luego se daba

prisa en resolverlos él mismo. “Tratemos”, me dijo en una ocasión,

“de algunos puntos de filosofía; comenzad”. “Muy bien”, le dije, “así

tendréis el placer de acabar y de enseñarme lo que queréis saber”.

Picose de esto, y a la comida me hizo poner en el último asiento de la

mesa. Al día siguiente me preguntó: “¿Qué os ha parecido aquel sitio?”

“Quisisteis, sin duda”, le respondí, “que fuese el más honroso de todos

durante algunos momentos”».

«Os echan en cara», dije a Aristipo, «la afición que tenéis a las

riquezas, al fasto, a los manjares, a las mujeres, a los perfumes y

a toda clase de sensualidades». «Disfruto», me contestó, «de las

comodidades de la vida y me es fácil pasar sin ellas. En la corte de

Dionisio me han visto vestido de púrpura, en otras partes unas veces

con vestido de lana de Mileto, y otras con un manto grosero. Dionisio

daba libros a Platón, y a mi dinero, que paraba poco en mis manos, por

no mancharlas. Compré una perdiz en cincuenta dracmas (ciento sesenta

y siete reales de vellón), y dije a uno que se admiraba de esto: “¿No

hubierais dado vos un óbolo (diecinueve maravedís)?”. “Sin duda”. “Pues

bien: no estimo yo en más las cincuenta dracmas”.

»Las liberalidades del rey de Siracusa me permitían tener buena mesa,

ricos vestidos y gran número de esclavos. Muchos filósofos, rígidos

partidarios de la moral severa, murmuraban de mí altamente, pero yo

únicamente les respondía con dichos jocosos. Un día Políxeno, que

creía tener en su alma el depósito de todas las virtudes, halló en mi

casa unas lindas mujeres y los preparativos para un gran banquete;

por lo que se entregó sin retentiva a toda la rigidez de su celo. Yo

le dejé decir cuanto quiso y luego le invité a quedarse con nosotros.

Aceptó y nos convenció en breve de que si no gustaba de gastar, a

lo menos le gustaba comer bien, tanto como su corruptor mismo. El

nombre de deleite que doy a la satisfacción interior que debe hacernos

felices no merece el agrado de aquellos entendimientos superficiales

que se sujetan a las palabras más que a las cosas. Algunos filósofos,

olvidando que aman la justicia, han favorecido su opinión, y algunos

de mis discípulos la justificarán quizás cometiendo algunos excesos;

pero ¿cambiará acaso de carácter un excelente principio porque de él se

saquen falsas consecuencias? Quizás llegará un día en que se diga que

Sócrates y Aristipo algunas veces se apartaron de los usos ordinarios,

ya en su conducta y ya en su doctrina, pero también se añadirá, sin

duda, que enmendaron estos leves extravíos con los progresos que han

hecho en la filosofía».

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) · 第 52 / 107 题