Para no mencionar los infinitos atropellos y repetidas violencias que
los gobiernos de Europa han cometido, abusando de su fuerza, contra las
pequeñas nacionalidades formadas el año 1810 en el territorio
continental americano que fué en un tiempo colonia española, concretaré
este capítulo al estudio de las intervenciones que pudieron tener
trascendencia perjudicial á la soberania é independencia de las mismas ó
al réjimen político que adoptaron.
La primera de ellas, incompetentemente iniciada durante el reinado de
Luis Felipe por Monsieur Roger, Vice Cónsul francés en Buenos Aires, no
produjo resultado alguno satisfactorio á la potencia interventora que,
segun parece, no lo buscaba tampoco.--Ha sido, en efecto, una política
muy comun en los gobiernos de Francia, la de crear complicaciones
internacionales cuando las evoluciones de la lucha interna han puesto en
peligro su propia existencia: asi sucedió en esta ocasion y mas tarde en
Méjico. Es verdad que se buscaron siempre enemigos que, dando pábulo á
las crónicas y desviando el entusiasmo de las facciones, no crearan por
su poder problemas de solucion incierta en lo futuro.
La escuadra francesa que fué á Buenos Aires y efectuó el bloqueo de la
ciudad para imponer al gobierno el pago de las indemnizaciones exijidas
á la República por muchos súbditos de S. M., á mérito de perjuicios
sufridos durante la tiranía en sus personas y en sus bienes, debia
sostener las pretensiones entabladas por Monsieur Roger; pero este
agente, con su precipitacion, autorizó á Rosas para impugnarle su
conducta, haciéndole notar que él solo podia jestionar en asuntos de
comercio y que el Gobierno de la Nacion Argentina no se encontraba
dispuesto á tratar de las reclamaciones entabladas por los súbditos
franceses sino con un representante diplomático plenamente autorizado
para ello.--El Rey de Francia envió entónces como Cónsul General y
Encargado de Negocios al Señor Buchet de Martigny, funcionario que en
vez de entablar negociaciones promovió la coalicion entre las tropas
francesas y los disidentes argentinos al mando del General Juan Lavalle,
bien persuadido, por cierto, de que el bloqueo era ineficaz y de que se
requeria el apoyo de los revolucionarios patriotas para obtener algun
resultado.
El convenio que consigna esta alianza, firmada de una parte por el Señor
Buchet de Martigny y de otra por los señores Julian S. Agüero, Juan J.
Cernadas, Florencio Varela, Ireneo Portela, Valentin Alsina, y Gregorio
Gomez, representantes en Montevideo de la resistencia contra Rosas,
espresa que los sucesos del bloqueo han producido una alianza de hecho
entre los agentes de los ciudadanos argentinos armados contra el tirano
y los de S. M., alianza que ha sido confirmada por el General Juan
Lavalle en Julio de 1839 y _ratificada_ por Thiers, Presidente del
Consejo, _en su discurso_ en la Cámara de Diputados el 28 de Abril de
1840.--No obstante esto, se agrega que para dar al pacto toda la
_regularidad_ posible los representantes mencionados convienen:
En que el Señor Buchet de Martigny se trasladará á Buenos Aires en su
carácter diplomático cuando se derroque al tirano Rosas y presentará al
nuevo gobierno una declaracion concebida mas ó menos asi: El bloqueo y
sus desagradables consecuencias no se han dirijido contra los ciudadanos
sino contra el gobierno del tirano y esto mismo con el único objeto de
indemnizar los perjuicios causados á los súbditos franceses y de impedir
las crueldades del tirano contra los mismos.
A tal declaracion el gobierno provisorio contestará estendiendo un
decreto en el cual se esprese que hasta la terminacion de un tratado de
amistad con la Francia los súbditos de S. M. serán considerados como los
de la nacion mas favorecida y que _se reconocerá_ la legitimidad de las
reclamaciones en favor de los que fueron perjudicados durante la
tiranía.
Las irregularidades de este pacto y la _ratificacion_ hecha de palabra
en un Parlamento, tenian que traer como desenlace natural el abandono de
los patriotas.--Cuando menos se pensaba llegó al Rio de la Plata el
Almirante Mackau, quien con especiales instrucciones de su gobierno,
propuso al Dictador las conferencias que dieron por resultado el
convenio de 29 de Octubre de 1840 y la inmediata evacuacion de las
tropas francesas.
Los patriotas íntegros y entusiastas que buscaban una solucion al
conflicto de la pátria en la alianza estranjera, se vieron obligados,
por la fuerza de los sucesos, á prescindir de ella y á buscarla, donde
únicamente podia encontrarse, en el empeño noble y ardoroso de sus
conciudadanos.
La historia les disculpa su grave error en atencion á la solemnidad de
las circunstancias, á los actos odiosos de la tiranía y á la sinceridad
de sus propósitos.
Es fuera de duda, por lo demas, que ellos mismos no dejarian de pensar
con espanto en las consecuencias de su impremeditada actitud, muy
especialmente si presenciaron, pocos años despues de derrocado el
déspota por la valiente perseverancia de los argentinos, la intervencion
de varias potencias europeas en el antiguo reino de Nueva España. Allí
tambien los soldados de Francia buscaron la alianza de una fraccion
política para imponer á la otra un sistema de gobierno en abierta
oposicion á sus prácticas é instituciones!--Á la verdad, ¿quién puede
prever lo que hubiera acaecido en la República Argentina con el triunfo
del ejército de Lavalle _coadyuvado por las tropas francesas_?--Tal vez
reclamaciones mayores é intervenciones mas directas en nuestros asuntos
propios.
La segunda intervencion que tuvo lugar en el Rio de la Plata, realizada
en comun por Francia é Inglaterra, fué solicitada de ámbas potencias
por el Vizconde de Abrantes, embajador brasileño. Este diplomático
procuraba demostrar que la proteccion concedida por Rosas al General
Oribe, jefe de uno de los partidos que luchaban en la República Oriental
del Uruguay, ponia en peligro la independencia de ese país; solicitaba,
en consecuencia, el cumplimiento de la cláusula que contiene el tratado
firmado el año 1828 entre el Imperio del Brasil y la República
Argentina, por la cual Francia é Inglaterra garantizan la independencia
de la mencionada república.
Sin darse á la cuestion la importancia que pretendia el Brasil y
atribuyéndole mucha al hecho de una recíproca alianza, en momentos de
conflicto para el viejo mundo, la intervencion anglo-francesa en el Rio
de la Plata se efectuó mas por intereses de política europea que por dar
cumplimiento á las estipulaciones del tratado de 1828.
No es estraño, pues, que no teniendo bandera la intervencion, ni objeto,
ni propósito, desde que poco podia importarles á esas potencias que
gobernara Oribe ó que mandara Rivera, el resultado de ella fuera el
reconocimiento de todos los derechos sostenidos por el Dictador Rosas y
la evacuacion incondicional de los buques que efectuaban el bloqueo.
Las fuerzas anglo-francesas, despues de saludar el pabellon argentino
con 21 cañonazos, se retiraron sin haber obtenido otro resultado que
afianzar la tiranía sangrienta de Juan Manuel Rosas y poner una rémora
al progreso de un país tan rico y al desarrollo de su comercio.
Los Estados Unidos no tomaron participacion alguna en el
desenvolvimiento de estos sucesos, presumo que por no serles simpática
la idea de entablar negociaciones ni con unos ni con otros: con los
aliados, por significar la intervencion de Europa en los asuntos de
América, hecho que es proverbialmente odioso al país; con Rosas, por la
condicion cruel y salvaje de su gobierno.
* * * * *
La mas desoladora y continuada anarquía fué el inmediato fruto que
cosechó la República Mejicana de su independencia. Desde que Iturbide
fundó su efímero imperio hasta que tuvo lugar la intervencion que
llevaron á su suelo las potencias aliadas, España, Francia é Inglaterra,
ningun gobierno habia consolidado un órden de cosas estable, ninguno
habia creado siquiera los medios de hacer práctica su accion. En tales
circunstancias las naciones forman deudas: no las cubren. El motivo real
de la intervencion emana de ahí, por mas que se hiciera aparecer
entónces como pretesto de ella el deseo de hacer indemnizar á los
extranjeros residentes allí los perjuicios que las tropelías y ultrajes
de los caudillos de barrio les habian ocasionado.
La convencion entre las tres mencionadas potencias, firmada en Lóndres
el 31 de Octubre de 1861, manifiesta esplícitamente que ellas asumen tal
actitud porque se ven obligadas á exigir de las autoridades de Méjico
una proteccion mas eficáz para las personas y bienes de sus súbditos,
así como el cumplimiento de las obligaciones contratadas por la
República.--Los plenipotenciarios, despues de canjearse sus respectivos
poderes, convinieron en que las potencias aliadas enviarian á las costas
de Méjico fuerzas de tierra y mar combinadas, que apoderándose de las
fortalezas y posiciones del litoral mejicano impusieran al gobierno su
línea de conducta. Espresaban en las cláusulas del tratado, que los
comandantes de esas fuerzas podrian tomar todas las determinaciones que
fueran necesarias para garantizar la propiedad y asegurar la vida de los
súbditos de los aliados, comprometiéndose, además, los contratantes á no
ejercer en los asuntos interiores de Méjico ninguna influencia destinada
á contrariar el derecho que la nacion tiene de constituir su propio
gobierno.--Agregaban, finalmente, que no siendo esclusivistas y sabiendo
que los Estados Unidos tenian tambien reclamaciones que hacer valer, se
obligaban á enviar á Washington una cópia de la convencion, sin
determinar, sin embargo, que se suspendieran los efectos del pacto hasta
la accesion de esta última potencia, indudablemente por temor á los
obstáculos que en nombre de los intereses americanos opondria á la
espedicion proyectada su ya no despreciable poder.
Apenas conocido el pacto de estas potencias en Estados Unidos, el Señor
Seward, Ministro de Relaciones Esteriores, significó á los tres aliados
que se adelantarian á Méjico las cantidades necesarias para cubrir su
deuda, agregando, al mismo tiempo, que aquella república habia aceptado
ya la mediacion propuesta obligándose al pago con la fé pública y la
desamortizacion de los bienes de la Iglesia.
Francia contestó que se equivocaban _los motivos que habia para
apoderarse de los puertos de la República_;--Inglaterra que la cuestion
de interés era solo uno de los cargos contra Méjico.
Las connivencias de los aliados tenian lugar á despecho de la
declaracion que habia pronunciado el 19 de Enero de 1821 á nombre de la
Gran Bretaña, Lord Castlereagh: «Si las evoluciones políticas que se
producen en un país pueden crear un _derecho de intervencion_, solo
puede eso admitirse cuando la seguridad y los intereses esenciales de
los Estados interventores estén amenazados de una manera séria y exista
una necesidad imperiosa y urgente».
Todo esto prueba que la proteccion á los súbditos perjudicados era solo
un pretesto, reservándose cada potencia la secreta esperanza de cambiar
el sistema del gobierno mejicano en provecho propio.
España, precipitando los sucesos, dió á conocer primero sus planes, pues
aun cuando los plenipotenciarios respectivos Lord Russell, Javier de
Isturitz y Monsieur Flavaut, al formar el convenio aludido estipularon,
como es natural, que se buscarian los medios de espedicionar de comun
acuerdo, tropas enviadas de la Habana operaron separadamente y ocuparon
á Vera Cruz.--A las reclamaciones de los otros aliados contestó el
Ministro de Relaciones Esteriores de España, Señor Calderon Collantes,
mencionando que su procedimiento aislado se esplicaba por haber llegado
tarde á la Habana la órden de suspender la salida de la espedicion. No
dice, lo que es óbvio, que existia con anterioridad la órden de
enviarla. Este hecho y algunas revelaciones de la época, prueban que el
interés de España en la contienda era muy distinto del que indicaban sus
ministros y encubria un designio semejante al que despues practicó
Francia con mejor éxito. Se dijo que pretendia fundar una monarquia en
Méjico adjudicando el trono á Don Sebastian, tio de la reina.
La espedicion combinada de Francia é Inglaterra se incorporó mas tarde á
las fuerzas españolas, operando todas ellas conjuntamente á las órdenes
del general Prim.
Ostensiblemente, no existia el propósito de derrocar al gobierno de
Juarez sino el de conminarlo al cumplimiento de las obligaciones
contraidas y á la indemnizacion de los perjuicios sufridos por los
respectivos súbditos; pero las intenciones ocultas de los invasores
debian ser conocidas con la llegada al campamento del general mejicano
Almonte, traidor que habia sostenido en Europa la conveniencia de crear
en su pátria un Imperio, llegando á ofrecerle la corona, en
representacion del partido conservador, al Archiduque de Austria.--El
Presidente Juarez se quejó de que se autorizara la presencia de un
revolucionario en el territorio mejicano y solicitó su espulsion.--Los
españoles, desconcertados en sus planes por las ambiciosas miras de
Francia y los ingleses, sinceros en esta ocasion, encontraron razonable
la exijencia de este magistrado.
En cuanto al General francés Forey, fué insolente en su contestacion y
en su conducta arbitrario; dijo que el Señor Almonte era un proscrito y
que la bandera francesa siempre protegia bajo sus pliegues á los
desgraciados.
Despues de este incidente, las tropas españolas é inglesas se retiraron
y las francesas continuaron la campaña interventora ejerciendo todo
género de crueldades contra los nacionales que pretendian poner un dique
á su irrupcion y ocupando militarmente á Puebla, Orizaba y la capital.
Por entonces manifestó Napoleon III cuales eran sus ideas respecto á la
invasion que habian practicado sus tropas en el nuevo mundo. En carta
dirijida al general Forey espresaba que tan inusitada intervencion
respondia: 1º Á poner un obstáculo á la absorcion de esa parte de
América por los Estados Unidos--2º Á impedir que la gran confederacion
anglo-sajona llegara á ser la única intermediaria para el comercio del
continente norte-americano--3º Á restablecer el prestijio de la raza
latina en América.--4º Á acrecentar la influencia de Francia por medio
del establecimiento en Méjico de un gobierno mas simpático á sus
intereses.
Si el documento que contiene tan atrevidos conceptos no fuera privado,
pareceria hasta inverosímil que un monarca europeo tuviera la audacia de
insinuar su intencion de cambiar el sistema de gobierno en un pueblo
amigo, á mérito de restablecer el prestijio de la raza latina! Como si
tal prestijio pudiera alcanzarse buscándolo en el pasado y no en el
porvenir, en instituciones y en prácticas contrarias al progreso y no en
aquellas que siguen su camino de adelantos para responder á aspiraciones
que son tambien las del pueblo frances: _la libertad, la igualdad, la
fraternidad_.
Calumnia Napoleon á los Estados Unidos al manifestar el temor de que
estos absorban á las demas naciones de América; pero aunque así no
fuera, siempre su observacion se miraría como impertinente y ridícula,
pues llegado el caso, seguramente muy remoto, de que los Estados
Americanos se sometieran á un poder estraño, preferirian subordinarse al
sistema republicano federal de Washington antes que al centralista de
Paris.
Pueden aparecer en la república modelo gobernantes ó muy torpes ó
demasiado ambiciosos para buscar en la conquista el engrandecimiento de
su pátria; mas ¿en qué puede afectar eso á los vecinos, si el carácter y
la índole de aquel pueblo lo alejan de la violencia y le inspiran el
deseo y el interés, que impone á sus mandatarios, de influenciar tan
solo con sus ideas y sus prácticas?
Cuando la bandera francesa flameaba en los edificios públicos de la
capital mejicana, Maximiliano, que habia rechazado las proposiciones de
Almonte, obedeció las insinuaciones de Napoleon y renunciando á todos
sus títulos y derechos como principe austriaco aceptó el Imperio, si
bien bajo la condicion de que el cambio de gobierno fuera solicitado por
la mayoria de la nacion.--Entonces se produjo esa farsa de adhesiones y
de llamadas que, bajo la presion de las bayonetas estranjeras y las
inspiraciones de los cabecillas del partido reaccionario, dió por
resultado el viaje del nuevo monarca á Méjico, donde llegó, acompañado
de su esposa, el 29 de Mayo de 1864. La apoteosis de que fué objeto, en
medio de arcos de triunfo y de entusiasmo comprado á peso de oro,
engañaron por completo á Maximiliano, haciéndole concebir ideas
exajeradas sobre la popularidad de que gozaba su nombre y la simpatía
que merecia el nuevo sistema en el pueblo mejicano. Comenzaba ya á ser
víctima el noble príncipe del partido conservador y de la política
maquiavélica de Napoleon III.
Sorprenderá que llegaran las cosas á este punto sin que los Estados
Unidos hicieran un solo acto de protesta. Debe observarse, sin embargo,
que en esa época la Union se encontraba dividida por la lucha mas
ardiente que ha presenciado su territorio y que el Gobierno no podia
distraer ni fuerza ni atencion en tan graves circunstancias.
Una vez que este, reconstituido despues de la guerra, pudo contar con el
próximo y definitivo restablecimiento de la paz interna, envió
instrucciones al Señor Adams, Ministro en Francia, para que manifestara
al Emperador que cualquier intervencion hecha con el propósito de
imponer nueva forma de gobierno á la República de Méjico se miraria como
una declaracion de guerra.
Muchas y muy especiosas razones dió el gabinete francés para probar que
la invasion solo tenia por objeto exijir el cumplimiento de las
obligaciones contraidas por la República y que la presencia del
Archiduque en Méjico se debia al espontáneo llamamiento de la mayoria
del país.
Con todo, los Estados Unidos insistieron en que si no se retiraban las
tropas francesas en un término dado, se romperian las hostilidades.
En el mismo orden de ideas que el Poder Ejecutivo, el Congreso Americano
habia sancionado por unanimidad el 4 de Abril de 1864 esta proposicion:
El Congreso declara que no conviene á la política de los Estados Unidos
el reconocer un gobierno monárquico establecido en América sobre las
ruinas de un gobierno republicano y bajo los auspicios de un gobierno
europeo cualquiera que sea.
Terjiversando con habilidad sobre los principios proclamados
solemnemente mas de una vez por los Estados Unidos é invocando los
procedimientos históricos de la nacion en ese punto, los diplomáticos
franceses trataron de probar que el Señor Juarez no ejercia el gobierno
de Méjico _en el hecho_, insinuando, además, que podria producirse un
cambio, con anuencia de ambas naciones, sin incluir, por cierto, en él
al lejítimo Presidente Señor Juarez.
El Señor Seward, inspirándose en una sana política y conquistando
lejítima gloria para su pátria, contestó, que indudablemente el Señor
Juarez no ejercia un gobierno de hecho, teniendo el poder de derecho,
pero que si eso sucedia solo debia atribuirse á la presencia de las
tropas francesas en el territorio mejicano. Manifestó así mismo, que
los Estados Unidos no podian desconocer al gobierno reconocido ya del
Señor Juarez, quien _seguramente_ tendria los medios de ejercer su
autoridad una vez retiradas esas tropas.
Las negociaciones arribaron al resultado que se deseaba, la evacuacion
de las tropas francesas. Es indudable que sin el temor de romper
abiertamente con los Estados Unidos, en una época en que Napoleon tenia
bastante con las preocupaciones de su propio gobierno, ellas hubieran
retardado su retirada dilatando con su odiosa presencia el triunfo de la
causa nacional.
Apenas se alejó el mariscal Bazaine, Jefe á la sazon de las tropas y
faltó al raquítico Imperio el auxilio de fuerza que ellas le daban, este
se derrumbó con una rapidez mayor de la que se habia requerido para
crearlo.
Perdido el primer apoyo era necesario buscar uno nuevo. La Archiduquesa,
valiente compañera de Maximiliano, fué á Europa con el propósito de
solicitarlo para el trono de su esposo; pero la intervencion diplomática
de los Estados Unidos impidió nuevamente el envío de los contingentes de
tropas con que Austria y tal vez Bélgica pensaban auxiliar al
desgraciado príncipe en su incierta posicion y este tuvo que esconder su
impotencia en Queretaro donde el ejército republicano lo sitió, lo
venció y pronunció, en consejo de guerra, la terrible sentencia de
muerte.
No es esta la oportunidad de hacer un juicio detenido sobre la debatida
cuestion de si fué ó no conveniente para Méjico el lamentable fin del
Archiduque, pero merece consignarse la opinion espresada entonces por
los Estados Unidos.
El Señor Seward, antes de conocer el fatal desenlace, dirijió al
representante americano acreditado cerca del Señor Juarez una nota en la
cual significaba que la severidad ejercida con los prisioneros
republicanos capturados en Zacatecas hacía temer como represalia una
severidad semejante para con el príncipe y sus soldados estrangeros,
consumándose asi un hecho que pudiera ser perjudicial á la causa
nacional de Méjico y al sistema republicano en todo el mundo. Indicaba,
por lo tanto, la conveniencia de hacer conocer al Presidente el deseo de
los Estados Unidos de que el príncipe y sus secuaces recibieran un
tratamiento humano.
El Señor Seward demostró, pretendiendo impedir la ejecucion de
Maximiliano, que su pátria se preocupaba de los intereses republicanos.
No ignoraba el célebre estadista que, en todas las épocas de la
historia, la consecuencia lójica del sacrificio de los reyes ha sido la
rehabilitacion del trono.