Así como un hombre, segun sus medios de accion, sus aptitudes y su
carácter, debe formarse una norma de conducta en su trato con los demas
hombres, una nacion debe necesariamente proclamar y sostener los
principios que han de presidir á sus relaciones con las otras.
Cada individuo ejerce una relativa influencia en el incremento de la
colectividad á que pertenece; cada agrupacion social imprime tambien su
sello característico en el adelanto de la humanidad: el uno y la otra
tienen el derecho, y ademas el deber, de hacer sentir su intervencion en
el general progreso.
¿Han practicado acaso este deber, han hecho valer este derecho las
repúblicas emancipadas del poder español en 1810? Los pueblos que en
América nacieron á la vida política á principios de este siglo ¿se han
preocupado de propender al desarrollo de sus instituciones en el mundo ó
de tomar la parte que les corresponde en la sociabilidad humana? Afirmo
que no; que solo han acordado leve atencion á los asuntos esteriores
cuando los peligros á que su debilidad está sujeta les han obligado á la
accion. En la guerra, en la defensa de sus derechos soberanos, han
desplegado, es cierto, todo el entusiasmo y ardor de que son capaces las
mejores razas, obteniendo á veces el interés de otros gobiernos y de
otros pueblos; pero en la paz, ningun principio se ha oido proclamar por
los lábios de sus hombres públicos: las conquistas del héroe se han
desvanecido en la anarquia ó en la calma desidiosa de gobiernos que solo
atienden á los problemas del presente.
Y esto ¿porqué? ¿Porque el ensayo de las mas sábias instituciones en los
pueblos menos educados importara escluir de los gabinetes toda
aspiracion, toda idea, que no encerrara el propósito de prestigiar
aquellas dentro de los límites acordados á cada circunscripcion
nacional? No; los hombres de Estado saben que así como la virtud
individual solo existe en tanto que es útil á la sociedad, las
instituciones de un pueblo solo son buenas cuando imprimen en la
humanidad una influencia benéfica--¿Porque apagara nuestra débil voz el
temor de que no fuera oida en el concierto general de las naciones?
Tampoco; nadie ignora que los Estados Unidos del Norte eran débiles
tambien cuando hablaron al mundo el idioma de la libertad y proclamaron
los principios fundamentales en que descansaria su política
internacional.
Ahora bien, en mi concepto es posible y necesario perseguir
concientemente los destinos á que la América aspira, tan posible, tan
necesario como dictar constituciones para los fines de la organizacion
interna.
La publicacion que emprendo tiene por objeto comprobar este aserto.--Sus
pájinas revelarán al lector intelijente un esfuerzo de buena intencion,
ya que la estremada concision en unos casos ó la inesperiencia del
escritor en otros solo den por resultado un trabajo incompleto.
Hago una narracion somera de los hechos históricos que afectan á las
relaciones sociales del nuevo mundo; me ocupo de la Doctrina de Monroe,
de los Congresos internacionales reunidos despues de la independencia,
de las diversas cuestiones que ha sujerido la apertura de un canal
inter-oceánico en el Istmo de Panamá, de las odiosas intervenciones de
los gobiernos europeos en este continente, de la actitud de los Estados
Unidos en presencia de la lucha simpática sostenida por los patriotas
cubanos contra los opresores de la isla y de las anexiones y
segregaciones que en el presente siglo han modificado la geografía
política de América.
Procuro demostrar, en seguida, que la tendencia de los gobiernos en
Estados Unidos, tantas veces y con tanta razon clasificada de egoista,
ha sido muy á menudo contraria al sentimiento público; busco en la
indisputable analojia de instituciones entre el Norte y el Sud el
aliciente de una confraternidad que se traduzca en procedimientos
internacionales semejantes; espreso, en fin, cuantas ventajas traeria el
desarrollo de las relaciones comerciales en América, asi como el impulso
progresivo de que ellas son susceptibles para atender á las exigencias
económicas del porvenir.
Al terminar significo algunas soluciones prácticas, si bien con la
reserva que me impone el comedimiento y alejando de mi espíritu el
intento de decir la última palabra sobre un tema en el cual basta la
satisfaccion de haber pronunciado la primera.