Doña Bernarda no llegó a sospechar el motivo por el cual su hijo se
levantó al día siguiente pálido y ojeroso como quien ha pasado una mala
noche. Tampoco sus amigos políticos adivinaron por la tarde la razón por
la que Rafael, haciendo buen tiempo, fuese a encerrarse en la atmósfera
densa del Casino.
Los más bulliciosos correligionarios le rodearon para hablar una vez más
de la gran noticia que hacía una semana traía revuelto al partido. Iban
a ser disueltas las Cortes; los diarios no hablaban de otra cosa. Dentro
de dos o tres meses, antes de finalizar el año, nuevas elecciones, y con
ellas el triunfo ruidoso y unánime de la candidatura de Rafael.
Don Andrés y los más graves de sus adeptos, andaban preocupados
recordando fechas y haciendo cuentas con los dedos, como cortesanos que
forman sus cálculos en vísperas de la declaración de mayor edad del
príncipe.
El íntimo amigo y lugarteniente de la casa de Brull, era el más
enterado. Si las elecciones se verificaban en la fecha indicada por los
periódicos, a Rafael le faltarían unos cuantos meses, cinco o seis,
para cumplir los veinticinco años. Pero él había escrito a Madrid
consultando a los personajes del partido; el ministro de la Gobernación
se mostraba conforme, _había precedentes_, y aunque a Rafael le faltase
el requisito de la edad, el distrito sería para él. Ya no enviarían de
Madrid más _cuneros_. Se acabaron los señorones desconocidos. Y toda la
grey _brullesca_, se preparaba para la lucha con el entusiasmo ruidoso
del que sabe que el triunfo está asegurado de antemano.
Todas estas manifestaciones dejaban frío a Rafael. El, que tanto había
deseado la llegada de las elecciones para verse libre, allá en Madrid,
permanecía insensible aquella tarde como si se tratara de la suerte de
otro.
Miraba con impaciencia la mesa de tresillo donde don Andrés con otros
tres prohombres jugaba su diaria partida, y esperaba el momento en que
viniera cual de costumbre a sentarse junto a él, para que le
contemplasen en sus funciones de Regente, cobijando bajo su autoridad y
sabiduría de maestro al príncipe heredero.
Bien mediada la tarde, cuando el salón del casino estaba menos
concurrido, la atmósfera más despejada, y las bolas de marfil quietas
sobre el paño verde, don Andrés dio por terminada la partida,
aproximándose a su discípulo, rodeado como siempre por los partidarios
más pegajosos y aduladores.
Rafael fingía escucharles mientras preparaba mentalmente la pregunta que
desde el día anterior deseaba hacer a don Andrés.
Por fin se decidió:
—Usted que conoce a todo el mundo. ¿Quién es una señora muy guapa que
parece extranjera y que encontré ayer en la montañita de San Salvador?
Comenzó a reír el viejo, echando atrás la silla para que su vientre
estremecido por la ruidosa carcajada, no chocase con el borde de la
mesa.
—¿También tú la has visto?—dijo entre los estertores de su risa.—Pues
señor, ¡que ciudad esta! Llegó anteayer, y todos la han visto ya, y no
hablan de otra cosa. Tú eres el único que faltaba a preguntarme... ¡Jo!
¡jo! ¡jo! ¡Pero qué ciudad esta!
Después, extinguida su risa, que asombraba a Rafael, continuó más
tranquilo:
—Pues esa señora extranjera, como tú dices, es de aquí, y ha nacido en
la misma calle que tú. ¿No conoces a doña Pepa, _la del médico_, como la
llaman; una señora pequeña que tiene un huerto junto al río y vive en
una casa azul que se inunda siempre que sube el Júcar? Era dueña de la
casa que tenéis un poco más arriba de la vuestra, y se la vendió a tu
padre; la única compra que hizo don Ramón, ¿no te acuerdas?
Sí, creía conocerla. Poniendo en tensión su memoria salía de los más
remotos rincones una señora vieja, arrugada, con la espalda algo curva,
y una cara de simpleza y bondad. La veía con el rosario al puño, la
silla de tijera al brazo y la mantilla sobre los ojos, como cuando
pasaba por frente a su puerta saludando a su madre, la cual decía con
aire protector:—Esa doña Pepa es muy buena; un alma de Dios... La única
persona decente de su familia.
—Sí; sé quien es; la conozco,—dijo Rafael.
—Pues esa _señora extranjera_—continuó don Andrés—es sobrina de doña
Pepa. La hija de su hermano el médico, una muchacha que hasta ahora ha
ido por el mundo cantando óperas. Tú no te acordarás del doctor Moreno,
que tanto dio que hablar en sus tiempos...
¡Vaya si se acordaba! No necesitó poner en tortura su memoria. Aquel
nombre aún se conservaba fresco entre los recuerdos de la niñez.
Representaba muchas noches de sueño alterado por el miedo; de súbitas
alarmas en las cuales ocultaba bajo las sábanas la cabeza temblorosa; de
amenazas, cuando negándose a dormir porque le acostaban temprano, su
madre le decía con voz imperiosa:
—Si no callas y duermes, llamaré al doctor Moreno.
¡Terrible y sombrío personaje! Rafael recordaba como si las hubiera
visto al entrar en el casino, aquellas barbas enormes, negras y rizosas;
los ojos grandes y ardientes, mirando siempre con exaltación, y el
cuerpo alto, con una grandeza que aún parecía mayor al joven Brull,
evocándola desde los recuerdos de su infancia. Tal vez era una buena
persona; así lo creía Rafael cuando pensaba en aquel lejano período de
su vida; pero aún tenía presente el susto que experimentó siendo niño,
al encontrar en una calleja al terrible doctor, que le miró con sus ojos
de brasa acariciándole las mejillas bondadosamente, con una mano que al
arrapiezo le pareció de fuego. Huyó despavorido, como huían casi todos
los chicuelos cuando les acariciaba el doctor.
¡Qué horrible fama la suya! Los curas de la población hablaban de él con
terribles aspavientos. Era un impío, un excomulgado. Nadie sabía
ciertamente qué alta autoridad había lanzado sobre él la excomunión;
pero era indudable que estaba fuera del gremio de las personas decentes
y cristianas. Bastaba para esto saber que todo el granero de su casa lo
tenía lleno de libros misteriosos, en idiomas extranjeros, todos
conteniendo horribles doctrinas contra las sanas creencias en Dios y en
la autoridad de sus representantes. Era defensor de un tal Darwin, que
sostenía que el hombre es pariente del mono, lo que regocijaba a la
indignada doña Bernarda, haciéndola repetir todos los chistes que a
costa de esta locura soltaban sus amigos los curas los domingos en el
púlpito. Y lo peor era que con tales brujerías, no había enfermedad que
se resistiera al doctor Moreno. Hacía prodigios en los arrabales, entre
la tosca gente de los huertos que le adoraba con tanto afecto como
temor. Devolvía la salud a los que habían declarado incurables los
viejos médicos de larga levita y bastón con puño de oro, venerables
sabios, más creyentes en Dios que en la ciencia, según decía en su
elogio la madre de Rafael. Aquel exaltado se valía de nuevos
medicamentos, de sistemas originales, aprendidos en las revistas y
libracos que recibía de muy lejos. A los enemigos les desconcertaba en
su murmuración la manía del doctor por curar gratuitamente a los pobres,
añadiendo muchas veces una limosna; e indignábales la testarudez con que
se negaba otras muchas a asistir a las personas acaudaladas y de sanos
principios que habían tenido que solicitar el permiso de su confesor
para ponerse en tales manos.
—¡Pillo! ¡Hereje!... ¡Descamisado!...—exclamaba doña Bernarda.
Pero lo decía en voz muy baja y con cierto miedo, pues aquellos tiempos
eran malos para la casa de Brull. Rafael recordaba que su padre
mostrábase por entonces más sombrío que nunca, y apenas salía del patio.
A no ser por el respeto que inspiraban sus garras vellosas y el
entrecejo tempestuoso, se lo hubieran comido. Mandaban los otros...
todos menos la casa de Brull.
La monarquía se la había llevado la mala trampa; legislaban en Madrid
los hombres de la revolución de Septiembre. Los industrialillos de la
ciudad, rebeldes siempre a la soberanía de don Ramón, tenían fusiles en
las manos, formaban una milicia, y eran capaces de plantar un balazo a
los que antes les habían tenido bajo el pie. Se daban en las calles
vivas a la República, faltaba poco para que se encendieran cirios ante
la estampa de Castelar; y entre este torbellino de discursos,
aclamaciones, _Marsellesa_ a todas horas y percalina tricolor,
destacábase el fanático médico, predicando en las plazas, hablando en
las eras de los pueblos vecinos, explicando los Derechos del Hombre en
las veladas nocturnas del casino republicano de la ciudad; entusiasta
hasta el lirismo, repetía con diversas palabras las mismas odas
oratorias del tribuno portentoso que en aquella época corría España de
una punta a otra, haciendo comulgar al pueblo en la democracia al son
de sus estrofas, que sacaban de la tumba todas las grandezas de la
historia.
La madre de Rafael, cerrando puertas y balcones, miraba irritada al
cielo cada vez que la masa popular, a la vuelta de un _meeting_, pasaba
por su calle con banderas al frente, para detenerse un poco más allá,
ante la vivienda del doctor, al que aclamaba con entusiasmo.—«¿Hasta
cuándo iba a consentir Dios que las personas honradas sufriesen?» Y
aunque nadie la insultaba ni la pedía un alfiler, hablaba de la
necesidad de trasladarse a otro punto. Aquellas gentes pedían la
República, eran de la _Repartidora_, como ella decía; al paso que
marchaban las cosas, no tardarían en triunfar, y entonces vendría el
saqueo de la casa; tal vez el degüello de ella y su hijo.
—¡Déjalos, mujer!—decía el caído cacique con burlona sonrisa—No son
tan malos como crees. Que sigan cantando su _Marsellesa_ y dando vivas,
ya que con tan poco se contentan. Este tiempo, otro traerá. Los
carlistas se encargarán de hacer triunfar a los nuestros.
Para el padre de Rafael, el doctor era un buen hombre. «Un excelente
chico, al que los libros habían trastornado». Le conocía mucho; habían
ido juntos a la escuela, y jamás quiso unirse al coro de maldiciones
contra Moreno. Lo único que pareció molestarle, fue que a raíz de la
proclamación de la República, los entusiastas del doctor quisieran
enviarle diputado a la Constituyente del 73. ¡Diputado aquel loco,
cuando él, el amigo y agente de tantos ministros moderados, no había
osado nunca pensar en el cargo por el respeto casi supersticioso que le
inspiraba! ¡Aquello era el fin del mundo!...
Pero el doctor se opuso a tales deseos. Si iba a Madrid, ¿qué sería del
triste rebaño que encontraba en él salud y protección? Además, él era un
sedentario. Se sentía ligado a aquella vida de estudio y soledad, en la
que cumplía sus gustos sin obstáculo alguno. Sus convicciones le
arrastraban a mezclarse entre la masa, a hablar en los lugares públicos,
provocando tempestades de entusiasmo; pero se negaba a tomar parte en
las organizaciones de partido, y después de una reunión pública, pasaba
días y días encerrado en casa entre sus libros y revistas, sin más
compañía que la de su hermana, dócil devota que le adoraba, aunque
lamentando su irreligiosidad, y la de su hija, una niña rubia que Rafael
recordaba apenas, pues la antipatía que inspiraba el padre a las
principales familias, obligaba a la pequeña a un forzoso aislamiento.
El doctor tenía una pasión: la música. Todos admiraban su habilidad.
¿Qué no sabría aquel hombre? Según doña Bernarda y sus amigas, aquel
talento portentoso era adquirido con _malas artes_, fruto de su
impiedad. Pero esto no impedía que por las noches, cuando hacía sonar el
violoncello, acompañado por ciertos amigotes de Valencia que venían a
pasar con él algunos días,—todos gente greñuda y estrambótica, que
hablaban un lenguaje raro y nombraban a un tal Beethoven con tanta
unción como si fuese San Bernardo, el patrón de Alcira,—la gente se
agolpase en la calle, siseando para que caminasen más quedo los que
poco a poco se aproximaban, y abríanse cautelosamente balcones y
ventanas ante los prodigios del endemoniado doctor.
—Sí, don Andrés—dijo Rafael;—recuerdo perfectamente al doctor Moreno.
El miedo que le había inspirado en la niñez, y las diabólicas melodías
que por la noche llegaban hasta su camita, estaban aún frescos en su
memoria.
—Pues bien—continuó el viejo;—esa señora es la hija del doctor. ¡Qué
hombre aquel! ¡Cómo nos hacía rabiar a tu padre y a mí en el 73! Ahora
que todo aquello está tan lejos, te digo que era un buen sujeto. Algo
sorbido de sesos por la lectura, como Don Quijote; chiflado
completamente por la música. Tenía cosas graciosísimas. Se casó con una
hortelana muy guapa, pero pobre. Decía que el casamiento era... para
perpetuar la especie: éstas eran sus palabras; para echar al mundo gente
fuerte y sana. Por esto lo de menos era preocuparse de la posición de la
esposa, sino de su caudal de salud. Así se buscó él aquella Teresa,
fuerte como un castillo y fresca como una manzana. Pero de poco le valió
a la pobre. Tuvo la niña, y a consecuencia del parto murió a los pocos
días, sin que sirvieran de nada los estudios y los desesperados
esfuerzos del marido. No llegaron a vivir juntos un año.
Los compañeros de Rafael escuchaban con tanta atención como éste. Les
agitaba la malsana curiosidad de las pequeñas poblaciones donde el
ahondar de la vida ajena es el más vivo de los placeres.
—Y ahora viene lo bueno—continuó don Andrés,—El loco del doctor tenía
dos santos: Castelar y Beethoven, cuyos retratos figuraban en todas las
habitaciones de su casa, hasta en el granero. Ese Beethoven (por si no
lo sabéis), es un italiano o inglés, no lo sé cierto, de esos que se
sacan la música de la cabeza para que la toquen en los teatros o se
diviertan a solas los locos como Moreno. Al tener una hija, anduvo
preocupado con el nombre que había de ponerla. Quería llamarla Emilia
para hacer así un homenaje a su ídolo Castelar; pero le gustaba más
Leonora, (¡fijáos bien! no digo Leonor), Leonora, que según nos dijo él,
era el título de la única función escrita por Beethoven, una ópera que
leía él a ratos perdidos, como yo leo el periódico. El recuerdo del
extranjero pudo más, y envió a su hermana a la iglesia con unas cuantas
vecinas pobres a bautizar la niña, con el encargo de que le pusieran por
nombre Leonora. Figuráos qué contestaría el cura después de buscar en
vano en el santoral. Yo estaba entonces en las oficinas del ayuntamiento
y tuve que intervenir. Era antes de la Revolución; mandaba González
Bravo; los buenos tiempos; por poco que alzase el gallo un enemigo del
orden y las sanas creencias, iba en cuerda camino de Fernando Póo. Y sin
embargo, ¡floja zambra armó aquel hombre! se plantó en la iglesia, donde
no había entrado nunca, empeñado en que bautizasen a la pequeña a su
gusto. Después quiso llevársela sin bautizar, diciendo que le tenía sin
cuidado este requisito y que sólo lo cumplía por dar gusto a su hermana.
En la disputa llamaba con gran retintín a los curas y acólitos reunidos
en la sacristía, cuadrilla de _bramantes_...
—Les llamaría brahamantes—interrumpió Rafael.
—Sí, eso es: y también bonzos; así, por chunga; de esto me acuerdo
bien. Por fin, dejó que el cura la bautizase con el nombre de Leonor.
Pero como si nada. Al marcharse le dijo al párroco:—«Será Leonora por
razones que le placen al padre y que no comprendería usted aunque yo se
las explicase». ¡Qué tremolina aquella! Tuvimos que intervenir tu padre
y yo para amansar a los buenos curas: querían formarle un proceso por
sacrilegio, ultrajes a la religión y qué se yo cuántas cosas más. Nos
dio lástima. ¡Ay, hijo mío! en aquel tiempo una causa así era más de
cuidado que hacer una muerte.
—¿Y cómo ha seguido llamándose?—preguntó un amigo de Rafael.
—Leonora, como quería su padre. Esa muchacha salió idéntica al doctor;
tan chiflada como él: su mismo carácter. No la he visto aún; dicen que
es muy guapa; se parecerá a su madre, que era una rubia, la más buena
moza de estos contornos. Cuando el doctor vistió a su mujer de señora,
no era gran cosa como _finura_, pero nos dejó asombrados a todos...
—Y Moreno ¿qué se hizo?—preguntó otro.—¿Es verdad, como se dijo hace
años, que se había pegado un tiro?
—Sobre eso se cuentan muchas cosas; tal vez sea todo mentira. ¡Quién
sabe! ¡se marchó tan lejos!... Cuando al caer la República volvió el
tiempo de las personas decentes, el pobre Moreno se puso peor aún que
al morir su Teresa. Vivía encerrado en su casa. Tu padre era respetado
más que nunca; mandábamos que era un gusto. Don Antonio, desde Madrid,
daba orden a los gobernadores de que abriesen la mano, dejándonos en
completa libertad para barrer lo que quedaba de la revolución, y los que
antes aclamaban al doctor, huían de él para que nosotros no les
tomásemos entre ojos. Alguna tarde salía a pasear por las afueras; iba
al huerto de su hermana, junto al río, llevando siempre al lado a
Leonora, que ya tenía unos once años. En ella concentraba todo su
afecto... ¡Pobre doctor! Ya estaban lejos aquellos tiempos en que toda
su banda de amigotes se agarraba a tiros con la tropa en las calles de
Alcira, dando vivas a la Federal... Su soledad y la tristeza de la
derrota, le hicieron entregarse más que nunca a la música. Sólo tenía
una alegría en medio de la desesperación que le causaba el fracaso de
sus perversas ideas. Leonora amaba la música tanto como él. Aprendía
rápidamente sus lecciones; acompañaba al piano el violoncello del papá,
y así se pasaban los días toca que toca, revolviendo todo el inmenso
montón de solfas que guardaban en el granero, junto con los libros
malditos. Además, la pequeña mostraba cada día una voz más hermosa y
sonora. «Será una artista, una gran artista», decía el padre
entusiasmado. Y cuando algún arrendatario de sus tierras o uno de sus
protegidos entraba en la casa y permanecía embobado ante la chicuela,
que cantaba como un ángel, decía el doctor con entusiasmo: «¿Qué os
parece la señorita?... Algún día estarán orgullosos en Alcira de que
haya nacido aquí».
Se detuvo don Andrés para coordinar sus recuerdos y añadió tras larga
pausa:
—La verdad es que no puedo deciros más. En aquella época, como ya
mandábamos, apenas si me trataba con el doctor. Le perdimos de vista; no
le hacíamos caso. La musiquilla oída al pasar frente a su casa, era lo
único que nos le traía a la memoria. Supimos un día, por su hermana doña
Pepa, que se había ido con la niña, lejos, muy lejos, a aquella ciudad
donde estuviste tú, Rafael: a Milán, que, según me han contado, es el
mercado de todos los que cantan. Quería que su Leonora fuese una gran
tiple. Ya no le vimos más. ¡Pobre hombre!... La cosa debió marchar bien.
Cada año escribía a su hermana para que vendiese un campo, y en unos
cuantos voló toda la fortunita que el doctor había heredado de sus
padres. La pobre doña Pepa, siempre tan buena, hasta vendió la casa que
era de los dos hermanos, para enviarle el último dinero y se trasladó al
huerto, desde donde viene con un sol horrible a misa y a las Cuarenta
horas. Después... después ya no he sabido nada cierto. ¡Dicen tantas
mentiras! Unos, que el pobre Moreno se pegó un tiro al verse abandonado
por su hija, que ya cantaba en los teatros; otros que murió en un
hospital solo como un perro. Lo único cierto es que murió el infeliz y
que su hija se ha dado la gran vida por esos mundos. Se ha divertido la
maldita. ¡Qué modo de correrla!... Hasta cuentan que se ha acostado con
reyes. Y de dinero no digamos. ¡Qué modo de ganarlo y de tirarlo, hijos
míos! Esto quien lo sabe es el barbero Cupido. Como se cree artista
porque toca la guitarra, y además, figura entre los de la cáscara amarga
y le tenía gran simpatía al padre, es el único de la ciudad que ha
seguido leyendo en los papeles todas las idas y venidas de esa mujer.
Dice que no canta con su apellido. Gasta otro nombre más sonoro y raro,
un apellido extranjero. Como es tan métomeentodo ese Cupido y en su
barbería se saben las cosas al minuto, ayer mismo estuvo en la alquería
de doña Pepa a saludar a la _eminente artista_, como él dice. Cuenta que
no acaba. Maletas por todos los rincones, mundos que pueden contener una
casa; de trajes de seda... ¡la mar!; sombreros, no sé cuantos; estuches
sobre todas las mesas con diamantes que quitan la vista; y todavía la
maldita encargó a Cupido que avisara al jefe de estación para que envíe,
así que llegue, lo que falta por venir; el equipaje gordo, un sinnúmero
de bultos que llegan de muy lejos, del otro rincón del mundo, y cuestan
un capital por su traslado... ¡Y, eche usted!... ¡Claro! ¡Para lo que le
cuesta de ganar!
Guiñaba los ojos maliciosamente y reía como un fauno viejo, dándole con
el codo a Rafael, que le escuchaba absorto.
—¿Pero se queda aquí?—preguntó el joven.—¿Acostumbrada a correr el
mundo, le gusta este rincón?
—Nada se sabe de eso—contestó don Andrés;—ni el mismo Cupido pudo
averiguarlo. Estará hasta que se canse. Y para aburrirse menos se ha
traído la casa encima como el caracol.
—Pues es fácil que se aburra pronto—dijo un amigo de Rafael.—¡Si cree
que aquí la van a admirar y mimar como en el extranjero!... ¡La hija del
doctor Moreno! ¡del médico descamisado, como le llama mi padre! ¿Han
visto ustedes qué personajes?... Y luego, ¡con una historia! Anoche se
hablaba de su llegada en todas las casas decentes y no hubo señor que no
prometiese abstenerse de todo trato con ella. Si cree que Alcira es como
esas tierras donde se baila el _can can_ y no hay vergüenza, se lleva
chasco.
Don Andrés se reía con una expresión de perro viejo.
—Sí; ¡hijos míos! se lleva chasco. Aquí hay mucha moral, y sobre todo,
mucho miedo al escándalo. Seremos tan pecadores como en otra parte, pero
no queremos que nadie se entere. Me temo que esa Leonora se pase la vida
sin más sociedad que la de su tía, que es tonta, y la de una criada
franchuta que dicen ha traído... Aunque ella ya se lo recela. ¿Sabéis lo
que le dijo ayer a Cupido? Que venía aquí únicamente por el deseo de
vivir sola, de no ver gente, y cuando el barbero le habló del señorío de
Alcira, hizo un gesto burlón como si se tratara de gente despreciable de
poco más o menos. Esto es lo que más se comentaba anoche por las
señoras. ¡Ya se ve: acostumbrada a ser la querida de grandes
personajes!...
Por la arrugada frente de don Andrés pareció pasar una idea provocando
su risa.
—¿Sabes lo que pienso, Rafael? Que tú que eres joven y guapo, y has
estado en aquellos países, podías dedicarte a conquistarla, aunque sólo
fuera por bajarle un poco los humos y demostrar que aquí también hay
personas. Dicen que es muy guapa y ¡qué demonio! la cosa no será
difícil. ¡Cuando sepa quién eres!...
Dijo esto el viejo con la certidumbre de la adulación, convencido de que
el prestigio de su _príncipe_ era tal, que forzosamente había de turbar
a toda mujer. Pero a Rafael, estas palabras, después de la escena de la
tarde anterior, le parecían una crueldad.
Don Andrés se puso serio de repente, como si ante sus ojos pasase una
pavorosa visión y añadió con tono respetuoso:
—Pero no: fuera bromas. No hagas caso de lo que digo. Tu madre sufriría
un gran disgusto.
El nombre de doña Bernarda, representación de la temible virtud, al caer
en medio de la conversación puso serios a todos los del corro.
—Lo que más extraño—dijo Rafael que deseaba desviar la
conversación—es que todos se acuerden ahora de la hija del doctor. Han
pasado años y más años, sin que nadie pronunciase su nombre.
—Estas son cosas de aquí—contestó el viejo.—Los de vuestra edad no la
habíais visto, y vuestros padres, que conocieron al doctor y a su hija,
han tenido siempre buen cuidado de no sacar a conversación a esa mujer,
que, como dice tu madre es la deshonra de Alcira. De vez en cuando se
sabía algo; una noticia que Cupido pescaba en los periódicos y propagaba
por ahí; una revelación de la tonta doña Pepa, que contaba a los
curiosos las glorias de su sobrina en el extranjero; muchas mentiras
que se inventaban no se sabe dónde ni por quien. Todo esto quedaba
oculto como el fuego bajo la ceniza. Si a esa muchacha no se le hubiera
ocurrido volver a Alcira... nada. Pero ha venido, y de pronto todos
hablan de ella, y resulta que saben o creen saber su vida, desembuchando
las noticias de muchos años. ¿Queréis creerme, hijos míos? Yo la he
considerado siempre una pájara de cuenta, pero aquí se miente mucho...
mucho; se le levanta un mal testimonio al mismo verbo divino; y no será
tanto como dicen... ¡Si fuese uno a hacer caso! ¿No era el pobre don
Ramón el más grande hombre de esta tierra? ¿Y qué cosas no decían de
él?...
Ya no se habló más de la hija del doctor Moreno. Rafael sabía cuanto
deseaba. Aquella mujer había nacido a corta distancia de donde él nació;
sus infancias habían transcurrido casi juntas y, sin embargo, en el
primer encuentro de su vida, se habían sentido separados por la frialdad
de lo desconocido.
Esta separación sería cada vez mayor. Ella se burlaba de la ciudad,
vivía fuera de su influencia, en pleno campo, despreciándola, y la
ciudad no iría a ella.
¿Cómo aproximarse?... Rafael estuvo tentado aquella misma tarde,
paseando sin rumbo por las calles de buscar en su tienda al barbero
Cupido. El alegre bohemio era el único de Alcira que entraba en su casa.
Pero lo detuvo el miedo a su lengua murmuradora.
A su respetabilidad de hombre de partido le repugnaba entrar en aquella
barbería empapelada con láminas de _El Motín_ y presidida por el
retrato de Pí y Margall. ¿Cómo justificaría su presencia allí, donde
jamás había entrado? ¿Cómo explicar a Cupido su interés por aquella
mujer, sin exponerse a que en la misma noche lo supiera toda la ciudad?
Pasó por dos veces frente a los rayados cristales de la barbería, sin
atreverse a poner la mano en el picaporte, y acabó por salir al campo,
siguiendo la orilla del río, lentamente, con la vista fija en aquella
alquería azul, que nunca había llamado su atención, y ahora le parecía
la más hermosa del dilatado paraíso de naranjos.
Por entre la arboleda veía el balcón de la casa y con él una mujer
desdoblando ropas brillantes, de finos colores; faldas que sacudía para
borrar los pliegues de la opresión en las maletas.
Era la doncella italiana; aquella Beppa de pelo rojizo que había visto
en la tarde anterior, acompañando a su señora.
Creyó que la muchacha le miraba, que le reconocía por entre el follaje,
a pesar de la distancia, y sintiendo un repentino miedo de chiquillo que
se ve sorprendido en plena travesura, volvió la espalda y se alejó
rápidamente hacia la ciudad, experimentando después cierta satisfacción,
como si hubiera adelantado algo en el conocimiento de Leonora, sólo con
llegar a las inmediaciones de la casa azul.
V
Las primeras lluvias del invierno caían con insistencia sobre la
comarca. El cielo gris, cargado de nubes, parecía tocar la copa de los
árboles. La tierra rojiza de los campos obscurecíase bajo el continuo
chaparrón; los caminos hondos y tortuosos, entre las tapias y setos de
los huertos, convertíanse en barrancos; paralizábase la vida laboriosa
del cultivo y los pobres naranjos, tristes y llorosos, encogíanse bajo
el diluvio, como protestando de aquel cambio brusco en el país del sol.
El río crecía. Las aguas rojas y gelatinosas, como arcilla líquida,
chocaban contra las pilastras de los puentes, hirviendo como montones
removidos de hojas secas. Los habitantes de las casas inmediatas al
Júcar seguían con mirada ansiosa el curso del río y plantaban en la
orilla cañas y palos para convencerse de la subida de su nivel.
—_¿Munta?..._—preguntaban los que vivían en el interior.
—_Sí que munta_—contestaban los ribereños.
El agua subía con lentitud, amenazando a la ciudad que audazmente había
echado raíces en medio de su curso.
Pero a pesar del peligro, los vecinos no iban más allá de una alarmada
curiosidad. Nadie sentía miedo ni abandonaba su casa para pasar los
puentes, buscando un refugio en tierra firme. ¿Para qué? Aquella
inundación sería como todas. Era inevitable de vez en cuando la cólera
del río: hasta había que agradecerla, pues constituía diversión
inesperada; una agradable paralización de trabajo. La confianza moruna
daba tranquilidad a la gente. Lo mismo había hecho en tiempo de sus
padres, de sus abuelos y tatarabuelos, y nunca se llevó la población:
algunas casas la vez que más. ¿Y había de sobrevenir ahora la
catástrofe?... El río era el amigo de Alcira: se guardaban el afecto de
un matrimonio que, entre besos y bofetadas, llevase seis o siete siglos
de vida común. Además, para la gente menuda, estaba allí el _padre_ San
Bernardo, tan poderoso como Dios en todo lo que tocase a Alcira, y único
capaz de domar aquel monstruo que desarrollaba sus ondulantes anillos de
olas rojizas.
Llovía día y noche, y sin embargo, la ciudad, por su animación, parecía
estar de fiesta. Los muchachos, emancipados de la escuela por el mal
tiempo, iban a los puentes a arrojar ramas para apreciar la velocidad de
la corriente, o descendían por las callejuelas vecinas al río para
colocar señales, aguardando que la lámina de agua, ensanchándose,
llegase hasta ellas.
La gente de los cafés se deslizaba por las calles al abrigo de los
grandes aleros, cuyas canales rotas vomitaban chorros como brazos, y
después de mirar al río, bajo el débil abrigo de sus paraguas, volvían
muy ufanos, parándose en todas las casas, para dar su opinión sobre la
crecida.
Era una de pareceres, discusiones ardorosas y diversas profecías, que
agitaban la ciudad de un extremo a otro, con el calor y la vehemencia de
la sangre meridional. Se disputaba, se enfriaban amistades, por si en
media hora el río había subido cuatro dedos o uno solo; y faltaba poco
para venir a las manos por si esta riada era más importante que la
anterior.
Y mientras tanto el cielo, llorando incesantemente por sus innumerables
ojos; el río hinchándose de rugiente cólera, lamiendo con sus lenguas
rojas la entrada de las calles bajas, asomábase a los huertos de las
orillas y penetraba por entre los naranjos, después de abrir agujeros en
los setos y en las tapias.
La única preocupación era si llovería al mismo tiempo en las montañas de
Cuenca. Si bajaba agua de allá, la inundación sería cosa seria. Y los
curiosos hacían esfuerzos al anochecer por adivinar el color de las
aguas, temiendo verlas negruzcas, señal cierta de que venían de la otra
provincia.
Cerca de dos días duraba aquel diluvio. Cerró la noche y en la
obscuridad sonaba lúgubre el mugido del río. Sobre su negra superficie
reflejábanse, como inquietos pescados de fuego, las luces de las casas
ribereñas y los farolillos de los curiosos que examinaban las orillas.
En las calles bajas, el agua, al extenderse, se colaba por debajo de las
puertas. Las mujeres y los chicos refugiábanse en los graneros, y los
hombres, arremangados de piernas, chapoteaban en el líquido fangoso,
poniendo en salvo los aperos de labranza, o tirando de algún borriquillo
que retrocedía asustado, metiéndose cada vez más en el agua.
Toda aquella gente de los arrabales, al verse en las tinieblas de la
noche, con la casa inundada, perdió la calma burlona de que había hecho
alarde durante el día. La dominaba el pavor de lo sobrenatural y buscaba
con infantil ansiedad una protección, un poder fuerte que atajase el
peligro. Tal vez esta riada era la definitiva. ¿Quién sabe si serían
ellos los destinados a perecer con las últimas ruinas de la ciudad?...
Las mujeres gritaban asustadas al ver las míseras callejuelas
convertidas en acequias.
—_¡El pare San Bernat!..._ _¡Que traguen al pare San Bernat!_
Los hombres se miraban con inquietud. Nadie podía arreglar aquello como
el glorioso patrón. Ya era hora de buscarle, cual otras veces, para que
hiciese el milagro.
Había que ir al ayuntamiento: obligar a los señores de viso, gente algo
descreída, a que sacasen el santo para consuelo de los pobres.
En un momento se formó un verdadero ejército. Salían de las lóbregas
callejuelas, chapoteando en el agua como ranas, vociferando su grito de
guerra: _¡San Bernat! ¡San Bernat!_ Los hombres, remangados de piernas y
brazos, o desnudos, sin otra concesión al pudor que la faja, esa prenda
que jamás se despega de la piel del labriego; las mujeres con las faldas
a la cabeza, hundiendo en el barro sus tostadas y enjutas piernas de
bestias de trabajo; todos mojados de cabeza a pies, con las ropas
mustias y colgantes adheridas a la carne. Al frente del inmenso grupo,
iban unos mocetones con hachas de viento, cuyas llamas se enroscaban
crepitantes bajo la lluvia, paseando sus reflejos de incendio sobre la
vociferante multitud.
—_¡San Bernat!_ _¡San Bernat!_... _¡Viva el pare San Bernat!_
Pasaban por las calles con el estrépito y la violencia de un pueblo
amotinado, bajo el continuo gotear del cielo y los chorros de los
aleros. Abríanse puertas y ventanas, uniéndose nuevas voces a la
delirante aclamación, y en cada bocacalle, un grupo de gente engrosaba
la negra avalancha.
Iban todos al ayuntamiento, furiosos y amenazantes como si solicitaran
algo que podían negarles, y entre la muchedumbre veíanse escopetas,
viejos trabucos y antiguas pistolas de arzón enormes como arcabuces.
Parecía que iban a matar al río.
El alcalde, con todos los del ayuntamiento, aguardaba a la puerta de la
casa de la ciudad. Habían llegado corriendo, seguidos de alguaciles y
gente de la ronda, para hacer frente al motín.
—_¿Qué voleu?_—preguntaba el alcalde a la muchedumbre.
¡Qué había de querer! El único remedio, la salvación; llevar al santo
omnipotente a la orilla del río para que le metiera miedo con su
presencia; lo que venían haciendo siglos y siglos sus ascendientes,
gracias a lo cual aún existía la ciudad.
Algunos vecinos que eran mal mirados por la gente del campo, a causa de
su incredulidad, sonreían. ¿No sería mejor desalojar las casas cercanas
al río? Una tempestad de protestas seguía a esta proposición. ¡Fuera!
¡Querían que saliese el santo! ¡Que hiciera el milagro, como siempre!
Y acudía a la memoria de la gente sencilla el recuerdo de los prodigios,
aprendidos en la niñez sobre las faldas de la madre; las veces que en
otros siglos había bastado asomar a San Bernardo a un callejón de la
orilla, para que inmediatamente el río se fuera hacia abajo,
desapareciendo como el agua de un cántaro que se rompe.
El alcalde, fiel a la dinastía de los Brull, estaba perplejo. Le
atemorizaba el populacho y quería acceder, como de costumbre, pero era
grave falta no consultar al _quefe_. Por fortuna, cuando la gran masa
negra comenzaba a revolverse indignada por su silencio y salían de ella
silbidos y gritos hostiles, llegó Rafael.
Doña Bernarda le había hecho salir al primer asomo de la popular
manifestación. En aquellas circunstancias era cuando se lucía su marido,
dando disposiciones que de nada servían. Pero al volver el río a su
normalidad y desaparecer el peligro, el popular rebaño admiraba sus
sacrificios, llamándole el padre de los pobres. Si el milagroso santo
había de salir, que fuese Rafael quien concediera el permiso. Las
elecciones de diputados estaban próximas; la inundación no podía llegar
con más oportunidad. Nada de imprudencias, ni de darla un susto; pero
debía hacer algo, para que la gente hablase de él como hablaba de su
padre en tales casos.
Por esto Rafael, después de hacerse explicar por los más exaltados el
deseo de la manifestación ordenó con majestuoso ademán:
—Concedido: que saquen a _San Bernat_.
Entre un estrépito de aplausos y vivas a Brull, la negra avalancha se
dirigió a la iglesia.
Había que hablar con el cura para sacar el santo, y el buen párroco,
bondadoso, obeso y un tanto socarrón, se resistía siempre a acceder a lo
que él llamaba una tradicional mojiganga. Le complacía poco salir en
procesión, bajo un paraguas, con la sotana remangada, perdiendo a cada
paso los zapatos en el barro. Además, cualquier día, después de sacar en
rogativa a San Bernardo, el río se llevaba media ciudad, ¿y en qué
postura,—como decía él—quedaba la religión por culpa de aquella turba
de vociferadores?
Rafael y sus acólitos del ayuntamiento se esforzaban por convencer al
cura, pero éste sólo contestaba a su petición preguntando si venía agua
de Cuenca.
—Creo que sí—dijo el alcalde.—Ya ve usted que con esto aumenta el
peligro y se hace más precisa la salida del santo.
—Pues si viene agua de allá—contestó el párroco,—lo mejor es dejarla
pasar, y que San Bernardo se quede en su casa. Estas cosas de santos se
han de tocar con mucha discreción, créanme ustedes... Y si no acuérdense
de aquella riada en la que el agua iba por encima de los puentes.
Sacamos el santo, y poco faltó para que el río se lo llevara agua abajo.
La muchedumbre inquieta por la tardanza, gritaba contra el cura. Era una
escena extraña ver al hombre de iglesia protestando en nombre del buen
sentido; pretendiendo luchar contra las preocupaciones amontonadas por
varios siglos de fanatismo.
—Puesto que ustedes lo quieren, sea—dijo por fin.—Saquen el santo y
que Dios se apiade de nosotros.
Una aclamación inmensa de la muchedumbre, que llenaba la plaza de la
iglesia, saludó la noticia. Seguía cayendo la lluvia y sobre las
apretadas filas de cabezas cubiertas con faldas, mantas y alguno que
otro paraguas, pasaban las rojizas llamas de los hachones tiñendo de
escarlata las mojadas caras.
Sonreía la gente bajo aquel temporal con la confianza del éxito;
gozándose por adelantado con el terror del río apenas entrase en él la
bendita imagen. ¿Qué no podría San Bernardo? Su historia portentosa,
como un romance de moros y cristianos, inflamaba todas las
imaginaciones. Era un santo de la tierra: el hijo segundo del rey moro
de Carlet. Por su talento, su cortesía y su hermosura, obtuvo tanto
éxito en la corte del rey de Valencia, que llegó a ser su primer
ministro, y cuando su señor tuvo que andar en tratos con el rey de
Aragón, envió a Barcelona a San Bernardo, que entonces se llamaba el
príncipe Hamete.
En su viaje, llega una noche a las puertas del monasterio de Poblet.
Los cánticos de los cistercienses, difundiéndose místicos y vagorosos en
la calma de la noche al través de las ojivas, conmueven el alma del
joven sarraceno, que se siente atraído a la religión de los enemigos por
el encanto de la poesía. Se bautiza, toma el blanco hábito de San
Bernardo de Clairveux y vuelve algún tiempo después al reino de Valencia
para predicar el cristianismo. Le respeta la tolerancia con que los
monarcas sarracenos acogían todas las doctrinas religiosas, y convierte
a sus dos hermanas, dos hermosas moras que toman los nombres de Gracia y
María, e inflamadas de santo entusiasmo quieren acompañar al hermano en
sus predicaciones.
Pero el viejo rey de Carlet había muerto. En el mando del pequeño estado
feudatario, especie de jefatura de kabila militar, le había sucedido su
primogénito, el arrogante Almanzor, un moro brutal y orgulloso, que se
afrenta de que individuos de su familia vayan por los caminos rotos y
miserables, predicando una religión de mendigos, y con unos cuantos
jinetes sale en persecución de sus hermanos. Los encuentra junto a
Alcira ocultos en la orilla del río; con un revés de su espada, corta el
cuello a las dos hermanas y San Bernardo es crucificado y le taladran la
frente con un clavo enorme. Así pereció el santo patrón, adorado con
fervor por los pequeños; el príncipe hermoso, convertido en vagabundo y
pordiosero, sacrificio que halagaba a los más pobres de sus devotos.
La muchedumbre recordaba esta historia, repetida de generación en
generación, sin más crédito que las tradiciones ni otros documentos
justificantes que la fe popular, y daba vivas al padre San Bernardo,
convencida de que era el primer ministro de Dios como lo había sido del
rey moro de Valencia.
Se organizaba rápidamente la procesión. Por las estrechas calles de la
isla corría la lluvia formando arroyos, y descalzos o hundiendo sus
zapatos en el agua, llegaban hombres con hachones y trabucos; mujeres
guardando sus pequeñuelos bajo la hinchada tienda que formaban las sayas
subidas a la cabeza. Presentábanse los músicos con las piernas desnudas,
levita de uniforme y emplumado chacó, semejantes a esos jefes indígenas
que adornan su desnudez con casacas y tricornios de deshecho.
Frente a la iglesia brillaban como un incendio los grupos de hachones, y
al través del gran hueco de la puerta veíanse, cual lejanas
constelaciones, los cirios de los altares.
Casi todo el vecindario estaba en la plaza, a pesar de la lluvia cada
vez más fuerte. Muchos miraban al negro espacio con expresión burlona.
¡Qué chasco iba a llevarse! Hacía bien en aprovechar la ocasión soltando
tanto agua; ya cesaría de chorrear tan pronto como saliese San Bernardo.
La procesión comenzaba a extender su doble cadena de llamas entre el
apretado gentío.
—_¡Vítol el pare San Bernat!_—gritaban a la vez un sinnúmero de voces
roncas.
—_¡Vítol les chermanetes!_—añadían otros corrigiendo la falta de
galantería de los más entusiastas.
Porque las hermanitas, las santas mártires Gracia y María, también
figuraban en la procesión. San Bernardo no iba solo a ninguna parte. Era
cosa sabida hasta por los niños, que no había fuerza en el mundo capaz
de arrancar al santo de su altar si antes no salían las hermanas. Juntas
todas las caballerías de los huertos, y tirando un año, no conseguirían
moverle de su pedestal. Era éste uno de sus milagros acreditados por la
tradición. Le inspiraban las mujeres poca confianza—según decían los
comentadores alegres—y no queriendo perder de vista a sus hermanas,
para salir él de su altar, habían de ir éstas por delante.
Asomaron a la puerta de la iglesia las santas hermanas, balanceándose en
su peana sobre las cabezas de los devotos.
—_¡Vítol les chermanetes!_
Y las pobres _chermanetes_, goteando por todos los pliegues de sus
vestiduras, avanzaban en aquella atmósfera casi líquida, obscura,
tempestuosa, cortada a trechos por el crudo resplandor de los hachones.
Los músicos probaban los instrumentos preparándose a soplar la Marcha
Real. En el hueco iluminado de la puerta se marcó algo que brillaba
sobre las cabezas como un ídolo de oro. Avanzaba pesadamente, con
fatigoso cabeceo, como movido por las olas de un mar irritado.
La multitud lanzó un rugido. La música rompió a tocar.
—_¡Vítol el pare San Bernat!_
Pero la música y las aclamaciones quedaron ahogadas por un estrépito
horripilante, como si la isla se abriera en mil pedazos, arrastrando la
ciudad al centro de la tierra. La plaza se llenó de relámpagos. Era una
verdadera batalla, descargas cerradas, arcabuzazos sueltos, tiros que
parecían cañonazos. Todas las armas del vecindario saludaban la salida
del santo. Los viejos trabucos cargados hasta la boca, tronaban con
fogonazos que quitaban la vista, chamuscando a los más cercanos;
disparábanse los pistolones de arzón entre las piernas de los fieles;
repetían sus secas detonaciones las escopetas de fabricación moderna, y
la muchedumbre aficionada a correr la pólvora, arremolinábase
gesticulante y ronca, enardecida por el excitante humo mezclado con la
humedad de la lluvia y por la presencia de aquella imagen de bronce,
cuya cara redonda y bondadosa de frailecillo sano, parecía adquirir
palpitaciones de vida a la luz de las antorchas.
Ocho hombres forzudos y casi en cueros encorvábanse bajo el peso del
santo. Las oleadas de gente estrellábanse contra ellos, haciendo vacilar
las andas. Dos atletas despechugados, admiradores del santo, marchaban a
ambos lados, conteniendo el gentío.
Las mujeres, sofocadas por la aglomeración, empujadas y golpeadas por el
vaivén, rompían a llorar con la vista fija en el santo, agitadas por un
sollozo histérico.
—_¡Ay, pare San Bernat!_ _¡Pare San Bernat, salveumos!_
Otras sacaban chiquillos de entre los pliegues de sus faldas, y
levantándoles sobre sus cabezas, buscaban los brazos de los dos
poderosos atletas.
—_¡Agárralo!_ _¡Qu’ el bese!_
Y el atleta, por encima de la gente, agarraba al chiquillo con una mano
que parecía una garra. Le asía del primer sitio que encontraba;
elevábale hasta el nivel del santo para que besase el bronce y lo
devolvía como una pelota a los brazos de su madre. Todo con rapidez,
automáticamente, dejando un chiquillo para coger otro, con la
regularidad de una máquina en función. Muchas veces el impulso era
demasiado rudo; chocaban las cabezas de los niños con sordo ruido,
aplastábanse las tiernas narices contra los pliegues del metálico
hábito, pero el fervor de la muchedumbre parecía contagiar a los
pequeños; eran los futuros adoradores del fraile moro, y rascándose los
chichones con las tiernas manecitas, se tragaban las lágrimas y volvían
a adherirse a las faldas de sus madres.
Detrás del glorioso santo marchaban Rafael y los señores del
ayuntamiento con gruesos blandones; el cura, bufando al sentir las
primeras caricias de la lluvia, bajo el gran paraguas de seda roja con
que le cubría el sacristán; y la muchedumbre de hortelanos confundidos
con los músicos, que más atentos a mirar donde ponían los pies que a los
instrumentos, entonaban una marcha desacorde y rara. Seguían los tiros,
las aclamaciones delirantes a San Bernardo y sus hermanas, y rodeado de
un nimbo rojo por el resplandor de las antorchas, saludada en cada
esquina por una descarga cerrada, iba navegando la imagen sobre aquel
oleaje de cabezas azotado por la lluvia que, a la luz de los cirios,
tomaba la transparencia de hilos de cristal. Y en torno del santo, los
brazos de los atletas siempre en movimiento, subiendo y bajando
chiquillos que babeaban el mojado bronce del padre San Bernardo. En
balcones y ventanas aglomerábanse las mujeres con la cabeza resguardada
por las faldas. El paso del santo provocaba profundos suspiros,
dolorosas exclamaciones de súplica. Era un coro de desesperación y de
esperanza.
—_¡Salveumos, pare San Bernat!_... _¡Salveumos!_...
La procesión llegó al río, pasando y repasando el puente del arrabal.
Reflejáronse las inquietas llamas en las olas lóbregas del río, cada vez
más mugientes y aterradoras. El agua todavía no llegaba al pretil como
otras veces. ¡Milagro! Allí estaba San Bernardo que la pondría freno.
Después la procesión se metió en las lenguas del río que inundaban los
callejones.
Era un espectáculo extraño ver toda aquella gente empujada por la fe,
descendiendo por las callejuelas convertidas en barrancos. Los devotos,
levantando el hachón sobre sus cabezas, entraban sin vacilar agua
adelante hasta que el espeso líquido les llegaba cerca de los hombros.
Había que acompañar al santo.
Un viejo temblaba de fiebre. Había cogido unas tercianas en los
arrozales, y sosteniendo el hachón con sus manos trémulas, vacilaba
antes de meterse en el río.
—_Entre, agüelo_—gritaban con fe las mujeres.—_El pare San Bernat el
curará._
Había que aprovechar las ocasiones. Puesto el santo a hacer milagros se
acordaría también de él.
Y el viejo, temblando bajo sus ropas mojadas, se metió resueltamente en
el agua dando diente con diente.
La imagen iba entrando con lentitud en los callejones inundados. Los
robustos gañanes, encorvados bajo el peso de las andas, se hundían en el
agua; sólo podían avanzar ayudados por un grupo de fieles que se cogían
a la peana por todos lados. Era una confusa maraña de brazos nervudos y
desnudos saliendo del agua para sostener al santo; un pólipo humano que
parecía flotar en la roja corriente sosteniendo la imagen sobre sus
lomos.
Detrás iban el cura y los _mandones_ a horcajadas sobre algunos
entusiastas que para mayor lustre de la fiesta, se prestaban a hacer de
caballerías, llevando ante las narices el cirio, de los jinetes.
El cura, asustado al sentir el frío del agua cerca de la espalda daba
órdenes para que el santo volviera atrás. Ya estaba al final de la
callejuela, en el mismo río; se notaban los esfuerzos desesperados, el
recular forzado de aquellos entusiastas que comenzaban a sufrir el
impulso de la corriente. Creían que cuando más entrase el santo en el
río más pronto bajarían las aguas. Por fin el instinto de conservación
les hizo retroceder y salieron de una callejuela para entrar en otra,
repitiendo la misma ceremonia. De pronto cesó de llover.
Una aclamación inmensa, un grito de alegría y triunfo sacudió a la
muchedumbre.
—_¡Vítol el pare San Bernat!_... ¿Y aún dudaban de su inmenso poder los
vecinos de los pueblos inmediatos?... Allí estaba la prueba. Dos días de
lluvia incesante, y de repente, no más agua; había bastado que el santo
saliera a la calle.
E inflamadas por el agradecimiento las mujeres lloraban, abalanzándose a
las andas del santo, besando en ellas lo primero que encontraban, los
barrotes de los portadores o los adornos de la peana; y toda la fábrica
de madera y bronce sacudíase como una barquilla entre el oleaje de
cabezas vociferantes, de brazos extendidos y trémulos por el entusiasmo.
Aún anduvo la procesión más de una hora por las inmediaciones del río,
hasta que el cura que chorreaba por todas las puntas de su sotana y
llevaba cansados más de doce feligreses convertidos voluntariamente en
cabalgaduras, se negó a pasar adelante. Por voluntad de aquella gente,
el paseo de San Bernardo hubiese durado hasta el amanecer. Pero lo que
respondía el cura:—«¡Lo que al santo le tocaba hacer ya lo ha hecho! ¡A
casa!»
Rafael, dejando el cirial a uno de los suyos, se quedó en el puente
entre un grupo de conocedores del país, que lamentaba los daños de la
inundación. Llegaban a cada instante, no se sabía cómo noticias
alarmantes de los daños causados por el río. Tal molino estaba aislado
por las aguas, y sus habitantes refugiados en el tejado, disparaban las
escopetas pidiendo auxilio. Muchos huertos habían desaparecido bajo las
aguas. Las pocas barcas que había en la ciudad iban como podían por
aquel inmenso lago salvando familias, expuestas a estrellarse contra los
obstáculos sumergidos, teniendo que librarse con desesperados golpes de
remo de la veloz corriente.
Y a pesar del peligro, la gente hablaba con una relativa tranquilidad.
Estaban habituados a aquella catástrofe casi anual, la inundación era un
mal inevitable de su vida y lo acogían con resignación. Además, hablaban
de los telegramas recibidos por el alcalde con expresión de esperanza.
Al amanecer tendrían auxilio. Llegaría el gobernador de Valencia con los
marineros de guerra y se llenaría de barcas la laguna. No quedaban más
que unas cuantas horas de espera. Lo importante era que no subiese el
nivel del agua.
Y se consultaban las señales puestas en el río, promoviéndose terribles
discusiones. Rafael vio que aún seguía subiendo, aunque con lentitud.
Los hortelanos no querían convencerse. ¿Cómo había de crecer el río
después de entrar en él el _pare San Bernat?_ No, señor; no subía: eran
mentiras para desacreditar al santo. Y un mocetón de ojos feroces
hablaba de vaciarle el vientre de una cuchillada a cierto burlón que
aseguraba que el río subiría sólo por el gusto de dejar mal parado al
milagroso fraile.
Rafael se acercó al grupo, y a la luz de una linterna reconoció al
barbero Cupido, un maldito guasón de rizadas patillas y nariz aguileña,
que tenía gusto en burlarse de la dura y salvaje fe de la gente
sencilla.
Brull conocía mucho al barbero. Era una de sus admiraciones de
adolescente. El miedo a su madre fue lo único que le impidió de muchacho
el frecuentar aquella barbería, refugio de la gente más alegre de la
ciudad, nido de murmuraciones y francachelas, escuela de guitarreos y
romanzas amorosas que ponían en conmoción a toda la calle. Además, aquel
_Cupido_ era el excéntrico de la ciudad, el bohemio despreocupado y
mordaz a quien todo se toleraba; el hombre que se permitía tener _cosas_
y hablar mal de todo el mundo sin que la gente se indignase. Era el
único que podía burlarse de la tiranía de los Brull, sin que esto le
impidiese la entrada en el Casino del partido, donde los jóvenes
admiraban sus chistes y sus trajes estrambóticos.
Rafael le quería, aunque su trato con él no fuese muy íntimo. Entre la
gente solemne y conservadora que le rodeaba, aparecíasele el barbero
como el único hombre con quien podía hablar. Casi era un artista. Iba a
Valencia en invierno para oír las óperas que elogiaban los diarios, y en
un rincón de su tienda tenía montones de novelas y periódicos
ilustrados, reblandecidos por la humedad y con las hojas gastadas por el
continuo roce de los parroquianos.
Trataba poco a Rafael, adivinando que su madre no había de ver con
buenos ojos esta amistad, pero mostraba cierto aprecio por el joven; le
tuteaba por haberle conocido niño, y decía de él en todas partes.
—Es el mejor de la familia; el único Brull que tiene más talento que
malicia.
No ocurría suceso en Alcira que él ignorase; todas las debilidades y
ridiculeces de los personajes de la ciudad, las hacía públicas en su
barbería para regocijo de los de la cáscara amarga que se reunían allí a
leer los órganos del partido. Los señores del ayuntamiento temían al
barbero más que a diez periódicos, y cuando en alguno de los discursos
que los grandes hombres del partido conservador pronunciaban en Madrid
leían algo sobre la «hidra revolucionaria», o «el foco de la anarquía»,
se imaginaban una barbería como la de Cupido, pero mucho más grande,
esparciendo por toda la nación una atmósfera venenosa de burlas crueles
y perversas insolencias.
No ocurría en la ciudad suceso que no tuviese por indispensable testigo
al barbero. Bien podía desarrollarse en lo último del arrabal o en algún
huerto; era indispensable que a los pocos minutos apareciese allí Cupido
para enterarse de todo, prestar socorro al que lo necesitara, intervenir
entre los contendientes y relatar después con mil detalles todo lo
ocurrido.
Gozaba de libertad para seguir llevando esta vida. A los parroquianos
les servían dos mancebos, tan locos como su maestro: dos chicuelos a los
que Cupido pagaba con lecciones de guitarra y una comida mejor o peor,
según los ingresos repartidos entre los tres fraternalmente. Y si el
maestro asombraba a la ciudad saliendo a paseo en pleno invierno con
traje de hilo blanco, ellos, por no quedar a la zaga, afeitábanse la
cabeza y las cejas y asomaban tras la vidriera sus testas como bolas de
billar, con gran alborozo de la ciudad, que acudía a ver los «chinos de
Cupido».
Una inundación era para el barbero un gran día. Cerraba la tienda y se
establecía en el puente, sin cuidarse del mal tiempo, perorando ante un
gran grupo, asustando a los pobres hortelanos con sus exageraciones y
mentiras, dando noticias que, según él, acababa de remitirle el
gobernador por telégrafo y con arreglo a las cuales, antes de dos horas
no quedaría en la ciudad piedra sobre piedra y hasta el milagroso San
Bernardo iría a parar al mar.
Cuando Rafael le encontró en el puente después de la procesión, estaba
próximo a venir a las manos con unos cuantos rústicos, indignados por
sus impiedades.
Separándose de los grupos hablaron los dos de los peligros de la
inundación. Cupido se mostraba, como siempre, bien enterado. Le habían
dicho que el río se llevaba agua abajo a un pobre viejo sorprendido en
un huerto. No sería esta la única desgracia. Caballos y cerdos habían
pasado muchos bajo el puente en plena tarde, flotando entre los rojos
remolinos con el vientre hinchado como un odre y las patas tiesas.
El barbero hablaba con gravedad, con cierto aire de tristeza. Rafael le
oía, mirándole ansiosamente, como si deseara que hablase de algo que no
se atrevía a indicar. Por fin se decidió:
—Y en la casa azul, en ese huerto de doña Pepita, donde tú vas algunas
veces, ¿no ocurrirá algo?
—La casa es fuerte—contestó el barbero—y no es esta la primera
inundación que aguanta... Pero está cerca del río y el huerto será un
lago a estas horas; de seguro que el agua llega al primer piso. La pobre
sobrina de doña Pepa tendrá un buen susto... ¡Mira que venir de tan
lejos, de sitios tan hermosos, para ver estas cosas!...
Rafael pareció reflexionar un rato, como si acabara de ocurrírsele la
proposición que danzaba en su cabeza desde mucho antes.
—Si fuéramos allá... ¿Qué te parece Cupido?
—¡Ir allá!... ¿Y cómo?
Pero la proposición, por su audacia, forzosamente había de agradar a un
hombre como el barbero, el cual acabó riendo, como si la aventura fuese
graciosísima.
—Es verdad; podríamos ir. Tendrá chiste que la _célebre diva_ nos vea
llegar como unos venecianos para darla una serenata en medio de su
susto... Casi estoy por ir a casa y traerme la guitarra.
—No, Cupido del demonio: fuera guitarras. ¡Qué cosas se te ocurren! Lo
que importa es prestar auxilio a esas señoras. Ya ves, ¡si ocurriera una
desgracia!...
El barbero, atajado en su proyecto novelesco fijó sus ojos en Rafael.
—Tú te interesas también por la _ilustre artista_... ¡Ah pillo! También
te ha dado golpe por guapa... Pero ya recuerdo; tú la has visto: me lo
dijo ella.
—¡Ella!... ¿ella te ha hablado de mí?
—Algo sin importancia. Me dijo que te había visto en la ermita una
tarde.
Y Cupido se calló lo demás. No dijo que Leonora, al nombrarle, había
añadido que le parecía «un muchacho tonto».
Rafael mostrábase entusiasmado por la noticia. ¡Había hablado de él! ¡No
olvidaba aquel encuentro de penoso recuerdo!... ¿Qué hacía aún allí,
inmóvil, en el puente, cuando allá abajo estarían necesitando la
presencia de un hombre?
—Oye, Cupido; ahí tengo mi barca; ya sabes; la que mi padre encargó a
Valencia para regalármela. Costillaje de acero; madera magnífica; más
segura que un navío. Tú entiendes el río... más de una vez te he visto
remar; yo no soy manco... ¿Vamos?
—Andando—dijo el barbero con resolución.
Buscaron una antorcha, y ayudados por varios mocetones, trajeron la
barca de Rafael hasta una escalerilla de la ribera.
El río mugía con sordo hervor en torno del bote, pugnando por
arrebatarlo. Los robustos brazos tiraban con fuerza de la cuerda,
manteniéndolo junto a la orilla.
Arriba en el puente, entre los grupos corría la noticia de la
expedición, pero agrandada y desfigurada por los curiosos. Se trataba de
salvar a una pobre familia refugiada en la techumbre de su casa, mísera
gente que iba a perecer de un momento a otro. Lo había sabido Rafael y
allá iba a salvarles exponiendo su vida; él tan rico, tan poderoso. ¡Qué
hombres todos los de la familia de Brull!... ¿Y aún había quien hablaba
contra ellos? ¡Qué corazón! Y los pobres huertanos seguían el movimiento
de la antorcha encendida en la proa del bote, que arrojaba sobre las
aguas una gran mancha sangrienta; contemplaban con adoración a Rafael,
encorvado en la popa para sujetar bien el timón. De la obscuridad
partían ruegos y proposiciones en voz suplicante. Eran fieles
entusiastas que querían acompañar al _quefe_; ahogarse con él si era
preciso.
Cupido protestaba. No; para aquella empresa cuanto menos gente mejor; la
barca había de estar ligera: él se bastaba para los remos y don Rafael
para el timón.
—¡_Solteu_! ¡_solteu_!—ordenó el hijo de doña Bernarda.
Y soltando la cuerda los mocetones, la barca, después de algunos
cabeceos, partió como una flecha, arrastrada por la corriente.
Encajonado el brazo del río entre la ciudad vieja y la nueva, las aguas
altas y veloces arrastraban el bote como una rama. El barbero sólo había
de mover los remos para desviar la barca de la orilla. Los obstáculos
sumergidos producían grandes remolinos que sacudían la embarcación, y a
la luz de la antorcha que ensangrentaba las ondas gelatinosas, veíanse
pasar troncos de árboles, cadáveres de animales, objetos informes que
apenas si asomaban una punta negra en la superficie, y hacían pensar en
ahogados, cubiertos de barro, flotando entre dos aguas. Arrastrados por
la vertiginosa corriente, respirando el vaho fangoso del río como si
mascasen tierra, sacudidos a cada momento por los remolinos, Rafael se
creía en plena pesadilla; comenzaba a sentirse arrepentido de su
audacia. De las casas inmediatas al río partían gritos. Se iluminaban
las ventanas. En sus huecos algunas sombras saludaban con brazos que
parecían aspas, aquella llama roja que resbalaba sobre el río, marcando
la línea negra de la barca y las siluetas de los dos hombres encogidos
en sus asientos. Había corrido la noticia de la expedición por toda la
ciudad y la gente gritaba saludando el rápido paso de la barca: ¡Viva
don Rafael! ¡viva Brull!
Y el héroe que causaba admiración exponiendo su vida por salvar una
familia pobre, hundido en la obscuridad, en aquella atmósfera pegajosa y
pesada de tumba, pensaba únicamente en la casa azul, donde iba a
penetrar por fin, pero de un modo extraño y novelesco.
De vez en cuando un crujido, un salto de la barca, le volvían a la
realidad.
—¡Ese timón!—gritaba Cupido, que no separaba sus ojos de las
aguas.—¡Atención Rafaelito! Evita los choques.
Y en verdad que el bote era bueno, pues otro, sin sus sólidas maderas y
su costillaje de acero, se hubiera abierto en uno de los encontronazos
con los sumergidos obstáculos.
Daban rápidamente la vuelta a la ciudad. Ya no se veían casas con
ventanas iluminadas. Altos ribazos coronados por tapias; inabordables
riberas de barro y cañaverales sumergidos; un poco más allá el río
libre, la confluencia de los dos brazos que abarcaban la antigua ciudad
y unían sus corrientes extendiéndose como inmenso lago.
Los dos hombres iban a la ventura. Carecían, para guiarse, de las
señales normales. Habían desaparecido las riberas, y en la obscuridad,
más allá del círculo rojo de la antorcha, sólo se veía agua y más agua,
una inmensa sábana que se desarrollaba en incesante movimiento,
arrastrándoles en sus ondulaciones. De vez en cuando, a ras de la
líquida superficie, surgía una mancha negra; las crestas de los
cañaverales inundados; las copas de los árboles; vegetaciones extrañas y
monstruosas que parecían enroscarse en la sombra.
El silencio era absoluto. El río, libre de la opresión de la ciudad, no
mugía ya; se agitaba y arremolinaba en silencio, borrando todos los
vestigios de la tierra. Los dos hombres se creían náufragos abandonados
en un mar sin límites, en una noche eterna, sin otra compañía que la
llama rojiza que serpenteaba en la proa y aquellas vegetaciones
sumergidas que aparecían y desaparecían como los objetos vistos desde un
tren a gran velocidad.
—Boga, Cupido—dijo Rafael.—La corriente es muy fuerte; aún estamos en
el río. Vamos hacia la derecha; a ver si nos metemos en los huertos.
El barbero se encorvó sobre los remos, y la barca, siempre impelida por
la corriente, comenzó a torcer su proa con lentitud, buscando aquella
vegetación que asomaba a flor de agua como los sargazos del Océano.
La barca comenzó a tropezar con obstáculos invisibles. Eran capas
crujientes que parecían aprisionarla por debajo; invisibles telarañas
que se agarraban a la quilla y se abrían trabajosamente después de
muchos golpes de remo. Continuaba el lago obscuro y sin límites; pero la
corriente era menos ruda, más dulces las ondulaciones, y los dos
tripulantes sentían la sensación del que navega en aguas muertas.
La luz de la antorcha marcaba sobre la superficie, aquí y allá,
gigantescos hongos obscuros, grandes paraguas, cúpulas barnizadas que
brillaban reflejando la roja llama. Eran naranjos sumergidos. Estaban en
los huertos. ¿Pero en cuáles? ¿Cómo guiarse en la obscuridad? De vez en
cuando chocaba la barca con algún árbol invisible; conmovíase el bote,
como si fuese a estallar, y había que retroceder, dar un rodeo, buscando
otro paso.
Deslizábanse lentamente por temor a los choques; iban de un lado a otro,
evitando los obstáculos, y acabaron por desorientarse, no sabiendo ya a
qué lado estaba el río. Por todas partes obscuridad y agua. Los naranjos
sumergidos, todos iguales, formando sobre la corriente complicados
callejones, un dédalo en el que se enredaban cada vez más, vagando sin
dirección.
Cupido sudaba moviendo sin cesar los remos. La barca arrastrábase
pesadamente en aquella agua fangosa, llena de marañas vegetales que se
agarraban a la quilla.
—Esto es peor que el río—murmuraba.—Rafael, tú que vas de frente. ¿No
ves ninguna luz?
—Nada.
El rojo reflejo de la antorcha chocaba en las enormes bolas de hojas que
asomaban sobre el agua o se hundía en el espacio, ahogado por las
húmedas y pesadas tinieblas.
Así vagaron algunas horas por la campiña inundada. El barbero no podía
más; había entregado los remos a Rafael, que también desfallecía de
fatiga.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Iban a quedarse allí para siempre? y
embotado su pensamiento por la fatiga y el vértigo de la desorientación,
creían que la noche no iba a terminar nunca, que se apagaría la antorcha
y la barca se convertiría en negro ataúd, sobre el cual flotarían
eternamente sus cadáveres.
Rafael, que iba de espaldas a la proa, vio una luz a su izquierda. La
dejaban atrás, se alejaban de ella: tal vez estaba allí la casa tan
penosamente buscada.
—Puede que sea—afirmó Cupido.—Tal vez hemos pasado cerca sin verla y
vamos abajo, hacia el mar... Y aunque no sea la casa azul, ¿qué? Lo
importante es que allí hay alguien y vale más eso que errar en la
obscuridad. Dame los remos, Rafael. Si no es la casa de doña Pepita, al
menos sabremos dónde estamos.
Viró la barca, y por entre el dédalo de árboles sumergidos, fue poco a
poco deslizándose hacia la luz. Chocaron con varios obstáculos, cercas
tal vez de huerto, tapias arruinadas y sumergidas, y la luz iba
agrandándose; era ya un gran cuadro rojizo en el que se agitaban negras
siluetas. Marcaba sobre las aguas una mancha dorada e inquieta.
La luz de la barca comenzó a trazar en la obscuridad el contorno de una
casa ancha y de techo bajo que parecía flotar sobre las aguas. Era el
piso superior de un edificio invadido por la inundación. El piso bajo
estaba sumergido; faltaba poco para que el agua llegase a las
habitaciones superiores. Los balcones y ventanas podían servir de
embarcaderos en aquel lago inmenso.
—Me parece que hemos acertado—dijo el barbero.
Una voz sonora y ardiente, voz de mujer en la que vibraba una intensa
dulzura, rasgó el silencio.
—¡Ah de la barca!... ¡Aquí, aquí!
Aquella voz no revelaba temor, no temblaba de emoción.
—¡No lo dije!...—Exclamó el barbero.—Ya tenemos lo que buscábamos.
¡Doña Leonor!... ¡Soy yo!
Una carcajada sonora animó con sus interminables ondas la tétrica
obscuridad.
—¡Si es Cupido! ¡el amigo Cupido!...le conozco en la voz. Tía, tía; no
llores más, ni te asustes ni reces; aquí viene el dios del Amor en una
barquilla de nácar a prestarnos auxilio.
Rafael se sentía intimidado por aquella voz ligeramente burlona que
parecía poblar la obscuridad de mariposas de brillantes colores.
Distinguía perfectamente su arrogante silueta en el cuadro luminoso del
balcón, entre las otras figuras negras que iban y venían curiosas y
alborozadas por el inesperado arribo.
Se aproximaron al balcón. Puestos de pie tocaban los hierros del
antepecho, y el barbero, erguido en la proa, buscaba el punto más fuerte
para amarrar la barca.
Leonora, apoyando en la balaustrada su pecho soberbio, inclinaba la
cabeza, brillando a la luz de la antorcha el casco de oro de su opulenta
cabellera. Buscaba conocer en la penumbra a aquel otro tripulante que
permanecía sentado y encogido junto al timón.
—¡Pero qué buen amigo es este Cupido!... Gracias, muchas gracias. Esta
es una atención de las que no se olvidan... ¿Pero quién viene con
usted?...
El barbero ataba ya la barca a los hierros cuando Leonora le hizo esta
pregunta.
—Es don Rafael Brull—contestó con lentitud.—Un señor al que creo ha
visto usted otra vez. A él debe agradecerle la visita. La barca es suya,
y él es quien me metió en la aventura.
—Gracias, caballero—dijo Leonora saludando con una mano que al moverse
lanzó relámpagos azules y rojos de todos los dedos cubiertos de
sortijas.—Repito lo mismo que dije a nuestro amigo. Pase usted adelante
y perdone el modo extraño con que le hago entrar en la casa.
Rafael estaba en pie y saludaba con torpes movimientos de cabeza,
agarrado a los hierros del balcón. Saltó Cupido dentro de la casa y le
siguió el joven, esforzándose por mostrar una gallarda soltura.
Realmente no se dio cuenta de cómo entró. Eran demasiadas emociones en
una noche; primero la vertiginosa marcha por el río a través de la
ciudad, entre rápidas corrientes y remolinos, creyendo a cada momento
verse tragado por aquel barro líquido sembrado de inmundicias; después
la confusión, el esfuerzo desesperado, el bogar sin rumbo por las
tortuosidades de la campiña inundada, y ahora, de repente, el piso firme
bajo sus pies, un techo, luz, calor y la proximidad de aquella mujer que
parecía embriagarle con su perfume y cuyos ojos no podía mirar de
frente, dominado por una invencible timidez.
—Pase usted, caballero—le decía.—Necesitan reponerse después de esta
locura. Están ustedes mojados... ¡pobres! ¡cómo van!... ¡Beppa!... ¡tía!
Pero pase usted.
Y casi le empujaba, con cierta superioridad maternal; como una mujer
bondadosa que cuida a su hijo después de una travesura que le llena de
orgullo.
Las habitaciones estaban en desorden. Ropas por todas partes; montones
de muebles rústicos que contrastaban con otros alineados junto a las
paredes. Eran los objetos del piso bajo, el menaje de los hortelanos,
subido al comenzar la inundación. Un labrador viejo, su mujer trémula de
espanto y unos cuantos chicuelos que se ocultaban por los rincones, se
habían refugiado arriba, con las señoras, al ver que el agua penetraba
en su modesta casa.
Rafael entró en el comedor y allí vio a doña Pepita, la pobre vieja,
apelotonada en una silla, con las arrugas de su cara mojadas de lágrimas
y las dos manos en un rosario. En vano Cupido pretendía distraerla
haciendo chistes sobre la inundación.
—Mira, tía, este caballero es el hijo de tu amiga doña Bernarda. Ha
venido embarcado para prestarnos auxilio. Es muy bueno, ¿verdad?
La vieja parecía imbécil por el terror. Miraba con ojos sin expresión a
los recién llegados, como si hubieran estado allí toda su vida. Por fin
pareció enterarse de lo que le decían.
—¡Es Rafael!—exclamó admirada,—Rafaelito... ¿y has venido con este
tiempo? ¿Y si te ahogas? ¿qué diría tu madre?... ¡Qué locura, Señor!
Pero no era locura, y si lo era resultaba muy dulce. Se lo decían a
Rafael aquellos ojos claros, luminosos, con reflejos de oro, que le
acariciaron con su contacto aterciopelado tantas veces como osó levantar
la vista. Leonora se fijaba en él: le examinaba a la luz de la lámpara
de la habitación, como si buscase la diferencia con aquel otro muchacho
que había conocido en el paseo a la ermita.
La vieja, reanimada por la presencia de los dos hombres, se enteraba del
peligro. Ya no subía el agua; hasta podía afirmarse que comenzaba a
descender lentamente. Y la vieja, con su supremo esfuerzo de voluntad,
se decidió a abandonar su silla para ver la inundación.
—¡Cuánta agua, Dios y señor nuestro!... ¡Qué de desgracias se contarán
mañana! Esto debe ser castigo de Dios... un aviso por nuestros muchos
pecados.
Mientras los dos hombres oían a la vieja, Leonora iba de una parte a
otra dando prisas a su doncella y a la hortelana. Aquellos señores no
podían estar así con las ropas impregnadas de humedad, cansados y
desfallecidos por una noche de lucha. ¡Pobrecitos, bastaba verles! Y
colocaba sobre la mesa galletas, pasteles, una botella de ron; todo lo
que podía encontrar en la despensa, y hasta un paquete de cigarrillos
rusos con boquilla dorada que la hortelana miraba con escándalo.
—Déjalos, tía—decía a la pobre vieja.—No les entretengas ahora. Que
coman y beban un poco. Necesitan entrar en calor... Dispensen ustedes si
les ofrezco tan poca cosa. ¿Qué les daré, Dios mío, qué les daré?
Y mientras los dos hombres se veían impulsados por un cariño un tanto
despótico a sentarse a la mesa, Leonora, seguida de su doncella, entraba
en la habitación inmediata, poniéndola en revolución con un retintín de
llaves y ruidoso abrir de cofres.
Rafael, emocionado, apenas si pudo sorber unas cuantas gotas de ron,
mientras el barbero mascaba a dos carrillos, bebía copa tras copa y con
la cara cada vez más roja, hablaba y hablaba, la boca llena de pasta.
Apareció Leonora, seguida de la doncella, que llevaba en los brazos un
lío de ropas.
—Ya comprenderán ustedes que aquí no hay trajes de hombre. Pero en la
guerra se vive como se puede y aquí estamos sitiados.
Rafael admiraba los hoyuelos que una risa graciosa trazaba en aquellas
mejillas; la luminosa dentadura, que parecía temblar en su estuche de
rosa.
—A ver, Cupido; fuera pronto ese traje; no quiero que por mí pille
usted una pulmonía que prive a la ciudad de su principal regocijo. Aquí
tiene usted para cubrirse mientras secamos sus ropas.
Y ofrecía al barbero una bata magnífica de peluche azul, con grandes
cascadas de encajes en el pecho y las mangas.
Cupido se retorcía de risa en su asiento. ¡Pero qué gracioso era
aquello!... ¿Iba él a vestirse con tal preciosidad? ¿Y sus patillas?...
¡Cómo reirían los de Alcira si le viesen! Y halagado por la
extravagancia del disfraz, se apresuró a meterse en la inmediata
habitación para ponerse la bata.
—Para usted—dijo Leonora a Rafael con maternal sonrisa—sólo he
encontrado esta capa de pieles. Vamos, quítese usted esa chaqueta que
está chorreando.
El joven se resistió ruboroso y avergonzado como una doncella. Estaba
bien así; no le ocurriría nada; otras veces se había mojado más.
Leonora, siempre sonriente, parecía impacientarse. Bien sabían en la
casa que ella no admitía réplicas.
—Vamos, Rafael, no sea usted tonto. Habrá que tratarle como a un niño.
Y cogiéndole por una manga, como si se tratara de un chiquitín, comenzó
a tirarle de la chaqueta.
El joven, en su turbación, no sabía lo que le pasaba. Le parecía marchar
por un horizonte sin fin, con más velocidad que horas antes se deslizaba
por el río. Oía su nombre en la boca de aquella mujer, se veía agasajado
en una casa cuya entrada no sabía antes cómo franquear, y ella, Leonora,
le llamaba niño y le trataba como a tal, cual si la intimidad datase
desde el principio de su vida. ¿Qué mujer era aquella? Estaba en un
mundo nuevo y las mujeres de la ciudad, aquellas que él trataba en las
tertulias caseras, le parecían seres de otra raza, viviendo lejos, muy
lejos, en otro extremo de la tierra, de la que le separaba la inmensa
sábana de agua.
—Vamos, señor testarudo; habrá que tratarle a usted como a un bebé.
Le hablaba a poca distancia de su rostro; sentía en sus mejillas el
aleteo de aquella boca, su respiración tibia, que le cosquilleaba con
intensos estremecimientos. Y al mismo tiempo sus manos, finas y ágiles,
le empujaban cariñosamente, quitándole con rapidez la chaqueta y el
chaleco.
Sintió sobre sus hombros la caliente caricia de la capa de pieles. Una
preciosidad; un manto suave como la seda, grueso, tupido y ligero, como
fabricado con plumas de fantásticas aves. Era de pieles de zorro azul, y
a pesar de la estatura de Rafael, sus bordes rozaban el suelo. El joven
comprendió que le habían echado sobre los hombros unos cuantos miles de
francos, y tímido, con temblorosa mano, recogía el borde, temeroso de
pisarlo.
Leonora reía de su timidez.
—No se encoja usted; no importa que lo estropee. ¡Parece que lleva
usted un velo sagrado por el respeto con que lo trata! No vale la pena.
Yo sólo uso esta capa en los viajes. Me la regaló un gran duque en San
Petersburgo.
Y para asegurar más su desprecio por el rico manto, embozó al joven en
él, golpeando sus hombros para que amoldara más a su cuerpo.
Lentamente volvían a la sala donde estaba el balcón, mientras en el
comedor sonaban carcajadas saludando la aparición del barbero, envuelto
en su lujosa bata. Cupido sacaba partido de la situación para provocar
la risa, y recogiéndose la cola y atusándose las patillas, braceaba cual
una tiple en una romanza dramática cantando de falsete. Los hortelanos
reían como locos, olvidando el agua que llenaba su casa; Beppa abría
desmesuradamente sus ojos, admirada por la figura, las contorsiones de
aquel señor y la gracia con que estropeaba los versos italianos, y hasta
la pobre doña Pepa se retorcía en su silla, admirando al barbero, que
según ella, era el más gracioso de todos los demonios.
Rafael estaba en el balcón, junto a Leonora, con la mirada perdida en la
obscuridad, arrullado por la música de aquella voz, que con marcado
interés le hacía preguntas sobre el desesperado viaje por el río.
La finura de aquella capa que le envolvía, dábale la sensación de una
epidermis satinada y tibia. Parecíale que aún quedaba en aquella
suavidad algo del calor de los hombros desnudos; creía estar envuelto en
la piel de Leonora, y el perfume de su cuerpo, que sentía junto a él,
aumentaba esta ilusión.
Rafael, con voz entrecortada, contestaba a sus preguntas.
—Lo que usted ha hecho—decía la artista—merece honda gratitud. Es un
arranque caballeresco digno de otros tiempos. Lohengrín, llegando en su
barquilla para salvar a Elsa. Sólo falta el cisne... a no ser que el
barbero se contente con este papel... Hablando en serio, no creía que
aquí hubiese un hombre capaz de portarse así.
—¡Y si usted hubiese muerto!...—exclamó el joven para justificar su
aventura.
—¡Morir!... Le confieso a usted que al principio tuve algún miedo; no
de morir, que yo le temo poco a la muerte. Estoy algo cansada de la
vida; ya se convencerá usted de ello cuando me conozca más. Pero morir
ahogada en el barro, sofocada por esa agua que huele tan mal, no me
hacía gracia. ¡Si al menos fuese el agua verde y transparente de los
lagos suizos!... Yo busco la belleza hasta en la muerte; me preocupo de
la última postura como los romanos y temía perecer aquí como una rata
sitiada en la alcantarilla... Y, sin embargo, ¡si supiera usted lo que
he reído viendo el terror de mi tía y de esas pobres gentes que nos
sirven!... Ahora el agua no sube ya, la casa es fuerte, no hay más
molestia que la de verse sitiados y espero el día para ver. Debe ser muy
hermoso el espectáculo de toda esa hermosa campiña convertida en un
lago. ¿Verdad, Rafael?
—Usted habrá visto cosas más interesantes—dijo el joven.
—No digo que no; pero a mí, lo que más me impresiona es la sensación
del momento.
Y calló, mostrando en su repentina seriedad la molestia que le causaba
la ligera alusión al pasado.
Quedaron los dos en silencio un buen rato, hasta que Leonora reanudó la
conversación.
—La verdad es que si el agua sigue subiendo, a usted le hubiéramos
agradecido la vida... Vamos a ver, con franqueza; ¿por qué ha venido
usted? ¿Qué buen espíritu le ha hecho acordarse de mí a quien apenas
conoce?
Rafael enrojeció de rubor, tembló de cabeza a pies, como si le exigiera
una confesión mortal. Iba a soltar la verdad, a volcar de un golpe su
pensamiento, con todos los ensueños y las angustias de aquellos días,
pero se contuvo y se asió a un pretexto.
—Mi entusiasmo por la artista—dijo con timidez.—Yo admiro mucho el
talento de usted.
Leonora prorrumpió en una ruidosa carcajada.
—¡Pero si usted no me conoce! ¡Si usted no me ha oído nunca!... ¿Qué
sabe usted de eso que llaman mi talento? A no ser por ese parlanchín de
Cupido, hasta ignorarían en Alcira que yo canto y soy conocida fuera de
aquí.
Rafael quedó aplastado por la réplica; no se atrevía a protestar.
—Vamos, Rafael—continuó cariñosamente la artista—no sea usted niño ni
pretenda turbarme con esas mentirillas semejantes a las que se usan para
engañar a la mamá. Yo sé por qué ha venido aquí. ¿Cree usted que no le
han visto desde este mismo balcón rondando la casa todas las tardes,
apostándose en el camino como un espía? Está usted descubierto, señor
mío.
El tímido Rafael creía que el balcón iba a hundirse bajo sus pies.
Temblaba de miedo, arrebujábase en el manto de pieles, sin saber lo que
hacía y protestaba con enérgicas cabezadas, negando las afirmaciones de
Leonora.
—¿Conque no es verdad, embusterillo?—dijo ésta con cómica
indignación.—¿Conque niega usted que desde que nos vimos en la ermita,
su paseo de todas las tardes son estos alrededores? ¡Dios mío! ¡qué
monstruo de falsedad es este chico! ¡con qué aplomo miente!
Y Rafael, vencido por aquella alegría franca, acabó riéndose, confesando
con una carcajada su delito.
—Usted se extrañará de mis actos y palabras—continuó Leonora
aproximándose más a él, apoyando un hombro en el suyo, con un abandono
fraternal, como si estuviera junto a una amiga.—Yo no soy como la
mayoría de las mujeres. ¡Bueno fuera que con la vida que llevo me
mostrara hipócrita!... Mi pobre tía me cree una loca, porque digo las
cosas como las siento: en mi vida me han querido mucho o me han
aborrecido, por esta manía de no ocultar la verdad... ¿Quiere usted que
se la diga?... Pues bien, usted ha venido aquí porque me ama, o al menos
cree amarme; el defecto de todos los muchachos de su edad apenas
encuentran una mujer que no es igual a las otras que conocen.
Rafael estaba silencioso y cabizbajo; no osaba levantar la vista; sentía
en su nuca la mirada de aquellos ojos verdes que parecían registrarle el
alma.
—A ver; levante usted esa cabeza; proteste un poquito como antes. ¿Es
verdad o no lo que digo?
—¿Y si fuera?...—se atrevió a suspirar Rafael, viéndose descubierto
bruscamente.
—Como sé que es cierto he querido provocar esta explicación para que
usted no viva en el engaño. Después de lo de esta noche deseo que seamos
amigos; amigos nada más; dos camaradas unidos por el agradecimiento.
Pero para evitar la confusión, había que marcar nuestras respectivas
situaciones. Seremos amigos, ¿eh?... Esta es su casa, yo le consideraré
como un camarada simpático; con lo de esta noche ha ganado usted en mi
ánimo más que con un continuo trato; pero va usted a prometerme que no
reincidirá en esas tonterías de admiración amorosa que han sido siempre
el tormento de mi vida.
—¿Y si no puedo?...—murmuró Rafael.
—La cantinela de siempre—dijo riendo Leonora, remedando la voz y la
expresión del joven.—¿_Y si no puedo_? ¿Por qué no ha de poder usted?
¿Por qué ha de ser verdad ese amor tan inmenso por una mujer que ve
usted ahora por segunda vez? Esas pasiones repentinas se las inventan
ustedes; no son verdad; las han aprendido en las novelas o las han oído
cantadas por nosotras en las óperas. Invenciones de poeta que los
muchachos se tragan como unos bobos y quieren trasplantar a la vida, no
comprendiendo que los que estamos en el secreto nos reímos de su
necedad. Con que ya lo sabe usted; a ser formal, a no ponerse pesado con
miradas tiernas y frases entrecortadas. Así seremos amigos y esta será
su casa.
Se detuvo Leonora, y amenazándole graciosamente con el índice, añadió:
—De lo contrario, seré todo lo ingrata y cruel que usted quiera; pero
a pesar de la hermosa acción de esta noche, usted no entrará más aquí.
No quiero adoradores: he venido buscando reposo, amigos, tranquilidad...
¡El amor! ¡hermosa y cruel patraña!...
Dijo estas últimas palabras con acento grave, y quedó inmóvil mucho
rato, con la vista perdida en la inmensa sábana de agua.
Ahora la miraba Rafael. Había levantado la cabeza y contemplaba a
Leonora pensativa. Su hermoso rostro se teñía de una luz azulada que
parecía envolverla en un nimbo de idealidad. Comenzaba a amanecer y los
plomizos velos del cielo se rasgaban por la parte del mar,
transparentando una claridad lívida.
Leonora se estremeció, como si sintiera frío, apretándose
instintivamente contra Rafael. Pareció sacudir con un movimiento de
cabeza un tropel de penosos pensamientos, y dijo tendiéndole la mano:
—¿Qué resolvemos? ¿Amigos o indiferentes? ¿Promete usted no incurrir en
niñerías y ser un camarada formal?
Rafael estrechó con avidez aquella mano suave y fuerte, sintiendo en sus
dedos como cariñosa mordedura, el contacto de las sortijas.
—¡Amigo!... me resignaré ya que no hay otro remedio.
—Se resignará usted y encontrará dulce y tolerable eso que cree un
sacrificio; usted no me conoce, pero créame a mí que me conozco bien.
Aunque llegase a amarle (y esto no será nunca), saldría usted perdiendo.
Yo valgo más como amiga que como amante. Hay en el mundo más de uno y
de dos que lo saben bien.
—Seré un amigo dispuesto a hacer por usted mucho más que esta noche.
También espero yo que usted llegará a conocerme.
—Déjese usted de promesas. ¿Qué más ha de hacer usted por mí? El río no
se desborda todos los días, ni son posibles a cada momento estas hazañas
novelescas. Me basta con lo de esta noche. No sabe usted cuánto se lo
agradezco. Ha sido un paso decisivo en mi corazón de amiga... ¿Quiere
usted que siga siendo franca? Pues cuando le encontré allá en la ermita,
me pareció usted uno de esos señoritos lugareños que, acostumbrados a
triunfar en el pueblo, miran como de su dominio cuantas mujeres
encuentran. Después, al verle rondando esta casa, se aumentó mi
desprecio y mi rabia. «¿Pero ese señoritín qué se habrá figurado?» ¡Lo
que hemos reído a costa de usted Beppa y yo! Ni siquiera me había fijado
en su cara y su figura: no me había dado cuenta de que es usted guapo...
Leonora reía recordando sus cóleras contra Rafael, y éste, anonadado por
su franqueza, sonreía también para ocultar su turbación.
—Pero después de lo de esta noche, le quiero a usted... como un buen
amigo. Estoy sola: la amistad de un muchacho bueno y noble como usted,
capaz del sacrificio por una mujer a la que apenas conoce, resulta
grata. Además, esto no compromete. Yo soy ave de paso: he venido porque
estoy cansada, enferma no sé de qué, pero profundamente quebrantada en
mi espíritu. Necesito reposo, vida animal, sumirme en una dulce
imbecilidad, olvidarlo todo, y acepto con reconocimiento su mano amiga.
Después, el día que menos lo piense usted, levantaré el vuelo; la
primera mañana que despierte alegre y me cante dentro de la cabeza el
pájaro travieso que tantas locuras me ha aconsejado, hago las maletas y
¡a mover las alas! Le escribiré; le enviaré periódicos que hablen de mí
y usted verá como tiene una amiga que no le olvida y le saluda desde
Londres, San Petersburgo, o Nueva York, cualquiera de los rincones de
este mundo que muchos creen grande y en el cual no puedo revolverme sin
tropezar con el fastidio.
—¡Que tarde ese momento!—dijo Rafael.—¡Que no llegue nunca!
—¡Loco!—exclamó Leonora.—Usted no sabe cómo soy. Si estuviera aquí
mucho tiempo, acabaríamos por reñir y pegarnos. En el fondo odio a los
hombres; he sido siempre su más terrible enemiga.
Oyeron a sus espaldas el roce de la bata que arrastraba Cupido con
grotescos contoneos: se aproximaba al balcón con doña Pepita para
contemplar el amanecer.
Comenzaba a desplomarse del cielo una luz gris, cernida por el denso
celaje: la inmensa sábana de agua tomaba un color blancuzco de ajenjo.
Flotaban en la corriente, como escobazos de miseria, los despojos de la
inundación; árboles arrancados de cuajo, haces de cañas, techumbres de
paja de las chozas; todo sucio, pringoso, nauseabundo. Estas almadías
del desastre, se enredaban entre los naranjos y formaban barreras que,
poco a poco iban engrosándose con nuevos despojos de la corriente.
Allá lejos, en el límite de la laguna, movíanse con regularidad algunos
puntos negros, agitando sus patas como moscas acuáticas, en torno de las
casas, que apenas asomaban sus techumbres sobre la inmensa lámina de
agua. Eran los socorros que llegaban de Valencia; los botes de la
Armada, traídos en ferrocarril hasta el límite de la inundación.
Iban a llegar a Alcira las autoridades; la presencia de Rafael era
indispensable. El mismo Cupido, con repentina gravedad, le aconsejaba
salir al encuentro de aquellas barcas.
Mientras el barbero recobraba su traje, Rafael se despojó con gran
disgusto de su capa de pieles.
Le parecía que abandonándola, iba a perder el calor de aquella noche de
dulce intimidad, el contacto del hombro suave y carnoso que había estado
horas enteras apoyado en él.
Mientras se ajustaba al cuerpo las prendas de su traje ya secas, Leonora
le miraba fijamente.
—Quedamos entendidos, ¿eh?—preguntó con lentitud.—Amigos, sin
esperanza de más. Si rompe usted el pacto, no entrará aquí, ni aun por
el balcón como esta noche.
—Sí; amigos y nada más—murmuró Rafael con sincero acento de tristeza
que pareció conmover a Leonora.
Sus ojos verdes se iluminaron; brilló el polvo de oro que moteaba sus
pupilas y avanzó hacia Rafael, tendiéndole la mano.
—Buen muchacho; así me gusta: resignado y obediente. Por esta vez y en
premio a su cordura, habrá extraordinario. No nos despidamos así... Como
en la escena. Bese usted.
Y puso su mano al nivel de la boca del joven. Rafael la agarró
ávidamente y besó, besó, hasta que Leonora, desasiéndose con un brusco
movimiento que demostraba su extraordinario vigor, le amenazó con su
mano.
—¡Ah, tunante!... ¡Bebé travieso! ¡Qué manera de abusar! ¡Adiós!
¡adiós! Cupido llama... Hasta la vista.
—Y le empujó al balcón, a cuyos hierros estaba agarrado el barbero
sosteniendo la barca.
—Salta, Rafael—dijo Cupido.—Apóyate en mí; el agua desciende y la
barca está muy baja.
Rafael se deslizó en su bote blanco, manchado por el agua rojiza. El
barbero movió los remos; comenzaron a alejarse.
—¡Adiós! ¡adiós! ¡muchas gracias!—gritaban desde el balcón la tía, la
doncella y toda la familia del hortelano.
Rafael, abandonando el timón, con el rostro vuelto a la casa, sólo veía
aquella arrogante figura, que agitaba un pañuelo saludándoles. La vio
mucho tiempo, y cuando las copas de los árboles sumergidos le ocultaron
el balcón, inclinó la cabeza, entregándose al silencioso placer de
saborear la dulzura que aún sentía en sus labios.