Desde Valencia hasta Játiva, en toda la inmensa extensión cubierta de
arrozales y naranjos que la gente valenciana encierra bajo el vago
título de _la Ribera_, no había quien ignorase el nombre de Brull y la
fuerza política que significaba.
Cual si no se hubiera realizado la unidad nacional, y el país siguiera
dividido en taifas o waliatos como cuando existía un rey moro en Carlet,
otro en Denia y otro en Játiva, el régimen de elecciones mantenía una
especie de señorío inviolable en cada distrito, y al recorrer en el
gobierno de la provincia el mapa político, siempre que se fijaban en
Alcira, decían lo mismo.
—Ahí estamos seguros. Contamos con Brull.
Era una dinastía que venía reinando treinta años sobre el distrito, cada
vez con mayor fuerza.
El fundador de la casa soberana había sido el abuelo de Rafael, el
ladino don Jaime, que había amasado la fortuna de la familia con
cincuenta años de lenta explotación de la ignorancia y la miseria.
Comenzó de escribiente en el ayuntamiento; después había sido secretario
del juzgado municipal, pasante del notario y ayudante en el Registro de
la propiedad. No quedó empleo menudo de los que ponen en contacto a la
ley con el pobre que él no monopolizase, y de este modo, vendiendo la
justicia como favor y valiéndose de la arbitrariedad o la astucia para
dominar al rebelde, fue haciendo camino y apropiándose pedazos de aquel
suelo riquísimo que adoraba con ansias de avaro.
Charlatán solemne que a cada momento hablaba del artículo tantos de la
ley aplicable al caso, los pobres hortelanos tenían tanta fe en su
sabiduría como miedo a su mala intención, y acudían a solicitar su
consejo en todos los conflictos, pagándole como a un abogado.
Cuando hizo una pequeña fortuna, continuó en las modestas funciones para
conservar en su persona ese respeto supersticioso que infunde a los
labriegos todo el que está en buenas relaciones con la ley, pero en vez
de ser un pedigüeño, solicitante eterno del ochavo de los pobres, se
dedicó a sacarles de apuros, prestándoles dinero con la garantía de las
futuras cosechas.
Dar dinero a préstamo le parecía una mezquindad. Las angustias de los
labradores eran cuando moría el caballo y había que comprar otro. Por
esto don Jaime se dedicó a vender a los hortelanos bestias de labor más
o menos defectuosas que le proporcionaban unos gitanos de Valencia y que
él colocaba con tantos elogios cual si se tratase del caballo del Cid.
Nada de venta a plazos. Dinero al contado; los caballos no eran de
él—según afirmaba con la mano puesta en el pecho—y sus dueños querían
cobrarlos en seguida. Lo único que podía hacer, obedeciendo a su gran
corazón, débil ante la miseria, era buscar dinero para la compra,
pidiéndolo a cualquier amigo.
Caía en la trampa el infeliz labriego impulsado por la necesidad y se
llevaba el caballo después de firmar con toda clase de garantías y
responsabilidades el préstamo de una cantidad que no había visto, pues
el don Jaime, representante de un ser oculto que facilitaba el dinero,
la entregaba al mismo don Jaime, representante del dueño del caballo.
Total: que el rústico adquiría una bestia sin regateo por el duplo de su
valor, habiendo además tomado a préstamo una cantidad con crecido
interés. En cada negocio de estos, don Jaime doblaba el capital. Después
venían inevitablemente los apuros de la víctima; los intereses
amontonándose; las nuevas concesiones, más ruinosas todavía, para
amansar a don Jaime y que diese un mes de _respiro_.
Todos los miércoles, día de mercado en Alcira y de gran aglomeración de
hortelanos, la calle donde vivía don Jaime era un jubileo. Se
presentaban a pedir prórrogas entregando algunas pesetas como donativo
gracioso que no influía en la rebaja del débito; solicitaban otros un
préstamo humildemente, con timidez, como si vinieran a robar al
avariento rábula; y lo extraño del caso era que, según notaban los
vecinos, toda aquella gente después de dejar allí cuanto tenía, marchaba
contenta, con rostro de satisfacción, como si acabara de librarse de un
peligro.
Esta era la principal habilidad de don Jaime. La usura sabía
presentarla como un favor; hablaba siempre en nombre de los _otros_, de
los ocultos dueños del dinero y los caballos, hombres sin entrañas que
le _apretaban_ a él haciéndole responsable de las faltas de los
deudores. Aquellos disgustos los merecía por tener buen corazón, por
meterse a hacer favores, y tal convicción sabía infundir a sus víctimas
el demonio del hombre, que cuando llegaba el embargo y la apropiación
del campo o de la casita, aún decían con resignación muchos de los
despojados:
—El no tiene la culpa. ¿Qué había de hacer el pobre si le obligaban?
Son los otros; los otros que se chupan la sangre del pobre.
Y de este modo, tranquilamente, el pobre don Jaime adquiría un campo
aquí, luego otro más allá, después un tercero que unía a los dos, y a la
vuelta de pocos años formaban un hermoso huerto de naranjos, adquirido
con más trampas y malas artes que dinero efectivo. Así iba agrandando
sus propiedades, y siempre risueño, las gafas sobre la frente y el
estómago cada vez más voluminoso, se le veía entre sus víctimas,
tuteándolas con fraternal cariño, dándolas palmaditas en la espalda
cuando llegaban con nuevas peticiones y jurando que le haría morir en la
calle como un perro aquella manía de hacer favores.
Así fue prosperando, sin que las burlas de la gente de la ciudad le
hicieran perder la confianza de aquel rebaño de rústicos que le temían
como a la Ley y creían en él como en la Providencia.
Un préstamo a un mayorazgo derrochador le hizo dueño del caserón
señorial que desde entonces pasó a ser de la familia Brull. Comenzó a
frecuentar el trato de los grandes propietarios de la ciudad, que aunque
despreciándole, le abrieron un hueco entre ellos con esa instintiva
solidaridad de la masonería del dinero. Para adquirir mayores respetos,
se hizo devoto de San Bernardo, pagó fiestas de iglesia y estuvo siempre
al lado del alcalde, fuese quien fuese. Para él no hubo ya en Alcira
otras personas, que las que al llegar la cosecha recogían miles de
duros; los demás eran la canalla.
Por entonces, emancipado de los bajos oficios que había desempeñado y
dejando los negocios de usura en manos de los que antes le servían de
intermediarios, comenzó a preocuparse del casamiento de su hijo Ramón.
Era su único heredero, una mala cabeza que alteraba con sus genialidades
el bienestar tranquilo que rodeaba al viejo Brull descansando de sus
rapiñas.
El padre sentía una satisfacción animal al verle grande, fuerte,
atrevido e insolente, haciéndose respetar en cafés y casinos, más aún
por sus puños que por la especial inmunidad que da el dinero en las
pequeñas poblaciones. ¡Cualquiera se atrevería a burlarse del viejo
usurero teniendo a su lado tal hijo!
Quería ser militar, pero su padre se indignaba cada vez que el muchacho
hacía referencia a lo que llamaba su vocación. ¿Para eso había trabajado
él haciéndose rico? Recordaba la época en que, pobre escribiente, tenía
que halagar a sus superiores y escuchar sus reprimendas humildemente
con el espinazo doblado. No quería que a su único hijo lo llevasen de
aquí para allá como una máquina.
—¡Mucho dorado!—exclamaba con el desprecio del que no se siente
atraído por las exterioridades,—¡mucho galón, pero al fin un esclavo!
Quería a su hijo libre y poderoso, continuando la conquista de la
ciudad, completando la grandeza de la familia iniciada por él,
apoderándose de las personas, como él se había apoderado del dinero.
Sería abogado; la carrera de los hombres que gobiernan. Era un vehemente
deseo de antiguo rábula; ver a su vástago entrando con la frente alta en
el vedado de la ley donde él se había introducido siempre
cautelosamente, expuesto en muchas ocasiones a salir arrastrado con una
cadena al pie.
Ramón pasó algunos años en Valencia, sin que pudiera saltar más allá de
los prolegómenos del Derecho, por la maldita razón de que las clases
eran por la mañana y él tenía que acostarse al amanecer, hora en que se
apagan los reverberos que enfocaban su luz sobre la mesa verde. Además
tenía en su cuarto de la casa de huéspedes una magnífica escopeta,
regalo de su padre, y la nostalgia de los huertos le hacía pasar muchas
tardes en el tiro del palomo, donde era más conocido que en la
Universidad.
Aquel hermoso ejemplar de belleza varonil, grande, musculoso, bronceado,
con unos ojos imperiosos, endurecidos por pobladas cejas, había sido
creado para la acción, para la actividad; era incapaz de enfocar su
inteligencia en el estudio.
El viejo Brull, que por avaricia y por prudencia, tenía a su hijo a
media ración—como él decía—sólo le enviaba el dinero justo para vivir;
pero víctima a su vez de aquellas malas artes con las que otro tiempo
explotaba a los labriegos, había de hacer frecuentes viajes a Valencia,
buscando arreglo con ciertos usureros que hacían préstamos, al hijo en
tales condiciones, que la insolvencia podía conducirle a la cárcel.
Hasta Alcira llegaba el rumor de otras hazañas del _príncipe_, como le
llamaba don Jaime al ver la despreocupación con que gastaba el dinero.
En las tertulias de familias amigas se hablaba con escándalo de las
calaveradas de Ramón; de una riña por cuestión de juego a la salida de
un casino; de un padre y un hermano, gente ordinaria, de blusa, que
juraban matarle si no se casaba con cierta muchacha a la que acompañaba
de día al taller y de noche al baile.
El viejo Brull no quiso tolerar por más tiempo las calaveradas de su
hijo y le hizo abandonar los estudios. No sería abogado: al fin no era
necesario un título para ser personaje. Además, se sentía achacoso; le
era difícil vigilar en persona los trabajos de sus huertos, y necesitaba
la ayuda de aquel hijo que parecía nacido para imponer su autoridad a
cuantos le rodeaban.
Hacía tiempo que había fijado su atención en la hija de un amigo suyo.
En la casa se notaba la falta de una mujer. Su esposa había muerto poco
después de retirarse él de los _negocios_, y el viejo Brull se indignaba
ante el descuido y falta de interés de las criadas. Casaría a su Ramón
con Bernarda, una muchacha fea, malhumorada, cetrina y enjuta de carnes,
que heredaría de sus padres tres hermosos huertos. Además, llamaba la
atención por lo hacendosa y económica, con una parsimonia en sus gastos
que rayaba en tacañería.
Ramón obedeció a su padre. Educado en los prejuicios de la riqueza
rural, creía que una persona decente no podía oponerse a la unión con
una hembra fea y arisca, siempre que tuviese fortuna.
El suegro y la nuera se entendían perfectamente. Enternecíase el viejo
viendo a aquella mujer seria y de pocas palabras indignarse por el más
leve despilfarro de las criadas, gritar a los colonos cuando notaba el
menor descuido en los huertos y discutir y pelearse con los compradores
de naranja por un céntimo de más o menos en la arroba. Aquella nueva
hija era el consuelo de su vejez.
Mientras tanto el _príncipe_ cazaba por la mañana en los montes
cercanos, y se pasaba la tarde en el café; pero ya no le satisfacía el
aplauso de los que se agrupaban en torno de la mesa de billar, ni
visitaba la _partida_ del piso superior. Buscaba la tertulia de las
personas serias, era amigo del alcalde y hablaba de la necesidad de que
todas las personas _pudientes_ estuviesen unidas para meter en un puño a
la pillería.
—Ya le pica la ambición—decía el viejo alegremente a su
nuera.—Déjale, mujer; él se abrirá paso... Así le quiero ver.
Comenzó por entrar en el ayuntamiento y pronto adquirió notoriedad. La
menor objeción en el consistorio era para él una ofensa personal;
terminaba las discusiones en la calle con amenazas y golpes; su mayor
gloria era que los enemigos se dijeran:
—Cuidado con Ramón... Mirad que ese es muy bruto.
Y junto con su acometividad, mostraba para captarse amigos, una
esplendidez que era el tormento de su padre. _Hacía favores_, mantenía a
todos los que por su repulsión al trabajo y su mala cabeza eran
temibles; daba dinero a los que servían de heraldos de su naciente fama
en tabernas y cafés.
Su ascensión fue rápida. Los viejos que le protegían y guiaban, se
vieron postergados. Al poco tiempo fue alcalde; su influencia,
encontrando estrecha la ciudad, se esparció por todo el distrito y
encontró firmes apoyos en la capital de la provincia. Libraba del
servicio militar a mozos sanos y fuertes; cubría las trampas de los
ayuntamientos que le eran adictos, aunque merecieran ir a presidio;
lograba que la guardia civil no persiguiera con mucho encono a los
_roders_ que, por un escopetazo certero en tiempo de elecciones, iban
fugitivos por los montes; y en todo el contorno nadie se movía sin la
voluntad de don Ramón, al que los suyos llamaban con respeto el _quefe_.
Su padre murió viéndole en el apogeo de su gloria. Aquella mala cabeza
realizaba su sueño: la conquista de la ciudad, el dominio de los hombres
completando el acaparamiento del dinero. Y también antes de morir vio
perpetuada la dinastía de los Brull con el nacimiento de su nieto
Rafael, producto de los encuentros conyugales instintivos e insípidos de
un matrimonio al que sólo unía la costumbre y el deseo de dominación.
El viejo Brull murió como un santo. Salió de la vida ayudado por todos
los últimos sacramentos; no quedó clérigo en la ciudad que no empujase
en alma camino del cielo, con nubes de incensario en los solemnes
funerales, y aunque los pillos, los rebeldes a la influencia del hijo
recordaban aquellos días de mercado en los cuales el rebaño de los
huertos venía a dejarse esquilar en su despacho de rábula, toda la gente
sensata que tenía que perder, lloró la muerte del hombre digno y
laborioso que, salido de la nada, había sabido crearse una fortuna con
su trabajo.
En el padre de Rafael aún quedaba mucho de aquel estudiantón que tanto
había dado que hablar. Sus gustos de libertino rústico le hacían
perseguir a las hortelanas, a las muchachuelas que empapelaban la
naranja en los almacenes de exportación. Pero tales devaneos quedaban en
el secreto; el miedo al _quefe_ ahogaba la murmuración y como además
costaban poco dinero, doña Bernarda no se daba por enterada.
No amaba a su marido: tenía el egoísmo de la señora campesina que
considera cumplidos todos sus deberes con ser fiel al esposo y ahorrar
dinero.
Por una anomalía notable, ella, tan avara, tan guardadora, capaz de
palabrotas de plazuela cuando había que defender el dinero de la casa,
disputando con jornaleros o con los compradores de la cosecha era
tolerante con los despilfarros del esposo para mantener su soberanía
sobre el distrito.
Cada elección abría una brecha en la fortuna de la casa. Don Ramón
recibía el encargo de sacar triunfante a tal señor desconocido, que
apenas si pasaba un par de días en el distrito. Era la voluntad de los
que gobernaban allá en Madrid. Había que quedar bien, y en todos los
pueblos volteaban corderos enteros sobre las hogueras; corrían a espita
rota los toneles de las tabernas; se distribuían puñados de pesetas
entre los más reacios o se perdonaban deudas, todo por cuenta de don
Ramón; y su mujer, que vestía hábito para gastar menos y guisaba la
comida con tal estrechez que apenas si dejaban algo para los criados,
era la más espléndida al llegar la lucha, y poseída de fiebre belicosa,
ayudaba a su marido a echar la casa por la ventana.
Era esto un cálculo de su avaricia. El dinero esparcido locamente, era
un préstamo que cobraría con creces en un día determinado. Y acariciaba
con sus ojos penetrantes al pequeñín moreno e inquieto que tenía sobre
sus rodillas, viendo en él al privilegiado que recogería el resultado de
todos los sacrificios de la familia.
Se había refugiado en la devoción como un oasis fresco y agradable en
medio de su vida monótona y vulgar, y experimentaba una sensación de
orgullo cuando algún sacerdote amigo la decía a la puerta de la iglesia:
—Cuide usted mucho de don Ramón. Gracias a él la ola de la demagogia se
detiene ante el templo y los malos principios no triunfan en el
distrito. El es quien tiene en un puño a los impíos.
Y cuando tras una declaración como esta que halagaba su amor propio,
dándole cierta tranquilidad para después de la muerte, pasaba por las
calles de Alcira con su hábito modesto y su mantilla, no muy limpia,
saludada con afecto por los vecinos más importantes, le perdonaba a su
Ramón todos los devaneos de que tenía noticia y daba por bien empleados
los sacrificios de fortuna.
¡Si no fuera por ellos, qué ocurriría en el distrito!... Triunfarían los
descamisados, aquellos menestrales que leían los papeles de Valencia y
predicaban la igualdad. Tal vez se repartirían los huertos y querrían
que el producto de las cosechas, inmensa pila de miles de duros que
dejaban ingleses y franceses, fuese para todos. Pero para evitar tal
cataclismo, allí estaba su Ramón, el azote de los malos, el campeón de
la buena causa, que la sacaba adelante dirigiendo las elecciones
escopeta en mano, y así como sabía enviar a presidio a los que le
molestaban con su rebeldía, lograba conservar en la calle a los que con
varias muertes en su historia, se prestaban a servir al gobierno
sostenedor del orden y de los buenos principios.
Bajaba la fortuna de la casa de Brull, pero aumentaba su prestigio. Las
talegas recogidas por el viejo a costa de tantas picardías, se
desparramaban por el distrito sin que bastasen a reemplazar su hueco
algunas distracciones de fondos municipales. Don Ramón contemplaba
impávido aquel derroche, satisfecho de que hablasen de su generosidad
tanto como de su poder.
Todo el distrito miraba como una bandera sagrada aquel corpachón
bronceado, musculoso, que arbolaba en su parte superior unos enormes
mostachos en los cuales comenzaban a brillar muchas canas.
—Don Ramón: debía usted quitarse esos bigotes—le decían los curas
amigos con acento de cariñoso reproche.—Parece usted el propio Víctor
Manuel, el carcelero del Papa.
Pero aunque don Ramón era un ferviente católico (que casi nunca iba a
misa) y odiaba a los impíos verdugos del Santo Padre, sonreía
acariciándose los mostachos, muy satisfecho en el fondo de tener alguna
semejanza con un rey.
El patio de la casa era el solio de su soberanía. Sus partidarios le
encontraban paseando de un extremo a otro, por entre los verdes cajones
de los plátanos, con las manos cruzadas en la espalda anchurosa, fuerte
y algo encorvada por la edad: una espalda majestuosa, capaz de sostener
a todos sus amigos.
Allí administraba justicia, decidía la suerte de las familias, arreglaba
la vida de los pueblos; todo con pocas y enérgicas palabras, como un rey
moro de los que en aquella misma tierra gobernaban siglos antes a sus
súbditos a cielo descubierto. En los días de mercado se llenaba el
patio. Deteníanse los carros ante la puerta, todas las rejas de la calle
tenían cabalgaduras atadas a sus hierros, y dentro de la casa sonaba el
zumbido de la rústica aglomeración.
Don Ramón les escuchaba a todos, gravo, cejijunto, con la cabeza
inclinada, teniendo a su lado al pequeño Rafael, apoyándose en él con un
ademán copiado de los cromos, donde él había visto a ciertos reyes
acariciando al príncipe heredero.
Las tardes de sesión en el Ayuntamiento, el cacique no podía abandonar
su patio. En la casa municipal no se movía una silla sin su permiso,
pero le gustaba permanecer invisible como Dios, haciendo sentir su
voluntad oculta.
Toda la tarde se pasaba en un continuo ir y venir de concejales desde la
casa del pueblo al patio de don Ramón.
Los escasos enemigos que tenía en el municipio, gente de oficio—como
decía doña Bernarda—devoradora de papeles contrarios al rey y la
religión, atacaban al cacique, censuraban sus actos, y todo el rebaño de
don Ramón se estremecía de cólera e impotencia. ¡Había que contestar! A
ver: uno que fuese a consultar al _quefe_.
Y salía un regidor corriendo como un galgo, y al llegar a la casa
señorial echando los bofes, sonreía y suspiraba con satisfacción viendo
que el _quefe_ estaba allí, paseando como siempre por su patio,
dispuesto a sacarles del apuro como inagotable Providencia. «Fulano
había dicho esto y lo otro». Deteníase en sus paseos don Ramón, meditaba
un rato y acababa diciendo con fosca voz de oráculo; «Bueno; pues
contestadle aquello y lo de más allá». El partidario salía desbocado
como un caballo de carreras; todos sus compañeros se agrupaban ansiosos
para conocer la sabia opinión y se establecía un pugilato entre ellos,
queriendo cada uno ser el encargado de anonadar al enemigo con las
santas palabras, hablando todos a la vez como pájaros que de repente ven
la luz y rompen a cantar desaforadamente.
Si el enemigo replicaba, otra vez la estupefacción y el silencio; nueva
corrida en busca de la consulta, y así transcurrían las sesiones con
gran regocijo del barbero _Cupido_—la peor lengua de la ciudad—el
cual, siempre que se reunía el municipio, decía a los parroquianos:
—Hoy es día de fiesta: corrida de concejales en pelo.
Cuando las exigencias del partido le hacían abandonar la ciudad, era su
esposa, la enérgica doña Bernarda, la que atendía las consultas, dando
respuestas, en concepto del partido, tan acertadas y sabias como las del
_quefe_.
Esta colaboración en el sostenimiento de la autoridad de la familia era
lo único que unía a los esposos. Aquella mujer, falta de ternura, que
jamás había experimentado la menor emoción en su roce conyugal y se
prestaba al amor con la pasividad de una fiera amansada y fría,
enrojecía de emoción cada vez que el jefe admitía como buenas sus ideas.
¡Si ella dirigiera el partido!... Ya se lo decía muchas veces don
Andrés, el amigo íntimo de su esposo, uno de esos hombres que nacen para
ser segundos en todas partes, y fiel a la familia hasta el sacrificio,
formaba con los dos esposos la santa trinidad de la religión de los
Brull esparcida por todo el distrito.
Allí donde don Ramón no podía ir, se presentaba don Andrés, como si
fuese la propia persona del jefe. En los pueblos le respetaban como
vicario supremo de aquel dios que tronaba en el patio de los plátanos, y
los que no se atrevían a aproximarse a éste con sus súplicas, buscaban a
aquel solterón de carácter alegre y familiar que siempre tenía una
sonrisa en su cara tostada cubierta de arrugas y un cuento bajo su
bigote recio tostado por el cigarro.
No tenía parientes y pasaba casi todo el día en la casa de Brull. Era
como un mueble que interceptaba el paso en las habitaciones, y
acostumbrados todos a él, resultaba indispensable para la familia. Don
Ramón le había conocido en su juventud de modesto empleado en el
ayuntamiento, y le enganchó bajo su bandera, haciéndole al poco tiempo
su jefe de estado mayor. Según él, no había en el mundo persona de más
mala intención y con más memoria para recordar nombres y caras. Brull
era el caudillo que dirigía las batallas; el otro ordenaba los
movimientos y remataba a los enemigos cuando estaban divididos y
deshechos. Don Ramón era dado a arreglarlo todo con la violencia, y a la
menor contrariedad hablaba de echar mano a la escopeta. De seguir sus
impulsos, la gente de acción del partido hubiera hecho cada día una
muerte. Don Andrés hablaba con seráfica sonrisa de _enredarle las patas_
al alcalde o al elector influyente que se mostraba rebelde y arrojaba un
chaparrón de papel sellado sobre el distrito, promoviendo procesos
complicados que no terminaban nunca.
Despachaba la correspondencia del jefe; tomaba parte en los juegos de
Rafael, acompañándole a pasear por los huertos y cerca de Bernarda,
desempeñaba las funciones de consejero de confianza.
Aquella mujer arisca y severa, únicamente se mostraba expansiva y
confiada con don Andrés. Cuando esté la llamaba su _ama_ o la _señora
maestra_, no podía evitar un movimiento de satisfacción, y con él se
lamentaba de los devaneos del marido. Era un afecto semejante al de las
antiguas damas por el escudero de confianza. El entusiasmo por la gloria
de la casa les unía con tal familiaridad, que los enemigos murmuraban,
creyendo que doña Bernarda, despechada por las infidelidades del
cónyuge, se entregaba al lugarteniente. Y don Andrés que sonreía con
desprecio cuando le acusaban de aprovechar la influencia del jefe en
pequeños negocios, indignábase si la maledicencia se cebaba en su
amistad con la señora.
Lo que más íntimamente unía a las tres personas era el afecto por
Rafael, aquel pequeño que había de ilustrar el apellido de Brull,
realizando las ilusiones del abuelo y el padre.
Era un muchacho tranquilo y melancólico, cuya dulzura parecía molestar a
la rígida doña Bernarda. Siempre pegado a sus faldas. Al levantar los
ojos, encontraba fija en ella la mirada del pequeño.
—Anda a jugar al patio—decía la madre.
Y el pequeño salía inmediatamente triste y resignado, como obedeciendo
una orden penosa.
Don Andrés era el único que le alegraba con sus cuentos y sus paseos por
los huertos, cogiendo flores para él, fabricándole flautas de caña. El
fue quien se encargó de acompañarle a la escuela y de hacerse lenguas de
su afición al estudio.
Si era serio y melancólico, es porque iba para sabio, y en el casino del
partido les decía a los correligionarios:
Ya veréis lo que es bueno, así que Rafaelito sea hombre. Ese va a ser un
Cánovas.
Y ante aquella reunión de gente tosca, pasaba como un relámpago la
visión de un Brull jefe del gobierno, llenando la primera plana de los
periódicos con discursos de seis columnas y al final _Se continuará_; y
todos ellos nadando en dinero y gobernando a su capricho España, como
ahora manejaban el distrito.
Jamás príncipe heredero creció entre el respeto y la adulación que el
pequeño Brull. En la escuela los muchachos le miraban como un ser
superior que por bondad descendía a educarse entre ellos. Una plana bien
garrapateada; una lección repetida de corrido, bastaban para que el
maestro, que era del partido para cobrar el sueldo sin grandes retrasos,
dijera con tono profético.
—Siga usted tan aplicado, señor de Brull. Usted está destinado a
grandes cosas.
Y en las tertulias a que asistía su madre, le bastaba recitar una
fabulita o lanzar alguna pedantería de niño aplicado que desea
introducir en la conversación algo de sus lecciones, para que
inmediatamente se abalanzasen a él las señoras cubriéndole de besos:
—¡Pero cuánto sabe este niño!... ¡Qué listo es!
Y alguna vieja añadía sentenciosamente:
—Bernarda, cuida del chico; que no estudie tanto. Eso es malo. ¡Mira
qué amarillento está!...
Terminó sus estudios superiores con los padres escolapios, siendo el
protagonista de los repartos de premios; el primer papel en todas las
comedias organizadas en el teatrito de los frailes. El semanario del
partido dedicaba un artículo todos los años a los sobresalientes y
premios de honor del «aprovechado hijo de nuestro distinguido jefe don
Ramón Brull esperanza de la patria que ya merece el título de futura
lumbrera».
Cuando Rafael volvía a casa con el pecho cargado de medallas y los
diplomas bajo el brazo, escoltado por su madre y media docena de señoras
que habían asistido a la ceremonia, besaba a su padre la vellosa y
nervuda mano. Aquella garra le acariciaba la cabeza e instintivamente se
hundía en el bolsillo del chaleco por la costumbre de agradecer del
mismo modo todas las acciones gratas.
—Muy bien—murmuraba la bronca voz.—Así me gusta... Toma un duro.
Y hasta el año siguiente, rara vez se veía el muchacho acariciado por su
padre. En ciertas ocasiones, jugando en el patio, había sorprendido la
mirada del imponente señor fija en él, como si quisiera adivinar el
porvenir.
Don Andrés se encargó de su instalación en Valencia al comenzar los
estudios en la Universidad. Se cumpliría el deseo del abuelo abortado en
el padre.
—¡Este sí que será abogado!—decía doña Bernarda poseída del mismo
afán que el viejo por aquel título que era el ennoblecimiento de la
familia.
Y temiendo que la corrupción de la ciudad despertase en el hijo las
mismas aficiones del padre, enviaba con frecuencia a don Andrés a la
capital y escribía cartas y más cartas a los amigos de Valencia y en
especial a un canónigo de su confianza, para que no perdiese de vista al
muchacho.
Pero Rafael era juicioso; un modelo de jóvenes serios según decía a su
madre el buen canónigo. Los sobresalientes y premios del colegio de
Alcira continuaban en Valencia, y además, don Ramón y su esposa se
enteraban por los periódicos de los triunfos alcanzados por su hijo en
la «Juventud jurídico escolar», una reunión nocturna en un aula de la
Universidad, donde los futuros abogados se soltaban a hablar discutiendo
temas tan originales como si la «Revolución Francesa había sido buena o
mala», o «el socialismo, comparado con el cristianismo».
Algunos muchachos terribles, que habían de entrar en casa antes de las
diez, so pena de arrostrar la indignación de los padres, se declaraban
rabiosos socialistas y asustaban a los bedeles, maldiciendo la propiedad
sin perjuicio de proponerse—tan pronto como terminasen la
carrera—conseguir una notaría o un registro. Pero Rafael, siempre
mesurado y correcto no era de estos; figuraba en la derecha de la docta
asamblea, y en todas las cuestiones sostenía el criterio sano, pensando
_con_ santo Tomás y otros sabios que le señalaba el canónigo encargado
de su dirección.
Estos triunfos no tardaban en ser propalados por el semanario del
partido, que para aumentar la gloria del jefe y que los enemigos no le
tachasen de parcialidad, comenzaba siempre: «Según leemos en la prensa
de la capital»...
—¡Qué muchacho!—decían a doña Bernarda los curas de la
población.—¡Qué pico de oro! Ya lo verá usted, será otro Manterola.
Y la devota señora, cuando Rafael por fiestas o vacaciones volvía a
casa, cada vez más alto, con modales que a ella se le antojaban la
quinta esencia de la distinción y vistiendo con arreglo al último
figurín, se decía con una satisfacción de madre fea:
—Será un real mozo. Todas las chicas ricas de la ciudad le desearán. No
habrá más que escoger.
Doña Bernarda sentíase orgullosa al contemplar a su Rafael, alto, las
manos finas y fuertes, los ojos grandes, aguileña la nariz, la barba
rizada y cierta gracia ondulante y perezosa en su cuerpo que le daba el
aspecto de uno de esos jóvenes árabes de blanco alquicel y ricas
babuchas que forman la aristocracia indígena en las colonias de Africa.
Cada vez que volvía a su casa el estudiante, era recibido por su padre
con la misma caricia muda. El duro había sido reemplazado por billetes
de Banco, pero la garra poderosa que se posaba sobre su cabeza,
acariciábale cada vez con mayor flojedad; pesaba menos.
Rafael, por sus ausencias, notaba mejor que los demás el estado de su
padre. Estaba enfermo, muy enfermo. Erguido como siempre, grave,
imponente, hablando apenas; pero adelgazaba, se hundían los fieros ojos,
sólo quedaba de él el macizo esqueleto, marcábanse en aquel cuello, que
antes parecía la cerviz de un toro, los tendones y arterias entre la
piel colgante y flácida, y los arrogantes mostachos, cada vez más
blancos, caían con desmayo como una bandera rota.
Al estudiante le sorprendió el gesto de ira, la mirada fiera empañada
por lágrimas de despecho con que acogió la madre sus temores:
—Que se muera cuanto antes... ¡Para lo que hace!... Que el señor nos
proteja llevándoselo pronto.
Rafael calló, no queriendo ahondar en el drama conyugal que se
desarrollaba junto a él, oculto y silencioso.
Aquel sombrío vividor de insaciables apetitos, entregado a una crápula
obscura y misteriosa, atravesaba el último torbellino de sus
tempestuosos deseos. La virilidad, al sentir la cercanía de la vejez,
antes de declararse vencida, ardía en él con más fuerza, y el poderoso
jefe se abrasaba en el postrer destello de su animalidad exuberante. Era
una puesta de sol que incendiaba su vida.
Siempre grave y con gesto sombrío, corría el distrito como un sátiro
loco, sin más guía que el deseo; sus encuentros brutales, sus abusos de
autoridad, llegaban como un eco doloroso a la casa señorial, donde su
amigo don Andrés intentaba en vano consolar a la esposa.
—¡Pero ese hombre!—rugía iracunda doña Bernarda.—Ese hombre nos va a
perder; no mira que compromete el porvenir de su hijo.
Era un apetito loco que, en su furia, se abalanzaba sobre la fruta
verde, sin sazonar. Caían anonadadas y temblorosas ante su ardor senil,
en las frondosidades de los huertos, en los almacenes de naranja, o al
anochecer, al borde de un camino, las vírgenes apenas salidas de la
niñez, casi calvas, con el pelo untado de aceite, el pecho liso y los
miembros enjutos, tristes, con una delgadez de muchacho, bajo las sucias
faldas de la miseria. Por la noche salía de casa pretextando necesidades
del partido y le veían entrar en los arrabales buscando jornaleras de
formas desbaratadas por la maternidad, a cuyos maridos enviaba con
antelación a trabajar en sus huertos. Compraba a docenas zapatos de
mujer; pagaba en las tiendas pañuelos y refajos que al día siguiente
eran ostentados en las afueras de la ciudad. Los más entusiastas
correligionarios, sin perder el tradicional respeto, hablaban sonriendo
de sus _debilidades_, y señalaban un sinnúmero de arrapiezos del arrabal
morenotes, fuertes y ceñudos, como si fueran una reproducción del
_quefe_. Por la noche, cuando don Ramón, rendido por la lucha con el
insaciable demonio que le arañaba las entrañas, roncaba dolorosamente
con un estertor que silbaba en sus pulmones y un reguero de baba en los
tristes bigotes, doña Bernarda, incorporada en la cama, los flacos
brazos sobre el pecho, le miraba ceñuda, con unos ojos que parecían
apuñalarle y rogaba mentalmente:
—¡Señor! ¡Dios mío! ¡Que se muera pronto este hombre! ¡Que acabe tanto
asco!
Y el Dios de doña Bernarda debió oírla, pues su marido marchaba
rápidamente hacia la muerte, pero como un convencido, sin retroceder ni
sentir miedo, impulsado por aquella llama que le consumía; sin
preocuparse de la pérdida de sus fuerzas y de la tos que sonaba como un
trueno lejano, arrastrándose pavorosamente por las cavernas de su pecho.
—Cuídese usted, don Ramón,—decían los curas amigos, únicos que osaban
aludir a los desórdenes de su vida.—Va usted haciéndose viejo y a su
edad, vivir como un joven, es llamar a la muerte.
Sonreía el cacique, orgulloso en el fondo de que los hombres conocieran
sus hazañas, y volvía a sumirse en su rabiosa hidropesía, sintiendo que
cada trago de placer le quemaba con nuevos deseos.
Aún acarició a su hijo el día que le vio entrar en el patio, escoltado
por don Andrés, con el título de abogado. Le regaló su escopeta, una
verdadera joya, admirada por todo el distrito, y un magnífico caballo. Y
como si sólo esperase ver cumplido el deseo del viejo Brull, que él no
supo realizar, a los pocos días lanzó su última tos, sonaron
quejumbrosamente todas las campanas de la ciudad, salió con una orla
negra de a palmo el semanario del partido, y de todo el distrito llegó
la gente como en procesión, para ver si el cadáver del poderoso don
Ramón Brull, que sabía detener o acelerar el curso de la justicia en la
tierra, se pudría lo mismo que los despojos de los demás hombres.