Mientras que andaba don Braulio agitado, allá en el fondo de su alma, de
tan varios afectos, de los cuales salía siempre por consecuencia, la
precisión en que se creía de dar a su mujer y a su cuñada libertad
completa para ir a casa de la Condesa y acompañarla a teatros y paseos,
Beatriz, aprovechándose de dicha libertad, vino a ser casi tertuliana
diaria de la San Teódulo, ora la siguiese sólo Inesita, ora la siguiese
también su marido.
Cuando iba éste, la natural simpatía le impulsaba siempre a hablar con
el Conde de Alhedín más que con otro alguno. El Conde hablaba con
formalidad, con sumo acierto y con sano juicio, de las cuestiones más
graves, y hasta cuando estaba de broma todos sus chistes parecían a don
Braulio no groseros y vulgares, sino delicados e ingeniosos, por donde
era el primero que los reía.
El Conde, hecho así muy amigo de don Braulio, hubo de acompañar algunas
noches a las dos hermanas hasta la casa de ellas; y como doña Beatriz se
la ofreció, él pudo visitarlas y las visitó del modo más correcto.
Nada de esto hacía recelar a don Braulio. El no tenía celos de persona
alguna determinada, y en todo caso, por la especie de admiración que
profesaba al Conde, tenía más confianza en él que en otro cualquiera.
Imaginaba que el Conde le comprendía, le respetaba y no abusaría de su
amistad aunque pudiese. De esta suerte, por lo mismo que reconocía en el
Conde más capacidad de seducir que en todos los otros, temía menos la
seducción por parte del Conde.
No eran de igual parecer los de la tertulia de Rosita. Sin odio, sin
deseo de dañar, por pura ligereza y alegre malicia, suponían cuanto hay
que suponer, fundándose en los siguientes datos.
El Conde, que debía haber ido a Biarritz, había desistido de su
expedición y se había pasado en Madrid todo el verano.
Con mucha frecuencia hablaba con Beatriz en largos apartes.
Se sabía que la visitaba en su casa.
El Conde estaba sin amores conocidos, la crónica escandalosa no
designaba, ni en la sociedad elegante, ni entre la gente de la clase
media, ni entre las bailarinas y actrices, ninguna que le tuviese
cautivo en sus redes.
En sujeto de tanto valer, tan gallardo y afortunado siempre con las
mujeres, era inexplicable esta soledad amorosa, si no se suponía alguna
pasión oculta.
La pasión, por consiguiente, se supuso. Y una vez supuesta, se supuso
también que no podía menos de ser correspondida.
La falta de pruebas que había, el enojo del Conde cuando empezaron a
embromarle con doña Beatriz, sus negaciones rotundas y el respeto y
consideración ceremoniosa con que trataba en público a aquella mujer,
todo ello sirvió sólo para que se pasmasen los amigos del maravilloso
disimulo, de la hidalga prudencia y del noble sigilo de aquel dichoso
mortal.
Rosita, a quien el Conde se lo confiaba todo, quiso no pocas veces
averiguar, en secreto y para ella sola, la verdad del caso.
El Conde negó a Rosita que hubiese caso alguno que redundase en daño de
don Braulio, y mostró enojo de que ella creyese que le había, y le
suplicó, y hasta le exigió, que disipase tan absurdos rumores.
Por desgracia, no valió esto sino para que Rosita dejase de hablar al
Conde de sus relaciones con doña Beatriz, y hasta para que afirmase con
frecuencia en alta voz que no había tales relaciones; pero, en voz baja
y al oído, Rosita solía hacer estupendos elogios de la caballerosidad de
su amigo, que ni siquiera a ella le confiaba su triunfo. Este callar era
heroico, este disimular demostraba a gritos la vehemencia y sublimidad
de un generoso afecto.
--Llega a tal extremo el Conde--decía Rosita--, que será capaz de tener
un desafío con quien divulgue por ahí que Beatriz le ama.
--_E pur si muove_--añadía el poeta Arturo, si por acaso se hallaba
allí.
El rumor, la suposición, la calumnia, si era calumnia; la hablilla, en
fin, si así queremos llamarla, se movió en efecto con rapidez
portentosa.
Apenas quedó en la coronada villa hombre ni mujer, iniciados en la
historia anecdótica de los salones, en aquella historia que Asmodeo y
sus imitadores no pueden ni deben revelar por impreso, si bien tiene mil
cronistas orales y clandestinos, que no diese ya por cierto, firme y
apretado, el lazo que unía el corazón de Beatriz y el de Ricardo, que
así llamaban al Conde de Alhedín sus íntimos o los que por tales querían
pasar para darse tono.
Don Braulio era quizá el único que ignoraba todo aquello, y la gente se
pasmaba de su ignorancia.
Los sujetos más benévolos decían:
--No es extraño. El buen señor está en Babia siempre. ¡Es tan distraído!
Vaya: más vale así.
Otros exclamaban:
--Bien se conoce que el hombre es un verdadero filósofo.
Otros:
--¿Quién sabe? Estos varones severos no incurren casi nunca en la
torpeza de averiguar lo que no les conviene. La distracción, el andar
siempre por los espacios imaginarios suele traer muchos provechos.
Otros, por último:
--Ya verán ustedes cómo el pobrecito don Braulio adelanta en su carrera
y llega a ser personaje. Su mujer hará que suba.
El respeto y hasta el temor que inspiraba el Conde de Alhedín, poco
sufrido con nadie, pronto para el enojo, y diestro y feliz en lances y
pendencias, no consentían que los hombres se insinuasen con doña
Beatriz, hablándole de sus amores con el Conde.
Beatriz no trataba con mujeres de la sociedad, que no hubieran respetado
al Conde y que se hubieran insinuado con ella.
Y Rosita quería tanto al Conde, que por nada del mundo le hubiera
causado el pesar de darse por entendida con Beatriz de que sospechaba o
sabía lo que, a su ver, pasaba.
Doña Beatriz, por consiguiente, podía imaginar, o imaginaba sin duda,
que nadie sospechaba de ella.
Los rendimientos y las deferencias de que era objeto los podía atribuir
a su mérito propio, y el que los galanes no se le acercasen en son de
guerra y de conquista, a que su buena reputación los tenía a raya.
Durante, pues, todo el verano y hasta el principio del mes de octubre,
momento en que ocurrieron casos importantes, que pronto hemos de
referir, pudo muy bien doña Beatriz, nada experimentada ni escarmentada
aún de la maledicencia de los madrileños, vivir tranquila y persuadida
de que nadie la acusaba de ser la enamorada del Conde, y de que don
Braulio no estaba en ridículo de resultas de haber sido tan bueno y tan
complaciente con ella.
Al llegar a este punto siento yo cierto prurito de declamar y de
moralizar, a fin de que mi historia merezca contarse entre las
ejemplares. No atino, sin embargo; no me decido siquiera a señalar el
blanco contra el cual he de dirigirme.
¿Declamaré contra la sociedad murmuradora? No me atrevo, sin
considerarme como injusto. ¿Quién sabe aún lo que en realidad pasaba?
Pero las apariencias estaban en contra de doña Beatriz.
¿Declamaré contra ésta? ¿Y si era inocente? ¿Y si las apariencias eran
engañosas? ¿Y si ella, ignorante aún de la vida, no notaba que, sin
querer, quizá sin merecerlo, daba pábulo a la maledicencia?
Sería, por último, harto cruel que yo me estrellase contra el bueno de
don Braulio, que era tan honrado, tan noble, tan excelente, y cuya única
falta, si falta había, se originaba del amor entrañable y de la
indulgencia bien meditada con que miraba a su mujer.
Lo mejor, por lo tanto, es que nos abstengamos de declamar y de
moralizar, aguardando a ver qué sale en claro de todo esto.
Por lo pronto, lo que podemos asegurar es que la reputación de doña
Beatriz estaba perdida; gravísimo mal, aunque no del todo irremediable,
dado que fuese una calumnia lo que se recelaba o afirmaba: dado que la
suposición no tuviese fundamento alguno.
Verdad es que para poner remedio a aquel mal era ya menester que los
pacientes lo supiesen primero, condición terrible para el enamorado don
Braulio, quien, atormentado por sus vagas y melancólicas imaginaciones,
no advertía nada de lo que en realidad estaba pasando en torno suyo, y
cuyo corazón, que tanto se angustiaba sólo con presentir la pérdida del
cariño de Beatriz, parecía que no había de tener resistencia bastante
para sufrir el rudo golpe de la certidumbre y la realización de su
presentimiento.