Todas las presentaciones se hicieron con las ceremonias debidas, según
la liturgia de la sociedad elegante. Doña Beatriz presentó a su marido a
la Condesa, y la Condesa presentó a los caballeros que formaban el
corro, primero a doña Beatriz y después a Inesita y a don Braulio. De
esta suerte los tres se vieron lanzados en el gran mundo en un
periquete, en un abrir y cerrar de ojos.
No estaba allí el Conde de San Teódulo ni había más señora que la
Condesa. A ésta, como a casi todas las señoras de alto fuste y suprema
elegancia, no le gustaba el trato con las mujeres sino en raros casos.
Tanto más de agradecer y de estimar, por consiguiente, la extraña
excepción que había hecho de Beatriz y de Inesita.
Sentados todos de nuevo en el corro, el poeta favorito de la Condesa, a
quien llamaremos Arturo, dió conversación a Inesita, sin que dejasen de
hablar también con ella otros galanes.
Don Braulio, si bien sobresaltado ya y receloso de empezar a hacerse
célebre por su mujer, habló con los señores más serios y machuchos.
Doña Beatriz y la Condesa de San Teódulo hablaron largo rato entre sí y
en voz baja, recordando su amistad antigua.
A los pocos minutos la Condesa había exigido de doña Beatriz que se
volviesen a apear el tratamiento, que se volviesen a tutear como ella
recordaba que allá en el pueblo se habían tuteado.
¿Por qué negarse a tamaña amabilidad? Las dos amigas se tutearon en
efecto. Ya recordará el lector lo campechana que era Rosita de lugareña.
De Condesa seguía lo mismo con quien lo merecía.
--No acabo de comprender--decía Beatriz--cómo has podido conocerme entre
tanta gente y después de tantos años.
--Hija mía--contestaba la Condesa--, yo tendré corto entendimiento; pero
tengo mucha memoria y, sobre todo, mucha y buena voluntad para aquellos
a quienes estimo. Te hubiera reconocido entre cien mil personas, sin
antecedentes, sin estar prevenida, sin aviso de que estuvieses tú entre
ellas. Además, ¿qué mérito hay en mí? Quien te ve una vez no es posible
que te olvide.
--Gracias, gracias; me confundes con tus elogios indulgentes y
generosos.
--Digo la verdad. Y luego tú no has cambiado en la cara. Tu cuerpo es
otro; te has desenvuelto, te has embarnecido algo, estás hecha una
hermosa mujer. Praxíteles te hubiera tomado por modelo. Estas prendas,
sin duda, son hoy otras en ti. Cuando nos tratamos en el lugar eras una
niña. Yo vi entonces el fresco y tierno capullo; ahora veo la rosa, que
ha desplegado todo el lujo exuberante de su aromática corola. Pero
repito que la cara, la expresión, el mirar..., nada de esto ha cambiado.
Cuando hablas pareces una mujer casada...; pero en silencio... pareces
una niña, más cándida..., más inocente que tu hermanita, que también es
muy mona.
--De todos modos... es singular..., sin antecedentes..., sin saber que
yo estuviese en Madrid...
--No; eso no. Yo no gusto de jactarme de lo que no debo. Yo he sabido
hace poco que estabas en Madrid. Si antes lo hubiera sabido hubiera ido
a verte a tu casa.
--¿Y quién me conoce? ¿Quién ha podido hablarte de mí? Mi marido es un
pobre empleado...
--Será lo que dices; pero su inteligencia y su laboriosidad tienen
encantado al Ministro y lleno de envidia a todo el personal de la
Secretaría. El Ministro no hace más que hablar de tu marido. Y lo que es
de ti, aunque vives tan retirada, hablan ya muchos desde que, pocas
noches ha, te vieron en estos Jardines.
--¡Es posible, mujer! ¿Quieres burlarte de mí?
--Harto sabes tú que no me burlo.
--No te burlarás porque eres buena, pero querrás embromarme. Es cierto
que vine aquí pocas noches ha, mas nadie me conocía.
--Entonces te conocieron y te admiraron. Alguien que se precia de
hastiado, de descontentadizo, de difícil, quedó tan hechizado que os
siguió.
Doña Beatriz se puso colorada otra vez.
--¿Cómo sabes eso?--dijo.
--El me lo ha dicho.
--¿Quién?
--¿Quieres que te regale el oído? El Conde de Alhedín, la flor de los
elegantes, el más guapo de nuestros pollos.
--Sería por mi hermana.
--De eso no me ha dicho el Conde palabra. Se ha limitado a decirme que
os siguió, y me ha hecho de vosotras el más brillante encomio. Asegura
que jamás ha visto dos mujeres más bellas y más aristocráticas por
naturaleza. Antes de llegar hasta mí había el Conde tomado informes, y
yo no sé cómo diablos se las había compuesto que, a pesar de vuestra
fuga precipitada en un pesetero, sabía ya cómo os llamabais, dónde
vivíais, quiénes erais, quién era tu marido y mil cosas más. Claro está
que al decírmelas caí en la cuenta de que erais las niñas que tanto
había yo querido en el lugar, y entré en deseo de volver a veros. Si he
de hablarte con franqueza, sólo he venido esta noche por aquí a ver si
os hallaba. En casa tengo gente: un círculo de amigos. Allá me aguardan,
y mi marido está con ellos. En fin, gracias a Dios que os he encontrado.
Bien suponía yo que habíais de venir por ser noche de domingo, en que tu
marido no tendría quehaceres. La otra noche fué una locura lo que
hicisteis, creyendo que nadie lo notaría. ¡Venir solas... dos niñas...
exponiéndose a la persecución de cualquier majadero mal educado!... No
todos son la crema de la cortesía. No todos son como el Conde de
Alhedín, que sabe distinguir a escape con quién ha de habérselas.
--Tienes razón--dijo Beatriz--; fué un disparate, fué una imprudencia lo
que hicimos la otra noche. No lo volveremos a hacer.
--De aquí en adelante sería imposible. Os desentonaríais. Ya a estas
horas os conoce todo Madrid; esto es, la sociedad. Debéis venir, o con
tu marido... o conmigo. Os traeré en mi coche si os divierten los
Jardines. Mi poeta y algún otro nos escoltarán. Es menester darse tono.
No es cosa de venir aquí dos muchachas como dos aventureras.
--Mucho tengo que agradecerte--exclamó doña Beatriz.
--No, niña mía, no me agradezcas nada. Lo hago por egoísmo. Aquí para
entre nosotras, la vanidad no me ciega; voy siendo ya cotorrona. No
tengo amores, ni celos, ni aspiro a nada, y necesito la amistad y la
compañía de mujeres jóvenes como vosotras. Mi casa es un casino, del
cual soy presidente con faldas; pero me voy cansando de hacer este
papel. ¿Quieres compartirlo conmigo? ¿Quieres ayudarme a presidir mi
tertulia?
--Ignoro si Braulio querrá y podrá...
--¿Cómo no ha de querer? Parece afable, alegre, buen señor y discreto.
Ya reconocerá que su mujer no ha de estar siempre metida en casa. Cuando
se casó con una criatura como tú, se haría cargo de todo esto. No le
cogerá de susto.
--Sí..., es verdad...--dijo doña Beatriz--; pero Braulio tiene razones
poderosas. ¿Por qué he de avergonzarme de decírtelas? Somos pobres...
¿Cómo gastar en trajes?...
--¿Y para qué esos trajes? En mi casa... estamos de toda confianza...
Puedes ir como estás ahora..., menos lujosa aún... y hasta puedes
llevarte allí la labor... Ya verás cómo te distraes allí por las noches.
Tu hermanita se distraerá también, porque van a casa pollos
proporcionados a su edad e irán más cuando sepan que va ella. En cuanto
a tu marido..., no es un requisito indispensable que te acompañe
siempre. Esto sería ridículo por varios motivos; porque haría sospechar
que era un celoso desconfiado, lo cual redundaría en menosprecio tuyo, o
porque haría presumir que era un hombre incapaz, baldío, que no tenía
negocios en qué emplearse; pero, en fin, aun cuando tu marido fuera a
menudo a mi casa, doy por cierto que, lejos de pesarle, se alegraría.
Allí van no pocos sujetos de su posición. Se daría a conocer, ganaría
amigos y hablaría de política, de hacienda, de ciencias, de todo,
luciendo lo mucho que dicen que sabe... y que hasta lo presente, dicho
sea en paz y sin que te enojes, no le ha servido de nada. Tú lo
confiesas..., no estáis muy lucidos.
--Estamos contentos... y no deseamos más.
--Esa es una virtud..., pero infecunda. Cuando no se aspira no se
alcanza. Es menester aspirar a todo... Mira tú mi marido... Ya te le
presentaré... No vale la vigésima parte de tu don Braulio. Y, sin
embargo..., ¡cómo sabe ingeniarse!... Es un gerifalte... Yo hablo
contigo con el corazón en la mano. Es menester que saquemos a tu marido
del limbo en que vive. Tiene elementos... ¿Por qué no ha de
aprovecharlos? Para filósofo, menospreciador del mundo y de sus pompas
vanas, hubiera hecho mejor en no casarse con un pimpollo como tú.
--¿Qué quieres? ¡Me amaba tanto!
--¡Lástima fuera que no te amase! ¿A quién no infundirás amor? Tú, sin
embargo, agradecida...
--No sólo agradecida..., enamorada también...
--Conque, ¿le amabas mucho?
--Y le amo todavía.
--Su claro talento te sedujo: doble motivo para que le emplee en hacerte
feliz, para que se deje de vagas meditaciones y acuda a lo que importa.
No sé qué agudo escritor ha comparado al filósofo especulativo con un
mulo que da vueltas a una noria, atado a ella por el diablo de la
metafísica, sacando agua que no bebe, y sin comer la abundante hierba y
lozana hortaliza que por todas partes le rodea. Pues peor es aún cuando
el filósofo o el mulo, siguiendo la pícara comparación, tiene una
compañera y la lleva de reata, y no la deja pacer tampoco.
--Mi obligación y mi gusto es seguir a mi marido por dondequiera que
vaya; así me lleve a un desierto estéril como a la tierra de promisión.
Por dicha, no creo que esté tan hundido en inútiles ensueños, que
desconozca la realidad de la vida.
--Mejor es así. Me alegro. Sin lisonja: me va siendo muy simpático tu
marido. Tiene buena facha. Se conoce que es pájaro de cuenta. Lo único
que debiera reformar es el sombrero y los picos del cuello de la camisa.
Son enormes. ¿Por qué no haces que se los recorten un poco?
--Es un capricho. Insiste en llevarlos así; pero no es terco en asuntos
de más importancia.
--Entonces... bueno va. Con picos y todo me parece bien..., muy
curiosito..., muy pulcro... Hasta la enormidad descomunal de los picos
se me antoja ya que le da cierto carácter original y grave. Pero, señor,
¿dónde se habrá escondido el Conde?
--¿Qué Conde?--preguntó Beatriz.
--Tu más fervoroso admirador. Apenas te vió vino a decirme que habías
llegado. Lo singular es el miedo que te tiene. Es absurdo en hombre tan
corrido y tan atrevido. Nada..., le da vergüenza de que le presente a ti
y se ha escapado. Está retardando lo que más desea... ¡Gracias a Dios!
Ya viene por allí.
Beatriz dirigió la mirada hacia donde indicaba su interlocutora, y vió
que se acercaba al corro el lindo y elegante Conde de Alhedín.
--¿No es verdad que es muy gentil?--preguntó la Condesa.
Beatriz hizo un gesto gracioso que nada significaba.
--Y luego--añadió la Condesa--, ¡si vieras qué bueno es, y qué sencillo
y qué caballero!
Nada dijo Beatriz tampoco para corroborar estas alabanzas.
Llegó en esto el Conde, y la de San Teódulo le presentó sucesivamente a
Beatriz, a su hermana y a don Braulio.
No era el Conde de la reciente escuela y última cría, que hace gala de
gastar pocos miramientos con las mujeres, o si lo era, sabía distinguir
ocasiones y personas, y conociendo que no ganaría con abatirse intrépida
y bruscamente sobre su presa, estuvo hasta cortado y tímido en los
primeros instantes. Se limitó a decir algunas palabras corteses a cada
una de las dos hermanas, sin acercarse demasiado a ellas, y sobre todo,
sin incurrir en la insolente ordinariez, en que ahora incurren con
frecuencia los hombres, de alargar la mano a las señoras apenas las
conocen, obligándolas a que los desairen o a venir de buenas a primeras
a términos de amistosa confianza.
Después buscó el modo más natural de entablar conversación con don
Braulio, y como si fuese un señor tan formal y de peso como él, le
entretuvo más de media hora sobre materias importantes. Hizo más aún.
Hizo algo que parecía imposible, dado lo parlanchín que era: supo
callarse, escuchar con atención y obligar a don Braulio a que hablara,
de lo cual don Braulio salió encantado.
Por último, haciendo la conversación general, soltó el Conde la rienda a
su buen humor, ensartó mil chistosos desatinos, dentro siempre de los
límites no ya sólo de la decencia, sino de la más delicada urbanidad, y
divirtió y regocijó a la reunión, logrando hacerse simpático a todos.
Preparados así los ánimos, cuando acababan de dar las once, la Condesa
propuso abandonar ya los Jardines e ir todos a su casa a tomar el te.
Don Braulio, a pesar de que había reído las gracias del Conde y estaba
contento de que le hubiese escuchado discretear, se escamaba de tanto
obsequio y sentía no poco sobresalto de ver cómo se iba metiendo en los
trotes del gran mundo; pero no supo resistirse. La Condesa le iba a
llevar hasta la casa de ella en su coche. Después, desde la casa de la
Condesa a la de don Braulio había pocos pasos que andar. Allanadas así
las dificultades, hubiera sido una grosería no aceptar el convite.
Don Braulio aceptó, pues, y en compañía de su mujer y de Inesita, los
cuatro en el mismo landó abierto, fué aquella noche a la tertulia íntima
y diaria de la Condesa de San Teódulo.
X
Por lo general, no hay tertulia o reunión para divertirse donde no se
baile o se juegue a los naipes. Sin tresillo para los viejos y sin
polkas y valses para los jóvenes, todos por lo común se aburren. Es de
admirar, por lo tanto, una tertulia, como la de nuestra Condesa, donde
sólo con charlar se divertía la gente. La mujer que logra tener una
tertulia así puede jactarse de haber puesto una pica en Flandes. Cuantos
sepan de estos negocios mundanos tendrán que reconocer en la mujer que
presida tal tertulia no comunes dotes de entendimiento.
Otras singulares virtudes resplandecían también en Rosita. Era tan buena
para amiga como mala para enemiga. A su marido le quería, le cuidaba y
le mimaba como la consorte más fiel y más amante. No había impedido esto
que hubiese estimado después y querido de otra manera y con otros tonos
y matices de cariño.
Las mujeres, por lo común, no entienden que haya más que un solo cariño,
que dan por completo a alguien o que reparten de este modo o del otro.
Rosita no era así. Rosita entendía y sentía varios cariños, que no se
destruían entre sí y que se armonizaban lindamente. Al Conde de San
Teódulo le quería de un modo, a su poeta le quería de otro, y sobre
estos afectos, propios y exclusivos de la mujer, surgían otros que
parecían arrancar del fondo esencial del espíritu, donde ya no hay
diferencia de mujer y hombre: del principio neutro, antes de que
adquiera determinación sexual. Quiero decir con esto que Rosita amaba a
muchos de sus tertulianos con una amistad parecida a la que un hombre
puede sentir por otro hombre, con más cierta dulzura inefable que ella,
por ser mujer, y mujer bonita aún, atinaba a poner en esta amistad,
completamente ajena a todo sentir amoroso.
El primero de estos amigos de Rosita era el Conde de Alhedín. Entre
Rosita y el Conde no había secretos. Todo se lo confiaban. El Conde
buscaba en su amiga consolación para sus disgustos y consejos para sus
dificultades. Rosita admiraba el talento del Condesito: le reía todos
los chistes, hallaba que nadie era más discreto que él; ni su poeta ni
su marido valían un pitoche al lado del Conde, y por él hubiera hecho
Rosita cualquier sacrificio. Nunca, sin embargo, ni el Conde había
pensado en enamorar a Rosita ni ésta en enamorar al Conde.
Fundadas tan poéticas relaciones en la estimación mutua, para Rosita era
el Conde de Alhedín como un oráculo, sobre todo cuando se trataba de una
ciencia que nos atreveremos a llamar _Estética social_; esto es, de
calificar a las personas, y a las acciones y a las cosas, de elegantes,
de distinguidas y de bellas. Una sentencia del Conde de Alhedín sobre
feo o bonito, sobre buen tono o mal tono, sobre distinción o falta de
distinción, era inapelable para Rosita.
De este modo se comprenderá su entusiasmo súbito por sus antiguas amigas
del lugar. El Conde se las había descrito como dos portentos, y Rosita
había dado por cierto que lo eran.
Deseosa entonces de lucirlas en su tertulia, alegre de ver que el
entusiasmo de juez tan competente como el Conde recaía en sus casi
paisanas, y anhelando que el Conde las conociera y tratara, buscó y
halló, como hemos visto, a Beatriz y a Inés.
El Conde mismo, en cuanto las vió, había ido a avisar que venían, por
donde fué harto fácil a Rosita reconocerlas.
Por lo demás, ni en esto hubo plan pecaminoso, ni propósito
maquiavélico, ni concierto alguno entre el Conde de Alhedín y su
confidente. Nada se había tramado ni contra la virtud de Beatriz, ni
contra la inocencia de Inés, ni contra el honrado reposo de don Braulio.
Rosita buscó con alegría y orgullo a sus semi-paisanas, fiada en los
encomios del Conde. Cuando las halló, o sea porque estuviese bien
predispuesta, o sea porque ellas lo merecían todo, le parecieron mejor
aún, cada una por su estilo, que lo que había dicho el Conde. Y como
Rosita no era envidiosa, cuando no había celos ni emulación de por
medio, deseó todo bien a sus amigas, y fué sincera en cuanto con Beatriz
había hablado. Le pasó por la cabeza que en su casa podría hallar
Inesita un buen novio; consideró posible que en su casa saliese don
Braulio de su obscuridad, y como le juzgaba pájaro de cuenta, vino a
fingírsele en breve tiempo o Director general o Ministro, haciendo mil
negocios útiles a la patria, y sobre todo a su marido; y no le pareció
tampoco inverosímil que en su casa Beatriz y el Conde de Alhedín
llegasen a enamorarse perdidamente el uno del otro; pero en esto no
atinaba a ver Rosita, dado que ocurriese, y que ocurriese con la debida
circunspección, nada de trágico, ni siquiera de desagradable para don
Braulio, quien, según ella misma había declarado, le era simpático de
veras, y de quien ya formaba elevadísimo concepto.
Con tales ideas respecto a sus nuevas, o mejor dicho, renovadas amigas,
la Condesa de San Teódulo se deshizo en amabilidades.
Beatriz estuvo en la tertulia encantada y encantadora. Satisfecha de
verse atendida y mimada por todos, desechó la cortedad y _tomó la
tierra_, como si hiciera ya años que asistiese en aquellos salones.
Todos, hasta los más difíciles, admiraron su ingenio a par de su
belleza, y celebraron la natural sencillez de su trato, su no aprendida,
sino ingénita elegancia, y su espontánea gracia andaluza. Aunque con la
embriaguez del éxito propendía Beatriz a hablar demasiado, sabía
contenerse y templarse para no pasar por desenvuelta y parlanchina.
Merced a su reflexiva prudencia estuvo, pues, inmejorable.
Inesita, por su estilo, estuvo asimismo muy bien. Su serenidad olímpica,
su calma divina, no la abandonó ni un instante. En medio del lujo y los
esplendores de aquella casa, antes desconocidos para ella, no sintió,
como su hermana, que le subía a la cabeza algo semejante a los vapores
del _champagne_; y sin la indiferencia selvática del rústico, y sin el
afectado desdén del vano y orgulloso, no se maravilló de nada, dejando
ver que lo comprendía y lo estimaba todo, aunque no lo hallaba extraño a
su condición. En suma: Inesita estuvo en la tertulia como pudiera haber
estado una princesa real, para quien todas aquellas magnificencias eran
elemento propio, o más bien, quedaban por debajo del elemento que ella
respiraba y en que su alma vivía.
Esta serenidad de Inés hubiera podido pasar por orgullo si no estuviese
suavizada por una mansedumbre angelical; tal vez se hubiera confundido
con la necia apatía, si en la luz de sus pupilas, claras y profundas a
la vez, no destellase la inteligencia. Quien fijaba su mirada en la de
ella creía penetrar a través de mágicos cristales en el seno de un
encantado palacio lleno de misterios, o imaginaba hundirse hacia el
fondo de transparente lago, poblado de hermosas y vagas creaciones,
cuyos divinos contornos no atinaba a comprender con fijeza, porque el
más leve suspiro del aura rizaba las puras ondas, y éstas, sin perder ni
en claridad ni en pureza, desvanecían y esfumaban toda imagen.
En cuanto a don Braulio, menester es confesar que estuvo bastante
encogido y fuera de su centro en la tal tertulia.
Ya sabemos que era muy _escamón_, como dicen en su tierra. Así es que,
si bien disimulaba con habilidad, andaba con la barba sobre el hombro y
le parecían los dedos huéspedes. Era listo, pero presumía de ladino, y
llegaba a ser sobrado malicioso. Formó, pues, de la tertulia un concepto
muy diferente del que doña Beatriz había formado.
Aunque don Braulio había vivido casi siempre en lugares y pequeñas
ciudades de provincia, y aunque en Sevilla, durante los primeros años de
su matrimonio, había estado retiradísimo, sin tratar nunca con lo que
llaman el gran mundo, él le concebía y le comprendía más bello de lo que
ahora se le presentaba. Dudó, por consiguiente, que aquél fuese el gran
mundo puro, sino un remedo falso de él, como el similor es remedo del
oro. Y ya en este camino, fué más allá de lo razonable e hizo juicios
aventurados, entendiéndolo todo grotescamente y trabucando las cosas.
Los Condes de San Teódulo le parecieron un si es no es Condes de pega, y
aunque en la tertulia había sujetos de verdadero valer y clase, el
concepto un poco turbio que tenía don Braulio de los amos de la casa
hubo de proyectar cierta sombra obscura sobre los que a la casa
asistían. De casi nadie pensó bien. ¡Extraña condición de los seres
humanos! Uno sólo se ganó desde luego su confianza; uno sólo le pareció
elegante, distinguido, noble por completo, discretísimo, ilustre, ameno,
dulce y leal: el Conde de Alhedín.
Viéndole cuchichear a menudo con Rosita y estar en la casa con más
desenfado que los otros, don Braulio, pasándose de listo en esta
ocasión, hizo un arreglo allá en su mente, y decidió que el Conde de
Alhedín representaba en aquella casa el papel que en realidad
representaba el poeta Arturo.
Allá en su interior don Braulio perdonó benignamente al Conde este
extravío, y considerando sus excelentes prendas, y sin recelo de nada
por este lado, casi intimó con él.
En cambio, al poeta, que era muy entrometido, que desde luego trató con
la mayor confianza a las dos hermanas, que se acercaba muchísimo para
hablar con ellas, así por mala educación como por ser algo corto de
vista, y que echó a Beatriz en verso y en prosa una infinidad de
piropos, don Braulio le tomó tirria y le miró como a un Don Juan Tenorio
menesteroso y de tercera o cuarta clase.
De todos modos, a don Braulio no le encantó la tertulia; pero don
Braulio tenía una pauta para su conducta, de la que había decidido no
apartarse.
Tal como está la sociedad, y fuese cual fuese el ideal que él tenía del
gran mundo, lo cierto era que la casa de los Condes de San Teódulo era
una casa respetable, donde cualquiera otro, en su posición, se hubiera
quedado contentísimo de ser admitido. Don Braulio podía pensar lo que se
le antojase de Rosita y de su marido; podía denigrar, allá en el fondo
de su severa conciencia, la tertulia con sus tertulianos; pero ante el
mundo, dentro de las condiciones de esta vida que vivimos, no podía
oponerse, sin pasar por hurón, por celoso y por tirano, a que su mujer
siguiese yendo a dicha tertulia.
Don Braulio no quería, además, contener a su mujer con sermones, ni con
severidad, ni con mandatos. Quería sólo de ella amor por amor. Su plan
estaba trazado. No podía ni debía oponerse a que Beatriz tratase a
Rosita ni a que estrechase lazos de amistad con ella. Conveníale, por
último, dar aviso a su mujer acerca del valor moral de Rosita, a fin de
que no se engañase; pero disimular luego su disgusto si su mujer seguía
tratándola. Y esto hizo don Braulio.
Habrá quien crea que don Braulio hizo mal y que era débil de carácter.
Aquí no le damos como dechado de fortaleza. Le pintamos tal como es.
Diremos, no obstante, en su abono, que son muy raros los Catones. Todos
se informan de la conducta de los criados que van a recibir en casa, y
nadie de las de aquellas personas con quien tratan e intiman su mujer y
sus hijas, siempre que dichas personas salven las apariencias y no estén
mal vistas en el mundo.
En suma: ya con la tolerancia, ya con el beneplácito de don Braulio,
doña Beatriz e Inesita, desde aquella noche en adelante, siguieron yendo
con frecuencia a la tertulia de la Condesa de San Teódulo y siendo su
más preciado ornato y atractivo.
Rosita, además, las llevaba a veces en su compañía, ya al teatro, ya a
los Jardines, ya al paseo, ya a comer en su casa.
Don Braulio, según sus quehaceres o su humor, iba o no iba con su mujer
y su cuñada a estas diversiones y fiestas, a las que Rosita tenía buen
cuidado de convidarle siempre.