Dice Laboulaye que las ideas de Humboldt han inspirado visiblemente
el libro de Stuart Mill sobre la _Libertad_, que éste contiene á la
sociedad en los mismos límites que Humboldt traza al Estado, y que
el único reproche que él le haría, dejándole la responsabilidad de
ciertas ideas particulares, es que su libro no muestra sino un lado de
la cuestión, porque se ve allí la libertad, pero no se ve al Estado.
“El gobierno aparece como un enemigo que es preciso combatir, la
Administración como una llaga que es necesario reducir”.
Este reproche es injusto. Es verdad que Mill se propone principalmente,
como él lo declara, “investigar la naturaleza de los límites del poder
que la sociedad puede legítimamente ejercer sobre el individuo”; pero á
cada paso también estudia y fija los límites que en su concepto separan
la acción del Estado de la libertad individual.
Mill cree que la naturaleza humana no es una máquina invariable en su
marcha y en su trabajo, sino una cosa viviente que crece y varía sin
cesar, que tiene necesidad de independencia para desarrollarse en todo
sentido; y aludiendo á los políticos que sostienen que el Estado debe
reglar este desarrollo, porque dispone de todas las luces, de todos los
recursos de la sociedad, se pronuncia enérgicamente contra semejante
error.
El Estado vive del pasado, dice, no sabe nada del porvenir, todo lo
que él puede hacer con su pretensa sabiduría es detener á la sociedad
en el surco ya trillado, condenarla á la inmovilidad, lo que para un
sér viviente es la muerte. Ahí está la China: los chinos son un pueblo
de mucho talento, y, bajo ciertos respectos, de mucha sabiduría; ellos
han tenido la fortuna de recibir en los tiempos antiguos muy buenas
costumbres, obra de hombres á quienes no se puede rehusar el título de
filósofos.
Los chinos han inventado un excelente sistema para imprimir su
sabiduría y su ciencia en el espíritu de cada ciudadano, asegurando
los puestos, el honor, el poder á los que mejor poseen aquella antigua
sabiduría. Un pueblo que ha hecho eso habría, sin duda, descubierto la
ley del progreso humano y debería estar á la cabeza de la civilización;
pero, por el contrario, está estacionario y ha quedado en un mismo
punto desde millares de años, y si alguna vez mejora, lo deberá á los
extranjeros.
“Los chinos han alcanzado, más allá de toda esperanza, el objeto que
persiguen con tanto celo los filántropos ingleses: han hecho un pueblo
absolutamente idéntico; las mismas máximas, los mismos usos reglan el
pensamiento y la conducta de cada uno de los chinos.
“Se ve cuál es el efecto de este sistema. Pues bien: no hay que
engañarse. El despotismo de la opinión es el régimen chinesco, menos
la organización; y si la individualidad no sacude su yugo, la Europa,
á pesar de su noble pasado, aunque se dice cristiana, acabará como la
China”.
No es esto todo. Mill, como lo reconoce Laboulaye, condena la
intervención del Estado en la libertad individual á nombre de este
principio de Economía política: “Siempre que la cosa pueda ser mejor
hecha por los particulares que por el Estado, lo que sucede de
ordinario, confiaos en la industria privada”.
También agrega que hay multitud de cosas que tal vez los particulares
no harán tan bien como la administración, y que, sin embargo,
deben remitirse á los ciudadanos, tales como el jurado civil, la
administración municipal, los hospicios, las administraciones de
beneficencia, las cajas de ahorro.
Sobre todo, Mill se pronuncia abiertamente contra la centralización
administrativa, como el sistema más invasor de la libertad individual.
“Toda función nueva--dice--atribuida al gobierno aumenta la influencia
que ejerce y le atrae todas las ambiciones, todas las envidias. Si
los caminos, los ferrocarriles, los bancos, los seguros, las grandes
compañías por acciones, las universidades, los hospicios llegasen á
ser otros tantos negociados del Poder; si además las administraciones
municipales y las oficinas que de ellas dependen llegasen á ser otros
tantos departamentos de la Administración central; si los empleados
de todas estas empresas diversas fuesen nombrados y pagados por el
Estado; si les es necesario esperar sólo del Estado su progreso y la
fortuna, ni la libertad de la prensa, ni la constitución popular de
nuestra legislación podrían impedir que la Inglaterra dejase de ser
libre. Mientras más ingeniosa y eficaz fuese la máquina administrativa,
tendría más inteligencia y energía y el mal sería mayor.
“Si fuera posible que todos los talentos del país fueran enrolados en
el servicio del gobierno, si todos los negocios que en la sociedad
requieren un concurso organizado y miras vastas y comprensivas
estuviesen en las manos del Estado; si los empleos públicos estuvieran
desempeñados por los hombres más hábiles, toda la inteligencia y
toda la capacidad del país, además de la pura especulación, estarían
concentradas en una numerosa _oficinicracia_, hacia la cual el país
volvería sin cesar los ojos: la muchedumbre para recibir de ella la
orden y la dirección, y los hombres capaces y ambiciosos para obtener
un ascenso.
“Entrar en la Administración, y una vez entrado ascender, sería la
única ambición. Bajo semejante régimen, no solamente el público, á
quien falta la práctica, es inhábil para criticar ó contener en su
marcha á las oficinas, sino que además reforma alguna se puede hacer
si contraría el interés de la _oficinicracia_, á no ser que las
circunstancias conduzcan al Poder á un jefe que tenga el gusto de las
reformas. Tal es la triste condición del imperio ruso: el zar puede
desterrar á la Siberia, á quien quiere, pero no puede gobernar sin las
oficinas ni contra ellas. Sobre cada uno de los decretos imperiales las
oficinas tienen un veto tácito, pues les basta no ejecutarlo.
“En países más adelantados ó menos pacientes, en que el público está
acostumbrado á que todo se haga por el Estado, ó, por lo menos, á no
hacer nada sin pedir al Estado su permiso ó su dirección, se echa
naturalmente la culpa al gobierno de todo el mal que se sufre; y cuando
el mal es más fuerte que la paciencia, el pueblo se subleva, se hace lo
que llaman una revolución, en virtud de la cual se instala en el trono
real otra persona que envía sus órdenes á las oficinas, y todo sigue
marchando como antes, sin que las oficinas cambien y sin que nada sea
capaz de reemplazarlas.
“Un pueblo habituado á hacer sus propios negocios ofrece un espectáculo
muy diferente. Dejad á los americanos sin gobierno: al punto
improvisarán uno y dirigirán los negocios comunes con inteligencia,
orden y decisión. Así debe ser un pueblo libre; todo pueblo que tenga
esta capacidad está cierto de ser libre; no se dejará jamás dominar por
un hombre ó por una corporación, porque él sabrá siempre manejar las
riendas de la Administración central. Pero en un país en que todo se
dirige por las oficinas, no se hará jamás nada contra su oposición.
“Concentrar la experiencia y la habilidad de la nación en un cuerpo
que gobierna al resto del país es una organización fatal: mientras
más perfecto sea el sistema, con más facilidad se alcanza á dirigir y
á enrolar á los hombres capaces, y es mayor la servidumbre de todos,
incluso la de los mismos funcionarios públicos. Los administradores
son tan esclavos de su máquina como los administrados lo son de sus
administradores. Un mandarín de China es el instrumento y la cosa del
despotismo tanto como el más humilde paisano. Un jesuita es el esclavo
de su orden, aunque la orden exista por el poder y la importancia
colectiva de todos los miembros.
“Lo que acaba siempre por hacer el valor de un Estado es el valor de
los individuos que lo componen. Un Estado que sacrifica la elevación y
la elasticidad intelectual de los ciudadanos á un poco de más habilidad
administrativa ó á esa apariencia de habilidad que da la práctica de
los detalles; un Estado que aun con miras bienintencionadas subyuga á
los individuos para hacerlos instrumentos más dóciles, verá al fin que
con hombres pequeños no se hacen grandes cosas: la perfección mecánica,
á la cual lo inmola todo, acabará por no servirle de nada, por falta
de aquel elemento vital que arrojó para que la máquina marchase más
fácilmente.
“Tal es la conclusión de Mr. Mill--exclama Laboulaye, después de copiar
lo que se ha leído--; es un desmentido dado á la sabiduría del día; el
autor se pone á través de la corriente, resiste á una opinión poderosa
en el continente, que aún gana terreno en Inglaterra”...
Entonces, si Mill defiende la libertad individual de las invasiones del
Estado y de la Administración, ¿por qué se le reprocha que en su libro
sobre la _Libertad_ no se ve el Estado? Él no señala, porque no entra
en los propósitos de su libro, el modo cómo debe organizarse el Estado
para dejar á la libertad individual toda su acción; pero determina
todos los vicios de que adolecen hoy los gobiernos constituidos en
Europa para considerarlos como verdaderos enemigos de los derechos y
de las facultades activas de la sociedad, en cuya ruina fundan aquellos
gobiernos su imperio.
No está allí el defecto de la obra de Mill, sino en que con su teoría
justifica los mismos vicios que él reconoce, ó á lo menos les presta
una cómoda defensa, como lo hace Humboldt al señalar los principios
que en su concepto deben oponerse al sistema que predomina en el Viejo
Mundo. Á Humboldt y á Mill les ha pasado lo que á los sabios con
la electricidad y el magnetismo: que conocen estos elementos de la
naturaleza, pero no los comprenden ni pueden explicar sus leyes.
Aquellos políticos conocen también la libertad, estudian sus
aplicaciones y aun ven sus resultados benéficos, pero no la comprenden,
porque están preocupados por los errores que el sistema viejo, el
sistema de la fuerza, el de la unidad absoluta del Estado, hace pasar
como verdades inconcusas en la sociedad europea.
Si así no fuera, ¿cómo podría establecer Mill que “en una sociedad
civilizada, el Estado no puede intervenir en la vida de un individuo
sino para impedirle _dañar á otro_?” ¿Cómo podría sostener que la
libertad del individuo debe limitarse por el daño que puede hacer á
los demás? El individuo, dice Mill, es dueño de sí mismo, de su cuerpo
y de su alma, y esa es una soberanía que ningún extraño tiene derecho
de trabar; pero desde que él mismo establece que el Estado puede
intervenir en el uso de esa soberanía para impedir que el individuo
dañe á otro, semejante soberanía desaparece en presencia del poder del
Estado, que es el único que puede juzgar de aquel daño y que tiene
poder de encontrarlo allí donde á él le convenga verlo.
Tal concepción de la libertad es tan falsa, que en América no hay quien
no reconozca su absurdo. Una hábil escritora americana preguntaba á
propósito de esta doctrina, á qué podrían quedar reducidas la libertad
de imprenta, la de asociación, todas las demás libertades de que tanto
se enorgullecen los ingleses, desde que le fuese lícito al Estado
calificarlas como dañosas y limitarlas en virtud del daño que en su
concepto produjeran á la sociedad ó á otros individuos.
Esta teoría no señala al Estado sus verdaderos límites; de modo que aun
cuando ella reconozca que la libertad es el derecho de los individuos y
de la sociedad, reconoce también como legítimo el poder absoluto, cuyos
vicios, cuyos extravíos y cuyas invasiones contra la libertad señala el
mismo autor con tanta verdad y con tan admirable precisión.
Mill no tiene una idea clara de la libertad, á pesar de que la descubre
y la reconoce en todas las esferas de la actividad humana, así como los
físicos ven la electricidad en todos sus fenómenos sorprendentes sin
comprenderla. Para él la libertad no es otra cosa, en último resultado,
que la protección del individuo contra todas las tiranías, sea que
éstas vengan del Estado ó de la sociedad. Mas procede suponiendo
la existencia de un gobierno irreprochable en su origen y en su
organización, y hallando el peligro solamente en la opresión de las
mayorías sobre las minorías ó el individuo, se propone buscar el punto
en donde comienzan la competencia de la sociedad y la del individuo,
que hasta ahora no han sido netamente definidas; y encuentra ese
principio salvador en la protección de sí mismo, que es el único objeto
que autoriza á los hombres, individual y colectivamente, á intervenir
en la libertad de acción que pertenece á sus semejantes. El criterio
que establece para reconocer esa protección de sí mismo, para descubrir
cuáles son los casos en que el daño causado por la libertad individual
puede autorizar la intervención de la sociedad para limitarla, es el
principio de _utilidad_.
“La utilidad--dice--es la solución suprema de toda cuestión moral;
pero la utilidad en el sentido más extenso de la palabra, la utilidad
fundada sobre los intereses permanentes del hombre como sér progresivo.
Estos intereses, yo lo afirmo, no autorizan la sumisión de la
espontaneidad individual á una presión exterior, sino en cuanto las
acciones de cada uno tocan á los intereses de otro. Si un hombre hace
un acto dañoso á los demás, hay evidentemente motivo de castigarlo
por la ley, ó bien, si las penalidades legales no son aplicables en
conciencia, por la desaprobación general.
“Hay también muchos actos positivos para el bien de los demás, que un
hombre puede ser justamente obligado á ejecutar; por ejemplo, el de
ser testigo ante la justicia, el de tomar parte en la defensa común...
Además, se puede, en justicia, hacerle responsable ante la sociedad
si él no cumple ciertos actos de beneficencia individual, que son por
todas partes del deber de un hombre, tales como salvar la vida de su
semejante é intervenir en la defensa del débil. Una persona puede
dañar á los demás, no solamente por sus acciones, sino también por su
inacción, y en todo caso ella es responsable del perjuicio”.
Tenemos, pues, que el hombre, según el filósofo inglés, está sujeto en
todos sus actos y omisiones, en todo lo que hace y deja de hacer á la
utilidad de los demás. Pero ¿en qué consiste esa utilidad, quién la
define y califica? ¿Consiste en el bien del mayor número, como decía
Bentham, ó se funda en los intereses permanentes del hombre como sér
progresivo, según dice Mill?
Mas ¿cuál es ese bien, cuáles son esos intereses? ¿Ha habido jamás en
el lenguaje político palabras más vagas y más susceptibles de servir
tanto al despotismo como á la libertad que esas en que la desacreditada
escuela utilitaria ha creído encontrar la panacea salvadora, el gran
criterio de la filosofía moderna?
No reproduciremos aquí los formidables argumentos ante los cuales la
escuela de Bentham había enmudecido por tantos años, para hacer callar
á su restaurador.
Bástenos notar lo que con tanto acierto ya ha notado el traductor
francés del libro de Mill, esto es, que son tantas las excepciones que
se ve precisado á poner á su teoría el economista inglés, que al fin la
destruye y la hace inútil en sus aplicaciones.
“El deber de hacer el bien--dice Mill--debe ser impuesto con reserva”;
“la asociación--exclama--, derecho individual, derecho inviolable y
sagrado, debe ser leal é inofensiva”. Pero, ¿qué de reglas no son
necesarias para ajustar la primera de aquellas excepciones á la teoría
y para reglamentar aquel derecho sagrado, á fin de que no llegue á ser
dañoso? ¿Qué derecho individual, por sagrado que sea, no queda entonces
sujeto al poder absoluto del Estado, que á nombre de la sociedad es el
que tiene el poder de señalar el punto en que esos derechos comienzan á
dañar la utilidad general, el bien común, los intereses permanentes?
Si Mill hubiera comprendido que la libertad no es otra cosa que el
uso del derecho, como lo comprendemos prácticamente los americanos;
si hubiese advertido que el derecho es todo aquello que tiene
el carácter de una condición voluntaria de nuestra existencia y
desarrollo; si se hubiera fijado en que el fin del hombre sólo consiste
en el desenvolvimiento de todas sus facultades físicas, morales
é intelectuales, se habría salvado de ir á buscar la base de sus
teorías en el sistema de la utilidad y en la multitud de excepciones
contradictorias de que ha necesitado echar mano para evitar la vaguedad
peligrosa de este sistema. Entonces habría comprendido mejor el papel
que le corresponde desempeñar al Estado en presencia de los derechos de
la sociedad y del individuo, reconociendo que el Estado no tiene otro
fin que la aplicación del derecho, y que, por tanto, está limitado por
la justicia, sea que esté constituido en un monarca, en una oligarquía
ó en un gobierno popular. Hace años que los americanos tenemos como
un artículo de nuestro evangelio político: que “la soberanía tiene su
fundamento en la justicia, y sólo en ella debe el poder que la ejerce
buscar la sanción de todos sus actos; que, por tanto, las autoridades
que ejercen la soberanía no pueden desviarse de este principio, _ni
pueden tener otras atribuciones_ que las que sean indispensables para
llenar su objeto”[9].
Cuando se conciben de este modo la libertad y el Estado se ve
claramente cuál es el punto en que principia la competencia de la
sociedad y la del individuo, punto que el filósofo inglés y los más
adelantados publicistas europeos no pueden definir netamente, porque
buscan la solución de las cuestiones políticas sin salir de la esfera
de las preocupaciones que han engendrado allí el sistema de la fuerza y
la monarquía, que es su expresión más genuina.
Pero en donde aparecen más en relieve los errores de Mr. Mill es en el
libro que ha consagrado al estudio del _gobierno representativo_, en el
cual, creyendo haber comprendido el gobierno republicano ó democrático,
no ha hecho otra cosa que presentarnos la aristocracia representativa
de la Gran Bretaña, explicando sus ventajas y vituperando sus vicios.
No rechazamos, no, el modo de ver enteramente británico, ni el elevado
criterio inglés con que el autor juzga su propio gobierno.
Antes bien, reconocemos, y tenemos como una gran verdad, que la América
española se habría ahorrado muchas revoluciones y mucha sangre si en
lugar de seguir los funestos errores de los políticos franceses, que
tanto la han preocupado, hubiera tomado sus ejemplos y sus modelos de
los publicistas ingleses. Lo que ahora criticamos en el libro de Mr.
Mill es la pretensión que tiene de juzgar el gobierno democrático,
que no conoce, porque esa pretensión podría extraviar á los americanos
hasta al punto de condenar lo bueno que tienen y de adoptar arbitrios
contra vicios que no tienen, y que sólo serían buenos allí donde
existen esos vicios, es decir, en la Gran Bretaña.
Mr. Mill reconoce que el gobierno democrático es el mejor, no porque
en él esté limitado el poder al ejercicio justo de la soberanía, de
modo que puedan coexistir con él los derechos del individuo y de la
sociedad, que es lo que llamamos _libertad_, sino porque en su concepto
el gobierno democrático _tiende á aumentar la dosis de las buenas
calidades de los gobernados colectiva é individualmente_. Este es su
criterio para saber cuál es el mejor gobierno, pues á su juicio _el
mejor gobierno para un pueblo es el que tiende más á darle aquello sin
lo cual no puede el pueblo adelantar_.
Estas son pobres vaguedades, que podrían servir tanto al sultán de
Turquía, al zar de Rusia y al emperador de Francia para creer que
sus gobiernos son los buenos, porque dan á sus pueblos aquello con
lo cual pueden adelantar, como á los americanos para sostener que
sus repúblicas son mejores, porque tienden á aumentar la dosis de
las buenas cualidades de los gobernados, y Mr. Mill llega á ellas
imaginándose que ha descubierto una gran verdad, y que ha salvado la
gran dificultad con que han tropezado los políticos que, buscando
el criterio del buen gobierno, han dicho que es el mejor aquél que
concilia el _orden_ con el _progreso_.
El publicista inglés examina prolijamente estos dos términos, y,
asustado de su vaguedad, porque ve que el orden y el progreso son
palabras acomodaticias que se prestan á mil acepciones, cae en otras
vaguedades mayores, creyendo que con ellas ha definido con precisión
las ideas que representan orden y progreso en su sentido más justo.
Su error consiste en creer que realmente _orden_ y _progreso_ son los
fines sociales y políticos de todo gobierno; pues no se da cuenta de
que tal error es una invención francesa, con la cual se ha pretendido
defender la doctrina de la unidad del Estado, es decir, la monarquía
latina, que á nombre del orden y del progreso aniquila y sacrifica los
derechos individuales, la libertad de la sociedad.
El orden, ó, mejor dicho, la permanencia de las instituciones á merced
de la obediencia y amor de la sociedad; y el progreso, el adelanto,
la mejora de la sociedad, no son ni pueden ser los fines políticos
del Estado, el objeto de su acción, sino que son puros resultados de
la armonía que existe cuando el Estado se limita á representar el
principio del derecho y á suministrar las condiciones de existencia
y de desarrollo á todas y á cada una de las esferas de la actividad
social.
El autor ha columbrado confusamente esta verdad, cuando ha dicho que:
“encontrándonos obligados á tener como piedra de toque de un gobierno
bueno ó malo un objeto tan complejo como los intereses colectivos de la
sociedad, de buen grado trataría de clasificar esos intereses en grupos
determinados, indicando las cualidades necesarias que debe tener un
gobierno para favorecer cada uno de estos intereses”. Pero he aquí cómo
una de las reminiscencias de la monarquía europea ha venido á ocultar
la verdad á la poderosa inteligencia del filósofo inglés.
Es cierto que en el desarrollo de los diversos intereses de la sociedad
debe hallarse el criterio de un buen gobierno; pero no es cierto,
como creen los monarquistas europeos, que el gobierno debe poseer las
cualidades especiales necesarias para regir cada uno de esos intereses.
Nada más funesto que suponer que el gobierno puede y debe dictar sus
leyes á la moralidad, á la educación, al pensamiento, á la industria y
á cada uno de sus diferentes ramos, á la religión y aun á la vida del
individuo y de la sociedad, debiendo poseer conocimientos especiales
para cada uno de esos objetos.
No, esas ideas fundamentales de la sociedad son otras tantas esferas de
la actividad humana, en las cuales es necesario dejar al individuo toda
su acción, debiendo limitarse la del Estado simplemente á facilitar
á cada una de ellas las condiciones de su existencia y desarrollo;
porque todo lo que hiciera el Estado para reglar la actividad del
hombre y someterla á prescripciones más ó menos sabias, no produciría
otro efecto que el de coartar esa actividad y sujetarla á leyes que la
naturaleza no le ha impuesto.
Así, pues, no hay necesidad de acometer la empresa que arredró á Mill,
de estudiar cuál es la especialidad de cada uno de los elementos
ó intereses de la sociedad, para clasificarlos y distribuirlos, y
“poder construir la teoría del gobierno con las teorías distintas
de los elementos que componen un buen estado de sociedad”; pues
basta comprender que la verdadera teoría del gobierno consiste en
dejar á cada uno de esos elementos en entera libertad, porque el
Estado no tiene absolutamente otra misión respecto de ellos que la
de facilitarles su existencia y desenvolvimiento, sin necesidad de
estudiar ni de comprender la especialidad que cada uno tiene.
Por otra parte, el autor cree que los gobiernos se hacen por los
hombres, que se puede escoger entre sus diversas formas la que mejor
convenga á un pueblo; é inducido por este error se detiene largamente
en establecer las reglas que deben observarse al excogitar una forma de
gobierno, dejándose llevar por sus arbitrarias teorías hasta suponer
que el gobierno representativo no puede sentar bien sino en el pueblo
que sepa obedecer y que tenga la capacidad de hacer lo necesario para
mantenerlo.
Mas todavía, preocupado por el sistema de representación de su país,
en que la aristocracia de la nobleza ó de la industria se apoderan de
las elecciones para elevar las mediocridades que se ponen á su servicio
y dejar á las minorías sumidas en su pérdida, sin acción ni voz para
hacer valer sus intereses, cree que éstos son vicios comunes de todos
los gobiernos representativos, y no vacila en declarar que todas las
democracias que actualmente existen, inclusa la norte-americana, son
falsas, porque son un gobierno de privilegio de la mayoría sobre la
minoría.
Tendríamos que escribir un libro tan voluminoso como el del autor
inglés para enunciar y confutar sus errores, errores que pueden ser
funestos á los americanos si no se aperciben de que todas las falsas
miras del filósofo inglés y todos los absurdos que él presenta como
remedios de males que no tiene la democracia, son efectos de que no la
conoce, y que trata de juzgarla por la aristocracia representativa de
la Gran Bretaña, atribuyéndole todos los vicios de ese fenómeno que
entre los ingleses ha producido la transacción de la monarquía, de la
aristocracia y de los plebeyos.
Dejaremos, pues, aquella tarea, y nos limitaremos á observar que es
bien extraño que el autor que ha reconocido que “uno de los beneficios
de un gobierno libre es esa educación de la inteligencia y de los
sentimientos que baja hasta las últimas filas del pueblo, cuando es
llamado á tomar parte en actos que tocan directamente á los altos
intereses del país”, se empeñe al mismo tiempo en convencernos de
que el gobierno representativo necesita en el pueblo que lo adopta
condiciones especiales que nunca será posible hallar reunidas, y en las
cuales figura la capacidad de obedecer, como si hubiera pueblos más ó
menos rebeldes, y como si la obediencia no fuera el resultado genuino
del triunfo del derecho en los pueblos libres, así como lo es el terror
en los pueblos esclavos.
Una forma de gobierno no se escoge, y aunque no _brota_ como una
producción de la naturaleza, según la expresión de Mill, brota, sí,
de circunstancias sociales independientes de la voluntad de los que
creen escogerla á su arbitrio. Los hombres más sabios de la revolución
hispano-americana creían también que no siendo nuestros pueblos
como los de Atenas ó Esparta ó como el de los Estados Unidos del
Norte, no podía plantearse la República; pero la unidad del Estado
absoluto estaba despedazada y en su lugar se levantaban los derechos
individuales sobre la ancha base de la igualdad social y política;
la sociedad mudaba de vida, regeneraba sus ideas, sus creencias,
sus hábitos; el principio de autoridad desaparecía del Estado, de
la religión, de la moralidad, y la individualidad recobraba sus
fueros para convertirse en egoísmo, en ambición y para elevar el
señorío de las pasiones: el fanatismo religioso dejaba su imperio á
la incredulidad; las falsas costumbres sociales y domésticas iban á
convertirse en una escandalosa desmoralización; no bastaba vencer á
los ejércitos del rey, era necesario vencer á la sociedad vieja, para
crear desde luego la _nueva_; y entonces sucedió lo que tantas veces
hemos repetido: que la forma republicana vino como un resultado lógico,
imprescindible, á pesar de que todavía hay americanos bastante ciegos
para no reconocerlo.
“La _república_, hemos dicho, debía completar lo que las balas habían
principiado. El gobierno republicano, fundado en la soberanía y en el
interés de la nación, era el único medio de restablecer de un modo
legítimo y conforme á la dignidad humana el principio de autoridad en
el Estado, en la religión, en la moralidad. El gobierno republicano
sólo podía tener el poder de restablecer la unidad social, de encaminar
y ennoblecer las ambiciones y de fundar la nueva sociabilidad americana
en bases fijas, en ideas exactas y verdaderas. El gobierno de los
privilegios, el gobierno de uno solo ó de varios no habría traído otra
consecuencia que la de perpetuar la lucha, contrariando los intereses
generales, haciendo difícil la regeneración. Por eso es que siempre
hemos visto la anarquía y el combate de la revolución en dondequiera
que los americanos, olvidando esta verdad, se hayan apartado de los
principios de la verdadera República”[10].
La República representativa se estableció, pues, en América porque
brotó de las circunstancias; y si todavía no sale de sus ensayos,
no es porque se haya faltado en su establecimiento á las reglas del
filósofo inglés, sino porque, aparte de circunstancias que más adelante
estudiaremos, los errores de los publicistas europeos nos han alejado
de la verdadera base fundamental de aquella forma de gobierno, esto es,
del principio del derecho.