XVI.--La Europa y la América son en política dos extremos
opuestos. Unión americana. Doctrina del Brasil y
del gobierno argentino 210
PRIMERA PARTE
AMÉRICA Y EUROPA
I
La América y la Europa, aunque en general están pobladas de distinta
gente, de condiciones sociales profundamente diversas, tienen, sin
embargo, tradiciones, sentimientos y costumbres procedentes de un
mismo origen, y sobre todo se encaminan á un mismo fin social. Ambos
continentes están al frente de la civilización moderna, y ambos son
enteramente solidarios en la empresa de propagar esa civilización y de
realizarla hasta sus últimos resultados.
La América conoce á la Europa, la estudia sin cesar, la sigue paso
á paso y la imita como á su modelo; pero la Europa no conoce á la
América, y antes bien la desdeña y aparta de ella su vista, como de un
hijo perdido del cual ya no hay esperanzas. Un solo interés europeo,
el interés industrial, es el que presta atención á la América, el que
se toma la pensión de recoger algunos datos estadísticos sobre las
producciones y los consumos del Nuevo Mundo, sobre los puertos, las
plazas comerciales y los centros de población de donde pueda sacar más
provecho.
Pero los agentes de aquel interés, es decir, los mercaderes de
Birmingham, de Manchester y Glasgow, de Hamburgo, del Havre y de
Burdeos, de Cádiz y de Génova, llegan á la América creyendo que arriban
á un país salvaje, y aunque pronto se persuaden de que hay acá pueblos
civilizados, no consienten jamás en creer que los americanos se hallan
á la altura de los europeos, y los suponen colocados en un grado
inferior. El interés industrial domina desde entonces completamente
la vida del europeo en América, y por larga que sea aquí su mansión,
jamás llega á comprender los intereses sociales y políticos del pueblo
en donde hace su negocio, y siempre está dispuesto á servir sólo á
su negocio, poniéndose de parte del que le da seguridad para sus
ganancias, aunque sea á costa de los más sagrados intereses del pueblo
que le compra ó que le vende. He ahí el único lazo que hay entre la
Europa y la América ibera. He ahí el único interés que los gobiernos
europeos amparan y protegen, el único que su diplomacia y sus cañones
han servido hasta ahora, el único que los inspira en sus relaciones con
los gobiernos de la América que ellos llaman bárbaros y salvajes.
De vez en cuando las prensas europeas lanzan á la circulación un
artículo ó un libro sobre alguno de los Estados ibero-americanos;
pero generalmente, aunque esas producciones sean el resultado de un
viaje á la América ó un estudio pagado por un gobierno americano,
ellas están escritas bajo las inspiraciones de un mal espíritu, ó con
tanta superficialidad, que sus datos son engañosos, si no falsos y
contradictorios.
No hay más que abrir un libro de viajes en América, sobre todo si
es escrito en francés, para encontrar harto de que reir, por lo
maravilloso y lo grotesco; y basta leer una relación escrita por orden
y bajo la protección de un gobierno, como las que frecuentemente se
publican sobre el Brasil y la República Argentina, para ver desfigurada
la verdad, en gracia del propósito de convencer á la Europa de que es
bueno lo que no es, ó de que puede hallar un gran negocio que hacer en
estas regiones.
Mas, bien poco deben leerse esos escritos en Europa, cuando la
ignorancia de sus gobiernos, de sus congresos, de sus estadistas y
de sus escritores acerca de la América, brota y rebosa en todas las
ocasiones en que tienen que ocuparse en nuestros negocios y en nuestra
situación. No tenemos necesidad de recorrer la historia ni de acumular
hechos para probarlo: bastan los presentes.
¿Á qué se deben si no las tentativas de la España contra Méjico, contra
Santo Domingo y contra el Perú, que hoy emprende de nuevo, mandando
continuar la guerra en aquella isla, y exigiendo del Perú mucho más que
lo que obtuvo por la Convención de Chinchas de 20 de enero de 1865;
á qué la guerra atentatoria, inmotivada é injustificable que hace á
Chile porque no le da explicaciones de actos lícitos é inofensivos,
que le han sido dadas hasta la saciedad; á qué la invasión de Méjico
por la Francia, con la aquiescencia y aplauso del gobierno inglés, esa
guerra sin ejemplo, porque la historia de la humanidad “no registra una
sola más injustificable por sus causas, más inútil y perniciosa por
su objeto, más ilógica y contradictoria consigo misma, más condenada
por sus propios alegatos y por la opinión universal, más deshonrada en
sus alianzas y en todos sus medios, y quién sabe si más suicida”[1];
á qué, en fin, las tentativas de protectorado de Napoleón III en el
Ecuador y todas las demás empresas políticas ó industriales, públicas ó
privadas que la Europa ha puesto por obra en estos últimos años contra
la independencia de la América ibera, contra su sistema liberal, contra
sus ideas democráticas, contra todos sus progresos en la senda del
derecho?
¿No hemos visto fundarse diarios y escribir libros para propagar la
ridícula teoría de que la _raza latina_ tiene una naturaleza diferente
y condiciones contrarias á las de la _raza germánica_, y que, por
tanto, sus intereses y su ventura la fuerzan á buscar su progreso
bajo el amparo de los gobiernos absolutos, porque el parlamentario no
está á su alcance? ¡Á qué esa mentira! Bien sabemos los americanos
que el principio fundamental de la monarquía europea, la base social,
política, religiosa y moral de la Europa, es un principio _latino_, es
decir, pagano, anticristiano: el principio de la unidad absoluta del
poder, que mata al individuo, aniquilando sus derechos; pero sabemos
también que hoy no existen ni pueden existir ni en Europa ni en América
la raza latina ni la germánica.
La raza latina desapareció ó se modificó y regeneró profundamente desde
que los pueblos de raza germánica conquistaron los dominios romanos, y
mal pueden llamarse _latinos_, después de quince siglos, los franceses
que descienden de los francos, pueblo germánico que pobló las Galias,
que hoy se llaman Francia; ni los españoles que fueron engendrados por
los godos y visigodos, también pueblos germánicos que conquistaron y
poblaron la península. ¿Qué tienen de latinos los alemanes que gimen
bajo el yugo del principio _latino_, que consagra el poder absoluto; ni
qué los descendientes de los lombardos que en Italia combaten por tener
un gobierno que respete el derecho?
Germanas y no latinas son las monarquías europeas del principio
latino ó pagano del absolutismo, y también los pueblos que están de
rodillas delante de ellas, arrastrando una vida prestada en medio de
las tinieblas de la ignorancia, en que la dignidad y los derechos del
individuo han desaparecido.
Lo que se ha querido con aquel absurdo es hacernos _latinos_ en
política, moral y religión, esto es, anular nuestra personalidad, en
favor de la unidad de un poder absoluto que domine nuestra conciencia,
nuestro pensamiento, nuestra voluntad y, con esto, todos los derechos
individuales que conquistamos en nuestra revolución; para eso se ha
inventado la teoría de las razas. Pero tal pretensión sólo prueba
una cosa, y es que la Europa está completamente á obscuras acerca de
nuestros progresos morales é intelectuales; y que así como se engaña
por su ignorancia cuando pretende volvernos al dominio de sus reyes, se
engaña puerilmente cuando aspira también á imbuirnos en sus errores,
en esos absurdos que hacen la fe de sus pueblos.
Un distinguido escritor americano levantó su voz en Europa para
reprocharle esa ignorancia, en palabras tan elocuentes como verdaderas,
que no podemos dejar de repetir para autorizar las nuestras[2]: “Las
repúblicas _colombianas_--dijo--son un verdadero misterio para el mundo
europeo, sobre todo desde el punto de vista político-social. Acaso son
algo peor que un misterio, un monstruo de quince cabezas disformes
y discordantes, sentado sobre los Andes, en medio de dos océanos y
ocupando un vasto continente.
“Á Europa no llega jamás el eco de las nobles palabras que se
pronuncian, la imagen de las bellas figuras que se levantan, ni la
revelación clara de los hechos buenos y fecundos que se producen en
Colombia (América española). ¡No! ¡Lo que llega es el eco estruendoso
y confuso de nuestras tempestades políticas, la fotografía de nuestros
dictadores de cuartel ó de sacristía, las proclamas sanguinarias
ó ridículas de nuestros caudillos de insurrecciones ó reacciones
igualmente desleales! Y como Europa no nos conoce sino en virtud de
esos datos, ella ha llegado á concebir una opinión respecto del mundo
colombiano que, sin exageración, se puede traducir con esta frase:
‘Colombia es el escándalo permanente de la civilización, organizado en
quince repúblicas más ó menos desorganizadas’.
“¡Extrañas aberraciones en que suelen incurrir las sociedades
civilizadas en su manera de estudiar, apreciar y juzgar á las que les
son inferiores! Europa ha tenido gran cuidado de enviar al Nuevo Mundo
muchos hombres de alta capacidad, encargados de estudiar la naturaleza
física de nuestro continente: Humboldt y Bompland (sin contar los
sabios y viajeros del siglo XVIII), Boussignault y Roulin, D’Orbigny y
cien más, han hecho en ese vasto campo estudios y revelaciones de la
más alta importancia.
“El mundo europeo conoce poco más ó menos las cordilleras colosales,
los formidables ríos, las pampas y los páramos, los nevados y volcanes,
los golfos y puertos, la flora y la fauna, la geología y meteorología
del mundo colombiano. Si en sus pormenores curiosos la naturaleza
americana ha sido apenas superficialmente explorada, al menos su
conjunto y sus formas generales y características no son ya un misterio
para las gentes ilustradas de Europa.
“Poco más ó menos, sucede otro tanto en lo económico. Los comerciantes
de Londres y Liverpool, de Hamburgo y Amsterdam, del Havre y Marsella,
de Génova y Trieste, de Barcelona y Cádiz saben que pueden obtener
plata y cochinilla en Méjico, añil y café en Centro-América, oro,
tabaco, maderas de tinte en Nueva Granada, café y cacao en Venezuela,
sombreros de paja y cacao en Guayaquil, guano y plata en el Perú,
cobre en Chile, quina y plata en Bolivia, cueros en Buenos Aires y
Montevideo, etc.
“Y esos mismos comerciantes de Europa saben también á cuáles de
nuestros mercados pueden enviar sus telas de algodón y lana, de
lino y seda, sus vinos y otros líquidos, sus metales y artículos de
quincallería y mil otros productos de las manufacturas europeas.
“¿Qué más? ¿Sabe Europa alguna otra cosa del continente, del mundo de
Colón? No, ¿para qué? ¿Le importa saber algo más? Parece que no, si
juzgamos por los hechos. Las sociedades europeas saben que tenemos
volcanes, terremotos, indios salvajes, caimanes, ríos inmensos,
estupendas montañas, mosquitos, calor y fiebres en las costas y los
valles húmedos, boas y mil clases de serpientes, negros y mestizos
y una insurrección ó reacción mañana y tarde. Saben también que
producimos oro y plata, quinas y tabaco y mil otros artículos de
comercio.
“Eso es todo. Pero, ¿conocen acaso nuestra historia colonial, la índole
de nuestras revoluciones, los tipos de nuestras razas y castas, la
estructura de nuestras instituciones, el genio de nuestras costumbres,
las influencias que nos rodean, las condiciones del trato internacional
que se nos da, las tendencias que nos animan y el carácter de nuestra
literatura, nuestro periodismo y nuestras relaciones íntimas? No, nada
de eso.
“¡El mundo europeo ha puesto más interés en estudiar nuestros volcanes
que nuestras sociedades, conoce mejor nuestros insectos que nuestra
literatura, más los caimanes de nuestros ríos que los actos de nuestros
hombres de Estado, y tiene mucha mayor erudición respecto del corte de
las quinas y el modo de salar los cueros de Buenos Aires que respecto
de la vitalidad de nuestra democracia infantil!
“El contraste es bien triste y humillante, y por cierto que lo es más
para las sociedades europeas que para las hispano americanas. Podríamos
citar cien nombres de naturalistas que han ido á estudiar y explorar
á fondo en el presente siglo la _naturaleza_ hispano-colombiana. No
tenemos noticias de uno solo (después del admirable Humboldt, hombre de
genio universal) que haya ido á estudiar detenidamente la _sociedad_.
Molien, que no hizo en Colombia _estudios_, sino colecciones de
consejos ridículas, no escribió sino puerilidades y absurdos.
“La mayor parte de los viajeros, ó visitando apenas las costas, ó
deteniéndose durante pocos días en algunas ciudades, ó tratando sólo
con las clases inferiores de la sociedad, no han venido á propagar en
Europa sino errores, nociones truncas y exageradas ó extravagancias,
de que se ríen los lectores en Colombia. El hecho es que en Europa se
ignoran _profundamente_ las condiciones sociales, políticas, históricas
de los pueblos hispano-colombianos...[3].
“Por otra parte, y esto es más importante todavía, los europeos se
han equivocado deplorablemente en sus previsiones y apreciaciones
respecto de la revolución colombiana de 1810. Ó la han temido ó la
han despreciado sin fundamento. Unos, desconociendo las leyes que
presiden á la _aclimatación_ de los gobiernos y las instituciones, han
creído que la democracia colombiana, al consolidarse y perfeccionarse
desarrollando grandes progresos, podía tarde ó temprano hacer irrupción
en Europa y destruir, ó, por lo menos, socavar profundamente, los
tronos y las aristocracias é instituciones europeas. De ahí la guerra
llena de antipatías, desdenes y ultrajes que algunos gobiernos le han
declarado desde 1810 á la democracia colombiana, como si no hubiese
entre las condiciones sociales de los dos mundos una distancia mayor
aún que la que establece el océano entre la naturaleza de los dos
continentes.
“Otros no le han tenido miedo á la democracia hispano colombiana, sino
que (y éstos forman la mayoría) la han desconocido de tal modo, que la
han despreciado, desdeñando creer en su vitalidad irrevocable, lógica,
fatal como una necesidad para el equilibrio de la civilización y del
mundo político y económico; democracia fecunda, dígase aquí (en Europa)
lo que se quiera, que no podrá desaparecer sino con la ruina total de
las sociedades colombianas.
“Los que han desdeñado nuestra democracia han sido cortos de vista,
pero lógicos. Al ver que la revolución de 1810 fué un movimiento
súbito, inexplicable y sin causas en apariencia, y al considerar la
esterilidad de las revoluciones democráticas en Europa (esterilidad
falsa que estamos muy lejos de reconocer), han creído que en Colombia
todo era transitorio y subalterno, que allí sólo se trataba de un
cambio de decoraciones: presidentes en lugar de virreyes, congresos en
vez de audiencias, la dictadura de muchos en reemplazo de la dictadura
única del monarca de España.
“Han creído que en esta nueva situación no asomaba una _idea_, sino
apenas un _hecho_; que la revolución no era profundamente _social_,
sino meramente _política_; la civilización no tenía interés en respetar
esa situación y apoyarla, ó, por lo menos, en dejarla desarrollarse
libremente y aceptarla como el punto de partida de una grande y
saludable transformación; han creído, en fin, que esa revolución
republicana podía con el tiempo producir, ó la monarquía constitucional
entre nosotros, que fortificase las tradiciones europeas, ó una
disociación que, haciendo necesaria la intervención de Europa, se
prestase á la explotación y á la partija en beneficio de los fuertes,
que tanto le habían codiciado á España su dominación en el Nuevo Mundo.
“Ese error capital en la manera de apreciar la transformación de
Colombia ha hecho á los europeos hostiles respecto de nuestras
sociedades. Y esa hostilidad no ha consistido sólo en suscitarnos
conflictos y embarazos, y en infligirnos humillaciones numerosas por
cuestiones ridículas. Han hecho algo peor que eso: nos han desdeñado,
prescindiendo del deber de estudiarnos, despreciando nuestros propios
esfuerzos por hacernos conocer, y perdiendo un tiempo precioso para la
civilización”.