XV.--Continuación 197

XVI.--La Europa y la América son en política dos extremos

opuestos. Unión americana. Doctrina del Brasil y

del gobierno argentino 210

PRIMERA PARTE

AMÉRICA Y EUROPA

I

La América y la Europa, aunque en general están pobladas de distinta

gente, de condiciones sociales profundamente diversas, tienen, sin

embargo, tradiciones, sentimientos y costumbres procedentes de un

mismo origen, y sobre todo se encaminan á un mismo fin social. Ambos

continentes están al frente de la civilización moderna, y ambos son

enteramente solidarios en la empresa de propagar esa civilización y de

realizarla hasta sus últimos resultados.

La América conoce á la Europa, la estudia sin cesar, la sigue paso

á paso y la imita como á su modelo; pero la Europa no conoce á la

América, y antes bien la desdeña y aparta de ella su vista, como de un

hijo perdido del cual ya no hay esperanzas. Un solo interés europeo,

el interés industrial, es el que presta atención á la América, el que

se toma la pensión de recoger algunos datos estadísticos sobre las

producciones y los consumos del Nuevo Mundo, sobre los puertos, las

plazas comerciales y los centros de población de donde pueda sacar más

provecho.

Pero los agentes de aquel interés, es decir, los mercaderes de

Birmingham, de Manchester y Glasgow, de Hamburgo, del Havre y de

Burdeos, de Cádiz y de Génova, llegan á la América creyendo que arriban

á un país salvaje, y aunque pronto se persuaden de que hay acá pueblos

civilizados, no consienten jamás en creer que los americanos se hallan

á la altura de los europeos, y los suponen colocados en un grado

inferior. El interés industrial domina desde entonces completamente

la vida del europeo en América, y por larga que sea aquí su mansión,

jamás llega á comprender los intereses sociales y políticos del pueblo

en donde hace su negocio, y siempre está dispuesto á servir sólo á

su negocio, poniéndose de parte del que le da seguridad para sus

ganancias, aunque sea á costa de los más sagrados intereses del pueblo

que le compra ó que le vende. He ahí el único lazo que hay entre la

Europa y la América ibera. He ahí el único interés que los gobiernos

europeos amparan y protegen, el único que su diplomacia y sus cañones

han servido hasta ahora, el único que los inspira en sus relaciones con

los gobiernos de la América que ellos llaman bárbaros y salvajes.

De vez en cuando las prensas europeas lanzan á la circulación un

artículo ó un libro sobre alguno de los Estados ibero-americanos;

pero generalmente, aunque esas producciones sean el resultado de un

viaje á la América ó un estudio pagado por un gobierno americano,

ellas están escritas bajo las inspiraciones de un mal espíritu, ó con

tanta superficialidad, que sus datos son engañosos, si no falsos y

contradictorios.

No hay más que abrir un libro de viajes en América, sobre todo si

es escrito en francés, para encontrar harto de que reir, por lo

maravilloso y lo grotesco; y basta leer una relación escrita por orden

y bajo la protección de un gobierno, como las que frecuentemente se

publican sobre el Brasil y la República Argentina, para ver desfigurada

la verdad, en gracia del propósito de convencer á la Europa de que es

bueno lo que no es, ó de que puede hallar un gran negocio que hacer en

estas regiones.

Mas, bien poco deben leerse esos escritos en Europa, cuando la

ignorancia de sus gobiernos, de sus congresos, de sus estadistas y

de sus escritores acerca de la América, brota y rebosa en todas las

ocasiones en que tienen que ocuparse en nuestros negocios y en nuestra

situación. No tenemos necesidad de recorrer la historia ni de acumular

hechos para probarlo: bastan los presentes.

¿Á qué se deben si no las tentativas de la España contra Méjico, contra

Santo Domingo y contra el Perú, que hoy emprende de nuevo, mandando

continuar la guerra en aquella isla, y exigiendo del Perú mucho más que

lo que obtuvo por la Convención de Chinchas de 20 de enero de 1865;

á qué la guerra atentatoria, inmotivada é injustificable que hace á

Chile porque no le da explicaciones de actos lícitos é inofensivos,

que le han sido dadas hasta la saciedad; á qué la invasión de Méjico

por la Francia, con la aquiescencia y aplauso del gobierno inglés, esa

guerra sin ejemplo, porque la historia de la humanidad “no registra una

sola más injustificable por sus causas, más inútil y perniciosa por

su objeto, más ilógica y contradictoria consigo misma, más condenada

por sus propios alegatos y por la opinión universal, más deshonrada en

sus alianzas y en todos sus medios, y quién sabe si más suicida”[1];

á qué, en fin, las tentativas de protectorado de Napoleón III en el

Ecuador y todas las demás empresas políticas ó industriales, públicas ó

privadas que la Europa ha puesto por obra en estos últimos años contra

la independencia de la América ibera, contra su sistema liberal, contra

sus ideas democráticas, contra todos sus progresos en la senda del

derecho?

¿No hemos visto fundarse diarios y escribir libros para propagar la

ridícula teoría de que la _raza latina_ tiene una naturaleza diferente

y condiciones contrarias á las de la _raza germánica_, y que, por

tanto, sus intereses y su ventura la fuerzan á buscar su progreso

bajo el amparo de los gobiernos absolutos, porque el parlamentario no

está á su alcance? ¡Á qué esa mentira! Bien sabemos los americanos

que el principio fundamental de la monarquía europea, la base social,

política, religiosa y moral de la Europa, es un principio _latino_, es

decir, pagano, anticristiano: el principio de la unidad absoluta del

poder, que mata al individuo, aniquilando sus derechos; pero sabemos

también que hoy no existen ni pueden existir ni en Europa ni en América

la raza latina ni la germánica.

La raza latina desapareció ó se modificó y regeneró profundamente desde

que los pueblos de raza germánica conquistaron los dominios romanos, y

mal pueden llamarse _latinos_, después de quince siglos, los franceses

que descienden de los francos, pueblo germánico que pobló las Galias,

que hoy se llaman Francia; ni los españoles que fueron engendrados por

los godos y visigodos, también pueblos germánicos que conquistaron y

poblaron la península. ¿Qué tienen de latinos los alemanes que gimen

bajo el yugo del principio _latino_, que consagra el poder absoluto; ni

qué los descendientes de los lombardos que en Italia combaten por tener

un gobierno que respete el derecho?

Germanas y no latinas son las monarquías europeas del principio

latino ó pagano del absolutismo, y también los pueblos que están de

rodillas delante de ellas, arrastrando una vida prestada en medio de

las tinieblas de la ignorancia, en que la dignidad y los derechos del

individuo han desaparecido.

Lo que se ha querido con aquel absurdo es hacernos _latinos_ en

política, moral y religión, esto es, anular nuestra personalidad, en

favor de la unidad de un poder absoluto que domine nuestra conciencia,

nuestro pensamiento, nuestra voluntad y, con esto, todos los derechos

individuales que conquistamos en nuestra revolución; para eso se ha

inventado la teoría de las razas. Pero tal pretensión sólo prueba

una cosa, y es que la Europa está completamente á obscuras acerca de

nuestros progresos morales é intelectuales; y que así como se engaña

por su ignorancia cuando pretende volvernos al dominio de sus reyes, se

engaña puerilmente cuando aspira también á imbuirnos en sus errores,

en esos absurdos que hacen la fe de sus pueblos.

Un distinguido escritor americano levantó su voz en Europa para

reprocharle esa ignorancia, en palabras tan elocuentes como verdaderas,

que no podemos dejar de repetir para autorizar las nuestras[2]: “Las

repúblicas _colombianas_--dijo--son un verdadero misterio para el mundo

europeo, sobre todo desde el punto de vista político-social. Acaso son

algo peor que un misterio, un monstruo de quince cabezas disformes

y discordantes, sentado sobre los Andes, en medio de dos océanos y

ocupando un vasto continente.

“Á Europa no llega jamás el eco de las nobles palabras que se

pronuncian, la imagen de las bellas figuras que se levantan, ni la

revelación clara de los hechos buenos y fecundos que se producen en

Colombia (América española). ¡No! ¡Lo que llega es el eco estruendoso

y confuso de nuestras tempestades políticas, la fotografía de nuestros

dictadores de cuartel ó de sacristía, las proclamas sanguinarias

ó ridículas de nuestros caudillos de insurrecciones ó reacciones

igualmente desleales! Y como Europa no nos conoce sino en virtud de

esos datos, ella ha llegado á concebir una opinión respecto del mundo

colombiano que, sin exageración, se puede traducir con esta frase:

‘Colombia es el escándalo permanente de la civilización, organizado en

quince repúblicas más ó menos desorganizadas’.

“¡Extrañas aberraciones en que suelen incurrir las sociedades

civilizadas en su manera de estudiar, apreciar y juzgar á las que les

son inferiores! Europa ha tenido gran cuidado de enviar al Nuevo Mundo

muchos hombres de alta capacidad, encargados de estudiar la naturaleza

física de nuestro continente: Humboldt y Bompland (sin contar los

sabios y viajeros del siglo XVIII), Boussignault y Roulin, D’Orbigny y

cien más, han hecho en ese vasto campo estudios y revelaciones de la

más alta importancia.

“El mundo europeo conoce poco más ó menos las cordilleras colosales,

los formidables ríos, las pampas y los páramos, los nevados y volcanes,

los golfos y puertos, la flora y la fauna, la geología y meteorología

del mundo colombiano. Si en sus pormenores curiosos la naturaleza

americana ha sido apenas superficialmente explorada, al menos su

conjunto y sus formas generales y características no son ya un misterio

para las gentes ilustradas de Europa.

“Poco más ó menos, sucede otro tanto en lo económico. Los comerciantes

de Londres y Liverpool, de Hamburgo y Amsterdam, del Havre y Marsella,

de Génova y Trieste, de Barcelona y Cádiz saben que pueden obtener

plata y cochinilla en Méjico, añil y café en Centro-América, oro,

tabaco, maderas de tinte en Nueva Granada, café y cacao en Venezuela,

sombreros de paja y cacao en Guayaquil, guano y plata en el Perú,

cobre en Chile, quina y plata en Bolivia, cueros en Buenos Aires y

Montevideo, etc.

“Y esos mismos comerciantes de Europa saben también á cuáles de

nuestros mercados pueden enviar sus telas de algodón y lana, de

lino y seda, sus vinos y otros líquidos, sus metales y artículos de

quincallería y mil otros productos de las manufacturas europeas.

“¿Qué más? ¿Sabe Europa alguna otra cosa del continente, del mundo de

Colón? No, ¿para qué? ¿Le importa saber algo más? Parece que no, si

juzgamos por los hechos. Las sociedades europeas saben que tenemos

volcanes, terremotos, indios salvajes, caimanes, ríos inmensos,

estupendas montañas, mosquitos, calor y fiebres en las costas y los

valles húmedos, boas y mil clases de serpientes, negros y mestizos

y una insurrección ó reacción mañana y tarde. Saben también que

producimos oro y plata, quinas y tabaco y mil otros artículos de

comercio.

“Eso es todo. Pero, ¿conocen acaso nuestra historia colonial, la índole

de nuestras revoluciones, los tipos de nuestras razas y castas, la

estructura de nuestras instituciones, el genio de nuestras costumbres,

las influencias que nos rodean, las condiciones del trato internacional

que se nos da, las tendencias que nos animan y el carácter de nuestra

literatura, nuestro periodismo y nuestras relaciones íntimas? No, nada

de eso.

“¡El mundo europeo ha puesto más interés en estudiar nuestros volcanes

que nuestras sociedades, conoce mejor nuestros insectos que nuestra

literatura, más los caimanes de nuestros ríos que los actos de nuestros

hombres de Estado, y tiene mucha mayor erudición respecto del corte de

las quinas y el modo de salar los cueros de Buenos Aires que respecto

de la vitalidad de nuestra democracia infantil!

“El contraste es bien triste y humillante, y por cierto que lo es más

para las sociedades europeas que para las hispano americanas. Podríamos

citar cien nombres de naturalistas que han ido á estudiar y explorar

á fondo en el presente siglo la _naturaleza_ hispano-colombiana. No

tenemos noticias de uno solo (después del admirable Humboldt, hombre de

genio universal) que haya ido á estudiar detenidamente la _sociedad_.

Molien, que no hizo en Colombia _estudios_, sino colecciones de

consejos ridículas, no escribió sino puerilidades y absurdos.

“La mayor parte de los viajeros, ó visitando apenas las costas, ó

deteniéndose durante pocos días en algunas ciudades, ó tratando sólo

con las clases inferiores de la sociedad, no han venido á propagar en

Europa sino errores, nociones truncas y exageradas ó extravagancias,

de que se ríen los lectores en Colombia. El hecho es que en Europa se

ignoran _profundamente_ las condiciones sociales, políticas, históricas

de los pueblos hispano-colombianos...[3].

“Por otra parte, y esto es más importante todavía, los europeos se

han equivocado deplorablemente en sus previsiones y apreciaciones

respecto de la revolución colombiana de 1810. Ó la han temido ó la

han despreciado sin fundamento. Unos, desconociendo las leyes que

presiden á la _aclimatación_ de los gobiernos y las instituciones, han

creído que la democracia colombiana, al consolidarse y perfeccionarse

desarrollando grandes progresos, podía tarde ó temprano hacer irrupción

en Europa y destruir, ó, por lo menos, socavar profundamente, los

tronos y las aristocracias é instituciones europeas. De ahí la guerra

llena de antipatías, desdenes y ultrajes que algunos gobiernos le han

declarado desde 1810 á la democracia colombiana, como si no hubiese

entre las condiciones sociales de los dos mundos una distancia mayor

aún que la que establece el océano entre la naturaleza de los dos

continentes.

“Otros no le han tenido miedo á la democracia hispano colombiana, sino

que (y éstos forman la mayoría) la han desconocido de tal modo, que la

han despreciado, desdeñando creer en su vitalidad irrevocable, lógica,

fatal como una necesidad para el equilibrio de la civilización y del

mundo político y económico; democracia fecunda, dígase aquí (en Europa)

lo que se quiera, que no podrá desaparecer sino con la ruina total de

las sociedades colombianas.

“Los que han desdeñado nuestra democracia han sido cortos de vista,

pero lógicos. Al ver que la revolución de 1810 fué un movimiento

súbito, inexplicable y sin causas en apariencia, y al considerar la

esterilidad de las revoluciones democráticas en Europa (esterilidad

falsa que estamos muy lejos de reconocer), han creído que en Colombia

todo era transitorio y subalterno, que allí sólo se trataba de un

cambio de decoraciones: presidentes en lugar de virreyes, congresos en

vez de audiencias, la dictadura de muchos en reemplazo de la dictadura

única del monarca de España.

“Han creído que en esta nueva situación no asomaba una _idea_, sino

apenas un _hecho_; que la revolución no era profundamente _social_,

sino meramente _política_; la civilización no tenía interés en respetar

esa situación y apoyarla, ó, por lo menos, en dejarla desarrollarse

libremente y aceptarla como el punto de partida de una grande y

saludable transformación; han creído, en fin, que esa revolución

republicana podía con el tiempo producir, ó la monarquía constitucional

entre nosotros, que fortificase las tradiciones europeas, ó una

disociación que, haciendo necesaria la intervención de Europa, se

prestase á la explotación y á la partija en beneficio de los fuertes,

que tanto le habían codiciado á España su dominación en el Nuevo Mundo.

“Ese error capital en la manera de apreciar la transformación de

Colombia ha hecho á los europeos hostiles respecto de nuestras

sociedades. Y esa hostilidad no ha consistido sólo en suscitarnos

conflictos y embarazos, y en infligirnos humillaciones numerosas por

cuestiones ridículas. Han hecho algo peor que eso: nos han desdeñado,

prescindiendo del deber de estudiarnos, despreciando nuestros propios

esfuerzos por hacernos conocer, y perdiendo un tiempo precioso para la

civilización”.

La América, Tomo I · 第 21 / 48 题