HISTORIÓGRAFO DE PUERTO RICO

Hemos buscado noticias inútilmente dentro del cuadro magnífico que trazó

el P. Félix Latassa, ó sea en sus Biblioteca Antigua y Nueva de

Escritores Aragoneses; y, en verdad, nos sorprende se tenga en

deplorable olvido el nombre de varón tan esclarecido como el de Fray

Iñigo Abbad y Lasierra; sin duda el prodigioso número de hombres

ilustres con que cuenta Aragón, pueblo rico en todo género de grandezas,

ha hecho que se acostumbre á contemplar el mérito sin asombro y á

considerarlo como cosa corriente; pero si el hermoso recuerdo de la vida

de Fr. Iñigo, saturada de simpático perfume, consagrada á los estudios

históricos y á los actos austeros se ha borrado de su país; si su

espíritu sano y cultivado, ocupado en las investigaciones del pasado, se

ha perdido para los aragoneses; su memoria vive y vivirá por siempre en

el corazón de los portorriqueños. No nos explicamos cómo un escritor de

tan bellas dotes y de un patriotismo tan acrisolado, sea casi

desconocido en su propia tierra. Así nos valemos, al ocupamos de este

personaje, de los datos que nuestra diligencia y la admiración que

siempre él nos ha inspirado, supieron proporcionarnos. Hasta ahora, que

sepamos, ningún libro especial se ha dado á los vientos de la publicidad

referente á la vida del ilustre benedictino; por lo que nos proponemos

transmitir su nombre á la posteridad, ya que supo hundir su mirada

escrutadora en las obscuridades del pasado y hacer revivir los hechos

más gloriosos de nuestra historia regional.

Escasas son las noticias, que aún en su misma provincia, se nos han

podido facilitar sobre la vida del benemérito monje.

Nació Fr. Iñigo el año 1737 en Barbastro-Huesca,--ciudad obispal desde

el siglo XII hasta mediados del presente; por cierto, uno de los que

estuvieron al frente de esta diócesis fué el célebre Ramiro el Monje,

rey de Aragón, figura inmortalizada por el pincel del eminente Casado

del Alisal, en su cuadro _La Campana del Rey Monje_. Barbastro es

también patria de los peregrinos ingenios Lupercio y Bartolomé

Argensola, tan conocidos en los fastos literarios.

En aquella ciudad estuvo en 1868 el inolvidable enaltecedor de nuestras

letras y entusiasta propagandista de la cultura intelectual en la Isla,

don Alejandro Tapia y Rivera, con el fin de hacer reproducir un retrato

de nuestro bien querido historiador, retrato del que es copia el que

adorna los salones de la Sociedad Económica de Amigos del País, en San

Juan, que á nuestro juicio no guarda parecido con la fotografía directa,

hecha tomar del que existe en la biblioteca pública de Barbastro. La

copia al óleo ya mencionada, ni por su parecido ni por la posición

sentada en que se encuentra el personaje guarda semejanza con el retrato

auténtico. Fr. Iñigo en el original aparece de pie y su fisonomía revela

mayor dulzura y benevolencia.

Descendía Fr. Iñigo de noble familia aragonesa, que procuró darle

esmerada educación, que aprovechó de un modo brillante desde sus

primeros años, y después fué monje benedictino en el monasterio de San

Juan de la Peña, en el que se dedicó al estudio de la historia y

antigüedades. Recordamos los nombres de dos hermanos suyos, que por sus

talentos y virtudes alcanzaron puestos distinguidos y altas dignidades

eclesiásticas. El uno, de mayor edad, se llamó don Manuel Abbad y

Lasierra, individuo correspondiente de la Academia de la Historia, Prior

de Meya, presentado por S. M. para Obispo de Ibiza y de Astorga,

Arzobispo de Selimbria in partibus infidelium y autor de obras

recomendables, Inquisidor general de España, al principio del reinado de

Carlos IV, el cual Abbad comisionó al canónigo don Juan Antonio

Llorente, el conocido autor de la _Historia Crítica de la Inquisición_,

para trazar un plan benigno de importantes modificaciones en el orden

interior y procedimientos del Santo Oficio, que le encaminase á

sustanciar sus procesos por el derecho civil, por lo cual, teniendo

presente el fin del odioso tribunal, equivalía á su abolición; empero la

intransigencia fanática, que había hecho fracasar con anterioridad los

filantrópicos proyectos del conde de Floridablanca en igual sentido,

hizo destituir al hermano de Fr. Iñigo y consiguió se le recluyera en el

monasterio de Sopetrán; plan que el insigne Jovellanos quiso luego

llevar á la práctica, y no pudo, por haber caído del ministerio. El otro

se nombraba don Augustín, quien después de ser catedrático de

Humanidades, llegó al episcopado y por sus ideas benévolas y

humanitarias fué encausado por el Santo Oficio. En nuestra admiración

por los miembros de esta ilustre familia, nos complacemos en consignar

que ninguno de ella brilló por su intransigencia y sí por sus méritos

indiscutibles, saliendo al fin ilesos de las redes inexplicables de la

autocracia romana y de las iras inquisitoriales.

Si Fr. Iñigo no tuvo la llama del genio; si no fué un Laurent ó un

Ranke, historiadores de la humanidad; si no fué un Jacolliot

describiendo la India; si no fué un Champollión descifrando los

geroglíficos egipcios; si no fué un Curtius, autor de la más famosa

Historia de Grecia en nuestros días, recomendable por el caudal de

preciosos datos que atesora y abrillantada por el vigor filosófico del

lenguaje; si no fué un Mommsen, el feliz restaurador alemán de la

prehistoria y grandezas romanas; si no fué un Bancroft que estudia con

bella erudición la génesis de los pueblos americanos; si no fué un

Macaulay en sus estudios sobre la revolución inglesa; si no fué un

Lamartine sublimando los girondinos; si no fué un Taine al pintar á los

jacobinos, ó á Napoleón Bonaparte; fué nuestro primer historiador, y

supo dar animación, vida, unidad á nuestros dispersos é ignorados anales

históricos en síntesis notables.

La esfinge misteriosa del pasado surge bella, ante la vista de los

lectores, al recorrer las páginas trazadas por la pluma de Fr. Iñigo; al

admirar la veracidad, la exactitud de sus apreciaciones, sobre todo, al

tratar del carácter y costumbres del pueblo portorriqueño en su época;

al deleitarnos con la mágica de su estilo claro, sencillo, espontáneo;

cual corresponde á la índole de su obra.

Revela nuestro historiador un amplio criterio para juzgar de hombres y

de acontecimientos, regulado por un espíritu justiciero, si bien su

Historia Geográfica, Civil y Política de la Isla de San Juan Bautista de

Puerto Rico, que fué lo más clásico que escribió, resulta, en el día,

deficiente, un cuadro muy apagado de nuestras primitivas crónicas y con

grandes lagunas en los sucesos acaecidos entre unos y otros siglos; sin

embargo de las anotaciones hechas por don José Julián Acosta y no

obstante los altísimos dones intelectuales de Fr. Iñigo. La obra fué

escrita en medio del torbellino del mundo, por encargo de don Francisco

Antonio Moñino, conde de Floridablanca, alto protector ó íntimo de la

familia Abbad, en la época de Carlos III, en el último tercio del siglo

pasado; el manuscrito fué presentado al Gobierno Metropolítico el 25 de

Agosto de 1782. Poseemos un precioso ejemplar de la primitiva edición

madrileña, que tiene capital importancia por su fecha--1788--edición

debida á la actividad de don Antonio Valladares de Sotomayor; ejemplar

que conservamos como curiosidad bibliográfica y como recuerdo de la

amistad que nos une á una de las ilustraciones del País, tan modesta

como verdadera, el doctor don Calixto Romero Cantero, que ejerce con

aplauso la medicina en Cayey, y que tan amante es de las investigaciones

prehistóricas.

* * * * *

Vino Fr. Iñigo á Puerto-Rico en edad viril, á los treinta y cinco años,

en 1772, como confesor del Illmo. Sr. Obispo don Manuel Jiménez Pérez,

de feliz memoria; viajó por los pueblos y lugares más recónditos de

nuestra isla; consultó los archivos oficiales y recogió la tradición

oral de los descendientes inmediatos de los primitivos colonizadores

para escribir su obra citada; si bien su labor se resiente de muchos

errores tipográficos, que el editor confiesa en el prólogo, por haber

sido publicada en Madrid, en ausencia de nuestro primer historiador.

* * * * *

Veamos ahora lo que motivó el viaje forzoso del P. Abbad á Europa.

Las relaciones entre el Gobernador de la Isla y el Prelado llegaron más

que á interrumpirse, á ser tirantes, con motivo de la intervención que

pretendió tener el primero en el expediente de divorcio promovido entre

don José de la Torre y su esposa doña Juana de Lara, que dió lugar á

graves escándalos, y hasta que descendiese una Real cédula sobre el

asunto, reprendiendo severamente á don Pedro Vicente de la Torre, padre

del anterior, que se permitió en pleno Palacio episcopal inferir graves

ofensas al señor Prelado Jiménez Pérez, envalentonado por el apoyo del

Gobernador don José Dufresne; he aquí, el secreto de la animosidad que

este señor cobró á Fr. Iñigo, confidente del Obispo y la persona de su

mayor estimación, que supo defender los prestigios y fueros de su

superior y poner de relieve la invasión de atribuciones que se

intentaba. Don José Julián Acosta nos dice, en sus anotaciones á la obra

del P. Abbad, que desconoce aquellas causas; pero no fué otro el origen

de la inquina que demostró el Gobernador con sus actos arbitrarios

mandando incoar un expediente á Fr. Iñigo sobre si había adquirido mal

un siervo de corta edad; y, del cual expediente resultó el viaje de

nuestro historiador á la Península, acto que llenó de gran indignación

al señor Jiménez Pérez, y por el que llegó á pedir se le trasladase á

otra diócesis; pero S. M. con consulta del Consejo de Indias, y teniendo

á la vista las nulidades y defectos cometidos en los trámites de los

autos y la falsedad de la denuncia hecha por Agustín Sánchez, declaró á

Fr. Iñigo limpio de toda culpa, reservándole sus derechos para que

pudiera ejercitarlos en la vía y forma correspondientes contra su

acusador por los delitos de calumnia y de ilícito comercio.

* * * * *

Ya de nuevo en la Península debido á sus meritorias cualidades y á las

altas influencias con que contaba en la Corte, fué Fr. Iñigo presentado

por su S. M. para la mitra de su ciudad natal, donde murió en la segunda

década de este siglo XIX. En el ejercicio del episcopado fué muy

estimado por su magnánimo y generoso corazón. De cómo realizó tan bellos

sentimientos y cuan ímprobas tareas se impuso en aras de su loable

entusiasmo por la instrucción de su pueblo nativo, es prueba evidente la

fundación de una biblioteca pública que levantó con su peculio;

establecimiento donde á su muerte se colocó su retrato para perpetuar su

memoria, y al cual retrato nos hemos referido en párrafos anteriores.

Deseó sacar de la ignorancia en que yacían á sus feligreses en aquella

remota época, como queriendo repetirles aquellas palabras de una célebre

escritora: "Santificad vuestra alma con la lectura, si queréis que el

ángel de los nobles pensamientos se digne descender á ella."

Trazados los rasgos culminantes de la vida del P. Abbad, réstanos

presentarle como uno de los más dignos y verdaderos benefactores de la

sociedad portorriqueña, que supo con su hermosa inteligencia y la

antorcha de su talento, iluminar los hechos oscuros de nuestra vida

social, á través de los siglos. De todos modos, abrió nuevos horizontes

á la cultura intelectual del país, rompiendo aquella especie de muralla

de la China, que nos incomunicaba hasta con la misma Metrópoli; nos dió

á conocer al mundo civilizado y nos dignificó ante sus ojos, relatando

nuestros orígenes, las proezas de nuestros hombres extraordinarios y los

episodios que enaltecen nuestra lealtad y adhesión á la nacionalidad

española. Así pagó de modo espléndido la hospitalidad que le dieron los

portorriqueños, quienes por su parte le recuerdan con gratitud. Si su

obra tiene errores, disculpables son, dados el tiempo en que escribió,

las escasas fuentes de qué dispuso y los limitados documentos que la

informaron; lo cierto es que nunca los ardores de extraviado y mentido

patriotismo ni las exageraciones de la animadversión, mancharon la

pureza de su pluma; siempre la guiaron sentimientos justicieros y

cristianos.

Antología portorriqueña: Prosa y verso · 第 141 / 146 题