No tengo que reprocharme el haber dado nunca el nombre glorioso de
artista á cualquier rascatripas, por el mero hecho de gastar melenas ó
de exhibirse todas las noches en el Paraíso del teatro de la Opera. No
creo, por lo tanto--y en esto me opongo al parecer de algunos
maestros--que sea un timbre de gloria, digno de perpetuarse en los
anales de la provincia, el que uno de sus hijos, residente en la corte,
haya formado dignísima parte de la orquesta de uno de sus teatros
líricos. Porque, artista, en la verdadera acepción del vocablo, es el
compositor, el creador, no el ejecutante; no el que interpreta, con
mayor ó menor fidelidad, la obra ajena, sino el que extrae de su cerebro
la idea musical y le da forma en el pentágrama. No es posible calificar
con un mismo nombre ni comprender en una misma categoría á Stradella,
Cimarosa, Pergolese, Rossini, los grandes melodistas, á Palestrina,
Händel, Bach, Beethoven, los armonistas, y á la Patti, la Nilsson,
Gayarre, Sarasate y Monasterio, los grandes intérpretes. Y aun dentro de
la creación, de la composición artística, hay jerarquías diversas y
múltiples, que nacen de la mayor ó menor transcendencia de la obra de
cada uno; que no es lo mismo componer, verbi gracia, la sinfonía
pastoral de Beethoven y las romanzas de las zarzuelas del plagiario
Gaztambide, como no son lo mismo tampoco, en la esfera de la pintura, un
paisaje de Beruete y el maravilloso Cristo en la cruz, de Velázquez.
Al paso que vamos, todos los españoles, dentro de poco, seremos artistas
sin saberlo. Porque aquí llamamos artista al bailarín, al acróbata, al
torero, al fabricante de cerillas, al domador de fieras y al que hace
sonar las campanas en la torre de una catedral ó el organillo en
cualquier cosmorama de feria. Y no de otro modo que allá en mi aldea los
astrónomos dieron en llamar sol, estrella y hasta creo que vía láctea á
Canuta Pérez, sólo porque cantaba y gemía, con voz más dulce que el
_guarapo_, algunas piezas de Norma, aquí en Madrid, donde se murió casi
de hambre Narciso Serra, se reservan las ovaciones y con ellas las
monedas de cinco duros para el tenor Gayarre, en cuya garganta
prodigiosa parece que anida el pájaro azul que entona el himno de la
redención de la patria. Gayarre, esa celebridad europea, esa gloria
nacional, como sus amigos y devotos le llaman, es un antiguo herrero de
las provincias vascongadas, sin cultura, sin formas sociales, casi sin
entendimiento. Á pesar de esto, ¡con cuánta emoción le hemos oído
aquellas suaves notas de la inmortal salutación de Fausto á Margarita:
_Permettereste á me_....! ¡Qué eléctrica chispa de emoción cundía por
todo el Paraíso cuando murmuraba, en actitud de bailar un rigodón,
aquella frase: _Ja sorge il di_....! Pero no llevemos nuestro entusiasmo
hasta el punto de arrojarle al escenario coronas de laurel; las coronas
son para las cabezas y el cantante sólo trabaja con la garganta y con la
boca; tengamos, pues, para el cantante un collar de perlas ó una
dentadura de oro, para el torero un par de cuernos, para el acróbata una
bala de cañón, para la bailarina unas zapatillas, ó, si le pareciera
poco, unas botas de montar. Y no les pidamos gollerías... No pidamos,
por ejemplo, á Gayarre, hombre sin instrucción alguna, que sepa
interpretar, en el pentágrama de Gounod, el pensamiento filosófico del
viejo doctor alemán, rejuvenecido por la musa de Goethe, ni pretendamos
tampoco que, comprendiendo las metafísicas algún tanto locas de Wagner,
entienda que pueda conseguirse la expresión de tipos y de caracteres por
medio de trémolos sobre la cuerda del violín. Para comprender eso
necesitaría el cantante... poca cosa... ser artista.
No puede ocultarse que á las veces hay una obra personal en la
interpretación, y que el artista--si damos este nombre al cantante, al
cómico y al instrumentista--suele tener, de raro en raro, el derecho de
decir que él ha creado un papel puesto que se lo apropia, poniendo en él
su alma y su inteligencia é infundiéndole su propia sangre. Sin
elevarnos hasta Rachel, la Ristori, Talma, Romea, Rossi, Coquelin y la
divina Sara, puede asegurarse que al talento de Vico, nuestro insigne
actor, débese en gran parte el éxito de muchos dramas de Echegaray, más
feos que el no tener.
Lo que no ofrece sombra de dudas es que, si bien cualquier tenorcillo de
la legua puede interpretar, si á mano viene y casi con perfección
absoluta, el tipo de Guillermo Tell, un aldeano patriota, el de Otelo,
un africano celoso, y hasta, en caso de apuro, el de Don Juan, un
burlador impenitente, en cambio, no todos los tenores de primera línea
pueden salir airosos en la interpretación del carácter de Fausto, el
filósofo á lo Hegel, del tipo de Hamlet, el sombrío escéptico, del tipo
de Poliuto, el mártir de la fe religiosa. De mí sé decir que cuando
Berlioz, el potente colorista del sonido, me transporta, en su
fulgurante corcel, con fatigoso movimiento al abismo de la Damnation de
Faust, veo allí mejor el laboratorio obscuro del doctor alemán y oigo
allí después con más deleite la errante cantinela de la Pascua florida
que en la obra inmortal del maestro Gounod, porque la concepción del
poeta y la idea, las líneas melódicas del músico suelen ser casi siempre
mejor interpretadas por el violín y por la flauta que por la parlera
garganta de algún tenor coreográfico, maniquí con sombrero de plumas,
que no comprenderá nunca la razón de que Fausto se devanase los sesos
esclareciendo el oculto sentido de la primera frase del Génesis. Con
respecto á las cantantes hembras, soy algo más benévolo. Tengo mis
razones... Toda mujer, por muy tiple ó muy soprano que sea, lleva
siempre dentro de sí misma algo de la inocente Margarita, la pequeña Eva
alemana, Sibila del amor, eternamente feliz en su modesto jardincito,
con su oráculo de flores. Las mujeres que viven con aérea vida en el
mundo del arte y que surgieron vestidas de blanco del manantial del
llanto del poeta, ó bajaron desprendidas del astro piadoso que alumbró
las veladas febriles del músico para evaporizarse en el sonido y pasar
del pensamiento al ensueño, ora revoloteando en los labios, ora
permaneciendo aprisionadas en el mármol y el lienzo, y siempre envueltas
en la nube de una existencia ideal; las mujeres de la leyenda y del
arte, Ofelia, Desdémona, Julieta, Margarita, Elena, Aïda, Ifigenia,
Clarisa, Leonora, son, sobre todo, representaciones sinceras del _Eterno
femenino_, creaciones sencillas, cuya interpretación puede hallarse y se
halla, en efecto, al alcance de cualquier alumna del Conservatorio de
Madrid.
* * * * *
He apuntado la idea y no la retiro; á pesar de poseer mayor suma de
recursos y medios el instrumento humano que se llama tenor ó barítono,
yo no he saboreado las verdaderas notas de Gounod, hasta que he oído la
otra noche las divinas notas del violín de Sarasate. ¡Sarasate!
Perdóneseme que no pueda escribir este nombre sin ver reaparecer bajo mi
pluma esa figura de un gran intérprete musical, el más completo que he
conocido. Actualmente recorre en las regiones andaluzas un camino
triunfal, después de haber sido aplaudido y festejado, con entusiasmo
frenético, en Madrid, donde se presentó por última vez al público en un
concierto celebrado á beneficio de la Asociación de escritores y
artistas. Ese concierto tiene una historia que hace honor al gran
violinista. Como España es tierra donde germina y se desarrolla esa
pasioncilla inmunda que se llama la envidia, no es extraño que un
español como Sarasate, que nació bajo el influjo de bienhechora estrella
y que ha llegado á ser en toda Europa el ídolo de un pueblo de almas,
despertase en la tierra donde nació rencores de esa gentecilla, que,
impotente para acercarse á la gloria, tiene un insensato placer en
amenguar la gloria ajena. Unos cuantos rascatripas y sopladores, de esos
que tocan el violín y la flauta en el café ó en el circo ecuestre,
armaron contra Sarasate terrible conjura; y no atreviéndose á decir que
Sarasate maneja mal el "stradivarius," le llamaron en obscuros artículos
anónimos, mal español, sosteniendo con error indiscutible, que había
renunciado á su nacionalidad; y le llamaron avariento, tacaño y
ambicioso, acusándole de cobrar el cincuenta por ciento de los productos
de los conciertos en que trabajaba. Sarasate respondió á esas
acusaciones ofreciéndose á trabajar de balde en un concierto á beneficio
de la Asociación de escritores y artistas.
Yo le había oído muchas veces pero nunca me ha entusiasmado tanto como
aquella noche. Los artistas italianos del Renacimiento, con el mal gusto
propio de la época, eran muy aficionados á pintar ángeles tocando el
violín. Yo me acordaba de aquellas figuras, aguzando el oído y cerrando
los ojos para no ver las melenas y los bigotes de guardia civil que
gasta Sarasate. Porque si existiera el cielo de Mahoma ó de Cristo, sólo
allí debería escucharse algo parecido al celestial gorjeo del violín de
Sarasate.
Diderot ha escrito: "Para que el artista me haga llorar, es preciso que
él no llore." Nada más exacto, pero también es preciso _que haya
llorado_. Su emoción individual debe convertirse en emoción artística y
la interpretación animarse con el eco de sentimientos experimentados y
desaparecidos. Las lágrimas no deben salir á los ojos del intérprete;
pero debe tener _lágrimas en el instrumento_. Gracias á esa
transformación, Sarasate ejerce sobre el público una acción magnética,
que repercute sobre sí mismo. "Si el público supiera--suele
decir--cuanto puede obtener de nosotros con sus aplausos, nos mataría."
¡Oh, bien lo ha probado el infeliz! En todos sus conciertos, apenas
termina la última pieza clásica del programa, ya está el público
pidiéndole á grito pelado, la indispensable propina de siempre, es
decir, los aires populares españoles, la jota aragonesa, _la muiñeira_,
_la petenera_, _el zorzico_, etc. Y aquí se comprueba la modificación
que hice á la frase de Diderot. El artista debe sentir siempre lo que
ejecuta. Si en el corazón de Sarasate no estuviese viva la llama del
sentimiento patriótico, ¿qué mérito tendría la jota aragonesa por él
ejecutada? Un violinista ruso ó teutón no podría herir acaso, con esas
notas, nuestro sentimiento artístico. Ese aire popular que tiene tantos
títulos de gloria como la _Marsellesa_ canturreado, con voz
aguardentosa, por un gañán, al conducir sus bueyes al establo, no es
fácil que despierte emoción estética alguna; pero, al rozar las cuerdas
del violín de Sarasate, ese aire popular, que unas veces gime y otras
ruge y siempre expresa el sentimiento de la patria, nos transporta en
alas de la fantasía á la falda del Moncayo y á la orilla del Ebro, ó
allá donde murieron de amor Isabel y Marsilla, y evoca en nosotros el
recuerdo del épico suicidio de Zaragoza, y nos hace asistir á las
sencillas fiestas de las aldeanas en honor de la más patriota de las
Vírgenes, la Virgen del Pilar.
Pues ¿y dónde dejamos la _muiñeira_? Yo no tengo el honor de ser
gallego. Pero, declaro sinceramente que la _muiñeira_ hubo de causarme
siempre una emoción profundísima. Yo se la he oído á Sarasate, no sólo
en Madrid, sino también en la misma Coruña, y puedo asegurar que nunca
he presenciado una ovación tan imponente.
Cuando algún tiempo después de haber oído la _muiñeira_ en Galicia, se
la volví á escuchar la otra noche á Sarasate, vino á mi memoria la
zagala rústica que sentada sobre la piedra del lar humilde ó cargando en
sus fornidos hombros el saco repleto de centeno y maíz, ó comprimiendo
con sus manos de color de arcilla las gruesas ubres de la vaca, ó
partiendo en el monte el espinoso tojo, no bien oye á lo lejos el gemido
agreste y melancólico de la gaita y el regocijado son del tamboril y del
pandero, suelta la hoz de la siega y loca de alegría, llama á sus
rapaces y se pone á bailar con ellos la tradicional _muiñeira_, pegando
sendos y descompasados brincos á la sombra del castañar hojoso....
Aquélla, aquélla es la misma _muiñeira_ de Pablo Sarasate, tocada por el
autor y acompañada al piano por su secretario _mein-herr_ Otto, un
alemán que le sigue en todas sus excursiones artísticas y que á fuerza
de escuchar el canto _saudoso_, ya dice como cualquier gallego vagabundo
á la orilla de extranjeros lagos:
"Airiños, airiños, aires,
airiños da miña terra,
airiños, airiños, aires,
¡airiños, leváime á ela!"
* * * * *
Si alguna vez, ¡oh gran violinista! me encuentras enfermo y pobre, solo
y triste y odiado de todos, en extraña tierra, tragando la hiel de la
nostalgia, llevando en mi rostro la marca patética de la fatalidad
irresistible; si algún día, lejos de la tierra donde se habla la lengua
en que me enseñaron á rezar, me encuentras bajo un cielo plomizo,
vagando por solitarios senderos y deshaciendo poco á poco el ovillo de
hilo de mis ardientes afanes, de mis frustrados ensueños, sin horizonte
delante, sin recuerdos detrás; si algún día, oh Sarasate, me encuentras
así, envuelto en la ceniza de todo lo que amé, fijos los ojos en la
naturaleza, esa gran madre, y en el ideal, esa paloma despeñada del
cielo sobre el Jordán de nuestras pasiones redimidas, saca entonces de
la caja tu "stradivarius," ejecuta los primeros compases de la
arrebatadora _muiñeira_, recuérdame la quejumbrosa gaita de las romerías
gallegas, la alegre pandereta de las zambras moriscas y de las _juergas_
andaluzas, y el tamboril fanfarrón de las fiestas vascongadas; y al
recibir yo en mi atormentado espíritu esa limosna de arte, así como la
Magdalena limpiaba con su cabellera el polvo de los pies del Cristo, tú
limpiarás mi alma de las impurezas del mundo miserable y volverán á
ella, con el eco de tu instrumento mágico, las remembranzas de la edad
florida, las canciones alegres y los sueños azules....