(_Fragmento de un discurso pronunciado en el Ateneo Portorriqueño, sobre
"Relaciones de la Literatura con la Historia de los pueblos."_)
Hace ya más de un siglo que los métodos históricos se han ido
enriqueciendo poco á poco, con la idea de que una obra literaria "no era
un simple juego de imaginación, el capricho aislado de una cabeza
caliente, sino una copia de las costumbres que la rodearon, y como el
cuadro representativo de un estado del espíritu humano," á tal extremo,
que, para grandes pensadores modernos, un documento literario importante
podría servir, bien interpretado, para estudiar en él la psicología de
un alma, como en _Jocelyn_; generalmente la de un siglo, como en la
_Divina Comedia_; y á veces la de una raza, como en la _Iliada_ ó en los
poemas indios, el _Ramayana_ y el _Mahabharata_, llegando á concluír de
todo ello, que principalmente por el estudio de las literaturas es que
se podrá hacer la historia moral de los pueblos, y marchar hacia el
conocimiento de las leyes psicológicas de donde emanan los
acontecimientos, como expone victoriosamente Hipólito Taine, en su
_Historia de la literatura Inglesa_.
Tales ideas aplicadas á los procedimientos históricos, han sido parte á
que se obtuviesen los grandes resultados que se palpan en escritores
como Thierry y Michelet, como Sainte Beuve y el mismo Hipólito Taine,
los cuales ocupándose (como señalada y expresamente lo hace este último
en su notable estudio sobre los orígenes de la Francia contemporánea, y
en sus demás trabajos sobre Filosofía del arte en Grecia, en Italia, en
Inglaterra y en los Países Bajos) de la raza, el medio y el momento, es
decir, de la cuna ú origen en el personaje histórico de que se trata,
que puede ser un pueblo entero; del lugar y clima é instituciones donde
esa misma representación se mueve; y del momento en que acontece el
suceso que se comenta y estudia, llegan á conclusiones maravillosas, de
precisión y lógica, garantizadoras de toda verdad y prometedoras de
acierto.
Y no cabe duda.
Para conocer bien un pueblo, que no es mas que una individualidad
colectiva; para hacer el examen de su estado moral, en una determinada
época, ó en el trascurso de varias, eslabonadas unas con otras, hasta
llegar, si se quiere al completo de su existencia, no basta examinar los
acontecimientos aislados realizados en él, y contarlos sencillamente,
como si aun fuera la historia más que la narración escueta de los
hechos, sin complemento de explicaciones y sin ayuda de juicios y
meditaciones más hondas.
¡No! Ya eso no responde, ni siquiera á los tiempos en que Vico inmortal
echaba los cimientos de la ciencia nueva, y en que Montesquieu se
adelantaba á su época, penetrando en la observación al escribir sobre la
historia de la humanidad.
Hoy, como el naturalista acude á los principios ó leyes de la herencia y
de la adaptación al medio, para explicar un ejemplar cualquiera de la
especie; y como el criminalista moderno, acude, para el comentario del
delito, á la antropología y á la psicología humanas, la historia llama
en su auxilio á las literaturas, para que ayuden á hacer también la
psicología de los pueblos.
¿Y quién puede hacerla mejor? ¿Quién puede decir mejor cómo ha pensado y
cómo ha sentido un pueblo, si no sus mismos pensadores y sus mismos
poetas por cuyos labios han salido las manifestaciones vivas de su
alma, la sublimidad de sus pensamientos, el vuelo de sus trasportes ó la
voz triste y grave de sus desventuras?
Y si para hacer la historia verdadera es necesario, como dice Thierry,
abrigar un sentimiento vivo por ese mismo pueblo todo entero, por esa
masa de hombres así llamada, sin predilección alguna por personajes
históricos determinados, por ciertas existencias, ni por determinadas
clases tampoco, que quitan el tinte nacional á la narración, en la cual
no reconocemos después bien, el alma, el espíritu, el carácter
predominante en nuestros antepasados, sin distinción de clases, ni de
rango; si se necesita hacer de esa manera la historia de un pueblo ¿á
quién mejor preguntar que á él mismo, á su literatura que retrata su
vida, que copia su cielo, que respira su ambiente, y que está llena de
color y de verdad local?
He ahí el interés tan grande del tema á que aludimos.
Nosotros tenemos ya nuestra historia regional á la manera antigua en
Fray Iñigo Abad de la Sierra; la tenemos modernizada en los suplementos
de esa historia, ampliada por nuestro sabio maestro, modelo de patricios
y gran educador de buenos ciudadanos, el castizo y elegante escritor
académico Don José Julián de Acosta; pero á esa historia falta, en la
parte posible, el empeño que él no pudo acometer, ni se propuso por la
misma índole de su libro y que nosotros empezamos á intentar ahora, cual
es: la continuación de aquellos orígenes de nuestra sociedad actual,
estudiada en los hechos, pero ayudado este estudio por el examen de la
incipiente literatura nuestra, de tal manera que, en comentario mutuo,
los documentos literarios muestren los sentimientos y cultura de los
autores del suceso historiado, y el acontecimiento examinado en sus
relaciones de raza, medio y momento, razone elocuentemente á su vez los
documentos literarios.
Estudiada así la historia, llegaremos á conocemos mejor; y aquel será el
día de acabado ese estudio por nuestro ignorado historiador, que
tengamos el árbol de la genealogía psicológica de nuestras almas, el
cual contribuya á describirnos por medio de las leyes que hemos
apuntado, la transformación lógica y fatal del español de ayer, fundado
en este suelo, en sus descendientes de hoy que hemos nacido en este
rincón, el más genuinamente español del mundo americano.