LA EDUCACIÓN DE LA MUJER.

Decía Napoleón I, y la experiencia ha confirmado su dicho, que el

porvenir de un hijo es siempre la obra de su madre. Nosotros, parodiando

al invicto Emperador, consignamos que la felicidad del hombre será

siempre la resultante de una buena educación de su compañera. Pues qué,

¿no son patrimonio de la ignorancia y el escándalo las palabras mal

sonantes, la falta de prudencia, el olvido, en fin, de todas las

conveniencias sociales? El buen ejemplo de una madre, es el bello cuadro

en que deben recrearse constantemente los hijos. Y ¿cómo ha de servir de

modelo la que empieza por desconocerse á sí misma?

El hombre, siempre ávido de nuevas sensaciones, y con tendencia natural

á satisfacerlas con lo que mejor se aviene á su carácter; más culto, más

ilustrado, llega á cansarse de la conversación insulsa de la esposa. Sus

modales ásperos, su desenvoltura quizás, le repugnan; el no poderla

pedir consejo, le desespera; lo impertinente de sus exigencias le llena

de ira; y ¿qué sucede con semejantes defectos? El cariño se convierte en

indiferencia; los momentos de permanencia en la casa son como siglos que

no pasan nunca, y surgiendo el encono, naciendo la disidencia, tomando

forma el despecho, la dulce tranquilidad del hogar y la dicha que en él

reinaba desaparecen para no volver. Todo ha sufrido un horrible cambio;

escombros sólo quedan del magnífico edificio que el amor había

levantado, y los hijos ¡oh! los hijos, esos pedazos del alma que todo

esto debieran ignorar, recogen el fruto de tanta discordia;

connaturalizándose con lo que de sus padres aprendieron, tocando más

tarde en la vida práctica las tristes consecuencias del mal ejemplo,

llegan á maldecir, no lo dudéis, á los autores de tantos sufrimientos.

La educación, fuente inagotable de bondades, ha de ser la piscina

sagrada en donde, bebiendo la mujer el puro néctar de la ciencia,

regenere sus naturales inclinaciones, modere las tendencias de sus

caprichos.

"La mujer ilustrada, dice el Doctor Salustio, está exenta de las

supersticiones que degradan el alma, de la charlatanería y de la

murmuración.

"Con el cultivo de las ciencias y las artes, ejercitará su inteligencia,

enriquecerá su entendimiento y podrá comprender al hombre, colocándose á

su nivel.

"La mujer debe ser iniciada por su madre en los importantes deberes que

está llamada á cumplir en sociedad; debe ser hacendosa, casta, benéfica,

sincera y trabajadora; necesita conocer la economía doméstica, la

higiene, la fisiología, la botánica, la medicina doméstica, que la

cariñosa madre echa tanto de menos al velar junto á la cuna de su niño

enfermo, viéndolo sufrir, sin poder hacer nada para aliviarlo, en un

accidente repentino ó desgraciado.

"La madre debe saber además, que de la habitación que un niño ocupa, de

la apreciación bien ó mal hecha de tal ó cual predisposición hereditaria

ó adquirida, de los alimentos y de los ejercicios, pueden resultar la

salud ó la enfermedad y el estancamiento de su organización física; las

afecciones escrofulosas, raquíticas, etc., de la infancia, que según la

opinión unánime de todos los médicos son susceptibles de ser ahogadas en

sus gérmenes, no harían tantos estragos, si llamados aquellos

oportunamente por madres previsoras, opusiesen á su desarrollo los

medios que la ciencia aconseja."

Todos estos conocimientos, que tan sabiamente reconoce como necesarios

en la mujer el Doctor de referencia, y que indudablemente le son de

absoluta é indispensable necesidad, ni puede adquirirlos hoy en Puerto

Rico, ni en manera alguna son conocidos de la mayoría.[3]

[3] Estos párrafos pertenecen á un estudio escrito en el año 1880.

Con el sistema de enseñanza tan deficiente en nuestra Isla, no diré ya

de las niñas, sino de los mismos jóvenes, imposible de todo punto se

hace el llenar la obligación que de educarlos tenemos, cuando ni

siquiera el número de las escuelas primarias es suficiente á cubrir las

más apremiantes necesidades.

Sin saber leer ni escribir, es imposible de todo punto dar un solo paso

en el camino de la ilustración; y como de aquella base han de arrancar

los conocimientos que en adelante puedan adquirirse, de aquí el que,

siendo preciso empezar por establecer esa base, haya necesidad de crear

número suficiente de escuelas, hasta llenar el defecto que hoy acusamos.

No nos cansaremos de manifestar una y mil veces, que para poner remedio

á tantos males se necesita centuplicar los centros de instrucción,

haciéndola de todo punto obligatoria, sin que tengamos por despotismo ni

tiranía, sino más bien como práctica digna de todo encomio, el que se

castigue severamente á los padres, tutores ó encargados que, teniendo un

deber de conciencia que cumplir, no aprovechan los medios que se hallan

á su alcance para llenar la noble misión que les está encomendada.

Dado este importante paso, echados los primeros cimientos del suntuoso

edificio de la regeneración de la mujer, vencidos los primeros

inconvenientes, las futuras generaciones, más ricas, más fecundas en

bienes, ofrecerán al hombre una digna y virtuosa compañera.

Pero no basta todavía que haya escuelas; es preciso ante todo, para que

el resultado corresponda á lo que deseamos, que las profesoras, educadas

expresamente para este objeto, reunan dotes indispensables para dirigir

á la juventud.

Creemos que las señoras ó señoritas encargadas de guiar á las niñas,

habiendo adquirido sus títulos en escuelas normales, deben unas dirigir

á la infancia amoldando su tierno corazón á los principios de la sana

moral, robusteciendo otras esa educación moral recibida, por medio de

los conocimientos superiores.

Pero como además de estos que pudiéramos llamar indispensables,

necesítanse otros que completen la educación femenina, las profesoras de

primera enseñanza, convenientemente preparado el terreno, pueden

ampliarlo con las labores propias del sexo, sin abandonar un solo

instante la educación moral, sobre la que debe cimentarse todo cuanto la

mujer aprenda, sea cualquiera el oficio, arte ó profesión á que cada una

piense dedicarse.

Los conocimientos llamados de adorno, y que tanto se avienen con su

carácter, no se les deben escasear en modo alguno; la música, depurando

los sentimientos más delicados del corazón; la pintura, despertando el

sentimiento de lo bello; la escultura enseñando á percibir las

imperfecciones del cuerpo, remedo de las del alma, además de la

actividad intelectual que desarrollan, facilitan la manera de matar el

ocio, causa muchas veces del olvido del deber.

Es preciso, por otra parte, tener muy en cuenta que no conviene exigir á

las niñas nada que no se avenga con su edad y naturales disposiciones.

El olvido de este consejo, altamente práctico, tiende positivamente á

sofocar las más envidiables dotes, facilitando la manera de contraer

enfermedades que consumen los más privilegiados organismos.

¿Cómo obligar á una niña á permanecer horas enteras guardando un

silencio mortificante á su edad? ¿Cómo exigir de su naciente

inteligencia progresos incompatibles con su desarrollo? No siempre el

que marcha más de prisa llega el primero al término deseado.

Entreténgase solamente á la niña en los primeros años, permítasele la

distracción y el juego; hágase que los mismos objetos de entretenimiento

sirvan de medios para irla disponiendo al estudio, y no se la obligue á

ejercitarse en labores inmediatamente, pues ni tiene fijeza para

observar lo que se le enseña, ni sus manecitas están todavía preparadas

para manejar la aguja, como equivocadamente se supone.

¿Por qué no poner en práctica, para la educación de las niñas menores de

siete años, el recomendado sistema de Froebel, sustituyendo la

demostración material con la enseñanza intuitiva á la tan difícil

abstracta y teórica?

Antología portorriqueña: Prosa y verso · 第 103 / 146 题