Pulsar las cuerdas de la lira y enviar al corazón ora piedad, ora
terror, como Shakespeare y Calderón, es arduo y glorioso.
Luchar con todo linaje de obstáculos, perseverar en la acción bajo la fe
de una idea, como Colón y Lincoln, es colocarse en el más alto punto de
la escala moral.
Vivir no sólo en las puras regiones del sentimiento, sino abandonar
también su atmósfera tranquila para mostrarse actor en los más graves
conflictos de la humanidad y en medio del desencadenamiento de las
pasiones más brutales, inspirándose siempre en la idea sublime del
_Derecho_, es á la par y de consumo arduo, glorioso y culminante.
Las raras dotes que esta asociación extraordinaria presupone, embargan
la mente.... Y sin embargo, nuestro siglo, inmensa masa en fusión,
palenque abierto á todo género de pensamientos y empresas audaces, nos
ha presentado muchos ejemplos de esta asociación extraordinaria. En sus
victorias y derrotas, en sus catástrofes políticas, en sus
descubrimientos maravillosos; resumiendo, en sus luchas continuadas con
lo pasado y con la materia, ¡cuántos grandes hombres no se destacan!
¡cuán absorta no ha quedado nuestra mente en su contemplación!
Victor Hugo, terminado apenas el largo ostracismo á que le condenó
primero la usurpación y en que le retuvo más tarde la conciencia de su
derecho, y en pie sobre los muros de París, sitiada por los alemanes,
dirigiéndoles su voz, ofrece un nuevo y magnífico ejemplo del genio en
harmonía con la acción.
Él, con su imaginación dantesca, tan fecunda en la creación de episodios
originales y dramáticos, no imaginó nunca ninguno tan original y
dramático como el en que acaba de ser actor principal. En los tiempos
futuros, cuando un nuevo Homero cante el sitio de esta nueva Ilion, la
figura del gran poeta y del elocuente defensor de la abolición de la
pena de muerte se elevará radiante en medio de la de sus émulos y
compañeros.
Al canto sublime de la poesía se unirá la elocuente expresión de la
escultura: se le erigirá una estatua, en que aparezca con su fisonomía
reflexiva y varonil, rotos á sus pies todos los instrumentos de muerte,
y con la copia de su carta inmortal en la diestra, mirando hacia el
nacimiento del Sol.
Esa carta es un llamamiento á la dulce paz, á la fraternidad entre
todos los hombres, es un sonido melodioso de un arpa celestial, un grito
arrancado de lo más profundo del alma.
Ante tantas bellezas reunidas, ante esta síntesis admirable de la
estética, ¡cómo analizarla! Nuestras fuerzas no bastan á tamaña empresa,
y dejándonos dominar por el sentimiento que despierta, nos entregamos
exclusivamente á darle culto en el fondo de nuestro corazón.
Nunca se elevó á tanta altura su prepotente genio. Con la admirable
flexibilidad que lo ha distinguido siempre, sabe tocar todas las cuerdas
y las fibras más delicadas de la sensibilidad moral. Así es como habla
al corazón y á la inteligencia del gran pueblo alemán.
Cual si no hubiesen pasado por encima de él los años, la proscripción y
las catástrofes domésticas, que tanto hieren á los corazones sensibles,
se nos presenta en esa carta con toda la exuberante fecundidad de su
juventud.
Vemos al profundo filósofo que analizó los misterios de la terrible
pasión de Claudio Frollo, y al suave pintor de las tiernas emociones que
despierta en el corazón de una madre la vista del zapatito del hijo que
yace en la tumba; vemos al autor de las escenas infernales de _El Rey se
divierte_, en que quedamos abatidos bajo el peso de tanto horror; y al
de la suave, dulce y melancólica "_Oración por todos_" que enseñamos á
nuestros hijos para hacerlos sensibles y humanos. Á la vez manso arroyo
é impetuoso torrente, sonido apacible y estridente trueno.
Así es como ha hablado y así es como debía hablar el genio galo al genio
germano.
Nada de alardes de fuerza, ni de intimidación; sino la fría voz del buen
sentido y la protesta estóica del que sabrá rechazar el ataque y morir
como los romanos de los antiguos tiempos, cumpliendo con su deber.
Y al lado de esto ¡con qué efusión no proclama las inmarcesibles glorias
de la Alemania en la obra de la civilización!
Todo espíritu reflexivo reconoce al punto cuánto de gratitud debe ésta á
la Francia y á la Alemania. La una precedió á la otra en la brillante
carrera, pero no tardó en ser alcanzada y aun superada en determinados
departamentos del saber humano. Por lo general, han marchado
paralelamente, completándose la una á la otra, conforme á la diversa
índole de sus aptitudes y genio nacional.
¡Cuán abundante mies no han segado ambas, que es hoy patrimonio de la
humanidad entera!
Si la Alemania dota al mundo de la imprenta, la Francia lanza una
legión de escritores que hacen más y más fructífera la admirable
invención.
Si la Alemania produce á Lutero, expresión viva del individualismo de
las razas sajonas, la Francia les da á Calvino, que define y formula
para una gran parte de esas mismas razas la nueva creencia.
Si la Alemania cuenta entre sus hijos más ilustres á Keplero, que con
una paciencia verdaderamente sajona calcula, sin logaritmos, un día y
otro día hasta descubrir las leyes de los orbes planetarios, exclamando:
"¡poco importa que yo no encuentre quien comprenda mi libro, cuando mi
Criador ha tardado siglos en encontrar un hombre que sepa leer en el
libro de la naturaleza!", la Francia se enorgullece con justa razón de
Laplace que, con un equilibrio admirable en sus facultades
intelectuales, descifró el enigma de las perturbaciones celestes, y
tranquilizó al hombre acerca de la estabilidad del sistema de que forma
parte la tierra que habita, destruyendo así un error del mismo Newton.
Si la una dió el ser á Gottlob Werner, creador de la geognosia, la otra
sirvió de cuna á Cuvier, que lo fué de la paleontología, y gracias á
entrambos ha podido escribirse la historia de nuestro globo. El mismo
Aristóteles quedaría absorto ante esos prodigiosos descubrimientos.
En todas las ramas del fecundo árbol de Minerva encontramos la misma
gloriosa asociación. En Química, Stahl y Lavoisier, Richter y Proust; en
Física, Otto de Guericke y Dionisio Papín, Arago y Humboldt; en
Mineralogía, Bergman y Hauy. No terminaríamos si hubiéramos de enumerar
la larga lista de sabios Alemanes y Franceses que nos ofrece en sus
páginas la Historia, ora haciendo á la vez un mismo descubrimiento, ora
rectificando los hechos y sus relaciones, para llegar á formular las
verdaderas leyes de la naturaleza.
Tampoco terminaríamos si nos propusiéramos entrar en el vastísimo
departamento de las bellas letras, de la Filosofía, la Lingüística y el
Exégesis. Al lado de Voltaire y de Goethe, de Lamartine y Schiller, de
Descartes y Kant, de Baur y Bournouff, hallaríamos otros y otros nombres
ilustres.
Pero imposible es, en esta ocasión solemne en que escribimos, dejar en
el silencio la estrecha amistad, el verdadero cariño fraternal que unió
constantemente, durante su fecunda existencia, á los dos representantes
más ilustres de la Alemania y la Francia modernas, Alejandro de Humboldt
y Francisco Arago. ¡Con qué emoción recordamos hoy estas sentidas frases
que el gran viajero escribió en la introducción que puso á la edición
póstuma de las obras del gran astrónomo y del gran ciudadano: "Me
enorgullezco al pensar que por mi tierna consagración y por la constante
admiración que le he expresado en todas mis obras, le he pertenecido
durante cuarenta y cuatro años, y que mi nombre será algunas veces
pronunciado al lado de su gran nombre."
Sí, lo es hoy y lo será mientras la humanidad conserve el sentimiento de
lo bello y de lo útil. ¡Ojalá viviesen los dos sabios ilustres, los dos
íntimos amigos, para conjurar el horrible conflicto! Ambos eran
patriotas, pero ambos amaban más la humanidad que la patria.
Y ahora aparece en toda su sublimidad el pensamiento de Victor Hugo y la
profunda emoción que le dominaba al escribir su carta: la destrucción de
París por los Alemanes sería un fratricidio, un suicidio para la
humanidad.
Si llegara á consumarse ésta, hoy y aun más en los tiempos futuros,
preguntaría el mundo á la Alemania inteligente y sabia: _¿qué has hecho
de tu hermano?_
Sería un fratricidio, porque ambos pueblos han marchado juntos á la
conquista de la civilización, prestándose mutuo y poderoso apoyo; sería
un suicidio, porque la humanidad necesita de París, como necesita de
Berlín, para su progreso en el vasto campo de las ciencias y las artes.
Extenso es el camino andado, pero el que queda por recorrer es aun
indefinido.
Las bombas y balas alemanas destruirían las bibliotecas y los archivos
que encierran todos los tesoros de la inteligencia humana; los
conservatorios, las escuelas de cirugía y medicina, las de todas las
ciencias y artes en fin, á donde van á instruirse ó á perfeccionarse,
con una liberalidad digna de ser imitada, como en la antigua Atenas, los
hombres estudiosos de todas las naciones y países, así los de las Indias
orientales y occidentales como los del Norte y Mediodía de la Europa y
del África, y los de la apartada Australia.
Destruirían incomparablemente mucho más que todo esto ¡horror da el
pensarlo! á los ilustres representantes del saber moderno. Bajo ellas
¡inconscientes! caerían los Nelatón, Bernal, Payen, Laboulaye, Remusat,
Broglie, sangre de Madama Staël, y tantos otros, columnas vivientes de
la civilización, hoy más que nunca necesarias....
Y en la catástrofe general sería envuelto el gran poeta, el publicista
eminente que acaba de levantar su elocuente voz, inspirado por los
sentimientos más nobles del corazón humano, para conjurarla.
¿Habrá sido escuchado como lo fué al suplicar gracia para Barbes?
--¿Habrá sido desatendido como cuando pidió fervoroso la preciosa vida
de John Brown?
Pronto sabremos si la humanidad tiene que vestirse de luto y registrar
en sus sangrientos anales una nueva caída, una gran ignominia.