informándole de muchas cosas interesantes. El cuerpo de la señora
había sido colocado en la capilla, con beneplácito del Marqués de
Fúcar, y el Padre Paoletti lo había velado la noche anterior y lo
velaría todo el día y la noche siguiente, rezando de continuo. El
mismo señor y el cura de Polvoranca y el de la parroquia, habían
dicho misa aquella mañana en el altar de San Luis Gonzaga. El Padre
Paoletti se personó luego en la estancia del viudo para hablarle
de ciertas disposiciones piadosas de la difunta. De todo ello se
ocupó León con solicitud, y dió nuevas órdenes al Padre para que lo
restante fuera realizado con la posible magnificencia. El Marqués
de Fúcar vino, y ambos hablaron larguísimo rato sin agitación,
sin palabras duras, tranquilos y tristes como dos diplomáticos de
naciones vencidas y desgraciadas que comentan el modo de atajar á un
usurpador victorioso. «De tí depende,» dijo repetidas veces D. Pedro
con atribulado semblante, y después añadió: «eres árbitro de todo.»
Después de estas palabras prolongóse bastante el diálogo, siendo cada
vez más triste, más apagado y terminando en acentos que oídos de
fuera parecían de salmodia. La conferencia, como otras de que depende
la suerte de las naciones, terminó en almuerzo. Pero aquella vez el
almuerzo fué mudo y casi de fórmula, cosa que jamás pasa en política.
Por la tarde empezaron á entrar los amigos. Vió León un lúgubre
desfile de levitas negras, y oyó suspirillos que eran como la
representación acústica de una tarjeta. Unos con cordial sentimiento
y otros con indiferencia le manifestaron que sentían mucho lo que
había pasado, sin determinar qué, dando lugar á una interpretación
cómica. Algunos meneaban la cabeza cual si dijeran: «¡qué mundo
éste!» Otros le apretaban la mano como diciendo: «Ha perdido usted á
su esposa. ¡Cuándo tendré yo igual suerte!» Doscientos guantes negros
le estrujaron la mano. Aturdido y pensando poco en la frasecilla de
cada uno, creía oir un susurro de ironía. Si los mil _increíbles_ que
le rodeaban en efigie soltaran la palabra desde aquel laberinto lioso
en que se confunden la corbata y la boca, no formarían un concierto
de burlas más horrible. Muchos habían venido por amistad, otros por
contemplar aquel caso inaudito, aquel escándalo de los escándalos,
por ver de cerca al viudo que después de haber matado á su mujer á
disgustos, hacía alarde de sus relaciones nefandas con una mujer
casada, bajo el mismo techo donde había espirado poco antes la esposa
inocente... Después de saludar al amigo, algunos iban á ver á la
muerta en la capilla... ¡Estaba tan guapa!
El enjambre negro se fué aclarando. Al fin no quedaron más de tres
amigos, luego dos, después uno. Este, que era el de más confianza, le
acompañó un rato. Después León se quedó solo.
«¿Se te puede hablar?» dijo una voz desde la puerta.
León se estremeció al ver á Gustavo.
«Hablando con claridad y prontitud, sí,» contestó.
El insigne joven se acercó lentamente.
«Nosotros nos vamos de esta casa--dijo,--que es para nosotros
la mansión del horror y de la tristeza. Tú, por lo que veo, aún
permanecerás en ella, atado por tus intereses y por tus pasiones. Te
dejamos con gusto. Mamá te suplica por mi conducto que le hagas el
favor de no presentarte á ella para despedirla.
--Ya había yo renunciado á ese honor--repuso León con irónica
frialdad.--Hazme el favor de transmitir esta idea á toda la familia.
--Está bien. Y complaciéndome en ser lo contrario de tí--dijo el
letrado, llevándose la mano al pecho,--opongo mis principios á tu
ironía filosófica, y te declaro que mamá, papá y todos nosotros te
perdonamos.
--Dales las gracias en mi nombre. Estoy encantado de tan cristiana
conducta.
--Te perdonamos, no sólo por el triste fin...
--¿Más todavía?
--No sólo por el triste fin de mi hermana, sino por el ultraje que
has hecho á sus santos despojos.»
León se mantuvo sereno y digno en su muda tristeza.
«¿Vas á protestar? ¿te atreverás á negarlo?--dijo el otro.
--No, no niego nada. Gozo dejándote en la posesión, poco envidiable,
de tus bajos pensamientos.
--Pues dejemos ese horrible asunto. Nosotros convencidos, tú
impenitente, cada cual en su lugar. Antes de separarnos para siempre
quiero advertirte que yo no he apadrinado á Cimarra, ni le he azuzado
contra tí. Llegó á mi casa, consultóme, le aconsejé, le hice el
escrito. Lo demás será obra suya.
--Vive tranquilo. No se turbe tu conciencia por eso, que defendiendo
sus legítimos derechos podrás llevarle por la mano al camino de la
salvación.
--Tus burlas de ateo no turbarán mi conciencia, que si está lejos
de ser pura, no deja de ver con claridad el bien. No sé si el
arrepentimiento de Federico es sincero ó no. En buena doctrina no
puede rechazarse al hombre que confiesa sus culpas y se declara
resuelto á variar de conducta. El decirse arrepentido puede traer el
desearlo, y el desearlo es andar una parte del camino para llegar á
serlo de veras... ventaja que la perversidad de aquel hombre tiene
sobre tu empedernido descreimiento, pues ni confeso ni arrepentido
podrás ser jamás.
--Te suplico--dijo León,--que me evites el efecto soporífero de
tus sermones, que por cierto están empapados en la heterodoxia más
abominable. ¡Valiente apóstol tiene la Iglesia!... Para informarme de
la despedida y del perdón de tu familia, podría haber venido Polito,
que no sermonea.
--Él quería venir, pero mamá se lo ha prohibido... Le infundía
temores su carácter arrebatado. Todos esperamos que entrando ahora en
la vida esencialmente moralizadora del matrimonio, sentará la cabeza
y se curará de los infames vicios que nos abochornan.
--¿Se casa Leopoldo?... ¡Oh! permíteme que felicite á su mujer,
aunque no tengo el gusto de conocerla.
--Las diferencias que había entre mi familia y la familia de
Villa-Bojío han terminado anoche, cuando la madre de la novia de
Polito visitó á mamá, prodigándole los más tiernos consuelos. La de
Villa-Bojío acaba de perder un niño. Ambas madres confundieron en una
su pena, y quedó acordado que Leopoldo y Susana se casarán cuando
pase el luto.
--Felicito á tu mamá; dale mil parabienes.
--La sátira que envuelven tus palabras es digna de quien no respeta
el dolor de una desgraciada familia. Por mi parte nada he hecho en
este asunto. Bien sabes tú que he llorado con lágrimas del corazón
las distintas ignominias que han caído sobre mi familia por culpa
de la inmoralidad de mi padre, de la mala cabeza de mamá, y de los
vicios de Polito. Has sido el confidente de mi tristeza, cuando yo te
creía formal y honrado. Ahora, cuando nos repelemos con invencible
antipatía, sólo debo decirte que si es preciso, no llevaré un pedazo
de pan á mi boca antes de que se haya devuelto hasta el último
céntimo á quien no merece ser nuestro acreedor.
--Si lo dices por mí, sabe que no me acuerdo de tal cosa. Me honro y
me creo suficientemente pagado con la ingratitud.
--¡Frase bonita!--indicó Gustavo con sarcasmo.--Lo que dije, dicho
está... Ya no nos veremos más. Mi última palabra sea para declarar
mi equivocación al anunciarte que morirías de rabia. No: no muere
de rabia el que vive de cinismo... Ya, ya sé que está preparado el
coche y dispuestas las maletas para esa dramática fuga, atropellando
todos los respetos sociales y pisoteando las leyes. Bien, bien: eres
consecuente. Buen viaje, pareja de Satanás...
--Tu penetración y el conocimiento que tienes de mis acciones me
cautivan... Despidámonos, si te parece.
--Sí, yo lo deseo.
--Y yo lo suplico. Adiós.»
Poco después, mirando por entre las persianas, vió salir á la que
había sido su familia. El Marqués, caduco y abatido, casi era llevado
en brazos por un fornido poeta bíblico. La Marquesa, realmente
traspasada de dolor, inspiraba lástima. Polito, con el cuello
forrado en complejas bufandas, daba un brazo á la que había de ser
su mujer, y con el otro agasajaba á una perra. La de San Salomó y
la de Villa-Bojío conducían como en volandas á Milagros hasta el
carruaje. Crujieron látigos, piafaron los caballos, y uno, dos, tres,
cuatro coches rodaron por el parque llevándose aquella distinguida
porción de la humanidad, que necesitaba de una pena reciente para ser
respetable.
XVIII
El cónyuge inocente.
Al anochecer salió León de su cuarto para pasar al que fué de su
mujer. Había allí varios objetos que le correspondía recoger. El
palacio estaba ya desierto; oíase el eco de los pasos; la escasa
luz multiplicaba las sombras. Creyó ver una figura que viniendo del
pórtico entraba en la galería principal, andando despacio y con
cautela como los ladrones, poniendo oído á los rumores, reconociendo
el terreno. La sospecha primero, el odio que le siguió instantáneo
como el tiro á la aplicación de la mecha, detuvieron á León,
impeliéndole á esconderse para observar aquella figura sin ser visto.
Ocultóse detrás de una luenga cortina, y en efecto, le vió pasar.
Era él. Se lo revelaba, más que la vista, un instinto singular que
emanaba del aborrecimiento, como por arte contrario ciertas delicadas
adivinaciones nacen del rescoldo nobilísimo del amor.
Pasó con su andar de gato, parsimonioso y explorador. Entró en una
galería alfombrada, llamada _de la Risa_, por contener riquísima
colección de caricaturas políticas, tomadas de periódicos de
todas las naciones y extendidas por los muros en grandes cuadros
cronológicos, que eran la historia del siglo escrita en carcajadas.
En los ángulos había cuatro biombos del siglo XVIII, adornados con
los dibujos que no habían cabido en las paredes. León se deslizó
detrás del que tenía más cerca y observó al intruso. Este se sentó en
un gran diván que en el centro había.
Para explicar satisfactoriamente la presencia de un tercer personaje
en la _Galería de la Risa_, es necesario referir que al entrar en
Suertebella, el hombre intruso habló con un criado de escalera abajo
en cuya discreción confiaba.
«Hazme el favor--le dijo,--de ir á la capilla y decir al Padre
Paoletti que he venido aquí para hablar con él de lo que él sabe; que
le espero arriba en la _Galería de la Risa_. Enséñale el camino: no
tiene más que subir la escalerilla de la tribuna, atravesar el cuarto
de los cuadros viejos y el corredor chico.»
León sintió el duro pisar de unos pies de plomo aproximándose.
Después vió que la puerta del corredor pequeño se abría dando paso
al clérigo pequeñísimo. Pudo reconocerle muy bien, porque la _Galería
de la Risa_ tenía grandes vidrieras para el pórtico, aquella noche,
como siempre, profusamente iluminado. Adelantóse el intruso hasta
recibir á Paoletti, y sentados ambos, el clérigo dijo:
«Sus respetables tíos me anunciaron anoche que usted quería hablarme;
pero no creí que sería esta noche ni en esta casa, sino más adelante
y en mi celda.
--Pensaba hablar á usted de una cosa, más adelante y en su
celda--repuso el otro.--Ya comprenderá que al venir aquí esta noche
no quiero hablarle de esa cosa, sino de otra. Es decir, que son dos
cosas, querido señor Paoletti, una muy interesante y otra muy urgente.
--Pues vamos á la urgente y dejemos para luego la interesante.
--Vamos á la urgente. Le supongo á usted conocedor de los secretos de
esta casa: no hablo de secretos de confesión.
--No conozco ninguno,--dijo con sequedad el italiano.
--Sin duda no merezco su confianza. ¿Pues qué? ¿No sabe usted que mi
mujer...? He oído que los adúlteros tratan de ponerse en salvo.
--Caballero--dijo Paoletti con severidad,--yo no entiendo una palabra
de lo que usted quiere saber de mí, ni me meto en donde no me
llaman, ni me importa cosa alguna que los criminales se pongan en
salvo ó no. Estoy velando el cuerpo de una dulcísima hija y amiga de
quien he tenido el honor de ser director espiritual.
--Lo sé... Pero usted es muy apreciado en todas partes. D. Pedro le
aprecia también, mi mujer es muy religiosa, y cuando está afligida
gusta que le hablen de la Virgen del Carmen y de los santos. Pudo
suceder que usted hubiera sido llamado á consolarla esta mañana, esta
tarde... qué sé yo... podría suceder que usted supiera lo que yo
ignoro; y dándonos á las conjeturas, podría suceder también que usted
quisiera revelármelo y sacarme de la incertidumbre en que estoy.
--Ni yo sé nada, ni, sabiéndolo, podría rebajarme á hacer el papel de
intrigante y chismoso que usted exige de mí--dijo Paoletti mostrando
no poco enfado.--Usted no me conoce. Sus dignísimos tíos han olvidado
decir á usted qué clase de hombre soy. Mi oficio es consolar á los
afligidos, corregir á los malos. No me mezclo en intereses mundanos.
El que me busca no me encontrará en parte alguna si no es en el
confesonario. Con Dios, caballero.»
Levantóse para marcharse. El intruso le detuvo pillándole el hábito.
«¡Oh! aún me queda mucho que exponer--dijo.--No me juzgue usted tan á
la ligera. Y si yo confesara, y si yo...»
El clérigo se volvió á sentar.
«No, no se trata aquí de confesonario. Si á él fuera, sería yo un
hipócrita. Mal cuadraría la farsa en mis labios, que gustan de
decir la verdad, aunque esta verdad salga de ellos metiendo ruido y
amenazando como del cañón la bala. Déjeme usted que le diga algo de
mí propio, para que mejor comprenda mi pretensión urgente.»
Dijo que reconocía su escaso mérito, que el mundo moral era para él
como un palacio cuyas puertas estaban cerradas... Y por su parte,
no se encontraba con ganas de mortificarse para poner sitio al
susodicho palacio ni para escalar sus muros. Tenía la suerte ó la
desventura (que esto le era difícil decirlo) de no creer en Dios ni
en cosa alguna más allá de esta execrable cazuela de barro en que
estamos metidos, y con tan cómoda manera de pensar disfrutaba de una
tranquilidad sombría que, teniendo su espíritu en perpetuo letargo,
le permitía recibir con indiferencia sabrosa los juicios buenos ó
malos del mundo... Alarmado y lleno de miedo el clérigo al oir tan
horrible profesión de fe, quiso de nuevo marcharse diciendo que él
era confesor de gentes, pero no domesticador de fieras, con lo que el
otro se sonrió, y deteniendo al Padre le habló así:
«Aún me falta decir algo que tal vez agradará á usted... Me siento
fatigado. He sido rico y pobre, poderoso y humilde; he visto cuanto
hay que ver y gozado cuanto hay que gozar. En negocio de mujeres sólo
diré que en general las desprecio. No creo en la virtud de ninguna.
Si me pregunta usted mi opinión sobre los hombres, le diré como el
poeta escéptico: _plus je connais les hommes, plus j’aime les chiens_.
--Aconsejo--indicó Paoletti con ironía,--que se vaya usted á vivir
en una sociedad de perros, ó que funde una colonia canina, donde se
encontrará más á sus anchas. Estoy esperando á ver si brota alguna
chispa de luz de la torpísima negrura de su alma, y nada veo.
--Voy á tocar el punto delicado. Ya sabe usted lo de mi mujer. Cuando
yo pasaba por muerto, mi mujer amó á otro hombre. Yo creo que le
amaba desde hace mucho tiempo, porque eso no se improvisa. Pepa me
aborreció desde que me casé con ella. Verdad que yo hice todo lo
posible para que me aborreciera. La traté mal, quise envilecerla, la
comprometí mil veces con mis atrocidades pecuniarias; con sus ahorros
sostuve el lujo de otras mujeres; mi lenguaje con ella no fué nunca
delicado, como no lo fueron mis acciones. La consideraba como un buen
arrimo y nada más.
--Basta--exclamó con horror el Padre apartándole de sí, como se
aparta un objeto inmundo.--Si eso es confesión de culpas, lo oiré;
pero si es asqueroso alarde de cinismo, no puedo, no tengo estómago...
--Me ha interrumpido usted en lo mejor... iba á decir que ahora mi
mujer me inspira cierto respeto, que me reconozco muy culpable y muy
inferior á ella, que merezco su desprecio, y que es cosa muy natural
y hasta legítima, en teoría... advierto á usted que yo también tengo
teorías... pues digo que me parece natural que Pepa ame á otro
hombre, tan natural como lo es que las aves hagan sus nidos en las
ramas del árbol en vez de hacerlos entre las mandíbulas del zorro.
--Nunca es natural y legítimo que una mujer casada ame á un hombre
que no es su marido--dijo Paoletti con solemnidad.--Lo natural y
legítimo es que su señora de usted, en vez de admitir el amor de
un hombre casado, contribuyendo así al martirio y á la muerte de un
ángel, hubiera dedicado á Dios por entero el corazón que usted no
merecía.
--El misticismo es un agua figurada que no satisface á los sedientos.
Ella no ha querido aficionarse á un fantasma, sino á un hombre.
Tengo motivos para presumir que le amó desde la niñez. En una de
nuestras acaloradas disputas, que eran un día sí y otro no, me dijo:
«Tú no eres mi marido ni lo has sido nunca; mi marido está aquí,» y
se señaló la frente. Otra vez me dijo: «El casarme contigo fué una
manera especial que tuve de despreciarme.» En fin, querido Padre, hoy
por hoy yo siento un poquillo de respeto hacia esa desgraciada que
fué mi víctima. Como mujer no me interesa. Nada dice á mi corazón, ni
á mi imaginación, ni á mis sentidos. El amor casi casi le toleraría
romper el lazo para contraerle con otro; pero el amor propio no puede
permitirlo. Además, sépalo usted, yo aborrezco á ese hombre; creo que
le aborrezco desde que estuvimos juntos en el colegio; pienso que mi
antipatía y el amor de ella han ido paralelamente hasta este momento
terrible en que se encuentran, se tropiezan, se traban en batalla
y... yo he de vencer, yo he de vencer.
--Usted trata de hacer valer sus derechos. Esto no me incumbe. Yo no
soy abogado del derecho, sino del espíritu.
--Voy al caso. Aquí se juntan la moral y el derecho, y ambos están de
mi parte--afirmó el otro con energía.--Yo soy el fuerte, ellos los
débiles; yo soy el ofendido, ellos los criminales; á mí me amparan
la religión y la moral, Dios y su ley, la Iglesia y la opinión
pública; á ellos nada ni nadie les ampara. El terreno en que me
coloco es terreno firme, es el más propio para quien, como yo, quiere
reconciliarse ahora con los grandes organismos que gobiernan el
mundo, y ser una rueda útil de la máquina social. Seguro en mi puesto
y ayudado por la justicia humana y por la que llaman divina, he
pensado perseguirles en el terreno legal, apurar todos los medios, no
dejarles vivir, no darles tregua ni descanso, cubrirles de deshonor,
rodearles de escándalo... acusarles con el Código en una mano y las
prácticas de la Iglesia en otra. Esas son mis armas; pero ha de saber
usted que mis respetables tíos y mi respetable suegro han estado todo
el día concertando un arreglo. ¡Ah! mi esclarecido suegro es hombre
eminentemente práctico y aborrece la exageración. Me ama como se
podría amar á un dolor de muelas. Por desgracia suya, ese hombre que
todo lo puede en nuestra sociedad, y que trata á los españoles como á
negros comprados ó á blancos vendibles, no puede nada contra mí. Las
armas legales con que me ataque se volverán contra él...
--¿Y decía usted que el venerabilísimo señor D. Justo Cimarra y el
Sr. D. Pedro han concertado una componenda?--preguntó Paoletti, que á
pesar de su entereza dejábase vencer un poquillo por la curiosidad,
sentimiento desarrollado tras de la reja de las culpas.
--Separación amistosa, convencional. Pero no hay nada positivo
aún, reverendísimo señor. Todo depende del filósofo, del geólogo,
del buscador de trogloditas. Gustavo me ha dicho que tienen todo
dispuesto para la fuga, y lo creo... ¡Oh! confieso que puesto yo en
el caso de él haría lo mismo.
--Pues por mi parte aseguro que nada de eso me importa--dijo Paoletti
sobreponiéndose á la curiosidad.--Me habla usted de litigios y nada
de la conciencia.
--Ahora voy á hablar de esa señora. Usted sabrá que yo tengo una hija.
--Ya...»
Sintió de nuevo el clérigo en sí el aguijoncillo de la curiosidad.
«Monina es mi hija. Pues bien, señor cura: el único sér que hay en
el mundo capaz de despertar en mí un sentimiento; el único sér que
me hace pensar á veces de una manera distinta de como pienso casi
siempre; el único sér por quien algo sonríe dentro de la región
obscura, misteriosa, que llamo alma por no poder darle otro nombre,
es mi hija. No sé lo que pasa en mí. Cuando estuve á punto de perecer
á bordo de aquel horrible vapor cargado de petróleo, todo el mundo
huyó de mi pensamiento, no quedando más que el peligro, y en el
peligro una linda cabecita rubia me bailaba delante de los ojos.
Paréceme que me agarré á ella para salvarme en aquella espantosa
lancha rota que á cada instante se sumergía... Se reirá usted de mis
sandeces... En otros tiempos yo jugaba con ella, la hacía reir para
reirme yo viendo su risa...
--Al fin, al fin--dijo el italiano con gozo,--veo la chispa
pequeñísima.
--No, no me crea usted bueno por esto... Es que esa nena ó juguete
rubio con ojos de ángel tiene sobre mí un atractivo singular. Se me
figura que la quiero, que la querré más si la veo mucho tiempo cerca
de mí. Me han dicho que estuvo á punto de morirse del _crup_. ¡Qué
espanto!... ¿Qué dice usted?
--Que no hay tierra, por desolada é inculta que sea, donde no nazca
una flor.
--No se trata aquí de flores. Lo que sí diré á usted es que al
pasar por Nueva York ví en un escaparate un cochecillo de muñecas
chiquitas, tirado por dos corderos, y lo compré para regalárselo.»
Paoletti sonrió, diciendo:
«Veo su amor propio de usted, veo la indiferencia hacia su esposa,
veo el odio que tiene usted á su rival, veo el litigio y la
proyectada transacción, veo el horrible ateísmo de usted, veo sus
pasiones, su cínica inmoralidad, veo el amor á la niña, veo el
cochecillo tirado por dos borregos que lleva usted en el bolsillo;
pero no veo lo que yo tengo que hacer aquí.
--Hemos llegado al punto concreto, á la cosa urgente. Yo tengo
grandísimo anhelo por saber lo que traman... ¿Está él aquí esta
noche?... Me han dicho que hoy recibió aquí á sus amigos. Yo estoy
persuadido de que usted lo sabe, porque mi mujer le habrá confiado
algo.
--¿A mí?... Creo que soy muy antipático á la señora.
--O lo sabrá por la Condesa de Vera, que es la confidente de mi
mujer, y si no me engaño, es hija espiritual de usted.
--Nada sé ni nada me han dicho--replicó el Padre.--Y aunque lo
supiera...
--No tema usted que yo, en caso de fuga, me vuelva personaje trágico
y tengamos en Suertebella una escena ruidosa. Yo no grito, yo no
mato. Soy más filósofo que él y que todos los filósofos juntos.
--Repito que no sé nada, ni me importa saberlo.
--Es imposible que un sacerdote entre dos días seguidos en una casa
sin saber todo lo que ocurre en ella.
--Yo no soy amigo de esta casa; soy enemigo.
--Y ya que no satisfaga usted mi curiosidad--dijo el intruso con
desconsuelo,--¿no me podría usted facilitar...?
--¿Qué?
--El ver á mi hija.
--No me pida usted favores que son impropios de mi carácter. Por nada
del mundo pasaría más allá de esta sala. Diríjase á los criados.
--Ninguno quiere servirme por miedo á Fúcar. Mi distinguido suegro
les ha mandado que no me permitan entrar. Desde la verja hasta aquí,
á un solo criado he podido sobornar. Hasta los perros me odian aquí.
--Entre usted como entran los ladrones.
--Temo que me vean.
--Entre usted como padre.
--No puedo, al menos por ahora.
--Menos puedo yo.
--Si la Condesa de Vera está aquí y usted le habla dos palabras, y le
pinta con elocuencia mi deseo, tal vez... A usted no le negarán esto.
Yo juro que no llevo ninguna intención mala; sólo quiero dar á mi
hija tres besos bien dados...
--_Vade retro._ Desconfío de sus intenciones, que pueden ser como las
pinta usted, y pueden ser perversísimas.
--Pues no insisto. Tengo la virtud de no ser pobre porfiado. Se
acabó la parte urgente de nuestra entrevista. Usted dispensará mi
atrevimiento.
--Dispensado.
--La cosa interesante que pensaba tratar con usted, y que podía
diferirse, se enlaza con lo que acabo de decir. Supongamos que
mi mujer cede ante la ley, domina su pasión y manda á paseo al
geólogo... Pasado algún tiempo, fácil le será á usted, dado su
predicamento entre las damas, llegar á ser director espiritual de
Pepa.
--Yo no voy á donde no me llaman.
--Pepa tiene muchas amigas entre las que forman, permítaseme la
frase, la familia espiritual del Padre Paoletti. La Condesa de Vera
principalmente...
--Me honra con su amistad; yo la dirijo.
--Pues bien. Si usted quiere dirigirá también á Pepa. Su misma
soledad la llevará al misticismo. En el pensamiento de las pobres
mujeres débiles, allí donde acaban las ilusiones empiezan los altares.
--En lo que oigo puede haber una intención santa y buena. Si se trata
de que yo intervenga para arreglar un matrimonio desavenido, y traer
hacia Dios á dos almas que pertenecen al Demonio, la idea me parece
excelente. Mas para que esto pueda ser, principie usted por abjurar
sus pestilentísimos errores y ser católico sincero...