por la preciosa facultad de asimilación, que es uno de los más
hermosos dones de nuestra alma, penetrarse bien de todas las suertes
del verdadero amor, desde el más noble al más impuro. El que todo
lo sabe, todo lo siente... ¡Oh! usted que así nos vitupera, habría
podido tener amigos en los que cree enemigos, y leales pacificadores
de su matrimonio en los que cree perturbadores de él.
--Rechazo, detesto esa colaboración.
--¿Con qué derecho acusa el que por sí ha roto todos los lazos? Sólo
la circunstancia de considerarse fuera de la Iglesia, quita á ciertos
hombres el derecho á quejarse de los inconvenientes de un lazo que es
por sí religioso. «Yo no quiero religión, dicen, yo la abomino, yo la
echo de mí; no permito á la Fe que se defienda de mis ataques, ni que
reclame lo suyo.»
--Lo que no quiero que reclame es lo mío, lo humano.
--Lo humano es una cómoda puertecilla para que mi hombre se escape á
la infidelidad, al adulterio, dejando á la pobre mártir sola y sin
amparo.
--Lo divino pone á la pobre mártir bajo el amparo de los bebedores
de agua espiritual.
--¡Qué sería de ella si así no fuese!... ¡Pobre alma destinada á
pudrirse al contacto de un alma corrompida!
--No de corromperla, sino de salvarla traté yo con la persuasión,
con el cariño casi siempre, á veces con la autoridad, hasta con la
tiranía...
--¡Lo confiesa!... ¡confiesa su despotismo!
--Este no llegó á donde podría haber llegado en manos comunes.
Algunos apalean, yo solamente prohibí... Mis prohibiciones eran á
cada instante violadas... Imposible persistir en ellas sin llegar á
un extremo horrible.
--Y la paloma se escapaba de las garras del cernícalo,--dijo
prontamente y con cierta ironía meliflua Paoletti.
--Sí: para caer en las del vampiro que me chupaba la savia de mi
vida... Yo enseñaba á mi tesoro á creer en mí, y fuera le enseñaban
á aborrecerme... Nunca combatí sus creencias ni me opuse á que
tuviera un confesor discreto; pero sus amistades espirituales me
repugnaban. Mi enemigo no era un hombre, sino un ejército que,
llamándose celestial, se hacía formidable, teniendo por colaboradores
á los santos y á los tísicos que se creían santos. Yo traté de
luchar en las tinieblas; pero en las tinieblas me despedazaban. Un
acto hipócrita como el que á muchos débiles ha salvado, me habría
salvado tal vez á mí. Ella, la pobre ilusa vendida al misticismo
por la promesa de goces celestiales, me traía condiciones de paz.
¡Cosa fácil, según ella! «Humilla tu incredulidad loca; ven á
nuestro campo,» me decía. ¡Eso quisieran! No compraré la paz de mi
casa con la impostura, ni encadenaré con fe mentirosa un corazón
que se me escapa. No añadiré con mi persona una figura al escuadrón
de hipócritas que forma la parte más visible de la sociedad
contemporánea... Pasa el tiempo, sigue la lucha. Mi entereza exaspera
á los maestros espirituales de mi mujer, ministros de la intrusión y
del abuso religioso. Pero ¿qué me importa? Prefiero ser infame á sus
ojos á serlo á los míos.
--El que teme miradas que no son las de Dios, no debe hablar de estas
cosas.
--Si no se le permite hablar, ¿qué se le permite? Es un desgraciado
á quien se le viene encima una montaña. ¿Ni siquiera se le consiente
gemir cuando es aplastado?
--Alce las manos si puede y contenga el peñasco.
--No puede, no puede; pesa como los siglos y está formado de los
huesos de cien generaciones.
--¡Pobre insecto!... Aseguro á usted que nada me inspira tanta
lástima como un filósofo... Por mi parte quisiera que me expresase
usted con toda franqueza los sentimientos que le inspiro...
--¿Con toda franqueza?
--Con toda franqueza, sin omitir palabra dura.
--Cuando viene el turbión y me azota y me derriba, ¿qué he de pensar
de aquella fuerza enorme? ¿Puedo detenerla, puedo castigarla, puedo
ni siquiera injuriarla? ¿Qué decir contra ella, ni cómo defenderme,
si con ser tan formidable, no es más que aire?
--Querido señor--dijo Paoletti cruzándose las manos compungidamente
sobre el pecho,--este humilde clérigo ultrajado le compadece á usted
y le perdona.»
En seguida oyéronse los pasos largos y duros del clérigo, que
golpeando el suelo con sus pies de plomo, dirigíase á la estancia de
la enferma.
VIII
Sorbete, jamón, cigarros, pajarete.
La noticia de la mejoría, volando de aposento en aposento y llegando
hasta el picadero, donde estaba Polito; hasta la estufa, donde los
Marqueses de Tellería y de Onésimo examinaban las piñas exóticas,
haciendo discretísimas apreciaciones sobre los progresos de la
aclimatación (de lo cual debía resultar con el tiempo, según D.
Joaquín, un gran aumento en la materia imponible); llegando también
hasta la pajarera, donde estaba Milagros encantada con el piar de las
aves pequeñas, que era un recreo muy de su gusto, esparció el júbilo
por todas partes. Además de los Tellerías, mucha y diversa gente
acudió á enterarse, y algunos aceptaban los aparatosos obsequios
de Fúcar. Los más cumplían dejando tarjeta; las amigas íntimas
quedábanse un rato para consolar á Milagros, que después de dar una
vuelta por el jardín, había entrado bastante tarde y daba descanso
á su fatigada persona en un sofá de la sala japonesa. Entre ídolos y
jarros de color de chocolate, exhalaba sus quejas y suspiros.
«Ahora no se opondrá ese troglodita á que yo vea á mi hija... Pst.»
Un lacayo que pasaba con servicio de copas y licores, se detuvo al
llamamiento.
«Tráigame usted un helado.
--¿De qué lo quiere la señora?
--De piña, si hay; si no, de plátano... Pilar ¿no tomas nada?
--¡Si acabo de tomar dulce de coco, _plum pund-ding_, Jerez y no sé
qué más! Ese bendito Marqués de los adoquines quiere vengarse de mis
burlas matándome de empacho. Se empeña en que me quede á comer aquí,
en que pasee en sus caballos y en sus coches, en que me lleve todas
las rosas... Si ya sabemos, señor tratante en blancos, que tiene
usted buen cocinero, buenos caballos, un gran jardinero, y muchos
muñecos del baratillo. El cocinero vale poco. Es un marmitoncillo que
estaba en París en los _Trois frères provenceaux_... Francamente, me
carga lo que no es decible este palacio de similor, tan semejante á
una prendería... Parece una gran librea recargada de galones... Pero,
querida Milagros, ¿sabe usted que estamos aquí haciendo un papel
lucido? ¿Entramos en la alcoba de María? ¿Habrá reconciliación por
ahora?»
Los ojos de la Marquesa se iluminaron como la luz de los faros
giratorios cuando les llega el momento de crecer. Después se apagaron
los ojos mientras los labios decían:
«¡Reconciliación! ¡Oh! ¡Desgraciadamente no la habrá!
--¿Y Pepa, dónde está?
--En Madrid.
--Sería una desfachatez que se presentase en Suertebella. Todavía no
me explico por qué está aquí María.
--Mi pobre hija fué acometida de un violento ataque. Hallábase en
un caserón sin muebles, sin camas, sin recursos. El Marqués de
Fúcar la hizo trasladar aquí. ¡Cuánto le agradecemos su bondad!...
Pero mi bendito yerno... No puedo contenerme: voy á decirle cuatro
verdades... ¡Ah! el sorbete.»
Habíase levantado la dama con ciertos ademanes de femenil fiereza;
pero se sosegó volviendo á su primer asiento entre ídolos y jarrones
para embaular el sorbetillo en las profundidades inconsolables de
su sér afligido. Polito había vuelto al billar, donde jugaba á
carambolas con su amigo Perico Nules.
«¡Eh!... _Philidor_...--gritó de improviso, mascullando el tarugo de
aspirar brea.--Haga usted el favor de mandar que me traigan un poco
de jamón en dulce y una copa...
--¿De Jerez?»
Vaciló, rascándose la barba rala.
«No... que me irrita... De _Chateau-Iquem_. Si yo pudiera dejar la
maldita brea; pero no, no puedo dejarla, porque me ahogo... ¡Eh! un
momento, _mon cher Philidor_... A éste tráigale usted también jamón
en dulce ó lengua escarlata y pajarete.»
Cuando se quedaron solos, Polito se llevó los dedos á la boca, y dijo
á su amigo: «_¿Smoking?_...
--¿Fumar? Pues fumemos,--dijo el otro sacando su petaca.
--Hombre, no... Mira, allí está la caja... Toda la Vuelta Abajo la
tenemos en casa.»
Bastoneando con los tacos, fueron derechos á una caja de tabacos
que con su incitante olor revelaba el aristocrático abolengo de los
vegueros que entre sus tablas de cedro tenía.
«¡Buenos cigarros, buenos!
--Mira, chico, aquí viene bien aquello de «lo que es de España...»
Hagamos provisiones.
--Hombre, es demasiado,--dijo Perico Nules, algo escandalizado de
aquella incautación.
--No seamos _panolis_... Digamos como Raoul: _chascun per se_...»
Cantando á Meyerbeer, cada nota disminuía de un modo deplorable la
riqueza tabaquina del Marqués de Fúcar.
«Verdaderamente, ¿qué es esto que vemos, que tocamos, que
fumamos?--dijo Nules, encendiendo una cerilla.--¿Qué recinto es éste,
espléndido y rico? Este salón lujoso ¿qué es? Los ricos alicatados
árabes de esta sala, el caballo en que has paseado esta tarde, las
piñas de la estufa; los cuadros, las flores, los tapices, los vasos,
¿qué son? Pues son el jugo, la savia, la esencia de nuestro país, de
nuestra amada patria... ¿tú te enteras? y como las cosas sacadas de
su centro natural por malos caminos tienen que volver á su natural
centro, temprano ó tarde, bien así como los seres orgánicos se
asimilan por el alimento aquello mismo que pierden por el uso de la
vida, resulta que...»
Trajeron el jamón, y la presencia del lacayo obligóles á guardar
silencio.
«Y como nosotros somos el país ó parte del país...--dijo Leopoldo.
--El país recobra lo que le pertenece,» añadió Nules arremetiendo al
plato.
Aquel humorístico joven era el mismo que había hecho, según crónicas
fidedignas, la interpretación profana y maliciosa de las pinturas y
letreros de la capilla.
«La riqueza, querido Polo--dijo escanciando el pajarete,--es un
círculo, ¿te enteras bien? es un círculo... sale y vuelve al punto
de partida... El Estado saca á mi padre por contribución la mitad de
sus rentas de Jerez; Fúcar le saca al Tesoro, en el feliz instante de
un empréstito, la contribución de seis meses, y yo me bebo el vino
de Fúcar y le fumo sus cigarros, con lo cual satisfago una necesidad
que mi padre no pudo satisfacerme por causa de aquella maldita
contribución. ¿Tú te enteras de este círculo infinito?... Todavía
quedan algunos cigarros en la caja. Esos se los fumarán los criados.
--No lo consiento, _¡pietoso ciel!_--dijo Leopoldo.--No faltaba
más... _in tal periglio stremo_...
--¡Oh! ¡feliz encuentro!--exclamó Nules mirando al parque por la
ventana.--Ahí están las de Villa-Bojío, madre y cándidas hijas.»
Leopoldo se asomó para ver á las damas que del landó bajaban junto á
la escalinata, y su corazón se movió en pecho con trabajoso palpitar,
así como la pepita de una avellana medio seca que tiembla en las
ramas agitadas por el temporal.
«Convidémoslas á dar un paseo en coche,--dijo Nules.
--Sí, que enganchen. _¡Attelez!_... _Philidor_...--gritó
Leopoldo.--Pero vamos á recibirlas.
--Las llevaremos á dar un paseo á Leganés.
--No hay nada que ver.
--Hombre, los locos.»
IX
También yo despeino.
Los progresos en la mejoría de la pobre santa y mártir siguieron
por la tarde; pero al anochecer cesaron. Sintió María dolor de
cabeza, vértigos, y se amparó de ella la tristeza. Paoletti la había
acompañado gran parte del día, hablando muy poco y de cosas sin
substancia. León pasaba largos ratos á su lado.
«Oye--le dijo María.--No sé si es cosa de mi imaginación, algo
extraviada por la fiebre, ó engaño de mis sentidos; pero ello es que
siento...
--¿Qué?
--Como si por ahí, no sé por dónde, anduviera mucha gente... Creo
oir como tropel de criados y ruido de platos, y hasta me parece que
siento olores de comida que me repugnan.»
León quiso arrancarle aquellas ideas, mas no lo consiguió. Sólo se
quedó tranquila cuando Paoletti, que era para ella la verdad misma,
le dijo: «Mi buena amiga, esos ruidos y esos olores, quizá sean pura
aprensión.»
Esta vez no cantó el gallo.
«Deseo rezar--dijo María.--Pero no te vayas, León, no te vayas.
Supongo que viéndome enferma no te reirás interiormente de mí porque
rece. Quiero que me oigas y que te estés callado oyéndome, porque
esa es tu obligación. El que no cree, oye y calla... Pero no: no te
separes, no...
--¡Si estoy aquí!
--Siéntate, y no mires al suelo, sino á mí. Mi Padre y yo rezaremos,
y tú... ahí, ahí quieto. Cada palabra nuestra será un latigazo...
pero tú quieto ahí, sin moverte, mirándome... aquí... de modo que yo
te vea bien...»
Y sujetándole la mano, echábale miradas amorosas.
«No debes rezar--le dijo León.--Nuestro amigo el Sr. Paoletti
rezará... pon atención y no te fatigues.
--Bueno--dijo María, tomando de debajo de la almohada una medalla que
le había traído Rafaela.--Ahora, hazme el favor de besar esa medalla.»
León la besó, no una, sino muchas veces. María la besó luego,
diciendo: «¡Madre mía, salva á mi ateo, y si él no quiere salvarse,
sálvame á mi, y mientras viva consérvamele fiel!»
Sin quererlo, se pintó á si misma en esta breve plegaria. La síntesis
de su pensamiento era: «que yo me salve, aunque para salvarme tenga
que hacer pedazos la ley fundamental del matrimonio, y que mientras
yo abandono lo humano para aspirar con ferviente anhelo á lo divino,
mi marido, este hombre que la Iglesia me dió para mi regalo, me
quiera mucho, muchísimo, guardándose muy bien de mirar á otra.»
En una palabra: para ella, como poseedora de la verdad, grandes
libertades; para él, como esclavo del error, todos los deberes.
La habitación se obscurecía lentamente, llenándose de tristeza
fúnebre, en la cual no tenía poca parte el rezo cadencioso del
diminuto clérigo. ¡Cosa por demás extraña! Aquella voz tan armoniosa
y dulce en la conversación corriente, tornábase un tanto áspera en
la plañidera rutina de los Paternoster y Avemarías. Rafaela trajo
luz á punto que se acababa el rezo, y con esto, y con la transición
del sonsonete al tono agradable del diálogo, se creería pasar de una
región sepulcral á una esfera de vida. Paoletti, después de charlar
jovialmente con su ilustre hija espiritual, se despidió hasta el
siguiente día. Cuando León, atento á las conveniencias, le acompañaba
hasta la sala del Himeneo, el clérigo le dijo con acritud: «Quiera
Dios, asegurándole la salud, que me sea permitido pronto mostrarle la
pura verdad. Esta comedia comienza á dejar de ser caritativa.»
León vió al sacerdote bajar con precaución la escalinata y meterse
en el coche; y cuando éste rodaba por la fina arena del parque, se
internó de nuevo en el palacio, diciendo para si: «¡La verdad! ¡la
verdad! ¡Que la sepa y que viva! ese es mi deseo.»
En el salón de tapices, llamado así porque contenía en sus paredes
hermosa colección de aquellas obras de arte, cuyas gastadas tintas y
pálidas figuras parecían representar una procesión de tísicos, había
placentera tertulia. León no quiso asomar por allí y volvió al lado
de su mujer. Nada ocurrió en la primera noche digno de ser referido,
sino que el médico, no seguro aún del buen resultado, recomendó con
más energía el reposo, y puso veto á los rezos y ejercicios místicos.
Serían las diez cuando María, después de dormir un poco con fácil
sueño, se mostró inquieta, inclinada á hablar más de la cuenta.
León, obedeciendo á su mandato, había colocado un sofá junto á la
cama, y en él trataba de descansar también. Pero María le hacía mil
preguntas, hablándole de sí misma, de él y de los demás. Entonces oyó
León repeticiones de las impertinentes homilías caseras que tanto le
mortificaban en épocas anteriores: se oyó llamar ateo, empedernido
materialista, enemigo de Dios, hombre lleno de orgullo y de pecado,
si bien estas duras acusaciones eran suavizadas en el orden material
por la hermosa mano de María acariciando la barba del heterodoxo,
dándole golpecitos á ratos, ó cogiendo entre sus finos dedos la piel
del cuello con tanta fuerza á veces, que se oía la voz del marido:
«¡Oh! Que me haces daño.
--Más mereces tú... Pero mucho te será perdonado si cumples tus
deberes conmigo.»
A esto sucedía larga pausa en que los dos parecían dormitar, y de
pronto María despertaba sobresaltada y decía:
--Vamos á ver, marido, ¿cuál de nosotros dos vale más?
--Evidentemente tú, eso no puede dudarse.
--Ayúdame á hacer memoria... ¿Es cierto que yo te dije que no te
quería y que tú me dijiste también lo mismo?»
León se quedó perplejo, sin saber qué contestar.
«No recuerdo nada,--respondió al fin.
--¿Que no recuerdas?... ¿Lo habré soñado yo?
--Es que no recuerdo. Me he consagrado á cultivar el olvido.
--Pero te alejas de mí.
--Si no me muevo.
--Acércate más... aquí. ¡Qué pálido te has puesto!... ¡qué ojeras
tienes, querido!... Acércate más. Que tu cabecita esté cerca de mí.»
Después de esta insinuación cariñosa, se volvió á dormir, asiendo
fuertemente por los cabellos cortos y rizados la hermosa cabeza de
su esposo, como pintan al verdugo cogiendo la cabeza del ajusticiado
para mostrarla al público. La luz de velar enfermos, tenue,
misteriosa, encerrada dentro de un cilindro de porcelana, á la cual
daba transparencias de ópalo y madreperla, trazando además en el
techo un gran círculo de claridad movediza, alumbraba lo bastante
para ver los bultos y la indecisa silueta de los rostros. Todo lo
obscurecía aquella luz semejante á la que debe existir en el Limbo,
convidando al sosiego y á un medio sueño parecido al estupor.
León no velaba ni dormía: el cansancio le impedía lo primero, y
la atormentadora idea no le dejaba llegar al reposo cuando caía
lentamente en él. Ya muy avanzada la noche creyó sentir ligero rumor
en el cuarto; miró con asombro; no era posible que nadie entrara
allí á tal hora. Quedóse helado de espanto cuando vió una sombra ó
fantasma que avanzaba con paso lento. Parecía un capricho óptico de
la misteriosa luz encerrada en el vaso cilíndrico. Felizmente, León
no podía creer en aparecidos. Quiso moverse para expulsar al intruso,
á quien al punto reconoció como persona humana, pero no pudo. Estaba
muy bien agarrado por los cabellos, y el más ligero movimiento habría
despertado á su mujer, que dormía con sueño tranquilo. Extendió el
brazo para decirle algo con el brazo, ya que no podía decirlo de otra
manera; pero el fantasma no hacía caso; se acercaba más, se inclinaba
hacia el lecho con cierta curiosidad parecida al pavor. León sintió
el extraño envolvimiento, por decirlo así, de una mirada dolorosa.
Su corazón latía y forcejeaba en el pecho, como un loco furioso
dentro de su camisa de fuerza. Estaba indignado... ¡No poder hablar,
no poder moverse para conjurar aquel peligro! Luego observó que el
fantasma, y seguiremos dándole este nombre pueril, movía la cabeza,
como quien reconviene ó interroga. Después se alejó sin cautela,
precipitadamente, haciendo más ruido que al entrar, y dejando tras
de sí un quejido como ráfaga de viento que pasa. María se despertó
sobresaltada.
«¡León, León! Yo he visto...
--¿Qué?... No delires.
--Yo he visto... sí, he oído... como el ruido de una falda de seda...
corriendo.
--Sosiégate... Aquí no ha entrado nadie.
--Yo ví--repitió la enferma llevándose las manos á los ojos.--Me
pareció que una mujer salía por aquella puerta.
--Duérmete otra vez y no veas ni oigas lo que no existe.
--¿Está el Padre Paoletti?
--¿Cómo ha de estar, hija? Son las doce de la noche. Vendrá mañana.
--¡Oh! Yo quiero que él me explique esto. Él solo me lo puede
explicar.»
Después, la dama se durmió, recogidas y puestas blandamente sobre
el pecho las manos, con lo cual dicho está que dejó libres los
cabellos de su esposo. Este, imposibilitado ya de conciliar el sueño
por las batallas de su ánimo, y porque creía sentir aún bullicio de
persona viva en la habitación inmediata, levantóse del sofá con toda
precaución y silencio, y andando de puntillas salió de la alcoba,
Al llegar al aposento próximo, un ruido singular y que con ningún
otro puede confundirse, le indicó la precipitada fuga de una falda
de seda. Siguió tras ella, pasando de sala en sala; pero la falda
huía, como alimaña que se siente cazada y busca en la obscuridad su
vivienda. Por último, en la sala llamada _Incroyable_ ó _Increíble_
(de que se hablará luego), la fugitiva, cansada de correr, dió con
su cuerpo en un sillón. Allí no había lámpara ni bujías; pero por un
ancho tragaluz entraba la claridad del farol encendido toda la noche
en el ángulo de uno de los grandes corredores del palacio. Alumbrada
tan poco y un sí es no es románticamente, la sala _Increíble_, si no
tenía claridad bastante para que en ella se pudiera leer, ó mirar
las estampas, ó hacer un detenido estudio de las porcelanas allí
colocadas, teníala para que se conocieran las personas y aun se
recrearan los rostros, si la ocasión lo exigía, en su contemplación
muda.
Pepa Fúcar, pues no era otra la que allí fué como alma en pena,
se inclinó sobre sí en el sillón, juntando la frente á las manos
cruzadas y casi tocando con éstas á las rodillas. Entre gemidos
pronunció estas palabras:
«Ya sé lo que vas á decirme, ya sé... no digas nada.
--Por Dios... tu imprudencia...--murmuró León de pie ante ella.
--No, no volveré más; no lo haré más... Ya sé que no tengo derecho á
nada... que mi destino es dolor y abandono... siempre abandonada...
Ya sé que no puedo quejarme, que no puedo pedir explicaciones, ni
pedir nada, y que hasta el pensamiento amante me está prohibido.»
León se sentó junto á ella. La dama no cesaba en aquel angustioso
movimiento de su cabeza y sus manos cruzadas, inclinándose
acompasadamente en dirección de las rodillas. Irguiéndose luego como
quien se envalentona consigo mismo y domina su corazón pisoteándolo
(también hirió el suelo alternativamente con ambos pies), secó sus
lágrimas con las manos temblorosas, por no tener serenidad bastante
para hacerlo con el pañuelo (y aun se puede asegurar que había
perdido el pañuelo), dijo así:
«Estoy de más aquí... Tengo todos los sentimientos, pero me faltan
todos los derechos... Soy una mujer sin honor. La esposa podría
abofetearme y sería aplaudida... Adiós.»
León le señalaba la salida sin decirle nada. Ella le miró con
honda ternura. Rápidamente extendió hacia la cabeza del caballero
su mano, á la cual la pasión daba energía formidable, hizo presa en
los cabellos, tiró, trajo hacia sí la cabeza, obligando al cuerpo á
una violenta inclinación, la puso sobre sus rodillas, enredó por un
instante en el cabello sus diez dedos... machacó encima...
«También yo...--dijo, hablando como se habla cuando no se puede
hablar.--También yo... despeino.»
León se incorporó, vacilando entre la severidad y el perdón.
«Márchate,--le dijo.
--Sí, adiós...--replicó ella alejándose.--No quiero deshonrarte
más... Iré despacio. Mi pecho está oprimido. El llorar y el correr me
ahogan... No me acompañes...»
Abrió sigilosamente con llave falsa la puerta del museo pompeyano,
la cual estaba en el ángulo de la sala _Increíble_, y desapareció en
un recinto obscuro. León salió poco después por donde había entrado,
regresando, como buen soldado, á su puesto de combate.
X
Latet anguis.
En la tarde precursora de aquella noche, la de San Salomó (á quien
no hemos visto desde que en el salón japonés presenciaba el cuadro
interesante de la Marquesa de Tellería asimilándose un sorbete de
piña) fué invitada por D. Pedro Fúcar á visitar la estufa, echando
al paso una ojeada á los caballos ingleses, poco há traídos de un
_harás_ de Londres. _El tratante en blancos_, el noble que traía su
abolengo, si no de batallas contra moros, de felicísimas contratas
entre fieles cristianos, conocía muy bien la poca estimación que
á Pilar inspiraba; y ganoso de conquistar adeptos, no satisfecho
de haber rendido á sus pies la Administración y el agio de ambos
mundos, abrumó á la Marquesa con obsequios muy delicados. Además de
mostrarle con especial diligencia las maravillas de Suertebella, le
regaló algunas preciosidades de las que el palacio contenía, con la
añadidura de flores vivas en tiestos de lujo, exóticas frutas, y
para colmo de galantería le dió también reliquias y objetos piadosos
que en la capilla había. Con toda su habilidad cortesana no podía
ocultar el prócer pecuniario que la pena le dominaba más cada día,
y distrayéndose á menudo, echaba suspiros y se quedaba mirando al
suelo, cual si en el suelo, escrita en misteriosos guarismos, como
el binomio sobre la tumba del gran Newton, estuviese la fórmula de
un negocio que llevase á las arcas fucarinas la tierra toda que
habitamos.