caballero. Para concluir, Sr. de Roch, usted no ama á su mujer, ni
ella le ama á usted; usted no quiere reconciliarse con ella; usted la
respeta y la estima... ¿Qué significa esto? O mejor dicho, ¿á qué ha
venido usted aquí?
--María me ha rogado que le lleve su confesor. Lejos de oponerme á
esto, lo hago con gusto.
--Pues vamos,--dijo Paoletti levantándose.
--Falta lo principal--dijo León, tocando la sotana del
reverendo.--Fácilmente comprenderá usted en su claro talento, que
para avisarle no era menester que viniera yo mismo. He venido para
decir á usted cosas que sólo yo puedo decirle. Considere ante todo
que el estado moral es verdaderamente grave en la dolencia de María.
--Sí.
--Debo declarar que deseo su restablecimiento--dijo León con
calmosa voz.--Pongo á Dios por testigo de esta afirmación: quiero
absolutamente y sin ninguna clase de reserva que mi mujer viva.
--Comprendo muy bien su propósito. Usted desea que se salve, es
decir, que no muera. Usted desea que se calme su irritación nerviosa,
para lo cual conviene que no la turbe ningún pensamiento de los
que motivaron su trastorno. Es preciso que las ideas optimistas y
lisonjeras desembrollen esta madeja enredada por el despecho y por la
pasión no satisfecha; es preciso que la dirección espiritual proceda
con cierto arte mundano, fomentando las ilusiones de la penitente y
quitando de sus ojos la triste realidad; es preciso que el confesor
sea médico, y médico de amor, que es lo más peregrino, y que aplaque
los celos y fomente esperanzas y aprisione de este modo una vida que
se escapa...»
León admiraba la sagacidad del ilustre maestro de conciencias.
«Pues bien--dijo Paoletti con energía,--yo haré en este particular
todo lo que sea posible. Nada puedo afirmar sin conocer de antemano
el estado espiritual de mi querida hija en Dios.
--María está en Suertebella.
--Sí.
--Y es necesario que no comprenda que está allí.
--Bueno... pase--dijo Paoletti mirando al suelo y soltando
las palabras por un ángulo de la boca.--Es un engaño que puede
disculparse.
--María persiste en mostrarme el especial cariño tardío que siente
ahora por mí.
--Tampoco veo culpa en esto. Puede admitirse, entendiendo que este
cariño no está bien juzgado por usted.
--María debe arrojar de sí, mientras continúe en ese estado febril,
la idea de que amo á otra mujer.
--Alto ahí--dijo el clérigo extendiendo su blanca mano, como una
pantalla de marfil.--Eso no pasa, caballero. He pasado por el ojo de
la aguja hilos un poco gordos; pero el camello, señor mío, no cabe,
no cabe. Lo que usted propone es una impostura.
--Es caridad.
--La verdad lo prohibe.
--Lo manda la salud.
--Una exigencia física á la que no podemos dar valor excesivo. Mi
ilustre amiga sabrá morir cristianamente, despreciando las menudas
pasiones del mundo.
--Nuestro deber es siempre y en todo caso impedir la muerte.
--Siempre que podamos hacerlo sin comedias indignas. ¡Y á esa
pobrecita mártir se la hará creer en la inocencia de su marido,
cuando está albergada en la propia vivienda de su rival, de la amada
de su esposo! Doy por cierto, si usted quiere, que no habrá en la
casa escenas licenciosas, ni aun siquiera entrevistas; admito que no
se dará el caso de que dos enamorados adúlteros se digan ternezas
en una sala, mientras la infeliz esposa legítima agoniza en la
inmediata. Pero aun concediendo que habrá circunspección y decoro, la
horrible verdad subsiste. Yo no se la diré si ella no quiere saberla;
pero si me pregunta... y preguntará, preguntará...
--¡Sí!--exclamó de súbito León, impresionado por tan graves
palabras.--Esa comedia es indigna de ella y de mí. La verdad me
espanta, la ficción me repugna; pero aquélla es la muerte y ésta
puede ser la vida... No irá usted conmigo á Suertebella. Llevaré un
clérigo cualquiera, el cura de la parroquia, el capellán de la casa.»
Se marchaba ya, y Paoletti le llamó con un _cecé_ de reconciliación.
«Al claro talento de usted--dijo devolviendo un piropo recibido
poco antes,--no se ocultará que la asistencia de otro sacerdote
no agradará á la pobre mártir tanto como la nuestra. Si usted no
insistiera en intervenir en lo que no le importa, yo iría de buen
grado á consolar á esa desgraciada. Hay más--añadió con un arranque
sentimental,--no puedo ocultar á usted que lo ansío ardientemente.
¡Es tan buena, tan santa!... No sólo la admiro, sino que la respeto,
la venero como á un sér superior.
--¿Y qué le dirá usted?
--Lo que deba decirle--contestó Paoletti clavando en León sus dos
ojos que parecían doscientos.--Es por demás extraño que quien declara
haber roto moralmente el lazo matrimonial, se inquiete tanto por la
conciencia de su esposa.
--No me inquieto por su conciencia, sino por su salud,--dijo León
sintiéndose muy abatido.
--¿No dice usted que no la ama ni es amado por ella?
--Sí.
--Entonces su cuerpo y sus mortales gracias podrán pertenecer á un
hombre; su purísima conciencia, no.
--Es verdad--dijo León apurando el cáliz.--Su conciencia, yo la
entrego á quien la ha formado. No quiero apropiarme esa monstruosidad.
--Perdono la expresión--replicó Paoletti bajando los ojos.--Para
concluir, señor mío, ¿voy ó no voy?
--¿La matará usted?
--¡Yo...!»
Y después de exhalar un suave suspiro, añadió:
«Le preguntaremos quién es su asesino.»
León sintió su alma llena de espanto. Meditó un rato. Después golpeó
el suelo con el pie. A veces de un pisotón sale una idea, como una
chispa brota del pedernal herido. León tuvo una idea.
«Vamos--dijo con resolución.--A la conciencia de usted dejo este
delicado asunto.
--Y en prueba de esa confianza--manifestó el otro, no ocultando su
gozo por ir,--prometo conciliar en lo posible la veracidad con la
prudencia, y hacer los mayores esfuerzos por no turbar las últimas
horas, si el Todopoderoso dispone que sean las últimas, de mi
amadísima hija espiritual. Seguro estoy de que mi presencia le dará
mucho consuelo.
--Vamos.
--Soy con usted al instante,--dijo el clérigo pequeñísimo corriendo,
con el paso duro de sus pies de plomo, á buscar capa y sombrero.
Deteniéndose en la puerta y poniendo en su cara una sonrisa cortés,
añadió:
--Es muy temprano. No se ha desayunado usted. ¿Quiere tomar chocolate?
--Gracias--repuso León inclinándose,--gracias.»
Una hora después ambos se apeaban de un coche en el pórtico de
Suertebella.
IV
Despedida.
Ya había concluído la misa de rogativa; ya había entrado Paoletti
en la estancia donde moraba entre sombras de fiebre y duda su
bendita amiga espiritual, cuando León, pasando apresurado de sala
en sala, buscaba á la hija del Marqués de Fúcar. Al fin la halló en
la habitación de Ramona. Deseaba decirle una cosa muy importante.
Creeríase que Pepa barruntaba la enunciación de la importante cosa,
porque estaba en pie con la anhelante mirada fija en la puerta,
atendiendo á los pasos del que se acercaba, y así que le vió entrar
retiróse á un ángulo de la pieza, indicando á su amigo con el
lenguaje singular de cuatro ó cinco pasos (pues también los pasos
hablan), que allí estarían mejor que en ninguna otra parte. Monina
corrió al encuentro de León y se abrazó á sus piernas, echando la
cabeza hacia atrás. El la tomó en brazos, y al verse arriba la
nena, se empeñó en hacerle admirar la perfección artística de un
cacharrillo de barro con asa y pico, obsequio reciente del cura
de Polvoranca, y luego se entretuvo en la difícil operación de
colgárselo de una oreja.
«Estate quieta, Mona; no seas pesada--dijo Pepa.--Ya, ya me figuro á
qué has venido y lo que vas á decirme... Hija, estate quieta... Ven
aquí.»
Arrancó á la chiquilla de los brazos de León para tomarla en los
suyos.
«No necesitas decirme nada... Lo comprendo, lo
adivino--prosiguió.--Debo marcharme de aquí. Ya estaba decidida
aunque tuviera que irme sin verte.
--Agradezco tu delicadeza--dijo León.--Márchate á tu casa de Madrid,
y por ahora... no te acuerdes de que existo.
--Eso no será fácil... Hija, por Dios, no me sofoques--dijo Pepa, en
cuya oreja continuaba la criatura su penoso trabajo.--Ponte en el
suelo... Me marcharé sin preguntarte siquiera cuándo nos volveremos
á ver. Tengo miedo de hacer la pregunta, y respeto tu vacilación en
contestarme.»
León bajó los ojos en silencio. No conocía palabra tierna, ni frase
amistosa, ni concepto de esperanza que al pasar de su mente á sus
labios no llevase en sí un sentido criminal. Callar parecióle
más decoroso aún que la misma protesta contra toda intención de
escándalo. Ambos se quedaron mudos por largo rato, sin osar mirarse,
temeroso cada cual de la fisonomía del otro, como si fuese claro
espejo de su propio pensamiento.
«No me preguntes nada, no me digas nada--manifestó al cabo
León.--Llena tu corazón de generosidad y vacíalo de esperanza.»
Pepa quiso hablar algo; pero tanto temblaba su voz, que prefirió
decir para sí estas palabras: «Todo lo echaré de mí menos la idea
triste, la idea vieja y lúgubre: que ella, rezando, rezando, se
salvará; y yo, esperando, esperando, me moriré.»
León, que parecía leer los pensamientos en el contraído entrecejo de
su amiga, le dijo cara á cara:
«En los trances duros se conoce la índole generosa ó egoísta de las
almas.»
Pepa tembló de pies á cabeza. Después, sosteniendo su frente en un
dedo, rígido como clavo de martirio, dijo mirando á sus propias
rodillas, donde tocaban el piano los diminutos dedos de Ramona:
«No sé si la mía será egoísta ó generosa. Yo sé que he derramado hace
poco algunas lagrimillas pidiendo á Dios que no matara á nadie por
culpa mía. ¡Qué sabor tan amargo sacan á veces nuestras oraciones, y
cómo se acongoja nuestro pensamiento luchando para que las flores que
quiere echar de sí no se conviertan en culebras!... Yo he rezado hoy
más que ningún día de mi vida; pero no estoy segura de haber rezado
bien y con limpieza de corazón. Horrible batalla había dentro de mí.
Creo que las palabras y las ideas que andaban por mi cerebro variaban
de sentido á cada instante, y que decir _Dios_ era decir _demonio_,
y decir _amor_ era decir _odio_, y decir _salvarse_ era decir
_morirse_. La idea sentida y la idea pensada se combatían quitándose
una á otra el vestido de su palabra propia. Yo creo que no he rezado
nada, que no soy buena... ¡Me siento con tan poco de santa y tanto de
mujer!... Y sin embargo, yo no seré tan mala cuando he tenido alma
para pedir claramente que muriéramos las dos, y así todo quedaría
bien...»
Se levantó, añadiendo:
«En fin, me voy. Ya sabes que obedecerte es el único placer de mi
vida.
--Gracias,--murmuró León, tomando en brazos á la nena.
--Despídete de ese...» dijo Pepa contemplando con amor á su hija y al
que la besaba.
Estrechó León en sus brazos á la chiquilla y le dió mil besos,
considerando que las manifestaciones de su cariño no eran
escandalosas recayendo en la inocente persona de un ángel tan bonito.
Con ella en brazos dió dos ó tres paseos por la estancia, ocultando
así con estas idas y venidas la emoción que sentía y que traspasaba
los límites del alma para salir al rostro. Sin mirar á la buena
mamá, ésta podía vanagloriarse, allá en el ángulo de la pieza, de
ser bien contemplada. La pasión tiene su perspicacia nativa y un
estro maravilloso para sorprender los pensamientos del sér amado,
asimilárselos y alimentar el espíritu propio con aquel rico manjar
extraño.
En cuanto al desgraciado hombre, nunca como entonces había sentido
el dominio irresistible que sobre él ejercía aquel sér pequeño y
lindo, nacido de la unión de una mujer que no era la suya y de un
hombre que no era él. No creía en la posibilidad de vivir contento
si le quitaban de las manos aquel tesoro, ajeno sin duda, pero
que se había acostumbrado á mirar como suyo y muy suyo. Con este
cariño se mezclaban el cariño y la imagen de la madre, como dos
luces confundidas en una sola. ¡Familia prestada que en el corazón
del solitario ocupaba el desierto hueco y se apropiaba el calor
reservado á la propia! El no tenía culpa de que en su cansado viaje
por el páramo se le presentaran aquellas dos caras, risueña la una,
enamorada la otra, ambas alegrando el triste horizonte de su vida
y obligándole á marchar adelante cuando ya sin fuerzas caía sobre
pedregales y espinas. En Pepa Fúcar había hallado amor, docilidad,
confianza, misteriosas promesas de la paz soñada y del bien con
tanto afán perseguido. Era la familia de promisión, con todos los
elementos humanos de ella, pero sin la legitimidad; y el no ser un
hecho, sino una esperanza, dábale mayores encantos y atractivo más
grande. La pasión arrebatada de Pepa y el ardor fanático con que á
todo la sobreponía, lejos de infundirle cuidado le seducían más,
porque en ello veía la ofrenda absoluta del corazón, sin reserva
alguna, la generosidad ilimitada con que un alma se le entregaba toda
entera, sin esconder nada, sin ocultar sus mismas imperfecciones ni
escatimar un solo pensamiento. Quien había sido mendigo de afectos no
podía rechazar los que iban á él con superabundancia y cierto alarde
bullicioso. Infundíale al mismo tiempo orgullo y piedad el ver cómo
aquel admirable corazón, sin dejar de ser religioso, le pertenecía
enteramente, por ley que es divina á fuerza de ser humana; y al
sentirse tan bien amado, tan señor y rey en el corazón y en los
pensamientos de ella, no podía menos de darse también todo completo.
Cualquier afecto secundario y remoto que existiera antes de aquel
mutuo resplandor en que ambos se veían, debía extinguirse, como
palidecen los astros lejanos cuando sale el sol.
Pero quizás no era ocasión de pensar tales cosas. León puso la niña
en brazos de su madre y le dijo:
«Ni un momento más. Adiós. Si es necesario explicar á tu padre la
causa de tu traslación á Madrid, yo me atreveré á decírsela.
--Se la diré yo.»
Con precipitación y desasosiego salieron uno y otro por puertas
distintas.
V
A almorzar.
El narrador no cree haber faltado á su deber por haber omitido hasta
ahora que los Tellerías corrieron en tropel á Suertebella desde
que llegó á su noticia el grave mal y estado de María. Ello es tan
natural, que el lector debía darlo por cierto, aunque las fieles
páginas del libro no lo dijeran. Lo que sí conviene apurar, por si
la posteridad, siempre entrometida y buscona, tuviera interés en
saberlo, es que en la mañana de aquel célebre martes (el día de la
misa de rogativa, de la visita de Paoletti y de la partida de Pepa)
la Marquesa de Tellería, el Marqués y Polito oyeron atónitos de boca
de León Roch estas enérgicas palabras:
«No se puede ver á María.
--¿Hoy tampoco? ¡Lo oigo y no lo creo!--exclamó Milagros sin poder
contener su ira.--¡Prohibir á una madre que vea á su pobre hija
enferma!...
--¡Y á mí, á su padre!...»
Polito no decía nada y se azotaba los calzones con un junco que en la
mano traía.
«¿Qué razón hay para esto?
--Alguna razón habrá cuando así lo dispongo,--dijo León...
--Yo quiero entrar á ver á mi hija. Yo quiero verla, asistirla.
--Yo la asisto y la velo.
--¿No nos das ninguna razón, ¡por Dios! ninguna explicación de esa
horrible crueldad?» dijo el Marqués, poniéndose severo, que era lo
mismo que si se pusiera cómico.
León les habló del delicadísimo estado moral de María, del gran temor
que á él le inspiraban las indiscreciones de su familia si ésta
entraba en la alcoba de la enferma.
«¿Está sola en este instante?
--Está con su confesor.»
Y Milagros llevó aparte á su yerno y le dijo:
«Verdaderamente no creí que llegaras á tal extremo. Explícate,
explícame las monstruosidades que han pasado aquí... ¡Ah! Mi pobre y
desventurada hija ignora sin duda que se halla en la misma casa de
la querida de su esposo!... Temes que le abra los ojos, temes que la
verdad salga de mis labios, como sale siempre, espontánea, natural...
porque no sé fingir, porque no sé hacer comedias.
--¡Oh! No, señora: yo no temo nada--dijo León deseando cortar
la disputa.--Pero usted no verá á su hija hasta que ella no se
restablezca.
--¿Y qué autoridad tienes tú sobre la mujer que has despreciado?... O
es que estás arrepentido de tu conducta y quieres...»
La dama cambió de tono y de semblante. Aquella trágica arruga de
su hermosa frente desapareció como nubecilla disipada por el sol;
brillaron sus ojos con animación juvenil, y hasta parecía que el
disecado pajarillo de su elegante sombrero aleteaba entre las gasas.
«¿Hay por ventura proyectos de reconciliación?--dijo entre agrias
y maduras.--Si los hay, no seré yo quien los estorbe... Como vayan
precedidos de arrepentimiento...
--No hay ni puede haber proyectos de reconciliación,» dijo
bruscamente el yerno á punto que entraba en la sala el Marqués de
Fúcar.
Este, sobreponiéndose á su tristeza para cumplir los deberes que le
imponía la condición de castellano de aquel magnífico castillo, se
presentó á saludar á los Tellerías, á compadecerles por la enfermedad
de la pobre María, á rogarles que dispusieran de la casa y de cuanto
en ella había. Y como el caso que allí les llevaba no era cosa de
un momento, el generoso Fúcar, dando á su hospitalidad un carácter
grandioso y caballeresco, conforme á la resonancia europea de su
nombre, invitaba á los Tellerías á permanecer allí todo el día, toda
la noche y todos los días y noches siguientes, y á comer, cenar,
tomar un _lunch_, un _pic-nik_ ó hispano piscolabis, á descansar,
dormir, disponer de la casa entera, pues allí había mesa, despensa,
bodega, servidumbre, camas para la mitad del género humano, caballos
para pasear, flores en que recrear la vista, etc., etc.
«¡Oh! gracias, gracias... cuánto agradecemos...»
La mano del millonario fué estrujada por la de Tellería, que en su
emoción no pudo decir nada. En las grandes ocasiones, el silencio,
una mirada al cielo y un apretón de manos, son más elocuentes que
cien discursos enalteciendo á los que nos hacen olvidar que vivimos
en _un siglo corrompido por las ideas materialistas_. La Marquesa se
esforzaba en dar á su cara la expresión que, según ella, cuadraba
más á su occidental belleza, ó que mejor realzaba aquellos pálidos
restos, bastante valiosos aún para lucir mucho, si el arte, la
coquetería, la palabra misma, discreto artífice, los presentaba
en buena y proporcionada luz. Empeñando conversación mundana con
Fúcar, supo llevar á éste por las vías sentimentales con tanta gracia
y donosura, que el agiotista la oía con encanto. Al mismo tiempo
Tellería llevaba á León junto á la ventana para decirle con acento
majestuoso:
«Las cosas han llegado á tal extremo, y tu conducta es tan ruín
y vituperable en apariencia, que necesitas darme una explicación
completa, aunque para ello sea preciso llevarte á un terreno...
--Al terreno del honor--dijo León con sarcasmo.--Vea usted: ese es un
terreno al cual no será fácil que vayamos juntos...
--Comprendo que un padre político... No es que yo quiera agravar
el escándalo con otro escándalo mayor. Confiamos aún en tu
caballerosidad, en lo que todavía queda en tí de esa _hidalguía
castellana_ que los españoles no podemos desechar aunque queramos...
y si Dios te tocase el corazón y te reconciliaras de un modo durable
con mi querida hija...
--No me reconciliaré.
--Entonces...»
Lanzó el prócer á su hijo político una mirada que, dado el carácter
promiscuo, entre cómico y serio del ilustre personaje, podía
calificarse en el orden de las miradas terribles.
«Entonces, yo sé lo que debo hacer.»
Estaban en el salón japonés, lleno de figuras de pesadilla. Por sus
paredes de laca andaban, cual mariposas paseantes, hombrecillos
dorados, cigüeñas meditabundas, tarimas de retorcidos escalones,
árboles que parecían manos y cabezas semejantes á obleas. Las
figuras humanas no asentaban sus redondos pies en el suelo, ni los
árboles tenían raíces; las casas volaban lo mismo que los pájaros.
Allí no había suelo, sino una suspensión arbitraria de todos los
objetos sobre un fondo obscuro y brillante como un cielo de tinta.
Los expresivos rostros japoneses parecían hacer el comentario
más elocuente de la escena viva, y las mariposas de oro y plata
reproducían, por arbitrio de la fantasía en aquella especie de
estancia soñada, la sonrisa jeroglífica de la Marquesa de Tellería.
Cacharros de color de chocolate poblaban rincones y mesas; y viendo
los ídolos tan graves, tan tristes, tan feos, tan hidrópicos, tan
aburridos, se hubiera creído que estaban comentando en teología
místico-asiática la tristeza indefinible de D. Agustín Luciano de
Sudre.
Como se pasa de una página á otra en libro de estampas, así se
pasaba de la habitación japonesa al gran salón árabe, donde estaba
el billar y en él Leopoldo. Con su tarugo de aspirar brea puesto en
la boca, á guisa de cigarro, se entretenía en hacer carambolas. Un
lacayo se le acercó.
«¿Ha llamado el señorito?
--Sí--repuso el joven sin mirarle.--Tráeme cerveza.»
Ya se marchaba el lacayo, y Polito le volvió á llamar para decirle:
«¿Se servirán pronto los almuerzos?
--Dentro de un momento.»
Y siguió haciendo carambolas. El Marqués de Fúcar se retiró por un
momento del salón japónico. Un _maître d’hôtel_, rubio y grave,
reclutado en cualquier cafetín de París, y que se habría parecido
á un _lord_ inglés si no lo impidiera su servilismo melifluo y su
agitación de correveidile, se acercó á la Marquesa para pedirle
órdenes.
«¡Oh! no--dijo ésta.--Tomaré muy poca cosa... ¿Hay _gateau
d’ecrevisses_?... ¿No? bueno: no importa. Las pechugas ahumadas no me
gustan. Mi _beefsteack_ que esté _poco hecho_.
--No olvide usted--dijo el Marqués á aquel hombre benéfico, cuyo frac
negro parecía el emblema de la caridad cristiana creadora de los
hospicios,--no olvide usted que yo no bebo sino _Haut Sauterne_.»
Fúcar reapareció melancólico, pero apresurado, indicando con esto
que las tristezas no son incompatibles con el almorzar. Era un poco
tarde, y los cuerpos necesitaban reparación. La Marquesa, D. Agustín,
Polito, el Sr. de Onésimo, que llegó cuando los demás estaban en la
mesa, _hicieron honor_, como se dice en la jerga gastronómica, á
la cocina del de Fúcar. O por delicadeza de estómago, ó porque la
aflicción de su ánimo le cortara el apetito, ello es que Milagros
apenas probó de algunos platos.
«No se deje usted dominar por la pena--le decía D. Pedro.--Es preciso
hacer un esfuerzo y tomar alimento. Yo tampoco tengo ganas; ¿pero de
qué sirve la razón? Hago un esfuerzo y como.»
Buena prueba de los esfuerzos de D. Pedro era un _beefsteack_ que
entre manos y boca tenía, el cual, pedacito tras pedacito, pasaba
á su estómago, dejando en el plato la sangre bovina revuelta con
manteca y limón. La Marquesa no hacía más que picar y catar, tan
pronto apeteciendo como desdeñando, y el Marqués se encariñaba con
las cosas picantes y afrodisíacas, obsequiándolas risueño con una
mirada galante y después con las traidoras caricias de su tenedor.
Las trufas, las _saucises_ trufadas, la rica lengua escarlata de
Holanda y otras cosillas se ofrecían á su paladar con provocativos
encantos.
«¿Y Pepa?--dijo bruscamente el Marqués de Onésimo.
--Está en Madrid,» replicó Fúcar sin alzar los ojos del plato, donde
el solomillo parecía representar el Tesoro español por lo recortado y
empequeñecido.
Siguió á estas palabras un largo silencio, que rompió al fin el
mismo D. Pedro, diciendo á la Marquesa: «¡Oh! amiga mía... hay que
sobreponerse al dolor... Además, la situación no es desesperada...
María está bien hoy... ¿Llora usted?... A ver... esta media copa de
Sauterne.»
Milagros no rehusó el obsequio. Después de apurar el vino, dijo así:
«Veremos si ese tigre de mi yerno me permite esta tarde ver á mi
hija.»