iluminada. En aquellos momentos de frenesí, la fuerza muscular de
Pepa era prodigiosa.
«Como tú quieras,» dijo León, que no era dueño de sí mismo.
Él no se dió cuenta de cómo se dejó llevar, de cómo puso una rodilla
en tierra, de cómo alzó los ojos exclamando con voz conmovida:
«Señor, que no se muera Monina. ¡Es lo único que amo en el mundo!»
¡Una niña que se muere, una madre que se desespera, un hombre que cae
de rodillas y reza á su modo!... Voy creyendo que es tontería contar
estas cosas que nada tienen de particular.
V
La madre.
¡Qué horas las de aquella noche! En ellas no pasaba nada, y, sin
embargo, transcurrían llenas de interés, como los años de la historia
preñados de pasmosos acontecimientos. La excitación nerviosa de
Pepa era tan grande, que parecía tocada de locura; llorando reía,
y sus palabras entrecortadas, sueltas, incoherentes, anunciaban el
extraordinario desvarío de su alma, vacilante entre la desesperación
y la esperanza. A veces temblaba como una vieja decrépita; á veces
iba de aquí para allí como una niña que no sabe lo que hace.
Y Monina, después de expeler mayor cantidad de falsas membranas,
seguía sudando copiosamente. Aquel sudor semejaba un rocío del
cielo. El color amoratado de su rostro iba desapareciendo, y en sus
mejillas alboreó ligero tinte rosado. Daba alegría ver cómo apuntaban
las flores de la vida en aquello que había sido yermo de muerte.
Su respiración era blanda, y en sus labios mudos, ligeramente
dilatados, apuntaba también el capullo de la más hermosa flor de la
infancia, que es la risa. No se podía verla sin esperanza: no era
posible desechar aquella esperanza que se apoderaba del alma como una
inspiración del cielo. Aclaraba el día cuando Moreno se volvió hacia
Pepa y le habló así:
«Ya es hora de poder decir algo positivo.
--¿Sí?
--Mi hija...
--Pues la niña--añadió el médico estrechando la mano de Pepa,--está
fuera de peligro. Una reacción sudorífica, precedida de la expulsión
de las membranas, nos la ha salvado. León quería intentar la
traqueotomía... La disolución cáustica, obrando sobre la mucosa, nos
ha devuelto la joya que creíamos perdida.»
Pepa le besaba las manos, llenándoselas de lágrimas.
«No he sido yo, señora: ha sido la Naturaleza, y el tártaro y la
disolución cáustica... en una palabra, la Naturaleza sola, ó mejor
dicho, Dios solo. Ahora es tiempo de que yo descanse un poco.»
Después de dar breves instrucciones, se retiró. Pepa se había quedado
muda. La alegría no le permitía decir nada. Se puso á rezar, estuvo
en oración más de media hora. León estaba junto al lecho, apoyada la
frente en las manos. De pronto sintió una voz que le llamaba. Miró y
vió á Pepa junto á él.
«¡Qué día y qué noche has pasado!--le dijo ésta.--Horas de ansiedad,
de muerte, y después de alegría. Tú no eres padre; si lo fueras,
¡bienaventurados tus hijos!... El interés que has mostrado por esta
niña de una familia amiga, pero extraña, de una familia que no es la
tuya...
--Ese interés es un cariño irresistible, que aun aquí no puedo
explicarme. Paréceme una aberración, una locura.
--¡Locura!... eso no. Yo quiero que ames á mi hija. Mira, León: si
vivo mil años no olvidaré estas horas en que tanto ha padecido y
trabajado mi pobre alma, y lo que menos olvidaré será aquel momento,
que fué el más solemne y crítico de esta noche, y aquellas palabras
que oí y que están en mi memoria como si las hubieras estampado con
fuego.
--No sé qué dices.
--Ni yo tampoco--replicó la de Fúcar inclinándose hacia León.--Creo
que la alegría me ha vuelto demente... Noto en mi cerebro no sé qué
aberración ó desquiciamiento... ¿Pero es verdad que tengo á mi
hija?... ¿es verdad que conservo á este ángel para que me acompañe en
mi soledad?»
Miró á la niña, y acercándose despacio la besó en la frente con mucho
cuidado para no turbar su tranquilo sueño. Cuando se volvió hacia el
amigo, éste pudo observar una extraña iluminación en los ojos de Pepa.
«Estás muy excitada--le dijo.--Debes acostarte y dormir un poco.
¡Pobre madre! Has padecido mucho desde anteanoche.
--Mucho--repitió Pepa.--He padecido mucho; pero no ha sido sólo
ahora, sino antes, antes... Estoy familiarizada con el padecer.
--Cálmate... tienes calentura.
--Pues como te decía--indicó la dama pasando bruscamente de una
indecisión sombría á una claridad sonriente,--no olvidaré jamás
aquellas palabras... «Señor, que no se muera Monina. Es lo que más
amo en el mundo.» ¡Lo que más amas en el mundo!»
León bajó los ojos.
«Yo agradezco mucho que quieras á mi hija de ese modo--dijo Pepa
pronta á llorar.--Al fin no soy yo sola quien la quiere... Eres un
buen amigo, amigo mío desde la infancia... Siempre te he apreciado, y
ahora más que nunca... En fin, al ver el interés que has tomado por
mi niña, interés verdadero, profundo; al ver esto, siento un deseo
irresistible de romper un silencio que me ahoga, de quebrantar un
secreto que no cabe en mí, y decirte que...»
Dejó caer desplomada su cabeza sobre el hombro de León, y lo regó
con abundantes lágrimas. El no decía nada. Sentía el peso de aquella
cabeza y el calor de aquel aliento y la humedad de aquellas lágrimas,
y callaba torvo y reconcentrado en sí mismo. Parecía que la dama
lloraba sobre una piedra.
Un sentimiento de dignidad ó de pudor estalló súbito en el alma de
Pepa. Incorporándose ruborizada, lanzó una exclamación que parecía
significar: «¿Qué estoy haciendo?... ¡Esto es un escándalo!»
«Pepa--dijo León estrechándole cariñosamente una mano.--Tu niña se ha
salvado. Yo me retiro.»
En aquel momento sorprendióles una voz fresca, argentina, angelical,
una voz del cielo que gritaba: «_Mama, mama..._»
Pepa se la comió á besos. Monina resucitaba, pedía _chicha_
(carne), _melutita_ (merluza), _bichichi_ (roast-beef), _cayamelo_
(caramelos), _panimiteca_ (pan y manteca), todo junto, todo á un
tiempo, todo en gran cantidad, y después de esto, no sabiendo más
nombres, pedía _cosas_. Con esta palabra compendian los niños su
insaciable deseo de posesión. Es el vocablo sintético de su codicia y
de su gula.
VI
El Marqués de Fúcar recibe nuevos favores del Cielo.
Desde entonces la enfermedad de Ramona no ofreció cuidado, y conocido
en Madrid el buen término de ella, llenóse el palacio de amigos que
corrían á felicitar como antes habían ido á compadecer. Hay gentes
que viven así, felicitando y compadeciendo todo el año, y que se
morirían de tedio si no hubiera muertes y bautizos, carruajes y
tarjetas.
León partió á Madrid cuando los blasonados coches empezaban á
entrar en el parque de Suertebella. A medio camino volvió para
advertir que no olvidara de dar á la convaleciente una medicina
que ordenó el médico. Esto le inquietaba tanto, que en todo el día
no cesaba de decir para sí: «¡Si la levantarán antes de tiempo...
si no la abrigarán... si echarán demasiado cloral en el jarabe...
si le darán golosinas...» Aquella tarde despachó en su casa varios
asuntos, hizo luego algunas visitas indispensables, y por la noche
se retiró temprano. No vió á su mujer, ni su mujer hizo por verle
á él. A la mañana siguiente tomó el camino de Suertebella, donde
una grata sorpresa le esperaba. El Marqués de Fúcar acababa de
llegar, acompañado de un ilustre extranjero, el Barón de Soligny, el
gran _Fúcar_ de la nación vecina; hombre que andaba olfateando las
naciones en busca de esos negocios enormes, fáciles, que nacen más
espontánea y frondosamente en el seno de los pueblos desgraciados.
Del mismo modo crecen ciertos árboles en los terrenos muy cargados de
basura. No tardaría en venir de Madrid el Sr. D. Joaquín Onésimo, ya
Marqués de Onésimo, llamado á toda prisa por Fúcar para conferenciar
sobre el proyectado empréstito nacional.
León encontró al Marqués muy pensativo y un si es no es preocupado,
vacilando entre la tristeza y la alegría, cosa difícil de explicar,
porque los negocios más arduos no alteraban jamás la pasta dulce
y blanda de aquel carácter enteramente mundano. Al hablarle de la
enfermedad de Monina y de su milagrosa curación, D. Pedro, que amaba
entrañablemente á su nieta, se mostró muy gozoso; después miró al
suelo, frunciendo ligeramente el ceño, se sonrió un poco, volvió
á ponerse grave, y tomando á León del brazo y llevándole á otro
aposento, le dijo:
«Hay que preparar á Pepilla para una mala noticia.
--¿Mala noticia?
--Sí; y digo mala por... qué sé yo por qué. Realmente, la noticia
de una muerte, quienquiera que el difunto sea, es una noticia
deplorable.»
Y el Marqués revolvió sus bolsillos llenos de papeles, sobres de
cartas, tarjetas, todo cubierto de números trazados rápidamente con
lápiz en el vagón, en el hotel, en el coche.
--Aquí está el parte... Es un acontecimiento terrible: el naufragio
de un vapor americano entre Puerto Cabello y Savanilla... Los
periódicos de aquí no han dicho nada todavía; pero mi corresponsal de
la Habana... ¿Ves el telegrama?... vapor _City of Tampico_.»
León palideció al leer.
«De modo que Pepa...
--Pst... silencio... Puede oir, y no está preparada. Efectivamente,
mi hija se ha quedado viuda.»
León Roch estaba perplejo.
«Aquí, en confianza de amigos--dijo Don Pedro acercando sus labios al
oído del joven para hablarle secretamente,--aparte de lo lamentable
de la catástrofe, es una suerte, para mi hija y para mí. Si Federico
vuelve á Europa, acaba con ella y conmigo. Parece que Dios ha querido
resolver de un modo trágico y brusco la situación comprometida en que
mi querida hija se puso y me puso á mí casándose con ese perdido,
jugador, falsario. Aquí tienes un capricho de la niña que á todos nos
salió muy caro. Mira, León, hazme el favor de cerrar esa puerta para
que podamos hablar con libertad: me carga el secreteo.»
León cerró la puerta.
«Usted--dijo éste,--es el más á propósito para darle la noticia.
--No habrá más remedio... Entre paréntesis, no creo que el dolor de
Pepa sea muy grande, ni aun creo que sea un dolor pequeño... será más
bien una sorpresa dolorosa... menos tal vez. Aquí entre los dos (y
diciendo esto bajó mucho la voz, á pesar de estar la puerta cerrada),
yo creo que Pepa quiere á su marido lo menos que se puede querer á
un marido: ¿me entiendes tú? Puede ser que sus sentimientos hacia
ese chalán de alto vuelo corran parejas con los míos, y yo no oculto
á nadie que le aborrezco, que le aborrecía con todo mi corazón...
Pepitinilla no derramará muchas lágrimas... ¡qué demonio! es muy
posible que no derrame ninguna...»
El Marqués se frotó las manos una contra otra, como hacía siempre que
remataba un gran negocio. ¡Ah! la Hacienda pública temblaba en lo
profundo de sus arcas hueras cuando sentía aquel fregoteo de manos.
«Ha sido una suerte, una verdadera suerte para ella y para
mí--repitió cual si hablara consigo mismo.--La Providencia nos ha
salvado... ¡Ah! ¡vampiro! No te contentaste con saquearme en Madrid,
sino que levantaste todos los fondos de mi corresponsal de la Habana.
No te contentaste con falsificar aquellas letras para sacarme
los treinta mil duros que tenía en Londres en casa de _Fergusson
Brothers_, sino que cuando te enviamos á Cuba aún abusaste de mi
nombre... ¡Maldito, execrable juego! Pero Dios castiga... Dios no
consiente que los pillos...»
Con un puño cerrado machacaba en la otra mano abierta. Después, como
si volviera en sí, recordando el deber que imponían la dignidad
humana y la caridad, dijo:
«Pero ha llegado el momento de perdonar. Yo perdono de todo corazón.
Su castigo ha sido terrible. ¡Qué espantosos son los incendios de
esos buques americanos! Después que los hacen de madera, tienen
la poca aprensión de cargarlos de petróleo... Ya se ve... En el
incendio y naufragio del _City of Tampico_ no se salvaron más que
dos grumetes y un cuákero loco. Federico se había embarcado en él
para ir á Colón con objeto de pasar á California, tierra propicia
á los aventureros; había sacado de la Habana todos los fondos que
tengo allí... ¡Qué sabiamente atajó la Providencia sus criminales
pasos! Luego diréis los librepensadores que Dios es demasiado grande
para mezclarse en nuestras miserias. Yo digo que se mezcla, yo digo
que se mezcla, ea... Conviene no exagerar: no sostendré yo que Dios
esté siempre atento á tanta cosilla como se le pide. Ya ves, mi hija
llenó de velas de cera la casa cuando Moninilla estaba enferma... Se
expidieron memoriales á todos los santos. Ya tendrían faena los de
arriba si hicieran caso de las madres siempre que un chico tose ó
tiene calentura. Pero los grandes crímenes, las grandes estafas...
¡oh!...»
León no quiso decir nada sobre aquella donosa interpretación de los
trabajos de la Providencia.
«En fin--añadió Fúcar,--bastante ha deshonrado mi nombre, bastante
ha mortificado á la tontuela de mi hija... Séale la tierra ligera,
séale el agua ligera... Hay una cosa que nunca he podido comprender,
que siempre, siempre, siempre será un misterio para mí.
--Lo adivino--indicó León prontamente.--El por qué se casó Pepa con
Cimarra. Ella es bondadosa, tiene ingenio, sensibilidad. Federico fué
siempre un perdido sin corazón, y bastaba hablar con él media hora
para comprender la podredumbre y el vacío horrible de su alma.
--Exactamente... ¡Ah! Yo reconozco que eduqué mal á mi hija. Pepa ha
variado mucho: lo que yo no supe hacer, lo ha hecho la desgracia.
Pero hace cuatro años era tan caprichosa... en fin, tú bien la
recuerdas... Verdaderamente, sin su buen corazón, sin aquel corazón
de oro, mi hija hubiera sido una calamidad, lo reconozco... ¡Pero
qué alma la suya, qué sentimientos tan elevados, qué manantial de
ternura bajo las apariencias de versatilidad y mimitos que no eran
más que las burbujas, las burbujas, no encuentro otra palabra, de
su espíritu rico en dones morales! Te digo una cosa que es para mí
como el Evangelio. Mi hija casada con un hombre de bien, discreto,
agradable, á quien ella hubiera amado de veras, habría sido la mujer
por excelencia, habría sido modelo de esposas, de madres...
--Lo creo,--dijo León poniéndose sombrío.
--Y al considerar esto--añadió Fúcar cruzando los brazos sobre
el pecho,--me explico menos su preferencia por Cimarra, y digo
preferencia, porque no encuentro otra palabra; ni se justifica su
casamiento por el efecto que hace siempre en las mujeres una buena
figura; y aunque Cimarra era lo que se llama un hombre hermoso...
--Seguramente.
--Pues á pesar de eso no me explico... En Pepilla no hubo esa
ilusión, esa fascinación... ¿cómo decirlo?... A mí me pareció muy mal
su preferencia; pero no quise oponerme, no tuve valor para oponerme.
Siempre he tenido esa debilidad... Cuando Pepa era niña, me daba
latigazos y yo me reía. Ya siendo mujer, me gastaba un millón en
cacharros, y yo... me reía también. Cuando Federico me pidió su mano,
cuando la consulté sobre esto y me dijo que aceptaba... no tuve gana
de reir; pero consentí, ¡qué había de hacer! La verdad es que Pepa
no me pareció muy enamorada; pero... En fin, que se casaron en un
día infausto. Me gasté más de cien mil duros en la boda. ¡Qué día!
Por las calamidades que cayeron después sobre mi, paréceme que en
aquel día negro se casó todo el género humano. Mi pobre hijita fué
desgraciada desde entonces. Diríase que la infeliz estaba devorada
interiormente por un mal muy agudo, un mal moral, un mal físico,
un mal de no sé qué clase. Entróle un delirio espantoso por las
fiestas, por el lujo... ¡qué desvarío! ¡qué muchachas las del día!
Se casan para divertirse más, para gastar más, para aturdirse más.
Lo particular es que ni aun en los días de la luna de miel ví á Pepa
cariñosa con su marido. «Eso es casarse con un maniquí,» decía yo. A
veces estaba mi hija taciturna, á veces borracha... no encuentro otra
palabra, borracha de fiestas, de bailes, de novedades, de vestidos.
Todos los días necesitaba algo nuevo; pero ni las maravillas de _Las
mil y una noches_ hubieran vencido su tristeza. ¡Pobre niña loca!...
Por supuesto, de Federico no hacía más caso que de una silla. Le
trataba como se trataría á un idiota. Amigo León, éste es un mundo
muy raro. Debiéramos decir de él que es _un valle de equivocaciones_.
--Lo cual no niega, sino antes bien afirma, que sea un valle de
lágrimas.
--Exactamente. Pues como decía, llegué á preocuparme seriamente de
la salud y aun de la razón de mi Pepilla. Felizmente fué madre, y
de la maternidad data su regeneración. Dejó de ser casquivana y
gastadora... Se consagró al cuidado de su hija y adquirió aquel
aplomo, aquella noble majestad... no hallo otra palabra mejor...
aquella noble majestad que ves en ella. Precisamente cuando mi hija
fué madre, empezó Cimarra á ser el más canalla de los hombres. Tú
sabes, como lo sabe todo Madrid, sus infamias, sus estafas, sus
escándalos. Ese gandul me ha quitado diez años de vida. ¡Cuántas
lágrimas ha derramado mi pobre niña aquí, en este mismo despacho!
Cuántas veces me ha dicho: «¡Perdón, perdón, papaito, por haberte
dado por hijo á ese bandido! Yo estaba loca, yo no sabía lo que
hacía.» Mi yerno me arruinaba; pero mi hija me daba besos y me pedía
perdón. «Váyase lo uno por lo otro,» decía yo... En fin, todo ha
concluído... Dios... la Providencia... Es preciso que tú la prepares
para recibir la noticia.
--¿Yo?
--Sí: tú tienes arte... Yo no sabría sino llegar y decirle: «Pepa, tu
marido se murió...» Tú vas, coges un periódico y haces como que lees
y dices: «¡Qué espantoso naufragio!»
--Yo no, yo no. Permítame usted que no hable de naufragios. Eso
corresponde á usted ó á otra persona de la familia.
--Hombre, hazme el favor... Tú eres amigo antiguo.»
Abrióse la puerta bruscamente y entró Pepa con alborozado semblante
y fresca sonrisa. León Roch tembló al verla, creyendo hallar en su
persona una hermosura superior, que instantáneamente se le revelaba,
causándole alegría. Era un fenómeno de júbilo y sorpresa, como los
que causa el recuerdo feliz cuando viene á la memoria, ó la idea
inspirada cuando aparece en el entendimiento, llenándolo de claridad.
La miró un rato sin hablar, y... no podía dudarlo... aparecía
rodeada de una aureola; no era la misma para él: sus insignificantes
facciones, sin cambio alguno visible, se acomodaban por arte
milagroso al tipo indeciso de la mujer ideal.
«A tiempo vienes, Pepitinilla.
--Papá--dijo la Marquesita,--Monina se ha despertado. Ven á verla.
Buenos días, León.
--Mira, chica, León tiene que hablarte... quiere leerte no sé qué
periódico donde ha visto...
--Es broma de D. Pedro. Yo no he leído nada...
--¡Qué día tan hermoso!--dijo Pepa acercándose á la ventana, por
donde entraba un sol espléndido.--Mira, León: ¿ves allí entre los
árboles un techo?... Es la casilla de que te hablé. No sabes, papá:
este ladrón anda buscando un lugar solitario para retirarse de las
vanidades del mundo. Yo le he recomendado la casa de Trompeta,
¿sabes? allí donde vivió el cura de Polvoranca.
--Es hermosa, sí... á dos pasos de casa... ¿De veras te vienes á
estos barrios?... Realmente, chico, si buscas un escondrijo para
dedicarte á roer libros...
--No sé aún, no he decidido--dijo León mirando con estupor el techo
que allá á lo lejos, entre los árboles, se veía.--Pero vamos á ver á
Mona.
--Vamos.»
Pepa salió delante.
«¿Con que está mi hombre aburridito?--dijo Fúcar al joven en tono
de confianza jovial, poniéndole la mano en el hombro.--Ya sé que tu
mujer... ¡Deplorables resultados de la exageración! Y si no, ahí
tienes: la piedad es una virtud; pero exagérala, ¿y qué resulta? el
horror de los horrores.»
Y más adelante, apoyado en su brazo, le dijo al oído:
«Lo mismo que tu mujer era mi pobre Ramona... No se la podía
aguantar... Pero, hijo, la infidelidad con Dios hay que tolerarla,
hay que perdonarla. Yo pregunto: ¿qué puede hacer un hombre en este
tremendo, irresoluble caso? Cuando una esposa es honrada y fiel, no
hay motivo, ni siquiera pretexto razonable en nuestra sociedad, para
la separación... Te compadezco. Acuérdate de lo dicho: esto es un
vallecito de equivocaciones.»
Poco después salió León de la casa. Iba tan metido en sí, que no
saludó á D. Joaquín Onésimo que paseaba por el parque con el Barón de
Soligny, hablando del próximo empréstito con la grave atención que
ciertas personas ponen en las calamidades públicas. En Madrid dejó
su coche para andar á pie por las calles, y recorrió varias como un
sonámbulo, sin ver ni oir nada más que aquella sonora voz interior
que le decía: «¡Viuda!»
VII
Erunt duo in carne una.
Pasaron algunos días, durante los cuales no fué á Suertebella
sino una sola vez, á dejar la tarjeta de pésame. En aquella breve
temporada vivía la mayor parte de las horas fuera de su casa, y dando
completamente de mano á los estudios, no se ocupaba de sus libros
más que para empaquetarlos en grandes baúles. Iba con frecuencia
á círculos y reuniones, donde sus amigos le hallaban taciturno,
insensible al interés de la charla, de la noticia, del comentario.
Hablaba tan sólo de un viaje sin decir á dónde, de una ausencia
larga, y si otro tema á su boca venía, tratábalo con cruel sarcasmo y
amargura, modos bien distintos de aquélla su antigua manera grave y
elevada de ver las cosas de la vida, los hechos y las personas. Una
noche (empezaba ya el mes de Abril) entró en su casa después de las
once. Abrióle la puerta el ayuda de cámara.
«¿Por qué no me abrió la puerta Felipe, como de costumbre?--preguntó
León.
--Felipe ya no está en casa, señor.
--¿Pues dónde está?
--La señora lo ha despedido.
--¿Por qué? ¿Ha hecho alguna travesura?
--La señora se enfadó porque no quiso ir á confesar.
--¿Y tú te has confesado?
--Yo sí, señor; todos los meses. La señora no se descuida en esto.
Como no le traigamos la papeleta, nos planta en la calle. Para eso,
Ventura el cochero tiene un amigo sacristán, que le da todas las
papeletas que quiere, y así contenta á la señora, y haciéndole creer
que va al confesonario, se va por ahí de jolgorio... Si no fuera por
el señor, yo y mi mujer nos habríamos marchado ya de esta casa, donde
hay tantas obligaciones y ni un momento de descanso. Eso de que esté
un hombre trabajando toda la semana, y cuando llega el domingo por la
tarde, en vez de dejarle salir á paseo le manden á la doctrina... Mi
mujer dice que no aguanta más... Pues digo, con el espantajo que la
señora nos ha metido ahora en casa... Esta mañana, cuando despidió
á Felipe, determinó dar á otro su plaza. Yo creí que colocaría á mi
hermano Ramón. Pero no: la señora escribió una carta á los de San
Prudencio, y un rato después vimos entrar uno como sacristán, gordo,
colorado, sin barba, con faldones hasta el suelo, un sombrero chato
y negro, carilla de santurrón con malicia, y unos modaletes así
como entre hombre y mujer. La señora dice que yo pasaré á hacer el
servicio que hacía Felipe; que el portero ocupará mi puesto, y que
el Sr. Pomares, así se llama el recomendado de allá, será desde hoy
portero, vigilante de los demás criados y mayordomo.
--Tú estás en babia. ¿Desde cuándo necesito yo mayordomo en mi casa?
--Mayordomo. La señora lo dispuso así, y el de los faldones largos
se reía y nos miraba con sus ojos de besugo como diciéndonos: «Ya os
pondremos las peras á cuarto.» Después nos echó un sermoncillo, y
poniendo cara de arrope pasado y cruzándose las manos sobre el pecho,
nos llamó hermanos; aseguró que nos quería mucho.
--¿Está en el oratorio la señora?--preguntó León levantándose.
--Creo que está en su cuarto.»
Entró León en el cuarto de su mujer, y la halló conversando con Doña
Perfecta, amiga de confianza que solía acompañarla por las noches.
Sobrecogióse esta venerable dueña al ver entrar al marido de su
amiga, comprendiendo con delicado instinto que se preparaba una
escena, y se despidió. Cuando se quedaron solos, el marido habló á su
mujer, sin enojo ni altanería, en estos términos:
«María, ¿es cierto que has despedido al pobre Felipe?
--Es cierto.
--Antes de echarle de casa, debiste considerar que he tomado cariño á
ese muchacho por su aplicación, su deseo de instruirse y el fondo de
bondad que se le descubre en medio de sus puerilidades y travesuras.
Le traje de casa de tu madre, porque siempre que aquí venía se
quedaba extasiado delante de mis libros.
--A pesar de esas bellas cualidades, me he visto obligada á
despedirle,--dijo María secamente.
--Pues qué, ¿te ha faltado al respeto?