la cabeza; repetíanle en la casa de Madrid las tremendas jaquecas
que en Puyóo le daban con frecuencia, abrasándole el cerebro y
conmoviendo su máquina toda, cual si convertidos en molde sus
sesos, cayese en ellos un metal derretido. Durante estos ratos de
espantosa mortificación, su alma, replegada en sí misma, gozaba con
el martirio; los dolores físicos eran recibidos allá dentro con un
júbilo delirante que tenía su vanidad y su sibaritismo. No exhalaba
una queja, y cuando sentía revolverse dentro de su cráneo las
serpientes de fuego, su boca se contraía para sonreir. Al San Luis de
marras mandóle el Prelado que no pensase tanto para evitar un mal tan
penoso. A éste le decían lo mismo, y gozoso de parecerse al santo,
contestaba: «Mándanme que no piense tanto para que no me duela la
cabeza, y más me duele de hacer esfuerzos para no pensar nada.»
El médico le ordenaba diariamente calmantes y otras medicinas. Las
tomaba por fórmula, cuando á ello le apremiaba su madre con ruegos y
sollozos. La medicina que á él le gustaba era una correa erizada de
picos de hierro que constantemente llevaba enroscada en su cintura,
no más ancha que la de una niña de doce años. Su hermana se acercaba
de noche á su cuarto andando de puntillas para no ser observada, y en
vez de hallarle descansando, le veía de hinojos ante el crucifijo que
le habían puesto junto á la cama.
En la casa de Puyóo había hombres muy buenos, otros muy sabios,
algunos listos y traviesos, y todos se hacían lenguas de la virtud de
Luis y de aquel santo odio de sí mismo, que parece, á pesar de todas
las declamaciones, forma un tanto anticuada de la edificación. Sin
embargo, la misma tendencia de la devoción moderna á reconciliarse
con el buen comer y el mejor dormir, hacía más admirables las
abstinencias y el voluntario martirio del hijo del Marqués. Su fama
era grande en toda la Compañía: se hablaba de él en Roma.
Vivía en estado de taciturna tranquilidad, y á pesar del gran cariño
que tenía á sus padres, había logrado, á fuerza de horribles luchas
con su memoria, no pensar en ellos, para que cosa ninguna le pudiera
apartar de la presencia continua de Dios, fin perpetuo de sus ansias
y martirios. Al par que su santidad, descollaba su ingenio en el
estudio, siendo tan agudo y peregrino, que en poco tiempo dominó
la filosofía y la teología y supo defender conclusiones con tanto
despejo, que los ergotistas más hábiles se quedaron pasmados. Pero
esto mismo fué ocasión de gran desasosiego para su alma, porque el
verse elogiado mortificaba su humildad, hasta que, temeroso de que
su amor propio se despertara con las alabanzas, se fingió torpe. Su
anhelo era que en la cátedra se le considerase como el último de los
escolares. Sólo ante el riguroso mandato del Superior renunció á
hacer escrúpulos de sus talentos.
A los superiores obedecía, y observaba las reglas con prolijidad
extremada: llegó á dominar de tal modo sus sentidos, que al fin
parecía no poseerlos, y su oído torpe y sus ojos siempre fijos en el
suelo, no se enteraban de nada. Pasaban las personas á su lado sin
que las viera. Había hecho voto de no mirar jamás á la cara á ninguna
mujer, como no fueran su madre y su hermana, y lo cumplía con todo
rigor. Con tal sistema, su alma debía ser de una pureza ejemplar,
casi casi como la pureza del sér que no ha nacido.
Cuando los médicos anunciaron la terrible enfermedad, aseguró sentir
inmenso gozo, y se alegró tanto con la idea de padecer mucho y morir
padeciendo, que hizo escrúpulo de aquel contento, y preguntó al
Padre director si habría pecado en regocijarse tanto con la certeza
de morir, y si esto sería un artificio de la vanidad. Tranquilizado
sobre punto tan difícil, observaba su mal y aumentábalo á escondidas
de los superiores con privaciones y una guerra oculta declarada á
toda medicina. La resolución de enviarle á su casa, cuando la muerte
parecía segura, le afligió al principio; pero después tuvo una idea,
un plan, y se dejó conducir á Madrid y enjaular en los lujosos
aposentos que le parecían la proyección externa de su propio mal,
horrible, demoniaco, nauseabundo.
Y no obstante, él, contraviniendo las leyes naturales, cuidaba
su enfermedad como se cuida una flor para que crezca; alimentaba
aquella bestia inmunda que se lo comía, y gozaba al sentir chupado
y mascullado su miserable cuerpo, que no era para él más que un
estorbo. Solía decir: «El mundo no es más que un fétido callejón,
donde la sociedad se agita con delirio carnavalesco. Estamos
condenados á pasarlo vestidos con la repugnante máscara de nuestro
cuerpo. Bienaventurados los que lo pasan pronto y pueden arrojar al
fin la máscara para presentarse limpios ante Dios.»
Este era el varón angelical, ésta el alma inflamada, loca, en que
todo era fe y desprecio del mundo, de tal modo, que ella sola bastara
á dar á nuestro siglo lo que aún le falta, un santo, si el siglo
no pareciese dispuesto á romper la turquesa de las canonizaciones.
Verdad que á Luis le faltaba el milagro; ¿pero quién sabe si
había hecho alguno y lo callaba siguiendo su santa costumbre de
escrupulizar su amor propio?
Alguien dijo que aquella santidad no era más que un papel bien
representado; pero esto carecía de fundamento. Más cerca de lo cierto
andaba quien dijo que la santidad, como la caballería, tiene sus
quijotes. En Luis todo era buena fe. Si engañaba á alguien, era á
sí mismo. No puede negársele grandeza y heroísmo. Ninguno de los
muchachos seminaristas que en todo tiempo han tratado de imitar á
San Luis Gonzaga (porque esto ha sido una verdadera monomanía entre
la juventud clerical), adelantó á Tellería en el esmero de la copia.
Pero no se puede imitar lo inimitable; ¿y de qué vale un remedo
puntual de las acciones y de las palabras, descuidando quizás la
asimilación de lo esencial?
Alguien dirá que este joven es una figura de otros tiempos. Pues no
es de otros, sino de éstos. Mas para verla es preciso ir á buscarla
donde está, pues no es un tipo de la Puerta del Sol. El siglo XIX,
el siglo enciclopédico por excelencia, tiene de esto, como tiene de
todo. ¡Monstruosa síntesis de los tiempos, no se sabe á dónde irá á
parar barajando con sus propias invenciones y prodigios nuevos las
reliquias y curiosidades que ha conservado de aquel atrás remoto!
XIX
La Marquesa se va á la música.
La casa de León estaba al Nordeste de la villa, mirando por un lado
al Madrid flamante, poblado de casas alegres y de frescos jardines;
por el otro á las vastas soledades polvorientas. La capital de
España tiene límites marcados por el lápiz de sus arquitectos; no se
disuelve en el campo, ni tiene la zona mitad agrícola mitad urbana,
que nos lleva insensiblemente del bullicio de una ciudad al sosiego
de las aldeas. El apelmazado caserío termina en seco, bruscamente, y
ninguna casa se atreve á separarse ni á ir sola más allá por miedo al
sol, al frío y á los ladrones. Nos ha parecido á veces el reposo de
una gran caravana que al caer de la tarde ha de levantarse y partir
sin volver los ojos para ver el sitio que ocupó.
Desde la parte oriental del _hotel_ se veía aquel triste paisaje
de lomas manchegas, en invierno ligeramente teñidas de un verde
vergonzante; en verano amarillas, pardas, cenicientas, rasguñadas
por arados que no aran, barridas por vientos que se revuelcan en
las sinuosidades del terreno levantando polvo y arrojándoselo á la
cara unos á otros. Algo rompe la regularidad desesperante: aquí
hay un tejar donde se ven masas de ladrillo que humean; allá una
casa solitaria y aburrida, que si algo demuestra es el asombro de
hallarse donde se halla. Al amparo del tejar vense chozas de adobes
y esteras, obras arquitectónicas de que se reirían las golondrinas,
los topos y los castores, y al amparo de estas guaridas de puntapié
los especuladores de la basura analizan la recolección de la mañana,
hurgando en los montones de trapos, barreduras, papeles, restos
mil de lo que diariamente le sobra á una gran ciudad. No lejos de
allí juegan algunos chicos medio desnudos, cuyos cuerpos morenos y
curtidos se confunden con el terruño. Parece que acaban de salir de
una grieta, y que por ella se han de volver á escurrir, graciosos,
blasfemantes, malcriados, revelando en su inocencia desvergonzada al
ángel y al gitano en una misma pieza todavía.
Por allí vagan, después de hociquear en los montones arriba citados,
perros leprosos que no desdeñan una pantorrilla si se les ofrece,
gallinas flacas que por Abril ó Mayo pasean sus manadas de pollos y
les enseñan los primeros rudimentos del _modus vivendi_. A trechos se
halla alguno que otro charco de agua verde, donde el cielo se mira
estupefacto de verse de color de cieno, y las negras caravanas de
hormigas cruzan el terreno en todas direcciones, llevándose á rastras
lo que merodean en algún campo mal sembrado. Por las mañanas óyese
en estas soledades manchegas un cencerreo delicioso: son los rebaños
de ovejas que van de Vallehermoso al Abroñigal, y vuelven al caer
de la tarde salpicando con notas melancólicas el dulce silencio del
crepúsculo. También pasan precipitadas y saltonas las cabras y las
meditabundas burras de leche, que al despuntar el sol llaman con su
áspera esquila á la puerta del tísico.
Este paisaje, seco, huraño, esquivo, con cierto ceño adusto de
encrucijada de asesinatos, con no sé qué displicente aspecto de
cementerio abandonado; paisaje que en vez de llamar detiene, y con
su mirar glacial y amarillo suspende el paso del viajero é infunde
cierto pavor dantesco en el corazón, es cosa muy distinta cuando
llega la noche y, calmado el viento, se difunde un sosiego misterioso
por toda la esfera y se levanta el indescriptible monumento de los
cielos poblados de estrellas. Es tan alta aquí la bóveda azul, que
el pensamiento y la mirada llegan como jadeantes hasta ella. No se
puede mirar sin contener la respiración ese firmamento sin igual que
se posa sobre esta gran estepa de Castilla, como la vida espiritual
surgiendo sobre la aridez del ascetismo. Hay tierras que tienen su
paisaje en las lindas praderas y en los bosques y ríos, graciosamente
sombreados por un cielo algodonáceo. Madrid tiene su paisaje arriba,
en los inmensos espacios empedrados de mundos. Desde la casa de León
veíase al anochecer la faja luminosa que deja el sol en el horizonte;
la hermosa sencillez y unidad del suelo, que trae al pensamiento
los lugares de Oriente donde han pasado los hechos grandes de la
Historia; más tarde la sucesiva aparición de los soles remotos, como
si cada cual fuera á tomar su sitio y se encendiesen poco á poco; la
inmensa redondez aparente del cielo, en cuya curva parece que algunas
estrellas suben animosas y otras bajan cansadas; la extraordinaria
vibración de aquéllas que crecen y menguan temblando; la atención
profunda de las mayores que con un rayo solo de su mirada abarcan
toda la inmensidad; la graciosa indecisión de éstas, la adusta
serenidad de otras que fulguran ceñudas; la grandiosa pereza de la
vía láctea tendida sin fin, y abajo las masas planas de la tierra sin
accidentes, sin ruido, sin alturas, sin árboles, sin agua, imagen
yacente de la humanidad que dormida ó muerta sueña en la obscuridad
de su cerebro con los infinitos esplendores de arriba.
«María, dame tu mano; quiero salir al jardín para ver el cielo,»
decía Luis Gonzaga á su hermana.
Finalizaba Julio y el calor era sofocante. En el jardín había
puesto León un sillón de mimbres para que el enfermo gozara del
bello aspecto de la noche hasta la hora en que empezaba á soplar el
viento del Guadarrama. Los cuatro formaban grupo. El enfermo apenas
hablaba delante de León; pero cuando éste se iba, hablaba con ardor
y elocuencia de la belleza del cielo, del gozo que experimentaba con
su próxima muerte y de la bondad de Dios. En Julio había tenido la
enfermedad no pocas alternativas: hubo días en que se creyó que Luis
se acababa; pero después vinieron otros y aun semanas enteras de tan
visible mejoría, que la Marquesa llegó á tener alguna esperanza.
Los médicos, sin embargo, no permitían que la familia se forjara
ilusiones, y decían á León: «Si no hay milagro de Dios, se va para el
caer de la hoja.»
Aquella noche (nos referimos á la noche en que dijo las palabras
escritas más arriba) parecía mejorado, y sus facciones tomaban tinte
extraño de animación y alegría, correspondiendo á esto una verbosidad
más rápida y ardiente que de costumbre, excepto cuando León se
acercaba. Hallándose todos en el jardín, detúvose un coche en la
verja y oyéronse las voces de la Marquesa de Rioponce y su hija que
venían á buscar á la de Tellería para llevarla á los Jardines del
Retiro. Más de una vez recibiera Milagros la misma invitación; pero
se había excusado de aceptar fundándose en la enfermedad de su hijo.
Verdaderamente no tenía gusto para nada. ¿Cómo podía disfrutar de
placer alguno ante el triste espectáculo que en su casa quedaba?...
¡Oh! Sus amigas la perdonarían; sus amigas no insistirían en llevarla
á fiestas, y comprenderían que no debía ni podía ir... Había hecho el
sacrificio de quedarse en este horno por estar al lado de su hijo...
había hecho el sacrificio de trasladarse á la casa de León que era un
destierro, un verdadero destierro... Su corazón de madre no vacilaba
ante ningún sacrificio... ¡Pero ir á espectáculos, presentarse en
los Jardines cuando todo el mundo sabía que el pobre Luis seguía
padeciendo!... Verdad es que estaba mejor, mucho mejor; no había más
que verle la cara; pero á pesar de esta mejoría, ella, la infeliz, la
atribulada madre, no podía pensar en diversiones ni en música... Y no
es que su pobre espíritu no necesitase algún esparcimiento... Bien
conocía ella que sí lo necesitaba; ¿y qué solaz más puro que un poco
de buena música?... pero no podía decidirse, no. Hallábase encadenada
por su tristeza, y encariñada con ella en tal manera, que no se podía
desligar de sus fatales brazos, y padeciendo como padecía, la misma
pena la sujetaba con fuerte lazo á la persona de su querido enfermito.
A estas razones, la de Rioponce contestaba con otras; que el
pensamiento humano y el lenguaje suministran infinito caudal de
razones para todos los casos de la vida. Era evidente, como la
luz del día, que Luis Gonzaga estaba mejor, ¿qué mejor? fuera
de peligro... Lo anunciaban su faz animada, sus ojos llenos de
serenidad, el desembarazo con que por el jardín paseaba, y el tono
festivo de su voz pronunciando á menudo palabras alegres... ¡Oh! Sin
género de duda la Marquesa podía salir, podía ir al Retiro; ¿por qué
no? ¿No debía ella mirar también por su salud? ¿Era acaso prudente
dejarse dominar por una tristeza infundada? Los mismos altos deberes
que estaba cumpliendo heróicamente junto á su hijo, exigían de ella
el cuidado de su propia salud para poder continuar en su gloriosa
faena de solicitud y de cariño. Dios no exigía tampoco una abnegación
extremada, anti-higiénica, y gustaba de que en la corona de espinas
del sacrificio se introdujera de vez en cuando alguna florecilla.
Este razonar habilidoso y la querencia del festejo que hacía palpitar
su corazón matritense, decidieron á la pobre Milagros. Pero los
inconvenientes surgían á cada instante. Además de que no tenía gana,
absolutamente ninguna gana de ir, érale preciso vestirse, para lo
cual tendría que ir á su casa.
¡Qué tontería! ¡Si estaba bien, perfectamente bien, así! No
necesitaba más. Tenía el singular don de estar siempre bien, y
aquella noche, fuerza era confesarlo, se había puesto elegantísima,
cual si su corazón presagiara un fausto suceso. Por último, los
ruegos de su hijo la decidieron, bien á pesar suyo.
«Iré nada más que por darte gusto, hijo mío,» dijo con mucho cariño.
Luis arrancó dos rosas del rosal más cercano y se las dió á su madre
para que se las pusiera en el seno.
«Ya sé que te gusta esta clase de adorno, que es el más
sencillo,--le dijo sonriendo.
--No voy más que por no desairar á Rosa,--añadió la madre,--y por
complacerte á tí. Yo soy de tu escuela, querido hijo: obediencia y
hacer alguna vez lo que no nos agrada. Adiós.
--Adiós, mamá.»
Poco después, el coche de la de Rioponce se alejaba arrastrando á
la Marquesa hacia aquel resplandor de luces de gas que iluminaba
la neblina formada por el polvo de los paseos y las evaporaciones
caniculares.
XX
Un drama viejo, viejísimo.
«Mi querida María, ¿estamos solos?--dijo Luis estrechando contra su
pecho las manos de su hermana.
--No--replicó ella con desasosiego, mirando una sombra obscura que
avanzaba del otro lado del jardín:--allá está... Viene.»
Después de observar un rato, añadió:
«Pero se ha vuelto; se pasea... Parece que no se atreve á
acercarse... parece que te tiene miedo, Luis, y si no miedo,
respeto... Su conciencia no podrá estar serena delante de tí.
--No seas tonta... ¡respeto á mí!... ¡á mí que soy una miserable
criatura!... Además, los hombres como tu marido no respetan nada ni á
nadie. En su interior hará burla de nosotros.
--Eso sí que no--dijo María con firmeza.--Yo te aseguro que no se
burla de nosotros. León es bueno, y si creyera, si creyera, ¡Dios
mío!... ¿Ves? Ahora parece que vuelve otra vez; pero se retira.
--Está triste--dijo Luis, observando la sombra que allá lejos vagaba
lentamente como alma en pena.--Parece que una gran desgracia le
abruma, y sin embargo, tiene salud, es rico, posee todos los bienes
del mundo. Mírame á mí, enfermo, muriéndome, desligado de todo, pobre
y olvidado, y sin embargo, estoy alegre; mi alma siente esta noche
una calma dulce y un placer... no sé como decirlo: es como si una
mano suave y blanda la levantara en los aires.»
Después, acercando el rostro al de su hermana y mirándola á los ojos,
le dijo:
«Hermana querida, yo me voy á morir.
--Por Dios, no digas eso, hermano. Si estás mejor, si te curarás...
--No me gusta oir en tu boca los necios consuelos propios de los
médicos y de los que carecen de verdadero espíritu cristiano. Yo
me muero y estoy alegre de morirme. Esta mañana, cuando oí misa,
parecióme que una voz celeste me anunciaba mi próximo fin. Desde
entonces nació en mi alma este júbilo que ahora siento. Todos mis
pensamientos hoy han sido de gozo y felicitación por el bien que
anhelo. He entonado un _Te Deum_ y me he alegrado tanto, tanto, que
al fin he temido que este excesivo contento escondiese algo de amor
propio y ofendiese á Dios.
--No te morirás, no te morirás,--dijo María, acariciándole la cabeza.
--Tu alma, contaminada del mundo, no comprende la deliciosa vida del
morir. Entiendes las palabras en ese sentido estúpido que les da el
Diccionario y la conversación de los pecadores. Regocíjate por mi
muerte, mujer, regocíjate como yo, y así aprenderás á desear la tuya.
¡Ay, hermana mía! Un solo sentimiento empaña mi alegría, un solo
interés mundano me ata todavía á mi horrible envoltura. ¿Sabes cuál
es? Acerca más tu asiento al mío: no puedo alzar la voz.»
Los dos sillones de mimbre se tocaron.
«Me aflige el considerar que tu preciosa alma, gemela de la mía,
como tu cuerpo, se quedará aquí en peligro de ser contaminada, más
contaminada de lo que ya está... Esta idea me perturba en mi última
hora, y aunque espero alcanzar mucho del Señor pidiéndole por tí, no
estoy tranquilo.
--¡Yo contaminarme!... ¿de qué? tú no conoces bien mi carácter, ni el
heroísmo y constancia con que defiendo mi fe, mi pobre fe pequeñita y
humilde que no es más que un reflejo de la tuya, grande y brillante
como el sol. No temas por mí. Ya te dije que no hay peligro; ya te
expliqué bien que amándole como le amo, me mantengo siempre á una
distancia infranqueable. Él ha querido salvar este abismo. Yo lo he
querido también y lo he deseado; pero después de lo que tú me has
dicho, comprendo que es imposible sin un milagro de Dios.
--No milagro, sino un acto especial de su misericordia... y este acto
debes esperarlo. Pídeselo á Dios constantemente, y al mismo tiempo
no desatiendas ni un día, ni un instante, la obra querida de tu
salvación. Conságrate á salvarte, María; haz de tu vida terrenal un
escabel puro y simple para tu subida á los cielos; cultiva la vida
interior, refuérzate con una devoción perenne, ármate de paciencia
y corónate de sacrificios, porque tu situación es mala, careces de
libertad, te hallas unida, por fatal error de tu juventud, á un
hombre que hará esfuerzos colosales por apartarte de la única senda
que lleva á la gloria eterna... De modo, hermana queridísima, que
tu trabajo ha de ser doble, tus afanes inmensos, sudarás sangre,
beberás hiel, sufrirás esos desgarradores martirios internos que
hacen más daño que el fuego de una hoguera... ¡Pobre hermanita de mi
alma!... ¡Ay! cuando los Padres me mandaron á Madrid, tuve gran pena
y dije: «¿A qué me mandan á ese lugar de pestilencia? ¿Por qué no
me dejan morir en paz aquí?...» Ya me resignaba á obedecer, cuando
un pensamiento súbito me iluminó y pensé así: «De seguro el Señor
me envía por ese camino con algún objeto piadoso.» El objeto lo ví
pronto... el objeto era que esta voz, pronta á callar para siempre
perdiendo el son vano del mundo, dijera algunas palabras importantes
á una alma bella y candorosa que el Señor tiene por suya. Bien sabe
Dios que eres tú lo que más amo en la tierra; nos criamos juntos, y
nuestras inclinaciones, como nuestras caras, se parecían; á los dos
nos gustaba la vida espiritual, y en la edad en que todos los niños
juegan, nosotros quisimos ser martirizados. Nuestra vida en aquel
adusto pueblo de Ávila echó el cimiento en que luego cada cual debía
edificar su piedad. Mi vocación sacerdotal preservóme al instante del
contagio del mundo. Tú caíste, tú te alejaste de la senda de luz y
te metiste en la obscuridad, y en la obscuridad, cuando los ojos de
tu alma estaban ciegos, te casaste... ¡Y con quién! ¡No vitupero el
matrimonio, que es santo también, sino tu elección! Pero los grandes
gérmenes de tu alma fructificarán á pesar de todo; sí, fructificarán,
hermana mía... Yo, por especial favor de Dios, he venido á morir en
tus brazos; he sido mandado para que me veas y me oigas...
--¡Bendígate Dios mil veces!--exclamó María Egipciaca con
efusión.--Yo creí que allá en tu santo retiro no sabías nada de lo
que aquí pasaba; yo creí que ignorabas las ideas de mi marido...
--Allá lo sabemos todo. Yo conocía sus obras, sus ideas, su
carácter, y tenía noticia de su exterior amable y de sus cualidades
relativamente buenas... Sabía los vicios que devoran á nuestra
desgraciada familia, vicios de los cuales tú y yo no debemos hacer
un secreto. Nuestro pobre padre no vive como un prócer cristiano;
nuestra mamá pone atención desmedida en las vanidades del mundo;
Leopoldo es un joven disoluto, enfangado en la corrupción; y Gustavo,
aunque defiende con brío la causa de Dios, hácelo con cierta
ostentación mundana y más bien por orgullo que por el celo religioso.
Los cuatro han olvidado que la hermosura, la gloria humana, las
riquezas, los honores, el aplauso no sirven al fin para otra cosa
que para los gusanos que todo se lo comen, y que cuantos afanes se
pasen por lo que no sea el provecho del alma, son en beneficio de
los mismos feos gusanos... Sólo tú te me apareces con algún carácter
de santidad y virtud que descuella entre esta podredumbre; pero aun
tú, con ser tan superior á los demás, no estás exenta de gran mal y
expuesta también á perder tu alma...»
Al decir esto se le extinguieron súbitamente las palabras en la
garganta, como si una mano invisible le hubiera agarrotado.
«Me ahogo--murmuró con sordo gruñido, echando la cabeza atrás.--No
puedo...»
Apenas podía respirar, y su cuerpo se contrajo con dolorosas ansias.
«León, León,--gritó María llena de susto.
--No es nada... no llames--dijo con mucho trabajo Luis, empezando á
recobrar el uso de sus gastados pulmones.--Creí que había llegado el
momento... No tardará. Dame tu mano; no te separes de mí.»
Acercóse León.
«No es nada--le dijo su cuñado.--No hay que asustarse... Creí que me
moría; pero no es hora, no; aún tengo algo que decir.»
Los tres guardaron profundo silencio.
«Este sitio no es bueno--dijo León.--Ha estado toda la tarde abrasado
por el sol, y parece un horno. ¿Quieres que te pongamos al lado del
Naciente, donde está un poco más fresco?
--¡Oh! Sí... es la parte mejor, porque no se siente el bullicio de la
calle, ni ese vaho de ciudad populosa que aturde.»
Levantóse y anduvo algunos pasos apoyado en su hermana, mientras León
transportaba los dos sillones; pero antes de llegar, el enfermo se
encontró súbitamente sin fuerzas; y apoyado en el brazo de María,
vacilaba como un ebrio.
«¡León, León, por Dios, ven!»