Nota de transcripción
* Esta novela se publicó originalmente en dos tomos. Ambos tomos
se han concatenado en este libro electrónico. Se ha antepuesto
el número de tomo al número de página, de modo que 1,156 y 2,156
se refieren a las páginas 156 de dos tomos distintos. Se ha
consolidado, además, un índice conjunto y se han colocado los
anuncios al final.
* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_, las
negritas entre =iguales=, las versalitas como MAYÚSCULAS.
* Se ha respetado la ortografía original, homogeneizándola a la
grafía de mayor frecuencia.
* Se han igualado los enunciados de los capítulos en el texto y en
el índice.
* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos. En particular,
los siguientes:
Pág. 1,6: “D. Diego de Noche” cambiado por “dondiego de noche”.
Pág. 1,10: “Rostchilds” cambiado por “Rothschilds”.
Pág. 1,24: “chabeta” cambiado por “chaveta”.
Pág. 1,72: “_zandunga_” cambiado por “_sandunga_”.
Pág. 1,80: “Amparo” cambiado por “Al amparo”.
Pág. 1,95: “armonía.” cambiado por “armonía!”.
Pág. 1,183: “rododrendon” cambiado por “rododendro”.
Pág. 1,223: “Oyéme” cambiado por “Óyeme”.
Pág. 1,225: “desconformidad” cambiado por “disconformidad”.
Pág. 1,226: “puedas” cambiado por “puedes”.
Pág. 1,230: “Antarés” cambiado por “Antares”.
Pág. 1,285: “gleditchas” cambiado por “gleditchias”.
Pág. 1,285: “fuchias” cambiado por “fucsias”.
Pág. 1,291: “estibiado” cambiado por “entibiado”.
Pág. 1,384: “Denuchelis” cambiado por “Demichelis”.
Pág. 2,39: “¡pésie á tal!” cambiado por “¡pese á tal!”.
Pág. 2,48: “perenales” cambiado por “perennales”.
Pág. 2,73: “pervesas” cambiado por “perversas”.
Pág. 2,86: “¡calle!” cambiado por “¡calla!”.
Pág. 2,101: “Romana” cambiado por “Ramona”.
Pág. 2,207: “VII” cambiado por “VIII”.
* Además, se han hecho las siguientes modificaciones de acuerdo con
ediciones más recientes:
Pág. 2,184: se inserta un “no” (Doña María y yo no vamos a
hablar), para preservar el sentido de la frase.
Pág. 2,377: “León” ha sido sustituido por “Federico” (--Te
suplico que salgas,--dijo D. Pedro á Federico.),
para preservar el sentido del diálogo.
LA FAMILIA DE LEÓN ROCH
Es propiedad. Queda hecho el
depósito que marca la ley. Serán
furtivos los ejemplares que no
lleven el sello del autor.
Est. tip. de los Hijos de Tello. Carrera de San Francisco, 4.
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
POR
B. PÉREZ GALDÓS
(Primera época.)
LA FAMILIA
DE
LEÓN ROCH
TOMO I
29.000
[Ilustración]
MADRID
LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11.
1920
LA FAMILIA DE LEÓN ROCH
PRIMERA PARTE
I
De la misma al mismo.
_Ugoibea, 30 de Agosto._
«Querido León: No hagas caso de mi carta de ayer, que se ha cruzado
con la tuya que acabo de recibir. La ira y los pícaros celos me
hicieron escribir mil desatinos. Me avergüenzo de haber puesto en
el papel tantas palabras tremebundas mezcladas con puerilidades
gazmoñas... pero no me avergüenzo: me río de mí misma y de mi estilo,
y te pido perdón. Si yo hubiera tenido un poco de paciencia para
esperar tus explicaciones... Otra tontería... ¡Celos, paciencia!
¿quién ha visto esas dos cosas en una pieza? Veo que no acaban aún
mis desvaríos; y es que después de haber sido tonta, siquiera por un
día, no vuelve á dos tirones una mujer á su discreción natural.
»Mientras recobro la mía, allá van paces y más paces y un propósito
firme de no volver á ser irascible, ni suspicaz, ni cavilosa,
ni inquisidora, como tú dices. Tus explicaciones me satisfacen
completamente: no sé por qué veo en ellas una lealtad y una honradez
que se imponen á mi razón, y no dan lugar á más dudas, y me llenan el
alma, ¿cómo decirlo? de un convencimiento que se parece al cariño,
que es su hermano y está junto con él, abrazados los dos, en el
fondo, en el fondo... no sé acabar la frase; pero ¿qué importa?
Adelante. Decía que creo en tus explicaciones. Una negativa habría
aumentado mis sospechas; tu confesión las disipa. Declaras que en
efecto amaste... no, no es ésta la palabra... que tuviste relaciones
superficiales, de colegio, de chiquillos, con la de Fúcar; que la
conoces desde la niñez, que jugabais juntos... Yo recuerdo que
me contabas algo de esto en Madrid, cuando por primera vez nos
conocimos. ¿No era esa la que te acompañaba á recoger azahares caídos
debajo de los naranjos, la que tenía miedo de oir el chasquido de
los gusanos de seda cuando están comiendo, la que tú coronabas
con florecillas de dondiego de noche? Sí: me has referido muchas
monadas de esa tu compañera de la infancia. Ella y tú os pintábais
las mejillas con moras silvestres y os poníais mitras de papel. Tú
gozabas cogiendo nidos, y ella no tenía mayor placer que descalzarse
y meter los pies en las acequias, andando por entre los juncos y
plantas acuáticas. Un día, casi á la misma hora, tú te caíste de un
árbol, y ella fué mordida por un reptil. Era la de Fúcar, ¿no es
verdad? Mira qué bien me acuerdo. ¡Si sería yo capaz de escribir tu
historia!
»La verdad, yo no había puesto mucha atención en estos cuentos de
_bebés_... pero cuando ví á esa mujer, cuando me dijeron que la
amabas... Hace de esto diez días, y aún se me figura que me estoy
ahogando como en el momento en que me lo dijeron. Créemelo: me
pareció que se acababa el mundo, que el tiempo se detenía (no lo
puedo explicar) y se doblaba mostrando un ángulo horrible, un lado
desconocido donde yo... otra frase sin concluir. Adelante.
»Ahora me acuerdo de otra aleluya de tu infancia, que me contaste no
hace mucho. ¡Cómo se quedan presentes estas tonterías! Cuando fuiste
pollo y empezaste á estudiar esa ciencia de las piedras, que no sé
para qué sirve; cuando ella (y sigo creyendo que sería otra vez la
de Fúcar) no metía los pies en las acequias, ni se pintaba la cara
con moras, ni se ponía tus mitras de papel, jugásteis á los novios
con menos inocencia que antes; pero... vamos, lo concedo, siempre
con inocencia. Ella estaba en un colegio donde había muchas lilas y
un portero que se encargaba de traer y llevar cartitas. Asómbrate de
mi memoria. Hasta me acuerdo del nombre de aquel portero: se llamaba
Escóiquiz.
»Basta de historia antigua. Lo que no me dijiste nunca, lo que yo
no sabía hasta hoy, cuando he leído tus explicaciones, es que...
(pues repito que no me hace gracia, caballero) es que hace dos años
os encontrásteis otra vez allí donde florecen los naranjos, mascan
los gusanillos y corren las acequias; que hubo así como un poquillo
de ilusión; que desde entonces tuviste para ella un afecto sincero,
y que ese afecto fué creciendo, creciendo hasta... (aquí entro yo)
hasta que me conociste... Muchas gracias, caballero, por la retahila
de galantería, de finezas, de protestas, de amorosas palabras
que vienen en seguida. Esta lluvia de flores lleva una carilla.
Hay carillas que parecen caras divinas, y ésta me hace llorar de
contento. Gracias, gracias. Esto es muy hermoso; y lo que dices de
mí muy exagerado. Más vales tú que yo... Vives para mí. ¡Ay! León,
lo mejor que se puede hacer con estas frases de novela es creerlas.
Ábrete, corazón, y recíbelo todo. Yo soy buena católica y me he
educado en el arte de creer.
»¡Si seré tonta que he vuelto á leer la bendita carilla!... ¡Oh, está
muy bien!... Que un amor verdadero, elevado, profundo, borró aquel
capricho, no dejando rastro de él: muy bien... Que las ilusiones
infantiles rara vez persisten en la edad mayor: perfectamente... Que
tus sentimientos son sinceros y tus propósitos formales: sí, sí...
Que la voz que llegó á mi oído haciéndome creer en el fin del mundo,
fué una de tantas conjeturas que lanza la frivolidad del mundo para
que las recoja la malicia y haga con ellas armas terribles: eso es,
eso es... Que la de Fúcar es hoy para tí tan indiferente como otra
cualquiera: divino, delicioso... En fin, que yo y sola yo... que á
mí y sólo á mí... ¡Oh, qué dulce es ponerse la mano en el pecho y
apretarse mucho diciendo con el pensamiento: «á mí, á mí sola, á
nadie más que á mí!»
»¡Qué argumento tan poderoso me ocurre en favor tuyo! La de Fúcar es
inmensamente rica, yo soy casi pobre. Pero cuando se tiene fe no se
necesitan argumentos, y yo tengo fe en tí... Cuantos te conocen dicen
que eres un modelo de rectitud y de nobleza, un caso raro en estos
tiempos. Estoy tan orgullosa como agradecida. ¡Qué bueno ha sido mi
Dios para mí al depararme un bien que, al decir de las gentes, anda
hoy tan escaso en el mundo!...
»No quiero dejar de manifestarte, aunque esta carta no se acabe
nunca, la impresión que me causó la Fúcar, dejando aparte el
rencorcito que despertó en mí. Después de pasado el temporal, puedo
juzgarla fríamente y con imparcialidad; y si cuando me dijeron lo
que sabes parecióme tener grandes perfecciones, ahora la veo en su
verdadero tamaño. No hay que hablar del lujo escandaloso de esa
mujer: es un insulto á la humanidad y á la divinidad. Papá dice
que con lo que ella gasta en trapos en una semana, podrían vivir
holgadamente muchas familias. No carece de elegancia; pero á veces
es extravagantísima y parece decir: «Señores, me pongo así para
que vean todos que tengo mucho dinero.» Mamá dice que no habrá
hombre alguno que se case con ese mostrador de maravillas de la
industria. Los Rothschilds no abundan, y la de Fúcar causa terror
á los pretendientes. Esa muchacha pródiga, voluntariosa, llena de
caprichos y pésimamente educada, tendrá al fin por dueño á cualquier
perdido. Así lo dice mamá, que conoce el mundo, y yo lo creo.
»No la encuentro yo tan graciosa como dicen y como á mí me pareció
cuando me moría de celos. Es demasiado alta para ser esbelta,
demasiado flaca para airosa. El bonito color no puede negársele; pero
se necesita un microscopio para encontrarle los ojos: ¡tan chicos
son! Cuentan que habla con mucho gracejo: yo no lo sé, porque nunca
la he tratado ni quiero tratarla. La ví de lejos en la playa, y en el
balcón de la casa de baños, y me pareció de maneras desenvueltas y
libres. Creo que me miró de un modo particular. Yo la miré queriendo
darle á entender que me importaba poco su persona: no sé si lo hice
bien.
»Estuvo aquí tres días. Yo no salí de casa. Nunca he llorado más. Al
fin se fué esa loca. El gozo que me causó dejar de verla, se anubla
un poquito cuando considero que ahora está donde tú estás. He pensado
ayer todo el día en que debiera haber aquí una torre muy alta, muy
alta, desde la cual se viese lo que pasa en Iturburúa. Yo subiría á
ella de un salto... Pero confío en tu lealtad... Y si le dices que
me amas á mí sola, si ella te conserva algún afecto, y al oírlo
rabia... ¡Oh! si rabia, avísamelo: quiero tener ese gusto.
»El lunes te esperamos. Papá dice que si no vienes no eres hombre de
palabra. Está muy impaciente por hablar contigo de política, pues
según él, aquí hay una plaga de gente ministerial que le apesta. Si
al fin le hicieran senador... y francamente, temo por su razón si no
consigue ese bendito escaño. Sigue con la manía de mandar sueltos
á los periódicos. En los de estos días hemos encontrado algunos,
y también artículos. Ya sabes que mamá los conoce en que casi
invariablemente empiezan diciendo: _Es de lamentar..._
»Hoy entró muy orgulloso mostrándome la obra que has publicado. Él
hacía elogios ardientes, y le leyó á mamá los primeros párrafos. Era
cosa de risa. Ni él, ni mamá ni yo comprendíamos una sola palabra,
y, sin embargo, todos encarecíamos mucho la sabiduría del libro.
Figúrate lo que entenderemos nosotros del _Análisis del terreno
plutónico en las islas Columbretes_, ni qué interés pueden tener para
mí las capas _cuaternarias_, los terrenos _pirógenos_, _azóicos_...
Hasta el escribir estas palabrotas me cuesta trabajo, y tengo que
ir trazando letra por letra. Sin embargo, basta que hayas hecho tú
esa monserga de sabidurías obscuras, para que me cautive. He pasado
algunos ratos leyendo tus páginas, como si leyera el griego, y... no
lo creerás, pero es cierto que sin saber la causa, yo leía y leía,
llevada de un no sé qué de admiración y respeto hacia tí. Entre
tantos nombres endiablados he encontrado algunos preciosísimos y que
han despertado en mí simpatías, tales como _sienita_, _pegmatita_,
_variolita_, _anfibolita_. Todas estas niñitas me parecen nombres
de hadas ó geniecillos que han jugado alrededor de tu cabeza cuando
estudiabas la obra de Dios en las honduras de la tierra.
»Pero sin quererlo me estoy volviendo poetisa, y esto es
inaguantable, señor mío. ¡Y esta pícara carta que no quiere dejarse
acabar!... Mamá me está llamando para ir á paseo. Está muy aburrida.
Dice que éste es un lugar de baños eminentemente _cursi_, y que antes
se quedará en Madrid que volver á él. Ni casino, ni sociedad, ni
expediciones, ni tiendas de chucherías, ni gente de cierta clase. La
verdad es que no hay dos Biarritz en el mundo.
»Leopoldo también está aburridísimo. Dice que éste es un pueblo
salvaje, y que no comprende cómo hay persona decente que venga á
bañarse entre cafres. Así llama á los pobres castellanos que inundan
estas playas. Gustavo ha pasado á Francia para visitar al santo y
angelical Luis Gonzaga, que está algo delicado. ¡Pobre hermanito
mío! Hace días nos visitó de parte suya un clérigo italiano, un
tal Paoletti, hombre amabilísimo, muy instruído y de conversación
muy amena... Pero quiero darte cuenta de todo, y no puede ser. El
papel se acaba, y mamá me llama otra vez. Adiós, adiós, adiós. Que
no faltes el lunes... Hablaremos de aquello, ¿sabes? de aquello.
Anoche, cuando rezaba, le pedí á Dios por tí... No pongas esa cara
de pillo. Hay en tu alma un rinconcito obscuro que no me gusta. No
digo más por no parecer doctora de la Iglesia, por no anticipar una
empresa gloriosa que tendrá su... quédese también esta frase sin
concluir... Abur, perdido... Memorias á las _sienitas_, _pegmatitas_
y _anfibolitas_, únicas señoritas de quienes no tiene celos la que te
quiere de todo corazón, la que tiene la simpleza de creer todo lo que
le dices, la que te espera el lunes... cuidado con faltar. Hasta el
lunes. Si no, verás quién es tu
MARÍA.»
II
Herpetismo.
El que leyó esta carta paseaba, mientras leía, por una alameda
de altísimos árboles. En uno de los extremos de ella había una
construcción baja, de cuyo pórtico con pretensiones greco-romanas
salían tibios vapores sulfúricos, harto desagradables, y en el otro
uno de esos edificios falansterianos á que concurren los españoles
durante el estío para reproducir en el campo la vida estrecha,
incómoda y enfermiza de las poblaciones. Escabrosas montañas, de
hierba y musgo vestidas, daban con el pie al establecimiento, como
para arrojarlo al río, y éste, que intentaba disimular su pequeñez
haciendo ruido (á semejanza de muchos hombres que son Manzanares
de cuerpo y Niágaras de voz), se encrespaba junto al muro de
sostenimiento, jurando y perjurando que se llevaría falansterio,
alameda, cantina, médico, fondista y veraneantes.
Estos cojeaban tosiendo en la alameda, ó formaban desiguales grupos
bajo los árboles y en los bancos de césped. Oíanse monografías de
todos los males imaginables: cálculos sobre digestiones hechas ó
por hacer; diagnósticos ramplones; recuentos de insomnios, hipos
y acedías; inventarios de palpitaciones cardiacas; disertaciones
varias sobre las travesuras del gran simpático; sutiles hipótesis
sobre los misterios del sistema nervioso, iguales á los de Isis en
lo impenetrables; observaciones erigidas en aforismos por un pecho
optimista; vaticinios de aprensivo que cuenta por sus toses los
pasos de la muerte; esperanzas de crédulo que supone en las aguas la
milagrosa virtud de resucitar difuntos; sofocados ayes del atacado de
gastralgia; soliloquios del desesperado y risas del restablecido.
El que no ha vivido siquiera tres días en medio de este mundo anémico
y escrofuloso, compuesto de enfermos que parecen sanos, sanos que se
creen enfermos, individuos que se pudren á ojos vistos carcomidos por
el vicio, y aprensivos que se sublevarían contra Dios si decretara la
salud universal, no comprenderá el fastidio é insulsez de esta vida
falansteriana, tan ardientemente adoptada por nuestra sociedad desde
que hubo ferrocarriles, y en la cual rara vez se encuentra el plácido
sosiego del campo.
Con todo, no faltan atractivos en la sociedad herpética. La
renovación constante de tipos; las bellezas que entran cada día,
acompañadas de más mundos que un sistema planetario; el lujo,
las tertulias; la delicada ambrosía de la murmuración, servida á
cada instante y pasada de boca en boca sin saciar jamás á ninguna
ni agotarse con el diario consumo; los improvisados ó redivivos
noviazgos; los rozamientos morales, ora ásperos; ora de dulce
suavidad; los mil cabos que se atan ó se desatan, el bailoteo, las
expediciones para ver gruta, panorama ó golpe de ruínas, que ya
se vieron el año pasado, y que se han de gozar uniendo la voz al
coro de la admiración general; los juegos inocentes ó venialmente
criminales; las bromas, los complots, las galanas intrigas con que
algunos se atreven á romper la monotonía de la felicidad colectiva,
de aquel esparcimiento colectivo, de aquella higiene colectiva, de
aquella vida eminentemente colectiva, que en medio de sus esplendores
tiene un no sé qué reglamentario y lúgubre á estilo de hospital,
dan atractivos á estos sitios, al menos para ciertos caracteres,
precisamente los que más abundan. Por eso van allá todos los
españoles, unos con su dinero, otros con el ajeno, y desde que apunta
Julio son puestos en prensa el administrador ó el prestamista para
que alleguen los caudales que reclama aquel importante fin de la
vida moderna. Enardece á la sociedad un loco afán de embriagarse con
aguas de azufre, y para cantar esta sed elegante se echa de menos un
Anacreonte hidropático.
El que leía la carta era un joven vestido de riguroso luto. Leídos y
guardados los tres pliegos, quiso seguir paseando; mas le fué preciso
atender á los saludos de sus compañeros de fonda. Era la hora en que
la mayor parte de los bañistas bajaban á beber el agua y á pasearla.
Veíanse caras desconsoladas y escuálidas, unas de viejos verdes
y otras de jóvenes achacosos; sonrisas mustias que se confundían
con las contracciones de dolor; no se oía más que un preguntar y
responder constante sobre las distintas formas y maneras de estar
malo.
La chismografía patológica es insoportable, y así debió comprenderlo
el de la carta, que afortunadamente estaba bien con Esculapio, porque
tomó el camino de la fonda para salir del establecimiento; pero
fué detenido por un grupo compuesto de tres personas, dos de las
cuales eran de edad madura, de aspecto grave y hasta cierto punto
majestuoso.
«Buenos días, León--dijo el más joven en tono de confianza
íntima.--Ya te ví desde mi ventana leyendo los tres pliegos de
costumbre.
--Hola, amigo Roch, usted siempre tan madrugador,--indicó el más
viejo, que era también el más feo de los tres.
--Leoncillo, buena pieza... alma de cántaro, ¿no paseas hoy con
nosotros?--dijo el de aspecto más imponente, que ocupaba entonces,
como siempre, el centro del grupo, de tal modo, que los otros dos
parecían ir á su lado con un fin puramente decorativo para hacer
resaltar más su importancia física y social.
El joven vestido de negro se excusó como pudo. «Bajaré dentro de una
hora--dijo evadiéndose con ligereza.--Hasta luego.»
El grupo avanzó por la alameda adelante. ¿Será preciso describir esta
trinidad ilustre, la cual es, si se nos permite decirlo así, una
constelación que se ve en España á todas horas á pesar de ser muy
turbio el cielo de nuestro país?
Aquí el lector, lo mismo que el autor, dirá forzosamente: _Son ellos;
dejémosles que pasen_. Pero esta constelación no pasa ni declina
jamás; no baja nunca hacia el horizonte, ni es obscurecida por el
sol, ni se nubla, ni se eclipsa. Siempre está en alto, ¡ay! siempre
resplandece con inextinguible claridad pavorosa en el zénit de la
vida nacional.
¿Quién no conoce al Marqués de Fúcar, de quien ha dicho la adulación
que es uno de los pocos oasis de riqueza situados en medio del árido
desierto de la general miseria? Así como ocupa el primer lugar en la
constelación citada, también es el _alpha_ de la sociedad española.
¿Quién no conoce á D. Joaquín Onésimo, ese fanal luminoso de la
Administración, que encendido en todas las situaciones, ilumina con
sus rayos á una pléyade de Onésimos que en diversos puestos del
Estado consumen medio presupuesto? Alguien dijo que los Onésimos no
eran una familia, sino una epidemia; pero no puede dudarse ¡cielos!
que si esa luminaria se apagase quedarían á obscuras los ámbitos de
la buena administración, y reducidos á revuelto caos el orden, las
instituciones y la sociedad toda.
El tercer ángulo de este triángulo, lo formaba un acicalado y muy
bien parecido joven, en cuyo semblante pálido y linfático parecían
extinguidas prematuramente la frescura y la energía propias de sus
treinta y dos años. Eran sus maneras perezosas y su aspecto de
fatiga y agotamiento, como es común en los que han derrochado la
riqueza moral en la mala política, la intelectual en el periodismo de
pandilla, y la física en el vicio. Este tipo esencialmente español y
matritense, nocturno, calenturiento, extenuado, personificación de
esa fiebre nacional que se manifiesta devorante y abrasadora en las
redacciones trasnochantes, en los casinos que sólo apagan sus luces
al salir el sol, en las tertulias crepusculares y en los mentideros
que perpetuamente funcionan en pasillos de teatro, rincones de café
ó despachos de ministerio, parecía muy fuera de su lugar propio en
aquel ambiente puro y luminoso, á la sombra de gigantescos árboles.
Podría creerse que le causaba molestia hallarse lejos de sus antros
de corrupción y malevolencia, y que para las esplendentes gracias de
la Naturaleza no había en su corazón un latido, ni una mirada en sus
turbios ojos sin viveza, de párpados turgentes, embolsados y rojos
por el hábito del insomnio.
Federico Cimarra, que era el joven; Don Joaquín Onésimo (á quien
se creía próximo á llamarse Marqués de Onésimo) y D. Pedro Fúcar,
Marqués de Casa-Fúcar, luego que midieron dos ó tres veces la
alameda, se sentaron.
III
Donde el lector verá con gusto los panegíricos que los españoles
hacen de sus compatriotas y de su país.
«Ya es evidente que León se casa con la hija del Marqués de
Tellería--dijo Federico Cimarra.--No es gran partido, porque el
Marqués está más tronado que los cómicos en Cuaresma.
--Ya sólo le queda la casa de la calle de Hortaleza,--apuntó Fúcar
con indiferencia.
--Es buena finca, construída en tiempo del Marqués de Pontejos... Al
fin se quedará también sin ella. Dicen que en esa familia, todos,
desde el Marqués hasta Polito, tienen la cabeza á pájaros.
--¿Pero no le queda á Tellería más que la casa?--preguntó el hombre de
Administración con curiosidad, que parecía el afán celoso del Fisco
buscando la materia imponible.
--Nada más--repitió el de Fúcar demostrando conocer á fondo el
asunto.--Las tierras de Piedrabuena han sido vendidas en subasta
judicial hace dos meses. Con las casas y la fábrica de Nules se quedó
mi cuñado en Febrero último. En fondos públicos no debe de tener
nada. Me consta que en Junio tomó dinero al 20 por 100 con no sé qué
garantía... En fin, otra torre por los suelos.
--Y esa casa fué poderosa--dijo Onésimo.--Yo le oí contar á mi
padre que en el siglo pasado estos Tellerías ponían la ley á toda
Extremadura. Era la segunda casa en ganados. Tuvieron medio siglo las
alcabalas de Badajoz.»
Federico Cimarra se puso en pie frente á los otros dos, y abriendo
las piernas en forma de compás, empezó á hacer el molinete con su
bastón.
«Es increíble--dijo sonriendo,--la calaverada de ese pobre León...
Cuidado que yo le quiero... es mi amigo... ¿Pero quién se atreve á
contradecirle? Váyase usted á argumentar con estas cabezas de piedra
que se llaman matemáticos. ¿Han conocido ustedes un solo sabio con
sentido común?
--Ninguno, ninguno--exclamó el Marqués de Fúcar riendo á borbotones,
que era su especial manera de reir.--¿Y es cierto lo que me han
dicho?... ¿que la chica es algo mojigata? Sería cosa muy bufa
ver á un librepensador de mares altos pescado con anzuelito de
Padrenuestros y Avemarías.
--No sé si es mojigata; pero sí sé que es muy bonita--afirmó Cimarra
paladeando.--Pase lo de santurrona por lo que tiene de _barbiana_...
Pero su carácter no está formado... es una chiquilla, y después que
anda enamorada no piensa en santidades... La que me parece en camino
de ser verdadera beata es la Marquesa, que no podrá eludir la ley por
la cual una juventud divertida viene á parar en vejez devota. ¡Qué
desmejorada está la Marquesa! La ví la semana pasada en Ugoibea y me
pareció una ruína, una completa ruína. En cambio, María está hecha
una diosa... ¡Qué cabeza!... ¡qué aire y qué _trapío_!»
En el lenguaje de Cimarra se mezclaban siempre á la fraseología usual
de la gente discreta los términos más comunes de la germanía moderna.
«Eso sí--dijo el Marqués de Fúcar con expresión y sonrisa de
sátira.--María Sudre vale cualquier cosa... Yo creo que el matemático
ha perdido la chaveta y se ha dejado enloquecer por aquellos ojos
de fuego. Esa chiquilla no me gustaría para esposa... Hermosura
superior, fantasía, tendencia al romanticismo, un carácter
escondido, algo que no se ve... en fin, no me gusta, no me gusta.
--¡Caramba!--exclamó el hombre de Administración dándose una palmada
en la propia rodilla.--Todo menos hablar mal de María Sudre. La
conozco... es un portento de bondad... es lo mejor de la familia.
--Hombre--dijo el Marqués de Fúcar descuadernando su cara en una
risa homérica.--La familia es la familia de tontos más completa que
conozco, sin exceptuar al mismo Gustavo, que pasa por un prodigio.
--¡Ah! no: la chica vale, vale--afirmó Onésimo.--No diré lo mismo
de León. Es un sabio de nuevo cuño, uno de estos productos de la
Universidad, del Ateneo y de la Escuela de Minas, que maldito si me
inspiran confianza. Mucha ciencia alemana, que el demonio que la
entienda; mucha teoría obscura y palabrejas ridículas; mucho aire de
despreciarnos á todos los españoles como á un atajo de ignorantes;
mucho orgullo, y luego el tufillo de descreimiento, que es lo que más
me carga. Yo no soy de esos que se llaman católicos y admiten teorías
contrarias al catolicismo: yo soy católico, católico.»
Se dió dos palmadas en el pecho.
«Hombre, sea usted todo lo católico que quiera--dijo Fúcar riendo
con menos estrépito, ó si se quiere con cierta tendencia á la
seriedad.--Todos somos católicos... Pero no exageremos... ¡Oh! la
exageración es lo que mata todo en este país. Dejemos á un lado las
creencias, que son muy respetables, pero muy respetables. Yo veo
en León un hombre de mucho, de muchísimo mérito. Es lo mejor que
ha salido de la Escuela de Minas desde que ésta existe. Su colosal
talento no conoce dificultades en ningún estudio, y lo mismo es
geólogo que botánico. Según dicen, todos los adelantos de la Historia
natural le son familiares y es un astrónomo de primera fuerza.
--¡Oh! León Roch--exclamó Cimarra con el tono de hinchazón protectora
que toma la ignorancia cuando no tiene más remedio que hacer justicia
á la sabiduría,--vale mucho. Es de lo poco bueno que tenemos en
España. Somos amigos, estuvimos juntos en el colegio. Verdad es que
en el colegio no se distinguía; pero después...
--No me entra, repito que no me entra; no le puedo pasar...--dijo
Onésimo como quien se niega á tomar una pócima amarga.
--Mire usted, amigo Onésimo--indicó el Marqués en tono solemne,--no
hay que exagerar... La exageración es el principal defecto de este
país... Eso de que porque seamos católicos condenemos á todos los
hombres que cultivan las ciencias naturales, sin darse golpes de
pecho, y se desvían... yo concedo que se desvían un poco, mucho
quizás, de los senderos católicos... Pero ¿qué me importa? El mundo
va por donde va. Conviene no exagerar. Para mí la falta principal
de Leoncillo... yo le conozco desde que era niño: él y mi hija se
criaron juntos en Valencia... pues su gran falta es comprometer su
juventud, su riqueza, su porvenir en ese enlace con una familia
desordenada y decadente que le devorará sin remedio.
--¿Es rico León?
--¡Oh! ¡mucho!--exclamó Fúcar con grandes encarecimientos.--Conocí á
su padre en Valencia, el pobre D. Pepe, que murió hace tres meses,
después de pasarse cincuenta años trabajando como un negro. Yo le
traté cuando tenía el molino de chocolate en la calle de las Barcas.
La verdad es que en aquel tiempo el chocolate del Sr. Pepe era muy
estimado. Me acuerdo de ver entonces á León tamaño así, con la cara
sucia y los codos rotos, estudiando aritmética en un rincón que había
detrás del mostrador. En Navidad vendía D. Pepe mazapanes... ¡Pero
si los ha vendido hasta hace quince años... y no hace treinta que
trasladó su industria á Madrid...! Después que tuvo capital, entróle
el afán de aumentarlo considerablemente. ¡Oh! es incalculable el
dinero que se ha ganado en este país haciendo chocolate de alpiste,
de piñón, de almagre, de todo menos de cacao. Estamos en el país del
ladrillo, y no sólo hacemos con él nuestras casas, sino que nos lo
comemos... El Sr. Pepe trabajó mucho, primero á brazo, después con
aparato de fuerza animal, al fin con máquina de vapor. Resultado
(el Marqués de Fúcar se alzó su sombrero hasta la raíz del pelo):
que compró terrenos por fanegadas y los vendió por pies; que el
54 construyó una casa en Madrid; que se calzó los mejores bienes
nacionales de la huerta; que negociando después con fondos públicos
aumentó su fortuna lindamente. En fin, yo calculo que León Roch no se
dejará ahorcar por ocho ó nueve millones.
--Lo mejor de la biografía--dijo Cimarra sentándose junto á sus
dos amigos,--se lo ha dejado usted en el tintero. Hablo de la
vanidad del difunto D. Pepe. Lo general es que estos industriales
enriquecidos, aunque sea envenenando al género humano, sean modestos
y no piensen más que en acabar tranquilamente sus días viviendo sin
comodidades, con los mismos hábitos de estrechez que tuvieron cuando
trabajaban. Pero el pobre señor Pepe Roch era célebre hasta no más.
Su _chifladura_ consistía en que le hiciesen Marqués.
--Diré á ustedes--manifestó gravemente el de Fúcar, cortando con un
gesto de hombre superior esta tendencia á las burlas.--D. José Roch
era un infeliz, un hombre bondadoso y simple en su trato social.
Le conocí bien. Él haría chocolate con la tierra de los tiestos
que tenía su mujer en el balcón, según decían las malas lenguas
del barrio; pero era un buen ganapán, y tenía en tan alto grado el
sentimiento paterno, que casi era una falta. Para él no había en el
mundo más que un sér, su hijo León: le quería con delirio. Tenía por
enemigo declarado al que no le diese á entender que León era el más
guapo, el más sabio, el primero y principal de todos los hombres
nacidos. Todo el orgullo y la vanidad del pobre Roch estaban en ser
autor de su hijo. El año pasado nos encontramos una noche en la Junta
de Aranceles. Yo quise hablarle de una subasta de corcho... pero él
no hablaba más que de su hijo. Casi con lágrimas en los ojos, me
dijo: «Amigo Fúcar, para mí no quiero nada, me basta un hoyo y una
piedra encima con una cruz. Mi único deseo es que León tenga un
título de Castilla. Es lo único que le falta.» Yo me eché á reir.
¡Apurarse por un rábano, es decir, por un título de Castilla!... Sr.
D. José, si usted me dijera «quiero ser bonito, quiero ser joven...»
pero ¿qué desea usted, ser Marqués?... A las coronas les pasará
lo que á las cruces, que al fin la gente cifrará su orgullo en no
tenerlas. Pronto llegaremos á un tiempo en que, cuando recibamos el
diploma, tendremos vergüenza de dar un doblón de propina al portero
que nos lo traiga... porque también él será Marqués...»
Fúcar, al decir esto, soltó la risa. Empezaba ésta por un hipo
chillón y terminaba en un plegado general de la piel de sus
facciones, y una especie de arrebato congestivo. Pasados los golpes
de hilaridad, aún tardaba su cara una buena pieza en volver á su
color primero y á su normal aspecto de seriedad majestuosa.
«Señores--dijo seguidamente y con cierto enfado la lumbrera de
la Administración, enojo que podría atribuirse á sus proyectos
marquesiles,--por mucho que se hayan prodigado los títulos de
nobleza, no creo que estén ahí para que los tomen los chocolateros.
Pues no faltaba más...
--Amigo Onésimo--objetó el Marqués con flemática ironía,--yo creo
que están para el que quiera tomarlos. Si D. Pepe no tomó el título
de Marqués de Casa-Roch, fué porque su hijo se opuso resueltamente á
caer en esa ridiculez hoy tan en boga. Es hombre de principios.
--¡Oh! sí--exclamó el hombre administrativo, en quien las
instituciones venerandas tenían siempre poderoso apoyo.--Por lo
común, estos sabios que tanto manosean los principios en el orden
científico, carecen de ellos en el orden social. No faltan ejemplos
aquí. Yo creo que todos los sabios son lo mismo. Ya hemos visto cómo
gobiernan el país cuando éste ha tenido la desgracia de caer en
sus manos. Pues lo mismo gobiernan sus casas. En la vida privada,
señores, los sabios son una calamidad, lo mismo que en la pública. No
conozco un sabio que no sea un tonto, un tonto rematado.
--Aquí no salimos de paradojas.
--Es la verdad pura.
--Vivimos en el país de los viceversas.
--No exageremos, no exageremos, señores--dijo el Marqués removiéndose
y tomando el tono particularísimo que reservaba para su protesta
favorita, que era la protesta contra la exageración.--Aquí abusamos
de las palabras, y calificamos á los hombres con mucha ligereza. La
envidia por un lado, la ignorancia... ¿Qué, qué hay?»
Esto lo dijo interrumpiendo su discurso y mirando con expresión de
miedo á un criado que hacia los tres avanzaba apresuradamente.
«La señorita llama á Vuecencia. Está mala otra vez.
--Vamos, mi hija está hoy de vena--dijo el Marqués de mal humor,
levantándose.--Ustedes me preguntarán que qué tiene Pepa, y yo les
diré que no lo sé, que no sé nada absolutamente. Voy á verla.»
Sus dos amigos callaban mirándole partir. El Marqués de Fúcar andaba
lentamente á causa de su obesidad. Había en su paso algo de la marcha
majestuosa de un navío ó galeón antiguo, cargado del pingüe esquilmo
de las Indias. También él parecía llevar encima el peso de su inmensa
fortuna, amasada en veinte años, de esa prosperidad fulminante que la
sociedad contemplaba pasmada y temerosa.
IV
Siguen los panegíricos dando á conocer en cierto modo el carácter
nacional.
Frente á la gruta donde los bañistas tragaban vaso tras vaso, ávidos
de corregir el _oidium_ de su naturaleza, había una glorieta. Eran
las diez, hora en que escaseaban ya los bebedores, y un nuevo grupo
se había instalado en aquel ameno sitio. Formábanlo Don Joaquín
Onésimo, León Roch y Federico Cimarra, que oprimía los lomos de una
silla, caballero en ella y haciéndola crujir y descoyuntarse con sus
balanceos.
«¿Sabes tú, León, lo que tiene la hija de Fúcar?
--Anoche se retiró temprano del salón. Está enferma.»
Después de decir esto, León miró atentamente al suelo.
«Pero su enfermedad es cosa muy rara, como dice el Marqués--añadió
Onésimo.--Veamos los síntomas. Ya saben ustedes que colecciona
porcelanas. El mes pasado, cuando volvía de París, estuvo dos días
en Arcachón. Las hijas del Conde de la Reole le regalaron tres piezas
de Bernardo Palissy. Dicen que son muy hermosas. A mí me parecen
loza de Andújar. Además, trajo de París ocho piezas de Sajonia, de
una belleza y finura que no pueden ponderarse. Estas obras de arte
parecían ocupar por entero el ánimo de Pepa. No hablaba más que de
sus porcelanas. Las guardaba y las sacaba sesenta y dos veces al día.
Pues bien: esta mañana cogió los cacharros, subió á la habitación más
alta de la fonda, abrió la ventana y los tiró al corral, donde se
hicieron treinta mil pedazos.»
Federico miró á León Roch, que sólo dijo: «Sí, ya lo oí contar.
--Ayer tarde--continuó Onésimo,--cuando volvíamos de la gruta (que,
entre paréntesis, tiene tan poco que ver como mi cuarto), se le cayó
una de las gruesas perlas de sus pendientes de tornillo. La buscamos;
al fin la distinguí junto á una piedra: me abalancé á cogerla, como
era natural; pero más ligera que yo, púsole el pie encima... y la
aplastó diciendo: «¿para qué sirve esto?» Además, cuentan que ha
hecho un picadillo de encajes. ¿Pero no la vieron ustedes anoche en
el salón? Yo juraría que está loca.»
León no dijo nada, ni Cimarra tampoco.
«¿Saben ustedes--añadió el fanal de la Administración,--que va á
estar fresco el que se case con esa niña? ¡Qué educación, señores,
pero qué educación! Su padre, que tan bien conoce el valor de la
moneda, no le ha enseñado á distinguir un billete de mil pesetas de
una pieza de dos. Es una alhaja la señorita de Fúcar. Ya me habían
dicho que era caprichosa, despilfarradora; que tiene los antojos
más ridículos y cargantes que pueden imaginarse. ¡Pobre marido y
pobre padre!... Si al menos fuera bonita... pero ni eso. Ya le dará
disgustos á D. Pedro. Luego no quieren que truene yo y vocifere
contra estos hábitos modernos y extranjerizados que han quitado
á la mujer española su modestia, su cristiana humildad, su dulce
ignorancia, sus aficiones á la vida reservada y doméstica, su horror
al lujo, su sobriedad en las modas, su recato en el vestir. Vean
ustedes las tarascas que nos ha regalado la civilización moderna.
Comprendo la aversión al matrimonio que va cundiendo, y que si no se
ataja obligará á los gobiernos á dar una ley de novios y una ley de
casamientos, estableciendo un presidio de solteros.
--¡Graciosísimo!--exclamó Cimarra, poniendo bruscamente su mano sobre
el hombro de León.--Del carácter y de las rarezas de Pepa podrá
hablarnos éste, que la conoce desde que ambos eran niños.»
León dijo fríamente: «Si la enfermedad y las rarezas de Pepa
consisten en romper porcelanas y destrozar vestidos, no importa. El
Marqués de Fúcar es bastante rico, inmensamente rico, cada día más
rico.
--Sobre este tema--indicó el fénix burocrático,--sobre la colosal
riqueza del señor Marqués, la frase más característica la debemos al
amigo Cimarra, que es el hombre de las frases.
--Yo no he dicho nada, nada, de D. Pedro Fúcar,--replicó Federico con
aspavientos de honradez.
--¡Lengua de escorpión! ¿No fué usted el que en casa de
Aldearrubia... yo mismo lo oí... á propósito de la escandalosa
fortuna de Fúcar, soltó esta frase: «Es preciso escribir un nuevo
aforismo económico que diga: La bancarrota nacional es una fuente de
riqueza?»
--Eso se puede decir de tantos...--murmuró León.
--De muchos, de muchísimos--dijo Cimarra prontamente.--Como Fúcar ha
labrado su rica colmena en el tronco podrido del Tesoro público...
¿qué tal la figura?... pues digo que habiendo centuplicado su
fortuna en las operaciones con el Tesoro, no será el único á quien se
podrá aplicar aquello de la bancarrota nacional...»
El señor de Onésimo se turbó breve instante. Mas reponiéndose, añadió:
«Yo he oído hacer á usted, querido Cimarra, un despiadado análisis de
los millones del Marqués de Fúcar. A los hombres de ingenio se les
perdona la murmuración... No venga usted con arrepentimientos: ya sé
que ahora es usted muy amigo de su víctima, de aquél á quien supo
pintar diciendo: «Es un hombre que hace dinero con lo sólido, con lo
líquido y con lo gaseoso, ó lo que es lo mismo, con los adoquines,
con el vino de la tropa y con el alumbrado público. El tabaco de sus
contratas es de un género especial, teniendo la ventaja de que si
amarga en la boca, puede servir para leña; y también son especiales
su arroz y sus judías, las cuales se han hecho célebres en Ceuta: los
presidiarios las llamaban _píldoras reventonas del boticario Fúcar_.»
--Hablar por hablar--replicó Cimarra.--Sin embargo de esto, yo
aprecio mucho al Marqués. Es un hombre excelente. Todos hemos dado
algún alfilerazo al prójimo.
--Ya sé que esto es pura broma. Aquí se sacrifica todo al chiste.
Somos así los españoles. Desollamos vivo á un hombre, y en seguida le
apretamos la mano. No critico á nadie: reconozco que todos somos lo
mismo.»
El Marqués de Fúcar apareció en la glorieta. «¿Y Pepa?--le preguntó
León.
--Ahora está muy contenta. Pasa de la tristeza á la alegría con
una rapidez que me asombra. Ha llorado toda la mañana. Dice que se
acuerda de su madre, que no puede echar del pensamiento á su madre...
qué sé yo... no la entiendo. Ahora quiere que nos vayamos de aquí
sin dejarme tomar los baños. Yo no quería venir, porque me apestan
estos establecimientos horriblemente incómodos de nuestro país.
¡Caprichos, locuras de mi hija! De buenas á primeras, y cuando nos
hallábamos en Francia, se le puso en la cabeza venir á Iturburúa. Y
no hubo remedio... á Iturburúa, á Iturburúa, papá... ¿Qué había yo
de hacer?... Al fin ya me había acostumbrado á esta vida ramplona,
y la verdad, tanto como me contrarió venir, me contraría marcharme
sin haber tomado siquiera seis baños... Eso sí: aguas como éstas no
creo que las haya en todo el mundo... ¿Y á dónde vamos ahora? Ni
hay para qué pensarlo, porque las genialidades y los arrebatos de
mi hija burlan todos los cálculos... Apenas tengo tiempo de pedir
el coche-salón... Pepa está tan impaciente por marcharse como lo
estuvo por venir... Ha de ser pronto, hoy mismo, mañana temprano á
más tardar, porque estas montañas se le caen encima, y se le cae
encima la fonda, y también el cielo se le viene abajo, y le son muy
antipáticos todos los bañistas, y se muere, y se ahoga...»
Mientras D. Pedro expresaba así con desorden su paterno afán, los
tres amigos callaban, y tan sólo Onésimo aventuró algunas frases
comunes sobre las perturbaciones nerviosas, origen, según él, de
aquéllas y otras no comprendidas rarezas que á la más bella porción
del género humano afligen. El Marqués tomó del brazo á Federico
Cimarra, diciéndole:
«Querido, hágame usted el favor de entretener un rato á Pepa. Ahora
está contenta; pero dentro de un rato estará aburridísima. Ya sabe
usted que se ríe mucho con sus ocurrencias ingeniosas. Ahora me
dijo: «Si viniera Cimarra para murmurar un poco del prójimo...» Bien
comprende que es usted una especialidad. Vamos, querido. Ahora está
sola... Adiós, señores: me llevo á este bergante, que hace más falta
en otra parte que aquí.»
Quedáronse solos D. Joaquín Onésimo y León Roch.
«¿Qué piensa usted de Pepita?--preguntó el primero.
--Que ha recibido una educación perversa.
--Eso es: una educación perversa... Y ahora que recuerdo... ¿es
cierto que se casa usted?
--Sí, señor... Llegó mi hora,--dijo León sonriendo.
--¿Con María Sudre?...
--Con María Sudre.
--¡Lindísima muchacha!... ¡Y qué educación cristiana! Francamente,
amigo, es más de lo que merece un hereje.»
Benévola palmada en el hombro de León terminó este corto diálogo.
V
Donde pasa algo que bien pudiera ser una nueva manifestación del
carácter nacional.
Avanzado había la noche, y el modesto sarao de los bañistas
principiaba á desanimarse. Los últimos giros de las graciosas
parejas se extinguieron en los costados del salón, como los últimos
círculos del agua agitada mueren en las paredes del estanque; se
deshicieron aquellos abrazos convencionales que no ruborizan á las
doncellas, y al fin tuvo la condescendencia de callarse el piano
homicida que dirigía con su martillante música el baile. No faltó una
beldad que quisiera prolongar aún la velada sacando de las cuerdas
del instrumento un soporífero _Nocturno_, que es la más insulsa y
calamitosa música entre todas las malas; pero este alarde de ruido
elegiaco duró felizmente poco, porque las madres se impacientaron
y alegres tribus de señoritas empezaron á desfilar sobre el piso
de madera lustrosa. Resbalaban con agrio chirrido las patas de las
sillas; al pío pío de la charla juvenil se unía un sordo trompeteo
de toses. Las bufandas se arrollaban como culebras en la garganta
carcomida de los hombres graves, oradores, abogados y políticos, que
eran la flor y el principal lustre del establecimiento.
En la pieza inmediata, las fichas abandonadas y revueltas del
tresillo y del ajedrez hacían un ruido como de falsos dientes que
riñen unos contra otros fuera de la encía. Las toses y carraspera
arreciaban con la salida de los últimos, que eran los más viejos,
y después aquel murmullo compuesto de chácharas juveniles y del
lúgubre quejido de la decrepitud prematura, que á lo más florido de
la actual generación aqueja, se fué perdiendo en el largo pasillo,
luego atronó la escalera y se extinguió poco á poco, distribuyéndose
en las habitaciones del edificio celular. Podía existir la ilusión de
considerar á éste como un gran órgano, en el cual, después de la gran
sinfonía tocada por el viento, volvía cada nota, aguda ó grave, á su
correspondiente tubo.
En la sala del tresillo leía periódicos el Marqués de Fúcar. Su
postura natural para este patriótico ejercicio era altamente tiesa,
manteniendo el papel á bastante distancia y ayudando su vista con los
lentes, que colocaba casi en la punta de la nariz y le oprimían las
ventanillas. Si tenía que mirar á alguien, miraba por encima y por
los lados de los vidrios. Frecuentemente reía en voz alta durante
la lectura; sin dejar de leer, porque era muy sensible al aguijón
punzante del epigrama, sobre todo si, como es frecuente en nuestra
prensa, el aguijón estaba envenenado.
A su lado leían otros dos. En el salón grande, cuatro ó cinco hombres
charlaban, reclinados perezosamente en los divanes. Federico Cimarra,
después de pasear un rato con las manos metidas en los bolsillos,
entró en la sala de tresillo á punto que el Marqués de Fúcar apartaba
de sí el último periódico y arrancaba de su nariz los lentes para
doblarlos y meterlos en el bolsillo del chaleco.
«¡Qué país, qué país!--exclamó el ilustre negociante, conservando
en su fresco rostro la sonrisa producida por el último chiste
leído.--¿Sabe usted, Cimarra, lo que me ocurre? Aquí todo el mundo
habla mal de los políticos, de los gobiernos, de los empleados, de
Madrid... pues voy creyendo que Madrid, los empleados, los gobiernos
y la gavilla de políticos, como dicen, son lo mejor de la nación.
Malos son los elegidos; pero creo que son más malos los electores.
--Donde todo es malo--dijo Federico con frialdad filosófica,
que podría pasar por el sarcasmo de un corazón muerto y de
una inteligencia atrofiada, metidos ambos dentro de un cuerpo
enfermo;--donde todo es malo no es posible escoger.
--Y la causa de todos los males es la holgazanería.
--¡La holgazanería! es decir, la idiosincrasia nacional; mejor dicho,
el genio nacional. Yo digo: holgazanería, tu nombre es España.
Poseemos grande agudeza, según dicen; yo no la veo por ninguna parte.
Somos todos unos genios; yo creo que lo disimulamos...
--¡Oh! Si hubiera gobiernos que impulsaran el trabajo...»
Cimarra puso una cara muy seria: era su modo especial de burlarse del
prójimo.
«¡El trabajo!... Ya ni siquiera sabemos tener paño pardo. Van
desapareciendo las alpargatas, los botijos son cada vez más raros,
y hasta las escobas vienen ya de Inglaterra... Pero nos queda la
agricultura. ¡Ah! éste es el tema de los tontos. No hay un solo
imbécil que no nos hable de la agricultura. Yo quiero que me digan
qué agricultura puede haber donde no hay canales, y cómo ha de
haber canales donde no hay ríos, y cómo ha de haber ríos donde
no hay bosques, y cómo ha de haber bosques donde no hay gente
que los plante y los cuide, y cómo ha de haber gente donde no hay
cosechas... ¡Horrible círculo del cual no se sale, no se sale!...
Cuestión de raza, señor Marqués... Esta es una de las pocas cosas
que son verdad: la fatalidad de la casta. Aquí no habrá nunca sino
comunismo coronado por la lotería... éste es nuestro porvenir. Que
el Estado administre toda la riqueza nacional y la reparta por medio
de rifas... ¿Qué tal? esto sí que tiene _sombra_... ¡Oh! Verá usted,
verá usted... ¡Magnífico! Este es un ideal como otro cualquiera.
Consúltelo usted con D. Joaquín Onésimo, que pasa por una lumbrera de
la Administración, y es, á mi juicio, una de las mayores calabazas
que se han criado en esta tierra.
--¿No está por ahí?--dijo Fúcar, riendo y mirando en derredor.--Que
venga para que oiga su apología.