LA INTOLERANCIA

(AL SEÑOR DON SINFOROSO QUINTANILLA)

Bien saben los que á usted y á mí nos conocen, que de este pecado no

tenemos, gracias á Dios, que arrepentirnos.

No van, pues, conmigo ni con usted los presentes RASGUÑOS, aunque mi

pluma los trace y á usted se los dedique; ni van tampoco con los que

tengan, en el particular, la conciencia menos tranquila que la nuestra,

porque los pecadores de este jaez ni se arrepienten ni se enmiendan;

además de que á mí no me da el naipe para convertir infieles. Son, por

tanto, las presentes líneas, un inofensivo desahogo entre usted y yo,

en el seno de la intimidad y bajo la mayor reserva. Vamos, como quien

dice, á _echar un párrafo_, en confianza, en este rinconcito del libro,

como pudiéramos echarle dando un paseo por las soledades de Puerto

Chico á las altas horas de la noche. El asunto no es de transcendencia;

pero sí de perenne _actualidad_, como ahora se dice, y se presta, como

ningún otro, á la salsa de una murmuración _lícita_, sin ofensa para

nadie, como las que á usted le gustan, y de cuya raya no pasa aunque le

desuellen vivo.

Ya sabe usted, por lo que nos cuentan los que de allá vienen, lo que se

llama en la Isla de Cuba un _¡ataja!_ Un quídam _toma_ de una tienda un

pañuelo... ó una oblea; le sorprende el tendero, huye el delincuente,

sale aquél tras éste, plántase en la acera, y grita _¡ataja!_ y de la

tienda inmediata, y de todas las demás, por cuyos frentes va pasando

á escape el fugitivo, le salen al encuentro banquetas, palos, pesas,

ladrillos y cuanto Dios ó el arte formaron de más duro y contundente.

El _atajado_ así, según su estrella, muere, unas veces en el acto, y

otras al día siguiente, ó sale con vida del apuro; pero, por bien que

le vaya en él, no se libra de una tunda que le balda.

Como se deja comprender, para que al hombre más honrado del mundo

le toque allí la lotería, basta la casualidad de que al correr por

una calle, porque sus negocios así lo requieran, le dé á un chusco

la gana de gritar _¡ataja!_ Porque allí no se pregunta jamás _por

qué_, después que se oye el grito: se ve quién corre, y, sin otras

averiguaciones, se le tira con lo primero que se halla á mano.

Pues bien: á un procedimiento semejante se ajusta, por lo común, entre

los hombres _cultos_ de ambos hemisferios, la _formación_ de los

caracteres. No diré que sea la fama quien _los hace_; pero sí quien los

califica, los define... y los _ataja_.

Me explicaré mejor con algunos ejemplos.

Un hombre, porque tiene la cara así y el talle del otro modo, es

cordialmente antipático á cuantos no le conocen sino de vista, que son

los más.

--¡Qué cara! ¡qué talle! ¡qué levita! ¡qué _aire_!--dice con ira cada

uno de ellos, al verle pasar. Y si averiguan que se ha descalabrado,

por resbalarse en la acera,

--¡Me alegro!--exclaman con fruición,--porque ¡cuidado si es _cargante_

ese mozo!

Y si se habla de un ahogado en el baño, ó de un infeliz cosido á

puñaladas en una callejuela, ó de un desgraciado mordido por un perro

rabioso, dícense, con cierta delectación, pensando en el antipático:

--¡Él es!

Pero llega un día en que se le ve del brazo de quien más le

despellejaba; pregúntase á éste cómo puede soportar la compañía de un

hombre tan _insufrible_, y responde con el corazón en la mano:

--Amigo, estábamos en un grandísimo error: ese sujeto es lo más fino,

lo más discreto, lo más bondadoso... lo más _simpático_ que darse puede.

Así es, en efecto, el fondo de aquel carácter que en el concepto

público, según _la fama_, es todo lo contrario, por lo cual se le niega

la sal y el fuego.

Ilustraré este caso con otro dato, que si no es enteramente

irrecusable, es, cuando menos, de una ingenuidad meritoria. No sé, ni

me importa saber, la opinión de que goza mi propio carácter _entre

la gente_; pero es lo cierto que hombres que hoy son íntimos y bien

probados amigos míos, me han dicho alguna vez:

--¡Caray, qué _insoportable_ me eras cuando no te conocía tan á fondo

como ahora!

Jamás me he cansado en preguntarles el _por qué_ de su antipatía.

Cabalmente la sentía yo hacia ellos en igual grado de fuerza.

--¡Qué hombre tan _célebre_ es Diego!--dice la fama.--Es un costal de

gracias y donaires.

Y es porque Diego hace reir á cuantas personas le escuchan, y sus

burlas son celebradas en todas partes, y sus _bromazos_ corren de boca

en boca y de tertulia en tertulia, y hasta las anécdotas más antiguas y

resobadas se le atribuyen á él por sus admiradores.

Ocúrresele á usted un día estudiar un poco á fondo al _célebre_ Diego,

y hállale hombre vulgarísimo, ignorante y sin pizca de ingenio ni de

cultura; capaz de desollar la honra de su madre, á trueque de hacerse

aplaudir de aquellos mismos que le han colocado con sus palmoteos en la

imprescindible necesidad de ser _gracioso_.

Al revés de Diego, Juan es ingenioso y prudente, seco y punzante en sus

sátiras, oportuno y justo al servirse de ellas; y, sin embargo, Juan,

_según dicen_, es _una vulgaridad antipática_.

Una dama espléndida y de buen humor, reúne en su casa, muy á menudo,

una _escogida sociedad_. La tal señora no tiene, en buena justicia,

prenda que digna de notar sea en su persona. En terreno _neutral_,

sería una completa vulgaridad. Pero hay lujo en sus salones y

gabinetes, variedad en sus fiestas, abundancia en sus _buffets_,

novedad en sus trajes, y siempre una sonrisa en su cara. Los asiduos

tertulianos se saturan de este conjunto; siéntense repletitos de

estómago en el elegante comedor, bien divertidos en el estrado

suntuoso, hartos de música y de danza, y todo de balde y cada día.

¿Cómo, á la luz de tantas satisfacciones, no ha de parecerles

encantadora, ó por lo menos _distinguidísima_, la persona que se las

procura, con celo y desinterés verdaderamente maternales?

Así nace la fama de esa _distinción_: pregónanla las bocas de los

tertulianos donde quiera que se baila y se cena de balde, y luego

en corrillos y cafés, y cátala proverbial en todo el pueblo, y á la

dama, autorizada para enmendar la plana á la moda reinante y acreditar

caprichosos aditamentos de su invención, como prendas de gusto

superfino.

Enséñansela en la calle á usted, que no baila, y dícenle los que la

saludan:

--¡Qué señora tan elegante, tan _chic_... y qué talento tiene!

Ni usted la halla elegante, ni eso que los elegantes llaman _chic_, no

sé por qué; ni ha visto usted una muestra del ensalzado talento; pero

tanto se lo aseguran, que antes duda usted de la claridad de su vista y

de la solidez de su juicio, que de la razón de la fama.

Al mismo tiempo pasa otra señora, bella á todas luces, elegante sin

trapos raros, y discreta á carta cabal; y usted, que es sincero, dice

al punto _á los otros_:

--¡Esto es lo que se llama un tipo elegante y distinguido!...

--Cierto que no es _enteramente vulgo_--le contestan con desdén;--no es

fea, no es tonta... _pero_ le falta, le falta... vamos, le falta...

--¡Qué canario!--digo yo:--lo que le falta es dar un baile cada tres

días y una cena en cada baile, como la otra; pues la mayor parte de

los juicios que hacemos de las cosas, dependen, según afirmó muy

cuerdamente el poeta,

del cristal con que se miran.

Demuestran los casos citados, y otros parecidos que no apunto por

innecesarios, que la señora fama no juega siempre limpio en sus

pregones, y que al inocente que se descuida le vende gato por liebre,

ó, siguiendo el símil habanero, _ataja_ sin caridad ni justicia al

primer transeúnte que corre delante de ella, mientras el verdadero

delincuente fuma tranquilo el robado _veguero_ dos puertas más abajo.

Pero, al fin, estos ejemplares no mueren en el trance, y, aunque

heridos y maltrechos, llegan á curarse; y, en ocasiones, hasta parece

el ratero y lleva su merecido en la cárcel de la opinión pública.

Donde el _ataja_ es de muerte, y completa la perversión del buen

sentido, es en lo referente al pecado social de la «_intolerancia_»,

contra el que bufan y trinan los hombres y las mujeres que tienen la

manía de creerse _muy tolerantes_, y, lo que es peor, la de contárselo

á todo el mundo. Aquí sí que puede decirse que van los proyectiles á

la cabeza de los _atajados_, cuando debieran estrellarse en las de los

_atajadores_.

Esto es lo que vamos á ver, con clarísimos ejemplos y no con estiradas

metafísicas, que marean más que convencen, y además no caben en la

paciencia angelical de usted ni en la mía.

Como punto de partida, y para los efectos legítimos de esta

conversación, hemos de fijar el verdadero alcance que tienen la

_intolerancia_ y la _tolerancia_ á que me refiero.

Llámase, en el ordinario trato social, _intolerante_, al hombre que, de

cuanto ve á su lado, solamente aplaude lo que le agrada, ó le parece

ajustado á las leyes del buen sentido; y se llama _tolerante_ al que lo

aplaude todo, racional y absurdo, serio y ridículo, cómodo y molesto;

al que á todo se amolda en la _sociedad_, menos á tolerar con calma que

otros censuren algo de ello.

Y dice usted, como deducción lógica de estas dos definiciones:

--Luego viene á quedar reducido _el caso_, si no es cuestión de _más_

ó de _menos franqueza_, á tener ó no tener _paladar_ en los sesos. De

cualquier modo, pierden el pleito los señores tolerantes.

Es la pura verdad; y para remacharla, vayan ahora los prometidos

ejemplos, pues, como decía el soldado de la comedia que tanta gracia

nos hizo en cierta ocasión, «_con los deos se hacen los fideos_».

Concurre usted ordinariamente, para esparcir las nieblas de mal

humor, á un punto (llamémosle H), donde halla conversación, siquiera

tolerable, lectura deleitosa, espacio para revolverse y muelles

sillones en que tender, en un apuro, el cuerpo quebrantado. Allí no

choca que usted permanezca mudo y silencioso, si el hablar le incomoda;

ni lo que se hable le molesta, porque si no es instructivo ni risueño,

tampoco es sandio. Aunque el tal esparcimiento no es cosa del otro

jueves, para quien, como usted, no los cuenta por docenas, vale más de

lo que parece. Pero un día se ve invadido el local por una turba de

_gomosos_, que tararean trozos de ópera, y hablan á gritos, y se tumban

sobre los muebles, y aporrean las mesas con los bastones, y se tirotean

con _chistes_ de rincón á rincón, y se descubren sus _calaveradas_ del

_gran mundo_... y lo demás de rúbrica en tales casos y entre tales

gentes. Sufre usted con paciencia esta primera irrupción, y casi, casi,

la segunda; pero al ver en la tercera que el mal se hace crónico,

renuncia usted generosamente á sus adquiridos derechos, y no vuelve á

poner los pies en aquel centro de racionales entretenimientos.

Uno de los _tolerantes_ que con usted concurría á él, le encuentra en

la calle andando los días.

--¿Cómo no va usted ya por allá?--le dice, abrazándole.

--Pues, hombre,--responde usted con entera ingenuidad,--porque no se

puede sufrir _aquello_.

--¿Lo dice usted por esos _chicos_?...

--Cabal.

--¡Bah!... se ahoga usted en poca agua.

--Por lo visto, ¿á usted le divierten?

--Hombre, tanto como eso, no; pero no me incomodan.

--Pues á mí, sí.

--Porque, con franqueza, amigo: es usted _¡muy intolerante!_

¡Vea usted qué jurisprudencia tan peregrina! Le echan á usted de casa;

ni mata usted ni encarcela á los invasores; se larga usted á la calle

sin despegar los labios, y distrae usted su fastidio brujuleando por

donde mejor le parece, probablemente en paz y en gracia de Dios; hay

quien halla tolerables las causas de este cambio forzoso de vida, ¡que

ya es tolerar! y, al propio tiempo, no tolera que usted diga que huye

de ellas porque no las puede resistir. ¡Y, sin embargo, usted es el

_intolerante_, y no los que con cuatro majaderías quieren imponerse á

cuarenta personas serias, ni las que se escandalizan de que alguien

halle insoportable la imposición!

Otro caso análogo: frecuenta usted una tertulia de su gusto; concurren

á ella las pocas personas que le han quedado á uno en limpio, del

expurgo que viene haciendo durante el curso de la vida, en el montón

de _amigos_ que le tocó en suerte á la edad de color de rosa. Está

usted allí como en su propio hogar; sabe usted de qué pie cojea cada

uno, como cada uno lo sabe de usted, y se habla y se discurre con

entera libertad y á gusto de todos, sin producir otras desazones que

las puramente indispensables en toda reunión de amigos que, por lo

mismo que lo son á prueba, rara vez están de acuerdo unos con otros. En

estas reuniones semi-públicas, nunca faltan allegados que, aunque en

segunda fila, toman parte, siquiera con la atención, en los debates de

la primera. Habrá seguramente entre los allegados un señor muy fino y

muy risueño, con bastón y gafas. No se moverá de la silla, no pedirá un

fósforo, no hará una pregunta, sin despepitarse en excusas y cumplidos.

«Usted dispense», «¿me hace usted el obsequio?» «con permiso de usted»,

etc., etc... y no habrá dicho en todo el año cosa más substanciosa.

Pero, en una ocasión, trajo usted á la porfía (y note que no digo

conversación), un apellido que hasta entonces no había sonado allí.

Óyelo el de las gafas, y, clavándolas en usted, le pregunta, con una

voz muy dulce y una cara muy risueña:

--¿Verduguillos ha dicho usted, caballero?

--Verduguillos, sí señor,--responde usted parándose en firme.

--¿Sabe usted--insiste el otro,--(y usted perdone si le interrumpo _un

momento_), si ese señor de Verduguillos tiene parientes en Cuzcurrita

de Río Tirón?

--¿Por qué he de saber yo eso, si jamás allá estuve, ni conozco á ese

señor más que de vista?--replica usted con el sosiego y la amabilidad

que eran de esperarse.

--Perdone usted, caballero--dice el intruso hecho unas mieles,--y verá

por qué me he tomado la libertad de interrumpirle.

Y en esto, deja la silla, sale al centro, encárase con el grupo

principal, afirma las gafas en el entrecejo, carraspea, sonríese y dice:

--Pues, señor, verán ustedes por qué me ha interesado tanto el oir

á este caballero nombrar á ese señor de Verduguillos. Por el mes de

septiembre del año treinta y ocho, salí yo de Zamora (donde nací y me

crié y radican los pocos ó muchos bienes que heredé á la muerte de mis

padres, y los que he podido adquirir después acá con el fruto de mis

especulaciones modestas), con el propósito de hacer un largo viaje,

por exigirlo así los asuntos de la familia, y también, si he de ser

franco, el estado de mi salud...

Así comienza este señor la relación de un viaje por media España,

con largas detenciones en todos los puertos y plazas del tránsito, y

minuciosas observaciones estadísticas y climatéricas, sin pizca de

interés, ni método, ni estilo, ni substancia, hasta venir á parar, al

cabo de tres mortales cuartos de hora, á Logroño, en la cual ciudad

conocía al comerciante don Fulano de Tal; y decirnos que, yendo á

visitarle á su escritorio, hallóse allí con un caballero, muy amigo

también del don Fulano, el cual don Fulano le dijo á él al despedirse

el otro:

--Este señor que acaba de salir, es don Pacomio Verduguillos, natural y

vecino de Cuzcurrita de Río Tirón.

Al llegar aquí con el cuento el de las gafas, espera usted el _toque de

efecto_, el desenlace sorprendente, _la gracia_ del suceso; porque es

de saberse que el narrador se ha quedado en silencio y mirando de hito

en hito á los resignados oyentes. Pero el silencio sigue y la sorpresa

no asoma. Alguien se aventura, y pregunta al del bastón:

--Pero ¿por qué le chocó á usted tanto el oir nombrar á este

Verduguillos?

--Hombre--responde el interpelado, con candidez angelical,--porque

podía muy bien ser pariente del otro Verduguillos que yo conocí en

Logroño.

¡Y para eso interrumpió un animado y sabrosísimo debate; y estuvo,

durante cerca de una hora, ensartando insulsez tras de insulsez,

simpleza tras de simpleza, adormeciendo á unos, quemando la sangre á

otros y aburriéndolos á todos! Y usted llevó la cruz con paciencia, y

yo también; y lo mismo al día siguiente, porque el bueno del zamorano,

desde que pierde la cortedad con el primer relato, ya no cierra boca

en la tertulia, y siempre tan ameno, divertido y oportuno. Pero nos

permitimos los dos un desahoguillo en un aparte.

--Amigo--dije, ó me dijo usted,--¡este hombre es insufrible: estando él

no se puede venir aquí! Y se oyó el rumor del desahogo, y ¡qué caras

nos pusieron los señores _tolerantes_, que estaban tan aburridos como

nosotros!

Al día siguiente asoma usted la cabeza á la puerta, ve al de las gafas

en el uso de la palabra, retrocede y no vuelve; ni yo tampoco. Y porque

no volvemos, y además decimos lo que mejor nos parece del motivo, ¡qué

ponernos de _intolerantes_ y hasta de inciviles!...

¡Caramba, protesto contra la enormidad de esta injusticia! En este

caso no hay más _intolerantes_ que el señor de Zamora, que interrumpe

toda conversación racional y obliga á hombres de buen sentido á que

oigan las interminables boberías que él enjareta sin punto de reposo, y

los forzados tolerantes que le escuchan con paciencia, y no la tienen

para oir que otros carecen de ella.

Trátase ahora de un embustero, que un día y otro día le abruma á

usted con narraciones autobiográficas, sin principio ni fin, como la

eternidad de Dios; pero muy punteadas, muy comeadas y con más espacios

que un libro de malos versos. Oye usted una historia, y dos, y tres, ya

con mala cara; pero, al fin, se acaba la paciencia, y un día interrumpe

usted al sujeto de los á propósitos, y le dice:

--Mire usted, hombre: en primer lugar, la mayor parte de lo que usted

me cuenta se lo he contado yo á usted en cuatro palabras; en segundo

lugar, le sucedió á un condiscípulo mío en Oviedo, y no á un amigo de

usted en Zaragoza; en tercer lugar, no pasó como usted lo refiere, sino

del modo contrario: mi condiscípulo no adquirió una capa aquella noche,

sino que perdió la que llevaba, y, además, el juicio, con costas, á los

pocos días...

--Pues lo mismo da...

--Justo: media vuelta á la derecha es lo mismo que media vuelta á la

izquierda, sólo que es todo lo contrario.

--¡Caramba, es usted _lo más intolerante_!... No se puede hablar con

usted...

¡Todavía le parece poco, al ángel de Dios, la tolerancia que se ha

tenido con él!

Media docena de mujeres, ó menos, si á usted le parecen muchas seis,

se pasan una tarde entera desollando con la lengua al lucero del alba.

¡Eso sí, con las mejores formas y la intención más santa! De una

dirán que es _un dolor_ que, siendo tan bonita, sea tan charra en el

vestir, tan tosca en el hablar, tan inconsecuente en sus amistades,

tan desleal en sus amores; de otra, que es mordaz y maldiciente, en

lo cual se perjudica mucho, porque teniendo esta falta, y la otra, y

la de más allá, da pie para que cualquiera que se estime en tan poco

como ella, se las saque á relucir; de otra, que es una desgraciada,

porque el marido la ha puesto á ración, así en el vestir como en el

bailar, á causa de que fué algo despilfarrada siempre en estos dos

ramos de _buena sociedad_; de otra, que ya no halla modista que la haga

un traje si no paga adelantadas las hechuras, y que no le venden nada

en las tiendas, sino con el dinero en la mano, etc., etc., etc... En

esto, entra usted (es un suponer) y, continuando el desuello, llegan á

preguntarle si conoce á cierta señora de éstas ó las otras señas; y

como la tal es mujer de historia, y usted la sabe de corrido, repítela

allí con comentarios, creyendo hacer á su auditorio un señalado

servicio. Yo creo también que usted se le hace, pues no fué á humo de

pajas la preguntita; pero es lo cierto que todas aquellas señoras,

después de oirle á usted, exclaman, con el más sincero de los asombros:

--¡Jesús!... Con razón dicen que es usted temible.

--¡Yo temible, señoras mías?--responde usted.--¿Y por qué?

--¡Porque es usted lo más _intolerante_ y lo más!...

¡Vaya usted á convencer á aquellas damas de que viven constantemente

encenagadas en el pecado que á usted le cuelgan!

No hay inconveniente en que, abandonando estos tiquis-miquis que

ocurren en el ordinario trato social, dirijamos el anteojo unos grados

más arriba.

Todos los días halla usted en periódicos, en folletos y en libros,

sátiras, burlas y disertaciones en serio contra ideas, sentimientos

y hasta personas muy de la devoción de usted. Ocúrresele mirar al

campo de donde parten tantos proyectiles, y le ve usted sembrado de

ridiculeces, farsas y toda clase de miserias; saca usted al palo media

docena de ellas, por vía de muestra, en un papel, en un folleto ó en

un libro; y ¡Virgen María, cómo le ponen á usted de _intolerante_ y de

_mordaz_, los mismos que tienen la mordacidad y la intolerancia por

oficio!

Así andan, amigo, las cosas de justicia en el ordinario comercio de

las gentes; así se _ataja_ al más inofensivo en el trayecto social en

que pasea su nombre, y así se pretende conducirle al extremo á que no

llegan en el mundo más que las bestias... y los que tienen la manía

de la tolerancia (siendo lógicos en ella): á ver, oir y callar... es

decir, á matar la sed con petróleo, allí donde haya un extravagante que

tal haga delante de usted.

Usted es hombre de sencillas y ordenadas costumbres (es también un

suponer): ni el mundo le tira, ni sus pompas y algaradas le seducen.

Éstos son gustos lícitos y racionales. Ajustándose á ellos, en paz y

en gracia de Dios, se da usted con un baile en los ojos: tuerce usted

el camino; tropieza usted más allá con una mascarada de _calaveras del

gran mundo_: echa usted por otro lado; allí topa usted con la misma

gente haciendo cuadros plásticos y animados acertijos: cambia usted de

rumbo; aquí _asaltos_, en el otro lado conciertos... pues á la otra

acera. Ni usted apedrea á los que bailan, ni apostrofa á los que

_jiran_, ni se ríe de los que se descoyuntan para remedar á Cristo en

la agonía, ni silba á los que reciben una _sorpresa_, anunciada quince

días antes, ni influye con el Gobernador para que meta en la cárcel á

toda esa gente: limítase á huir de lo que le aburre, y á hacer lo que

más le divierte ó menos le incomoda. No haría otra cosa un santo.

Pero es el caso que los señores tolerantes no se conforman con esto,

y quieren que les diga usted por qué no concurre á los bailes, y á

las _jiras_, y á los cuadros vivos, y á los asaltos... y aquí está el

intríngulis precisamente; y si estos RASGUÑOS que trazo no fueran, como

he dicho, un inocente desahogo entre nosotros dos, y en reserva, me

atrevería á llamar la atención del lector hacia el aparente fenómeno,

cuya explicación es sencillísima, por lo cual, no es fenómeno, aunque

por tal le toman algunos.

Cuando á usted se le pregunta por qué no piensa como su vecino sobre

determinados puntos de transcendencia, á buen seguro que se le ocurra

á nadie que oiga la respuesta, agarrarse á ella para llamarle á usted

_intolerante_; pero que se le pregunte por qué no baila, por qué no

_jira_, etc., etc... y no bien ha contestado usted, ya tiene encima

el _Inri_ de la _intolerancia_. Y ¿por qué en este caso y en el otro

no? Porque no está el intríngulis en la persona, ni en sus razones, ni

en el modo de exponerlas, sino en la cosa de que se trata, que, muy á

menudo, es, de por sí, ridícula, ó impertinente, ó pueril cuando menos,

y no resiste, sin deshacerse entre las manos, el análisis de un hombre

de seso; al cual hombre, no pudiendo replicársele en buena justicia, en

venganza se le pone un mote.

Por eso llevan el de _intolerantes_ tantos caracteres dóciles, y

creen poner una pica en Flandes, y hasta se llaman _guapos chicos_ y

excelentes sujetos en la sociedad, los que en ella _entran con todas_,

como la romana del diablo, menos con el sentido común. _Quod erat

demonstrandum._

Á pesar de ello, y aun de la mucha saliva, que al propio asunto hemos

consagrado en nuestras conversaciones _verbales_, júzgole apenas

desflorado. ¡Cuánto me queda todavía que oir de los inofensivos labios

de usted!

Entre tanto, y dicho lo dicho, despidámonos por hoy, con la íntima

satisfacción, bien añeja en nosotros, de haber pasado juntos, en

espíritu, un agradable rato, sin murmurar de nadie ni ofender al

prójimo con hechos, con dichos ni con deseos.

1880.

[Ilustración]

Esbozos y rasguños · 第 61 / 63 题