AL SEÑOR DON TOMÁS C. DE AGÜERO

He de decirlo, aunque el atrevimiento me cueste una multa municipal:

para un hombre de mi temperamento, por no decir idiosincrasia, tiene

gravísimos inconvenientes la amistad de un señor alcalde, á cuya

persona se profesa un arraigado y (por desgracia mutua) ya _viejo_

cariño, afianzado con el doble remache de sus raros talentos y no

comunes virtudes. Cuando un amigo semejante se nos acerca, y, otorgando

á nuestro ingenio una alcurnia que no tiene, nos pide una chispa de

su luz para convertirla en pan para los menesterosos, no hay medio

de resistirle, ni de negarle un esfuerzo heroico en pro de su noble

intento. Y entonces se llama á las puertas del ingenio, holgado y

desprevenido; pero el ingenio, que parece fundido en corazón de avaro,

echa todos los cerrojos de su mazmorra, y más se esconde cuanto más se

le invoca.

Y aquí las perplejidades y las angustias; porque la súplica es mandato,

y el tiempo avanza, y el término fatal se acerca, y lo que era

crepúsculo en la mente, llega á hacerse noche tenebrosa.

Expongo estos hechos ante el insigne jurisconsulto, para que en aprecio

los tome el magistrado, como razones atenuantes, si mi franqueza llega

á parecerle merecedora del papel en que se saldan con la autoridad

las cuentas por desacato á ciertos preceptos de sus Ordenanzas; ó no

la halla bastante castigada con haberme sacado al palo, que no otra

cosa es, en substancia, poner á un hombre avezado á la obscuridad de

todos los aislamientos, en estas alturas por tantos soles alumbradas y

expuestas al rigor de los huracanes de la crítica.

Siguiendo en mis propósitos, digo que es fama que el aire libre, sin

los ruidos ni el vaivén de la civilización, es un gran inspirador de

ideas y un desinteresado y docto consejero.--Yo no lo dudo, aunque

tengo para mí que con esta receta se han cogido más catarros que

pensamientos. Pero es innegable que hay un instinto que le arrastra

á uno lejos del rumor de las gentes cuando tiene necesidad de

reconcentrar las fuerzas del espíritu; y que ese instinto me sacó de

mi guarida en la ocasión citada, y me condujo, si no al campo, porque

estaba éste lejos y yo perezoso, á cosa que en algo se le parecía,

bien que no en colores, en aromas ni en frescura. Sentéme al pie de

_añoso tronco_, como dicen los bucólicos; y no en mullida y olorosa

alfombra, sino en duro y empedernido banco, á la sombra del escueto y

desgarbado ramaje, porque las tiernas hojas aún dormían arrebujadas en

los pliegues entreabiertos de sus yemas.

La condición humana tiene tendencias inexplicables. En los conflictos

más graves del espíritu, suelen los hombres preocuparse con los sucesos

más triviales. El reo que aguarda la sentencia del tribunal que puede

enviarle al patíbulo, acaso se entretiene en contar los clavos de la

puerta tras de la cual deliberan sus jueces, ó en traer á su memoria el

día y el precio en que compró los zapatos que lleva puestos.--No hay

ejemplo de persona que al resbalar en la calle y caer al suelo y quedar

en él descalabrada y quizá sin sentido, no trate de indagar, antes

que la gravedad de su herida, la causa del resbalón, ni que deje de

disputar acaloradamente sobre si la cáscara que pisó es de limón ó de

naranja, como haya quien sostenga lo contrario.

Solicitado yo de la propia inexplicable tendencia, al sentarme aquel

día en demanda de una idea adecuada á mis intentos, comencé por hacer

rayitas caprichosas en la arena del suelo con mi bastón; después puse

todo mi conato en demostrar prácticamente, sobre el propio terreno y

con la misma herramienta, la exactitud del teorema geométrico que dice

que la superficie de un rectángulo es igual al producto de la base por

la altura, cosa que siempre me tuvo sin cuidado, como ustedes pueden

comprender, sin que yo lo afirme; después tracé caprichosas cifras, y

dibujé barcos, y hasta retraté de perfil á mis amigos.

Cuando me cansé de dibujar, di en el ansia de reparar en los

transeúntes: si eran rubios ó trigueños, si altos ó bajos, si pobres ó

ricos; en qué iría pensando el de la cara hosca y encorvada cerviz; de

dónde vendría la que á tales horas tan menudito pisaba, y con empeño

recataba la faz; adónde iría á comer, qué comería, qué habría cenado,

en qué lecho dormiría aquel infeliz de rostro macilento, mal calzado y

peor vestido, en cuya mirada triste y angustiosa parecía reflejarse el

deseo de trocar la memoria de pasadas abundancias por un mendrugo de

pan y una camisa; cómo y de qué viviría el exótico chulo de ceñidos

pantalones, charolada bota, rizada pechera, relumbrante leontina y

exagerado chambergo; por qué funesta preocupación juzgaría un mozuelo

sin chaqueta y desaseado, que el ser descortés y blasfemo, al pasar por

delante de mí, le daba gran importancia y respetabilidad; por qué no

hay leyes que castiguen á los blasfemos como á los ladrones, mientras

llega á ser un hecho que la cultura no es enemigo mortal de la taberna,

como aseguran los que dicen entender mucho de achaques de moralizar

sin Decálogo ni carceleros...; por qué el mísero jumento que por más

allá pasaba zarandeando las orejas, con una carga que le doblaba el

espinazo, no recibía de su ingrata conductora, en recompensa de sus

fatigas, más que una lluvia continua de varazos; si, bien pesados el

entendimiento de la una y el instinto bestial del otro, no tendría la

balanza el capricho de inclinarse hacia el platillo del cuadrúpedo;

qué papel le estaría destinado en el sublime escenario de la creación,

donde nada huelga, al diminuto insecto que se retorcía, esforzándose

por apartar un grano de arena que le obstruía su camino... Preocupéme,

en fin, con todo menos con lo que debía preocuparme en aquellos

momentos, cuando acertó á pasar por delante de mí un verdadero enjambre

de niños, corriendo como liebres perseguidas por un galgo. Habíalos

rubios, morenos, rollizos, cenceños, y el más talludo no pasaba de esa

edad encantadora de la sinceridad y de la inocencia; niños, verdaderos

niños, libres, sueltos, revoltosos y bullangueros, que gritaban

saltando, y, corriendo sin cesar, sudaban más por los gritos que por

lo que corrían.--No podía ofrecérseme tentación que más lejos de mis

intentos me arrastrara.

Mi vista se fué tras ellos, y con la vista el último recuerdo de mi

compromiso.--Jugaban al marro, y me interesé en el juego lo mismo que

si en él tomara yo parte.

De pronto observé que los gritos crecían, que los dispersos se

agrupaban, y que del grupo salía uno como disparado hacia mí, con

la hermosa faz desencajada y los ojos anhelantes, perseguido por un

camarada, que, según apretaba los dientes y la carrera, debía de tener

gran empeño en alcanzarle. Al ver la expresión angustiosa de aquella

linda criatura, y temiendo lo que al cabo le sucedió, levantéme para

salir á su encuentro. Pero ya era tarde. El pobrecillo dió un paso en

falso, y cayó al suelo; y únicamente pude evitar que se lastimara la

cabeza con los guijarros. El otro niño retrocedió como una exhalación,

en cuanto vió caer al fugitivo.

Apresuréme á levantar á éste, y procuré consolarle, esperando que tan

pronto como se incorporara empezaría á poner el grito en el cielo. No

bien estuvo de pie, fijó en mí sus grandes ojos azules, de los que se

escapaban dos enormes lágrimas, y lanzó de lo más hondo del pecho un

suspiro trémulo é interminable.

--Ahora empieza--dije para mí.--Pero me llevé chasco. El atribulado

niño sorbió sus lágrimas en cuanto llegaron á perderse entre los

húmedos corales de sus labios, y devoró otro suspiro que aún se le

escapaba.

--¡Bravo!--exclamé dándole un beso.--Así se portan los valientes. ¿Te

has hecho daño?

Y el chico, sin contestar á mi pregunta, se sacudió el traje precioso

de terciopelo que vestía, con el gorrito escocés que se quitó de la

cabeza, y se limpió el sudor de su linda cara con un pañuelito que

á duras penas, y después de meter el brazo hasta el codo, sacó del

bolsillo de su pantalón bombacho. Limpiábale yo también y le arreglaba

los desordenados rizos de su caballera rubia, cuando, después de lanzar

el tercer suspiro, me dijo, poniéndose muy cuadrado:

--¿Ve usté qué taidoría?

--Pero ¿qué te ha pasado, hijo mío?--le pregunté.

--¡Ese Gabielón!...--me respondió con ira,--que estábamos juegando al

marro, y salí yo, y dipés toqué; y como él me pillaba, ya no me podía

pillar, porque yo toqué... y dipés saqué un poquitín el pie... así, así

no más; y porque le saqué, dice que no toco, y me pilla, y dice que

_¡apillao!_; dipés digo yo que eso no vale... y me escapé... y va él y

me quiere pillar otra vez; y como me tiene tirria... me caí.

--¡Picardía como ella!--¿Y por qué te tiene tirria?

--Porque esta mañana sabí el _Feuri_ mejor que él, y á mí me dieron

_vale_, y él echó tes borrones en la plana... Por eso.

--¡Dígole á usted con Gabielón!... ¡Habráse visto envidioso y

desaseado!... ¡Tres borrones en una plana!... ¿Y qué le dijo el maestro?

--Le pegó tes coquetazos.

--¡Bien hecho!

--Y dipés le volvió á palotes.

--¡Chúpate ésa!... ¿Y de qué escribes tú?

--De _Zaramagullón_.

--¡Hombre!... ¿Y qué es eso?

--De _pimera_ con ese _letero_.

--¡Ya! Y ¿cómo te llamas?

--Pelín Benabé de lo Zantos.

--¡Cáspita! me parece mucho.

--¿Po qué?

--Porque eres tan chiquitín...

--¿Y qué?

--¡Y son tantos los nombres!... no podrás con ellos.

--Ya queceré yo más.

--Cierto es. Y cuando crezcas ¿qué vas á hacer?

--Cuando yo sea gandón, gandón, voy á ser general.

--¡Hola!

--¡Á mí me gusta mucho ser general!

--¿Por qué?

--Porque los generales tienen pumero en el ticornio, y banda, y sable

de oro, y muchas cuces en la casaca; y cuando pasan, todos los soldados

les hacen la venia; y van á caballo... y comen con el rey.

--Bien está eso; pero los generales, amigo Pedrín, van á la guerra, y

allí...

--Dice papá que no.

--Muchos hay de ésos, según cuentan; pero algunos van á ella y salen

heridos.

--¿Y se mueren?

--Á veces... Pero vamos á ver: si tú fueras general ahora mismo, ¿qué

harías?

--Lo pimero, llamar á los civiles y pender á Gabielón.

--Lo sospechaba.

--Poque Gabielón me hace mucho de rabiar.

Mientras así, y por el estilo, departía yo con Pedrín, el llamado

Gabielón había llegado junto á sus camaradas, un tanto sobresaltados

al ver caer al fugitivo, y no poco recelosos al contemplarle luego

bajo mi protección. El causante, más valiente ó más curioso, después

de enterarse de todo y de meditar un momento, salió del grupo; y

arrimándose á los árboles, y haciendo una paradita en cada uno de

ellos, durante las cuales se roía la yema del índice, sin dejar de

mirarme de reojo, llegó hasta el banco inmediato al que yo ocupaba.

Pronto imitaron el ejemplo sus camaradas, acercándoseme poco á poco,

con las caras compungidas y dando á sus respectivos continentes el aire

más inofensivo y bonachón.

Era el enemigo de Pedrín trigueño, de ojos de terciopelo, tan negros

como centellantes, de blanca y apretada dentadura, labios finos y un

tanto desdeñosos, muy rollizo y bastante desaliñado en el vestir.

--¡Ven acá, buena pieza!--díjele cuando estuvo á pocos pasos de

mí.--¿Por qué tienes tirria á Pedrín?

Decir yo esto y rodearme la infantil muchedumbre, fué una misma cosa.

Saeteábanme sus ojuelos con verdadera avidez; y aquel racimo de

angelicales cabezas y de cuerpos entrelazados, traíame á la memoria el

famoso capricho de la _Fecundidad_, que eternizó el pincel del Tiziano.

Callóse Gabrielón á mi pregunta, y respondióle un camarada desdentado,

por estar en la mudanza de los incisivos:

--¡No le tiene tirria!

--Pues ¿qué le tiene, sino?--repliqué fingiéndome muy serio.

--No sé yo qué le tendrá,--repuso, muy grave, el entremetido.

Otras voces salieron también del grupo; y aunque negando todos los

supuestos rencores de Gabriel, acusáronle, unánimes, de ser muy dado á

pintar sabandijas en los márgenes de las planas, y hacer pajaritas con

las hojas del Catecismo; cargos que escuchaba el acusado balanceando el

cuerpo, recostado contra el árbol, y arrancando media suela descosida

de uno de sus zapatos con el otro pie.

Toméle yo de todo esto para entrar en animado diálogo con todos ellos;

y tras larga y bulliciosa sesión, á duras penas los puse en orden y en

silencio, contándoles, entre otros, el cuento de _Alí-Baba_, ó sea el

de _Los cuarenta ladrones exterminados por una esclava_. Cuando los vi

más hechizados con los recuerdos del tesoro, que yo les había descrito

á mi manera, de la caverna misteriosa que franqueaba sus puertas á

la mágica frase de _¡Sésamo, ábrete!_ propuse la paz entre los dos

enemistados camaradas.

--¡Es un cascarruña... y muy acusón!--dijo Gabriel.

--¡Mecachis!--respondió Pedrín con cierta sonrisa irónica.

--¡Y sí!--añadió el otro:--siempre está poniéndome en mal con don

Moisés.

--¿Quién es don Moisés?

--Un señor muy viejo que juba aquí con nosotros.

--Pues es preciso que hagáis las paces, ¡caramba!

--¿Yo con ése?...

--¡Para él estaba!...

--Ahora lo veremos.

Dije, y saqué la cartera. Al verla, el enjambre se echó sobre mí.

Teníala bien repleta de estampitas y otras puerilidades análogas;

porque es de saberse que, aun sin las eventualidades de la calle, no me

faltan ocasiones de desocuparla muy á menudo. Ofrecí las mejores á los

dos enemigos rapaces, á condición de que se abrazaran; y sin quitar los

ojos de la cartera, estrujáronse heroicamente. Cumplí mi palabra en el

acto; y mientras les entregaba las estampas, los ojos de los demás no

cesaban de ir de los míos á la cartera, y de la cartera á los míos, á

la vez que sus manos tanteaban las inmediaciones de las estampas, con

una inquietud nerviosa. Comprendí la mímica y repartí una figurita á

cada uno.

--¡Contra, qué lápiz!--exclamó el más talludo. Y tuve que dársele. Así

me arramblaron cuanto en la cartera flotaba ó relucía.

Noté que, según me iban desvalijando, se mostraban menos pegajosos;

y cuando nada tuve que darles, bastó media palabra para que

desaparecieran de mi vista como bandada de gorriones al ruido de una

palmada.

Entonces advertí que en el banco de enfrente se habían sentado hasta

media docena de incipientes galanes; mozos de semillero, metidos de

cuajo en la edad más antipática de la vida humana; conjunto desgarbado

de brazos, zancas y pescuezo, en la cual edad todo en el hombre es

transitorio y pegadizo, y nada completo ni armonioso; pájaros en tiempo

de muda, como ellos son escalofriados y angulosos; huyen de los niños

porque se juzgan hombres, y los hombres los rechazan porque los toman

por niños. Para remate de desentono, hasta los sastres se complacen

en extremar sobre ellos los caprichos de la moda con tajos y recortes

atrevidos, que sólo conducen á poner en evidencia el armazón que falta

en el tronco, ó el esqueleto que sobra en las extremidades. En mis

tiempos se los conocía con el adecuado nombre de _pollos_; hoy se les

llama, si no estoy mal informado, _sietemesinos_ y _gomosos_. Llegaban

perceptibles hasta mí sus declamaciones, altisonancias y discreteos;

pues hablando ellos para ser oídos de sedentarios y transeúntes,

buscaban de propio intento lo más sonoro y atractivo del habla

castellana. Quien de los seis mostrábase mal ferido de punta de amor,

y lloraba y gemía contrariedades y discordancias; quien, más feliz en

sus empresas, dábale amparo y consejo, y afanábase por pintarle como

artificios y disimulaciones lo que el atribulado tomaba por desdenes

ciertos y coqueterías probadas; quien, pellizcándose el musgo mal

nacido de su labio, y frunciendo los dos con menosprecio, burlábase del

candor de los amantes que aún creen en el amor y en las mujeres, porque

él, á los diez y ocho años que á la sazón contaba, tenía petrificado el

corazón á fuerza de desengaños y mentiras.

Otro, nacido para amar, no hallaba ocasión propicia para mostrar su

corazón abierto á tantas mujeres que parecían venidas al mundo para

corresponderle.

Otro estaba por las glorias de la inteligencia, y no aceptaba el

amor sino como resorte para mover á los personajes de sus creaciones

en proyecto. Tenía un drama comenzado y tres novelas en embrión,

y estudiaba el carácter y la situación de aquéllos sus amigos para

reproducirlos en la escena y en el libro. El último, lacio, encanijado

y escrofuloso, no hablaba sino para echar por aquella boca estocadas

y pistoletazos, los cuales _medios_, según la experiencia se lo

demostraba cada día, eran los únicos que todo hombre de corazón, como

él, debía aceptar para desembarazar de dificultades el sempiterno drama

de la vida.

Á lo mejor del cacareo, venían á enardecerle el sastre y el zapatero,

como accesorios del asunto principal; pues no faltó quien achacase

parte de un fracaso galante, á la influencia de un levitín con dos

centímetros de más en la longitud de las haldillas, ó á la de un

punto menos en la altura de los tacones. De aquí se pasó á ponderar

la fortuna de los elegantes que hallan, en las grandes capitales,

_artistas_ de talento que comprenden la filosofía del corte y la

estética de la moda, haciendo así que las clases no se confundan,

y brillen en todo su esplendor de cuna los jóvenes distinguidos y

elegantes.

En éstas y otras, comenzó á poblarse el sitio de paseantes, y noté que

algunas parejas femeninas, sólo con pasar por delante de los gomosos,

dejáronlos como petrificados en el banco. Callaron todos de repente,

y el tierno y el desdeñoso, el poeta y el espadachín, el más tímido y

el más osado, pusieron los ojos tiernos, y en exhibición el atractivo

que en más estima tenían: quién la cabellera, quién la curva del pecho,

quién la rectitud de la pierna, quién los dientes, quién el pie, y

todos, unánimemente, los puños de la camisa. Después se dividieron

en parejas, y cada una de ellas se fué detrás de la femenil de sus

preferencias, cuál suspirando, cuál hablando recio y escogido, cuál

alardeando de agudo y de chistoso, pero todos en busca de un corazón y

una mirada. Entonces noté con gusto que las damas de ahora, como las de

mi tiempo, en cuanto se visten de largo, ya no gustan de muñecos. Pero

los seis de marras creían lo contrario, y así se divertían.

Pues éstos--dije para mí--son otros niños felices, y no se diferencian

de Pedrín y sus camaradas sino en que visten de otro modo y juegan al

amor, al talento y á otras cosas serias, mientras los primeros juegan

al marro ó á las aleluyas. Por lo demás, créense hermosos y opuestos,

y son ridículos; admíranse de sus propios talentos, y son tontos de

capirote; júzganse amados, y nadie los puede ver. Su vida es una

constante equivocación. ¡Envidiable felicidad!

Un rayo de sol bañaba entonces el sitio que yo ocupaba, y el miedo de

que me calentara los cascos con exceso, llevóme al otro extremo del

banco. En el instante en que me acomodaba en el sombrío rincón, llegaba

á ocupar el que dejé vacío un anciano octogenario, arrastrando los pies

sobre la arena, y con el cuerpo vacilante encorvado sobre una cachaba.

Eligió el punto en que más copiosamente se desparramaba el manojo de

sol, y sentóse allí poco á poco y agarrándose, como si temiera romper

en una brusca sacudida el hilo desgastado y tenue de su existencia.

Saludóme con una penosa inflexión de su pescuezo y una mirada yerta, y

devolvíle el saludo con respeto.

--Usted huye del calor--me dijo con voz desentonada y trémula,

cuando se hubo sentado:--yo le busco con ansia. ¡Ineludible ley del

equilibrio!... Á su edad de usted yo hacía otro tanto... Me sobraba

el calor. Desde entonces, ¡cuántos inviernos han pasado sobre mí!...

¡Cuánto calor me han robado sus hielos!...

Sin dejarme decir algunas palabras de pura cortesía, continuó así el

buen señor:

--Se reirá usted de mí, porque apenas despliego los labios, comienzan

á asomar la oreja mis _manías de viejo_... Así llaman los jóvenes

á nuestra afición á evocar recuerdos de otras edades... Hay mucha

injusticia en eso. Quien, como yo, no tiene por delante más que una

tumba y una mortaja, cuadro en verdad poco risueño y deleitable,

necesita volver los ojos á lo pasado para no morirse de tristeza; y

cuanto más lejos, mejor... Por eso me gustan tanto los niños. Ellos

vienen, yo me voy; nos encontramos á la puerta del mundo, unos entrando

y otros saliendo. Viajeros con opuesto rumbo, que hacemos una parada

en una misma estación y comemos en la misma mesa. Ellos me hablan de

lo que vienen á buscar; yo les hablo de lo que por acá dejo... Esto

divierte y consuela. El resto de la humanidad ya no me pertenece,

como no me pertenece lo que conduce el tren que se cruza con el que á

mí me lleva á la eternidad. Alargar todo lo posible los momentos de

parada, á fin de que dure un poco más la compañía de la mesa, es ya

mi único negocio. Á él me consagro tiempo ha, y aquí me vengo todos

los días, como un niño, á jugar con estos niños... ¿Por dónde andan

esos diablejos?... Helos allí... ¡Qué monísimos son!... Verá usted

lo que tardan en asaltarme... y en desvalijarme... Afortunadamente

vengo hoy bien pertrechado de metralla para defenderme. Caramelos...

rosquillas... estampas; y en este otro bolsillo, medio quintal de

_paciencias_... ¡Cuánta necesito á veces para armonizar tantas

cabecitas sin tornillo, y para no enfadarme!... ¡Sí, señor, para no

enfadarme!... ¡Ahí anda un Gabrielón, travieso y mal intencionado!...

Ayer me tiró con una aceituna desde su balcón... Pues mire usted,

sentí aquel golpe como si hubiera sido un balazo... porque ni yo le

había dado motivos para ello... ni está bien que así se trate á los

_mayores_, bajo ningún pretexto... ¿No lo dije? ¡Ya está la nube

encima!...

En efecto, la misma que poco antes había caído sobre mí, pero lenta y

apacible, envolvió al octogenario, tormentosa y rugiente. Entre gritos

de «¡papá Moisés, señor don Moisés!» y alguno de «¡Señor Matusalén!»

que yo jurara que procedía de los pulmones de Gabrielón, aquella

muchedumbre estrujó al anciano, asaltándole por piernas, brazos y

cabeza. Quién le besaba, quién le sacudía, quién le interpelaba,

quién, más osado, le registraba los bolsillos... hasta que, falto ya

de respiración, arrojó por encima de las cabezas de todos un paquete

de almendras, que se desparramaron en el suelo; cebo estimulante sobre

el cual se echó en el acto aquella bandada de pájaros golosos. Empezó

luego el reparto de lo que quedaba en los bolsillos, y no faltaron

entonces reclamaciones, protestas y refunfuños de una y otra parte, y

aun llegó á riña formal, entre el anciano y Gabriel, lo que empezó por

quejas del primero sobre el incidente de la aceituna, al ofrecer su

ración, un tanto mermada, al segundo. Intervine poniendo paz, cuando vi

que las sequedades del muchacho iban á hacer llorar de pena al pobre

viejo; dióle un beso cada cual, como firma de amor y de alianza; y, ya

_todos unos_, como dijo don Moisés hecho unas pascuas, pusiéronse á

jugar los rapazuelos delante del anciano, haciéndole juez árbitro de

sus contiendas, lo cual le deleitaba y entretenía.

Pues éste es otro niño--dije para mí, contemplándole;--y con él son ya

tres los ejemplares. Es decir, que de tres no bajan las _necesarias_

infancias del hombre, las que son inseparables condiciones de otras

tantas edades de la vida... porque si á sumar vamos las que son el

fruto de las mundanas flaquezas, casi son tantas como los años que

vivimos.

Niño es, en efecto, el hombre que de vanidades se nutre y al huero

relumbrón endereza todas sus aspiraciones; niño cuando se pavonea con

un cintajo en la solapa, como si fuera señal de sus virtudes y no de la

amistad de un prócer dadivoso; niño cuando se desvela por adquirir un

diploma que le autorice para estampar en coches y tarjetas dos calderos

y una escoba, ó cualquier otro emblema heráldico no menos expresivo

y linajudo; niño cuando, ya con canas, se prenda de su apostura,

y despilfarra ante el espejo las horas que niega á más honrosos y

transcendentales afanes; niño cuando... cuando se parece á tantos y

tantos nietos de Adán por el estilo; y niño, en fin, soy yo, que con

frecuencia me enredo en tales filosofías.

Pero volviendo á los niños ochentones, ¡cuántos hay en uno y otro sexo

que han tomado la ciencia, las letras, las artes ó la caridad por

_juguetes_, y dejan el sendero de su vida lleno de luz y de beneficios,

en bien de sus semejantes!... Preciso es convenir en que estos niños

tienen mucho de ángeles... Y conviniendo en ello, forzoso es declarar

que la raza de Caín no es tan mala como su fama la pinta.

Pensando así, levantéme con rumbo á mi casa; pero nuevos aires me

soplaron, y á otras regiones más intranquilas me condujeron las ideas.

Y extendí la mente por los campos de la historia; y al ver la haz de la

tierra cubierta de ruinas y de cadáveres; á las razas luchando contra

las razas; á las ideas contra las ideas; al ver la fuerza convertida en

derecho y á los pícaros en la cumbre de los honores, y á los buenos en

el abismo de todas las desventuras; á la mujer holgada y consentida,

arrojando á los pies de su amante el honor de su marido; al marido,

mancillando en torpes mancebías la fe jurada en los altares; al ver al

poderoso explotar al necesitado, y al necesitado escupir la mano que

le da la hogaza; al ver aquí el látigo, allí la tea, acá el atropello,

allá la asechanza, y en todas partes y en todos tiempos y á todas

horas, el orgullo, la soberbia, la envidia, la venganza, imponiéndose

al mundo como una calamidad incontrarrestable--¡ay! exclamé en mis

adentros,--niño es el hombre, y aun con frecuencia es ángel; pero

también es tigre carnicero en cuanto arroja á Dios de su conciencia.

Dicho está que este hallazgo no me satisfizo tanto como el anterior;

pero consoléme mucho al caer en la cuenta de que si Dios entregó

el mundo á las ambiciones y á las disputas de los hombres, también

infundió en los buenos el sublime sentimiento de la caridad para

ejemplo de verdugos y consuelo de perseguidos y desheredados.

Y andando, andando, con la mente abismada en tan santas cavilaciones,

mi capa no parecía.

Y las horas corrieron, y los días pasaron, y la inspiración no vino, y

llegó el trance fatal, y trajéronme al banquillo de los reos... desde

el cual me atrevo á suplicaros, después de llamar á las puertas de

vuestro corazón con las narradas dificultades, como testimonio fiel de

una heroica voluntad, que la toméis en cuenta para absolverme de las

confesadas culpas de mi torpe ingenio.

1878.

[Ilustración]

Esbozos y rasguños · 第 58 / 63 题