Esto de comparar tiempos con tiempos, no es siempre una manía propia de
la vejez, como la fama asegura y muchos ejemplos lo acreditan.
Manía es, en los que se van, creerse de mejor madera que los que
vienen, porque la raza humana, desde Caín acá, ha variado muy poco
en el fondo; pero ¿quién podrá negar que en el siglo que corre, como
en ningún otro, los usos y las costumbres y el aspecto exterior de
los hombres, ofrecen notabilísimas diferencias, de generación en
generación, de año en año, de día en día?
Tales y parecidas cavilaciones me asaltan la mente cada vez que,
obligado á ello por una irresistible exigencia de carácter, me detengo
á contemplar con infantil curiosidad esos enjambres de niños que á las
horas de paseo invaden las alamedas, y corren, y saltan, y gritan,
y dan vida, gracia y armonías, como los pájaros al bosque, con sus
regocijos y colores, á aquel monótono bamboleo de señores graves y
de jovenzuelas presumidas, que recorren, arriba y abajo, el recto y
empolvado arrecife, como tropa disciplinada en revista de comisario.
¡Qué asombrosa variedad de formas, de matices, de adornos, de
calidades, la de aquellos arreos infantiles! No se ven dos vestidos
iguales, ni rapaz que no varíe el suyo tres veces á la semana; y cada
traje es lo que aparenta, es decir, que no es pana lo que parece
terciopelo, ni talco lo que por oro toma la vista.
Lo mismo que los trajes son los juguetes. El sable es de hierro
bruñido; la empuñadura, dorada; sus tirantes, de charol; y al ser
arrastrado con marcial donaire por el microscópico guerrero, vestido
rigorosamente de húsar ó de dragón, suena como los sables de veras;
la pistola es de hierro, y tiene articulaciones; y ya con un corcho,
haciendo el vacío, ó ya con un fulminante colocado en su chimenea,
produce tiros verdaderos; con el fusil sucede lo propio, y además tiene
bayoneta que encaja en la extremidad del brillante cañón, con todas
las reglas militares; las _canicas_ son primores de vidrio colorado;
los coches remedan, en forma y calidad, resistencia y comodidades, á
los que ruedan en las calles, tirados por fogosos brutos... Y así todo
lo demás, porque la industria moderna, explotando á maravilla estas
debilidades humanas, tiene fábricas colosales que no producen otra cosa.
Pues bien: yo me traslado con la memoria á los años de mi infancia, y á
los mismos sitios en iguales horas y circunstancias, y no puedo menos
de asombrarme de la diferencia que hallo entre el enjambre que bulle
entre mis recuerdos y el que tengo delante de los ojos.
Véome allí, entre mis contemporáneos, jugando á la gallina ciega, al
marro ó á las cuatro esquinas, tirando de vez en cuando un pellizco
al mendrugo de pan que se guardaba en el bolsillo para merendar, ó
formando parte del grupo que devoraba con los ojos un lorito de cartón,
tamaño como un huevo de gallina, que no soltaba de la mano un camarada
feliz á quien se le había traído su padre, no sé de qué parte del mundo
ni con qué fausto motivo; ó armando en apartado rincón la media docena
escasa de fementidos soldados de plomo; véome, repito, con mi traje _de
todos los días_, ó sea el desechado _de los domingos_ del año anterior,
corto, descolorido y opresor, amén de repasado y añadido. Y ¡qué traje!
Seguro estoy de que mis coetáneos no necesitan que yo se le describa,
pues no habiendo más que un modelo para todos, y tirando con él hasta
que nos vestían _de muchachos_, acordaránse de él como si aún le
tuvieran encima. Pero he de describirle, siquiera para demostrar parte
de mi tesis á los ojos de cuantos, más acá y á la edad aquélla, han
arrastrado por los suelos ricas lanas y deslumbrantes sedas:
Un calzón, ceñido á la rodilla, con muchos _frunces_ en la cintura, de
lo cual resultaba una _culera_ (déjese el lector moderno de remilgos,
y acepte la palabra corriente entonces) monstruosa y exuberante, que
se bamboleaba á diestro y siniestro, según que las piernas se movían;
uníase á la cintura por innúmeros botones, otra en que terminaba, sobre
el vientre, una especie de blusa con mangas, también fruncidas, y
puños ajustados; sobre los hombros se tendía, cayendo por detrás hasta
media espalda, un cuello blanco llamado _vuelillo_, en la cual prenda
agotaban nuestras madres su paciencia, su gusto, sus larguezas y su
ingenio; por lo que los tales vuelecillos eran ora calados, _aliquando_
con encajes (de imitación, se entiende), á veces bordados, y muy á
menudo tenían una borlita en cada pico delantero; medias blancas el que
quería gastarlas, pues no era mal visto ir en pernetas, y borceguíes
de becerro hediondo, ni más finos ni más relucientes que los que gastan
hoy los peones del Muelle. Sobre este conjunto, y faltando á todas las
reglas arquitectónicas y de buen gusto, una gorra de pana morada, muy
ancha de plato y muy estirado éste, como piel de pandero, por la virtud
de un aro de palo que tenía dentro, y de uno de cuyos bordes, creo
que el derecho, colgaban hasta los hombros dos borlas de canutillo,
descomunales.
Mientras todo esto era nuevo ó poco usado, llamábase _vestido de
los domingos_; cuando á los calzones se le habían soltado todas las
_lorzas_, y á la blusa los frunces, y además tenía ésta medias mangas,
y los otros refuerzos en las rodillas y en el trasero; y á la gorra, ya
sin borlas ó con los cordones solos, se le salía la punta del aro roto
por un lado, y cuando los borceguíes, con tapas, bigoteras y medias
suelas, sin lustre, orejillas ni correas, más servían de grilletes que
de amparo á los pies, llamábase, y pasaba á ser, _vestido de todos los
días_.
Y lo era tan al pie de la letra, que así se casara el rey ó se tomara
á Gibraltar, y el mundo se hundiera con música y cohetes, el traje _de
los domingos_ no salía á luz más que en éstos ó en las fiestas _de
guardar_, bien especificadas en el calendario.
Á lo sumo, se nos permitía la media gala; es decir, poner con el
vestido viejo la gorra nueva ó los borceguíes flamantes.
En tal guisa íbamos á la escuela, y después al paseo, con el ya citado
mendrugo de pan en el bolsillo, comiéndole á retortijones mientras
corríamos, saltábamos ó nos contaban ó contábamos cuentos de ladrones y
encantados.
¿Quién de mis coetáneos podrá jactarse de haberse divertido en estos
lances sin que los calzones ó los zapatos se le reventaran por alguna
parte, y sin que asomara por ella medio palmo de camisa ó el dedo
gordo del pie, libre, desde mucho antes, de la prisión de la media
correspondiente?
Y yo pregunto ahora: ¿hay hijo de remendón de portal, que se presente
hoy en un paseo con el traje más raído que el de la flor y nata de los
rapazuelos de entonces? ¿Hay cuero que más dure, colgado de una percha,
que lo que duraba sobre nosotros un vestido de...? yo no sé de qué
demonios eran aquellas telas, y voy á decir algo á este propósito.
Iba uno muy ufano con su madre á _ver_ cómo ésta _sacaba_ género para
un vestido que nos iban á hacer, después de estar dos meses hablándonos
de ello en casa, y prometiendo nosotros «ser buenos, obedientes y
aplicados».
--Saque usted tela de estas señas y de las otras,--decía la buena
señora, después de saludar á doña Sebastiana ó á otra apreciable
tendera por el estilo, y de haber preguntado ésta por todos y por
cada uno de los de nuestra casa, y de acusarnos _in facie materna_
de cualquier travesurilla que nos hubiera visto hacer delante de la
tienda, al salir de la escuela, con lo cual nos poníamos rojos de
vergüenza y de ira. Inmediatamente echaba sobre el mostrador una pieza
de lo pedido; y como la tienda había de ser obscura por necesidad,
nuestra madre salía hasta la calle con el género entre brazos,
siguiéndola nosotros y alzándonos sobre las puntas de los pies para ver
la codiciada tela, que desde luego nos enamoraba.
--Me parece demasiado fino esto,--decía nuestra madre cuando ya había
tentado, resobado y olido el género á la luz del sol, con lo cual se
nos caía el alma á los pies, y la ilusión con el alma.
--¿Para qué lo quería usted?--preguntaba la tendera.
--Para hacer un vestido á éste,--respondía la interpelada, señalándonos
á nosotros.
--¡Ah, es para el chico!--exclamaba la otra.--_Entonces_, tengo aquí
una cosa más á propósito.
Y del último rincón de la tienda, debajo de todos los recortes y
sobrantes del año, sacaba un retal infame, del color de todo lo
marchito y resobado, diciendo al propio tiempo:
--De esto mismo se han hecho un traje los niños de don Pedro de Tal
y de don Antonio de Cual.--Y como, para desgracia nuestra, aquellos
chicos, por ser hijos de _pudientes notorios_, daban el tono á
las modas, por el retal se decidía nuestra madre, después de la
indispensable porfía de media hora sobre el cuarto de más ó de menos en
vara.
--¿Y cuánto necesita usted?
--Lo de costumbre... La costurera dice...
--No se fíe usted mucho de ella.
--Como es quien ha de hacer el vestido... ¿Cuánto cree usted que
necesito?
--Pues tanto.
--Córtelo usted entonces... Pero aguarde usted... Necesito otra vara
más para cuchillos y medias mangas _el año que viene_, ¡porque este
chico crece tanto... y rompe!...
--Déjele usted lorzas.
--Siempre se las dejo; pero no le alcanzan ya las de las perneras
cuando se las suelto, y tengo que añadirles una tira. Mire usted que
este vestido que trae puesto, no tiene más que un año de uso.
--Aquí le compró usted, bien me acuerdo.
--Pues ya tiene dos refuerzos atrás, rodilleras y tres pares de medias
mangas... ¡Le digo á usted que son cuerpos de hierro los de estos
chicos de hoy!...
Juzgue ahora el lector _de qué_ serían esos trajes cuando los echábamos
_á todos los días_, y _cómo_ estarían cuando ni para diario podíamos
aprovecharlos ya.
Pero lo chusco era cuando, pasado este período de nuestra existencia,
salíamos de la primera enseñanza para entrar en la segunda; es decir,
cuando nos vestían de _muchacho_, lo cual era nuestra gran ilusión, con
chaquetilla _pulga_, pantalón de _patencur_, chaleco de _cabra_, gorra
de felpa atigrada, zapatos de tirante y _camisolín_ de _crea_. Como
todo traje nuevo, este primero era para los domingos; de manera que
hasta que pasara á la categoría de viejo, teníamos que andar todos los
días con el ya especificado de niño, sin lorzas y con _pegas_, si no
había un padre ó un hermano que nos socorriera con algún desecho.
No quiero decir nada de aquella primera levita que, andando el tiempo,
nos hacían, de _cúbica_ ó de _manfor_, con una tira de tafetán, de
cuatro dedos por abajo y acabando en punta por arriba, que se llamaba
vuelta, ó embozo de los largos faldones; porque esa época está fuera
del alcance de estas reminiscencias, aunque sería otra prueba más de
que, en aquellos tiempos, las modas se eternizaban sobre nosotros, y
costaba un muchacho á su padre, en cuatro años, la vigésima parte de lo
que hoy le cuesta un niño en ocho meses.
Diré únicamente, por si no volvemos á hablar de esto y para regodeo
de los imberbes elegantes de ogaño, que estas levitas y otras prendas
anteriores y contemporáneas, eran hechas en casa por la costurera; y
que todavía, años andando, no nos medían las espaldas Vázquez, Nieto ó
Valentín, sin haber pasado antes por los célebres Nerín y _Pulpillo_.
Apuntadas estas diferencias de aspecto entre aquellas generaciones y la
actual, digamos algo sobre los avíos de nuestros juegos.
Para nosotros no producía la industria más que las canicas y los
botones; y digo «para nosotros», porque si bien es cierto que en los
Alemanes de la calle de San Francisco se vendían ermitaños, zapateros
y pocas chucherías más, de cartón pintado, nadie las compraba. Allí se
estaban en la vidriera, y allí se deshacían bajo el peso de los años y
del polvo.
Cuán raros eran estos juguetes en manos de los chicos de entonces,
pruébalo el ansia con que acudían á mi casa todos mis camaradas á
contemplar un carpintero que me había regalado un pariente, el cual
carpintero, al compás del _glan-glen_ de su cigüeña de alambre, movía
los brazos, y con ellos una garlopa sobre un banco; pruébalo asimismo
la veneración que yo sentía por aquel juguete, y los años que me duró.
En rigor de verdad, también había custodias, carritos y soldados de
plomo, en una tienda de la esquina del Puente.
_Las canicas._--Las había de piedra barnizada, como hoy; de _jaspe_,
que escaseaban mucho; de cristal, que eran la octava maravilla, y, por
último, de betún, plebe de las canicas.
Las de piedra, que eran las más usuales, costaban á cuarto en la tienda
de Bohigas; pero sacadas á la calle, aun sin estrenar, no valían más
que tres maravedís; el otro se echaba á cara ó cruz. De este modo
se adquiría la primera canica, con la cual un buen jugador ganaba
una docena, que podía valerle doce cuartos, si al venderlas tenía un
poco de suerte jugando los maravedís del pico. Advierto que como el
género escaseaba y los muchachos no pensaban en cosas más arduas, los
compradores llovían en derredor del afortunado.
La canica de jaspe valía dos cuartos en la tienda, seis maravedís en
la calle, ó canica y media de las negras. En cuanto á las de cristal,
no se cotizaban en la plaza. Poseíanlas siempre los _pinturines_ ó
_señoritos_, ciertos niños mimosos que iban á clase y á paseo con
rodrigón, y jamás se manchaban los pantalones, ni se arrimaban á la
muchedumbre, ni bebían en las fuentes públicas. Jugaban aparte con
aquéllas, y, ó bien se les _ufaban_ los otros, ó se las estrellaban
contra un banco de la Alameda, después de habérselas pedido
traidoramente para contemplarlas.
Las de betún se hacían con el de la azotea de las casas de Botín, ó de
los _Bolados_, único asfalto que existía en el pueblo. Cómo se adquiría
esa materia prima, yo no lo sé; pero es un hecho que nunca faltaba
betún para canicas. Éstas valían poco: tres por una de piedra.
_Los plomos._--Los buenos eran hechos de balas aplastadas. Se adquirían
á precios más varios que el de las canicas, que siempre fué invariable.
Se jugaban al bote y se negociaban del mismo modo que aquéllas.
_Los botones._--Eran preferidos los del _Provincial de Laredo_. Tampoco
me explico cómo sucedía que hubiera siempre botones nuevos en el juego,
no existiendo el batallón desde muchos años atrás.--Se jugaban al bote,
como los plomos, y, como éstos, se cotizaban con variedad de precios.
El cobre de esta moneda eran las _hormillas_, que también se jugaban al
bote y se vendían siempre al desbarate.
Éstos, es decir, las canicas, los plomos y los botones, eran los
únicos objetos de diversión que podíamos adquirir _hechos_. Los demás,
como la espada, el fusil, el arco, la pistola, el látigo, la pelota, el
taco, etc., etc... teníamos que hacerlos á mano, ó pagar muy caro el
antojo al afortunado que ya poseyera el que nos faltaba; siendo muy de
advertir que, por única herramienta, teníamos un cortaplumas viejo, con
la hoja muy caída hacia atrás.
_La espada_ era un pedazo de vara hendida ó arco barrilero, con
otro más corto, cruzado y amarrado convenientemente para formar la
empuñadura. Sujetábase el arma á la cintura por medio de un tirante
hecho ceñidor, ó descosiendo un pedazo de la del pantalón y metiendo la
hoja por la abertura resultante. El resto del equipo militar, es decir,
las charreteras, el tricornio, banda y condecoraciones, era de papel.
_El fusil_ era una astilla grande de cabretón, pulida, con ímprobos
trabajos, con el cortaplumas, ayudado á veces por el cuchillo de la
cocina, que si no cortaba más que él, estaba, en cambio, mucho más
sucio.
Pues habéis de saber, motilones que alborotáis hoy los paseos vestidos
de generales casi de verdad, que con aquellos arreos de palo y de papel
se dieron encarnizadas batallas en los Cuatro Caminos y en el paseo del
Alta.
Y esto me trae á las mientes el recuerdo de que yo fuí cabo primero de
la compañía mandada por el capitán _Curtis_, á las órdenes del general
_Saba_. No diré si entre los varios _ejércitos_ que por el mismo campo
pululaban le había más bizarro; pero sí aseguro que no tuvo rival el
nuestro en táctica ni en disciplina.
Y no es extraño: aquel capitán de juguete que nos hacía conquistar
castillos imaginarios, trepar cerros y despeñarnos por derrumbaderos,
escalar los árboles, atravesar bardales por lo más espeso y saltar las
tapias sin tocar las piedras más que con las manos, todo por vía de
instrucción y ensayo, es hoy uno de los coroneles más organizadores,
más bizarros, más sufridos y más fogueados del ejército español[6]. Por
cierto que fué él el único soldado de veras que dió aquella tropa de
soldados de afición: todos, incluso el general, trocamos las armas por
las letras (las de cambio inclusive).
Doy por hecho que este recuerdo evocado será con exceso pueril, y
quizá impertinente, si no de mal gusto, para los lectores que no
alcanzaron los Mártires en la Puntida, ni á Caral en el Instituto, y
que hicieron en ferrocarril su primer viaje á la Universidad; pero,
salvo el respeto que estos señores me merecen, no borro este detalle de
_mis tiempos_, en gracia siquiera del ansia con que han de devorarle
los soldados de _mi compañía_ que aún anden, por su ventura ó su
desgracia, entre los vivos de este valle de lágrimas, y acierten á
pasar la vista por estos renglones que escribo á vuela pluma... no sé
por qué; quizá movido de esa necesidad del espíritu que obliga á vivir
de los recuerdos cuando comienzan á escasear las ilusiones, porque el
sendero recorrido es más largo que el que nos queda por andar. Quien
tenga _á menos_ pagarse _todavía_ de estas pequeñeces, que vuelva la
hoja y pase á otro capítulo; quien sienta agitársele el alma en el
pecho al contacto de estas reminiscencias de la mejor edad de la vida,
óigame lo poco que me falta decir entre lo mucho que me hormiguea en la
memoria y tengo que apartar de ella por no caber en el propósito que he
formado ahora.
_La pistola._--Componíase de una culata de pino, hecha á navaja, y de
un cañón de hoja de lata, arrollado á mano y reforzado con alambre.
Eran muy estimados para este objeto los tubos de los paraguas antiguos,
que no tenían abertura al costado para dar paso al resorte que mantenía
plegadas las varillas. De cualquier modo, tapábase uno de sus extremos
con un corcho ó con un taco de madera, bien ajustado y sujeto por
medio de otro alambre al tubo que se colocaba luego en la ranura de
la culata, á la cual se amarraba con cabos de zapatero. En seguida se
abría el oído con la punta del cortaplumas, si el tubo era de caña, ó
con un clavo, si era de latón; y al Prado de Viñas, ó á la _Maruca_,
á hacer salvas. Generalmente uno construía el arma y otro adquiría
la pólvora: ambas adquisiciones eran superiores á las fuerzas de un
muchacho solo. Por eso las salvas eran también á medias, si, como
era muy frecuente, después de estar cinco minutos chisporroteando el
_figón_, ó cucurucho de pólvora amasada con agua, sobre el oído, no
salía el primer tiro por éste ó por la culata, llevándose el tapón que,
por un milagro, no se llevaba á su vez, al pasar, la tapa de los sesos
del que sostenía la pistola en su mano, ó del asociado que se colocaba
junto á él después de haber encendido el _figón_ con un fósforo de los
cuarenta que contenía cada tira de cartón, comprada al efecto por dos
cuartos.
Conocí algunos afortunados que poseían cañoncitos de bronce. Eran
éstos los Krupps de aquella artillería, y como á tales se les respetaba
y se les temía.
_El arco._--Aunque los había de madera, asequibles á todos los
muchachos, juzgábase sin él quien no le tuviera de ballena de paraguas
con cuerda de guitarra.
Y aquí debo advertir, para lo que queda dicho y lo que siga, que aunque
no siempre poseíamos el material necesario para construir un juguete,
le adquiríamos en la plaza por medio del cambio. Había, por ejemplo,
quien estaba sobrado de astillas de pino, y no tenía una triste
tachuela: se iba á buscar con paciencia al de las tachuelas, y se le
proponían astillas en pago, ó botones, ó canicas, ó lo que tuviéramos ó
pudiéramos adquirir complicando el procedimiento.
_La pelota._--Las de orillo solo no botaban: se necesitaba goma con
él; pero la goma era muy rara en la plaza: no había otro remedio,
por lo común, que acopiar tirantes viejos y sacar de ellos, y de los
propios en uso, los hilos de goma que tuvieran, hacer una bola con
éstos, mascarla después durante algunas horas, envolverla en cintos
con mucho cuidado, y dar al envoltorio resultante unas puntadas que
unieran todas las orillas sueltas. Así la pelota, había que forrarla.
Primero se buscaba la badana por el método ya explicado, si no nos la
proporcionaba algún sombrero viejo; después se cortaban las dos tiras,
operación dificilísima que pocos muchachos sabían ejecutar sin patrón,
y, por último, se cosían con _cabo_, pero poniendo sumo cuidado en no
dejar pliegues ni costurones que pudieran ser causa de que, al probar
la pelota, en vez de dar ésta el bote derecho, tomara la oblicua, lo
cual era como no tener pelota.
_El látigo._--No conocí ninguno hecho de una sola cuerda nueva:
todos eran de pedazos heterogéneos, rebañados aquí y allá; pero á
dar estallido seco y penetrante, podían apostárselas con los más
primorosos: para eso se untaba muy á menudo la tralla con pez ó con
cera.
Y _el taco_.--Era de saúco, y saúco bueno no le había más que en Cajo ó
en Pronillo; y no en bardales públicos, sino en cercados de huertas muy
estimadas. Cuestión de medio día para cortarle, y capítulo, por ende,
de correr la clase correspondiente.
Un chico que ya había cortado allí el suyo, nos acompañaba á los varios
que le necesitábamos. El más fuerte y más ágil trepaba al arbusto con
la navaja descoyuntada, ya descrita, mientras los otros vigilaban el
terreno y le indicaban la mejor rama. Enredábase con ella el de arriba,
echando maldiciones á la navaja, que tanto le pellizcaba el pellejo
de la diestra entre la hoja y el muelle trasero, como penetraba en el
saúco.
Al cabo de media hora, cuando la rama empezaba á ceder y la mano á
sangrar á chorros, aparecía _el amo_ á lo lejos.--«¡Ah, pícaro!... ¡ah,
tunante!... ¡yo te daré saúco en las costillas!» El de la rama hacía un
esfuerzo supremo; arrancábala, más bien que la cortaba, y se arrojaba
con ella al suelo, quedando en él medio despanzurrado. Alzábase en
seguida por amor al pellejo; y corre que te corre con sus camaradas, no
parábamos hasta los Cuatro Caminos.
Allí nos creíamos seguros y nos poníamos á examinar el botín de la
campaña.
--¡Es _hembra_!--decía uno al instante.
--¡Hembra es!--exclamábamos luego los demás, tristes y desalentados.
Trabajo perdido. Llámase saúco hembra al que tiene mucho _pan_, ó
médula; y el taco, para ser bueno, ha de ser de saúco _macho_, es
decir, de poco _pan_.
Vuelta á empezar en Cajo, si el sobresalto fué en Pronillo, ó en
Pronillo, si el susto le recibimos en Cajo.
Obtenido al cabo el buen saúco, á costa de trabajos como el citado, se
cortaba en porciones adecuadas; se le sacaba el pan y se despellejaba.
Esto se hacía por el camino volviendo á casa, cargada la conciencia
con el peso de la clase corrida.
Ya teníamos taco; pero se necesitaban balas y baqueta.
Las primeras eran de estopa; y como no la había á la vista, recurríamos
á las entretelas de la chaqueta, donde abundaba siempre, merced al
rumbo de los sastres de entonces; ó al plato de la gorra, que también
lo tenía por mullida. Áspera era y mala, y plegada de inmundicias
estaba; pero, al cabo, era estopa, y llegaba á servirnos después de
macerarla en la boca con paciencia y sin escrúpulos. La baqueta era de
alambre gordo, con mango de palo; las cuales materias se adquirían como
la necesidad nos daba á entender, y nunca tan pronto como deseábamos.
Este juguete era uno de los que más nos entretenían, no sé si por los
sudores que nos costaba; y aunque con la boca del estómago dolorida
de apoyar en ella el mango de la baqueta, y las palmas de las manos
henchidas de recibir las balas al salir del taco con el estruendo
apetecido, y las fauces secas por haber gastado la saliva en remojar
las balas, siempre nos daba pena ver acabarse _el tiempo_ de los tacos
y empezar el otro juego que, por sucesión inalterada, estaba llamado á
reinar entre los muchachos.
He puesto con el taco fin á la lista de juguetes de mis tiempos, por
no hacerla interminable, y porque bastan los descritos para dar una
idea de los sudores que nos costaba adquirir el más insignificante
de ellos, y, por tanto, del aprecio en que los tendríamos. Si algún
día me encuentro con el humor necesario, hablaré de los restantes, y
hasta de cierta corrida de toros _artificiales_ que dimos, siendo yo
coempresario de ella, en un corralón de la calle de Cervantes, á la
cual acudió tanta gente, que, siendo á dos cuartos la entrada, después
de cubrir todos los gastos le quedaron horros á la empresa doce reales
y pico.
Entre tanto, vea el lector desapasionado si de las estrecheces y
apreturas de aquellos tiempos se deduce alguna ventaja transcendental.
De mí, le diré que en víspera de estreno de vestido, nunca dormí
sueño sosegado, y que jamás he olido perfume que me embriague como el
hedor del betún de los borceguíes recién traídos de la zapatería, y,
de propio intento, puestos por mí debajo de la cama el sábado por la
noche... Digo mal: otro olor de aquellos tiempos me impresionó más
todavía que el de los borceguíes: el olor del teatro la primera vez
que me dió en las narices, un domingo por la tarde. Fuí solo; y cuando
entré, comenzaba á bajar la araña por el agujero de la techumbre,
encendidos sus mecheros de aceite; y según iba bajando, iba yo, á su
luz, orientándome en aquél, poco antes y aún mucho después, misterio
conmovedor. Vi el telón de boca, con las nueve Musas y Apolo pintados
en él. De pronto creí que aquellas figuras eran toda la función, y casi
me daba por satisfecho; ó que si algún personaje más se necesitaba,
aparecería entre el telón y las candilejas, y entonces me sentía hasta
reconocido, y aun hallaba muy holgado el terreno en que, á mi entender,
habían de moverse. Después sonó la música: la polka _primitiva_ y el
_himno de Vargas_. ¡Qué sorpresa, Dios mío! Por último, se alzó el
telón: ¡qué maravillas en el escenario!... y empezó la representación
de _El hombre de la Selva Negra_. Con decir que me faltó poco para ir
al despacho de billetes á preguntar si se habían equivocado al llevarme
tan poco dinero por tanta felicidad, digo lo que sentí en tan supremos
instantes, y cuán por lo serio tomé lo que en el escenario sucedía.
Por eso no se escandalice nadie si me oye decir alguna vez que los
actores que pone mi corazón sobre todos los del mundo conocido,
son Fuentes, la Fenoquio y Perico García, galán, dama y gracioso,
respectivamente, que trabajaron en aquella función memorable y en
otras á que logré asistir después. Pues todos estos recuerdos y
las subsiguientes emociones me asaltan y acometen siempre que á mi
olfato llega el olor de teatro vacío como estaba, ó poco menos, el de
Santander, cuando en él entré por vez primera.
Apuntados estos detalles, que fácilmente dan la medida de otros mil
del propio tiempo, recuerden mis coetáneos qué idea se tenía, entre
las gentes, de ciertos casos y de ciertas cosas. ¡Un ministro!... Boca
abajo todo el mundo. ¡Un diputado!... ¡Uff! no cabía en la calle. ¡El
_Jefe político_!... ¡María Santísima!... ¡Un particular que había
estado en París!... ¡Qué admiración!
En cambio, quien tenga hoy un hijo rapazuelo, que le pregunte adónde
ha ido á parar el primoroso juguete que se le compró tres días antes,
y cómo era. Ya no se acuerda de lo uno ni de lo otro. ¡Le regalan
tantos cada semana! ¡Hay tal abundancia y tal variedad de ellos en esas
tiendas de Dios!... Pregúntele también qué siente cuando estrena un
vestido ó va al teatro... Absolutamente nada. ¡Qué ha de sentir si cada
día le ponen uno diferente, y concurre al teatro todos los domingos
desde que aún no sabía hablar?
Ofrézcale llevarle á Madrid dentro de un año, si saca buena nota en
los exámenes de la escuela. ¡Qué efecto ha de causarle la promesa, si
ya ha estado tres veces con su mamá en París, una para arreglarse los
dientes, otra para que le redujeran una hernia, y otra de paso para
Alemania á curarse las lombrices?
Pues salgan ustedes á la calle y pronuncien muy recio las palabras
«ministro», «diputado» y «gobernador:» las cuatro quintas partes de los
transeúntes vuelven la cabeza, porque los unos le han sido ya, y los
otros aspiran á serlo.
Ahora bien: si es preferible esta aridez del espíritu, esta dureza
precoz del sentimiento, como producto necesario del torbellino de
ideas, de sucesos y de aspiraciones en que, lustros ha, nos agitamos,
á aquellos apacibles tiempos en los cuales se dormían en nosotros los
deseos, y era la memoria virgen tabla en que todo se esculpía para no
borrarse nunca, dígalo quien entienda un poco de achaques de la vida.
Pero conste, en apoyo de mi tesis, que hubo un día, que yo recuerdo
(y cuenta que aún no soy viejo) en que la familia española, impulsada
por el reflujo de vecinas tempestades, pasó _de un salto_ desde la
patriarcal parsimonia de que dan una idea los pormenores apuntados, á
este _otro mundo_ en que la existencia parece un viaje en ferrocarril,
durante el cual todo se recorre y nada se graba en la mente ni en
el corazón; viaje sin tregua ni respiro, como si aún nos pareciera
largo el breve sendero que nos conduce al término fatal, donde han
de confundirse en un solo puñado de tierra todos los afanes de los
_viajeros_, todas las ambiciones y todas las pompas y vanidades humanas.
1877.
[Ilustración]