CAPÍTULO XVI.

Marcha general de las misiones cristianas.

[Marginal: Año 45]

Hemos visto á Bernabé partir de Antioquía para remitir á los fieles

de Jerusalem la colecta de sus hermanos de Siria. Le hemos visto

presenciar alguno de los disturbios que la persecucion de Herodes

Agrippa I causó á la Iglesia de Jerusalem[823]; volvamos con él á

Antioquía, donde parece haberse concentrado en este momento toda la

actividad creadora de la secta.

Bernabé llevó consigo á un celoso colaborador: este era su primo Juan

Márcos, el discípulo querido de Pedro[824], el hijo de aquella María

en casa de la cual el primero de los apóstoles deseaba permanecer. Sin

duda, tomando este nuevo colaborador, pensaba ya en la grande empresa

á la cual iba á asociarle. Tal vez preveia las divisiones que la misma

obra suscitaria, y tenia cuidado de tomar por compañero un hombre que

sabia era el brazo derecho de Pedro, es decir, del apóstol que en los

asuntos generales tendria mayor autoridad.

Esta empresa no fué más que una série de grandes misiones que debian

partir de Antioquía, teniendo por programa la conversion del mundo

entero. Como todas las grandes resoluciones que se tomaban en la

Iglesia, fué tambien atribuida aquella al Espíritu Santo. Se creyó ser

obra de un llamamiento especial, de una eleccion sobrenatural, que se

supuso haber sido comunicada á la Iglesia de Antioquía mientras ayunaba

y oraba. Tal vez alguno de los profetas de la Iglesia, Menahem ó Lucio,

en uno de sus accesos de glosolalia pronunció algunas palabras de las

cuales pudo deducirse que Pablo y Bernabé estaban predestinados á esta

mision[825]. En cuanto á Pablo, estaba convencido que Dios le habia

elegido desde el vientre de su madre para la obra á la cual iba á

consagrarse enteramente[826].

Los dos apóstoles se agregaron á título de subordinado para secundarles

en la parte material de su empresa, al Juan Márcos que Bernabé habia

llevado consigo á Jerusalem[827]. Cuando terminaron los preparativos,

hubo ayunos y oraciones, y se impusieron las manos á los dos apóstoles

para indicar que la mision era conferida por la misma Iglesia[828]; se

les recomendó á la gracia de Dios y partieron[829]. ¿Por qué lado se

dirigieron? ¿Qué mundo iban á evangelizar? Esto es lo que importa saber.

Todas las grandes misiones cristianas primitivas, se dirigieron hácia

el oeste, ó en otros términos, tomaron por teatro ó cuadro el imperio

Romano. Si se exceptúa alguna pequeña parte del territorio de los

Arsácidas, comprendido entre el Éufrates y el Tigris, el imperio de los

Partos no tuvo durante el primer siglo misiones cristianas[830]. El

Tigris fué por el Oriente una barrera que el cristianismo solo traspasó

en las Sasanidas. Dos grandes causas, el Mediterráneo y el imperio

Romano, determinaron este hecho capital.

El Mediterráneo era hacia mil años el gran camino por donde habian

cruzado todas las civilizaciones y todas las ideas. Los romanos habian

ahuyentado de él la piratería, convirtiéndole en una magnífica via

de comunicacion. Una numerosa marina de cabotaje hacia más fáciles

los viajes por la costa de este gran lago. La seguridad relativa que

ofrecian los caminos del imperio, las garantías que se encontraban

en los poderes públicos, la difusion de los judíos sobre todo el

litoral del Mediterráneo, el uso de la lengua griega en toda la parte

oriental de este mar[831], la unidad de civilizacion que los griegos

tenian con los romanos, hicieron del mapa del imperio el mapa mismo de

los países reservados á las misiones cristianas y destinados á ser

cristianos. El _orbis_ romano llegó á ser el _orbis_ cristiano, y en

este sentido puede afirmarse que los fundadores del imperio fueron

tambien los fundadores de la monarquía cristiana, ó al menos diseñaron

sus contornos. Toda provincia conquistada por el imperio romano, era

una provincia conquistada al cristianismo. Cuando uno se figura á los

apóstoles ante una Asia Menor, una Grecia, una Italia dividida en cien

pequeñas repúblicas, una Galia, una España, un África ó un Egipto

denominadas por antiguas instituciones nacionales, no se puede esperar

un buen éxito y mucho menos que haya podido nacer el proyecto. La union

del imperio era la condicion prévia de todo proselitismo religioso,

haciéndose superior de las nacionalidades. El imperio lo comprendió

en el siglo XIV y se hizo cristiano: vió que el cristianismo era la

religion que él habia creado sin saberlo, la religion limitada por

sus fronteras, identificada con él, capaz de procurarle una segunda

vida. La Iglesia por su parte se hizo romana y se ha conservado hasta

nuestros dias como un recuerdo del imperio. Decid á Pablo que Claudio

será su primer auxiliar; decid á Claudio que aquel judío que parte de

Antioquía va á fundar la parte más sólida del edificio imperial, y

asombrareis al uno y al otro, y sin embargo, esto fué una verdad.

De todos los países extraños á la Judea, el primero donde se estableció

el cristianismo fué naturalmente en Syria. Los naturales de Palestina y

el gran número de judíos establecidos en aquella comarca[832], hacian

inevitable este hecho. Chipre, el Asia Menor, la Macedonia, la Grecia

y la Italia, fueron visitadas por los hombres apostólicos con algunos

años de intervalo. El Mediodía de la Galia, la España, y la costa de

África, aunque se evangelizaron bien pronto, fueron los últimos puntos

que invadió el cristianismo.

Lo propio sucedió en Egipto. El Egipto no figura apenas en la

historia apostólica; parece que los misioneros apostólicos le vuelven

sistemáticamente la espalda. Este país, que á partir del siglo III,

se convierte en teatro de los acontecimientos más importantes de la

historia de la religion, fué entonces un atraso para el cristianismo.

Apolo es el único doctor cristiano salido de la escuela de la

Alejandría, y aun éste aprendió el cristianismo en sus viajes[833].

Es necesario atribuir la causa de este notable fenómeno á las pocas

relaciones que existian entre los judíos de Egipto y los de Palestina,

y sobre todo al hecho de que el Egipto judío tuvo bajo cierto aspecto

su especial desarrollo religioso. El Egipto tenia á Philon y los

terapeutas, este era su cristianismo[834], el cual le dispensaba

de escuchar al otro con atencion. En cuanto al Egipto pagano,

poseia instituciones religiosas más sólidas que las del paganismo

greco-romano[835]; la religion egipciaca estaba todavía en toda su

fuerza y cercano el momento en que iban á bautizarse los enormes

templos de Esneh, y de Ombos, en los cuales la esperanza de tener en el

pequeño Cesarion un último rey Ptolomeo, ó un Mesías nacional, hacia

salir como de la tierra los santuarios de Dendera, y de Hermontis,

comparables á las más bellas obras faraónicas. El cristianismo se

establecia por todas partes sobre las ruinas del sentimiento nacional y

de los cultos locales. La degradacion de las almas era rara en Egipto,

y hacia raras las aspiraciones que abrieron al cristianismo tan fáciles

caminos.

Un relámpago que parte de la Syria, ilumina casi simultáneamente las

tres grandes penínsulas del Asia Menor, de Grecia y de Italia, y

que bien pronto seguido de un segundo reflejo abraza casi todas las

costas del Mediterráneo, hé aquí lo que fué la primera aparicion del

cristianismo: la marcha de las naves apostólicas es casi siempre la

misma. La predicacion cristiana parece seguir una huella anterior que

no es otra que la de la emigracion judía. Como un contagio que teniendo

su foco en el fondo del Mediterráneo, aparece de repente sobre cierto

número de puntos del litoral, donde se comunica por una correspondencia

secreta, el cristianismo tuvo sus puertos de arribada designados en

cierto modo de antemano. Estos puertos se reconocian casi todos por las

colonias judías; una sinagoga precedió, en general, al establecimiento

de la Iglesia: diríase que era una cadena eléctrica por cuya extension

la idea nueva corria de una manera casi instantánea.

En efecto, despues de ciento cincuenta años el judaismo extendido

por el Oriente y Egipto, habia tomado su vuelo hácia el Occidente.

Cirene, Chipre, el Asia Menor, ciertas poblaciones de Macedonia y de

Grecia, y la Italia tenian juderías importantes[836]. Los judíos daban

el primer ejemplo de este género de patriotismo que los Partos, los

Armenios, y hasta cierto punto los Griegos modernos debian mostrar

más tarde; patriotismo extremadamente enérgico porque no se refiere

á un determinado suelo; patriotismo de comerciantes extendidos por

todas partes, reconociéndose por todo como hermanos; patriotismo que

no conduce á formar estados compactos, pero sí pequeñas comunidades

autónomas en el seno de los demás Estados. Estos judíos dispersos

unidos estrechamente entre sí, constituyen en las poblaciones,

congregaciones casi independientes, teniendo sus magistrados y

consejos. En ciertas poblaciones tenian su _etnarca_ ó _alabarca_,

revestido de derechos casi soberanos. Habitaban barrios separados y

fuera de la jurisdiccion ordinaria, muy despreciados de todo el mundo,

pero donde reinaba la felicidad. Eran más pobres que ricos, pues no

habia llegado aún la época de las grandes fortunas judías que empezaron

en España bajo los Visigodos[837]. El acaparamiento de los negocios

por los judíos fué el efecto de la incapacidad administrativa de los

bárbaros, de la repugnancia que inspiró á la Iglesia la ciencia del

dinero y de sus ideas superficiales sobre el préstamo á interés. En

el imperio romano nada hay semejante, pues cuando el judío no poseia

riquezas, era muy pobre, ya que no era aficionado á la agricultura.

En todo caso sabia sufrir muy bien la pobreza, pero lo que sabia

más aún era aunar la preocupacion religiosa más exaltada con la más

rara habilidad comercial. Las excentricidades teológicas no excluyen

en manera alguna el buen sentido en los negocios. En Inglaterra, en

América, en Rusia, los sectarios más entusiastas (_irvingianos_, santos

de los últimos dias, _raskolniks_) son buenos comerciantes.

La propiedad de la vida judía piadosamente practicada ha sido siempre

la de producir mucha alegría y cordialidad. En aquel pequeño mundo

todos se amaban; se amaba hasta el mismo pasado; las ceremonias

religiosas iban adquiriendo poco á poco nueva vida. Habia alguna

analogía con las distintas comunidades que existen todavía en las

grandes ciudades turcas, como por ejemplo la griega, armenia, y judía,

de Esmirna, reducidas cofradías donde se conoce todo el mundo, donde

todos viven juntos y conspiran juntos. En estas pequeñas repúblicas,

las cuestiones religiosas dominan siempre á las cuestiones políticas, ó

más bien aquellas suplen y completan á estas. Una herejía es en ellas

un asunto de Estado; un cisma tiene siempre por orígen una cuestion de

personas. Los romanos, salvo raras excepciones, no penetraban jamás

en aquellos círculos reservados. Las sinagogas promulgaban decretos,

daban honores[838], y hacian las veces de verdaderas municipalidades.

Era grande la influencia de estas corporaciones: en Alejandría llegó

á ser de primer órden, y dominó todo el recinto interior de la

ciudad[839]. En Roma eran numerosos los judíos[840], y constituian

un apoyo que nadie desdeñaba. Ciceron presenta como un acto de valor

haber intentado resistirse á los mismos judíos[841]. César les

favoreció y les encontró fieles[842]; Tiberio para contenerles tomó

las más enérgicas medidas[843]; Calígula, cuyo reinado fué para ellos

nefasto en Oriente, les concedió permiso para asociarse, en Roma[844].

Claudio que les favorecia en Judea, se vió obligado á echarles de la

ciudad[845]. Encontrábaseles por todas partes[846] y podia decirse de

ellos como de los griegos, que vencidos, habian impuesto sus leyes á

los vencedores[847].

Las disposiciones de las poblaciones indígenas hácia estos extranjeros

eran muy diversas. Por una parte el sentimiento de repulsion y

antipatía que producian los judíos por su espíritu de aislamiento

constante, por su carácter rencoroso, y por sus hábitos insociables,

se manifestaban de una manera decisiva donde eran más numerosos y

estaban más organizados[848]. Cuando libres, eran realmente séres

privilegiados porque gozaban de ciertos beneficios de la sociedad,

sin sufrir sus gravámenes[849]. Algunos charlatanes explotaban el

sentimiento de curiosidad que inspiraba su culto, y bajo el pretexto de

explicar sus secretos cometian toda clase de pillerías[850]. Algunos

folletos violentos y satíricos, como el de Apion, de los cuales los

escritores profanos han dado frecuentemente reseñas[851], circulaban

sirviendo de alimento para excitar la cólera del público pagano. Los

judíos parecen haber sido en general séres mezquinos, que de todo se

quejaban. Veíase en ellos á una sociedad secreta, mal intencionada

para el resto de los hombres, cuyos miembros se vendian á cualquier

precio en detrimento de los otros[852]. Sus costumbres, su aversion

á ciertos alimentos, su dejadez, su falta de distincion, el mal olor

que exhalaban[853], sus escrúpulos religiosos, sus minuciosidades en

la observancia del sábado, se consideraban como ridiculeces[854]. Una

vez introducido en la sociedad, el judío por una consecuencia natural,

no tenia cuidado alguno en parecer fino. Por eso se les encontraba

por todas partes con sus trajes sucios, aire tosco, andar fatigado,

cara pálida, ojos enfermizos[855], y cierta expresion de beatitud,

formando sus mujeres grupo á parte, con sus hijas, sus paquetes de

mercancías y sus canastos que constituian todo su mobiliario[856]. En

las poblaciones ejercian los tráficos más despreciables: mendigos,[857]

ropavejeros, ó vendedores de fósforos[858]. Despreciábase injustamente

su ley y su historia. Tan pronto se les creia supersticiosos[859],

y crueles[860]; como ateos, ó contentadores de los dioses[861].

Su aversion hácia las imágenes era una prueba de su impiedad. La

circuncision sobre todo ofrecia asunto para las interminables burlas

que se les dirigian[862].

Pero estos juicios superficiales no eran los de todos; los judíos

tenian tantos amigos como detractores; su formalidad, sus buenas

costumbres, la sencillez de su culto gustaban á mucha gente. Veíase en

ellos algo de superior. Organizábase una vasta propaganda monoteista y

mosaica[863]; y una especie de torbellino poderoso se iba formando al

rededor de aquel pequeño pueblo. El pobre judío de Trastévere[864],

que salia por la mañana con sus mercancías, entraba con frecuencia

por la noche enriquecido con las limosnas procedentes de manos

piadosas[865]. Sobre todo las mujeres iban en grupos á buscar á estos

misioneros[866]. Juvenal[867] califica de vicio la inclinacion de

las damas de aquella época hácia la religion judía y las critica por

esto. Las que se habian convertido aseguraban que eran completamente

felices[868] pero el antiguo espíritu helénico y romano resistia

enérgicamente; el desprecio y el ódio hácia los judíos se revela en

todos los hombres ilustrados tales como Ciceron, Horacio, Séneca,

Juvenal, Tácito, Quintiliano y Suetonio[869]. Por el contrario, aquella

enorme masa de poblaciones mezcladas que el imperio habia sometido,

á las cuales era extraño el espíritu romano y la sabiduría helénica,

corrian en tropel hácia una sociedad en que encontraban ejemplos

interesantes de concordia, de caridad, de socorros mútuos[870],

de simpatía, de aficion al trabajo[871] y de altiva pobreza. La

mendicidad, que fué más tarde enteramente cristiana, era entonces

completamente judía. El mendigo de profesion, _formado por su madre_,

se presentaba á la imaginacion de los poetas de aquel tiempo como un

judío[872].

La exencion de ciertas cargas civiles y en particular de la milicia

hacia en cierto modo envidiable la suerte de los judíos[873]. El Estado

entonces pedia muchos sacrificios y daba pocas alegrías morales; todo

estaba frio y desanimado y la vida tan triste en el seno del paganismo,

adquiria todo su encanto en la tibia atmósfera de la sinagoga y de

la iglesia. Allí, sin embargo, no se encontraba libertad puesto que

los correligionarios se espiaban sin cesar los unos á los otros;

pero aunque la vida interior de estas pequeñas comunidades fuese muy

agitada, se gozaba infinitamente: nadie las abandonaba y no habia

apóstatas. El pobre estaba contento en ellas; miraba sin envidia

la riqueza y con la tranquilidad de una buena conciencia[874]. El

sentimiento verdaderamente democrático de la locura mundana, de la

vanidad de las riquezas y de las grandezas profanas, expresábase allí

claramente. Se ha comprendido poco el mundo pagano y se le ha juzgado

con demasiada severidad; la civilizacion romana se ha presentado como

foco de todas las inmoralidades y de vicios odiosos[875], de la misma

manera que un obrero de nuestros tiempos, imbuido en las doctrinas

socialistas, se representa á los _aristócratas_ bajo los más negros

colores. Pero allí habia animacion, alegría é interés, como sucede hoy

dia en las más pobres sinagogas de Polonia y de Galitzia. La falta de

elegancia y delicadeza en las costumbres se compensaba por un agradable

espíritu de familia y de honradez patriarcal. En la sociedad elevada,

por el contrario, el egoismo y el aislamiento de las almas habian dado

su último fruto.

La parábola de Zacarías[876] se realizaba: el mundo iba á cogerse de

los vestidos de los judíos para decirles: «Llevadnos á Jerusalem.» No

habia poblacion grande donde no se celebrara el sábado, el ayuno y las

demás ceremonias del judaismo[877]. Josefo[878] se atreve á invitar á

los que duden á que consideren el estado de su patria y hasta su propia

casa, y vean si no se encuentra en ellas la confirmacion de lo que

dice. La presencia en Roma y cerca del emperador de varios miembros de

la familia de los Herodes, los cuales practicaban su culto delante de

todo el mundo[879], contribuia mucho á esta publicidad. El sábado, se

imponia como una necesidad á las clases menesterosas en los barrios

donde habia judíos. Su obstinada resistencia en no abrir las tiendas

en semejante dia obligaba á los vecinos á modificar sus costumbres, y

á esto se debe sin duda que en Salónica se observe el sábado aún en la

actualidad, tanto más cuanto que la poblacion judía es allí demasiado

numerosa y rica para dejar de imponer la ley y regular el dia del

descanso cerrando sus despachos.

Así como el judío, á quien con frecuencia acompañaba, el sirio era un

instrumento activo de la conquista del Occidente por el Oriente[880];

se le confundia con frecuencia, y Ciceron creia haber encontrado

el retrato comun á entrambos, llamándoles _naciones nacidas para

la esclavitud_[881]. Esto era lo que les aseguraba el porvenir, ya

que el porvenir era entonces de los esclavos. El carácter del sirio

se distinguia principalmente por su volubilidad, su ligereza, y el

despejo superficial de su espíritu. La naturaleza siria es como una

imágen fugitiva en las nubes del cielo; por momentos suele trazar

ciertas líneas con gracia, pero estas líneas, no llegan á formar jamás

un dibujo completo. En la sombra, á la pálida luz de una lámpara, la

mujer siria, cubierta con sus velos, con sus miradas vagas y languidez

infinita, produce alguna ilusion; pero al analizar esta belleza todo se

evapora, todo es ficticio.

Lo único que la raza siria tiene de agradable, es el niño de cinco ó

seis años; en la raza griega, por el contrario, el niño es inferior al

jóven adulto, y éste inferior al anciano[882]. La inteligencia siria

halaga por su prontitud y ligereza; pero le falta fijeza, solidez; es

como ese _vino de oro_ del Líbano, que causa un transporte agradable

pero del cual nos cansamos pronto. Los verdaderos dones de Dios deben

tener algo á la vez de delicados y de fuertes, de embriagadores y de

durables. La Grecia es hoy más apreciada que nunca y lo será cada dia

más y más.

Muchos emigrados sirios á quienes el deseo de hacer fortuna llevaba

al Occidente estaban más ó menos unidos al judaismo, y los que no,

permanecian fieles al culto de su ciudad[883], es decir, al recuerdo de

algun templo dedicado á un _Júpiter_ local[884], que era generalmente

su Dios supremo, á quien daban algun título particular[885]. Esto era

en el fondo una especie de monoteismo que los sirios encubrian con el

culto de sus extraños dioses.

Comparados con las personalidades divinas completamente distintas

entre sí que ofrecia el politeismo griego y romano, los dioses de que

se trata, en su mayor parte sinónimos del Sol, eran casi hermanos

del Dios único[886]. Semejantes á ciertas melopeas enervantes, los

cultos sirios podian parecer menos áridos, más expresivos que el culto

griego, y las mujeres de Siria la observaban con cierta exaltacion y

voluptuosidad. Estas mujeres fueron en todo tiempo séres extraños que

fluctuaban entre el demonio y Dios, entre la santa y poseida; la santa

de virtudes severas, de heróicos sacrificios y de firme resolucion,

pertenece á otras razas y otros climas; la santa de imaginacion

ardiente, de arrebatos absolutos y de súbitos amores, es la santa

de Siria. La poseida de nuestra edad media es la esclava de Satanás

por su humillacion ó sus pecados; la poseida de Siria es la loca por

idealismo, la mujer que se siente herida en sus sentimientos, que se

venga con frenesí ó se encierra en el mutismo[887] que no espera para

curarse más que una palabra dulce ó una dulce mirada. Trasportadas al

mundo occidental, estas Sirias adquirian influencia, algunas veces

por malas artes de mujer, y otras por cierta superioridad moral y una

verdadera disposicion. Esto se vió ciento cincuenta años despues,

cuando los personajes más importantes de Roma se casaron con Sirias,

las cuales tomaron un gran ascendiente en los asuntos públicos.

La mujer musulmana de nuestros dias, especie de comadre chillona,

estúpidamente fanática, que no existiendo sino para el mal, es incapaz

de virtud alguna, no debe hacernos olvidar á las Julia Domna, á las

Julia Mæsa, Julia Mamæa y Julia Soemia, que introdujeron en Roma,

en punto á religion, una tolerancia y unas tendencias místicas

desconocidas hasta entonces. Lo más notable es, que la dinastía siria

se mostró favorable al cristianismo, y que Mameo, y más tarde el

emperador Felipe el Árabe[888], se consideraron como cristianos. En

los siglos III y IV, el cristianismo fué por excelencia la religion

de Siria; despues de Palestina, Siria fué la que tuvo más parte en la

fundacion de aquel.

En Roma sobre todo, y durante el primer siglo, fué donde el sirio

comenzó á desplegar su infatigable actividad: dedicado á los más

humildes oficios, tales como lacayo, mozo de cuerda, cochero etc.,

el _Syrus_[889] entraba por todas partes, introduciendo consigo la

lengua y las costumbres de su país[890]. No tenia la altivez ni los

conocimientos filosóficos de los Europeos, y mucho menos su vigor, pues

débil de cuerpo, pálido, atacado con frecuencia por la fiebre, sin

observar método en las horas de comer y dormir, como hacen nuestras

robustas razas, alimentándose solo de cebollas y otros vegetales, y

dedicando muy pocas horas al sueño, el Sirio moria jóven y estaba

generalmente enfermo[891]. Sus cualidades dominantes eran la humildad,

la dulzura, la afabilidad, poca solidez de espíritu y no muy buen

sentido, excepto cuando se trataba de sus negocios; pero en cambio

era muy ardiente, aunque algo afeminado. Como el Sirio no ha tomado

nunca parte en la vida política, tiene una aptitud especial para todos

los asuntos religiosos, y bien puede decirse que ese pobre Maronita,

afeminado, humilde y andrajoso, ha llevado á cabo la más grande de

las revoluciones. Su antecesor, el _Syrus_ de Roma, fué el que mostró

más celo para llevar la buena nueva á los afligidos; todos los años

iban á Grecia, á Italia y á la Galia, colonias enteras de estos Sirios

impulsados por su aficion natural á los pequeños negocios[892], y

era fácil reconocerles en los buques por sus numerosas familias,

que siempre les seguian, siendo de notar en aquellas, sus hermosos

niños, sus jóvenes madres, de aspecto infantil, siempre risueñas y

sumisas al lado de sus esposos[893]. Las cabezas que se destacan en

estos tranquilos cuadros de familia, son poco acentuadas, no pueden

compararse con las de Arquímedes, de Platon, ó de Fidias; pero en

cambio, el mercader Sirio al llegar á Roma, es un hombre bueno y

misericordioso, caritativo con sus compatriotas y amante de los

pobres; habla con los esclavos y les indica un asilo donde estos

infelices, reducidos por la dureza de los Romanos al más desconsolador

aislamiento, puedan encontrar alivio y consuelo. Las razas griegas y

latinas, razas de señores, que han nacido para lo grande, no saben

sacar partido de tan humilde posicion[894]; el esclavo de estas razas

pasaba su vida en la insubordinacion y el deseo de hacer mal; el

esclavo ideal de la antigüedad tiene todos los defectos imaginables; es

goloso, embustero, malo y enemigo natural de su dueño,[895] y con esto,

probaba en cierto modo su nobleza, protestando contra una ley opuesta á

la naturaleza. El buen Sirio no protestaba; aceptaba su ignominia, y á

fin de sacar el mejor partido posible, captábase la buena voluntad de

su amo, se atrevia á hablarle y procuraba complacer á su señora. Este

gran agente de la democracia iba así deshaciendo malla por malla la red

de la civilizacion antigua; las viejas sociedades, fundadas sobre el

desprecio, sobre la desigualdad de las razas, sobre el valor militar,

estaban perdidas para siempre. La debilidad y la humillacion, van á ser

una ventaja para el perfeccionamiento de la virtud[896]; la nobleza

romana y la sabiduría griega, lucharán aún tres siglos; á Tácito le

parecerá bien deportar á millares de esos infelices; _si interissent,

vile damnum_[897]! y la aristocracia romana se irritará, llevando á

mal tengan sus dioses y sus instituciones. Está sin embargo escrito

de antemano quién ha de alcanzar la victoria; será el Sirio, el pobre

hombre que ama á sus semejantes, que comparte con ellos lo que tiene y

que se asocia con ellos; la aristocracia romana tiene que perecer por

su impiedad.

Para explicarnos la revolucion que va á realizarse, es necesario darnos

cuenta del estado político, social, moral, intelectual y religioso

del país donde el proselitismo judío habia abierto surcos que debia

cubrir la predicacion cristiana. Espero que este estudio demostrará

evidentemente que la conversion del mundo á las ideas judías y

cristianas, era inevitable, y que no es de extrañar más que una cosa:

que esa conversion se haya verificado con tanta lentitud y tan tarde.

Los Apóstoles · 第 21 / 43 题