Bajada del Espíritu Santo. -- Fenómenos extáticos y proféticos.
[Marginal: Año 34]
Los discípulos de Jesús eran en efecto pequeños, mezquinos, ignorantes
é inespertos en alto grado; su sencillez de espíritu era extremada; su
credulidad no reconocia límites, pero tenian una cualidad buena: amaban
con delirio á su Maestro. El recuerdo de Jesús habia pasado á ser el
único móvil de su vida, una preocupacion perpétua, y era indudable que
solo pensaban en el que tanto habian querido y que de tal modo les
habia cautivado durante dos ó tres años. Para las almas vulgares que no
pueden amar á Dios directamente, esto es, hallar lo verdadero, crear
lo bello y hacer el bien por sí mismas, su salvacion consiste en amar
á alguien en quien se refleje lo verdadero, lo bello y el bien. La
mayoría de los hombres necesita dos cultos distintos. La multitud de
adoradores busca siempre un intermediario entre ellos y Dios.
Cuando muere una persona que ha logrado reunir á su alrededor á varias
otras por un lazo moral elevado, sucede, casi generalmente, que los
que la sobreviven aunque hayan estado divididos por rivalidades y
resentimientos, se profesan más amistad que antes. Mil queridas
imágenes del pasado que echan de menos, forman entre ellos una especie
de tesoro comun. Es una manera de manifestar su cariño al muerto, el
querer á los que se han conocido por él, y procurar encontrarse juntos
para recordar los tiempos dichosos que ya no existen. En este caso se
confirma la verdad de las profundas palabras de Jesús[188] cuando dijo
que el muerto está presente entre los que se han reunido en memoria
suya.
El afecto que los discípulos se tenian en vida de Jesús se multiplicó,
por decirlo así, despues de su muerte. Formaban una pequeña sociedad
muy retraida y vivian completamente aislados. En Jerusalem contábanse
ciento veinte[189]. Su piedad era grande y guardaba las formas de la
piedad judía. El Templo era el lugar preferido para consagrarse á sus
devociones[190]. Cierto es que trabajaban para vivir; pero el trabajo
manual, en la sociedad judía de entonces, ocupaba muy poco. Cada cual
tenia un oficio, lo que era obstáculo para ser un hombre instruido ó
bien educado. En nuestros dias, las necesidades materiales son tan
difíciles de satisfacer, que el que vive de sus manos ha de trabajar
doce ó quince horas diarias. Únicamente el hombre acomodado puede
ocuparse de las cuestiones del alma, porque la adquisicion de la
instruccion es rara y cara; pero en aquellas antiguas sociedades, de
las que el Oriente de nuestra época nos da todavía una idea, en donde
la naturaleza es tan pródiga para el hombre y tan poco exigente, la
vida de trabajador dejaba mucho tiempo libre. Cierta instruccion comun
ponia á todo el mundo al corriente de las ideas de aquel tiempo. Solo
debia atenderse al alimento y á vestirse[191], lo cual se proporcionaba
cada uno con pocas horas de trabajo, y así es que los hombres podian
dedicarse á la meditacion. Las pasiones habian alcanzado en aquellas
almas un grado de energía para nosotros inconcebible. Los judíos de
entonces[192] nos parecen unos verdaderos poseidos, obedeciendo cada
cual ciegamente á la idea que se habia apoderado de él.
La idea dominante, en la comunidad cristiana, en el momento de que
hablamos y en que las apariciones habian cesado, era la venida
del Espíritu Santo. Creian recibirlo bajo la forma de un soplo
misterioso que pasaba sobre la concurrencia. Muchos eran los que
creian que era el aliento mismo de Jesús[193]. Todo consuelo interior,
cualquier movimiento de valor, todo impulso de entusiasmo ó el menor
sentimiento de alegría viva y dulce que se experimentase sin saber
de dónde procedia, era considerado como obra del Espíritu. Aquellas
buenas conciencias atribuian, como siempre, á una causa exterior los
delicados sentimientos que nacian en ellas. Estos extraños fenómenos de
iluminismo se presentaban más especialmente en las asambleas. Cuando
todos se hallaban reunidos aguardando en silencio la inspiracion de lo
alto, un murmullo ó cualquier ruido les hacia creer en la venida del
Espíritu. Así era como se producian las apariciones de Jesús durante
los primeros tiempos; mas luego cambió el curso de las ideas. Era el
soplo divino que se esparcia sobre la pequeña Iglesia y la llenaba de
emanaciones celestes.
Estas creencias procedian de las concepciones sacadas del Antiguo
Testamento. Los libros hebreos suponen que el espíritu profético es un
soplo que penetra en el hombre y le exalta. En la hermosa vision de
Elías[194], Dios pasa bajo la figura de un viento ligero que produce un
zumbido apenas percibible. Estas antiguas imágenes habian originado, en
las primeras épocas, creencias muy análogas á las de los espiritistas
de nuestros dias. En la _Ascension de Isaías_[195] la venida del
Espíritu se anuncia por cierta frotacion en las puertas[196]. Sin
embargo, la mayor parte de las veces se concebia esta venida como
otro bautismo, á saber «el bautismo del Espíritu» superior en mucho
al de Juan[197]. Siendo muy frecuentes las alucinaciones del tacto
en sujetos tan nerviosos y exaltados, la menor corriente de aire,
acompañada de un estremecimiento en medio del silencio, era atribuido
á la presencia del Espíritu. Creia uno sentir, y al momento sentian
todos,[198] comunicándose el entusiasmo de uno á otro. Estos fenómenos
guardan la más completa analogía con los que han experimentado los
visionarios de todas épocas. Se presentan diariamente, en gran parte
bajo la influencia de la lectura de la obra «_las actas de los
Apóstoles_,» en las sectas inglesas ó americanas de los _quakeros_,
_jumpers_, _shakers_, é irvingianos[199], entre los mormones[200], _los
camp-meetings_ y los _revivals_ de América[201]. Han vuelto á aparecer
entre nosotros en la secta llamada de los «espiritistas;» pero debe
establecerse una gran diferencia entre aberraciones sin importancia ni
porvenir, y las ilusiones inherentes al establecimiento de un nuevo
código religioso para la humanidad.
Entre todas aquellas _bajadas del Espíritu_ que se supone fueron
bastante frecuentes, hubo una que hizo una profunda impresion en la
naciente Iglesia.[202] Un dia estalló una tempestad cuando estaban
congregados los hermanos. Un viento muy fuerte abrió las ventanas
y el cielo parecia de fuego. En aquellos países las borrascas van
acompañadas de una cantidad prodigiosa de luz, porque la atmósfera
está continuamente surcada por relámpagos. Sea que el fluido eléctrico
hubiese penetrado en el mismo local, ó que un rayo deslumbrador hubiera
iluminado repentinamente el rostro de todos, lo cierto es que creyeron
que habia entrado el Espíritu y que se habia cernido sobre la cabeza
de todos en forma de lenguas de fuego.[203] Era opinion general en
las escuelas teúrgicas de Siria, que la insinuacion del Espíritu se
verificaba por medio de un fuego divino y bajo la forma de una luz
misteriosa.[204] Creyeron haber asistido á todos los esplendores del
Sinaí,[205] á una manifestacion divina análoga á la de los tiempos
antiguos. El bautismo del Espíritu fué tambien desde entonces un
bautismo de fuego, y este bautismo del Espíritu y del fuego, fué
opuesto y preferido al del agua, el único que Juan habia conocido.[206]
Raras veces se produjo el bautismo del fuego. Solo los apóstoles y los
discípulos del primer cenáculo se vanagloriaron de haberlo recibido;
pero la creencia de que el Espíritu habia bajado sobre ellos en forma
de llamas semejantes á lenguas ardientes, dió orígen á una multitud
de ideas singulares que ocuparon preferentemente las imaginaciones de
aquel tiempo.
Se suponia que la lengua del hombre inspirado habia recibido una
especie de sacramento; que varios profetas habian sido tartamudos antes
de su mision[207]; que el ángel de Dios habia pasado por sus labios un
carbon que los purificaba y les conferia el don de elocuencia[208] y
que en la predicacion, el hombre no hablaba por sí mismo[209], siendo
considerada su lengua como el órgano de la Divinidad que lo inspiraba.
Esas lenguas de fuego parecieron un símbolo portentoso, creyendo
que Dios habia querido significar con ellas que derramaba sobre los
apóstoles sus dones más preciosos de elocuencia y de inspiracion. No
paró aquí esto. Jerusalem era, como casi todas las grandes ciudades
de Oriente, una poblacion muy poliglota. La diversidad de idiomas
era reputada una de las mayores dificultades que se oponian á una
propaganda de un carácter tan universal, y como una de las cosas
que más arredraba á los apóstoles, al principio de una predicacion
destinada á abarcar el mundo, era el número de lenguas que se hablaban
en él, no atinando en la manera de aprender tantos dialectos, el _don
de las lenguas_ llegó á ser con este motivo un privilegio maravilloso.
Desde aquel momento se consideró la predicacion del Evangelio libre
del obstáculo creado por la diversidad de idiomas, figurándose que
en algunas circunstancias solemnes cada uno de los concurrentes oia
la predicacion apostólica en su propia lengua, ó en otros términos,
que la palabra apostólica se traducia por sí misma á cada uno de los
concurrentes[210]. En otras ocasiones, se concebia esto de un modo algo
diferente. Se atribuia á los apóstoles el don de saber, por infusion
divina, todos los idiomas y de hablarlos cuando querian[211].
Habia en ello un pensamiento liberal; querian significar que el
Evangelio no tiene lengua propia, que puede traducirse en todos los
idiomas y que la traduccion vale tanto como el original. No era esta
la creencia del judaismo ortodoxo. El hebreo era para el judío de
Jerusalem la _lengua santa_, y en su opinion ningun idioma podia
comparársele. Las traducciones de la Biblia eran poco apreciadas porque
se permitian en ellas varios cambios y modificaciones, al paso que el
texto hebreo era escrupulosamente conservado. Bien es cierto que los
judíos de Egipto y los helenistas de Palestina practicaban un sistema
más tolerante, puesto que empleaban el griego para la oracion[212] y
acostumbraban á leer las traducciones griegas de la Biblia, pero la
primera idea cristiana fué todavía más lata; segun ella, la palabra de
Dios no tiene lengua propia; es libre de toda traba, pertenece á todos
los idiomas y no exige intérprete. La facilidad con que el cristianismo
se separó del dialecto semítico que hablaba Jesús, la libertad que
concedió á cada pueblo para crearse su liturgia y sus versiones de la
Biblia en dialecto nacional, procedia de esta especie de emancipacion
de lenguas. Generalmente se admitia que el Mesías reduciria los idiomas
y los pueblos á la unidad[213]. El uso comun y la promiscuidad de
los lenguajes eran el primer paso dado hácia aquella grande era de
pacificacion universal.
Sin embargo, el don de las lenguas se transformó luego
considerablemente y produjo efectos muy extraños. La exaltacion de las
cabezas originó el éxtasis y la profecía. En los momentos de éxtasis,
el fiel, inspirado por el Espíritu, proferia sonidos inarticulados y
sin conexion, que se tomaban por palabras de un idioma extranjero y
que se procuraba interpretar con la mayor candidez[214]. Otras veces
se creia que el extático hablaba una lengua nueva y desconocida hasta
entonces[215] ó el lenguaje mismo de los ángeles[216]. Tan extrañas
escenas, que fueron causa de muchos abusos no se generalizaron sino
algun tiempo despues,[217] aunque es probable que ya tendrian lugar
desde los primeros tiempos del cristianismo. Las visiones de los
antiguos profetas habian ido acompañadas de fenómenos de excitacion
nerviosa[218]. El estado ditirámbico de los Griegos originaba hechos
de la misma clase; la Pitia empleaba con preferencia aquellas palabras
extranjeras ó inusitadas, llamadas como en el fenómeno apostólico,
_glosas_[219]. Muchas palabras empleadas como santo y seña por el
cristianismo primitivo, las cuales son justamente bilingües ó formadas
de anagramas, tales como _Abba pater_, _anathema Maranatha_[220]
procedian quizás de estos accesos extraños, mezclados de suspiros[221],
de gemidos ahogados, de jaculatorias, oraciones y de arrebatos que se
tenian por proféticos. Eran como una música vaga del alma, compuesta de
sonidos indistintos, que los oyentes procuraban traducir en imágenes
y en palabras determinadas[222] ó mejor dicho, plegarias del Espíritu
dirigidas á Dios en un lenguaje conocido de Dios solo, y que él sabia
interpretar[223]. El extático, efectivamente, ignoraba lo que decia sin
tener siquiera conciencia de ello.[224] Los concurrentes escuchaban
con avidez y atribuian á estas sílabas incoherentes pensamientos que
traducian en seguida. Cada cual las aplicaba á su dialecto y procuraba
comprender con la mayor candidez estos sonidos ininteligibles por lo
que sabia de los demás idiomas. El oyente siempre lograba explicárselo,
porque en último resultado, daba á estas palabras entrecortadas un
sentido conforme á lo que pensaba.
La historia de las sectas de _iluminados_ abunda en hechos de la
misma clase. Los predicadores de las Cevenas ofrecieron varios casos
de «glosolalia»[225]; pero el más notable es el de los «leyentes»
suecos[226] ocurrido en los años de 1841 á 1843. Palabras sin sentido
para los que las pronunciaban y acompañadas de convulsiones y desmayos,
fueron durante largo tiempo el ejercicio diario de aquella pequeña
secta, lo que pasó á ser contagioso y originó un gran movimiento
popular. Entre los irvingianos, el fenómeno de las lenguas se
presentaba con caractéres que reproducian exactamente las relaciones
de las _Actas_ y de San Pablo[227]. Nuestro siglo ha visto escenas de
ilusion del mismo género que no creemos deber mencionar, porque no es
justo comparar la credulidad inherente á un gran movimiento religioso,
con la credulidad que únicamente reconoce por causa la torpeza de
imaginacion.
En ciertos casos, estos fenómenos se verificaban en público. Algunos
extáticos, en el momento de sus extravagantes iluminaciones, se
atrevian á salir y á presentarse ante la gente, que los tomaba por
borrachos[228]. Aunque sóbrio en cuestion de misticismo, Jesús habia
ofrecido más de una vez los fenómenos ordinarios del éxtasis[229].
Durante dos ó tres años, sus discípulos estuvieron embargados por estas
ideas. El profetismo era frecuente y considerado como un don análogo
al de las lenguas[230]. La oracion, mezclada de convulsiones, de
modulaciones cadenciosas, de suspiros místicos, de entusiasmo lírico,
de cantos en accion de gracias,[231] era un ejercicio cotidiano. Esto
dió nacimiento á un considerable número de «_cánticos_», «_salmos_»
é «_himnos_» imitados á los del antiguo testamento[232]. Unas veces
la boca y el corazon se acompañaban mútuamente, y otras el corazon
cantaba solo, acompañado interiormente por la gracia[233]. Como no
habia ninguna lengua que pudiese expresar las sensaciones nuevas
que se experimentaban, se usaba un tartamudeo indistinto, á la vez
sublime y pueril, en el que flotaba, en estado de embrion, lo que
podriamos llamar «la lengua cristiana». No encontrando el cristianismo
en las lenguas antiguas un instrumento adecuado á sus necesidades,
las eliminó; pero antes que la religion nueva se hubiese formado un
idioma para su uso, se pasaron algunos siglos de esfuerzos oscuros y
de gemidos. El estilo de San Pablo, y en general, de los escritores
del Nuevo Testamento, ¿qué es, bien considerado, sino la improvisacion
ahogada, jadeante é informe del «glosolalio»? Carecian de lengua. Lo
mismo que los profetas, principiaban con el _a a a_ del niño.[234]
No sabian hablar, ni producirse ni en griego ni en semítico. De ahí
provino la enorme violencia hecha al lenguaje por el cristianismo
naciente. Diríase que eran tartamudos, en cuya boca los sonidos
se chocaban, se ahogaban y producian una pantomima confusa, pero
soberanamente expresiva.
Todo esto distaba mucho del sentimiento de Jesús; pero para unos
entendimientos penetrados de la creencia en lo sobrenatural, dichos
fenómenos tenian una grande importancia. El don de las lenguas,
particularmente, era considerado como un sello esencial de la nueva
religion y como una prueba de su verdad[235]. Sea como fuere, ello es
que producia abundantes frutos de edificacion, y hacia convertir á
muchos paganos[236]. Hasta el siglo III la «glosolalia» se manifestó
de una manera análoga á lo que describe San Pablo, y fué considerada
como un milagro permanente[237]. Algunas de las palabras sublimes del
cristianismo, han salido de aquellos suspiros entrecortados. El efecto
general era tierno y penetrante. Este modo de reunir sus inspiraciones
y de abandonarlas á la interpretacion de la comunidad, debia establecer
entre los fieles un profundo lazo de fraternidad.
Conforme sucede con todos los místicos, los nuevos sectarios llevaban
una vida de ayuno y de austeridad[238]. La mayor parte de los
orientales comian muy poco, lo que contribuia á mantenerlos en la
exaltacion. La sobriedad del Sirio, causa de su debilidad física,
lo ponia en un estado perpétuo de calentura y de susceptibilidad
nerviosa. Nuestros grandes y continuos esfuerzos de imaginacion serian
imposibles con semejante régimen; pero esta debilidad cerebral y
muscular, les ocasionaban, sin causa aparente, vivas alternativas de
tristeza y de alegría, que hacian elevar su alma hácia Dios. Lo que
llamaban la «_tristeza de Dios_»[239] pasaba por un don del cielo.
Toda la doctrina de los Padres de la vida espiritual, de Juan Clímaco,
Basilio, Nilo y Arsenio, todos los secretos del grande arte de la
vida interior, una de las creaciones más gloriosas del cristianismo,
germinaban en la fantástica disposicion de ánimo que atravesaron
durante sus dias de expectacion extática, aquellos antepasados ilustres
de todos los «hombres de deseos». Su estado moral no era regular;
vivian en lo sobrenatural. Solo obraban por visiones; los sueños y las
circunstancias más insignificantes les parecian avisos del cielo[240].
Bajo el nombre de dones del Espíritu Santo, se ocultaban las más raras
y exquisitas efusiones del alma: amor, piedad, temor respetuoso,
suspiros sin objeto, languidez súbita, ternuras espontáneas. Todo lo
que nace bueno en el hombre, sin esfuerzo de éste, se atribuia á un
soplo divino. Las lágrimas, especialmente, eran consideradas como una
gracia del cielo. Este don precioso, privilegio únicamente de las almas
buenas y puras, se producia con dulzuras infinitas. Nadie ignora la
fuerza que sacan las naturalezas delicadas, sobre todo las mujeres,
de la divina facultad de poder llorar mucho: es su plegaria, sin duda
alguna, la más santa de las plegarias. Es preciso transportarse á
la edad media y considerar la piedad tan regada con lágrimas de San
Bruno, San Bernardo, y San Francisco de Asís, para volver á encontrar
las castas melancolías de aquellos primeros tiempos en los que
verdaderamente se sembraran lágrimas para recoger alegrías. Entonces,
llorar era un acto piadoso; los que no sabian predicar, hablar
idiomas, ni hacer milagros, lloraban.--Se lloraba orando, predicando,
amonestando[241]; en una palabra, aquella época era el advenimiento del
reino de las lágrimas. Hubiérase dicho que las almas se unian y querian
en ausencia de un lenguaje que pudiese traducir sus sentimientos,
manifestarse exteriormente por medio de una expresion viva y abreviada
de todo su ser interior.