INTRODUCCION.

Crítica de los documentos originales.

El primer libro de nuestra _Historia de los orígenes del cristianismo_,

refiere los acontecimientos hasta la muerte y enterramiento de Jesús,

y es preciso ahora reanudar el hilo de la narracion desde el punto

en que la dejamos, es decir, desde el sábado 4 de Abril del año 33,

lo cual será continuar en parte la vida de Jesús. Pasados los meses

de alegre embriaguez durante los cuales asentó el gran fundador las

bases de un nuevo órden de cosas para la humanidad, fueron los años

siguientes los más decisivos en la historia del mundo; y de nuevo

encontramos á Jesús, quien por el fuego sagrado, cuya chispa depositó

en el corazon de algunos amigos, crea instituciones de la más elevada

originalidad, y conmueve y transforma las almas, imprimiendo en

todas las cosas un sello divino. Ahora nos toca demostrar como bajo

aquella influencia siempre creciente y victoriosa de la muerte, se

propagó por la resurreccion, la fé, la influencia del Espíritu Santo,

el don de las lenguas y el poder de la Iglesia; daremos á conocer

la organizacion de la Iglesia de Jerusalem, sus primeras pruebas,

sus primeras conquistas, las más antiguas misiones que salieron de

su seno, y seguiremos en fin al cristianismo en su rápido progreso

desde Siria hasta Antioquía, donde se forma una segunda capital, más

importante en cierto modo que Jerusalem, á la cual debia reemplazar más

tarde. En aquel nuevo centro donde los paganos convertidos forman la

mayoría, veremos al cristianismo separarse definitivamente del judaismo

y recibir un nombre; veremos nacer la idea de las grandes misiones

lejanas, cuyo objeto era dar á conocer el nombre de Jesús en el mundo

de los gentiles; nos detendremos en el momento solemne en que Pablo,

Bernabé y Juan Márcos parten para llevar á cabo su elevado designio,

é interrumpiendo entonces nuestra narracion á fin de echar una ojeada

sobre el mundo que tratan de conquistar los atrevidos misioneros,

trataremos de darnos cuenta del estado intelectual, político, moral,

religioso y social del imperio romano, hácia el año 45, fecha probable

de la partida de San Pablo á su primera mision.

Tal es el objeto de este segundo libro, que titularemos _Los

Apóstoles_, porque expone el período de la accion comun durante el cual

la pequeña familia creada por Jesús marcha de concierto y se agrupa

moralmente al rededor de un punto único, de Jerusalem. En nuestro

próximo libro, que será el tercero, saldremos de este cenáculo para

ver presentarse casi solo en escena al hombre que representa mejor que

otro ninguno al cristianismo conquistador y viajero, es decir á San

Pablo.

Aun cuando éste se haya dado desde cierta época el título de Apóstol,

no lo era con el mismo título que los Doce,[1] y solo debe considerarse

como un obrero de segundo órden, y hasta puede decirse como un intruso.

Segun se desprende de los documentos históricos que han llegado hasta

nosotros, y como sabemos muchas más cosas de San Pablo que de los Doce,

y tenemos sus escritos auténticos, y memorias originales de notable

precision sobre algunas épocas de su vida, se ha incurrido en el

error de darle una importancia de primer órden, casi superior á la de

Jesús. Pablo es ciertamente un gran hombre y desempeñó en la fundacion

del cristianismo un papel de los más importantes, pero no se le debe

comparar ni á Jesús ni aun á los discípulos de éste. Pablo no vió á

Jesús ni probó la ambrosía de la predicacion de Galilea, y siendo así,

el hombre más insignificante que tuvo su parte en el maná celestial,

era por esto mismo superior al que apenas lo habia probado. Nada más

falso que la opinion que está en boga en nuestros dias, segun la que se

supone que Pablo fué el primer fundador del cristianismo. Esto no es

exacto: el verdadero fundador del cristianismo es Jesús, y despues de

éste deben figurar en primer término sus fieles y apasionados amigos,

esos grandes hombres que fueron los oscuros compañeros de Jesús y

que creyeron en él aun despues de su muerte. En el primer siglo pudo

considerarse á Pablo como una especie de fenómeno aislado, pues en vez

de una escuela organizada, solo dejó ardientes adversarios que despues

de su muerte quisieron desterrarle en cierto modo de la Iglesia,

comparándoles con Simon el Mágico.[2] Se le negó que hubiese llevado á

cabo la conversion de los gentiles,[3] que es lo que consideramos como

su propia obra; la Iglesia de Corinto, que él solo habia fundado,[4]

dijo que debia tambien su orígen á San Pedro;[5] en el siglo II,

Papias y San Justino no pronuncian su nombre, y solo más tarde, cuando

la tradicion oral ya no fué nada y tuvo que ceder su puesto á la

Escritura, llegó Pablo á ocupar un lugar preferente en la teología

cristiana. Pablo en efecto fué teólogo, lo cual no puede decirse de

Pedro y María de Magdala; Pablo ha dejado obras considerables, y los

escritos de los demás Apóstoles no pueden competir con los suyos ni en

importancia ni en autenticidad.

Á primera vista, los documentos referentes al período que comprende

este volúmen, son escasos y de todo punto insuficientes, pues los

testimonios directos se reducen á los primeros capítulos de las _Actas

de los Apóstoles_, capítulos cuyo valor histórico da lugar á graves

objeciones. Pero la luz que proyectan en este oscuro intervalo los

capítulos de los Evangelios, y sobre todo las epístolas de San Pablo,

disipan en cierto modo las tinieblas. Un escrito antiguo, no solo

sirve para dar á conocer la época en que se redactó sino tambien la

anterior, y sugiere seguramente inducciones retrospectivas acerca de

la sociedad que lo produjo. Las epístolas de San Pablo compuestas

en el período comprendido desde el año 53 al 62, poco más ó menos,

contienen infinitos datos sobre los primeros años del cristianismo

y como se trata aquí principalmente de las grandes fundaciones sin

fechas precisas, lo esencial es demostrar en qué condiciones se

formaron aquellas. Debo pues advertir una vez para siempre que la fecha

corriente inscrita al principio de cada página solo es aproximada,

pues en la cronología de los primeros años no se cuenta sino un escaso

número de datos fijos. Sin embargo, gracias al cuidado que ha tenido

el autor de las _Actas_ de no alterar la série de los hechos; gracias

á la epístola de los Galatas, donde se encuentran algunas indicaciones

numéricas de inestimable precio, y merced en fin á Josefo que nos da

la fecha de los acontecimientos de la historia profana, enlazados

con algunos hechos referentes á los Apóstoles, se llega á crear para

la historia de estos últimos un conjunto muy verosímil donde las

probabilidades del error flotan entre los límites de la exactitud.

Repetiré nuevamente al empezar este libro lo que ya he dicho al

principio de mi _Vida de Jesús_: en historias como esta, donde solo

el conjunto es cierto, y donde los detalles se prestan más ó menos

á la duda, á causa del carácter legendario de los documentos, la

hipótesis es indispensable. Tratándose de épocas de que no sabemos

nada, no hay hipótesis posible. Intentar reproducir tal ó cual grupo

de la escultura antigua, que ha existido ciertamente pero del cual no

se conserva resto alguno, ni la menor noticia escrita, es ciertamente

hacer una obra arbitraria; pero ¿no será acaso legítimo é indispensable

tratar de reedificar los frontis del Parthenon con los restos que se

encuentren, consultando además los textos antiguos, los dibujos hechos

en el siglo XVII, todos los datos en fin con que pueda uno inspirarse

en el estilo de aquellas inimitables obras, tratando de reproducir su

alma y su vida? No diremos por esto que se ha encontrado la obra del

escultor antiguo, pero se ha hecho lo posible por imitarla; y á fé que

este procedimiento es tanto más legítimo en la historia, cuanto que

el lenguaje permite las formas dubitativas, que no admite el mármol.

Nada impide además al lector elegir entre diversas suposiciones. La

conciencia del escritor, debe quedar tranquila desde el momento en

que ha presentado como cierto lo que es cierto, como probable lo que

es probable, como posible lo que es posible, y en los puntos en que

el pensamiento se desliza entre la historia y la leyenda, lo que debe

buscarse es el efecto general. Nuestro tercer libro, para la confeccion

del cual contamos con documentos absolutamente históricos, y en el que

debemos describir los caractéres con precision, refiriendo los hechos

con claridad, ofrecerá una narracion más exacta, aun cuando se vea

que la historia de aquel período no se conoce más á fondo. Los hechos

consumados hablan más alto que todos los detalles biográficos: sabemos

muy poco de los artistas inimitables que crearon las obras maestras del

arte griego, pero esas obras nos dicen más acerca de sus autores y del

público que las apreció, que lo que pudieran decirnos las narraciones

más circunstanciadas, los textos más auténticos.

Para el conocimiento de los hechos decisivos que pasaron en los

primeros dias despues de la muerte de Jesús, los documentos son los

últimos capítulos de los Evangelios, que dan cuenta de las apariciones

de Cristo resucitado[6]; y no es necesario repetir aquí lo que he

dicho en la introduccion de mi _Vida de Jesús_ acerca del valor de

tales documentos. Para este libro tenemos felizmente un comprobante

de que careciamos en nuestra primera obra, y al decir esto, me

refiero á un pasaje capital de San Pablo (I Cor., XV, 5-8), que

establece: 1.º la realidad de las apariciones; 2.º la larga duracion

de estas, contrariamente á lo que refieren los evangelios sinópticos,

y 3.º la variedad de los lugares, donde tuvieron lugar aquellas, en

contraposicion á lo que dicen Márcos y Lucas. El estudio de este texto

fundamental, y otras muchas razones, nos confirman en las opiniones que

habiamos anunciado acerca de la relacion recíproca de los sinópticos

y del 4.º Evangelio, y en lo que se refiere á la resurreccion y á las

apariciones, es notoria la superioridad del último, por lo que hace á

la vida de Jesús. Si se quiere encontrar una narracion seguida, lógica,

que permita conjeturar con verosimilitud lo que se ocultó tras las

ilusiones, allí es donde es preciso buscarlo, y aquí vengo á tocar

la más difícil de las cuestiones que se refieren á los orígenes del

cristianismo: ¿Cuál es el valor histórico del cuarto Evangelio? El uso

que de este he hecho en mi _Vida de Jesús_, es precisamente lo que ha

dado lugar á que me dirijan más objeciones los críticos ilustrados,

pues todos los sabios que aplican á la historia de la teología el

método racional, rechazan el cuarto Evangelio como apócrifo en todos

conceptos. He reflexionado mucho nuevamente en este problema, y apenas

he podido modificar mi primera opinion, mas como en este punto no soy

del parecer de la generalidad, creo un deber mio exponer en detalle los

motivos de mi persistencia, y lo haré en un Apéndice que aparecerá al

fin de una edicion revisada y corregida de la _Vida de Jesús_, que ha

de ver la luz pública próximamente.

Las _Actas de los Apóstoles_, constituyen el documento más importante

para la historia que vamos á referir, y por lo tanto debo dar algunas

explicaciones acerca del carácter de esa obra y de su valor histórico,

así como tambien del uso que de ella hice.

No cabe la menor duda que el autor de las _Actas_ es el mismo que

el del tercer Evangelio, y que aquellos son la continuacion de este

último. Nadie se detendrá á probar esta proposicion, que por lo demás

no se ha discutido sériamente[7] pero los prefacios que encabezan

ambos escritos, la dedicatoria de uno y otro á Teófilo y la perfecta

semejanza del estilo y de las ideas, ofrecen sobre este punto

abundantes demostraciones.

Hay una segunda proposicion que aunque no ofrece la misma seguridad,

puede considerarse sin embargo como muy probable, y es que el autor de

las _Actas_ es un discípulo de Pablo que le acompañó en muchos de sus

viajes. Á primera vista, esta proposicion no admite duda. En muchos

párrafos á partir del versículo 10 del capítulo XVI, el autor de las

_Actas_, emplea en la narracion el pronombre _nosotros_, indicando así

que por entonces formaba parte de la compañía apostólica que rodeaba á

San Pablo. Esto es evidente; y en efecto; solo queda una salida para

rebatir tan fuerte argumento, y esta es, suponer que los pasajes donde

se halla el pronombre _nosotros_, han sido copiados por el último

redactor de las _Actas_ de un escrito anterior, de memorias originales

de un discípulo de Pablo, por ejemplo, de Timoteo, y que el redactor

habrá olvidado, por inadvertencia, sustituir al _nosotros_ el nombre

del narrador. Esta explicacion, sin embargo, no es muy admisible, pues

si bien se comprenderia semejante descuido en una recopilacion vulgar,

no así en el tercer Evangelio y en las _Actas_, que forman una obra muy

bien redactada, escrita con reflexion y hasta con arte por una misma

mano y segun un plan.[8] Ambos libros reunidos forman un conjunto donde

se observa exactamente el mismo estilo, las mismas locuciones favoritas

y hasta el mismo modo de citar la Escritura. Una falta tan chocante

como la que queriamos suponer seria inexplicable, y por lo tanto todo

nos induce poderosamente á creer que uno mismo es el que ha escrito el

fin de la obra y el principio, y que el narrador de todo es el que dice

_nosotros_ en los pasajes precitados.

Todo esto llama aún más la atencion si se observa en qué circunstancias

aparece el narrador en compañía de Pablo: el uso del _nosotros_

comienza en el momento en que este último marcha á Macedonia por la

primera vez (XVI, 10) y cesa cuando Pablo sale de Filipos; repitiéndose

la frase cuando aquel hace el segundo viaje á los mismos puntos (XX,

5, 6). Desde entonces el narrador no se separa de Pablo hasta el fin,

y si se observa además que los capítulos en que el primero acompaña

al segundo tienen un carácter particular de precision, no puede

ponerse ya en duda que el narrador no fuera un macedonio ó más bien

un filipense[9] que sale al encuentro de Pablo en Troas, durante la

segunda mision; que permanece en Filipos despues de la partida del

Apóstol, y que al pasar éste por última vez por dicha ciudad (tercera

mision), se une á él para no abandonarle nunca. ¿Cómo se explica que

un hombre que escribió sobre una época lejana se dejase dominar de

tal modo por los recuerdos de otra? Estos recuerdos perjudicarian al

conjunto: el narrador que dice _nosotros_ tendria su estilo, sus frases

especiales[10] y seria más Pauliniano que el redactor principal, y esto

no es así, puesto que en la obra hay una perfecta homogeneidad.

Se extrañará acaso que una tésis en apariencia tan evidente haya

encontrado contradictores, pero la crítica de los escritos del Nuevo

Testamento, ofrece muchos puntos, que claros en un principio, presentan

numerosas dudas al proceder á su exámen. Por lo que hace al estilo,

á los pensamientos y á las doctrinas, las _Actas_, no son lo que

podria esperarse de un discípulo de Pablo, ni se parecen en nada á las

epístolas de este último, pues no se encuentra ni el menor vestigio de

las atrevidas doctrinas que constituyen la originalidad del Apóstol

de los gentiles. El carácter de Pablo parece ser el de un protestante

brusco y severo; el autor de las _Actas_ se nos presenta como un buen

católico, dócil, optimista, que no habla de un sacerdote sin usar el

adjetivo _santo_, ni de un obispo sin llamarle _grande_, y que se halla

dispuesto á aceptar todas las ficciones, antes que reconocer que esos

santos sacerdotes y grandes obispos, disputan entre sí, haciéndose

á veces la más cruda guerra. Sin dejar de admirar á Pablo, el autor

de las _Actas_ evita en lo posible darle el título de Apóstol[11] y

quiere que la iniciativa de la conversion de los gentiles sea de Pedro,

lo cual podria hacer creer que dicho autor es en suma un discípulo de

Pedro más bien que de Pablo. Bien pronto demostraremos que en dos ó

tres circunstancias sus principios de conciliacion le han inducido á

falsear gravemente la biografía de Pablo, cometiendo inexactitudes[12]

y sobre todo omisiones verdaderamente extrañas en un discípulo de este

último[13] puesto que no habla de una sola de las epístolas, y reduce

de una manera sorprendente relatos de la mayor importancia.[14] Aun en

las partes en que debe aparecer como compañero de Pablo, el autor de

las _Actas_, usa un lenguaje muy seco y no da pruebas de hallarse muy

bien informado.[15] Por último, la dejadez y vaguedad que se notan en

ciertas narraciones, la parte convencional que se descubre, darian que

pensar á un escritor que no hubiese tenido relacion alguna directa ó

indirecta con los Apóstoles, y que escribiese hácia el año 100 ó 120.

¿Podrán tener estas objecciones alguna importancia? Á mí me parece que

no, y persisto en creer que el último redactor de las _Actas_ no es

otro sino el discípulo de Pablo que dice _nosotros_ en los últimos

capítulos. Por difíciles de resolver que parezcan todas las dudas,

debemos suspender nuestro juicio en el caso de no resolverse aquellas

ante un argumento tan decisivo como el que resulta de la palabra

_nosotros_; y á esto añadiremos que atribuyendo las _Actas_ á un

compañero de Pablo, se explican dos particularidades importantes: por

un lado la desproporcion de las partes de la obra, en la que se habla

preferentemente de Pablo, y por otro la desproporcion que se nota en la

biografía misma de éste, de cuya primera mision se habla muy poco en

tanto que de la segunda y tercera, sobre todo en los últimos viajes, se

da cuenta con minuciosos detalles. Un hombre completamente extraño á la

historia apostólica no habria incurrido en estas faltas, y á no dudarlo

estaria mejor concebido el conjunto de su obra. Uno de los caractéres

que distingue la historia compuesta con documentos, de la historia

original, es precisamente la desproporcion; el historiador de gabinete,

toma por cuadro los sucesos mismos, en tanto que el autor de memorias

solo se sirve de sus recuerdos ó cuando menos de sus relaciones

personales. Un historiador eclesiástico, una especie de Eusebio,

escribiendo hácia el año 120, nos hubiera legado un libro distribuido

de otro modo á partir del capítulo XIII. La manera extraña con que las

_Actas_ salen despues de la órbita donde giraban hasta entonces, no se

explica, en mi concepto, sino por la situacion particular del autor y

sus relaciones con Pablo. Este resultado se confirmará naturalmente si

encontramos entre los colaboradores conocidos del Apóstol el nombre del

autor á quien la tradicion atribuye nuestra historia.

Esto es precisamente lo que sucede: los manuscritos y la tradicion

nos dan como autor del tercer Evangelio, á un tal Lucanus,[16] ó

_Lucas_, y de lo dicho resulta que si _Lucas_ es verdaderamente el

autor del tercer Evangelio, lo es igualmente de las _Actas_. Ahora

bien, el nombre de Lucas aparece precisamente como el de un compañero

de Pablo en la epístola de los Colosenses, IV, 14; la de Filemon, 24,

y en la segunda de Timoteo, IV, 11. La autenticidad de esta última es

muy dudosa, y aunque no lo sea tanto la de las dos últimas, no puede

afirmarse, sin embargo, con toda seguridad que sean de San Pablo. De

todos modos, los tales escritos son del primer siglo, y esto basta

para probar evidentemente que entre los discípulos de Pablo existió un

Lucas. El que confeccionó las epístolas de Timoteo, no es en efecto

el mismo que compuso las de los Colosenses y Filemon, (suponiendo

contrariamente á nuestra opinion que estas sean apócrifas). Admitir

que un falsario hubiese atribuido á Pablo un compañero ficticio,

seria ya poco verosímil; pero menos lo es aún que falsarios distintos

hubieran elegido el mismo nombre. Dos observaciones pueden hacerse que

dan á este razonamiento una fuerza particular: la primera es que el

nombre de Lucas ó Lucanus es entre los primeros cristianos un nombre

raro que no se presta á confusiones anónimas, y es la segunda que

el Lucas de las epístolas no adquirió nunca celebridad. Inscribir un

nombre célebre al principio de un escrito, como se hizo para la segunda

epístola de Pedro, y muy probablemente para las de Pablo, en Tito y

Timoteo, no era en nada contrario á las costumbres de la época; pero

encabezar un escrito con un nombre falso y oscuro, es una cosa que no

se concibe. ¿Seria la intencion del falsario patrocinar el libro con

la autoridad de Pablo? Pero si es así ¿por qué no tomaba el nombre

mismo de Pablo, ó cuando menos el de Timoteo ó de Tito, discípulos

más conocidos del Apóstol de los gentiles? Lucas no ocupaba ningun

lugar en la tradicion, en la leyenda, ni en la historia, y los tres

pasajes precitados de las epístolas no podian bastar para reconocer en

aquel una garantía admitida, pues todas las epístolas á Timoteo se han

escrito probablemente despues de las _Actas_, y las citas de Lucas en

las epístolas á los Colosenses y Filemon equivalen á una sola, de tal

modo, que estos dos escritos forman un solo cuerpo. Creemos pues que

el autor del tercer Evangelio y las _Actas_, es real y efectivamente

Lucas, discípulo de Pablo.

El nombre de Lucas y la profesion de médico que ejercia el llamado

discípulo de Pablo,[17] convienen bien con las indicaciones que dan

ambos libros sobre su autor. Hemos demostrado en efecto que el autor

del tercer Evangelio y de las _Actas_ era probablemente natural de

Filipos,[18] colonia romana donde dominaba el latin[19] y además de

esto debe notarse que el autor del tercer Evangelio y de las _Actas_

no conoce bien el judaismo[20] ni la historia de Palestina[21] ni sabe

tampoco el Hebreo[22] pero está muy al corriente de las ideas del mundo

pagano[23] y escribe el griego de una manera bastante correcta. La

obra se ha compuesto lejos de la Judea por personas poco entendidas en

geografía[24] que no se cuidaban ni de poseer la ciencia rabinica á

fondo, ni de los nombres Hebreos;[25] reduciéndose la idea dominante

del autor á que si se hubiera permitido al pueblo seguir su inclinacion

habria abrazado la fé de Jesús, á lo cual se opuso la aristocracia

judía.[26] La palabra _Judío_ se toma siempre en la obra en sentido

despreciativo y como sinónimo de enemigo de los cristianos;[27] por el

contrario se habla muy favorablemente de los herejes samaritanos.[28]

¿En qué época podrá haberse compuesto aquel escrito notable? Lucas

aparece por primera vez en compañía de Pablo cuando éste hizo su primer

viaje á Macedonia hácia el año 52. Supongamos que contara entonces

veinte y cinco años, y en este caso nada más natural que hubiese vivido

hasta el año 100, pero la historia de las _Actas_ no llega más que

hasta el año 63[29] y como quiera que su redaccion es evidentemente

posterior á la del tercer Evangelio, y la fecha de la composicion de

este se fija de una manera bastante precisa en los años inmediatos que

siguieron á la ruina de Jerusalem (año 70)[30], no se puede suponer que

se redactaran las _Actas_ antes del 71 ó 72.

Si fuera seguro que esta obra se compuso seguidamente al Evangelio,

podriamos detenernos aquí, mas en este punto está permitida la duda:

algunos hechos inducen á creer que ha transcurrido un intervalo entre

la composicion del tercer Evangelio y la de las _Actas_, y esto es

tanto más verosímil cuanto que se nota entre los últimos capítulos del

Evangelio y el primero de las _Actas_ una singular contradiccion. Segun

el último capítulo de los Evangelios parece que la ascension tuvo

lugar el mismo dia de la resurreccion[31], y el primer capítulo de las

_Actas_[32] dice que aquella no ocurrió sino al cabo de cuarenta dias.

Claro es que esta segunda version nos presenta una forma más avanzada

que la leyenda, forma adoptada cuando se vió que era necesario dejar

un intervalo para las diversas apariciones, y dar á la vida de Jesús

despues de salir de la tumba un cuadro completo y lógico. Podria pues

suponerse que al autor no le ocurrió interpretar así las cosas sino en

el intervalo que medió entre la redaccion de ambas obras; y de todos

modos es muy extraño que aquel se crea obligado á pocas líneas de

distancia á desarrollar su primera historia aumentando el número de

datos. Si aún tenia entre manos su primer libro ¿por qué no hacia las

adiciones, que separadas como aparecen luego, causan tan mal efecto?

Esto no es sin embargo una prueba decisiva, y hay una circunstancia

grave que induce á creer que Lucas concibió al mismo tiempo el plan y

el conjunto. El prefacio que encabeza el Evangelio es el que parece

comun á los dos libros[33]. La contradiccion que acabamos de indicar

se explica acaso por el poco cuidado que se tuvo de dar una cuenta

exacta del empleo del tiempo, y á esto se debe seguramente que todas

las relaciones de la vida de Jesús, despues de salir de la tumba,

estén en un completo desacuerdo acerca de la duracion de esta vida.

Importaba tan poco ser histórico, que el mismo narrador no tenia el

menor escrúpulo en proponer sucesivamente dos sistemas inconciliables:

las tres relaciones que acerca de la conversion de Pablo se encuentran

en las _Actas_[34] ofrecen tambien pequeñas diferencias que prueban

igualmente cuán poco se ocupaba el autor de la exactitud de los

detalles.

Parece pues que nos aproximariamos á la verdad suponiendo que las

_Actas_ se escribieron hácia el año 80, pues por una parte el espíritu

del libro conviene muy bien con la primera época de los Flavios, y por

la otra, el autor parece evitar todo aquello que hubiera podido ofender

á los romanos. En efecto, vemos que se complace en demostrar que los

funcionarios de Roma no solo eran favorables á la nueva secta sino que

la abrazaron algunas veces[35] que la defendieron contra los judíos,

y que la justicia imperial era equitativa y superior á las pasiones

locales.[36] El autor insiste particularmente en enumerar las ventajas

que obtuvo Pablo merced á su título de ciudadano romano[37] y corta

justamente su narracion en el momento de la llegada de Pablo á Roma,

quizá para no verse obligado á referir las crueldades de Neron contra

los cristianos.[38] El contraste entre las _Actas_ y el Apocalipsis

es en extremo notable: escrito este en el año 68, recuerda á cada

paso las infamias de Neron, rebosando un ódio profundo contra Roma, y

en la primera obra aparece el tirano como un hombre afable que vive

en una época tranquila. Desde el año 70, poco más ó menos, hasta los

últimos años del primer siglo, la situacion fué bastante buena para

los cristianos, pues hasta hubo personajes de la familia Flaviana que

pertenecieron al cristianismo. ¿Quién sabe si Lucas no conoció á Flavio

Clemente, si no fué de su _familia_, y si las _Actas_ no se escribieron

por este poderoso personaje cuya posicion oficial exigia ciertas

consideraciones? Algunos indicios dan lugar á suponer que el libro se

compuso en Roma, y diríase en efecto que los principios de la iglesia

romana dominaban al autor. Esta iglesia tuvo desde los primeros siglos

el carácter político y gerárquico que la distinguió siempre, y el buen

Lucas pudo dejarse llevar de este espíritu, pues sus ideas sobre la

autoridad eclesiástica son muy avanzadas, y en ella se descubre el

gérmen del episcopado. Lucas escribió la historia como apologista,

imitando á los escritores oficiales de la corte de Roma, é hizo lo que

hacia un historiador ultramontano de Clemente XIV, que ensalzando á la

vez al Papa y á los jesuitas, trataba de persuadirnos en un discurso

lleno de compuncion que por ambas partes se observaban las reglas de

la caridad. Dentro de doscientos años se consignará tambien que el

cardenal Antonelli y el señor de Mérode se amaban como dos hermanos. El

autor de las _Actas_, fué el primero de esos narradores complacientes

que con una ingenuidad sin igual y una beatitud que revela su

satisfaccion se empeñan en demostrar que todo se hace en la Iglesia

de una manera evangélica. Demasiado leal para condenar á su maestro

Pablo, ortodoxo en exceso para no participar de la opinion oficial que

prevalecia, prescindió de las diferencias de doctrina para no dejar ver

sino el objeto comun que todos aquellos grandes fundadores prosiguieron

en efecto por vias tan opuestas y á través de tan enérgicas rivalidades.

Fácilmente se comprenderá que un hombre que se coloca por sistema

en semejante situacion, es el menos á propósito para referir los

hechos tal como pasaron: la fidelidad histórica es para él una cosa

indiferente; todo lo que le importa es la edificacion, y Lucas no lo

oculta, pues escribe _para que Teófilo reconozca la verdad de lo que

le han enseñado_ sus catequistas.[39] Se habia pues convenido en un

sistema de historia eclesiástica que se enseñaba oficialmente y cuyo

cuadro, así como el de la misma historia evangélica[40] es probable

estuviera ya fijado. El carácter dominante de las _Actas_, así como el

del tercer Evangelio[41] es una tierna piedad, una viva simpatía hácia

los gentiles,[42] su espíritu conciliador, una preocupacion extrema

acerca de lo sobrenatural, el amor á los pequeños y los humildes, un

gran sentimiento democrático, ó más bien, la persuasion de que el

pueblo es naturalmente cristiano y que son los grandes los que le

impiden seguir sus buenos instintos.[43] Además predomina una idea

exaltada del poder de la Iglesia y de sus jefes, un gusto muy marcado

por la vida en comun.[44] Los métodos de composicion son iguales en

ambas obras, de tal modo que lo mismo nos sucederia con la historia de

los Apóstoles, que con la historia Evangélica, si para analizar esta

última no tuviéramos más texto que el Evangelio de Lucas.

Fácil es comprender las desventajas de semejante situacion: la vida

de Jesús, compuesta por el tercer Evangelio solamente, seria en

extremo defectuosa é incompleta, y nosotros lo sabemos porque para la

vida de Jesús, la comparacion es posible. Al mismo tiempo que Lucas,

tenemos (sin hablar del cuarto Evangelio) á Mateo y á Márcos, quienes

relativamente á Lucas, son al menos en partes originales. Damos á

conocer los medios violentos por medio de los cuales Lucas desfigura ó

mezcla las anécdotas; la manera con que modifica el colorido de ciertos

hechos segun sus miras personales, y vemos en fin las piadosas leyendas

que añade á las tradiciones más auténticas. ¿No es evidente que si

pudiéramos hacer semejante comparacion para las _Actas_ llegariamos á

encontrar defectos de un género análogo? Las _Actas_ nos parecerian, á

juzgar por los primeros capítulos, inferiores al tercer Evangelio, sin

duda porque estos capítulos se compusieron probablemente con documentos

menos numerosos y menos universalmente aceptados.

Aquí debe hacerse en efecto una distincion fundamental: bajo el punto

de vista del valor histórico, el libro de las _Actas_ se divide en dos

partes: la una que comprende los doce primeros capítulos y refiere los

hechos principales de la historia de la Iglesia primitiva, y la otra

que contiene los diez y seis capítulos restantes consagrados todos á

las misiones de San Pablo. En esta segunda parte hay dos clases de

relatos; uno en que el narrador aparece como testigo ocular y otro

en que no hace más que referir lo que le han dicho, pero aun en este

último caso, claro está que su autoridad es grande. Con frecuencia

se vé que las conversaciones de Pablo son las que han facilitado las

noticias, y hácia el fin, sobre todo, la narracion adquiere un carácter

de precision notable. Las últimas páginas de las _Actas_ son las únicas

históricas que tenemos sobre los originales cristianos; las primeras

por el contrario son las más atacables de todo el Nuevo Testamento.

Al hablar de los primeros años, es particularmente cuando el autor

obedece á ideas preconcebidas semejantes á las que le preocuparon en

la composicion de su Evangelio. Su sistema de los cuarenta dias, su

modo de referir la ascension, terminando con una especie de rapto final

y de solemnidad dramática la vida fantástica de Jesús; su manera de

contar la bajada del Espíritu Santo y las predicaciones milagrosas, y

su modo en fin de comprender el don de las lenguas, tan diferente del

de San Pablo[45] revelan las preocupaciones de una época relativamente

atrasada, en que predomina la leyenda sin oposicion. Todo se representa

con un gran aparato escénico, desplegando las formas de lo maravilloso,

y es preciso recordar que el autor escribe medio siglo despues de

ocurrir los acontecimientos, lejos del país donde tuvieron lugar,

y fundándose en hechos que no ha visto, ni él, ni su maestro, y en

tradiciones en parte fabulosas ó desfiguradas. No solamente Lucas es

de otra generacion que la de los primeros fundadores del cristianismo,

sino que es de otro mundo, es Helenista, muy poco judío, casi extraño á

Jerusalem y á los secretos de la vida judaica, y apenas ha conocido de

la primitiva sociedad cristiana más que á los primeros representantes.

En los milagros que él refiere, se ven más bien invenciones _á priori_,

que hechos transformados; los milagros de Pedro y de Pablo forman dos

séries que se relacionan:[46] sus personajes se asemejan; Pedro y Pablo

no difieren en nada y por último los discursos que pone en boca de sus

héroes, aunque hábilmente apropiados á las circunstancias, son todos

del mismo estilo, y pertenecen más bien al autor que á las personas á

que los atribuye: acabaremos diciendo que hasta se encuentran errores

fáciles de reconocer.[47] Las _Actas_ en una palabra, constituyen una

historia dogmática, arreglada para apoyar las doctrinas ortodoxas de

la época ó inculcar las ideas que más sonreian á la piedad del autor.

Añadamos á esto que no podia ser de otro modo: no se conoce el orígen

de cada religion sino por las relaciones de los creyentes; solo el

escéptico escribe la historia _ad narrandum_.

Estas no son simples sospechas, conjeturas de un crítico desconfiado

en extremo; son sólidas inducciones, y siempre que nos sea permitido

comprobar la narracion de las _Actas_, la encontraremos defectuosa y

sistemática. En efecto, aunque no podamos hacer la comprobacion con los

textos sinópticos, tenemos para ello las Epístolas de San Pablo, sobre

todo la de los Galatas y claro es que en el caso en que las _Actas_ y

las epístolas no estén acordes, debe darse siempre la preferencia á las

últimas que son textos de una autenticidad absoluta y más antiguas; de

una sinceridad completa y sin leyendas. Tratándose de historia, los

documentos son de tanta más autoridad, cuanto menos afectan la forma

histórica: la autoridad de todas las crónicas debe ceder ante la de una

inscripcion, de una medalla, de un mapa, de una carta auténtica. Bajo

este punto de vista, las epístolas de autores verdaderos y de fechas

fijas, son la base de toda la historia de los orígenes cristianos; sin

ellas, la duda alcanzaria á todo, dejando en la oscuridad hasta la

misma vida de Jesús. Ahora bien, en dos circunstancias muy importantes,

las epístolas ponen en relieve las tendencias particulares del autor

de las _Actas_ y su deseo de borrar la huella de las divisiones que

habian existido entre Pablo y los Apóstoles de Jerusalem.[48]

Además de esto, el autor de las _Actas_, quiere que Pablo, despues

del incidente de Damasco (IX, 19 y sig.; XXII, 17 y sig.), haya ido

á Jerusalem en una época en que apenas se conocia su conversion; que

le presentaran á los Apóstoles y viviera con ellos y los fieles en

la más afectuosa cordialidad, que haya disputado públicamente contra

los judíos Helenistas, y por último, que un complot de estos y una

revelacion del cielo, le hayan inducido á marcharse de Jerusalem. Ahora

bien, Pablo nos dice que las cosas pasaron de muy distinto modo, y para

probar que no habia tomado nada de los Doce y que debe al mismo Jesús

su mision y su doctrina, asegura (Gal., I, 11 y sig.) que despues de

su conversion evitó tomar consejo de ninguno[49] y de presentarse en

Jerusalem á los que eran Apóstoles antes que él; que fué á predicar al

Haurán por su propia voluntad y sin encargo de nadie; que es cierto que

tres años más tarde hizo un viaje á Jerusalem para conocer á Céfas con

quien permaneció quince dias, pero que no vió á ningun Apóstol como

no fuera á Jacobo, hermano del Señor, y que esto es tan cierto que su

semblante no era conocido en las iglesias de Judea. El esfuerzo que

se hace para dulcificar el estilo brusco del rudo Apóstol, á fin de

presentarle como colaborador de los Doce, trabajando de concierto con

ellos en Jerusalem, aparece aquí de una manera evidente. En efecto, se

quiere que Jerusalem sea su capital y punto de partida, que su doctrina

sea tan idéntica á la de los Apóstoles, que haya podido reemplazarla

ó sustituirla con la de aquellos en la predicacion; se reduce su

primer Apostolado á las sinagogas de Damasco; se quiere que haya sido

discípulo y oyente, lo cual no es cierto;[50] se reduce el tiempo

que trascurrió entre su conversion y su primer viaje á Jerusalem,

se prolonga su permanencia en esta ciudad; se supone que predicó á

satisfaccion de todos; se sostiene que vivió íntimamente con todos los

Apóstoles, aunque él mismo asegura que no ha visto más que á dos, y se

asegura, en fin, que los hermanos de Jerusalem velaban sobre él, siendo

así que Pablo declara que su semblante les era desconocido.

El deseo de hacer creer que Pablo visitaba continuamente á Jerusalem,

es lo que ha inducido á nuestro autor á prolongar su permanencia en

aquella ciudad despues de su conversion, suponiendo con esto, que hizo

un viaje más. Segun él, Pablo fué con Bernabé á Jerusalem á llevar

la ofrenda de los fieles cuando se experimentó el hambre del año 44

(Act., XI, 30; XII, 25), pero Pablo declara terminantemente que en

el intervalo que medió entre el viaje que hizo tres años despues de

convertirse, y el que verificó para el asunto de la circuncision,

no fué á Jerusalem (Gal., I y II). En otros términos; Pablo excluye

formalmente todo viaje entre Act., IX, 26 y Act., XV, 2. Si se negara,

contra toda razon, la identidad del viaje que se refiere en Gal., II,

1 y sig., con el de que se da cuenta en Act., XV, 2 y sig., no se

opondria seguramente la menor contradiccion. «Tres años despues de

mi conversion, dice San Pablo, fuí á Jerusalem para conocer á Céfas,

y volví catorce años despues...» Se ha podido dudar si el punto de

partida de esos catorce años es la conversion ó el viaje que tuvo

lugar tres años más tarde: tomemos la primera hipótesis, que es la más

favorable al que defiende la narracion de las _Actas_, y tendremos que

segun San Pablo, trascurrieron lo menos doce años entre su primer y

segundo viaje á Jerusalem, siendo así que no mediaron ni once, segun

lo que dice el Act., IX, 26 y sig., y el Act., XI, 30. Aun cuando se

sostuviera lo contrario, vendriamos á caer en otra imposibilidad: en

efecto, lo que se refiere en el Act., XI, 30, es contemporáneo de la

muerte de Jacobo, hijo del Zebedeo,[51] la cual nos da la única fecha

fija de las _Actas de los Apóstoles_, puesto que precede en muy poco

tiempo á la muerte de Herodes Agrippa I, acaecida en el año 44.[52]

Habiendo hecho Pablo su segundo viaje lo menos catorce años despues

de su conversion, y suponiendo que aquel tuvo lugar en el año 44, la

conversion debió ser en el año 30, lo cual es absurdo. Es imposible

pues creer en el viaje á que se refiere _Act._, XI, 30 y XII, 35.

El autor incurre en una grave inexactitud al dar cuenta de estas idas

y venidas, pues comparando _Act._, XVII, 14-16; XVIII, 5 con _I Tes._,

III, 1-2 se encuentra otra contradiccion, pero como no se relaciona con

puntos dogmáticos, no hablaremos aquí de ella.

La que es muy principal para el asunto que nos ocupa, lo que arroja un

rayo de luz para la crítica en esta cuestion del valor histórico de las

_Actas_, es la comparacion de los pasajes relativos á la circuncision,

que se encuentran en dicha obra (Cap. XV.) y en la epístola de los

Galatas (Cap. II.). Segun las _Actas_, habiendo llegado á Antioquía

varios hermanos de Judea, los cuales sostuvieron que era necesaria la

circuncision para los paganos convertidos, nombróse una diputacion

compuesta de Pablo, de Bernabé, y otros varios para que pasaran á

Jerusalem á fin de consultar con los Apóstoles y los ancianos sobre

este punto. Una vez llegados allí son recibidos por todo el mundo con

la mayor alegría; reúnese una gran asamblea donde si hay algun parecer

contrario, se pierde entre las efusiones de una caridad recíproca y de

la felicidad de que se sienten todos poseidos al verse juntos; Pedro

enuncia la opinion que se esperaba emitiria Pablo: á saber, que los

paganos convertidos no están sujetos á la ley de Moisés; Jacobo no hace

más que una ligera restriccion;[53] Pablo no habla, y á decir verdad,

no necesita hacerlo, puesto que su doctrina se pone aquí en boca de

Pedro; la opinion de los hermanos de Judea no es apoyada por nadie; y

por último, conforme al parecer de Jacobo, se expide un decreto solemne

el cual se comunica á las iglesias por medio de diputados elegidos al

efecto.

Comparemos ahora la narracion de Pablo en la epístola á los Galatas:

Pablo quiere que el viaje que hizo aquella vez á Jerusalem sea la

consecuencia de un movimiento espontáneo, y hasta el resultado de una

revelacion. Llegado á dicha ciudad, comunica su Evangelio á quien

corresponde de derecho; celebra conferencias particulares con personas

que parecen ser de consideracion; no se le critica ni se le comunica

nada, y solo se le pide que se acuerde de los pobres de Jerusalem. Si

Tito, que le acompañó, consiente en dejarse circuncidar,[54] es por

consideracion á _falsos hermanos intrusos_, y aunque Pablo les hace

esta concesion pasajera, no se somete á ellos. En cuanto á los hombres

importantes, Pablo no habla de ellos sino con cierto viso de amargura

é ironía, y dice que no le han enseñado nada. Además de esto, habiendo

llegado más tarde Céfas á Antioquía, Pablo _se indispone con él porque

no obra bien_; y en efecto, Céfas comia con todos indistintamente.

Llegan luego emisarios de Jacobo, y Pedro se oculta para no ver á los

incircuncidados. _Viendo que no marchaba por la senda de la verdad

del Evangelio_, Pablo apostrofa á Céfas delante de todo el mundo y le

reprende amargamente su conducta.

Vemos, pues, cuanta es la diferencia: por una parte, una solemne

concordia, una especie de concilio, un decreto formal expedido por

una autoridad reconocida; y por la otra, arranques de cólera mal

contenida, susceptibilidades extremas, nada que se parezca á un

concilio, y por último, pareceres contrarios que no se convienen

sino para guardar las formas. Inútil es decir qué version merece la

preferencia: la narracion de las _Actas_ es apenas verosímil, puesto

que segun ella, el concilio tiene por objeto ventilar una disputa de

que ya no queda recuerdo una vez terminado aquel; los dos oradores

pronuncian discursos muy contrarios á lo que de ellos podia esperarse,

y por lo tanto, el decreto que se supone expedido por el concilio es

seguramente una ficcion. Si este decreto, cuya redaccion se atribuye

á Jacobo, se hubiera promulgado realmente, ¿á qué venian esos apuros

del bueno y tímido Pedro ante las gentes enviadas por Jacobo? ¿por qué

se ocultaba, puesto que él y los cristianos de Antioquía, cumplian

religiosamente con las disposiciones fijadas por el mismo Jacobo en el

decreto? La cuestion relativa á la circuncision ocurrió hácia el año

51, y vemos que algun tiempo despues, hácia el año 56, la disputa que

debió quedar ventilada en virtud del decreto, es más viva que nunca,

y que la iglesia de Galacia se vé agitada por nuevos emisarios del

partido judío de Jerusalem.[55] Pablo contesta á este nuevo ataque

de sus enemigos con su furibunda epístola: si el decreto á que se

refiere el Act., XV, hubiese existido en realidad, Pablo tenia medio

muy sencillo de terminar el debate, pues le bastaba citarlo, pero vemos

que todo lo que dice supone la no existencia de aquel. En el año 57,

al escribir Pablo á los Corintios, no parece tener conocimiento de tal

decreto, y hasta infringe sus prescripciones por una de las cuales

se manda á todos abstenerse de las carnes inmoladas á los ídolos.

Pablo por el contrario, opina que se pueden comer dichas carnes, si

con ello no se escandaliza nadie, mas que es preciso abstenerse en el

caso contrario.[56] En el año 58, cuando Pablo hizo su último viaje á

Jerusalem, Jacobo se muestra más obstinado que nunca.[57] Uno de los

rasgos característicos de las _Actas_, rasgo que prueba claramente que

el autor se propone menos presentar la verdad histórica ó satisfacer

la lógica, que edificar á los lectores piadosos, es el decir siempre

que la admision de los incircuncidados es cuestion resuelta. Esto no

es verdad sino por lo que toca al bautismo del eunuco y del centurion

Cornelio, ambos milagrosamente ordenados, por la fundacion de la

Iglesia de Antioquía (XI, 19 y sig.) y por el pretendido concilio de

Jerusalem, lo cual no impide que en las últimas páginas del libro

(XXI, 20-21) quede aún la cuestion en suspenso. Á decir verdad, la

cuestion permaneció siempre en ese estado, pues las dos fracciones

del cristianismo naciente no se fusionaron jamás; solamente una de

ellas, la que conservó las prácticas del judaismo, fué infecunda y

se extinguió oscuramente. Tan lejos estuvo Pablo de ser admitido por

todos, que despues de su muerte, una gran parte del cristianismo le

anatematiza[58] y le persigue con sus calumnias.

En nuestro libro tercero es donde tendremos que tratar en detalle la

cuestion de fondo enlazada con estos curiosos incidentes; solo hemos

querido dar aquí algunos ejemplos de la manera con que el autor de

las _Actas_ entiende la historia, de su sistema de conciliacion y de

sus ideas preconcebidas. ¿Deduciremos de aquí en conclusion que los

primeros capítulos de las _Actas_ carecen de autoridad, como lo piensan

algunos críticos célebres y que la ficcion llega hasta crear toda clase

de personajes, tales como el eunuco y el centurion Cornelio, y hasta el

diácono Estéban y la piadosa Tabitha? Yo no lo creo de ningun modo. Es

probable que el autor de las _Actas_ no haya inventando personajes[59]

pero es un abogado hábil que escribe para probar y que trata de sacar

partido de los hechos de que oyó hablar para demostrar sus tésis

favoritas, que son la legitimidad de la vocacion de los gentiles y la

institucion divina de la gerarquía. Al hacer uso de semejante documento

se debe tener mucha precaucion, pero rechazarlo en absoluto es tan poco

razonable, como fiarse de él ciegamente. Hay algunos párrafos, sin

embargo, aun en esta primera parte, cuyo valor es conocido de todos, y

que constituyen memorias auténticas extractadas por el último redactor.

El capítulo XII, en particular, es muy bueno y procede al parecer de

Juan Márcos.

Se comprenderá pues en qué apuro nos veriamos si no tuviéramos para

formar esta historia más documentos que un libro tan legendario.

Felizmente poseemos otros, que se refieren, es verdad, directamente

al período que será el objeto de nuestro libro tercero, pero que

arrojan ya sobre este mucha luz. Nos referimos á las Epístolas de

Pablo: la Epístola de los Galatas sobre todo es un verdadero tesoro,

la base de toda la cronología de aquella edad, la llave que lo abre

todo, el testimonio, en fin, que debe bastar á los más escépticos

para creer en la realidad de las cosas que pudieran ponerse en duda.

Á los lectores que me juzguen demasiado atrevido ó demasiado crédulo,

yo les ruego que vuelvan á leer los dos primeros capítulos de este

libro singular, pues son seguramente las dos páginas más importantes

para el estudio del cristianismo naciente. Las Epístolas de San Pablo

tienen en efecto una ventaja sin igual en esta historia, y esta es

su autenticidad absoluta. La crítica más grave no ha puesto jamás en

duda la autenticidad de la epístola á los Galatas, de las dos á los

Corintios y de la dirigida á los Romanos. Las razones que se han tenido

para atacar las dos epístolas á los Tesalonicenses y la epístola á los

Filipenses, no tienen valor alguno. Al principio de nuestro libro

tercero tendremos que discutir las objeciones más especiosas, aunque

poco decisivas, que se han elevado contra la epístola á los Colosenses

y la carta á Filemon; el problema particular que ofrece la epístola á

los Efesios, y las fuertes pruebas en fin que inducen á desechar las

dos epístolas á Timoteo y la dirigida á Tito. La autenticidad de las

epístolas de que haremos uso en este volúmen es indudable, ó cuando

menos las inducciones que sacaremos de las otras son independientes de

la cuestion de saber si se han dictado ó no por San Pablo.

No es necesario sujetarnos aquí á las reglas de la crítica que hemos

observado para la composicion de esta obra, pues ya lo hicimos en

la introduccion de la _Vida de Jesús_. Los doce primeros capítulos

de las _Actas_, son en efecto un documento análogo á los Evangelios

sinópticos, con el cual es preciso proceder del mismo modo, porque esta

clase de documentos medio históricos y medio legendarios no pueden

tomarse ni como historia ni como leyenda, atendido que todo es falso

en el detalle y no pueden inducirse preciosas verdades. Traducir pura

y simplemente estas narraciones, no es hacer historia, puesto que con

frecuencia se encuentran textos más autorizados que contradicen lo que

se refiere en aquellas, y por consiguiente, aun dado el caso de que no

tuviéramos más que un solo texto, hay motivos para creer que si hubiese

otros resultaria la contradiccion. En la Vida de Jesús, la narracion de

Lucas difiere á cada paso de las de los otros dos Evangelios sinópticos

y la del cuarto: ¿no es por lo tanto probable que si tuviéramos para

las _Actas_ un término de comparacion análogo, encontrariamos en dicha

obra notables diferencias ó faltas en una infinidad de puntos sobre

los cuales no tenemos ahora más testimonio que el suyo? En nuestro

libro tercero, observaremos otras reglas, pues allí vamos á entrar en

plena historia positiva y tendremos entre manos noticias originales á

veces autobiográficas. Cuando San Pablo nos dé él mismo el relato de un

episodio de su vida, que no tenia interés en presentar tal ó cual dia,

claro es que nos bastará copiar sus palabras una á una, segun el método

de Tillemont; pero cuando se trate de un narrador preocupado por un

sistema, que escribe para hacer prevalecer ciertas ideas con ese estilo

infantil de contornos vagos y suaves y marcado colorido, propio tan

solo de la leyenda, el deber del crítico no es sujetarse al texto, sino

tratar de descubrir lo que puede haber en este de verdad sin creerse

jamás seguro de haberla encontrado. Prohibir á la crítica semejantes

interpretaciones seria tan poco razonable como mandar al astrónomo

que no se ocupase sino del aspecto del cielo: ¿no consiste acaso la

astronomía en conseguir que el paralaje formado por la posicion del

observador, llegue á crear una situacion real y verdadera por otra

aparente y engañosa?

¿Y quién pretenderia que se deben copiar á la letra documentos donde

se encuentran imposibilidades? Los doce primeros capítulos de las

_Actas_ son un tejido de milagros; y una regla absoluta de la crítica,

es no citar en las relaciones históricas hechos milagrosos. Esta no

es la consecuencia de un sistema metafísico; es sencillamente una

observacion. Todos los hechos que se suponen milagrosos y que pueden

estudiarse de cerca, se convierten en ilusion ó en impostura: si se

hubiera probado un solo milagro, no se podrian desechar en masa todos

los de las historias antiguas, porque despues de todo, admitiendo que

un gran número de estos fueran falsos, se podria creer que algunos

son verdaderos. Pero no es así: todos los milagros discutibles se

desvanecen, y en este caso, ¿no estaremos autorizados para deducir de

aquí que los milagros que ocurrieron hace muchos siglos, y sobre los

cuales no hay medio de provocar un debate contradictorio, no son reales

y verdaderos? En otros términos; no hay milagro sino cuando se cree

en él; lo que constituye lo sobrenatural es la fé. El catolicismo que

pretende que no se ha extinguido aún en su seno la fuerza milagrosa,

está sujeto él mismo á la influencia de esta ley: los milagros que

pretende hacer no se ven en los sitios donde debieran ocurrir, y si se

tiene un medio tan sencillo de probarlos ¿por qué no se hace uso de él

á la luz del dia? ¡Un milagro en París, ante sabios competentes pondria

fin á todas las dudas! Pero ¡ay! ¡esto no sucede nunca! Jamás se ha

verificado un milagro ante el público á quien convendria convertir, es

decir, ante los incrédulos. La condicion del milagro es la credulidad

del testigo. No ha ocurrido ningun milagro ante aquellos que podrian

discutirlo y criticarlo, y de esto no hay una excepcion. Ciceron lo

dijo muy bien con su buen criterio y acostumbrada sutileza: «¿Desde

cuándo ha desaparecido esa fuerza secreta? ¿Será acaso desde que los

hombres han llegado á ser menos crédulos?»[60]

«Pero, se dice, si es imposible probar que haya ocurrido nunca un hecho

sobrenatural, tambien lo es probar que no haya ocurrido; luego el

sabio positivista que niega lo sobrenatural procede, tan gratuitamente

como el creyente que admite.» Esto no es exacto: el que afirma una

proposicion es quien debe probarla; el que la escucha no tiene que

hacer más que esperar la prueba, y ceder si esta es buena. Si hubieran

ido á exigir á Buffon que asignara un lugar en su _Historia natural_

á las sirenas y á los centauros, Buffon habria respondido: «Mostradme

uno de esos séres y los admitiré; hasta entonces no existirán para

mí.--Pero probadme que no existen.--Probadme á mí lo contrario.» En

la ciencia, corresponde dar la prueba á los que alegan un hecho.

¿Por qué no se cree en los ángeles y en los demonios, siendo así

que innumerables textos históricos suponen su existencia? Porque la

existencia de un ángel ó de un demonio, no se ha probado jamás.

Para sostener la realidad del milagro, se apela á fenómenos que

se pretende no pueden ocurrir segun el curso de las leyes de la

naturaleza. «La creacion del hombre, dicen, no ha podido llevarse á

cabo sino por una intervencion directa de la Divinidad; ¿por qué no

habia de producirse esa intervencion en los otros momentos decisivos

del desarrollo del universo?» No insistiré sobre la extraña filosofía

y la mezquina idea de la divinidad que razona de tal modo, pues la

historia debe tener su método, independiente de toda filosofía, y sin

entrar para nada en el terreno de la teodicea: fácil es demostrar cuán

defectuosa es semejante argumentacion. Equivale á decir que todo lo

que no sucede en el estado actual del mundo, que todo aquello que no

podemos explicar en el estado actual de la ciencia, es milagroso. De

este modo tendremos que el sol es un milagro, porque la ciencia está

muy lejos de haber explicado el sol; la concepcion de cada hombre es un

milagro, porque la fisiología se calla sobre este punto; la conciencia

es un milagro, porque es un misterio absoluto, y todo animal, en fin,

es un milagro, porque el orígen de la vida es un problema sobre el

cual apenas tenemos dato alguno. Si se responde que toda vida, que

toda alma, es en efecto de un órden superior á la naturaleza, esto

equivale á un juego de palabras. Aun cuando lo admitamos así, preciso

es explicarnos la palabra milagro. ¿Qué es un milagro que ocurre

todos los dias y á todas horas? El milagro no es lo inexplicable; es

una derogacion formal, en nombre de una voluntad particular, á leyes

conocidas. Lo que nosotros negamos es el milagro por excepcion, son

las intervenciones particulares, como la de un relojero que hubiese

hecho un reloj, muy hermoso en verdad, pero al que tendria que tocar

de vez en cuando para suplir la insuficiencia de las ruedas. Que Dios

esté en todas las cosas de una manera permanente, sobre todo en lo

que vive, es precisamente nuestra teoría; nosotros solo decimos que

nunca se ha probado ninguna intervencion particular de una fuerza

sobrenatural, y negaremos la realidad de lo sobrenatural hasta que un

hecho venga á probarnos lo contrario. Buscar este hecho antes de la

creacion del hombre, alejarse de la historia, remontándose á épocas en

que toda comprobacion es imposible para no tener que citar milagros

históricos, es lo mismo que refugiarse detrás de la nube, es probar una

cosa oscura con otra más oscura aún, es establecer una ley conocida,

en virtud de un hecho que no conocemos. Se citan milagros que tuvieron

lugar antes de que existiese ningun testigo para presenciarlos, y no se

habla de uno solo que pueda probarse con buenos testimonios.

No cabe duda que en épocas remotas han ocurrido en el universo

fenómenos que no se han vuelto á presentar, al menos en la misma

escala, en la actualidad; pero esos fenómenos tuvieron su razon de ser

cuando se manifestaron. En las formaciones geológicas, por ejemplo,

se encuentra un gran número de minerales y piedras preciosas que

segun parece no se producen hoy en la naturaleza; y sin embargo, los

Sres. Mitscherlich, Ebelmen, de Sénarmont y Daubrée, han compuesto

artificialmente la mayor parte de esos minerales y piedras preciosas.

Si es dudoso que se consiga jamás producir artificialmente la vida,

esto consiste en que la reproduccion de las circunstancias en que

aquella comenzó no está al alcance de los medios humanos. ¿Cómo

clasificar un planeta que ha desaparecido hace miles de años? ¿Cómo

verificar un experimento para el cual se necesitan siglos enteros? Hé

aquí lo que se olvida cuando se llama milagros á los fenómenos que han

ocurrido en otro tiempo y que no se verifican ya hoy. La formacion

de la humanidad es seguramente la cosa más absurda y más extraña del

mundo si se la supone súbita é instantánea, pero entra en las analogías

generales (sin dejar de ser misteriosa), si se vé en ella el resultado

de un progreso lento y continuado durante períodos incalculables. No

deben aplicarse á la vida del embrion, las leyes de la vida de la edad

madura; pues el embrion desarrolla unos tras otros todos sus órganos, y

el hombre adulto por el contrario no los crea porque ya no está en la

edad de crearlos; así como el lenguaje no se inventa porque ya no se

puede inventar. ¿Pero á qué seguir á unos adversarios que se salen de

la cuestion? Nosotros pedimos un milagro histórico probado, y se nos

contesta que este debió ocurrir antes de la historia. Ciertamente que

si hubiera que probar que son necesarias las creencias sobrenaturales

para ciertos estados del alma, bastaria, para hacerlo, el hecho de que

espíritus dotados en todas las demás cosas de cierta penetracion, han

fundado el edificio de su fé en un argumento tan desesperado.

Hay otros, que abandonando el milagro del órden físico, se parapetan

en el milagro del órden moral, sin el cual pretenden que no pueden

explicarse estos acontecimientos. No cabe duda que la formacion del

cristianismo es el hecho más grande de la historia religiosa del

mundo, mas no por esto es un milagro. El budismo y el babismo han

tenido mártires tan numerosos, tan exaltados, tan resignados, como los

tuvo el cristianismo. Los milagros de la fundacion del islamismo son de

una naturaleza muy distinta, y confieso que no me conmueven, pero es

preciso observar, sin embargo, que al hablar los doctores musulmanes

del establecimiento de aquel, de su difusion como por un rastro de

fuego, de sus rápidas conquistas y de la fuerza que le da en todas

partes un reinado tan absoluto, hacen los mismos razonamientos que

los apologistas cristianos sobre el establecimiento del cristianismo.

Concedamos si se quiere que la fundacion de este sea un hecho único:

tambien lo es en absoluto el helenismo, si se entiende por esta

palabra el ideal de la perfeccion en la literatura, en el arte, en la

filosofía, ideal que la Grecia ha realizado. El arte griego sobrepuja

á todos los demás artes, así como el cristianismo sobresale sobre

todas las demás religiones, y el Acropolis de Atenas, coleccion de

obras maestras, al lado de las cuales todas las demás no son sino una

imitacion más ó menos perfecta, es acaso el que mejor puede someterse

á la comparacion. En otras palabras: el helenismo es un prodigio de

belleza, así como el cristianismo es un prodigio de santidad.

Espero que un intervalo de dos años y medio trascurridos desde la

publicacion de la _vida de Jesús_, inducirá á ciertos lectores á

ocuparse de estos problemas con más calma.

La controversia religiosa es siempre de mala ley sin quererlo y sin

saberlo: no se trata de discutirla con independencia, de buscar con

ansiedad; se trata de defender una doctrina establecida, de probar

que el disidente es un ignorante ó un hombre de mala fé. Calumnias,

contrasentidos, ideas y textos falsos, razonamientos triunfantes sobre

cosas que el adversario no ha dicho, gritos de victoria por errores

que no se han cometido; nada de esto es ilegal para aquel que cree

tener en sus manos los intereses de la verdad absoluta. Preciso era que

yo hubiese conocido poco la historia para no esperar semejante cosa,

pero tengo suficiente sangre fria para no disgustarme por esto y una

aficion bastante decidida á las cosas de la fé, para que me sea dable

apreciar debidamente lo que hay á veces de sensible en el sentimiento

que pueda inspirar á mis detractores. Con mucha frecuencia, al ver

tanta ingenuidad, tan piadosa firmeza; al comprender cuanta cólera

rebosa en esas hermosas y buenas almas, he dicho como Juan Huss, al ver

una anciana que sudaba para llevar un madero á su leñera: _¡O sancta

simplicitas!_ Segun la hermosa frase de la Escritura, «Dios no está en

la tormenta.» ¡Ah! sin duda; si todas estas tribulaciones ayudasen á

descubrir la verdad, podria uno consolarse al menos; pero no es así; la

verdad no se ha hecho para el hombre apasionado; se reserva para los

espíritus que buscan con imparcialidad, sin una opinion persistente,

sin un sentimiento de ódio, con una libertad absoluta y sin una

segunda intencion. Estos problemas no son sino una de las innumerables

cuestiones que se suscitan en el mundo y que los curiosos examinan:

no se ofende á nadie enunciando una opinion teórica; los que profesan

una fé y la guardan como un tesoro, tienen un medio muy sencillo de

defenderla, y este consiste en no hacer aprecio de las obras escritas

en un sentido que difiere de sus opiniones. Lo mejor que pueden hacer

los tímidos es no leerlas.

Hay personas prácticas, que tratándose de una obra científica,

preguntan qué objeto político se ha propuesto el autor, y quieren que

una obra de poesía encierre una leccion de moral. Esas personas no

admiten que escriba más que para una propaganda: la idea del arte y

de la ciencia, que no aspira sino á encontrar la verdad y á realizar

lo bello, prescindiendo de todo asunto político, es para ellas una

cosa extraña, y por lo tanto, entre nosotros y esas personas, no puede

haber conformidad. «Esas gentes, como decia un filósofo griego, toman

con la mano izquierda lo que les damos con la derecha.» Ya he recibido

una porcion de cartas, dictadas por un sentimiento de honradez, cuyo

contenido puede resumirse en estas palabras: «¿Qué habeis querido?

¿Qué objeto os habeis propuesto?» ¡Dios mio! el mismo que uno se

propone al escribir cualquiera historia. Si yo dispusiera de varias

vidas, emplearia una en escribir una historia de Alejandro, otra

en escribir una historia de Atenas, y una tercera en escribir, ya

una historia de la Revolucion francesa, ya una historia de la órden

de San Francisco. ¿Y qué objeto me propondria yo al escribir esas

obras? Uno solo: hallar la verdad y darle vida; trabajar para que

los grandes acontecimientos del pasado sean conocidos con la mayor

exactitud posible y expuestos de una manera digna. Lejos de mí la idea

de combatir la fé que cada uno profesa: estas obras deben componerse

con una indiferencia suprema; como si se escribiese para un planeta

desierto. Toda concesion á los escrúpulos de un órden inferior,

constituyen una falta al culto del arte y de la verdad. ¿Quién no vé

que la ausencia del proselitismo es la cualidad y el defecto de las

obras compuestas bajo semejante espíritu?

El primer principio de la escuela crítica en efecto, es que cada uno

admita en materia de fé lo que necesita admitir, y establezca sus

creencias segun su propia opinion. ¿Cómo nos atreveriamos nosotros

á intervenir en lo que depende de circunstancias contra las cuales

nadie puede hacer nada? Si alguno se adhiere á nuestros principios

será porque tiene suficiente talento y educacion para hacerlo, y á

fé que todos nuestros esfuerzos no podrian dar ni la una ni el otro

al que no posea esas cualidades. La filosofía difiere de la fé, en

que esta obra por sí misma, independientemente del conocimiento que

se tiene de los dogmas. Nosotros por el contrario creemos, que una

verdad no tiene valor sino cuando uno la descubre por sí mismo; cuando

se vé todo el órden de ideas que con ella se enlaza: nosotros no nos

creemos obligados á no emitir las opiniones que no estén de acuerdo

con la creencia de una porcion de nuestros semejantes; nosotros no nos

sacrificamos á las exigencias de las diversas ortodoxias, y lejos

en fin de atacarlas ó provocarlas, procedemos como si no existiesen.

En cuanto á mí, el dia que comprendiese que se habia hecho el menor

esfuerzo para inducir á cualquiera á que participase de mis ideas,

tendria un gran sentimiento; y me pareceria, ó que mi espíritu se

hallaba turbado al escribir este libro, ó que pesaba sobre mí alguna

cosa que me impedia regocijarme ante la alegre contemplacion del

universo.

¿Quién no vé por otra parte, que si mi objeto fuese hacer la guerra á

los cultos establecidos, deberia proceder de otro modo, limitándome

únicamente á demostrar las imposibilidades y las contradicciones de

los textos y de los dogmas que se tienen por sagrados? Esta penosa

tarea se ha hecho mil veces y se ha hecho muy bien. En 1856[61]

escribia ya lo que sigue:

«Protesto para siempre contra la falsa interpretacion que se dé á

mis trabajos, si se consideran como obras de polémica los diversos

ensayos que he publicado, ó que pudiera publicar en lo sucesivo,

sobre la historia de las religiones. Soy el primero en reconocer que

tomados como obras de polémica, esos ensayos serian muy pobres, pues

la polémica exige una estratégia á la que soy completamente extraño,

porque es preciso saber elegir el lado débil de sus adversarios, no

tocar jamás las cuestiones inciertas, y abstenerse de toda concesion,

es decir, renunciar á lo que constituye la esencia misma del espíritu

científico. Ese no es mi método: la cuestion fundamental sobre

la que debe girar la discusion religiosa, es decir, la cuestion

de la revelacion y de lo natural, yo no la toco nunca; no porque

esta cuestion no se haya resuelto por mí con entera certeza, sino

porque la discusion de ella no es científica, ó mejor dicho, porque

la ciencia independiente la supone resuelta con anterioridad. Á

no dudarlo, si yo me propusiese entablar una polémica sobre un

punto cualquiera, incurriria en un defecto capital al trasladar al

terreno de los problemas delicados y oscuros una cuestion que se

puede discutir con más claridad en los términos vulgares que para

ello emplean por lo general los amantes de la controversia y los

apologistas. Aun cuando conozca cuantas son las ventajas que al decir

esto concedo á mis enemigos, me complazco en darlas si con ello

consigo convencer á los teólogos que mis escritos tienen un carácter

muy distinto de los suyos, y que no se debe ver en ellos sino puras

investigaciones de erudicion, atacables como tales, y en las que se

trata de aplicar á la religion judía y á la religion cristiana los

principios de crítica que se siguen en los demás ramos de la historia

y de la filología. En cuanto á la discusion de las cuestiones

puramente teológicas, no tomaré en ella parte alguna, siguiendo en

esto el ejemplo de los Sres. Burnouf, Creuzer, Guigniaut y otros

tantos historiadores críticos de las religiones de la antigüedad, que

no se han creido obligados á encargarse de la refutacion ó apología

de los cultos de que se ocupaban. La historia de la humanidad es

para mí un vasto conjunto donde todo es esencialmente desigual y

diverso, pero donde todo es del mismo órden: sale de las mismas

causas y obedece á las mismas leyes. Estas son las que yo busco sin

más objeto que descubrir cuando menos la aproximacion de la verdad.

Nada me hará dejar mi papel oscuro, aunque útil para la ciencia, por

el de controversista, cargo fácil de desempeñar, porque asegura al

escritor el apoyo de las personas que creen deber oponer la guerra á

la guerra. En esta polémica, cuya necesidad no trataré de negar, pero

que no está ni en mis gustos ni en mis principios, basta Voltaire.

No se puede ser á la vez buen controversista y buen historiador;

Voltaire, tan débil como erudito, Voltaire, que nos parece tan poco

iniciado en la escuela de la antigüedad á nosotros que observamos

un método mejor, Voltaire alcanzaria siempre la victoria sobre

adversarios que se juzgaran tan fuertes como él. Seria necesaria una

nueva edicion de las obras de aquel grande hombre para satisfacer la

necesidad del momento y contestar á los ataques de la teología de

la manera conveniente á la que se trata de discutir. Pero hagamos

una cosa mejor, nosotros que somos tan amantes de lo verdadero como

de satisfacer la curiosidad, dejemos estos debates á los que se

complacen en ellos; trabajemos para ese pequeño número que marcha

por la gran senda del espíritu humano. Ya sé que la popularidad se

inclina en favor de los escritores que en vez de seguir la forma más

elevada de la verdad, se consagran á luchar contra las opiniones de

su tiempo, pero en justa compensacion, aquellos quedan oscurecidos

cuando la opinion que combatieron deja de existir. Los que han

refutado la mágia y la astrología en los siglos XVI y XVII, han

prestado un servicio inmenso á la razon; y sin embargo, sus escritos

son desconocidos hoy; su victoria misma es causa de que se les haya

olvidado.»

Yo me atendré invariablemente á esta regla de conducta, la única

conforme con la dignidad del sabio. Yo sé que las investigaciones de

la historia religiosa se ponen en contacto con ciertas cuestiones que

parecen exigir una solucion; las personas poco familiarizadas con la

libre especulacion no comprenden la calma y lentitud del pensamiento;

los hombres prácticos se impacientan contra la ciencia que no satisface

pronto sus deseos. No nos dejemos dominar por esa inútil impaciencia;

guardémonos bien de fundar nada; permanezcamos en nuestras iglesias

respectivas aprovechándonos de su culto secular y de su tradicion de

virtud, tomando parte en sus buenas obras y disfrutando de la poesía

de su pasado. No rechacemos sino su intolerancia, mas sin dejar de

perdonarla, porque es, como el egoismo, una necesidad de la naturaleza

humana. Suponer que se pueden fundar en lo sucesivo nuevas familias

religiosas ó que la proporcion de las que existen hoy cambie mucho,

es ir contra las apariencias: el catolicismo se verá bien pronto

minado por grandes cismas; los tiempos de Avignon, de los antipapas,

de los clementes y de los urbanos van á volver; la Iglesia católica

podrá reconstruir su siglo XIV, mas á pesar de sus divisiones, siempre

será la Iglesia católica. Es probable que dentro de cien años no haya

variado sensiblemente la relacion entre el número de protestantes,

de católicos y de judíos, pero se habrá verificado un gran cambio,

sensible á la vista de todos; cada una de esas familias religiosas

tendrá dos clases de fieles, los unos creyentes absolutos como en la

Edad media, los otros que prescindirán de la letra para no fijarse

sino en el espíritu. Este segundo grupo, se irá aumentando poco á

poco, y atendido á que el espíritu enlaza tanto como la letra divide,

los espiritualistas de cada comunion irán reuniéndose insensiblemente

sin intentarlo siquiera. El fanatismo se perderá en una tolerancia

general; el dogma llegará á ser un arca misteriosa que convendrá no

abrir jamás si bien esto no seria necesario estando aquella vacía. Yo

temo que solo una religion resistirá á este movimiento dogmático; me

refiero al islamismo. Entre algunos musulmanes y hombres eminentes de

Constantinopla, se conserva la escuela antigua, y en Persia sobre todo,

se encuentran gérmenes de un espíritu conciliador, pero si estos se

ven ahogados por el fanatismo de los Ulemas, el islamismo perecerá, y

para creerlo así, tenemos dos razones evidentes; la primera es que la

civilizacion moderna no desea que los antiguos cultos mueran del todo;

la segunda es que no tolerará que entorpezcan su marcha las antiguas

instituciones religiosas. Á estas no les queda más recurso sino ceder ó

morir.

En cuanto á la religion pura, que pretende precisamente no ser una

secta ni una iglesia aparte, ¿por qué se ha de colocar en una posicion

que puede ofrecerle muchos inconvenientes y ninguna ventaja? ¿Por qué

ha de enarbolar bandera contra bandera, sabiendo que la salvacion

es posible á todos y por todas partes, y que depende del grado de

virtud de cada uno? No es extraño que el protestantismo provocara una

encarnizada guerra en el siglo XVI: el protestantismo partia de una fé

muy absoluta, y lejos de debilitar el dogmatismo, la reforma señaló

un renacimiento del espíritu cristiano, el más rígido que pudiera

conocerse. El movimiento del siglo XIX, por el contrario, parte de

un sentimiento que es la inversa del dogmatismo, y conducirá, no á

formar sectas ó iglesias separadas, sino á dulcificar aquellas. Las

divisiones aumentan el fanatismo de la ortodoxia provocando reacciones:

los Luteros y los Calvinos produjeron los Caraffa; los Ghislieri dieron

ejemplo á los Loyolas y á Felipe II. Si nuestra iglesia nos rechaza, no

hagamos recriminaciones; sepamos apreciar la dulzura de las costumbres

modernas que ha hecho impotentes esos ódios; consolémonos al pensar

en esa iglesia invisible que encierra los santos excomulgados, las

más hermosas almas de cada siglo. Los desterrados de una iglesia, son

siempre los elegidos porque se anticipan á los tiempos; el hereje de

hoy es el ortodoxo del porvenir. ¿Y qué es por otra parte la excomunion

de los hombres? El Padre celestial no excomulga más que á los corazones

duros y mezquinos: si el sacerdote rehusa admitirnos en su cementerio,

prohibamos á nuestras familias reclamar; Dios es quien juzga; la tierra

es una buena madre que no establece diferencias; el cadáver del hombre

honrado que se entierra en un rincon no bendecido, lleva la bendicion

consigo.

Á no dudarlo hay situaciones en que es difícil la aplicacion de estos

principios: hay personas adictas en cierto modo á la fé absoluta, y al

decir esto, quiero hablar de los hombres sujetos á las órdenes sagradas

ó revestidos de un órden sacerdotal, pero aun en este caso, un alma

noble y hermosa puede salir de apuro. Si un digno cura de aldea llega á

comprender, merced á sus estudios solitarios ó á la pureza de su vida,

las imposibilidades del dogmatismo literal ¿por qué ha de contristar á

los que ha consolado hasta entonces, explicando á las gentes sencillas

cambios que estas no pueden comprender? ¡No quiera Dios que así

suceda! No hay dos hombres en el mundo que tengan precisamente los

mismos deberes que cumplir. El buen obispo Colenso dió una prueba de

honradez, sin ejemplo en la iglesia, al escribir sus dudas tan pronto

como le ocurrieron; pero el humilde sacerdote católico que se halla en

un país donde predomina un espíritu apocado y tímido, debe callarse.

¡Oh, cuántas tumbas discretas de las que se encuentran al rededor de

las iglesias de un pueblo, ocultan poéticos secretos y angelicales

silencios!

La teoría no es la práctica: lo ideal debe ser siempre lo ideal; debe

temer contaminarse al contacto de la realidad. No se hacen grandes

cosas sino teniendo ideas estrictamente fijas, pues la capacidad humana

es una cosa limitada; el hombre que no tuviese ninguna preocupacion

seria impotente. Disfrutemos de la libertad de los hijos de Dios,

pero no seamos cómplices de la disminucion de virtud que amenazaria

á nuestras sociedades si el cristianismo llegara á debilitarse. ¿Qué

seriamos sin esto? ¿Quién reemplazaria á esas grandes escuelas tales

como la de San Sulpicio; á ese ministerio de abnegacion de las Hijas

de la Caridad? ¿Cómo no temer la ceguedad del corazon y los males que

invadirian el mundo? Nuestra disidencia con las personas que creen

en las religiones positivas, no es, despues de todo, sino puramente

científica; por el corazon, estamos con ellas; solo tenemos un enemigo

que tambien es el suyo, y al decir esto, me refiero al materialismo

vulgar, á la bajeza del hombre interesado.

Así pues, ¡paz en el nombre de Dios! Que vivan el uno al lado del

otro los diversos órdenes de la humanidad, no falseando su propio

genio para hacerse concesiones recíprocas, que los debilitarian, sino

apoyándose mútuamente. Nada debe reinar aquí bajo exclusivamente;

ninguna fuerza debe hallarse en estado de suprimir las demás. La

armonía de la humanidad resulta de la libre emision de las notas

más discordantes; que la ortodoxia consiga matar á la ciencia, y ya

sabemos lo que sucederá; el mundo musulman y la España mueren por haber

contribuido harto concienzudamente á la realizacion de este hecho. Si

el mundo se dejara gobernar por el racionalismo, sin consideracion á

las necesidades religiosas del alma, ahí está la experiencia de la

Revolucion francesa para decirnos cuáles serian las consecuencias

de semejante falta. El instinto del arte llevado al último extremo,

pero sin honradez, convirtió á la Italia del renacimiento en un lugar

peligroso. El fastidio, la vanidad y el atraso, son el castigo de

ciertos países protestantes donde, bajo el pretexto del buen sentido

y del espíritu cristiano, se ha suprimido el arte y reducido la

ciencia de una manera mezquina. Lucrecia y Santa Teresa, Aristófanes

y Sócrates, Voltaire y Francisco de Asís, Rafael y Vicente de Paul,

tienen igualmente su razon de ser, y la humanidad seria defectuosa si

faltara uno solo de los elementos que la componen.

Los Apóstoles · 第 4 / 43 题