_Del cuarto Rey Izcoátl, y de la guerra contra los Tepanécas._
Cuando estuvieron juntos todos los que se habian de hallar á la
eleccion, levantóse un viejo, tenido por gran Orador, y segun refieren
las historias, habló en esta manera: Fáltaos ¡ó Mejicanos! la lumbre de
vuestros ojos, mas no la del corazon, porque dado que habeis perdido
al que era luz y guia en esta República Mejicana, quedó la del corazon
para considerar, que si mataron á uno, quedaron otros que podrán suplir
muy aventajadamente la falta que aquél nos hace. No feneció aquí la
nobleza de Méjico, ni se acabó la sangre Real. Volved los ojos, y mirad
al derredor, y vereis en torno de vosotros la nobleza Mejicana puesta
en orden, no uno, ni dos, sino muchos y muy excelentes Príncipes, hijos
del Rey Acamapích, nuestro verdadero y legítimo Señor. Aqui podreis
escoger á vuestra voluntad, diciendo: éste quiero, y estotro no quiero,
que si perdísteis padre, aquí hallaréis padre y madre. Haced cuenta ¡ó
Mejicanos! que por breve tiempo se eclipsó el Sol, y se obscureció la
tierra, y que luego volvió la luz á ella. Si se obscureció Méjico con
la muerte de vuestro Rey, salga luego el Sol, elegid otro Rey, mirad á
quién, adonde echais los ojos, y á quién se inclina vuestro corazon,
que ese es el que elige vuestro Dios Vitzilipúztli; y dilatando mas
esta plática, concluyó el Orador con mucho gusto de todos. Salió de la
consulta elegido por Rey Izcoált, que quiere decir, culebra de navajas,
el cual era hijo del primer Rey Acamapích, habido en una esclava
suya; y aunque no era legítimo, le escogieron, porque en costumbres,
en valor y esfuerzo era el mas aventajado de todos. Mostraron gran
contento todos, y mas los de Tezcuco, porque su Rey estaba casado con
una hermana de Izcoált. Coronado, y puesto en su asiento Real, salió
otro Orador, que trató copiosamente de la obligacion que tenia el Rey
á su República, y del ánimo que habia de mostrar en los trabajos,
diciendo, entre otras razones, así: Mira que ahora estamos pendientes
de tí, ¿has por ventura de dejar caer la carga que está sobre tus
hombros? ¿Has de dejar perecer al viejo y á la vieja? ¿Al huérfano
y á la viuda? Ten lástima de los niños que andan gateando por el
suelo, los cuales perecerán, si nuestros enemigos prevalecen contra
nosotros. Ea, Señor, comienza á descoger y tender tu manto, para tomar
á cuestas á tus hijos, que son los pobres y gente popular, que están
confiados en la sombra de tu manto, y en el frescor de tu benignidad.
Y á este tono otras muchas palabras, las cuales, como en su lugar se
dijo, tomaban de coro para ejercicio suyo los mozos, y despues las
enseñaban como leccion á los que de nuevo aprendian aquella facultad
de Oradores. Ya entonces los Tepanécas estaban resueltos de destruir
toda la nacion Mejicana, y para el efecto tenian mucho aparato: por lo
cual el nuevo Rey trató de romper la guerra, y venir á las manos con
los que tanto les habian agraviado. Mas el comun del pueblo, viendo
que los contrarios les sobrepujaban en mucho número, y en todos los
pertrechos de guerra, llenos de miedo, fuéronse al Rey, y con gran
ahinco le pidieron, no emprendiese guerra tan peligrosa, que seria
destruir su pobre ciudad y gente. Preguntados, pues, qué medio querian
que se tomase, respondieron, que el nuevo Rey de Azcapuzálco era
piadoso, que le pidiesen paz, y se ofreciesen á servirle, y que los
sacase de aquellos carrizales, y les diese casas y tierras entre los
suyos, y fuesen todos de un Señor; y que para recabar esto, llevasen á
su Dios en sus andas por intercesor. Pudo tanto este clamor del pueblo,
mayormente habiendo algunos de los nobles aprobado su parecer, que
se mandaron llamar los Sacerdotes, y aprestar las andas con su Dios,
para hacer la jornada. Ya que esto se ponia á punto, y todos pasaban
por este acuerdo de paces, y sujetarse á los Tepanécas, descubrióse de
entre la gente un mozo de gentil brio, y gallardo, que con mucha osadía
les dijo: ¿Que es esto, Mejicanos? ¿Estáis locos? ¿Cómo tanta cobardía
ha de haber, que nos hemos de ir á rendir así á los de Azcapuzálco? y
vuelto al Rey le dijo: ¿Cómo, Señor, permites tal cosa? habla á ese
pueblo, y dile, que deje buscar medio para nuestra defensa y honor, y
que no nos pongamos tan necia y afrentosamente en las manos de nuestros
enemigos. Llamábase este mozo Tlacaellél, sobrino del mismo Rey, y fué
el mas valeroso Capitan, y de mayor consejo, que jamás los Mejicanos
tuvieron, como adelante se verá. Reparando, pues, Izcoált con lo que
el sobrino tan prudentemente le dijo, detuvo al pueblo, diciendo, que
le dejasen probar primero otro medio mas honroso y mejor. Y con esto
vuelto á la nobleza de los suyos, dijo: Aquí estais todos los que
sois mis deudos, y lo bueno de Méjico: el que tiene ánimo para llevar
un mensage mío á los Tepanécas, levántese. Mirándose unos á otros
estuviéronse quedos, y no hubo quien quisiese ofrecerse al cuchillo.
Entonces el mozo Tlacaellél, levantándose, se ofreció á ir, diciendo,
que pues habia de morir, que importaba poco ser hoy ó mañana, que
¿para cuál ocasion mejor se habia de guardar? que allí estaba, que le
mandase lo que fuese servido. Y aunque todos juzgaron por temeridad
el hecho, todavia el Rey se resolvió en enviarle, para que supiese
la voluntad y disposicion del Rey de Azcapuzálco, y de su gente,
teniendo por mejor aventurar la vida de su sobrino, que el honor de
su República. Apercibido Tlacaellél, tomó su camino, y llegando á las
guardias, que tenían órden de matar cualquier Mejicano que viniese, con
artificio les persuadió le dejasen entrar al Rey; el cual se maravilló
de verle, y oída su embajada que era pedirle paz con honestos medios,
respondió, que hablaria con los suyos, y que volviese otro dia por la
respuesta; y demandando Tlacaellél seguridad, ninguna otra le pudo dar,
sino que usase de su buena diligencia: con esto volvió á Méjico, dando
su palabra á los guardas de volver. El Rey de Méjico, agradeciéndole
su buen ánimo, le tornó á enviar por la respuesta, la cual, si fuese
de guerra, le mandó dar al Rey de Azcapuzálco ciertas armas para que
se defendiese, y untarle y emplumarle la cabeza, como hacian á hombres
muertos, diciéndole, que, pues no queria paz, le habian de quitar la
vida á él y á su gente. Y aunque el Rey de Azcapuzálco quisiera paz,
porque era de buena condicion, los suyos le embravecieron de suerte,
que la respuesta fué de guerra rompida. Lo cual oído por el mensagero,
hizo todo lo que su Rey le habia mandado, declarando con aquella
ceremonia de dar armas y untar al Rey con la uncion de muertos, que de
parte de su Rey le desafiaba. Por lo cual todo pasó ledamente el de
Azcapuzálco, dejándose untar y emplumar, y en pago dió al mensagero
unas muy buenas armas. Y con esto le avisó no volviese á salir por
la puerta del Palacio, porque le aguardaba mucha gente para hacerle
pedazos, sino que por un portillo, que habia abierto en un corral de
su Palacio, se saliese secreto. Cumpliólo así el mozo, y rodeando por
caminos ocultos, vino á ponerse en salvo á vista de las guardas. Y
desde allí los desafió, diciendo: ¡Há Tepanécas! ¡há Azcapuzálcas,
qué mal haceis vuestro oficio de guardar! pues sabed que habeis todos
de morir, y que no ha de quedar Tepanéca á vida. Con esto las guardas
dieron en él, y él se hubo tan valerosamente, que mató algunos de
ellos, y viendo que cargaba gente, se retiró gallardamente á su ciudad,
donde dió la nueva que la guerra era ya rompida sin remedio, y los
Tepanécas y su Rey quedaban desafiados.