_Del cuarto y último género de idolatría que usaron los Indios con
imágenes y estatuas, especialmente los Mejicanos._
Aunque en los dichos géneros de idolatría, en que se adoraban
criaturas, hay gran ofensa de Dios, el Espíritu Santo condena mucho
mas, y abomina otro linage de idólatras, que adoran solamente las
figuras é imágenes fabricadas por manos de hombres, sin haber en ellas
mas de ser piedras, palos, ó metal, y la figura que el artífice quiso
darles. Así dice el Sabio[24] de estos tales: Desventurados, y entre
los muertos se puede contar su esperanza, de los que llamaron Dioses
á las obras de las manos de los hombres, al oro, á la plata con la
invencion y semejanza de animales, ó la piedra inútil, que no tiene mas
de ser de una antigualla. Y va prosiguiendo divinamente contra este
engaño y desatino de los Gentiles, como tambien el Profeta Isaías y
el Profeta Jeremías y el Profeta Baruch y el Santo Rey David copiosa
y graciosamente disputan[25]. Y convendrá que el Ministro de Cristo,
que reprueba los errores de idolatría, tenga bien vistos y digeridos
estos lugares, y las razones que en ellos tan galanamente el Espíritu
Santo toca, que todas se reducen á una breve sentencia, que pone el
Profeta Oseas[26]: _El oficial fué el que le hizo, y así no es Dios;
servirá pues, para telas de arañas el becerro de Samaria_. Viniendo á
nuestro cuento, hubo en las Indias gran curiosidad de hacer Idolos y
pinturas de diversas formas y diversas materias, y á éstas adoraban
por Dioses. Llamábanlas en el Perú Guácas, y ordinariamente eran de
gestos feos y disformes, á lo menos las que yo he visto, todas eran
así. Creo, sin duda, que el demonio, en cuya veneracion las hacian,
gustaba de hacerse adorar en figuras mal agestadas. Y es así en efecto
verdad, que en muchas de estas Guácas, ó Idolos, el demonio hablaba y
respondia, y los Sacerdotes y Ministros suyos acudian á estos oráculos
del padre de las mentiras; y cual él es, tales eran sus consejos y
avisos y profecías. En donde este género de idolatría prevaleció mas
que en parte del mundo, fué en la Provincia de Nueva-España, en la
de Méjico y Tezcúco, y Tlascála y Cholúla, y partes convecinas de
aquel Reino. Y es cosa prodigiosa de contar las supersticiones que
en esta parte tuvieron; mas no será sin gusto referir algo de ellas.
El principal Idolo de los Mejicanos, como está arriba dicho, era
Vitzilipuztli: esta era una estatua de madera entretallada en semejanza
de un hombre sentado en un escaño azul fundado en unas andas, y de cada
esquina salia un madero con una cabeza de sierpe al cabo: el escaño
denotaba que estaba sentado en el Cielo. El mismo Idolo tenia toda la
frente azul, y por encima de la nariz una venda azul, que tomaba de
una oreja á otra. Tenia sobre la cabeza un rico plumage de hechura de
pico de pájaro: el remate de él de oro muy bruñido. Tenia en la mano
izquierda una rodela blanca con cinco piñas de plumas blancas puestas
en cruz: salia por lo alto un gallardete de oro, y por las manijas
cuatro saetas, que segun decian los Mejicanos, les habian enviado del
Cielo para hacer las hazañas que en su lugar se dirán. Tenia en la mano
derecha un báculo labrado á manera de culebra, todo azul ondeado. Todo
este ornato, y el demas, que era mucho, tenia sus significaciones,
segun los Mejicanos declaraban. El nombre de Vitzilipuztli quiere decir
siniestra de pluma relumbrante. Del templo superbísimo, y sacrificios
y fiestas y ceremonias de este gran Idolo se dirá abajo, que son
cosas muy notables. Solo digo al presente, que este Idolo vestido y
aderezado ricamente estaba puesto en un altar muy alto en una pieza
pequeña, muy cubierta de sábanas, de joyas, de plumas y de aderezos
de oro, con muchas rodelas de pluma, lo mas galana y curiosamente que
ellos podian tenerle, y siempre delante de él una cortina para mayor
veneracion. Junto al aposento de este Idolo habia otra pieza menos
aderezada, donde habia otro Idolo que se decia Tlalóc. Estaban siempre
juntos estos dos Idolos, porque los tenian por compañeros, y de igual
poder. Otro Idolo habia en Méjico muy principal, que era el Dios de
la penitencia, y de los jubileos y perdon de pecados. Este Idolo se
llamaba Tezcatlipúca, el cual era de una piedra muy relumbrante, y
negra como azabache, vestido de algunos atavíos galanos á su modo.
Tenia zarcillos de oro y de plata, en el labio bajo un cañutillo
cristalino de un geme de largo, y en él metida una pluma verde, y
otras veces azul, que parecia esmeralda ó turquesa. La coleta de los
cabellos le ceñia una cinta de oro bruñido, y en ella por remate una
oreja de oro con unos humos pintados en ella, que significaban los
ruegos de los afligidos y pecadores, que oia cuando se encomendaban á
él. Entre esta oreja y la otra salian unas garzotas en grande número:
al cuello tenia un joyel de oro colgado, tan grande, que le cubria todo
el pecho: en ambos brazos brazaletes de oro: en el ombligo una rica
piedra verde: en la mano izquierda un mosqueador de plumas preciadas
verdes, azules, amarillas, que salian de una chapa de oro reluciente
muy bruñido, tanto, que parecia espejo: en que daba á entender, que
en aquel espejo veía todo lo que se hacía en el mundo. A este espejo
ó chapa de oro llamaban Itlacheaya, que quiere decir, su mirador.
En la mano derecha tenía cuatro saetas, que significaban el castigo
que por los pecados daba á los malos. Y así al Idolo que mas temian,
porque no les descubriesen sus delitos, era éste, en cuya fiesta, que
era de cuatro á cuatro años, habia perdon de pecados, como adelante
se relatará. A este mismo Idolo Tezcatlipúca tenian por Dios de las
sequedades, hambres, esterilidad y pestilencia. Y así le pintaban en
otra forma, que era asentado con mucha autoridad en un escaño rodeado
de una cortina colorada labrada de calaveras y huesos de muertos. En la
mano izquierda una rodela con cinco piñas de algodon, y en la derecha
una vara arrojadiza, amenazando con ella; el brazo muy estirado, como
que la queria ya tirar. De la rodela salian cuatro saetas: el semblante
airado: el cuerpo untado todo de negro: la cabeza llena de plumas de
codornices. Eran grandes las supersticiones que usaban con este Idolo,
por el mucho miedo que le tenian. En Cholula, que es cerca de Méjico,
y era república por sí, adoraban un famoso Idolo, que era el Dios de
las mercaderías, porque ellos eran grandes mercaderes; y hoy dia son
muy dados á tratos: llamábanle Quetzaalcoátl. Estaba este Idolo en una
gran plaza, en un templo muy alto. Tenia al derredor de sí oro, plata,
joyas y plumas ricas, ropas de mucho valor, y de diversos colores. Era
en figura de hombre, pero la cara de pájaro, con un pico colorado, y
sobre él una cresta y berrugas, con unas rengleras de dientes, y la
lengua de fuera. En la cabeza una mitra de papel puntiaguda pintada:
una hoz en la mano, y muchos aderezos de oro en las piernas, y otras
mil invenciones de disparates, que todo aquello significaba, y en
efecto le adoraban, porque hacía ricos á los que queria, como el otro
Dios Mamón, ó el otro Plutón. Y cierto el nombre que le daban los
Cholulanos á su Dios, era á propósito, aunque ellos no lo entendian.
Llamábanle Quetzaalcoátl, que es culebra de pluma rica, que tal es
el demonio de la codicia. No se contentaban estos bárbaros de tener
dioses, sino que tambien tenian sus diosas, como las fábulas de los
Poetas las introdujeron, y la ciega gentilidad de Griegos y Romanos
las veneraron. La principal de las diosas que adoraban, llamaban Tozi,
que quiere decir, nuestra abuela, que segun refieren las historias de
los Mejicanos, fué hija del Rey de Culhuacán, que fué la primera que
desollaron por mandado de Vitzilipuztli, consagrándola de esta arte por
su hermana; y desde entonces comenzaron á desollar los hombres para los
sacrificios, y vestirse los vivos de los pellejos de los sacrificados,
entendiendo que su Dios se agradaba de ello; como tambien el sacar los
corazones á los que sacrificaban, lo aprendieron de su Dios, cuando él
mismo los sacó á los que castigó en Tula, como se dirá en su lugar.
Una de estas diosas, que adoraban, tuvo un hijo grandísimo cazador,
que despues tomaron por dios los de Tlascála, que fué el bando opuesto
á los Mejicanos, con cuya ayuda los Españoles ganaron á Méjico. Es la
provincia de Tlascala muy aparejada para caza, y la gente muy dada á
ella, y asi hacian gran fiesta. Pintan al Idolo de cierta forma, que no
hay que gastar tiempo en referirla; mas la fiesta que le hacian, es muy
donosa. Y era así, que al reir del alba tocaban una bocina, con que se
juntaban todos con sus arcos y flechas, redes y otros instrumentos de
caza, é iban con su Idolo en procesion, y tras ellos grandísimo número
de gente á una sierra alta, donde en la cumbre de ella tenian puesta
una ramada, y en medio un altar riquísimamente aderezado, donde ponían
al Idolo. Yendo caminando con el gran ruido de bocinas, caracoles,
flautas, y atambores llegados al puesto, cercaban toda la falda de
aquella sierra al derredor, y pegándole por todas partes fuego, salian
muchos y muy diversos animales, venados, conejos, liebres, zorras,
lobos, &c., los cuales iban hácia la cumbre, huyendo de el fuego; y
yendo los cazadores tras ellos con grande grita y vocería, tocando
diversos instrumentos, los llevaban hasta la cumbre delante del Idolo,
donde venia á haber tanta apretura en la caza, que dando saltos, unos
rodaban, otros daban sobre la gente y otros sobre el altar, con que
había grande regocijo y fiesta. Tomaban entonces grande número de caza,
y á los venados y animales grandes sacrificaban delante de el Idolo,
sacándoles los corazones con la ceremonia que usaban en los sacrificios
de los hombres. Lo cual hecho, tomaban toda aquella caza á cuestas,
y volvíanse con su Idolo por el mismo órden que fueron, y entraban en
la ciudad con todas estas cosas muy regocijados, con grande música de
bocinas y atabales, hasta llegar al templo, adonde ponian su Idolo
con muy gran reverencia y solemnidad. Ibanse luego todos á guisar las
carnes de toda aquella caza, de que hacian un convite á todo el pueblo;
y despues de comer hacian sus representaciones y baile delante de el
Idolo. Otros muchos dioses y diosas tenian con gran suma de Idolos, mas
los principales eran en la nacion Mejicana y en sus vecinas, los que
están dichos.