Son las diez de la noche: la ciudad está en silencio i sus calles
desiertas.
Tres mujeres se ven atravesar con paso ajitado i sin hacer ruido alguno.
Pasan el arroyo que separa a San Francisco de la vereda del sur.
Al llegar a cierto paraje, donde se encuentran algunos avellanos
silvestres que se empinan jigantescos, robustos e inmobiles, una de
ellas se arroja de rodillas a los piés de una de las otras.
--Aquí es, doña Ines, la dice, ¡¡donde debeis darme vuestro perdon!!...
Doña Ines la levanta i sollozando le responde: ¡Dios te perdone!...
En aquel sitio habian caido la noche anterior don Francisco de Rojas,
don Juan de Silva i don Miguel de Erauso.
Las tres se arrodillan de nuevo: pasan algunos momentos durante los
cuales el aura lleva algunos suspiros ardientes i varias palabras
misteriosas, i las tres continúan su camino. Trasmontan la colina en que
estaba la Hermita i desaparecen.
En las altas horas de la noche, se ven tres jinetes acercándose al
Biobio, que en aquellos momentos está abundante i majestuoso por el
flujo de la mar. Cruzan la ancha ribera i llegan a la orilla, en que las
aguas jugueteaban silenciosas. Eran las mismas mujeres que ántes habian
salido de la ciudad.
Allí está un hombre con un caballo enjaezado i algunas armas en la mano.
Una de las mujeres arroja su traje, se ciñe la espada i dando un abrazo
mudo i tierno a cada una de sus compañeras, monta el corcel i se
precipita a las ondas.
Las dos que quedan en la orilla miran con solicitud a la que se
retira...
Ya no se ve mas que un punto negro allá a lo léjos, en la superficie de
las aguas, que reflejan las estrellas de los cielos.
El punto desaparece: no se oye mas que el murmurio de las corrientes que
juguetean en las arenas. Las dos se postran i rezan...
Despues de una prolongada angustia, se oye en la ribera opuesta un tiro
de arcabuz.
Esa señal significa que se ha salvado la _Monja Alferez_.