INTERLOCUTORES

_Albanio._--_Antonio._--_Jerónimo._

ALBANIO.--Á buena hora llegamos, que

aquél es Antonio, que agora llega á la

puerta del jardín. No ha faltado punto de

su palabra.

JERÓNIMO.--Paréceme que, dexando la calle

principal de los chopos, se va por otro

camino rodeando.

ALBANIO.--El rodeo es tan sabroso que

no se siente, porque toda esta arboleda

que veis es de muy hermosas y diferentes

frutas, las cuales no tienen otra guarda

más de estar aparejadas para los que

quisieren aprovecharse y gustar dellas.

Toda esta espesura que miráis produce

fructo en muy gran abundancia, y los

más de los árboles que están en este

tan hondo valle son provechosos. Mirad

qué dos calles estas que parescen dos

caminos hechos en alguna cerrada y muy

espesa floresta, y de la mesma manera va

otra calle por la otra parte. Por cierto

deleitosa y muy suave cosa es gozar en

las frescas mañanas deste caloroso tiempo

de tan grande y agradable frescura como

aquí se muestra.

JERÓNIMO.--¿Qué puerta grande es ésta que

aquí vemos?

ALBANIO.--Una puerta trasera por donde se

entra al jardín, y es la mesma que vimos

cabe la fuentecilla, cerca del estanque.

JERÓNIMO.--Agora entiendo lo que decís;

porque lo he visto, pero no veo á

Antonio. ¿Dónde se podrá haber escondido?

ALBANIO.--Acá en la huerta de los olivos,

que poco ha era otro laberinto fabricado

por otra mano de Dédalo.

JERÓNIMO.--¿Por qué lo deshicieron?

ALBANIO.--Porque no hallaron al minotauro

que en él estuviese encerrado.

JERÓNIMO.--Bueno estoy yo entre un

filósofo y un poeta. Cada día podré

aprender cosas nuevas.

ALBANIO y JERÓNIMO.--Buenos días, señor

Antonio.

ANTONIO.--Seáis, señores, bien venidos,

que con temor estaba de vuestra tardanza.

Parésceme que no solamente llegamos á un

tiempo, pero que todos venimos con una

intención: vosotros de oir el fin de lo

que ayer aquí tratamos, y yo de decir lo

que dello siento, á lo cual me habéis

dado mayor ocasión con la salutación

que me hecistes y con la que yo os he

respondido, que para los que agora

quieren ser honrados fuera una manera

de afrenta saludarlos, á su parecer,

tan bajamente. Y cuando esto contemplo,

parésceme que no puedo dejar de seguir

la opinión de Demócrito de reirme de su

ceguedad é locura. ¡Oh mundo confuso,

ciego y sin entendimiento, pues amas

y quieres y buscas y procuras todo lo

que es en perjuicio de ti mesmo! Si no

entendemos lo que hacemos, es muy grande

la ceguera y iñorancia, por la cual no

se puede excusar el peccado; y si lo

entendemos y no lo remediamos, viendo

el yerro que hacemos, ninguna excusa

nos basta; y declarándome más, digo que

solían en otros tiempos saludarse las

gentes con bendiciones y rogando á Dios,

diciendo: Dios os dé buenos días; Dios

os dé mucha salud; Dios os guarde; Dios

os tenga de su mano; manténgaos Dios;

y agora, en lugar desto y de holgarnos

de que así nos saluden, sentímonos

afrentados de semejantes salutaciones, y

teniéndolas por baxeza nos despreciamos

dellas. ¿Puede ser mayor vanidad y locura

que no querer que nadie ruegue á Dios

que nos dé buenos días ni noches, ni que

nos dé salud, ni que guarde, mantenga,

y que en lugar dello nos deleitemos con

un besa las manos á vuestra merced? Que

si bien consideramos lo que decimos, es

muy gran necedad decirlo, mintiendo á

cada paso, pues que nunca las besamos,

ni besaríamos, aunque aquel á quien

saludamos lo quisiese. Por cierto cosa

justa sería que agora nos contentásemos

nosotros con lo que en los tiempos

pasados se satisfacían los emperadores,

los reyes y príncipes, que con esta

palabra «á ver» se contentaban, porque

quiere decir tanto como Dios os salve;

y como paresce por las corόnicas

antiguas y verdaderas, á los reyes de

Castilla aún no ha mucho tiempo que les

decían: «manténgaos Dios» por la mejor

salutación del mundo. Agora, dexadas las

nuevas formas y maneras de salutaciones

que cada día para ellos se inventan

y buscan, nosotros no nos queremos

contentar con lo que ellos dexaron, y

es tan ordinaria esta necedad de decir

que besamos las manos, que á todos

comprende generalmente, y dexando las

manos venimos á los pies, de manera que

no paramos en ellos ni aun pararemos en

la tierra que pisan, y, en fin, no hay

hombre que se los descalce para que se

los besen, y todo se va en palabras vanas

y mentirosas, sin concierto y sin razón.

ALBANIO.--Como caballo desenfrenado

me paresce que os vais corriendo sin

estropezar, por hallar la carrera muy

llana. Decidme: al emperador, á los

reyes, á los señores, á los obispos, á

los perlados, ¿no les besan también las

manos de hecho como de dicho? Y al Summo

Pontífice, ¿no le besan los pies? Luego

mejor podrían decir los que lo hacen que

no hacerlo.

ANTONIO.--Antes á esos, como vos decís,

se besan sin que se digan, y oblíganos

la razón por la superioridad que sobre

nosotros tienen, y cuando no lo podemos

hacer por la obra, publicámoslo en las

palabras, como lo haríamos pudiendo. Mas

acá entre nosotros, cuando uno dice á

otro que le besa las manos, ¿besárselas

ya si se las diese?

ALBANIO.--No por cierto, antes le

tendrían por nescio y descomedido si

le pediese que cumpliese por obra las

palabras.

ANTONIO.--Pues ¿para qué mentimos? ¿Para

qué publicamos lo que no hacemos? ¿Y

para qué queremos oir lisonjas y no

salutaciones provechosas? ¿Qué provecho

me viene á mí de que otro me diga que me

besa las manos y los pies?

JERÓNIMO.--Yo os lo diré, que en decirlo

parescerá recognosceros superioridad y

estimaros en más que á sí, teniéndose en

menos por teneros á vos en más.

ANTONIO.--Mejor dixérades por ser pagado

en lo mesmo, que si uno dice que os besa

las manos, no digo siendo más, sino

siendo menos, no siendo la diferencia

del uno al otro en muy gran cuantidad,

si no le respondéis de la mesma manera,

luego hace del agraviado y lo muestra en

las palabras y obras si es necesario,

buscando rodeos y formas para igualarse y

para no tener más respeto ni acatamiento

del que se les tuviere; y, en fin, todos

se andan á responder, como dicen, por

los consonantes, y el oficial en esto

quiere ser igual con el hidalgo diciendo

que no le debe nada, y el hidalgo con el

caballero, y el caballero con el gran

señor, y todo esto porque es tan grande

la codicia y ambición de la honra, que

no hay ninguno que no querría merecer

la mayor parte, y no la meresciendo,

hurtarla ó robarla por fuerza, como á

cosa muy codiciosa. Y tornando á lo

pasado, es muy mal trueque y cambio el

que habemos hecho del saludar antiguo

al que agora usamos. Por menosprecio

decimos á uno: en hora buena vais,

vengáis en buena hora, guárdeos Dios, y

si no es á nuestros criados ó á personas

tan baxas y humildes que no tienen

cuenta con ello, no osaríamos decirlo,

siendo tanto mejor y más provechoso que

lo que decimos á otros, cuanto podrá

entender cualquiera que bien quisiese

considerarlo. Gran falta es la que hay

de médicos evangélicos para curar tan

general pestilencia, la cual está ya

tan corrompida y inficcionada, que sólo

Dios basta para el remedio della; antes

va el mundo tan de mal en peor, que si

viviésemos muchos tiempos veríamos otras

diferentes novedades, con que tendríamos

por bueno lo de agora.

ALBANIO.--Por ventura con el tiempo

vendrá el mundo á conoscer lo bueno que

ha dexado, y dexará lo malo que agora se

usa, porque muchas cosas se usan que se

pierden, y después el tiempo las vuelve

al primer estado. Pero ¿no me diréis de

que os estáis reyendo?

ANTONIO.--De otra vanidad tan grande

como la pasada; y también me río de mí

mesmo, que no dexaría de picar en ella

conosciendo que es locura, como lo hacían

todos los otros del mundo.

JERÓNIMO.--Pues luego no pongáis culpa á

los otros, que el que quiere en alguna

cosa reprehender á su próximo ha de estar

en ella disculpado.

ANTONIO.--Con una razón podré

disculparme: que á lo menos conozco y

siento el yerro que hago.

ALBANIO.--Esso sólo basta para teneros

por más culpado; porque si vos

conosciendo que erráis no os apartáis

del yerro, menos razón tendrán los que,

errando, tienen por cierto que aciertan,

y así el primero á quien habéis de

reprehender es á vos mesmo y conoscer que

estoy dignamente debajo de la bandera

desta locura.

ANTONIO.--No sé cuál tenga por mayor

yerro, seguir común opinión y parescer

de todos ó quererme yo solo extremarme

para ser notado de todo el mundo, y assí

pienso por agora no me apartar de la

compañía donde entran buenos y malos,

sabios y necios; y por no teneros más

suspensos, digo que es cosa para mirar y

contemplar los títulos y cortesías que

se usan en el escrebir. Solían en los

tiempos antiguos llamar á un emperador

ó un rey escribiéndole, por la mayor

cortesía que podían decir, «vuestra

merced», y cuando lo decían era con

haberle dicho cient veces un «vos» muy

seco y desnudo. Después, por muy gran

cosa le vinieron á llamar «señoría», y

agora ya no les basta «alteza», que otros

títulos nuevos y exquisitos se procuran,

subiendo tan cerca de la divinidad que

no están á un salto del cielo; y en los

emperadores y reyes podríase sufrir, por

la dignidad que tienen y principalmente

por la que representan, pero comenzando

abaxo por los inferiores veréis cosas

notables. A los mesmos reyes que he

dicho, en las cartas ó peticiones ó

escrituras solían poner noble ó muy noble

rey, muy virtuoso señor. Agora no hay

hombre que, si se estima en algo, no

quiera ser noble ni virtuoso.

JERÓNIMO.--Eso debe de ser porque hay

poca virtud y nobleza en el mundo, que

todo se ha subido al cielo. Pero decidme,

¿qué es lo que quieren ser?

ANTONIO.--Magníficos ó muy magníficos,

aunque en Valencia y Cataluña se tiene

por más ser noble que magnífico;

mas andan á uso de acá los que no

siendo nobles se precian de título

de magníficos, y muchos de los que

lo quieren, maldita la liberalidad

que usaron, ni grandeza hicieron, y

por ventura son los mayores míseros y

desventurados que hay en el mundo.

ALBANIO.--¿Luego quieren que mientan como

los otros que dicen que besan los pies ó

las manos?

ANTONIO.--Eso mesmo es lo que procuran,

y si usasen alguna liberalidad ó

magnificencia con quien se lo llama y

escribe, tendría razón para ello. Y

dexando á éstos, que es la gente que

presume y tiene algún ser para ello y

para poderse estimar, los señores y

grandes á quien solían escrebir, por

título, muy sublimado, muy magnífico,

agora ya lo tienen por tan baxo que se

afrentan y deshonran dello.

JERÓNIMO.--Tienen razón, porque se han

dado á no hacer ya merced ninguna,

y lo que peor es, que se precian

dello, y así quieren dexar este título

para los señores pasados que usaron

magnificencias, y ellos tomar otros

nuevos y que más les convengan.

ANTONIO.--Llámanse ilustres y muy

ilustres y illustrísimos.

ALBANIO.--No puedo entender qué quieren

decir esos nombres.

ANTONIO.--Lo que ellos quieren que

diga es que son muy claros, muy

resplandecientes en linaje y en obras.

ALBANIO.--Bien es que lo quieran los que

lo son; pero los que no lo fueren, poca

razón tienen de quererlo y usurpar los

títulos ajenos; y lo que me paresce mal

es que los perlados, que vemos ser hijos

de humildes padres y labradores y que se

hicieron con ser venturosos del polvo de

la tierra, se agravien si no les llaman

illustres y muy illustres, dexando los

títulos que más les convienen.

ANTONIO.--Yo os diré la causa y la razón

que tienen para ello, la cual es que,

como los solían llamar muy reverendos

ó reverendísimos, que quiere decir

tanto como dignos de ser acatados y

reverenciados, y ellos por el linaje y

obras no lo sean, no quieren que mintamos

tanto, teniendo por menor mentira que

los llamemos illustres, y ya que sea tan

grande, quieren el título que les paresce

ser más honrado cuanto á la vanidad del

mundo, y en fin, esto durará muy pocos

días, que ya, como todos los hijos de

señores y de otras personas señaladas

quieren y procuran el illustre y muy

illustre, otros nuevos títulos hemos de

buscar para los otros.

JERÓNIMO.--Ya los hay, porque ya en

España se comienza á usar el excelente,

muy excelente, sereníssimo, y en lugar de

señoría se llama «excelencia».

ANTONIO.--Decís verdad, que no me

acordaba, aunque esos títulos no están

bien confirmados; pero yo fiador que los

que vivieren muchos años vean que de la

excelencia suben á la alteza.

JERÓNIMO.--¿Y qué quedará para los reyes?

ANTONIO.--No faltará algo de nuevo, y

por ventura volverán á dar vuelta al

mundo y se tornar á llamar virtuosos y

nobles, y por alteza nobleza; y esto

sería acertamiento, que todo esto otro

son vanidades y necedades, y lo que pior

es, que todos cuantos las escrebimos,

las damos firmadas de nuestros nombres.

Assí lo hacen también los señores que,

escrebiendo á los inferiores dellos, á

unos llaman parientes, á otros parientes

señores, y á otros nombres de parentesco,

sin haber entre ellos ninguno, ante los

quieren hacer sus parientes porque se

tenga en ellos por grandeza llamarlos

parientes, por ser más cosa magnífica

el dar que el recibir, siendo tan gran

mentira y tan manifiesta, y no piensan

que es peccado venial mentir á cada paso,

y no tienen cuenta con que no es lícito

el mentir, ni aun por salvar la vida del

hombre.

JERÓNIMO.--No llaman á todos parientes ni

primos, que algunos llaman singulares ó

especiales amigos.

ANTONIO.--También mienten en esto,

porque, según dice Tulio en el _De

amicicia_: La amistad ha de ser entre los

iguales, y como no lo sean, aquel á quien

escriben no puede ser su amigo singular.

¿Queréislo ver? Si el criado ó el vasallo

llamase al señor amigo, permitirlo

ia? No por cierto, y assí no se puede

llamar amistad la que hay entre ellos;

y si no es amistad, no se pueden llamar

propiamente amigos.

ALBANIO.--De essa manera ¿no dexáis

título ninguno con que los señores puedan

escribir á los criados y vasallos y otros

inferiores?

ANTONIO.--No faltan títulos si ellos

quieren escribirlos, y más propios que

los escriben. A los criados escribirles:

á mi criado, á mi fiel criado, á mi

humilde criado, á mi buen criado Fulano.

A los que no lo son: al honrado, al

virtuoso, al muy virtuoso, y otras

maneras que hay de escribir; que no

parezcan desatinos, y de los malos usos

que en él se han introducido que tendrán

por mayor desatino este que digo.

JERÓNIMO.--No tengáis dubda desso.

ANTONIO.--Como quiera que sea diga yo

la verdad en tiempo y lugar, y el mundo

diga y haga lo que quisiere, y porque no

paremos aquí, os quiero decir otra cosa

no poco digna de reirse como desatino y

ceguera, que á mí me tiene admirado que

las gentes no la destierren del mundo

como á simpleza, que los brutos animales

(si bastase su capacidad á entenderla),

burlarían de nosotros y della.

JERÓNIMO.--¿Y qué cosa es essa?

ANTONIO.--La que agora se usa en los

estornudos, que como sabéis es aquella

tan espantable y terrible pestilencia

que hubo en la ciudad de Roma siendo

pontífice San Gregorio, cuando las gentes

estornudaban, se caían luego muertos, y

assí los que los vían estornudar decían:

Dios os ayude, como á personas que se

les acababa la vida, y de aquí quedó en

uso, que después á todos los que vían

estornudar los que se hallaban presentes

les ayudaban con estas buenas palabras;

pero agora, en lugar desto, cuando alguna

persona á quien seamos obligados á tener

algún respeto estornuda, y aunque sea

igual de nosotros, le quitamos las gorras

hasta el suelo, y si tienen alguna más

calidad, hacemos juntamente una muy gran

reverencia, ó por mejor decir necedad,

pues que no sirve de nada para el

propósito, ni hay causa ni razón para que

se haga.

JERÓNIMO.--A lo menos servirá para que

vos burléis della, y por cierto muy

justamente, porque esta es una de las

mayores simplezas y necedades del mundo,

y mayor porque caen en ella los que

presumen de más sabios, que los simples

labradores y otras gentes de más poco

valor están en lo más cierto, pues que

dexando de hacer las reverencias se dicen

unos á otros: Dios os ayude; palabras

dignas de que los señores y príncipes

no se desdeñasen de oirlas, antes están

obligados á mandar á los criados y

súbditos que con ellas los reverencien y

acaten cuando estornudaren.

ANTONIO.--Así habrá de pasar esta necedad

como otras muchas, porque el uso della

se ha convertido en ley que se guarda

generalmente en todas partes, aunque le

queda sólo el remedio de su invencion,

que ya sabéis que al nombre de Jesús

se debe toda reverencia, y es cierto

que cuando estornuda el que le quería

ayudar pronunciaba el nombre de Jesús,

y juntamente pronunciándole, quitaba

la gorra y hacía la reverencia por

reverencia de tan alto nombre; quedóse

la reverencia y dejóse de pronunciar

el nombre, y los señores reciben, no

sin gran culpa, para sí la reverencia

debida al diviníssimo nombre de Jesús, á

quien toda rodilla en el cielo y en la

tierra y en los abismos se debe humillar.

Digo, pues, que el remedio sería que se

usase pronunciar el nombre de Jesús, que

valiese al que estornuda, y entonces la

reverencia quedaría para el nombre y no

la usurparía el que no quisiese ser ídolo

terrenal y hacerle un emperador entre

manos.

ALBANIO.--Por cierto, señor Antonio, que

me parece que habéis dado en el blanco;

mas veo que no os habéis acordado en este

artículo de los flayres.

ANTONIO.--No pecan tan á rienda suelta en

esto, pero todavía tienen su punta, y los

que algo presumen les pesa si les llaman

vuestra reverencia, porque les paresce

que en esto les hacen iguales á todos.

JERÓNIMO.--¿Pues cómo quieren que les

llamen?

ANTONIO.--Vuestra paternidad ó vuessa

merced, como á los seglares.

ALBANIO.--No entiendo cómo sea esso, que

para hacer mercedes temporales todos los

flaires son pobres, por donde les está

mejor decirles padre fray Fulano que el

señor; ¿por qué quieren ser más llamados

señores que padres y no resciben con

buena voluntad el nombre de padres amando

la paternidad?

ANTONIO.--Así es, porque como siendo

flaires no dexen de ser hombres, aunque

no sea en todo en parte, siguen el camino

de los otros hombres en este artículo

de la cortesía; pero, al fin, del mal

en ellos hay lo menos y pluguiesse á

Dios que nosotros fuésemos como ellos,

que por malos que los extraordinarios

dellos sean, en la bondad nos hacen mucha

ventaja.

ALBANIO.--Bien me paresce que después de

descalabrados les lavéis la cabeza.

ANTONIO.--No os maravilléis, que he

comenzado á decir verdades, y para

concluir con ellas en esta materia que

tratamos, digo que considerando bien las

de las salutaciones y cortesías con los

títulos que se usan en el hablar y en el

escribir, es todo un gran desatino, una

ceguedad, una confusión, un genero de

mentiras sabrosas al gusto de los que las

oyen, y así no solamente no hay quien

las reprenda, pero todos las aman y las

quieren y procuran de hallarlas diciendo

lisonjas para que se las digan á ellos,

y todo para rescibir mayor honra en la

honra que no lo es, antes verdaderamente

deshonra, pues en ello no hay virtud,

ni género de virtud, ni nobleza; y bien

mirado, se podrían mejor decir las causas

torpes y feas y dignas de reprehensión

para que los que las hacen, y por medio

dellas quieren rescebir honra, se puedan

tener por afrentados y deshonrados.

ALBANIO.--Parésceme qué, conforme á esso,

no queréis dejar honra ninguna en el

mundo, porque no habiendo quién busque y

procure la honra por el camino que vos

decís, habráse deshecho la honra y no

quedaría sino sólo en nombre.

ANTONIO.--Engañaios, señor Albanio, que

no digo yo que haya algunos, aunque no

son muchos, que tengan honra y la hayan

ganado por la virtud y por las obras

virtuosas que han hecho sin mezcla de

las otras cosas que la destruyen y la

deshacen, y á estos tales hemos de tener

por dignos de ser honrados y acatados,

y aunque ellos no quieran la honra, se

la hemos nosotros de dar. Porque cuanto

más huyeren y se apartaren de querer la

vanagloria mundana, se dan á sí mesmos

mayor merecimiento para que nosotros les

demos la verdadera honra que merescen.

ALBANIO.--¿Sabéis, señor Antonio, que me

paresce que hiláis tan delgado esta tela

que se romperá fácilmente, porque todo

lo que decís es una verdad desnuda, y

conosciéndola vos tan bien y dándonosla

á conoscer no usáis della como la

platicáis? Mirad qué harán los que no lo

entienden y piensan que aciertan en lo

que hacen.

ANTONIO.--No os maravilléis deso, porque

me voy al hilo de la gente, que si tomase

nueva manera de hablar ó de escribir,

tendríanme por torpe y necio y mal

comedido, y por ventura de los amigos

haría enemigos, los cuales no juzgarían

mi intención sino mis palabras, y como

ayer dixe, esto he tratado con vosotros

como con verdaderos amigos y personas

que lo entendéis, aunque no bastemos á

poner remedio en estos desatinos. Pero

el tiempo, en que todas las cosas se

hacen y deshacen, truecan y mudan y se

acaban, por ventura traerá otro tiempo en

que á todos sea común lo que aquí hemos

tratado particularmente. Otras cosas se

pudieran tratar que agora por ser tarde

quiero dexarlas para cuando tengamos más

espacio, porque yo tengo necesidad de ir

á despachar cierto negocio.

ALBANIO.--¿Qué es lo que más puede

quedar de lo dicho para que la honra

que se piensa y tiene por tal quede más

puesta del lodo?

ANTONIO.--Una cuestión antigua y tratada

por muchos; sobre cuál tiene mayor y

mejor honra, el que la ha ganado por

el valor y merecimiento de su persona

ó el que la tiene y le viene por la

dependencia de sus pasados.

JERÓNIMO.--Delicada materia es esa,

y como decís que requiere más tiempo

para altercarla, y por saber si tenéis

otras nuevas razones sin las que sobre

ello están dichas, tengo deseo de oir

hablar en ello, y así os tomo la palabra

para que mañana á una hora del día

estemos aquí todos tres, que yo quiero

que no sea como estos dos días, porque

tendré proveído el almuerzo para que

mejor podamos pasar el calor cuando nos

volvamos á nuestras posadas.

ALBANIO.--Muy bien habéis dicho si así lo

hacéis, porque nos hemos venido dos veces

muy descuidados madrugando tan de mañana,

y no será mala fruta de postre acabar de

entender lo que el señor Antonio dirá

sobre esta cuestión, que yo aseguro que

no faltarán cosas nuevas.

ANTONIO.--A mí me place que vengamos por

ser convidados del señor Jerónimo, que en

lo demás poco podré decir que no esté ya

dicho; bastará referir y traer lo mejor y

más delicado dello á la memoria, poniendo

yo de mi casa lo que me paresciere. Y

agora comencemos á ir por esta calle de

árboles tan sombría.

JERÓNIMO.--No me holgara poco que assí

fuéramos siempre encubiertos de arboleda

hasta palacio, porque el sol va muy alto

y la calor comienza á picar; bien será

darnos prisa.

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 586 / 605 题