_Albanio._--_Antonio._--_Jerónimo._
ALBANIO.--Deleitable cosa es, sin duda,
Jerónimo mío, ver la frescura deste
jardín tan hermoso y la verdura, tan
apacible á los ojos, mezclada con las
diversas colores de las flores y rosas
que en ella produce la natura, con la
voluntad de Aquél que todas las cosas
hace, las cuales no solamente sirven al
contentamiento que la vista con ellas
recibe, sino que con la suavidad de
su olor nos hacen alzar los juicios
á la contemplación de mayores cosas,
considerando qué tal será lo del cielo
cuando en la tierra hallamos lo que en
tan gran admiración nos pone.
JERÓNIMO.--En gran manera me contenta
todo lo que veo, y principalmente esta
calle plantada de chopos, por tan gran
concierto, que no sale el uno del otro
con ser tan larga, siendo todos ellos
tan altos y veniéndose á juntar las
puntas los unos con los otros, como si
la naturaleza quisiera usar de todo su
poder hurtando la fuerza del sol para que
con menos pena y trabajo se pueda andar
por ella, teniendo mayor oportunidad
para tender los ojos por tan grande
arboleda como por una parte y por otra
paresce, habiendo en algunas partes tan
grandes espesuras que no lo puedo ver
sin venirme á la memoria las deleitosas
moradas y hermosas estancias de las que
los poetas llaman ninfas, y las florestas
de los faunos y sátiros de la ciega y
antigua gentilidad estimados por dioses.
Si su diosa Diana agora estuviera en el
mundo, no hallara más amenas y deleitosas
las florestas y bosques á donde andaba
cazando.
ALBANIO.--No lo digáis de burla, que de
veras podréis creerlo, porque dentro
deste cercado no faltará á quien poder
tirar con su arco ni en qué emplear las
saetas de su aljaba; pero todo lo que
habéis visto es poco con lo que veréis
entrando por esta puerta. Y, lo primero,
mirad esta hermosa casa y morada, no
menos suntuosa que bien fabricada para el
propósito que fué hecha, y la deleitosa
y bien ordenada compostura deste
deleitoso jardín, que es como ánima del
que allá fuera habemos visto; qué orden
de calles, qué plantas y hierbas tan
olorosas, qué sombras con sus descansos
y asientos á donde pueden gozarse, á lo
cual pone mayor contentamiento y alegría
la grandeza y suntuosidad del estanque
lleno de tantos géneros de pescados y tan
crescidos que cuasi lo podréis juzgar por
otro mar Caspio.
JERÓNIMO.--Así lo parece con las barcas
y navíos, á los cuales no falta sino la
grandeza.
ALBANIO.--Son conformes á la navegación
que tienen, que es muy corta y de poco
peligro.
JERÓNIMO.--Lo que más me aplace es la
dulce harmonía destos ruiseñores, que con
la excelente suavidad de su música me
tienen elevado tanto, que sin dubda no he
visto más deleitoso lugar en el mundo.
Pero, decidme: ¿por dónde sale el agua
que vimos venir al estanque cerca de la
puerta por donde entramos?
ALBANIO.--Allí donde está aquel chapitel
veréis una fuentecilla artificial por
donde corre y sale de la otra parte,
tomando la corriente por un valle más
espeso de arboleda que ninguna floresta,
en el cual se consume, recibiéndola en
sí la tierra para depedirla por otros
respiraderos, sin saber á dónde va á dar,
aunque á lo que se cree no puede ir á
parar sino en el caudaloso río que de la
otra parte tan cerca de las paredes del
jardín tiene su corriente.
JERÓNIMO.--¿Quién es aquel que de la otra
parte del estanque anda passeándose tan
embelesado y contemplativo que, á lo que
paresce, hasta agora ni nos ha visto ni
oído?
ALBANIO.--Antonio, nuestro grande
amigo, es, si yo no me engaño. Mejor
conversación se nos apareja de la que
pensamos.
JERÓNIMO.--En algún profundo pensamiento
anda metido, y entre sí se está riyendo
no con poca gana.
ALBANIO.--¿Qué es esto, señor Antonio,
que tan de mañana nos habéis hurtado el
gozo deste hermoso jardín?
ANTONIO.--La ociosidad hace buscar
algunas cosas en que pasar el tiempo,
y yo, no teniendo en qué emplearlo, me
he venido aquí adonde hay tanto para
todos, que la mayor falta que veo es
venir tan pocos á gozarlo. Y así, con la
soledad que tenía, distraído en otros
pensamientos, con el juicio no gozaba
tanto de lo que presente tenía.
ALBANIO.--Así me parece que os había
agora acaecido, porque de lo que
pensárades os estábades reyendo con tanta
voluntad, que por poco nos provocárades
también á nosotros á risa.
ANTONIO.--Estaba pensando en las
opiniones de aquellos dos filósofos,
Heráclito y Demócrito, y por no llorar,
como hacía Heráclito, acordé reirme con
Demócrito.
JERÓNIMO.--¿Y qué era la causa de la risa?
ANTONIO.--Ver la vanidad del mundo en una
cosa que, por no ser tenido por loco, no
me atrevería á decirlo.
ALBANIO.--Tampoco hubiérades de decir
esso para no ponernos en mayor agonía de
saberla, y pues que forzosamente habréis
de venir á declararos, mejor será que
por vuestra voluntad lo digáis, que
ninguna excusa podrá valeros para quedar
(como suelen decir) preñado con vuestras
razones.
ANTONIO.--Con una condición os lo diré,
y es, que por lo que dixere no me
tengáis por desatinado, ó á lo menos
no me condenéis hasta oir mi justicia,
que pues tenemos tiempo y el lugar
es oportuno, podréisme decir vuestro
parecer, oyendo también el mío, que
después todos podremos ser los jueces
para determinar la causa. Estaba pensando
en la vanidad de la honra mundana y en el
engaño que todos rescibimos en desearla
y procurarla, y cuán mal entendemos qué
cosa es honra para usar della conforme á
lo que en sí es, y, en fin, con cuánta
mengua y deshonra procuramos honrarnos
todos los mortales, teniendo tan grande
obligación para huir dello, como lo podrá
ver cualquiera que con claro juicio
procurare entender el engaño desta honra
fingida y engañosa.
ALBANIO.--Por cierto, señor Antonio,
blasfemia es esta que (según la opinión
general de las gentes) dificultosamente
puede oirse con paciencia. Porque yo no
veo en el mundo cosa que en más se deba
tener, preciar y estimar que la honra, de
la cual dice el filósofo que es el mayor
bien de todos los bienes exteriores, y
assí todos la buscamos y anteponemos á
los otros bienes mundanos, y la tenemos
por la más subida y más próspera
felicidad y riqueza de todas las que en
esta vida pueden alcanzarse para vivir
en ella. Porque por ella estiman las
gentes todos los otros bienes en poco:
el dulce amor de los hijos, la afición
de sus mujeres, el sosiego de sus casas
y patrias, y, finalmente, tienen en poco
las vidas, ofresciéndolas á cada paso
por la honra, y vos sólo en dos palabras
procuráis destruirla y desterrarla de
entre los hombres como á cosa abominable
y digna de ser aborrecida. No hay hombre
tan justo que la desechase, como podréis
ver por lo que dice Esaias: Mi honra
no la daré á otro. Sant Pablo, en el
capítulo nono de la primera epístola á
los de Corintho, dice: Más me conviene
morir, que no que alguno deshaga mi
gloria; y los hijos del Zebedeo, por
la honra principalmente echaron á su
madre que pidiese á Christo el asiento
de la mano derecha para el uno y el de
la siniestra para el otro. Y sin estos,
otros muchos enxemplos podría traeros
para confundir vuestra opinión tan
contraria de la común en la estimación y
precio de la honra, y autorizarlo con lo
que dice el Sabio en los _Proverbios_: No
des tu honra á gentes ajenas.
ANTONIO.--No cumplís, señor Albanio,
la condición con que se comenzó esta
materia, pues sin oirme me dais por
condenado. Yo confieso todo lo que
habéis dicho ser assí, y lo que os
ruego es que me oigáis, porque veréis
cómo debaxo dello está el engaño
manifiestamente encubierto, y para que
mejor lo entendáis, escuchadme con
atención, no dexando de replicar á los
tiempos necessarios, que á todo pienso
satisfaceros.
JERÓNIMO.--Justo es que assí lo hagamos y
que escuchemos cómo funda su razón, que
según las dificultades que en ella hallo,
tengo deseo de ver la conclusión que
tendrá.
ANTONIO.--Pues hemos de tratar de la
honra, para que mejor nos entendamos, es
menester saber primero qué cosa es honra.
ALBANIO.--Según el filósofo, no es otra
cosa sino premio de la virtud.
ANTONIO.--Es tan contrario lo que agora
se usa de lo que el filósofo dice y otros
muchos autores que tratan desta materia,
como veréis por lo que adelante diré,
que vosotros vendréis á confesar sin
tormento ser verdad todo lo que he dicho,
porque conforme á esa definición hemos
de considerar de una ó de dos maneras la
honra. La una es como christianos, y si
lo somos tan de veras como es razón que
lo seamos, mayor obligación tenemos á
nuestra fe que á nuestra honra.
JERÓNIMO.--Ninguno puede negarlo.
ANTONIO.---¿Pues qué cosa hay hoy en
el mundo tan contraria á la verdadera
fe de christiano como es la honra
tomándola, no conforme á la difinición
del filósofo, sino como nosotros della
sentimos, porque así la más verdadera
difinición será presunción y soberbia
y vanagloria del mundo, y della dice
Christo por el evangelio de San Juan:
¿Cómo podréis creer los que andáis
buscando la honra entre vosotros y no
buscáis la que de solo Dios procede?
Esta nuestra sanctíssima fe es fundada
en verdadera humildad christiana, y la
honra, como he dicho, es una vana y
soberbia presunción, y desta manera mal
puede compadecerse, porque todos los que
quieren y procuran y buscan honra, van
fuera del camino que deben siguir los que
son christianos; y así me parece que es
más sutil red y el más delicado lazo y
encubierto que el demonio nos arma para
guiarnos por el camino de perdición. ¿Y
qué pensáis que es la causa? El deseo
que tiene que nos perdamos por la mesma
razón que él fué perdido. Cosa es por
cierto para que todos nos espantemos y
nos ponga en gran admiración, ver la
fuerza que tiene esta ambición de la
honra, que no solamente tenemos en poco y
menospreciamos los hijos y las mujeres,
los parientes, las haciendas, las vidas,
pero que no haga más cuenta de las
ánimas, teniéndolas en menos que si no
las tuviésemos, ni esperanza ninguna de
salvarlas, buscándola y procurándola por
diferentes vías que lo hacían los hijos
del Zebedeo y otras personas justas,
las cuales buscaban la verdadera honra
aunque erraban los verdaderos medios de
la virtud, puesto que no querían ser
honrados y estimados por las riquezas ni
hazañas preñadas de la vanagloria mundana.
JERÓNIMO.--Conforme á eso, parésceme que
queréis condenar los notables hechos
y dignos de perpetua memoria que los
romanos, los griegos, los cartagineses
y otras naciones hicieron, ofreciendo
las vidas de su propia voluntad, como
hicieron los Decios, Mucio Scévola y
otros que por la prolixidad dexo de decir.
ANTONIO.--Si essos pensaran que por
ello podían perder sus ánimas, yo los
condenara; pero así no quiero hacerlo
cuanto á este artículo, porque no tenían
sino á la honra y á la fama que ganaban,
teniendo por cierto, conforme á su fe
que ellos tenían, que lo que hacían
era también para ganar la gloria del
otro mundo, como la tenían en éste por
cierto; y esta es la segunda manera de
honra, la cual en su manera está fundada
y tiene cimiento sobre la virtud, pues
que conforme á su ley, las cosas que
hacían eran lícitas y en provecho suyo
ó de sus repúblicas ó de otras personas
particulares. Pero los que somos
christianos todo lo hemos de tener y
creer al contrario, porque la honra que
perdemos en este mundo estando en medio
la humildad y el amor de Christo y temor
de ofenderle, es para acrescentar más en
la honra de nuestras ánimas, aunque hay
pocos que hagan esto que digo.
ALBANIO.--¿Y quién son esos pocos?
ANTONIO.--A la verdad el día de hoy mejor
dixera que ninguno. El mundo cuanto
á esto está perdido y estragado sin
sabor ni gusto de la gloria del cielo;
todo lo tiene en la pompa y vanagloria
deste mundo. ¿Quereislo ver? Si hacen
á un hombre una injuria y le ruegan é
importunan que perdone al que se la hizo,
aunque se lo pidan por Dios y le pongan
por tercero, luego pone por inconveniente
para no hacerlo: ¿cómo podré yo cumplir
con mi honra? No mirando á que siendo
christianos están obligados á seguir la
voluntad de Christo, el cual quiere que
cuando nos dieren una bofetada pasemos
el otro carrillo estando aparejado para
rescibir otra, sin que por ello nos
airemos ni tengamos odio con nuestro
prójimo. Si alguno ha levantado un falso
testimonio en perjuicio de la buena fama
ó de la hacienda y por ventura de la
vida de alguna persona, por lo que su
conciencia le manda que se desdiga luego,
pone por contrapeso la honra y hace que
pese más que la conciencia y que el alma,
y así el premio que había de llevar de
la virtud por la buena obra que hacía en
perdonar ó en restituir la fama, en lo
cual ganaba honra, quiere perderle con
parescerles que con ello la pierde por
hacer lo que debe, quedando en los claros
juicios con mayor vituperio por haber
dexado de hacerlo que su conciencia y
la virtud le obligaba. Absolvió Christo
á la mujer adúltera, y paresce que por
este enxemplo ninguno puede justamente
condenarla, pero los maridos que hallan
sus mujeres en adulterio, y muchas veces
por sola sospecha, no les perdonan la
vida.
JERÓNIMO.--Pues ¿por qué por las leyes
humanas se permite que la mujer que fuere
hallada en adulterio muera por ello?
ANTONIO.--Las leyes no mandan sino que
se entregue y ponga en poder del marido,
para que haga della á su voluntad. El
cual si quisiere matarla, usando oficio
de verdugo, puede hacerlo sin pena alguna
cuanto al marido; pero cuanto á Dios
no lo puede hacer con buena conciencia
sin pecar mortalmente, pues lo hace con
executar su saña tomando venganza del
daño que hicieron en su honra; y si se
permite este poder en los maridos, es por
embarazar la flaqueza de las mujeres para
que no sea este delito tan ordinario como
sería de otra manera. Y no pára en esto
esta negra deshonra, que por muy menores
ofensas se procuran las venganzas por
casi todos, y es tan ordinario en todas
maneras de gentes, que ansí los sabios
como los necios, los ricos como los
pobres, los señores como los súbditos,
todos quieren y procuran y con todas
fuerzas andan buscando esta honra como
la más dulce cosa á su gusto de todas las
del mundo, de tal manera que si se toca
alguno dellos en cosa que le parezca que
queda ofendida su honra, apenas hallaréis
en él otra cosa de christiano sino el
nombre, y si no puede satisfacerse ó
vengarse, el deseo de la venganza muy
tarde ó nunca se pierde. Los que no
saben qué cosa es honra, ni tienen vaso
en que quepa, estiman y tienen en mucho
esta honra falsa y fingida. Si no, mirad
qué honra puede tener un ganapán ó una
mujer que públicamente vende su cuerpo
por pocos dineros, que á estos tales
oiréis hablar en su honra y estimarla
en tanto, que cuando pienso en ello no
puedo dexar de reirme como de vanidad tan
grande; y no tengo en nada esto cuando me
pongo á contemplar que no perdona esta
pestilencial carcoma de las conciencias
á ningún género de gentes de cualquier
estado y condición que sean, hasta venir
á dar en las personas que en el mundo
tenemos por dechado, de quien todos hemos
de tomar enxemplo, porque los religiosos
que, allende aquella general profesión
que todos los christianos en el sancto
bautismo hecimos, que es renunciar al
demonio y á todas sus pompas mundanas,
tienen otra particular obligación de
humildad por razón del estado que tienen,
con la cual se obligan á resplandecer
entre todos los otros estados, pues
están puestos entre nosotros por luz
nuestra, son muchas veces tocados del
apetito y deseo desta honra, y ansí la
procuran con la mejor diligencia que
ellos pueden, donde no pocas veces dan
de sí qué decir al mundo, á quien habían
de dar á entender que todo esso tenían
ya aborrecido y echado á un rincón como
cosa dañosa para el fin que su sancto
estado pretende; de donde algunas veces
nacen entre ellos, ó podrían nascer,
rencillas, discordias, discusiones y
desasosiegos que en alguna manera podrían
escurecer aquella claridad y resplandor
de la doctrina y sanctidad que su sancto
estado publica y profesa, lo cual ya veis
que á la clara es contra la humildad
que debrían tener, conforme á lo que
profesaron y á la orden y regla de vivir
que han tomado.
JERÓNIMO.--Conforme á esso no guardan
entre sí aquel precepto divino que dice:
el que mayor fuese entre vosotros se haga
como menor; porque desta manera todos
huirían de ser mayores, pues que dello no
les cabría otra cosa sino el trabajo.
ANTONIO.--Verdaderamente, los que más
perfectamente viven, según la religión
christiana, son ellos, y por esto
conoceréis cuán grande es el poder de la
vanidad de la honra, pues no perdona á
los más perfectos.
JERÓNIMO.--No me espanto deso, porque en
esta vida es cosa muy dificultosa hallar
hombre que no tenga faltas, y como los
flaires sean hombres, no es maravilla
que tengan algunas, especialmente este
apetito desta honra que es tan natural
al hombre, que me parece que no haya
habido ninguno que no la haya procurado.
Porque aun los discípulos de Jesu Christo
contendían entre sí cuál había de ser el
mayor entre ellos, cuanto más los flaires
que, sin hacerles ninguna injuria,
podemos decir que no son tan sanctos
como los discípulos de Jesu Christo que
aquello trataban. Pero quiero, señor
Antonio, que me saquéis de una duda que
desta vuestra sentencia me queda y es:
¿por qué habéis puesto enxemplo más en
los flaires que en otro género de gente?
ANTONIO.--Yo os lo diré. Porque si
á ellos, que son comúnmente los más
perfectos y más sanctos y amigos del
servicio de Dios, no perdona esta
pestilencial enfermedad de la honra
mundana y no verdadera, de aquí podréis
considerar qué hará en todos los otros,
en los cuales podéis comenzar por los
príncipes y señores y considerar la
soberbia con que quieren que sea estimada
y reverenciada su grandeza, con títulos
y cerimonias exquisitas y nuevas que
inventan cada día para ser tenidos
por otro linaje de hombres, hechos de
diferente materia que sus súbditos y
servidores que tienen. Los caballeros y
personas ricas quieren hacer lo mesmo,
y así discurriendo por todos los demás,
veréis á cada uno, en el estado en que
vive, tener una presunción luciferina en
el cuerpo, pues si las justicias hubiesen
de hacer justicia de sí mesmos, no se
hallarían menos culpados que los otros,
porque debajo del mando que tienen y el
poder que se les ha dado, la principal
paga que pretenden es que todo el mundo
los estime y tenga en tanto cuasi como
al mesmo príncipe ó señor que los ha
puesto y dado el cargo, y si les paresce
que alguno los estima en poco, necesidad
tiene de guardarse ó no venir á sus manos.
ALBANIO.--Justo es que los que tienen
semejantes cargos de gobierno sean más
acatados que los otros.
ANTONIO.--No niego yo que no sea justo
que así se haga; pero no por la vía que
los más dellos quieren, vanagloriándose
dello y queriéndolo por su propia
autoridad y por lo que toca á sus
personas, y no por la autoridad de su
oficio. Y dexando éstos, si queremos
tomar entre manos á los perlados y
dignidades de la Iglesia de Christo, á
lo menos por la mayor parte, ninguna
otra cosa se hallará en ellos sino una
ambición de honra haciendo el fundamento
en la soberbia, de lo cual es suficiente
argumento ver que ninguno se contenta
con lo que tiene, aunque baste para
vivir tan honradamente y aún más que lo
requiere la calidad de sus personas, y
assí, todos sus pensamientos, sus mañas
y diligencias son para procurar otros
mayores estados.
ALBANIO.--¿Y qué queréis que se siga de
esso?
ANTONIO.--Que pues no se contentan con
lo que les basta, y quieren tener más
numerosos servidores, hacer grandezas
en banquetes y fiestas y otras cosas
fuera de su hábito, que todo esto es
para ser más estimados que los otros con
quien de antes eran iguales, y assí se
engríen con una pompa y vanagloria como
si no fuesen siervos de Christo sino de
Lucifer, y este es el fin y paradero
que los más dellos tienen. Puede tanto
y tiene tan grandes fuerzas esta red
del demonio, que á los predicadores que
están en los púlpitos dando voces contra
los vicios no perdona este vicio de la
honra y vanagloria cuando ven que son con
atención oídos y de mucha gente seguidos
en sus sermones y alabados de lo que
dicen, y así se están vanagloriando entre
sí mesmos con el contento que reciben de
pensar que aciertan en el saber predicar.
JERÓNIMO.--Juicio temerario es este;
¿cómo podéis vos saber lo que ellos de sí
mesmos sienten?
ANTONIO.--Júzgolo porque no creo que hay
agora más perfectos predicadores en vida
que lo fué San Bernardo, el cual estando
un día predicando le tomó la tentación
y vanagloria que digo, y volviendo á
conoscer que era illusión del demonio
estuvo para bajarse del púlpito, pero al
fin tornó á proseguir el sermón diciendo
al demonio que lo tentaba: Ni por ti
comencé á predicar ni por ti lo dejaré.
En fin, os quiero decir que veo pocos
hombres en el mundo tan justos que si
les tocáis en la honra, y no digo de
veras, sino tan livianamente, que sin
perjuicio suyo podrían disimularlo, que
no se alteren y se pongan en cólera para
satisfacerse, y están todos tan recatados
para esto, que la mayor atención que
tienen los mayores es á mirar el respeto
que se les tiene y el acatamiento que les
guardan, y los menores el tratamiento
que les hacen, y los iguales, si alguno
quiere anteponerse á otro para no perder
punto en las palabras ni en las obras.
Y medio mal sería que esto pasase
entre los iguales, que ya en nuestros
tiempos, si una persona que tenga valor
y méritos para poderlo hacer trata á
otra inferior llanamente y llamándole
vos, ó presume de responderle como
dicen por los mesmos consonantes, ó si
no lo hacen van murmurando dél todo lo
posible. Y no solamente hay esto entre
los hombres comunes y que saben poco,
que entre los señores hay también esta
vanidad y trabajo, que el uno se agravia
porque no le llaman señoría y el otro
porque no le llaman merced; otros,
porque en el escribir no le trataron
igualmente, y un señor de dos cuentos
de renta quiere que uno de veinte no
gane con él punto de honra. Pues las
mujeres ¿están fuera desta vanidad y
locura? Si bien lo consideramos, pocas
hallaréis fuera della, con muy mayores
puntos, quexas y agravios que tienen los
hombres. La cosa que, el día de hoy,
más se trata, la mercadería que más se
estima, es la honra, y no por cierto la
verdadera honra, que ha de ser ganada con
obras buenas y virtuosas, sino la que
se compra con vicios y con haciendas y
dineros, aunque no sean bien adquiridos.
¡Oh cuántos hay en el mundo que estando
pobres no eran para ser estimados más
que el más vil del mundo, y después
que bien ó mal se ven ricos, tienen su
archiduque en el cuerpo, no solamente
para querer ser bien tratados, sino para
querer tratar y estimar en poco á los que
por la virtud tienen mayor merecimiento
que ellos! Si vemos á un hombre pobre,
tratámosle con palabras pobres y desnudas
de favor y auctoridad; si después la
fortuna le ayuda á ser rico, luego le
acatamos y reverenciamos como á superior;
no miramos á las personas, ni á la virtud
que tienen, sino á la hacienda que poseen.
JERÓNIMO.--Si esa hacienda la adquirieron
con obras virtuosas, ¿no es justo que por
ella sean estimados?
ANTONIO.--Sí, por cierto; pero el mayor
respeto que se ha de tener es á la
virtud y bondad que para adquirirlas
tuvieron, por la cual yo he visto algunos
amenguados y afrontados, que usando
desta virtud gastaron sus patrimonios
y haciendas en obras dignas de loor, y
como todos tengamos en el mundo poco
conoscimiento de la honra, á éstos que
la merecen, como los veamos pobres,
les estimamos en poco; así que los
ricos entre nosotros son los honrados,
y aunque en ausencia murmuramos
dellos, en presencia les hacemos muy
grande acatamiento; y la causa es que,
como todos andemos tras las riquezas
procurándolas y buscándolas, pensamos
siempre podernos aprovechar de las que
aquellos tienen, los cuales van tan
huecos y hinchados por las calles, que
quitándoles las gorras ó bonetes otros
que por la virtud son muy mejores que
ellos, abaxándolos hasta el suelo con muy
gran reverencia, ellos apenas ponen las
manos en las suyas, y en las palabras y
respuestas también muestran la vanidad
que de las riquezas se ha engendrado en
ellos. ¡Oh vanidad y ceguedad del mundo!
que yo sin duda creo que esta honra es
por quien dixo el Sabio: Vanidad de
vanidades y todas las cosas son vanidad.
La cual tan poco perdona los muertos
como á los vivos, que á las obsequias y
sacrificios que hacemos por las almas
llamamos honras, como si los defunctos
tuviesen necesidad de ser honrados con
esta manera de pompa mundana; y lo que
peor es que muchos de los que mueren han
hecho sus honras en vida llamándolas por
este nombre, tanto para honrarse en ellas
como para el provecho que han de recibir
sus ánimas. Es tanta la rabia y furor de
los mortales por adquirir y ganar honra
unos con otros, que jamás piensan en otra
cosa, y harto buen pensamiento sería si
lo hiciesen para que se ganase la honra
verdadera. Lo que tienen por muy gran
discreción y saber es aventajarse con
otros en palabras afectadas y en obras de
viva la gala, y cuanto se gana en lo uno
ó en lo otro entre hombres que presumen
de la honra, ¿qué desasosiego de cuerpo y
de ánima nace dello? Porque si es tierra
libre, luego veréis los carteles, los
desafíos, los gastos excesivos, pidiendo
campo á los reyes ó á los señores que
pueden darlo; de manera que para venir á
combatir han perdido el tiempo, consumido
la hacienda, padescido trabajo, y muchas
veces los que quieren satisfacerse quedan
con mayor deshonra, por quedar vencidos.
Y lo que peor es que el que lo queda, por
no haber sido muerto en la contienda,
pierde la honra en la opinión de los
parientes, de los amigos y conoscidos,
que todos quisieran que perdiera antes
la vida y aun la ánima que la honra
como cobarde y temeroso. Y es el yerro
desto tan grande, que si muere (con ir
al infierno) los que le hacen se precian
dello y les paresce que en esto no han
perdido su honra. Y si es en parte donde
no se da campo á los que lo piden, ¡qué
desasosiego es tan grande el que traen
en tanto que dura la enemistad, qué
solicitud y trabajo insoportable por la
satisfacción y venganza! Y muchas veces
se pasan en este odio un año, dos años
y diez años, y otros hasta la muerte, y
algunos se van con la injuria y con deseo
de vengarla á la sepultura.
JERÓNIMO.--Bien ciertos van éstos de la
salvación, quiero decir de la condenación
de su ánima; poco más me diera que
murieran siendo turcos y gentiles, y aun
en parte menos, porque no dieran cuenta
del sancto baptismo que no hubieran
recibido.
ALBANIO.--Decidme, señor Antonio, ¿hay
alguna cosa que pueda ó tenga mayor
fuerza que la honra?
ANTONIO.--El interesse es algunas veces
de mayor poder, aunque no en los hombres
de presunción y que se estiman en algo,
y si por ventura en éstos se siente esta
flaqueza, pierden el valor que tienen
para con los que tienen presunción de la
honra, y luego son dellos menospreciados.
ALBANIO.--¿Y cual tenéis vos por peor, el
que sigue el interés ó la vanagloria?
ANTONIO.--Si el interese es bien
adquirido, por mejor lo tengo, porque con
él pueden venir á hacer buenas obras y
usar de virtud, lo que no se puede hacer
con la honra vana sin el interese.
ALBANIO.--Pues decidnos en conclusión,
¿qué es lo que queréis inferir de todo
lo que habéis alegado contra la honra,
que según habéis estado satírico, creo
que ha de ser más áspero que todo lo
antecedente. ¿De manera que queréis
desterrar la honra del mundo para que no
se tenga noticia della?
ANTONIO.--Si tenéis memoria de todo lo
que he dicho, por ello entenderéis que yo
nunca he dicho mal de la que es verdadera
honra, conforme á la diffinición
della y al verdadero entendimiento en
que habemos de tomalla, y si á los
virtuosos, los sabios, los que tienen
dignidades ó officios públicos honrados,
los esforzados, los magníficos, los
liberales, los que hicieron notables
hechos, los que viven justa y sanctamente
también merescen esta honra y acatamiento
que el mundo suele hacer como ya arriba
dixe y lo dice Sancto Tomás. Y es razón
que sean honrados y estimados de los
otros, y la honra que ellos procuran por
esta via, justa y sancta es, y nosotros
estamos obligados á dársela. Pero si la
quieren y piden con soberbia, queriendo
forzarnos á que se la demos, ya pierden
en esto el merecimiento que tenían por
los méritos que en ellos había.
JERÓNIMO.--Desa manera ninguno habrá que
pueda forzar á otro á que le reverencie y
acate.
ANTONIO.--No es regla tan general ni la
toméis tan por el cabo, que el padre
puede forzar á los hijos, los hermanos
mayores á los menores, y más si les
llevan mucha edad, los señores á los
vasallos y á los criados, los perlados
á los súbditos; pero esto ha de ser con
celo de hacerlos ser virtuosos y que
hagan lo que deben, y no con parescerles
que les puedan hacer esta fuerza por
solo su merecimiento, porque assí ya
va mezclada con ella la soberbia y
vanagloria, y en lugar de merescer por
ello, serán condenados en justicia.
JERÓNIMO.--Al fin lo que entiendo de
vuestras razones es que la verdadera
honra es la que damos unos á otros, sin
procurarla los que la reciben; porque
las obras virtuosas que hicieron las
obraron por sola virtud y sin ambición ni
codicia de la honra, y que cualquiera que
procurare tomarla por sí mesmo, aunque
la merezca, esto solo basta para que la
pierda.
ANTONIO.--En breves palabras habéis
resumido todos mis argumentos; ahí se
concluye todo cuanto he dicho, siendo
tan contrario de la común opinión de
todos los que hoy viven en el mundo. Y
lo que he hablado entre vosotros, como
verdaderos amigos, no lo osaría decir
en público, porque algunos no querrían
escucharme, otros me tendrían por loco,
otros dirían que estas cosas eran
herejías políticas contra la policía, y
otros necedades; no porque diesen causa
ni razón para ello, ni para confundir las
que digo aunque no son gran parte las que
se podrían decir, lo que harían es irse
burlando dellas y reyéndose de quien las
dice, aunque á la verdad esto es decir
verdades, y verdaderamente lo que se ha
de sentir de la honra que tan fuera nos
trae del camino de nuestra salvación.
Y porque ya se va haciendo tarde y por
ventura el conde habrá preguntado por mí,
es bien que nos vamos, aunque algunas
cosas quedarán por decir, de que creo que
no recibiérades poco gusto.
JERÓNIMO.--Ya que no las digáis agora,
yo pienso persuadiros que las digáis
hallándoos desocupado, porque quiero
entender todo lo que más hay que tratar
desta honra verdadera y fingida, porque
si alguna vez platicare esta materia con
mis amigos, vaya avisado de manera que
sin temor pueda meterme á hablar en ella,
como dicen, á rienda suelta.
ALBANIO.--No quedo yo menos codicioso que
Jerónimo, y assí pienso molestaros hasta
quedar satisfecho.
ANTONIO.--Pues que así lo queréis, mañana
á la hora de hoy volveremos á este mesmo
lugar, que yo holgaré de serviros con
daros á sentir lo que siento. Y no nos
detengamos más, porque yo podría hacer
falta á esta hora.