_Licenciado Velázquez._--_Salazar._
_Quiñones._--_Ruiz._
RUIZ.--¿A dónde bueno, señor Quiñones?
QUIÑONES.--Hacia el monasterio de San
Jerónimo, á gozar un rato del fresco de
la tarde y de la buena conversación del
licenciado Velázquez; porque él y Salazar
ha poco que iban para allá cabalgando, y
yo mandé luego aderezar mi caballo para
salir á buscarlos.
RUIZ.--Si vuesa merced me lo paga,
acompañarle he yo, porque no vaya solo.
QUIÑONES.--Antes merezco que se me pague
á mí el buen aviso, que no veo adonde
mejor se pueda pasar el día.
RUIZ.--En fin, lo habré de hacer aunque
pensaba dar una vuelta por cierta parte
que me convenía.
QUIÑONES.--Tiempo habrá para todo, que
agora no está para perderse la frescura
del campo. Por este camino creo que
iremos más ciertos de encontrar con ellos.
RUIZ.--Antes me parece que son aquéllos
que vienen entre las viñas; aquí podremos
esperarlos si vuesa merced manda.
QUIÑONES.--Bien será, porque nos vamos
paseando hacia la ribera del río.
LICENCIADO.--Paréceme, señor Quiñones,
que por cumplir vuesa merced mejor su
palabra, ha traído al señor Ruiz en su
compañía.
QUIÑONES.--De temor lo he hecho; como
vuestras mercedes eran dos, pudieran
estar de concierto contra mí, y he
querido traer quien me ayude si quisiesen
acometerme.
SALAZAR.--Sea por lo que fuere, que á lo
menos tendremos una hora ó dos de buena
recreación paseándonos por este campo,
que la tarde hace aparejada para ello.
QUIÑONES.--Y aun es bien menester para ir
á cenar de buena gana, que yo, como el
conde tuvo huéspedes, quedéme á comer en
palacio, y fueron tantos los platos que
se sirvieron y de tan buenos manjares,
que traigo el estómago estragado de lo
mucho que he comido.
LICENCIADO.--El mayor yerro que pueden
hacer los hombres es comer más de aquello
que puede gastar la virtud y calor
natural; porque, según doctrina de todos
los médicos, la indigestión y corrución
de los manjares que della se sigue es
origen de todas las enfermedades, y assí
dice el Sabio en el capítulo XXXVII del
_Eclesiástico_: No quieras ser deseoso
en las comidas que hicieres, ni comas
de todos los manjares, porque en la
muchedumbre dellos hay siempre enfermedad.
SALAZAR.--Pues en verdad que lo que en
nuestros tiempos más se usa es no tener
atención á ningún daño que del mucho
comer puede seguir, sino al gusto que
dello se recibe.
LICENCIADO.--¿Y pareceos, señor Salazar,
que es pequeño mal esse? Yo os digo que
si los hombres que aman su salud y desean
alargar la vida conociessen y entendiesen
los inconvenientes que del mucho comer
tienen por contrarios, que por ventura
ayunarían muchas veces, aunque no fuese
para servir á Dios, sino para su solo
provecho.
SALAZAR.--Yo creo que hay muchas personas
que, aunque lo entienden, no dexan por
eso de comer á su voluntad, porque el
aparejo les da ocasión á querer cumplir
tanto con el apetito como con la salud,
y si no dígame vuesa merced ¿qué había
de hacer el señor Quiñones si puesto á
la mesa le servían tantos y tan diversos
platos? ¿No fuera necedad dexar de comer
de todos, siquiera para saber si eran
buenos ó malos y hacer lo que todos los
otros que allí estaban hacían?
LICENCIADO.--Antes fuera muy gran
discreción tener sufrimiento para que el
aparejo de la gula no le diera causa de
vencerse della.
SALAZAR.--Pues si eso es assí, ¿para
qué se hacen y aderezan tantos y tan
diferentes manjares en las casas de los
grandes señores y aun en las que no
lo son, sino para que los que sientan
á sus mesas los coman y se harten con
ellos, pues que para este propósito se
aparejaron?
LICENCIADO.--Así es la verdad; pero lo
mejor sería que no los aparejasen ni los
hubiesen.
RUIZ.--Contraria opinión es esta de
la común, porque todos los hombres
generalmente querrían comer y beber lo
mejor que pudiesen.
LICENCIADO.--Si comiendo bien, digo de
buenas cosas, no comiesen más de aquello
que les basta para sustentarse, no es
muy mala opinión la que decís; pero por
la mayor parte nacen della la desorden y
vienen los hombres con el aparejo á comer
más de lo necesario, sin sentirlo, y assí
sin sentirse se recrece dello el daño,
y cuando ya se siente, muchas veces no
puede remediarse, y aun algunas cuesta
tan caro, que suele perderse por ello la
vida.
SALAZAR.--Pues lo que con todas essas
condiciones el día de hoy más se usa en
esta tierra es comer y beber sin temor, y
después venga lo que viniere.
LICENCIADO.--También se usa morirse las
gentes muy más presto de lo que solían en
otros tiempos.
SALAZAR.--¿Y es por ventura el comer la
causa?
LICENCIADO.--Sí, por la mayor parte, y
si queréis escuchar la razón, yo os la
diré para que lo entendáis notoriamente.
En los tiempos antiguos que los hombres
vivían con mayor simplicidad que agora,
y contentándose con lo que la naturaleza
les aparejaba para su mantenimiento,
sin andar buscando otras nuevas formas
de composiciones en los manjares que
comían, vivían los hombres muy largos
tiempos, como á todos es notorio la larga
vida de Adán, nuestro primero padre, de
Matusalén y de otros muchos, los cuales
se contentaban con comer solas las frutas
silvestras, y principalmente debían de
ser bellotas y castañas, y otras desta
manera, porque después del diluvio de
Noé que ya habían pasado muy largos
tiempos, las gentes comían esto mesmo y
se sustentaban con ello, principalmente
los de la provincia de Arcadia. Los
atenienses su mantenimiento eran higos
secos. El de los caramanos, dátiles. El
de los meotides, mijo. El de los persas,
mastuerzo. Los de Tirinto comían peras
silvestres, y assí otras naciones se
mantenían de otras diferentes frutas y
raíces, de las cuales dicen que era la
principal la de una hierba que llamamos
grama, hasta que vino aquella mujer
llamada Ceres, que andando buscando las
simientes de las hierbas que eran buenas
para comer, halló la simiente del trigo
y la manera que había de tener para
hacerse pan della, y por esta causa fue
adorada por diosa entre los gentiles.
Y cuando los antiguos comían algunas
carnes no andaban buscando que fuesen
sabrosas ni delicadas, ni buscaban de
darles otro nuevo sabor con las salsas y
aparejos que agora se les hacen. Y así
cuenta Homero que Alcinoo, rey de los
feaces, teniendo por huésped á Ulises y
por convidados á todos los principales
de su reino, para el banquete que les
hizo mandó matar doce ovejas y ocho
puercos y dos bueyes, que estonces debían
ser los más preciados manjares que se
usaban; y en este tiempo también tenían
los hombres muy larga la vida, y como
comenzaron á inventar manjares nuevos y
compuestos, así comenzaron á debilitar
y enflaquecer con ellos los estómagos,
porque la diversidad de los sabores que
hallaban en ellos les hacía comer más
de lo que podían gastar los estómagos.
Y así dice Galeno que del tiempo de
Hipócrates hasta el suyo, la naturaleza
estaba debilitada en los hombres, y el
tiempo de Galeno acá también lo deben
de estar mucho más, pues siempre vemos
que van en disminución de los años de la
vida, y que viven agora menos que solían;
pero la culpa que ponemos á la naturaleza
no es suya, sino de nuestra desorden,
porque si tuviéssemos mayor concierto y
templanza en el comer y beber, nuestra
vida generalmente sería muy más larga.
Y así lo dice Hipócrates en el libro
sexto de _Las enfermedades populares_:
El concierto de nuestra salud en esto
consiste que comamos con tanta templanza
que nunca nos hartemos de los manjares;
y si en algún tiempo hubo desorden y
desconcierto es en el de agora, que
cuando me pongo á pensarlo de ver las
invenciones que las gentes han procurado,
todo en daño de sus vidas, como si las
tuviesen por enemigas y su intención no
fuese otra sino de acabarlas muy presto.
QUIÑONES.--No es mala materia ni poco
provechosa lo que se trata, si el señor
licenciado la lleva adelante así como la
ha comenzado.
LICENCIADO.--Si vuestras mercedes huelgan
de oirla, yo me iré declarando más
particularmente, aunque no aproveche
para más de que entendamos el yerro que
hacemos, porque verdaderamente es muy
grande, y tan grande, que yo no he visto
mayor desatino que el que agora se ha
introducido en el mundo, á lo menos en la
christiandad, que en las otras naciones
de gentes son más templadas y viven más
moderadamente. Solían en nuestra España
comer las personas ricas y los caballeros
un poco de carnero assado y cocido, y
cuando comían una gallina ó una perdiz
era por muy gran fiesta. Los señores y
grandes comían una ave cocida y otra
assada, y si querían con esto comer otras
cosas, eran frutas y manjares simples.
Agora ya no se entiende en sus casas
de los señores sino en hacer provisión
de cosas exquisitas, y si con esto se
contentasen, no habría tanto de qué
maravillarnos; pero es cosa de ver los
platillos, los potajes, las frutas de
sartén, las tortadas en que van mezcladas
cien cosas tan diferentes las unas de las
otras, que la diversidad y contrariedad
dellas las hace que en nuestro estómago
estén peleando para la digestión. Y es
tanto lo que en esto se gasta, que á mi
juicio ha encarecido las especias, la
manteca, la miel y la azúcar, porque
todo va cargado dello, y como comen á la
flamenca, con cada servicio que llevan va
un plato destos para los hombres golosos,
y con no tocarse algunas veces en ellos,
tienen mayor costa que toda la comida. Y
comer de todos estos manjares diferentes
(aunque cada uno dellos sea simple) sería
muy dañoso, cuanto más siendo los más
dellos compuestos, que muchos hay dellos
que llevan encorporadas diez y doce y
veinte cosas juntas, no mirando lo que
Plinio dice contra ello en el undécimo
capítulo de la _Natural Historia_, cuyas
palabras son: El manjar simple para
los hombres es muy provechoso, y el
ayuntamiento de manjares es pestilencia,
y más dañoso que pestilencia cuando los
manjares son adobados. Y lo peor de todo
es que, muchos, cuando se sientan á la
mesa y aun casi todos, como es cosa
natural, luego procuran satisfacer á la
hambre que llevan y comen hasta hartarse
de lo primero que les ponen delante,
y pudiéndose levantar y sustentar con
ello conservando su salud y vida, como
después vienen otras cosas nuevas y que
despiertan en la golosina el apetito,
aunque no hagan sino probar de cada uno
un bocado, hacen tan gran replición en
el estómago, que no pueden gastarse,
y desasosiegan y dan trabajo al que
las ha comido. Y esto es lo que dice
Galeno en el tercer libro de _Régimen_:
Que la diversidad de las cosas que se
comen, cuando no son semejantes en
sus virtudes, hacen en el estómago
desasosiego. Y en otra parte: Las cosas
compuestas de muchas sustancias son de
muy más fácil corrupción que las simples
y compuestas de pocas; pero todo esto no
basta para que las gentes se concierten
en el comer, porque con ver los hombres
plebeyos la desorden que los que pueden
y tienen mayores haciendas y más aparejo
hacen, toman argumento para comer y
gastar más de lo que tienen, y en esto
está tan estragada la razón y tan perdida
la buena regla, que hay muchos que, no
teniendo sino dos reales, aquello dan por
una trucha ó por una gallina, que comen
aquel día sin mirar á lo de adelante,
y todo cuanto ganan lo echan en comer,
sin guardar un maravedí, y, después, si
caen enfermos ó se han de morir de hambre
ó han de hacer que pidan por Dios para
ellos, y esto tienen en menos que dejar
de probar todas cuantas cosas buenas y
preciosas vienen á venderse, cuesten lo
que costaren.
RUIZ.--No se puede negar todo lo que
vuestra merced dice ser assí; pero muchas
cosas hay que, aunque se conozca en
ellas el yerro, no hay orden para que
pueda remediarse, como es esto del comer
desordenado de la gente común, porque no
se les puede ir á la mano en ello, sino
que han de hacer lo que quisieren, como
coman de sus haciendas y no de las ajenas.
LICENCIADO.--Bien se parece que no ha
leído vuestra merced algunos autores
que tratan de una ley que los romanos
hicieron y se guardó mucho tiempo en
Roma, y principalmente lo cuenta Macrobio
en el tercero libro de las _Saturnales_.
RUIZ.--¿Y qué ley era essa?
LICENCIADO.--Una ley que mandaba por
ella que todos comiesen públicamente en
los portales de sus casas y que hubiesse
por los barrios repetidos veedores que
andaban de casa en casa mirando si alguno
comía más curiosamente ó suntuosamente
de lo que convenía á su estado, y luego
eran castigados por esto, y si por acaso
lo querían comer en ascondido, no podían,
porque no osaban comprarlo, temiendo
ser acusados de quien lo viese, y aun
por ventura de quien lo vendía; y como
estonces se cumplía esta ley, también
se podía hacer agora, y aun en algunas
partes se guarda alguna cosa della,
porque dicen que en Francia los villanos
no pueden comer gallina ninguna, ni los
perniles de los tocinos, si no fuesse con
mucha necesidad.
QUIÑONES.--Bien lejos estamos de que en
España se hagan essas leyes ni se guarden
tampoco, y hablar en ello es predicar en
desierto.
LICENCIADO.--Yo no lo digo porque se ha
de hacer, sino porque sería justo que
se hiciese; y lo que más principalmente
convendría es que los caballeros y
señores y grandes se moderasen en sus
gastos excesivos, y que ellos mismos,
juntándose, hiciesen entre sí mesmos
una ley, ó que nuestro emperador lo
hiciese, de que en ningún banquete
ni comida suntuosa se sirviesen sino
tantos platos tasados; porque después
que un hombre come de cuatro manjares
ó cinco, el estómago está satisfecho
y todo lo lo demás es superfluo, que
no aprovecha para otra cosa sino para
estragar los estómagos y disminuir la
salud y las haciendas, y tan disminuídas,
que de aquí viene que solían hacer más
los señores y mantenerse más gentes y
criados con cuatro cuentos de renta que
agora con doce, y entonces ahorraban
dineros para sus necesidades, y estaban
ricos y prósperos, y agora siempre andan
empeñados y alcanzados, y todo esto se
gasta en comer y en beber, principalmente
si tienen huéspedes, si andan en corte,
que han de hacer plato, porque entonces
tienen por mayor grandeza lo que sobra
y se pierde y se gasta bien gastado. Y
verdaderamente esta es la principal causa
de sus necesidades, que de andar los
señores ó un caballero en la corte un
año ó dos haciendo estos gastos vienen
á ponerse en necesidad, que con estar
otros cuatro en sus casas ahorrando y
estrechándose no pueden salir della y
muchas veces en su vida. Y el mayor daño
de todos es que lo mesmo quiere hacer
un señor de dos cuentos de renta que de
quince, y también quiere que sirvan á su
mesa veinte y treinta platos diferentes,
como si no gastasen en ello dineros.
QUIÑONES.--Poco es para lo que agora se
usa, que ya en un banquete no se sufre
dar de ochenta ó cien platos abajo,
y aun averiguado es y notorio que ha
poco tiempo que en un banquete que hizo
un señor eclesiástico se sirvieron
setecientos platos, y si no fuera tan
público, no osara decirlo por parecer
cosa fuera de término.
RUIZ.--Mal cumple ese y todos los
otros señores eclesiásticos lo que son
obligados conforme aquel decreto que
dice que los bienes de los clérigos son
bienes de los pobres, porque después de
gastado lo necesario para sí y para su
familia, todo lo demás tiene obligación
de gastarlo con ellos, so pena de ir
al infierno como quien hurta hacienda
ajena, pues hacen esos banquetes á los
ricos, y sin necesidad, quitándolo á la
gente pobre y necesitada. Pero todos me
parece que van igualmente desordenados,
sin tener atención ninguna sino á comer y
beber á su voluntad.
LICENCIADO.--Bien conforma esso con
lo que Valerio Máximo dice de la
costumbre que se solía tener en el
comer antiguamente, lo cual trata por
estas palabras en el segundo libro de
_Las instituciones antiguas_: Hubo en
los tiempos pasados, en los antiguos,
grandísima sencilleza y templanza en
el comer, lo cual es demostración muy
cierta de su moderación y continencia,
porque no comían manjares los cuales
por su demasía hubiesen vergüenza de
que todos los viesen. Estaban en tanta
manera los hombres de mayor autoridad
en sus pueblos continientes, que lo que
más ordinariamente comían eran poleadas
ó puchas, y con ellas se contentaban.
Y en el mismo capítulo y libro torna á
decir: La templanza en el comer y beber
era como verdadera madre de su salud,
y enemiga de los manjares superfinos y
apartada de toda abundancia de vinos y
de todo uso demasiado de destemplanza.
Agora me parece que todo es ya al
contrario de lo que Valerio ha dicho,
como si toda la bienaventuranza de la
vida consistiese en el comer y beber
destempladamente, y muy pocos hay que
no pecan en este vicio si no son los
que no tienen ni pueden más, que destos
Dios sabe su buena voluntad. Y deste
comer mucho y beber demasiado se siguen
grandes daños é inconvenientes que todos
ayudan á destruir y desconcertar la vida,
como lo trata Hipócrates en el libro _De
afectionibus_, Acaccio Antiocheno en
el tercero libro _Tetrablibii_, y esto
procede de que no puede el estómago con
los muchos manjares, ni con la diversidad
ni abundancia dellos para gastarlos y
digirirlos. Y así dice el filósofo en
el quinto capítulo del tercero libro
_De partibus animalium_: Es verdad que
el calor natural no gasta ni digiere
lo que se come demasiado, no porque él
sea pequeño, sino porque comemos más de
lo que es necesario para sustentarnos;
pero nosotros no tenemos atención á
esto, sino á ser unos epicuros, teniendo
este vicio por suma felicidad; y es la
desorden tan grande, que si hoy hubiese
quien tornase á sustentar esta opinión
epicúrea de nuevo, no faltaran gentes
que con muy gran afición y voluntad la
siguiessen. Y dejando lo del comer, qué
destemplanza tan grande es la del vino,
que ya que en muchos no se muestra la
beodez y desatinos que del demasiado
beber proceden, á lo menos veremos la
curiosidad en buscar vinos de olor y
sabor exquisitos, no teniendo en nada la
costa que se hace por estar proveídos
dellos, aunque éste no le tengo por gran
vicio cuando la templanza anda de por
medio, de manera que no beban demasiado
ni reciban daño en su salud por lo que
bebieren.
SALAZAR.--Paréceme que el señor
licenciado de teólogo se ha vuelto
médico; pero bien es que los hombres
sean estudiosos, de manera que puedan
hablar en todas las materias que se
propusiesen, que quien lo viere alegar
tantas autoridades á su popósito,
parecerle ha que no ha estudiado más
teología que medicina, y con todo esto no
quiero que se vaya alabando que no halla
contradicción en todos nosotros para lo
que ha dicho, porque yo quiero agora
decir que no hará poco cuando le hubiera
dado buena salida.
LICENCIADO.--Haré lo que pudiere, pues
que hasta agora no me ha obligado á más
que á esto.
SALAZAR.--Ni yo quiero más tampoco,
y para que mejor nos entendamos, lo
principal que vuesa merced ha dado y
sobre lo que más ha fundado su intención
es la templanza de los antiguos en el
comer y beber, y hay tantas cosas que
alegar contra esto, que creo que algunas
se ofreceran á mi memoria. Y la primera
es la destemplanza del gran Alejandro en
los convites, que con ella vino á matar
á Clito, su familiar y muy privado, y
después en Babilonia se estaban haciendo
banquetes y fiestas cuando le dieron la
ponzoña con que le mataron. Sin esto, á
todos es notorio cuán destemplado fué
el emperador Nerón, que muchas veces
duraban los banquetes desde un día á la
hora que él y sus convidados se sentaban
á la mesa hasta otro día á la mesma
hora. De Heliogábalo todos saben los
grandes y excesivos gastos que hacía en
procurar manjares preciosos y delicados
y costosos, tanto que algunos quieren
decir que hacía buscar papagallos que de
los sesos dellos pudiesen hacer salsa
que bastara para muchos convidados que
con él comían. No es menos lo que se
dice del emperador Galba, y de Joviniano
escribe Bautista Ignacio que, comió
tanto en una cena, que por no gastarlo
se murió. Otro tanto dice Eufesio de
Domicio Afro, y el banquete que Marco
Antonio hizo á Cleopatra todos lo saben,
y el que ella le tornó á hacer, que
porque fuese más costoso deshizo en
vinagre una perla de tan grande estima
que no le podían poner precio, y con él
se hizo una salsa de que comió Marco
Antonio. También es autor Flavio Vopisco,
que uno llamado Phiago comía cien panes
y una ternera y un puerco á un comer,
aunque parece esto cosa que se creerá
de mala gana. Eracides, griego, era tan
gran comedor, que convidaba á los que
querían comer con él á cualquiera hora
del día por tornar á comer con ellos
muchas veces. De los pueblos de Asia
y de los asirios, muchos escriben que
no entendían sino en comer y beber, y
que en esto ponían su bienaventuranza;
y lo que más se puede notar de todo es
lo que escribe Julio César en el libro
llamado _Anticatones_, que Marco Catón
uticense, con todas las virtudes que dél
se cuentan, era tan destemplado en el
comer y beber, que muchas veces pasaba
toda una noche sin dormir por estar en
los banquetes. Quinto Ortensio, orador,
fué el primero que hizo en Roma que los
pavos se comiessen, y Sergio Orata, según
dice Plinio, inventó estanques en el
lago bayano por tener en él las ostras
para vender á la gula de los romanos, y
Lúculo rasgó una montaña sobre Nápoles á
grandísima costa para hacer un estanque
para tener pescado con que satisfacer
su gula. Y porque me parece que bastan
los ejemplos que he traído, oígan vuesas
mercedes las palabras de Macrobio en el
libro tercero de las _Saturnales_, las
cuales son éstas: Quién negará haber sido
grandíssima y indómita gula entre los
antiguos, los cuales de mar tan largo
traían instrumentos á su desorden, como
son las lampreas que echaban en los
estanques, y sin éstas, hay muchas cosas
y autoridades que podrían hacer al caso
para probar que los antiguos no tuvieron
la templanza que el señor licenciado ha
dicho; pero si él me satisface á esto, yo
me daré por satisfecho en todo lo demás
que pudiere alegar.
LICENCIADO.--En trabajo me ha puesto
el señor Salazar, porque no tienen tan
poca fuerza sus argumentos y razones que
no será dificultosa la respuesta; pero
yo espero en Dios de darle tan buena
salida que le contente y confiesse ser
verdad lo que yo he dicho. Y digo que
es assí, que también entre los antiguos
hubo algunos golosos y desordenados,
tanto y más que agora lo son, y que se
hacían los banquetes y gastos excesivos
en muy gran cantidad; pero esta desorden
no era general como agora lo es, sino
particular, y de manera que generalmente
parecía mal á todos, porque no hay ciudad
tan bien ordenada donde no haya algunos
delitos, ni campo de soldados tan bien
concertado que no haya en él algunos
revoltosos, ni aun monasterio, si es
de muchos frayles, que no esté en él
algún desasosegado, y así no es mucho
que entre tan gran multitud de gentes
como en los tiempos antiguos había en
el mundo, hubiese algunos dados á la
desorden de la gula, así como el señor
Salazar lo ha dicho, que de creer es que
aún serán muchos más de los que dice;
pero éstos, en comparación de los otros
que usaban de la templanza, es como una
estrella para todas las que hay en el
cielo, y una golondrina, como suelen
decir, no hace verano, ni diez granos
de neguilla en un muelo de trigo no son
causa de que se haga mal pan, ni es justo
que por tan pocos golosos condenemos á
muchos templados; y la mayor señal de
que lo eran es que luego se conocían
entre ellos los que se desmandaban en
el comer y beber demasiadamente. Y los
poetas y oradores tratando de este vicio
lo traían por exemplo para que los que
después dellos viniesen, pensando que
las gentes habían siempre de permanecer
en la templanza que ellos comúnmente
guardaban; pero agora en nuestros tiempos
así podríamos notar un hombre templado
y tenerlo en mucho, como si viésemos
alguna cosa muy nueva, y los que lo
son es porque no pueden más, que la
gula y la curiosidad del comer está tan
desenfrenada en todos, que es cosa para
espantar á los que bien lo consideraren,
y lo que peor es que los pobres y los
que poco pueden muchas veces son más
golosos y destemplados que los ricos,
y no se contentan con un manjar ni con
dos ni con tres, que querrían comer
cincuenta si pudiessen. Y entre los
antiguos no debían ser menos cinco que
agora ciento, porque así dice Juvenal
en la primera sátira reprendiendo este
vicio: ¿Quién hubo entre los antiguos que
en los convites secretos comiesse siete
manjares? Como si dixese: Gran desorden
es la que agora hay en Roma, pues que
hay banquetes en que se sirven siete
platos diferentes, lo cual nunca se hizo
entre los antiguos. Y pues que Juvenal en
su tiempo reprendía este desconcierto,
¿qué hiciera en el nuestro viendo los
grandes desconciertos que ya vienen en
dar en locura? En que, como he dicho, no
sería poco necesario el remedio, como lo
pusieron los atenienses con los criados
y hijos de uno que se llamaba Nosipio,
que porque supieron que comía y bebía
demasiadamente, mandaron que no comiesen
con él, porque no quedasen avezados á
aquella mala costumbre. Agora hombres
hay que comen mucho; pero si lo pide su
estómago, no son tanto de reprenderle
como los que quieren comer de muchos y
diferentes manjares, adobados con mucha
diversidad de cosas, entre las cuales
unas son calientes, otras son frías, unas
templadas y otras sin ninguna templanza;
unas son duras y pessadas y otras son
fáciles de gastar, de manera que la
virtud del estómago se embaraza con ellas
y no puede recebir tanto provecho que no
será mayor el daño para no sé conservar
la salud ni la vida. Y torno á decir
que teniendo atención á la moderación y
buena regla que los antiguos tenían en
sus comidas, que todos agora se habrían
de moderar en ellas, y principalmente los
grandes señores, á lo menos en no hacer
gastos superfluos y sin provecho, que
después que se sirven lo que se pueden
comer, y hasta sin hacer falta, no han de
querer que se sirva lo demás para sólo el
humo de la autoridad y de la grandeza,
pues se conoce el poco provecho y el gran
daño que se recibe. Y aun el mundo y la
gente conocen dél tiene muy gran razón
de agraviarse, porque esto es causa de
que los mantenimientos se hayan subido en
precios tan excesivos, porque saben que
hay muchos que los compren y gasten y que
han de hallar por ellos lo que pidieren
y quisieren llevar. Y en verdad que no
sería mal hecho que en esto se pusiese
algún remedio y se hiciesse alguna ley
en que se diese orden para remediarlo.
Y porque me he divertido de lo que
queda con el señor Salazar, que fué
satisfacerle á sus objeciones, quiero
saber si queda satisfecho con lo que he
respondido, porque á no lo estar, yo me
conformaré con su buen parecer y juicio.
SALAZAR.--No faltará qué poder replicar,
pero yo sé que vuesa merced me satisfará
tan bien á ello como á lo pasado, y assí
lo quiero dexar, aunque no fuera malo que
con reprender la desorden y destemplanza
de las comidas se hubiera dicho algo de
la que se tiene en el tiempo dellas,
porque también se estima por grandeza
no tener orden ni concierto en esto,
haciendo del día noche y de la noche día,
y caando han de comer á las diez del día
comen á las dos de la tarde, y si han de
cenar á las seis de la tarde cenan á las
once y á las doce de la noche, assí que
es una confusión y desatino la que ellos
tienen por orden y concierto.
RUIZ.--Bien entendida está ya esta
materia, porque el señor licenciado la ha
tratado tan bien en tan pocas palabras,
que queda poco por decir de lo dicho, y
paréceme que no habrá menos que tratar de
la desorden que se tiene en los vestidos
y gastos que en ellos se hacen, porque
no tienen menos destruído el mundo ni es
menos el yerro que las gentes cometen en
este desatino.
LICENCIADO.--Essa es materia más larga
y para tratarse más despacio que el que
agora tenemos, porque la noche se viene
acercando y el sereno, con el frescor
del río, podría hacernos daño si más nos
detuviésemos, y si vuestras mercedes
mandasen, será bien que nos vamos.
QUIÑONES.--También el señor licenciado se
ha querido en esto mostrar médico como
en lo pasado, y pues es su consejo tan
bueno, justo será que lo sigamos.
RUIZ.--Por entre las huertas podremos ir,
por no volver por donde venimos.
SALAZAR.--Guíe vuestra merced delante,
que todos le seguiremos.
_Finis._