CAPÍTULO XXXVI

Estado de los asuntos en Madrid. — Nuevo Ministerio. — El obispo

de Roma. — El librero de Toledo. — Las espadas. — Las casas de

Toledo. — La gitana abandonada. — Diligencias mías en Madrid. —

Otro criado.

Durante mi viaje por las provincias del Norte de España, que ocupó

una parte considerable del año 1837[1], sólo pude realizar una

porción muy pequeña de lo que en un principio me había propuesto

hacer. Los resultados de los trabajos del hombre son insignificantes

comparados con los vastos designios que su presunción concibe;

sin embargo, algo se había conseguido con mi reciente viaje. El

Nuevo Testamento de Cristo se vendía ya tranquilamente en las

principales ciudades del Norte, y contaba con el amigable concurso

de los libreros de aquellas partes, especialmente con el del viejo

Rey Romero, de Compostela, el más importante de todos. Además,

había yo repartido con mis propias manos un número considerable

de Testamentos entre individuos particulares, todos de las clases

bajas, a saber: muleteros, carreteros, _contrabandistas_, etc.; de

suerte que, en conjunto, tenía motivos bastantes de reconocimiento y

gratitud.

[1] Regresó a Madrid el 30 de octubre (Knapp).

Encontré nuestros asuntos en Madrid en situación nada próspera: en

las librerías se habían vendido pocos ejemplares. ¿Qué otra cosa

podía esperarse racionalmente en unos tiempos como los que acababan

de pasar? Don Carlos había llegado a las puertas de la capital con

un fuerte ejército; ante la amenaza del saqueo y de la degollina

inminentes, la gente se preocupó más de poner en salvo vidas y

haciendas que de leer ninguna clase de libros.

Pero el enemigo ya se había retirado a sus reductos de Alava y

Guipúzcoa. Tuve, pues, esperanzas de que amaneciesen días mejores y

de que la obra, bajo mi vigilancia, prosperaría, por la gracia de

Dios, en la capital de España. El lector verá a continuación cuán

lejos estuvieron los hechos de corresponder a mis deseos.

Durante mi viaje al Norte había sobrevenido un cambio total en el

Ministerio. En lugar del partido liberal, arrojado del Gabinete,

entró el partido _moderado_; por desgracia para mis planes, los

nuevos ministros eran personas a quienes yo no conocía y sobre

quienes mis antiguos amigos Istúriz y Galiano tenían poca o ninguna

influencia. A estos señores se les dejó sistemáticamente aparte, y su

carrera política pareció terminada para siempre.

Del nuevo Gobierno poco podía yo esperar: casi todos los hombres

que lo formaban habían sido cortesanos o funcionarios del difunto

rey Fernando, eran partidarios del absolutismo y no estaban en modo

alguno dispuestos a hacer o permitir cosas que pudieran enojar a la

Corte de Roma, a la que ansiaban tener contenta, esperando inducirla

quizás a reconocer a la niña Isabel II, no como reina constitucional,

sino como reina absoluta.

Ese partido se mantuvo en el poder durante lo restante de mi

residencia en España, y me persiguió, menos por odio y maldad que por

política. Sólo a la terminación de la guerra perdió su preponderancia

y cayó con su protectora, la reina madre, ante la dictadura de

Espartero.

El primer paso que di después de mi regreso, tocante a la difusión

de las Escrituras, fué muy atrevido. Consistió ni más ni menos que

en abrir una tienda para vender los Testamentos. La tienda estaba en

una calle importante y animada: la calle del Príncipe, inmediata a la

plaza de Cervantes. La amueblé muy bien con armarios de vidrieras y

cornucopias, y puse al frente de ella a un gallego listo, de nombre

Pepe Calzado, que todas las semanas me daba cuenta fiel de los

ejemplares vendidos.

Al día siguiente de abrir el establecimiento, estaba yo en la otra

acera de la calle, apoyado de espaldas en la pared, cruzado de

brazos, contemplando la tienda, en cuyos huecos se leía en grandes

letras amarillas: _Despacho de la Sociedad Bíblica y Extranjera_,

y, sumido en mi contemplación, pensaba: «¡Qué inesperadas mudanzas

trae el tiempo! ¡Ocho meses he pasado de aquí para allá en esta vieja

España, tan papista, repartiendo Testamentos como agente de una

Sociedad que los papistas tienen por herética, y no me han lapidado

ni quemado! Ahora, en la capital hago lo que a cualquiera le hubiera

parecido causa bastante para que todos los difuntos inquisidores y

familiares enterrados dentro de sus muros se alzaran de sus tumbas

gritando: “¡Abominación!”, y nadie se mete conmigo. ¡Obispo de Roma!

¡Obispo de Roma! Ten cuidado. Pueden cerrarme la tienda; pero qué

signo de los tiempos es el hecho de que la hayan dejado existir un

solo día. Se me antoja, padre mío, que los días de tu preponderancia

en España están contados, y que ya no te consentirán saquearla mucho

tiempo, ni mofarte de ella, ni flagelarla con escorpiones, como en

épocas pasadas. Veo ya la mano que escribe en el muro un: “_¡Mene,

Mene, Tekel, Upharsin!_ Ten cuidado, _Batuschca_”.»

Dos horas permanecí apoyado en la pared, contemplando la tienda.

Poco tiempo después de abrir el _Despacho_ en Madrid, monté de

nuevo a caballo, y, seguido de Antonio, fuí a Toledo con propósito

de difundir las Escrituras, para lo cual envié por delante con un

arriero un cargamento de cien ejemplares. Sin tardanza busqué al

principal librero de la ciudad, no sin temor de encontrarme con un

carlista, o, al menos, con un _servil_, ya que en Toledo abundan

tanto los canónigos, curas y frailes exclaustrados. Me llevé el

chasco mayor de mi vida: al entrar en la tienda, espaciosa y cómoda,

vi a un hombre atlético, vestido con una especie de uniforme de

caballería, calado el morrión y un sable inmenso en la mano. Era el

librero en persona, oficial de la Guardia nacional de caballería. Al

saber quién era yo, me estrechó cordialmente la mano y dijo que con

el mayor placer se haría cargo de los libros y procuraría difundirlos

por todos los medios a su alcance.

—¿No incurrirá usted en el odio del clero si hace eso?

—_¡Ca!_—respondió—. ¿Quién los hace caso? Yo soy rico, y mi padre

también lo fué. No dependo de ellos. Ya no pueden odiarme más de

lo que me odian, porque no oculto mis opiniones. Ahora mismo acabo

de regresar de una expedición de tres días con mis compañeros los

nacionales; hemos estado persiguiendo a los facciosos y ladrones de

estos contornos; hemos matado a tres y traemos varios prisioneros.

¿Quién hace caso de los curas pusilánimes? Yo soy liberal, _don

Jorge_, y amigo de su compatriota Flinter. Le he ayudado a cazar

muchos curas guerrilleros y frailes salteadores que andaban en la

facción. He oído que le han nombrado capitán general de Toledo: me

alegro; cuando llegue se van a ver aquí cosas buenas, _don Jorge_. Le

aseguro a usted que al clero le apretaremos las clavijas.

Toledo fué antiguamente capital de España. Su población es ahora de

unas quince mil almas, aunque en tiempo de los romanos y también

durante la Edad Media llegó, según dicen, a doscientos o trescientos

mil habitantes. Está situado a unas doce leguas al Oeste de Madrid,

y se alza sobre un cerro de granito que el Tajo rodea en todo su

perímetro, salvo por el Norte. Encierra todavía muchos edificios

notables, a pesar de que se halla en decadencia hace mucho tiempo.

Su catedral, la más espléndida de España, es Sede del Primado.

En la torre de esta catedral se encuentra la famosa campana de

Toledo, la mayor del mundo, con excepción de la monstruosa campana

de Moscou, que también he visto. Pesa 1.543 _arrobas_; su sonido

es desagradable, porque está rajada. Toledo podía jactarse en otro

tiempo de poseer los mejores cuadros de España; pero durante la

guerra de la Independencia los franceses robaron o destruyeron

muchos, y todavía más se han sacado por orden del Gobierno. El

más notable de todos, acaso, aún se encuentra allí: aludo al que

representa el entierro del conde de Orgaz, la obra maestra de

Doménico, el griego, genio extraordinario, algunas de cuyas obras

poseen méritos de altísima calidad. El cuadro a que me refiero está

en la pequeña iglesia parroquial de Santo Tomé, al fondo de la nave,

a la izquierda del altar. Si pudiera comprarse, creo que en cinco mil

libras sería barato.

Entre las muchas cosas notables que se ofrecen en Toledo a la curiosa

mirada del observador, se halla la fábrica de armas, donde se

elaboran espadas, lanzas y otras armas destinadas al Ejército, con

excepción de las de fuego, traídas del extranjero casi todas.

Es bien sabido que antiguamente las hojas de Toledo eran muy

estimadas y se hacía gran comercio de ellas en toda la cristiandad.

La _fábrica_ actual es un hermoso edificio moderno, situado

extramuros de la ciudad, en una planicie contigua al río, con el

que se comunica por un pequeño canal. Dicen que el buen temple de

las espadas se debe principalmente al agua y a la arena del Tajo.

Pregunté a varios maestros de la fábrica si hoy en día sabían hacer

armas tan buenas como las antiguas y si el secreto de la fabricación

se había perdido.

—_¡Ca!_—me respondieron—. Las espadas de Toledo no han sido nunca

tan buenas como las que hacemos ahora. Es muy ridículo que los

extranjeros vengan a comprar aquí espadas viejas, pura morralla casi

todas, no fabricadas en Toledo, por las que pagan grandes sumas, y,

en cambio, les costaría trabajo dar dos duros por esta joya, hecha

ayer mismo.

Al decir esto, pusieron en mi mano una espada del tamaño ordinario.

—Su merced—dijeron—parece que tiene buen brazo; pruebe el temple de

esta espada contra ese muro de piedra. Tire una estocada a fondo y no

tema.

Tengo, en efecto, un brazo vigoroso: con toda mi fuerza ataqué de

punta contra el sólido granito; la violencia del golpe fué tal, que

el brazo se me quedó insensible hasta el hombro durante una semana,

pero la espada no se embotó ni sufrió lo más mínimo.

—Mejor espada que ésta—dijo un obrero antiguo, natural de Castilla la

Vieja—no la ha habido para matar moros en la Sagra.

Durante mi estancia en Toledo me alojé en la Posada de los

Caballeros, nombre muy merecido en cierto modo, porque existen muchos

palacios menos suntuosos que esa posada. Al hablar así, no vaya a

suponerse que me refiero al lujo del mobiliario o a la exquisitez y

excelencia de su cocina. Las habitaciones estaban tan mal provistas

como las de todas las posadas españolas en general, y la comida,

aunque buena en su género, era vulgar y casera; pero he visto pocos

edificios tan imponentes. Era de inmenso grandor, compuesto de varios

pisos, de traza algo semejante a la de las casas moras, con un patio

cuadrangular en el centro y un _aljibe_ inmenso debajo, para recoger

el agua llovida. Todas las casas de Toledo tienen aljibes parecidos,

adonde, en la estación lluviosa, van a parar las aguas de los tejados

por unas canales. Esta es la única agua que se emplea para beber; la

del Tajo, considerada como insalubre, sólo se usa para la limpieza, y

la suben por las empinadas y angostas calles en cántaros de barro a

lomo de unos pollinos. Como la ciudad está en una montaña de granito,

no tiene fuentes. En cuanto al agua llovida, después de sedimentarse

en los aljibes, es muy gustosa y potable; los aljibes se limpian

dos veces al año. Durante el verano, muy riguroso en esta parte de

España, las familias pasan casi todo el día en los patios, cubiertos

con un toldo de lienzo; el calor de la atmósfera se templa por la

frialdad que sube de los aljibes, que responden al mismo propósito

que las fuentes en las provincias meridionales de España.

Estuve próximamente una semana en Toledo; en ese tiempo se vendieron

algunos ejemplares del Testamento en la tienda de mi amigo el

librero. Algunos curas tomaron el libro del _mostrador_ donde se

encontraba y lo examinaron, pero sin decir nada; ninguno lo compró.

Mi amigo me enseñó su casa; casi todas las habitaciones estaban

forradas de libros desde el suelo hasta el techo; y muchos de ellos

eran de gran valor. Díjome que su colección de libros antiguos de

literatura española era la mejor del reino. Estaba, empero, menos

orgulloso de su librería que de su caballeriza; y como advirtiera que

yo entendía algo de caballos, su estimación y su respeto hacia mí

crecieron por modo considerable.

—Todo lo que tengo—decía—está a la disposición de usted; veo que es

usted un hombre de los que a mí me gustan. Cuando quiera usted dar

un paseo a caballo por la _Sagra_, no tiene usted más que avisar a

mi criado y le ensillará el famoso cordobés _entero_ que compré en

Aranjuez al deshacerse la yeguada real. Sólo a otro hombre le dejaría

yo el caballo, y ese hombre es Flinter.

En Toledo encontré a una gitana abandonada, con un hijo de unos

catorce años de edad; no era toledana; había ido allí desde la

Mancha en pos de su marido, preso bajo la inculpación de robo de

caballerías; el delito se le probó, y de allí a pocos días iba a

salir para Málaga con una cadena de galeotes. El preso carecía

en absoluto de dinero, y su mujer recorría las calles de Toledo

diciendo la buenaventura para ganar unos pocos _cuartos_ con que

ayudar al marido en la cárcel. Me dijo que se proponía seguirle a

Málaga, donde esperaba poder proporcionarle medios de fuga. ¡Qué

ejemplo de amor conyugal! Por añadidura, el amor estaba todo en un

lado solo de esa pareja, como ocurre con frecuencia. Su marido era un

tunante despreciable, que la había abandonado marchándose a Madrid,

donde vivió en concubinato con Aurora, criminal notoria, por cuyas

instigaciones cometió el robo que ahora tenía que expiar.

—Y si tu marido logra escaparse en Málaga, ¿adónde va a ir?

—Al _chim_ de los _Corahai_, hijo mío; a la tierra de los moros, a

ser soldado del rey moro.

—¿Y qué va a ser de ti?—pregunté—. ¿Crees que te llevará consigo?

—Me dejará en la costa, hijo mío, y en cuanto haya cruzado la

_pawnee_[2] negra, me olvidará, no pensará más en mí.

[2] Pawnee, Pani: agua.

—¿Por qué te tomas tantos trabajos por él, sabiendo lo ingrato que es?

—¿No soy su _romi_, hijo mío, y no estoy obligada por la ley de los

_Calés_ a asistirle hasta lo último? Si al cabo de cien años volviera

de la tierra de los _Corahai_ y me encontrase viva, y me dijese:

«Tengo hambre, mujercita; vé a robar o a decir _bají_», iría sin

falta, porque es el _rom_ y yo la _romi_.

Al regresar a Madrid encontré abierto todavía el _despacho_.

Se habían vendido algunos Testamentos, aunque en cantidad nada

considerable. La obra luchaba con grandes inconvenientes para su

difusión, por la ilimitada ignorancia de la gente respecto de su

tenor y contenido. No era, pues, maravilla que despertase poco

interés. Para llamar la atención del público sobre el _despacho_,

imprimí tres mil carteles en papel amarillo, azul y carmesí, y los

pegué por las esquinas, y además inserté en los periódicos una

información relativa al caso; el resultado fué que en muy poco

tiempo apenas hubo alguien en Madrid que no conociera la existencia

de la tienda y del libro. En Londres y París, estas diligencias

habrían asegurado, probablemente, la venta de la edición entera del

Nuevo Testamento en pocos días. En Madrid, el resultado no fué tan

lisonjero; al cabo de un mes de estar abierta la tienda, sólo se

había vendido un centenar de ejemplares.

Este proceder mío no podía por menos de producir gran sensación:

los curas y sus secuaces rebosaban de enconada furia, que durante

cierto tiempo tuvieron por conveniente manifestar sólo con palabras;

estaban en la creencia de que el embajador y el Gobierno británicos

me protegían; pero su malignidad hacía temer cualquier ataque, por

atroz que fuese; y si la comparación no fuese inadecuada a mí, gusano

el más insignificante de la Tierra, diría que, como Pablo en Éfeso,

estaba luchando con fieras salvajes.

El último día del año 1837, mi criado Antonio me dijo así:

—_Mon maître_, no tengo más remedio que dejarle a usted por una

temporada. Desde que volvimos de nuestro viaje estoy descontento

de la casa, de los muebles y de doña Mariquita. Por tanto, me he

ajustado de cocinero en casa del conde de..., donde ganaré al mes

cuatro duros menos de lo que su merced me da. Me gusta la variedad,

aunque sea para perder. _Adieu, mon maître_; deseo que encuentre

usted un criado tan bueno como se le merece. Sin embargo, si

necesitara usted alguna vez con urgencia _de mes soins_, llámeme sin

vacilar, y en el acto me despediré de mi nuevo amo, si todavía estoy

con él, e iré a buscarle a usted.

Así me vi privado de los servicios de Antonio por cierto tiempo.

Estuve unos cuantos días sin criado, al cabo de los cuales ajusté a

cierto cántabro o vasco, natural de Hernani, en Guipúzcoa, que me

habían recomendado mucho.

La Biblia en España, Tomo III (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 10 / 35 题