Desde el 8 de julio de 347 hasta el 27 de junio de 346 antes de J. C.
Noticioso Filipo del contento que reina en nuestras tertulias o juntas,
acaba de remitirnos un talento (20.517 reales vellón), y nos invita a
que le comuniquemos el resultado de cada sesión nuestra. La sociedad
de que soy individuo se complacerá en satisfacer sus deseos. Yo he
propuesto que se le envíe la pintura de algunos de nuestros ministros
y generales, y en el acto mismo he suministrado apuntes curiosos para
ello. Voy a ver si los recuerdo.
Démades ha sobresalido durante algún tiempo entre la chusma de nuestras
galeras. Manejaba el remo con igual maña y fuerza que en el día
maneja la palabra, sacando de su primer estado el honor de habernos
enriquecido con el proverbio que dice _del remo a la tribuna_ para
describir el camino de un arribista.
Es hombre de talento, y sobre todo muy chistoso y chancero, pero no
consiste en esto solo su ingenio. Cuando se trata en la asamblea un
asunto imprevisto, en que ni el mismo Demóstenes se atreve a hablar, él
habla con tanta elocuencia que nadie titubea en tenerle por superior a
todos nuestros oradores. Es de trato tan franco, al mismo tiempo, que
se vendería, aunque fuese por algunos años, a cualquiera que quisiera
comprarle.
Filócrates es menos elocuente que Démades, pero tan voluptuoso como
este y tan desarreglado. En la mesa todo desaparece en su presencia,
y es además uno de aquellos hombres en cuya frente se cree leer, como
sobre las puertas de una casa, estas palabras escritas con letras muy
grandes: _Se alquila, se vende_.
No es así Demóstenes, pues manifiesta un celo ardiente por la patria, y
quizás nos venderá cuando no pueda impedir que los demás nos vendan.
Sus grandes defectos naturales se oponían a sus vivos deseos de seguir
la carrera de la elocuencia, pero a costa de esfuerzos extraordinarios
ha vencido una parte de aquellos inconvenientes, y cada día añade un
nuevo rayo a su gloria. Bien es verdad que le cuesta caro, porque es
menester que medite mucho tiempo y que revuelva su entendimiento para
forzarle a producir. Sus enemigos suponen que sus escritos huelen a
humo de lámpara: las personas de gusto encuentran cierta cosa de poco
noble en su acción, y le critican ciertas expresiones duras y metáforas
extravagantes. Por mi parte, le encuentro tan malo en el estilo jocoso
como ridículo en el esmero de su vestido. La dama más melindrosa no
gasta ropa tan fina, y este acicalamiento hace un contraste singular
con su áspero carácter.
Es digno de risa su amor propio, aunque no ofende porque al momento lo
conoce cualquiera. Estando yo días pasados en la calle, una aguadora,
que le vio, le enseñaba a otra mujer señalando con el dedo y diciendo:
«Mira, mira, ese es Demóstenes». Yo hacía como que no lo veía, pero él
me lo hizo advertir.
Esquines se acostumbró desde muy joven a hablar en público. Se agregó
temprano a una compañía de cómicos para hacer en ella únicamente los
terceros papeles. A pesar de la hermosura de su voz, el público le
declaró una guerra abierta. Dejó pues su profesión; fue escribano de
un tribunal subalterno y después ministro de estado. Desde entonces
ha mostrado siempre una conducta arreglada y decente. Su elocuencia
se distingue por la feliz elección de palabras, por la abundancia y
claridad de sus ideas y por una gran facilidad que debe más bien a la
naturaleza que al arte; y aunque no tiene tanto nervio como Demóstenes,
tiene no obstante el suficiente en sus discursos. Debo añadir que es
hombre muy valiente pues se ha distinguido en muchos combates, tanto
que Foción ha dado testimonio del valor suyo.
Foción no ha sabido nunca que vivía en esta ciudad ni en este siglo.
Es pobre y no se humilla por esto; hace el bien y no se alaba de ello;
tiene talento sin ambición y sirve al estado sin interés. Al frente
del ejército se contenta con restablecer la disciplina y batir al
enemigo, y en la tribuna ni le turban los gritos de la multitud, ni
le envanecen los aplausos. Es el único general que nos queda, y casi
nunca le empleamos; el más íntegro y acaso el más ilustrado de nuestros
oradores, y el que menos escuchamos. Es cierto que no le quitaremos sus
principios, pero juro por los dioses que él tampoco nos quitará los
nuestros, y en verdad no se dirá que con este despliegue de virtudes
añejas y con sus rapsodias de antiguas costumbres, Foción será bastante
fuerte para corregir a la nación más amable del universo.
Ved a Cares, que enseña con su ejemplo a nuestros jóvenes a profesar
públicamente la corrupción. Es el general más bribón y más torpe de
cuantos tenemos, pero el más acreditado porque se ha puesto bajo la
protección de Demóstenes y de algunos otros oradores, al mismo tiempo
que da fiestas al pueblo.