Su fauna, su flora, su topografía, que ostenta la más rica variedad

de climas, como todos los países de la América ecuatorial, fueron

descritos de pintoresca manera en una carta dirigida por el

Descubridor, en 1493, a Luis Santangel, escribano de ración de los

Reyes Católicos por la corona de Aragón. «Yo entendía harto de otros

indios--dice--que ya tenía tomados como continuamente esta tierra era

isla, e así seguí la costa della al oriente, ciento e siete leguas,

fasta donde facía fin; del cual cabo había otra isla, al oriente,

distante desta diez e ocho leguas, a la cual puse luego nombre La

Española; y fuí allí, y seguí la parte del setentrión así como de

la _Juana_, la cual y todas las otras son fortísimas en demasiado

grado, y ésta en extremo: en ella hay muchos puertos en la costa del

mar sin comparación de otros que yo sepa de cristianos, y fartos ríos

y buenos y grandes ques maravilla: las tierras della son altas y en

ellas muy muchas sierras y montañas altísimas, sin comparación de la

isla de _Cetrefey_, todas fermosísimas de mil fechuras y todas andables

y llenas de árboles de mil maneras y altos, y parece que llegan al

cielo; y tengo por dicho que jamás pierden la foja según lo que puedo

comprender, que los vi tan verdes y tan fermosos como son por Mayo

en España. Dellos están floridos, dellos con fruto, y dellos en otro

término según su calidad; y cantaba el ruiseñor y otros pájaros de mil

maneras en el mes de Noviembre por allí donde yo andaba. Hay palmas

de seis o de ocho maneras, ques admiración verlas por la disformidad

fermosa dellas, mas así como los otros e frutos e yerbas: en ella

hay pinares a maravilla e hay campiñas grandísimas e hay miel, e de

muchas maneras de aves y frutas muy diversas. En las tierras hay muchas

minas de metales e hay gente en inestimable número. _La Española_ es

maravilla: las sierras y las montañas y las vegas y las campiñas y

las tierras tan fermosas y gruesas para plantar y sembrar, para criar

ganados de todas suertes, para edificios de villas y lugares. Los

puertos de la mar, aquí non habría creencia sin vista, y de los ríos

muchos y grandes y buenas aguas: los más de los cuales traen oro. En

los árboles y frutas y yerbas hay grandes diferencias de aquellas de la

_Juana_: en ésta hay muchas especies, y grandes minas de oro y de otros

metales.»

Esa opulenta naturaleza está todavía inexplotada. Con _seis millones_

de hectáreas y apenas medio millón de habitantes, han faltado los

necesarios elementos para explotar sus cuantiosas riquezas. Ha

concurrido también para ello, además de la escasez de población, las

contiendas en que se ha visto continuamente envuelta la República.

Este es un hecho realmente sensible, pero que, juzgado con reflexión

serena, se advierte que es un fenómeno casi necesario e inevitable. La

República Dominicana, como otras jóvenes democracias de América, ha

sido juzgada aquí en Europa con excesiva severidad; se ha exigido de

ella una madurez prematura, un desarrollo que por su violenta rapidez

habría sido morboso, se le ha calificado de _intratable, sanguinaria,

revoltosa_, como si los primeros pasos no fuesen siempre vacilantes, y

como si no fuese una ley histórica que todo pueblo joven que ha estado

en servidumbre, ha menester rendir un tributo de sangre para afianzar

sus instituciones y cimentar su libertad. Pero, no obstante sus

frecuentes convulsiones, por virtud de su fuerza nativa y el genio vivo

de la raza, la República Dominicana ha hecho, en apenas medio siglo que

lleva de independencia, progresos realmente sorprendentes. De ello dan

testimonio su comercio, sus industrias, sus instituciones libérrimas y

el desarrollo que han adquirido en ella últimamente las ciencias y las

artes.

Según datos oficiales, para el ejercicio del año 1909 a 1910 los

ingresos y egresos públicos del país fueron fijados en 4.024,230

pesos, respectivamente. Las entradas de los impuestos aduaneros se

calcularon en 3.200,010 pesos; impuesto sobre el consumo, 460.000

pesos; renta del servicio postal y telegráfico, 35.000 pesos; derechos

consulares, 15.000 pesos; impuesto de timbres, 43.000 pesos; y rentas

de ciertas propiedades fiscales, pesos 261.230. Con el objeto de

normalizar las relaciones del Erario Público y de los particulares con

los establecimientos de crédito, se ha dictado recientemente una ley

bancaria, que prescribe que los Bancos de emisión deberán tener un

capital por lo menos de 500.000 pesos; los hipotecarios, 100.000 pesos

y los refraccionarios, 50.000 pesos.

Uno de los problemas más serios que el Gobierno Dominicano ha tenido

durante mucho tiempo sobre el tapete, y al que ha dado por fin una

solución, es el de la unificación de la deuda pública. Al dar cuenta

el Presidente de la República de tal hecho al Congreso Nacional,

decía en su mensaje: «El medio para lograr el arreglo y pago de las

deudas estaba indicado. Puesto que los acreedores belgas y franceses

habían convenido desde Junio de 1901 en recibir el 50 por 100 de sus

acreencias si se les pagaba en efectivo en un plazo de veinte años, y

esa deuda era casi la mitad de las sumas debidas por la República, lo

que había que hacer era contratar un empréstito a tipo moderado, con el

cual se pagase la totalidad de las deudas. Hay varias, como la Flotante

interior y la llamada Extranjera, que nunca se han vendido a más del 40

por 100 de su valor nominal; otras, como la Diferida, que no alcanzaron

jamás el precio de 10 por 100, y muchas en que el capital real no

excedía de un 30 por 100, siendo el resto intereses acumulados. ¿No

era factible que los poseedores de créditos en semejantes condiciones

aceptasen el 50 por 100 de su valor, cuando los belgas y franceses,

poseedores de acreencias más legítimas, lo habían aceptado, y que otros

acreedores se conformasen con tipos menores en relación con el valor de

sus créditos, en el momento en que se les hiciera una proposición de

pagarles en efectivo? El empréstito convenido con las casas bancarias

Kuhn, Loeb y C^o, y Morton Trust C^o, es por 20.000.000 pesos, oro

americano, con prima de 4 por 100 e interés de 5 por 100 amortizable

en cincuenta años y redimible en diez con prima de dos y medio por

100. Hay que entregar anualmente 1.200.000 pesos para el pago de

intereses y fondo de amortización, pudiendo entregarse mayor cantidad

si así le conviene a la República, y debiendo además destinar al fondo

de amortización la mitad del excedente de los derechos aduaneros,

si pasasen en cualquier año de la suma de 3.000.000 de pesos.» «La

República debe cerca de 33.000.000 de pesos los cuales devengan un

interés de más de 1.200.000 pesos y obligan a satisfacer por ahora

700.000 de pesos por lo menos de amortización. Todo eso se paga con

1.200.000 pesos anuales. Se disminuye el capital de 33.000.000 de pesos

a 17.000.000 de pesos; se reduce el interés de más de 1.200.000 pesos

a 1.000.000 de pesos, y la amortización de 700.000 de pesos a 200.000

pesos, obteniendo como resultado final que en treinta y ocho años o

poco más quedemos libres de deudas, o en menos tiempo si aumentamos

la amortización, habiendo pagado en ese lapso por capital e intereses

unos 45.000.000 de pesos, en tanto que siguiendo el actual sistema no

pagaríamos jamás, si no en el caso en que aumentásemos en más 1.500.000

pesos la cantidad destinada para el pago de intereses y amortización,

lo que sería verdaderamente muy gravoso para la República, teniendo

además que pagar la deuda en su completa integridad.»

El Estado protege con leyes bastante liberales el desarrollo de las

industrias. A este propósito, el notable escritor Enrique Deschamps,

dice en su interesante libro sobre la _República Dominicana_: «Prueba

evidente de esa protección es la absoluta liberación de derechos de

exportación de que disfruta la industria azucarera, siendo de notar que

este ramo asume trascendental importancia por representar la mayor suma

de capital invertido en una sola industria en la República. De ventajas

muy análogas gozan las diversas fábricas de jabón, de fósforos, de

cigarrillos, de velas esteáricas, de sombreros de paja, de zapatos,

de licores, de medias y calcetines de algodón, de fideos, refinerías

de petróleo, y de diversos artículos más de gran consumo en el país, y

puede afirmarse que, a excepción del azúcar que tiene a su servicio en

la República un alto número de grandes ingenios y centrales de un valor

de muchos millones de dollars, todas las demás industrias están todavía

en período de ensayo...» «Uno de los ramos industriales dominicanos

llamados a más brillante porvenir, es, sin duda alguna, el abarcado

por la industria forestal que dispone allí de esferas de acción de

importancia incalculable. El 80 por 100 del territorio dominicano está

todavía cubierto de selvas vírgenes, y son muy pocas las esencias

que en ellas hay que no representen valores económicos cuantiosos.

Una interesante variedad de pinos de inmejorables condiciones como

madera de construcción, cubren las montañas del interior de la isla,

habiendo en ella extensiones de más de cincuenta leguas, en que toda la

vegetación mayor está representada por un solo bosque uniforme de pinos

seculares».

La educación popular es objeto ahora, por parte del Estado, de una

atención preferente. Desde las reformas iniciadas por el educacionista

Hostos, en 1880, se ha operado una completa renovación, de tal manera

que están ya abolidos los procedimientos rutinarios de la antigua

escuela española e implantados, oficialmente, los procedimientos

racionales y analíticos de la Escuela Moderna. La nación cuenta con

un Instituto Profesional, que equivale a la Universidad; la Escuela

de Bachilleres, cuyo rector vitalicio es el eminente humanista F.

Henriquez y Carvajal, el notable pedagogo y pensador a quien debe tanto

la juventud dominicana; un Seminario, numerosas Escuelas Normales y

Colegios Superiores, que funcionan en las cabeceras de las provincias y

los distritos, y más de trescientas escuelas primarias.

PANAMÁ

[Ilustración]

Quien escribe estas líneas ha visitado Panamá antaño y después de su

separación de la madre patria colombiana, y ha encontrado que está

fuera de duda el evidente progreso que allí ha aparecido, comenzando,

en primer lugar, con lo que se refiere a los adelantos sanitarios. Es

un hecho que la fiebre amarilla ha desaparecido de ese país, y que la

capital se ha modernizado en pavimentación y edificios. Desde luego, ha

aumentado más aún su carácter yanki y su característica de población

bilingüe.

Bien sabido es que la ciudad fué fundada por Pedrarias Dávila, en 1518,

y, como Nicaragua, su nombre es el de un antiguo cacique. Los piratas

la hicieron sufrir harto.

El antiguo departamento, hoy República de Panamá, tiene siete

provincias: Bocas del Toro, Colón, Chiriquí, Coclé, Los Santos,

Panamá y Veraguas. Cuenta algo más de cuatrocientos mil habitantes.

Su historia es de interés, no sólo por las convulsiones políticas

sufridas por Colombia, por ser elegida la capital para lugar del famoso

Congreso panamericano que ideara Bolívar, sino por su importancia

comercial que se ha relacionado con el mundo entero, principalmente

por el canal que une los dos océanos, Atlántico y Pacífico, y que, si

realizado por los Estados Unidos, fué iniciado por el genio francés.

Lesseps tendrá allí su monumento.

Al separarse Panamá de España, los panameños, viéndose aislados,

acogiéronse a los halagos del Libertador; pero la idea de emancipación

fué constante, y el 11 de Septiembre de 1830, la voz del general

J. Domingo Espinas se dejó oir, e hizo que la municipalidad

acordase la separación. Pronto fué, pues Panamá estuvo apenas dos

meses independiente. Disturbios y revueltas, más tarde corrientes

autonómicas, realizaron la unión del Istmo y la República. Sancionada

esta unión, en Marzo del año de 1841, la Convención reunida en Panamá

dictó la ley fundamental del Estado del Istmo; pero en Diciembre del

mismo año, esta sección volvió a formar parte de la República de la

Nueva Granada, que fué luego Colombia.

En 1903 se efectuó la revolución que hizo a Panamá independiente de la

nación Colombiana. Al tratarse entre los Estados Unidos y Colombia la

forma de realizar las obras del Canal, iniciadas, como queda dicho, por

una Compañía francesa, un movimiento de opinión rompió definitivamente

los lazos entre el Istmo y el Poder Central, y el 3 de Noviembre de

1903, el Consejo municipal constituyó una nueva nacionalidad libre

y soberana. El acuerdo tuvo unánime aprobación popular, y el 13 de

Febrero de 1904, el doctor don Manuel Amador Guerrero fué elegido

presidente y aportó toda su autoridad y buenas dotes a la ardua tarea

de organización en el flamante gobierno.

El escritor Tito V. Lisoni, al hablar de esta república en una

interesante monografía, dice: «La administración del Sr. Amador fué muy

fructífera, no obstante haberle tocado atravesar un período difícil y

delicado. Se ejecutaron obras públicas notables: la pavimentación de

la capital, la construcción del acueducto de las ciudades de Panamá

y Colón, de puertos, caminos, escuelas y muelles, la edificación del

Palacio del Gobierno y del Teatro Nacional, etc. Floreció la libertad,

y se afianzaron definitivamente las garantías constitucionales.»

Al Sr. Amador le substituyó en la Presidencia D. José Domingo de

Obaldía. Su hecho principal fué la celebración de un contrato para

la construcción del ferrocarril casi trans-istmeño, que será de gran

utilidad para el país.

Falleció desempeñando su cargo, sustituyéndole el doctor Carlos Antonio

Mendoza, secretario de Hacienda, abogado eminente que cuenta larga hoja

de servicios en la administración de su país. Las mejoras realizadas

en la sanidad y en la enseñanza son notables. La capital ha sido

transformada casi por completo, constituyendo hoy una ciudad moderna,

dotada de los mejores servicios. Las obras públicas en construcción

(muchas de ellas ya concluídas hoy) son numerosas. El gobierno se

preocupa también en mejorar las vías de comunicación; y al efecto, el

Congreso autorizó al Presidente para que terminase la línea telegráfica

de doble alambre de Panamá a Veraguas, y para que construyese entre

ambas ciudades una línea nueva. Ha estimulado la navegación a vapor,

otorgándose cierta subvención a una compañía para que establezca un

servicio de vapores en la costa del Pacífico.

El incremento del país es tan palpable que, en Junio de 1908, la

Hacienda Pública tenía un activo ascendente de 7.860.096,68 pesos oro.

El presupuesto nacional correspondiente al año de 1910 fija la renta

total de 6.877.469,65 pesos. En cuanto a gastos, en 1909, las Obras

Públicas y la Instrucción, consideradas en conjunto, representan la

parte mayor del presupuesto.

Así, la instrucción pública en Panamá ha progresado en forma

extraordinaria. Uno de los apóstoles más decididos de la instrucción

panameña, ha sido el Sr. Lasso de la Vega. A él se debe la Biblioteca

Pedagógica, la Escuela de Artes y Oficios, el Museo, la Escuela de

Indígenas.

La intelectualidad del país cuenta con dignos representantes. La

historia, la crítica, la literatura, la poesía, la música y la pintura

han tenido y tienen buenos cultivadores, comenzando por el presidente

de la República, Dr. A. Porras, que, aparte de sus actividades

políticas, es un intelectual y estudioso de valía.

Amelia Denis, J. Guizado, Arosemena, Jerónimo Osa, Guillermo Andreve,

U. Victoria, Enrique Arce, Juan Báez Ossa, Alejandro Dutary, Oscar

Terán, Darío Herrera, Valdés, Ricardo Miró, Federico Escobar, Demetrio

Fábrega, Pérez y Soto, Simón Rivas, Aizpuru, Octavio Méndez, H. Icaza,

Héctor Conte, J. Conte, Julio Arjona, el notable artista R. Sewis y

otros más, son los representantes del talento panameño. Todos los

hombres públicos trabajan por la grandeza nacional, y la juventud lucha

estudiosa en pro del progreso.

Al iniciar su existencia política este nuevo Estado, desde luego con la

protección directa de una potencia como los Estados Unidos--a pesar del

dominio yanki en el Canal--que Root ha explicado, por otra parte, muy

favorablemente, ha comenzado en una vía de flagrantes adelantos, que

ya quisieran para sí otras pequeñas repúblicas. Dios la lleve al logro

de su riqueza, de su civilización y en todo lo que sea posible, de su

libertad.

LESSEPS Y PANAMÁ

Cuando escribo estas líneas, se inaugurará el Canal que costó tanta

vida francesa, tanto dinero del ahorro francés, y que debió ser llevado

a término por la energía francesa. Quienes lo han concluído y quienes

lo inaugurarán, serán los Estados Unidos.

El yanki recoge, fría y calculadamente, lo que el ímpetu y el

entusiasmo latinos sembraron con demasiada confianza y sin previsión.

Pero si hay una justicia sobre la tierra, un grandioso monumento deberá

alzarse del lado de Colón, o del lado de Panamá; y ese monumento habrá

de conmemorar el nombre, dos veces glorioso, del gran francés Ferdinand

de Lesseps.

El año de la _débacle_ panameña, en el momento de la tempestad, quien

escribe estas líneas llegaba al itsmo de Panamá, en viaje de Chile a la

América Central.

La primera impresión recibida en Colón, fué la siguiente: En el Océano,

barcos de guerra de Inglaterra, Alemania, Francia, España, los Estados

Unidos, etc., para proteger los intereses de los respectivos países;

en tierra, en un inmenso rosario de vagones, un inmenso ejército de

africanos desnudos que, alzando los brazos, lanzaban horribles gritos.

Era una página flaubertiana, o mejor, de Kipling.

Eran esos negros que se reembarcaban parte de un numeroso rebaño de

salvajes de Africa, que un buen contratista llevó al istmo para el

trabajo del Canal. Los negros no sabían casi una sola palabra fuera de

su dialecto nativo. Habían sido sacados de sus selvas, sencillamente,

como ganado humano.

Jamás se borrará de mi mente aquel tremendo cuadro: el país conmovido;

la noticia de la gigantesca desgracia financiera, en todas partes

causando el terror y el asombro; los innumerables trabajadores sin

trabajo; cada ciudadano guardando celosamente su casa; la justicia del

país procurando que no se produjeran esperados y probables desórdenes;

cada cual en su puesto con su revólver listo.

Porque hay que saber lo que fué Panamá en los días de fiebre áurea.

La leyenda de Panamá ha resonado por todas partes, ¡mas, de ella se

sabe tan poca cosa! Aquel mal escrito libro del _Barón Montes_, del

cual se vendieron miles y miles de ejemplares, no es por cierto la obra

que pueda dar una idea de la vida panameña, en los fabulosos tiempos

aquellos.

A propósito, ¿sabéis cómo fué escrito ese libro? Quienquiera que haya

estado en Panamá, por aquellos tiempos, no ha conocido al antiguo

redactor del _Star and Herald_, Mr... ¿Y quién, si le ha conocido, se

ha podido sustraer a jugar carambolas con él en el Club, al eco de

inevitables estallidos de _Ginger-ale_? Pues bien, el autor del _Barón

Montes_ escribió su libro, únicamente copiando, y arreglándolas en

forma novelesca, las conversaciones de aquel excelente empleado de

nuestros amigos Boyd, los antiguos dueños del _Star and Herald_; por

lo cual Mr..., desgraciadamente muerto ya, no recibió un solo centavo,

mientras el otro se guardara miles de magníficas libras esterlinas.

La leyenda de Panamá... Se vivió en verdad una vida de leyenda, una

vida de cuento, una vida de _Mil y una noches_. En Panamá estaba el

verdadero vellocino, los argonautas iban de todas partes. Lesseps,

el gran Lesseps, el gran francés, movía desde París la máquina. Era

el tiempo en que la más pobre costurerita parisiense depositaba sus

ahorros en la caja de la gran obra nacional; era el tiempo en que el

glorioso hombre de Suez profetizaba para Panamá: «Será dentro de cuatro

años»... «Será dentro de tres años»...

Todavía Leroy Beaulieu no había profetizado a su vez que, después de la

catástrofe del sistema Law, la de Panamá sería la más grande.

Una palabra de cualquiera de los Lesseps, una recomendación del obispo

Paul: quinientos pesos oro, mil pesos oro mensuales.

En esos tiempos, un ingeniero vivía en su _chalet_ propio, cada

empleado superior tenía derecho a un viaje anual a Francia, por cuenta

de la Compañía. El champaña sustituía al agua. Los burdeles se llenaban

de flores de vicio, de las cuatro partes del mundo. Se jugaba; al día

siguiente, no era extraño ser rico.

Un ingeniero pide un clavo especial a una casa europea, y envía

el modelo en madera; la casa envía los cientos de miles de clavos

pedidos, iguales al modelo en madera... Todo contra la caja inagotable

de la compañía. Entre tanto, la fiebre tropical hacía que no se la

echase en olvido. ¡Murieron tantos! Un director general--después

de dos más--feliz, ufano, con su cinta de la legión de honor, con

su hija, su hijo, su esposa, había pedido a Francia un tronco regio

para su victoria. El tronco llega cuando la esposa, el hijo y la hija

estaban--en menos de un mes--en el cementerio. El desgraciado director

hace matar los caballos y, desolado, parte.

Era, sí, Panamá, en ese tiempo, un pedacito de Francia.

Se oía hablar francés por todas partes. Todo en francés, a despecho

del yanki. Aún hace poco, si pasabais por el istmo, si visitabais los

hospitales--lo más pintoresco y lindo que tenía Panamá--oíais la lengua

de la dulce Francia en los labios de las hermanas de caridad.

Un día llegó el _Grande Anciano_ con sus hijas. Desde que se anunció su

llegada, los jardines alistaron sus flores. Llegó, y Panamá todo fué

flores, banderas y espumas de Champaña!

Fué Lesseps, y era como si hubiera ido un dios. Desde el báculo del

obispo Paul hasta el sombrero del último operario todo se movía en su

nombre y a su gloria.

¡Dudo yo que, en su _smalah_ oriental, haya tenido mayores honores y

triunfos el pobre Juan Francés!

«Llegó--me decía el brillante poeta Darío Herrera, hijo de Panamá,

que entonces era casi un niño--llegó Lesseps a mi casa, y besó en la

frente a mis hermanos y a mí; jamás olvidará mi techo aquella visita

patriarcal, aquella fiesta.»

Así iba Lesseps por Panamá, vestido de lino, con su ancho sombrero de

jipijapa, repartiendo saludos, besos y francos.

Por donde pasaba, había arcos de flores. No había noche sin baile, ni

baile sin derroche.

Rouget de Lisle quería levantarse de su tumba, y decir a las músicas:

_¡Basta!_

¡Y cuando el día del primer barretazo...! Fué la niña menor de Lesseps

la que tomó el hierro, y entre gritos entusiastas y estallidos del

cañón y del champaña, hirió la tierra.

Jamás, ni en sus esplendores de Egipto, ni en las íntimas fiestas

imperiales, pudo ver el Gran Francés una superior victoria.

El trópico ístmico es de una belleza cálida y rica; las gentes, sobre

todo las entonces colombianas, eran fastuosas y entusiastas; Lesseps

tenía el más bello cielo; la más alta gloria, y cada habitante del

istmo era su súbdito. Lesseps-bajá era nada ante Lesseps-ídolo.

La procesión era triunfal y enorme. Primeramente pasaba el Grande

entre las autoridades y los cónsules; entre estandartes colombianos

y franceses; después, entre las familias, en cuyas casas no faltaba

el retrato del anciano ilustre; luego, la innumerable tropa de los

europeos, yankis, centro-americanos, jamaicanos, negros puros, chinos,

que se quitaban la gorra de labor al paso del dios...

Hoy ¿Qué queda de aquel Dios?

* * * * *

En Panamá quedará siempre el nombre del conde Ferdinand de Lesseps,

bendecido y venerado. Caridades y beneficios no se siembran sin

provecho. No es tan mala la tierra humana, pues si produce muchos

cardos ingratos, hace brotar inmortales flores de recuerdo.

Y Lesseps fué bueno y noble.

¿No es cierto que diríais que sí, si viviérais, Bonaparte Wysse, que le

visteis más de una vez favorecer a los necesitados?

¿No es verdad, desaparecido Pedro Losa, su amigo y discípulo, que

presenciasteis la magnanimidad y la grandeza de corazón de aquel a

quien Yankilandia debe una estatua?

Y cuando la Fama y la Fortuna dejaron a Lear abandonado a la tempestad,

a los granizos periodísticos y a las rachas de las prostituciones

financieras, a los soplos de la difamación, el gran Francés ha quedado

moralmente intacto, mientras a su alrededor caían tantos culpables.

Fué grande, fué noble, fué honrado. Francia, que siempre es grandiosa,

noble y justa, se acordará de él y le pondrá pronto en su verdadero

lugar.

Y en el puesto de Colón, en el que fué istmo de Panamá, en donde hubo

de hacerse, por Francia, la unión de los dos océanos, al lado de la

estatua del Revelador del Globo--regalada por una emperatriz amiga

del egregio trabajador y mártir--hemos de ver, enmienda de humanas

injusticias, el monumento de Ferdinand de Lesseps.

ÍNDICE

Págs.

Argentina 1

Venezuela 9

Colombia 21

Cuba 33

Perú 47

Chile 61

Brasil 71

Uruguay 85

Paraguay 97

Bolivia 113

Nicaragua 125

Guatemala 145

Ecuador 159

El Salvador 171

Honduras 183

Costa Rica 195

Santo Domingo 209

Panamá 221

Lesseps y Panamá 229

Prosa Política (Las Repúblicas Americanas) Obras Completas Vol. XIII · 第 8 / 8 段