IV

EN el parto de Rosa, que fué durísimo, nadie estuvo más serena y

valerosa que Gertrudis. Creeríase que era una veterana en asistir a

trances tales. Llegó a haber peligro de muerte para la madre o la cría

que hubiera de salir, y el médico llegó a hablar de sacársela viva o

muerta.

--¿Muerta?--exclamó Gertrudis--; ¡eso sí que no!

--¿Pero no ve usted--exclamó el médico--que aunque se muera el crío

queda la madre para hacer otros, mientras que si se muere ella no es lo

mismo?

Pasó rápidamente por el magín de Gertrudis replicarle que quedaban otras

madres, pero se contuvo e insistió:

--Muerta, ¡no!, ¡nunca! Y hay, además, que salvar un alma.

La pobre parturienta ni se enteraba de cosa alguna. Hasta que, rendida

al combate, dió a luz un niño.

Recojiólo Gertrudis con avidez, y como si nunca hubiera hecho otra cosa

lo lavó y envolvió en sus pañales.

--Es usted comadrona de nacimiento--le dijo el médico.

Tomó la criaturita y se la llevó a su padre, que en un rincón, aterrado

y como contrito de una falta, aguardaba la noticia de la muerte de su

mujer.

--¡Aquí tienes tu primer hijo, Ramiro; mírale qué hermoso!

Pero al levantar la vista el padre, libre del peso de su angustia, no

vió sino los ojazos de su cuñada, que irradiaban una luz nueva, más

negra pero más brillante que la de antes. Y al ir a besar a aquel rollo

de carne que le presentaban como su hijo rozó su mejilla, encendida, con

la de Gertrudis.

--Ahora--le dijo tranquilamente ésta--ve a dar las gracias a tu mujer, a

pedirle perdón y a animarla.

--¿A pedirle perdón?

--Sí, a pedirle perdón.

--¿Y por qué?

--Yo me entiendo y ella te entenderá. Y en cuanto a éste--y al decirlo

apretábalo contra su seno palpitante--corre ya de mi cuenta, y o poco he

de poder o haré de él un hombre.

La casa le daba vueltas en derredor a Ramiro. Y del fondo de su alma

salíale una voz diciendo: «¿Cuál es la madre?»

Poco después ponía Gertrudis cuidadosamente el niño al lado de la madre,

que parecía dormir extenuada y con la cara blanca como la nieve. Pero

Rosa entreabrió los ojos y se encontró con los de su hermana. Al ver a

ésta una corriente de ánimo recorrió el cuerpo todo victorioso de la

nueva madre.

--¡Tula!--gimió.

--Aquí estoy, Rosa, aquí estaré. Ahora descansa. Cuando sea le das de

mamar a este crío para que se calle. De todo lo demás no te preocupes.

--Creí morirme, Tula. Aun ahora me parece que sueño muerta. Y me daba

tanta pena de Ramiro...

--Cállate. El médico ha dicho que no hables mucho. El pobre Ramiro

estaba más muerto que tú. ¡Ahora, ánimo, y a otra!

La enferma sonrió tristemente.

--Este se llamará Ramiro, como su padre--decretó luego Gertrudis en

pequeño consejo de familia--y la otra, porque la siguiente será niña,

Gertrudis como yo.

--¿Pero ya estás pensando en otra--exclamó don Primitivo--y tu pobre

hermana de por poco se queda en el trance?

--¿Y qué hacer?--replicó ella--; ¿para qué se han casado si no? ¿No es

así, Ramiro?--y le clavó los ojos.

--Ahora lo que importa es que se reponga--dijo el marido sobrecojiéndose

bajo aquella mirada.

--¡Bah!, de estas dolencias se repone una mujer pronto.

--Bien dice el médico, sobrina, que parece como si hubieras nacido

comadrona.

--Toda mujer nace madre, tío.

Y lo dijo con tan íntima solemnidad casera, que Ramiro se sintió presa

de un indefinible desasosiego y de un extraño remordimiento. «¿Querré yo

a mi mujer como se merece?»--se decía.

--Y ahora, Ramiro--le dijo su cuñada--ya puedes decir que tienes mujer.

Y a partir de entonces no faltó Gertrudis un solo día de casa de su

hermana. Ella era quien desnudaba y vestía y cuidaba al niño hasta que

su madre pudiera hacerlo.

La cual se repuso muy pronto y su hermosura se redondeó más. A la vez

extremó sus ternuras para con su marido y aun llegó a culparle de que se

le mostraba esquivo.

--Temí por tu vida--le dijo su marido--y estaba aterrado. Aterrado y

desesperado y lleno de remordimiento.

--Remordimiento, ¿por qué?

--¡Si llegas a morirte me pego un tiro!

--¡Quia! ¿a qué? «Cosas de hombres», que diría Tula. Pero eso ya pasó y

ya sé lo que es.

--¿Y no has quedado escarmentada, Rosa?

--¿Escarmentada?--y cojiendo a su marido, echándole los brazos al

cuello, apechugándole fuertemente a sí, le dijo al oído con un aliento

que se lo quemaba:--¡A otra, Ramiro, a otra! ¡Ahora sí que te quiero! ¡Y

aunque me mates!

Gertrudis en tanto arrollaba al niño, celosa de que no se

percatase--¡inocente!--de los ardores de sus padres.

Era como una preocupación en la tía la de ir sustrayendo al niño, ya

desde su más tierna edad de inconciencia, de conocer, ni en las más

leves y remotas señales, el amor de que había brotado. Colgóle al cuello

desde luego una medalla de la Santísima Virgen, de la Virgen Madre, con

su Niño en brazos.

Con frecuencia, cuando veía que su hermana, la madre, se impacientaba en

acallar al niño o al envolverlo en sus pañales, le decía:

--Dámelo, Rosa, dámelo, y vete a entretener a tu marido...

--Pero, Tula...

--Sí, tú tienes que atender a los dos y yo sólo a éste.

--Tienes, Tula, una manera de decir las cosas...

--No seas niña, ea, que eres ya toda una señora mamá. Y da gracias a

Dios que podamos así repartirnos el trabajo.

--Tula... Tula...

--Ramiro... Ramiro... Rosa.

La madre se amoscaba, pero iba a su marido.

Y así pasaba el tiempo y llegó otra cría, una niña.

V

A poco de nacer la niña encontraron un día muerto al bueno de don

Primitivo. Gertrudis le amortajó después de haberle lavado--quería que

fuese limpio a la tumba--con el mismo esmero con que había envuelto en

pañales a sus sobrinos recién nacidos. Y a solas en el cuarto con el

cuerpo del buen anciano, le lloró como no se creyera capaz de hacerlo.

«Nunca habría creído que le quisiese tanto--se dijo--; era un bendito;

de poco llega a hacerme creer que soy un pozo de prudencia; ¡era tan

sencillo!»

--Fué nuestro padre--le dijo a su hermana--y jamás le oímos una palabra

más alta que otra.

--¡Claro!--exclamó Rosa--; como que siempre nos dejó hacer nuestra

santísima voluntad.

--Porque sabía, Rosa, que su sola presencia santificaba nuestra

voluntad. Fué nuestro padre; él nos educó. Y para educarnos le bastó la

trasparencia de su vida, tan sencilla, tan clara...

--Es verdad, sí--dijo Rosa con los ojos henchidos de lágrimas--, como

sencillo no he conocido otro.

--Nos habría sido imposible, hermana, habernos criado en un hogar más

limpio que éste.

--¿Qué quieres decir con eso, Tula?

--El nos llenó la vida casi silenciosamente casi sin decirnos palabra,

con el culto de la Santísima Virgen Madre y con el culto también de

nuestra madre, su hermana, y de nuestra abuela, su madre. ¿Te acuerdas

cuando por las noches nos hacía rezar el rosario, cómo le cambiaba la

voz al llegar a aquel padrenuestro y avemaría por el eterno descanso del

alma de nuestra madre, y luego aquellos otros por el de su madre,

nuestra abuela, a las que no conocimos? En aquel rosario nos daba madre

y en aquel rosario te enseñó a serlo.

--¡Y a ti, Tula, a ti!--exclamó entre sollozos Rosa.

--¿A mí?

--¡A ti, sí, a ti! ¿Quién, si no, es la verdadera madre de mis hijos?

--Deja ahora eso. Y ahí le tienes, un santo silencioso. Me han dicho que

las pobres beatas lloraban algunas veces al oirle predicar sin percibir

ni una sola de sus palabras. Y lo comprendo. Su voz sola era un consejo

de serenidad amorosa. ¡Y ahora, Rosa, el rosario!

Arrodilláronse las dos hermanas al pie del lecho mortuorio de su tío y

rezaron el mismo rosario que con él habían rezado durante tantos años,

con dos padrenuestros y avemarías por el eterno descanso de las almas de

su madre y de la del que yacía allí muerto, a que añadieron otro

padrenuestro y otra avemaría por el alma del recién bienaventurado. Y

las lenguas de manso y dulce fuego de los dos cirios que ardían a un

lado y otro del cadáver, haciendo brillar su frente, tan blanca como la

cera de ellos, parecían, vibrando al compás del rezo, acompañar en sus

oraciones a las dos hermanas. Una paz entrañable irradiaba de aquella

muerte. Levantáronse del suelo las dos hermanas, la pareja; besaron,

primero Gertrudis y Rosa después, la frente cérea del anciano y

abrazáronse luego con los ojos ya enjutos.

--Y ahora--le dijo Gertrudis a su hermana al oído--a querer mucho a tu

marido, a hacerle dichoso y... ¡a darnos muchos hijos!

--Y ahora--le respondió Rosa--te vendrás a vivir con nosotros, por

supuesto.

--¡No, eso no!--exclamó súbitamente la otra.

--¿Cómo que no? Y lo dices de un modo...

--Sí, sí, hermana; perdóname la viveza, perdónamela, ¿me la perdonas?--e

hizo mención, ante el cadáver, de volver a arrodillarse.

--Vaya, no te pongas así, Tula, que no es para tanto. Tienes unos

prontos...

--Es verdad, pero me los perdonas, ¿no es verdad, Rosa?, me los

perdonas.

--Eso ni se pregunta. Pero te vendrás con nosotros...

--No insistas, Rosa, no insistas...

--¿Qué? ¿No te vendrás? Dejarás a tus sobrinos, más bien tus hijos

casi...

--Pero si no los he dejado un día...

--¿Te vendrás?

--Lo pensaré, Rosa, lo pensaré...

--Bueno, pues no insisto.

Pero a los pocos días insistió, y Gertrudis se defendía.

--No, no; no quiero estorbaros...

--¿Estorbarnos? ¿qué dices, Tula?

--Los casados casa quieren.

--¿Y no puede ser la tuya también?

--No, no; aunque tú no lo creas, yo os quitaría libertad. ¿No es así,

Ramiro?

--No... no veo...--balbuceó el marido confuso, como casi siempre le

ocurría, ante la inesperada interpelación de su cuñada.

--Sí, Rosa; tu marido, aunque no lo dice, comprende que un matrimonio, y

más un matrimonio joven como vosotros y en plena producción, necesita

estar solo. Yo, la tía, vendré a mis horas a ir enseñando a vuestros

hijos todo aquello en que no podáis ocuparos.

Y allá seguía yendo, a las veces desde muy temprano, encontrándose con

el niño ya levantado, pero no así sus padres. «Cuando digo que hago yo

aquí falta»--se decía.

La Tía Tula (Novela) · 第 6 / 26 题