28. El niño, cualquier niño, es un pequeño criminal incipiente.

29. Aunque así no lo parezca, todo el trabajo de los padres, de los

hermanos mayores, de los maestros, de la sociedad entera, tiende

convergentemente a que ese malvado que palpita en aquel tierno ser, no

se desarrolle del todo.

30. Basta observar un pequeñuelo entregado a sí mismo, sin vigilancia

ninguna y sin algo perentorio en que ocuparse: parece un Nerón

presidiendo el incendio de Roma, parece un Atila destruyendo la vieja

civilización pagana.

31. Es un crimen de lesa humanidad, entonces, echar los niños a la

calle sin un objetivo preciso de utilidad, o para ellos o para sus

familias.

32. Cualquiera que tenga ojos habrá visto que no son los muchachos que

van a la escuela los que maltratan los árboles de las avenidas, rompen

los estucos frescos de los muros y estampan inscripciones obscenas en

las fachadas: son los que regresan.

33. Porque a la escuela tienen que llegar a una hora fija, a golpe de

campana como los obreros, y van a esa escuela en línea recta, lo mismo

que sonámbulos.

34. Pero como sus padres no les imponen puntualidad militar en la hora

del retorno, quedan, por esa causa, entregados a sí mismos: entonces

reaparece el criminal en germen, el destructor incipiente, el pequeño

Nerón delirante... ¡y las copas de los árboles caen desgajadas, los

relieves de las fachadas pierden su tersura y modelación, las estatuas

de los paseos se llenan de mutilaciones, las paredes del trayecto se

cubren de figuras y de sentencias dignas de los muros de una letrina

pública, y los aires se pueblan de apóstrofes tan abominables como

aquellas figuras y aquellas sentencias!

35. No hay otra manera de combatir el espíritu de destrucción en los

niños--que es fundamental en ellos, que es la característica de su

edad,--sino vigilándoles cuando están cerca de nosotros, dándoles

una ocupación de carácter imprescindible cuando les dejamos solos,

y estableciéndoles un severísimo lapso prudencial de tiempo para el

regreso, cuando hay necesidad de enviarles a la calle por las urgencias

de la casa, o de la educación, o del aprendizaje de ellos mismos.

36. Ya he dicho anteriormente que el niño no es una flor más o menos

olorosa y agraciada: es un fruto que va sazonando.

Nuevas poesías y evangélicas con un estudio del Dr. Alfredo Palacios · 第 42 / 75 题