XXVII

Durante la noche arreció el nublado de visitantes, sin que su

curiosidad importuna y amanerada compasión causaran molestia al reo:

antes bien, recibíalos este como un soberano a su corte. Situado en pie

frente al altar, íbalos saludando uno por uno, con ligeros arqueos de

la espina dorsal y una sonrisa protectora, cuya intensidad de expresión

amenguaba o disminuía según la importancia del personaje. Todos salían

haciéndose lenguas de la serenidad del reo, y en la sala-vestíbulo,

inmediata al cuerpo de guardia, oíase cuchicheo semejante al que

suena en el atrio de una iglesia en noches de novena o miserere. Los

entrantes chocaban con los que salían, y la sensibilidad de los unos

anticipaba a la curiosidad de los otros noticias y comentarios.

Pipaón, que se había presentado de veinticinco alfileres, y parecía

un ascua de oro, según iba de limpio y elegante, estuvo largo rato en

compañía del reo, y le dio varias palmadas en el hombro, diciéndole:

—Ánimo, señor Sarmiento, y encomiéndese a su Divina Majestad y a

la Reina de los cielos, nuestra Madre amorosísima, para que le den

una buena muerte y franca entrada en la morada celestial... Adiós,

hermano mío. Como mayordomo que soy de la Hermandad de las Ánimas,

le tendré presente, sí, le tendré presente para que no le falten

sufragios... Adiós... Procure usted serenarse... Medite mucho en las

cosas religiosas... Este es el gran remedio y el más seguro lenitivo...

¡La religión, la dulce religión! ¡Oh!, ¿qué sería de nosotros sin la

religión?... Es nuestro consuelo, el rocío que nos regenera, el maná

que nos alimenta... Adiós, hermano en Cristo; venga un abrazo (al dar

el abrazo Pipaón tuvo buen cuidado de que no fuera muy expresivo, para

que no se chafaran los encajes de su pechera)... Estoy conmovidísimo...

Adiós; repítole que medite mucho en los sagrados misterios y en la

pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo... Quizás nos veamos en el

cielo, ¡ay de mí!, si Dios es misericordioso conmigo.

Este fastidioso discurso, modelo exacto de la retórica convencional y

amanerada del cortesano, agradó mucho a cuantos le oyeron; mas don

Patricio lo acogió con seriedad cortés y cierto desdén que apenas se

traducía en ligero fruncimiento de cejas. Pipaón salió, y aunque iba

muy a prisa, derecho a la calle, detuviéronle en el patio algunos

amigos.

—Estoy afectadísimo... No puedo ver estas escenas —les dijo

respondiendo a sus preguntas—. Fáltame poco para desmayarme.

—Dicen que es el reo más sereno que se ha visto desde que hay reos en

el mundo.

—Es un prodigio. Pero aquella vanidad e hinchazón son cosa fingida...

¡Cuánto debe padecer interiormente! Se necesitan los bríos de un héroe

para sostener ese papel sin faltar un punto.

—¡Farsante!

—Perillán más acabado no he visto en mi vida. Seguramente espera que le

indulten; pero se lleva chasco. El gobierno no está por indultos.

—Entremos... Todo Madrid desea verle. Vuelva usted, Pipaón.

—¿Yo? Por ningún caso —repuso el cortesano estrechando manos

diversas una tras otra—. Voy a una reunión donde cantan la Fábrica

y Montresor... ¡Qué aria de la _Gazza Ladra_ nos cantó anoche esa

mujer! Montresor nos dio el aria de _Tancredo_. ¡Aquello no es hombre,

es un ruiseñor!... ¡Qué portamentos, qué picados, qué trinos, qué

vocalización, qué falsete tan delicioso! Parece que se transporta uno

al séptimo cielo. Conque, adiós, señores..., tengo que ensayar antes un

paso de _gavota_. Señores, divertirse con el viejo Sarmiento.

Aún no se había separado de sus amigos, cuando salió al patio un señor

obispo que venía también de visitar al reo. Todos se descubrieron al

verle, haciéndole calle. Pipaón, después de besarle el anillo, le habló

del condenado a muerte.

—Mi opinión —dijo su ilustrísima (que era una de las lumbreras del

episcopado)— es que si no constara en los autos, como aseguran consta

de una manera indubitable, que se ha fingido y se finge loco para

hablar impunemente de temas vedados, la ejecución de este hombre

sería un asesinato. Desempeña este desgraciado su papel con inaudita

perfección, y apreciándole por lo que dice, no hay en aquella mollera

ni el más pequeño grano de juicio... A propósito de juicio, señor de

Pipaón, no lo ha tenido usted muy grande fijando para el lunes la gran

fiesta de desagravios a Su Divina Majestad que celebra la _Hermandad de

Indignos esclavos del Santísimo Sacramento_, porque siendo el lunes día

de la Natividad de Nuestra Señora, la _Real Congregación de la Guardia

y Custodia_ dispone, por antiguo privilegio, de la iglesia de San

Isidro.

Pipaón respondió, _mutatis mutandis_, que no correría sangre a causa de

un conflicto entre ambas hermandades, y que él respondía de arreglarlo

todo a gusto de seglares y clérigos, sin que se quejaran el Santísimo

Sacramento ni Nuestra Señora, con lo cual y con aceptar la carroza de

su ilustrísima para trasladarse a la calle de la Puebla, donde había

de hacer el ensayo de la gavota antes de la tertulia, tuvo fin aquel

diálogo.

Avanzada la noche, se cerró la capilla a los curiosos, y también la

puerta de la cárcel, después que entraron seis presos recién sacados de

sus casas por delaciones infames. Una nueva conspiración descubierta

dio mucho que hacer aquella noche y en la siguiente mañana al señor

Chaperón.

Don Patricio se acostó a dormir en la alcobita inmediata a la capilla;

pero su sueño no fue muy sosegado. Velábanle solícitos, y siempre

prontos a servir en todo, los hermanos de la Paz y Caridad. Sola no se

apartó de la capilla ni un solo instante ni de día ni de noche.

—Abuelito querido —le dijo al amanecer—, estoy muerta de pena, porque

veo que tu conducta no es propia de un buen cristiano.

—Adorada hija —repuso Sarmiento besándola con ardiente cariño—,

si es propia de un filósofo, lo será de un cristiano, porque el

filósofo y el cristiano se juntan, se compendian y amalgaman en mí

maravillosamente... Hazme el favor de ver si esos señores hermanos

me han preparado el chocolate... No extraño tus observaciones, hija

mía. Eres mujer y hablas con tu preciosa sensibilidad, no con la

razón que a mí me alumbra y guía. ¡Bendito sea Dios que me permite

tenerte a mi lado en estas horas postreras! Si no te estuviera

viendo, quizás me faltaría el valor que ahora tengo. Una sola cosa

me afecta y entristece, nublando el esplendoroso júbilo de mi alma,

y es que mañana a la hora de las diez..., porque supongo que... eso

será a las diez..., dejaré de recrear mis ojos con la contemplación

de tu angelical persona... Pero, ¡ay!, tú debes seguir viviendo; no

ha llegado aún la hora de tu entrada en la mansión divina; llegará,

sí, y entrarás, y el primero a quien verás en la puerta abriendo los

brazos para recibirte en ellos amoroso y delirante, será tu abuelito

Sarmiento, tu viejecillo bobo.

La voz temblorosa indicaba una viva emoción en el reo.

—Y te llevaré a presencia del Padre de todo lo existente y le diré:

«¡Señor, aquí la tienes; esta es, mírala!...». Pero no quiero afligirte

más. Ahora oye varios consejos que debo darte y algunos encarguillos

que quiero hacerte... ¿Está ese chocolate?... Dame la mano para

levantarme, hija mía. ¿Sabes que están pesados y duros mis pobres

huesos?... ¡Ah!, pronto tendrás este bocado, ¡oh carnívora tierra!

Pronto, pronto se te arrojará esta piltrafa, que por lo acecinada

demuestra que te pertenece ya. El noble espíritu abandona este inmundo

saco, y vuela en busca de su patria y de sus congéneres los ángeles.

Levantose delante de Sola, porque estaba vestido. Un hermano le trajo

el chocolate, y quedándose solo con su amiga, le dijo estas palabras,

que ella oyó con profundísima atención:

—Idolatrada hija, mañana a las diez nos separaremos para siempre.

Dios me dio la inefable dicha de conocerte, para que mi espíritu se

confortase antes de dejar el mundo. Te condujiste conmigo tan noble

y caritativamente, que no vacilo en declararte merecedora de inmortal

premio. Yo te lo aseguro, yo te lo profetizo —dijo esto cerrando los

ojos y extendiendo solemnemente los brazos en actitud de profeta—, yo

te lo fío, bendiciéndote. Creo tener poderes para ello. Gozarás de la

eterna dicha por tu cristiana acción. Ahora bien: hablando de cosas más

terrestres, te diré que es mi deseo partas en seguida para Inglaterra a

ponerte bajo el amparo de ese hombre generoso que ha sido tu protector

y hermano. Le conozco, y sé que su corazón está lleno de bondades. Como

me intereso también por él, declaro ante ti que ese joven debe tomarte

por esposa, de lo cual resultará ventaja para entrambos: para ti,

porque vivirás al arrimo de un hombre de mérito, capaz de comprender lo

que vales; para él, porque tendrá la compañera más fiel, más amante,

más útil, más hacendosa, más cristiana y más honesta con que puede

soñar el amor de un hombre. Tengo la seguridad de que él lo comprenderá

así —al decir esto mostraba la convicción de un apóstol—. Si no lo

comprendiese, dile que yo se lo mando, que es mi sacra voluntad, que yo

no hablo por hablar, sino trasmitiendo por el órgano de mi lengua la

inspiración celeste que obra dentro de mí.

Sola oyó este discurso con recogimiento y admiración, pasmada de

advertir una profundísima concordancia entre la demencia de su amigo

y ciertas ideas de antiguo arraigadas en ella. No acertó a decir una

palabra sobre aquel tema, y su viejecillo bobo se le representó

entonces grande y luminoso, cual nunca lo había visto; más respetable

que todo lo que como respetable se nos presenta en el mundo.

Después de una pausa, durante la cual apuró el pocillo, Sarmiento

prosiguió así:

—Querida hija de mi corazón, voy a hacerte un encargo, atañedero a

cosas terrestres. Las cosas terrestres también me ocupan, porque de

la tierra salí, y en ella he de dejar las preciosas enseñanzas que se

desprenden de mi martirio. El género humano merece mi mayor interés.

La dicha del cielo no sería completa, si desde él no contempláramos la

constante labor de este pobre género humano, sin cesar trabajando en

mejorarse. Los que de él salimos no podemos dejar de enviarle desde

allá arriba un reflejo de nuestra gloria, sin lo cual se envilecería,

acercándose más a las bestias que a los ángeles. Hay que pensar en el

género humano de hoy, que es el coro celestial e inmenso de mañana,

y todo hombre es la crisálida de un ángel, ¿me entiendes? Si las

criaturas superiores, al remontarse sobre los mundanos despojos,

miraran con desprecio esta pobre turba inquieta y enferma a que

pertenecieron; si no atendiendo más que al Eterno Sol, hicieran del

deseo de la bienaventuranza un egoísmo, adiós universo, adiós pasmoso

orden de cielo y tierra, adiós concierto sublime. No, yo miro a la

tierra y la miraré siempre. Le dejo un don precioso: mi vida, mi

historia, mi ejemplo, hija mía; ¿sabes tú lo que vale un buen ejemplo

para esta mísera chusma rutinaria? Sí, mi historia será pronto una de

las más enérgicas lecciones que tendrá el rebaño humano para implantar

la libertad que ha de conducirle a su mejoramiento moral. Pero digo yo:

¿es fácil escribir esa historia? No. Bien conocidos son mis discursos;

y aunque yo no los he escrito, como todo el mundo los tiene grabados

en la memoria, no faltará quien los dé a la estampa. Sócrates no dejó

escrito nada... Pero si serán perpetuados mis discursos, habrá gran

escasez de datos biográficos respecto a mí. Oye, pues, lo que voy a

decirte.

Tomando a Sola por un brazo, la acercó a sí:

—Viviendo en tu casa —añadió— apunté, no hace dos meses, los

principales datos de mi vida, tales como el día de mi nacimiento, el de

mi bautizo, el de mi confirmación, el de mi boda con Refugio, el del

feliz natalicio de Lucas, el de mi entrada en la enseñanza y otros:

son datos preciosísimos. Como los historiadores han de empezar desde

mañana mismo a revolver archivos y libros parroquiales, yo te encargo

que les saques de apuros. Mira tú: el apunte en que constan esos datos

está escrito con lápiz... Me parece que lo puse debajo del hule de la

cómoda. Búscalo bien por toda la casa, y entrégalo a esos señores. Al

punto sabrás quiénes son, porque no se hablará de otra cosa en todo el

mundo. No te descuides, y evitarás mil quebraderos de cabeza, y quizás

inexactitudes y errores que darán ocasión a desagradables polémicas.

Sola sintió al oír esto que la admiración despertada por anteriores

palabras del viejecillo bobo, se disipaba como humo. ¡Cuán difícil

era señalar la misteriosa línea donde los desvaríos de Sarmiento

se trocaban en ingeniosas observaciones, o por el contrario, sus

admirables vuelos en lastimoso rastrear por el polvo de la necedad! La

joven prometió cumplir fielmente todo lo que le mandaba.

Al poco rato apareció el padre Alelí preparado para decir la misa,

y empezada esta, Sarmiento la ayudó con extraordinaria devoción y

acierto, tan seguro en las ceremonias como si hubiera sido monaguillo

toda su vida. Soledad la oyó con gran edificación, acompañada de los

hermanos y de algunos empleados de la cárcel. Después, por orden del

señor Chaperón, se cerró la capilla al público.

El terror de 1824 · 第 29 / 32 题