LA VENGANZA DE UN CAMPANERO

Es probable que a Escoiquiz no se le pasara tan aína el escozor de los

ramalazos, pues juró en sus adentros vengarse del melindroso virrey que

tanta importancia diera a repique más o menos.

No había aún transcurrido una semana desde el día del vapuleo, cuando

una noche, entre doce y una, las campanas de la torre de San Agustín

echaron un largo y entusiasta repique. Todos los habitantes de Lima se

hallaban a esa hora entre palomas y en lo mejor del sueño, y se lanzaron

a la calle preguntándose cuál era la halagüeña noticia que con lenguas

de bronce festejaban las campanas.

Su excelencia D. Luis Henríquez de Guzmán, sin ser por ello un

libertino, tenía su trapicheo con una aristocrática dama; y cuando

dadas las diez no había ya en Lima quien se aventurase a andar por las

aceras, el virrey salía de tapadillo por una puerta excusada que cae a

la calle de los Desamparados, muy rebujado en el embozo, y en compañía

de su mayordomo encaminábase a visitar a la hermosa que le tenía el alma

en cautiverio. Pasaba un par de horitas en sabrosa intimidad, y después

de media noche se regresaba a palacio con la misma cautela y misterio.

Al día siguiente fué notorio en la ciudad que un paseo nocturno del

virrey había motivado el importuno repique. Y hubo corrillos y mentidero

largo en las gradas de la catedral, y todo era murmuraciones y

conjeturas, entre las que tomó cuerpo y se abultó infinito la especie de

que el señor conde se recataba para asistir a algún misterioso

conciliábulo de herejes; pues nadie podía sospechar que un caballero tan

serio anduviese a picos pardos y con tapujos de contrabandista, como

cualquier mozalbete.

Mas su excelencia no las tenía todas consigo, y recelando una

indiscreción del campanero hízolo secretamente venir a palacio, y

encerrándose con él en su camarín, le dijo:

--¡Gran tunante! ¿Quién te avisó anoche que yo pasaba?

--Señor excelentísimo--respondió Escoiquiz sin turbarse,--en mi torre

hay lechuzas.

--¿Y qué diablos tengo yo que ver con que las haya?

--Vuecencia, que ha tenido sus dimes y diretes con la Inquisición y que

anda con ella al morro, debe saber que las brujas se meten en el cuerpo

de las lechuzas.

--¿Y para ahuyentarlas escandalizaste la ciudad con tus cencerros? Eres

un bribón de marca, y tentaciones me entran de enviarte a presidio.

--No sería digno de vuecencia castigar con tan extremo rigor a quien

como yo es discreto, y que ni al cuello de su camisa le ha contado lo

que trae a todo un virrey del Perú en idas y venidas nocturnas por la

calle de San Sebastián.

El caballeroso conde no necesitó de más apunte para conocer que su

secreto, y con él la reputación de una dama, estaba a merced del

campanero.

--¡Bien, bien!--le interrumpió.--Ata corto la lengua y que el badajo de

tus campanas sea también mudo.

--Lo que soy yo, callaré como un difunto, que no me gusta informar a

nadie de vidas ajenas; pero en lo que atañe al decoro de mis campanas no

cedo ni el canto de una uña, que no las fundió el herrero para rufianas

y tapadoras de paseos pecaminosos. Si vuecencia no quiere que ellas den

voces, facilillo es el remedio. Con no pasar por la plazuela salimos de

compromisos.

--Convenido. Y ahora dime: ¿en qué puedo servirte?

Jorge Escoiquiz, que como se ve no era corto de genio, rogó al virrey

que intercediese con el prior para volver a ser admitido en el

noviciado. Hubo su excelencia de ofrecérselo, y tres o cuatro meses

después el superior de los agustinianos relevaba al campanero. Y tanto

hubo de valerle el encumbrado protector, que en 1660 fray Jorge

Escoiquiz celebraba su primera misa, teniendo por padrino de vinajeras

nada menos que al virrey hereje.

Según unos, Escoiquiz no pasó de ser un fraile de misa y olla; y según

otros, alcanzó a las primeras dignidades de su convento. La verdad quede

en su lugar.

Lo que es para mí punto formalmente averiguado es que el virrey,

cobrando miedo a la vocinglería de las campanas, no volvió a pasar por

la plazuela de San Agustín, cuando le ocurría ir de galanteo a la calle

de San Sebastián.

Y aquí hago punto y rubrico,

sacando de esta conseja

la siguiente moraleja:

que no hay enemigo chico.

¡¡Buena laya de fraile!!

Las mejores tradiciones peruanas · 第 149 / 206 题