El Excmo. Sr. D. Luis Henríquez de Guzmán, conde de Alba de Liste y de
Villaflor y descendiente de la casa real de Aragón, fué el primer grande
de España que vino al Perú con el título de virrey, en febrero de 1655,
después de haber servido igual cargo en Méjico. Era tío del conde de
Salvatierra, a quien relevó en el mando del Perú. Por Guzmán, sus armas
eran escudo franqueado, jefe y punta de azur y una caldera de oro,
jaquelada de gules, con siete cabezas de sierpe, flancos de plata y
cinco arminios de sable en sautor.
Magistrado de buenas dotes administrativas y hombre de ideas algo
avanzadas para su época, su gobierno es notable en la historia
únicamente por un cúmulo de desdichas. Los seis años de su
administración fueron seis años de lágrimas, luto y zozobra pública.
El galeón que bajo las órdenes del marqués de Villarrubia conducía a
España cerca de seis millones en oro y plata y seiscientos pasajeros,
desapareció en un naufragio en los arrecifes de Chanduy, salvándose
únicamente cuarenta y cinco personas. Rara fué la familia de Lima que no
perdió allí algún deudo. Una empresa particular consiguió sacar del
fondo del mar cerca de trescientos mil pesos, dando la tercera parte a
la corona.
Un año después, en 1656, el marqués de Baides, que acababa de ser
gobernador de Chile, se trasladaba a Europa con tres buques cargados de
riquezas, y vencido en combate naval cerca de Cádiz por los corsarios
ingleses, prefirió a rendirse pegar fuego a la santabárbara de su nave.
Y por fin, la escuadrilla de D. Pablo Contreras, que en 1652 zarpó de
Cádiz conduciendo mercancías para el Perú, fué deshecha en un temporal,
perdiéndose siete buques.
Pero para Lima la mayor de las desventuras fué el terremoto del 13 de
noviembre de 1655. Publicaciones de esa época describen minuciosamente
sus estragos, las procesiones de penitencia y el arrepentimiento de
grandes pecadores; y a tal punto se aterrorizaron las conciencias que se
vió el prodigio de que muchos pícaros devolvieran a sus legítimos dueños
fortunas usurpadas.
El 15 de marzo de 1657 otro temblor, cuya duración pasó de un cuarto de
hora, causó en Chile inmensa congoja; y últimamente, la tremenda
erupción del Pichincha, en octubre de 1660, son sucesos que bastan a
demostrar que este virrey vino con aciaga estrella.
Para acrecentar el terror de los espíritus, apareció en 1660 el famoso
cometa observado por el sabio limeño D. Francisco Luis Lozano, que fué
el primer cosmógrafo mayor que tuvo el Perú.
Y para que nada faltase a este sombrío cuadro, la guerra civil vino a
enseñorearse de una parte del territorio. El indio Pedro Bohorques,
escapándose del presidio de Valdivia, alzó bandera proclamándose
descendiente de los incas, y haciéndose coronar, se puso a la cabeza de
un ejército. Vencido y prisionero, fué conducido a Lima, donde lo
esperaba el patíbulo.
Jamaica, que hasta entonces había sido colonia española, fué tomada por
los ingleses y se convirtió en foco del filibusterismo, que durante
siglo y medio tuvo en constante alarma a estos países.
El virrey conde de Alba de Liste no fué querido en Lima por la
despreocupación de sus ideas religiosas, creyendo el pueblo, en su
candoroso fanatismo, que era él quien atraía sobre el Perú las iras del
cielo. Y aunque contribuyó a que la Universidad de Lima, bajo el
rectorado del ilustre Ramón Pinelo, celebrase con gran pompa el breve de
Alejandro VII sobre la Purísima Concepción de María, no por eso le
retiraron el apodo de _virrey hereje_ que un egregio jesuíta, el padre
Alloza, había contribuído a generalizar; pues habiendo asistido su
excelencia a una fiesta en la iglesia de San Pedro, aquel predicador lo
sermoneó de lo lindo porque no atendía a la palabra divina, distraído en
conversación con uno de los oidores.
El arzobispo Villagómez se presentó un año con quitasol en la procesión
de Corpus, y como el virrey lo reprendiese, se retiró de la fiesta. El
monarca los dejó iguales, resolviendo que ni virrey ni arzobispo usasen
de quitasol.
Opúsose el de Alba de Liste a que se consagrase fray Cipriano Medina,
por no estar muy en regla las bulas que lo instituían obispo de
Guamanga. Pero el arzobispo se dirigió a media noche al noviciado de San
Francisco, y allí consagró a Medina.
Habiendo puesto presos los alcaldes de corte a los escribanos de la
curia por desacato, el arzobispo excomulgó a aquéllos. El virrey,
apoyado por la Audiencia, obligó a su ilustrísima a levantar la
excomunión.
Sobre provisión de beneficios eclesiásticos tuvo el de Alba de liste
infinitas cuestiones con el arzobispo, cuestiones que contribuyeron para
que el fanático pueblo lo tuviese por hombre descreído y mal cristiano,
cuando en realidad no era sino celoso defensor del patronato regio.
D. Luis Henríquez de Guzmán tuvo también la desgracia de vivir en guerra
abierta con la Inquisición, tan omnipotente y prestigiosa entonces. El
virrey, entre otros libros prohibidos, había traído de Méjico un folleto
escrito por el holandés Guillermo Lombardo, folleto que en confianza
mostró a un inquisidor o familiar del Santo Oficio. Mas éste lo
denunció, y el primer día de Pascua de Espíritu Santo, hallándose su
excelencia en la catedral con todas las corporaciones, subió al púlpito
un comisario del tribunal de la fe y leyó un edicto compeliendo al
virrey a entregar el libelo y a poner a disposición del Santo Oficio a
su médico César Nicolás Wandier, sospechoso de luteranismo. El virrey
abandonó el templo con gran indignación, y elevó a Felipe IV una fundada
queja. Surgieron de aquí serias cuestiones, a las que el monarca puso
término reprobando la conducta inquisitorial, pero aconsejando
amistosamente al de Alba de Liste que entregase el papelucho motivo de
la querella.
En cuanto al médico francés, el noble conde hizo lo posible para
libertarlo de caer bajo las garras de los feroces torniceros; pero no
era cosa fácil arrebatarle una víctima a la Inquisición. En 8 de octubre
de 1667, después de más de ocho años de encierro en las mazmorras del
Santo Oficio, fué penitenciado Wandier. Acusáronlo, entre otras
quimeras, de que con apariencias de religiosidad tenía en su cuarto un
crucifijo y una imagen de la Virgen, a los que prodigaba palabras
blasfemas. Después del auto de fe, en el que felizmente no se condenó al
reo a la hoguera, hubo en Lima tres días de rogativas, procesión de
desagravio y otras ceremonias religiosas, que terminaron trasladando las
imágenes de la catedral a la iglesia del Prado, donde presumimos que
existen hoy.
En agosto de 1661, después de haber entregado el gobierno al conde de
Santisteban, regresó a España el de Alba de Liste, muy contento de
abandonar una tierra en la que corría el peligro de que lo convirtiesen
en chicharrón, quemándolo por hereje.