El latín de una limeña

(_A José Rosendo Gutiérrez_)

Sabido es que en el sistema de educación antigua entraba por mucho el

hacer perder a los muchachos tres o cuatro años en el estudio de la

lengua de Cicerón y Virgilio, y a la postre se quedaban sin saber a

derechas el latín ni el castellano.

Preguntábale un chico al autor de sus días:

--Papá, ¿qué cosa es latín?

--Una cosa que se aprende en tres años y se olvida en tres semanas.

Heinecio con su _Metafísica_ en latín, Justiniano con su _Instituta_ en

latín e Hipócrates con sus _Aforismos_ en latín, tengo para mí que

debían dejar poco jugo en la inteligencia de los escolares. Y no lo digo

porque piense, ¡Dios me libre de tal barbaridad!, que en los tiempos que

fueron no hubo entre nosotros hombres eminentes en letras y ciencias,

sino porque me escarabajea el imaginarme una actuación universitaria en

la cual se leía durante sesenta minutos una tesis doctoral, muy

aplaudida siempre, por lo mismo que el concurso de damas y personajes no

conocía a Nebrija ni por el forro, y que los mismos catedráticos de

Scoto y Digesto Viejo se quedaban a veces tan a obscuras como el último

motilón.

Así no era extraño que los estudiantes saliesen de las aulas con poca

substancia en el meollo, pero muy cargados de ergotismo y muy pedantes

de lengua.

En medicina, los galenos a fuerza de latinajos, más que de recetas,

enviaban al prójimo a pudrir tierra.

Los enfermos preferían morirse en castellano; y de esta preferencia en

el gusto nació el gran prestigio de los remedios caseros y de los

charlatanes que los propinaban. Entre los medicamentos de aquella

inocentona edad, ninguno me hace más gracia, por lo barato y expeditivo,

que la virtud atribuida a las oraciones de la doctrina cristiana. Así,

al atacado de un tabardillo le recetaban una salve, que, en el candoroso

sentir de nuestros abuelos, era cosa más fresca y desirritante que una

horchata de pepitas de melón. En cambio el _credo_ se reputaba como

remedio cálido y era mejor sudorífico que el agua de borrajas y el

_gloriado_. Y dejo en el tintero que los _evangelios_, aplicados sobre

el estómago, eran una excelente cataplasma; y nada digo de los

panecillos benditos de San Nicolás, ni de las jaculatorias contra el mal

de siete días, ni de los globulillos de cristal que vendían ciertos

frailes para preservar a los muchachos de encanijamiento o de que los

chupasen brujas.

En los estrados de los tribunales la gente de toga y garnacha zurcía los

alegatos mitad en latín y mitad en castellano; con lo cual, amén del

batiborrillo, la justicia, que de suyo es ciega, sufría como si le

batieran las cataratas.

Tan a la orden del día anduvo la lengua del Lacio, que no sólo había

latín de sacristía, sino latín de cocina; y buena prueba de ello es lo

que se cuenta de un papa que, fastidiado de la _polenta_ y de los

_macarroni_, aventuróse un día a comer cierto plato de estas tierras de

América, y tan sabroso hubo de parecerle a Su Santidad, que perdió la

chaveta, y olvidándose del toscano, exclamó en latín: _Beati indiani qui

manducant pepiani_.

Reprendiendo cierto obispo a un clérigo que andaba armado de estoque,

disculpóse éste alegando que lo usaba para defenderse de los perros.

--Pues para eso, replicó su ilustrísima, no necesitas de estoque, que

con rezar el Evangelio de San Juan libre estarás de mordeduras.

--Está bien, señor obispo; pero, ¿y si los perros no entienden latín,

cómo salvo del peligro?

En literatura el gongorismo estaba de moda y los escritores se

disputaban a cuál rayaría más alto en la extravagancia. Ahí están para

no dejarme de mentiroso las obras de dos ilustres poetas limeños: el

jesuíta Rodrigo Valdez y el enciclopédio Peralta, muy apreciables desde

otro punto de vista. Y nada digo del Lunarejo, sabio cuzqueño que, entre

otros libros, publicó uno titulado _Apologético de Góngora_.

Por los tiempos del virrey conde de Superunda tuvimos una poetisa, hija

de este verjel limano, llamada doña María Manuela Carrillo de Andrade y

Sotomayor, dama de muchas campanillas, la cual no sólo martirizó a las

musas castellanas, sino a las latinas. Y digo que las martirizó y sacó a

vergüenza pública, porque (y perdóneseme la falta de galantería) los

versos que de mi paisana he leído son de lo malo lo mejor. La de Andrade

y Sotomayor borroneó por resmas papel de Cataluña y hasta escribió loas

y comedias que se representaron en nuestro coliseo.

Y me dejo en el tintero hablar, entre otras limeñas que tuvieron

relaciones íntimas con las traviesas ninfas que en el Parnaso moran, de

doña Violante de Cisneros; de doña Rosalía Astudillo y Herrera; de Sor

Rosa Corbalán, monja de la Concepción; de doña Josefa Bravo de Lagunas,

abadesa de Santa Clara; de la capuchina Sor María Juana; de la monja

catalina Sor Juana de Herrera y Mendoza; de doña Manuela Orrantía, y de

doña María Juana Calderón y Vadillo, hija del marqués de Casa Calderón y

esposa de D. Gaspar Ceballos, caballero de Santiago y también aficionado

a las letras. Doña María Juana, que murió en 1809, a los ochenta y tres

años de edad, tuvo por maestro de literatura al obispo del Cuzco

Gorrochátegui, y era muy hábil traductora del latín, francés e italiano.

Muchas de esas damas no sólo conocían el latín, sino hasta el griego; y

húbolas, como doña Isabel de Orbea, la denunciada ante la Inquisición

por filósofa, y la monja trinitaria doña Clara Fuentes, que podían dar

triunfo y baza a todos los teólogos, juristas y canonistas de la

cristiandad.

He traído a cuento esto de doña María Manuela Carrillo de Andrade y

Sotomayor y demás compañeras mártires para hacer constar que hasta las

mujeres dieron en la flor de latinizar, y que muchas traducían al

dedillo las _Metamorfosis_ y el _Ars amandi_, de Ovidio, con lo que está

dicho que hubo hasta latín de alcoba.

* * * * *

Ahora, con venia de ustedes, voy a sacar a luz un cuentecito que oí

muchas veces cuando era muchacho... ¡y ya ha llovido de entonces para

acá!

Pues, señor, había en Lima, por los tiempos de Amat, una chica llamada

Mariquita Castellanos, muchacha de muchas entradas y salidas, de la cual

tuve ocasión de hablar largo en mi primer libro de TRADICIONES. Como que

ella fué la autora del dicho que se transformó en refrán: «¡Bonita soy

yo, la Castellanos!»

Parece que Mariquita pasó sus primeros años en el convento de Santa

Clara hasta que la llegó la edad del _chivateo_ (que así llamaban

nuestros antepasados a la pubertad) y abandonó rejas y se echó a retozar

por esta nobilísima ciudad de los reyes. La mocita era linda como un

ramilletico de flores, y más que esto aguda de ingenio, como lo prueba

la fama que tuvieron en Lima sus chistosas ocurrencias.

Había a la sazón un poetastro, gran latinista, cuyo nombre no hace al

cuento, a quien la Castellanos traía como un zarandillo prendido al

faldellín. Habíala el galán ofrecido llevarla de regalo una saya de

raso cuyo importe era de tres ojos de buey, vulgo onzas de oro. Pero

estrella es de los poetas abundar en consonantes y no en dinero, y

corrían días y días y la prometida prenda allí se estaba, corriendo

peligro de criar moho, en el escaparate del tendero.

Mariquita se picó con la burla y resolvió poner término a ella

despidiendo al informal cortejo, tan largo en el prometer como corto en

el cumplir. Llegó a visitarla el galán, y como por entonces no se habían

inventado los _nervios_ y el _spleen_, que son dos achaques muy

socorridos para hacer o decir una grosería, la ninfa lo recibió con aire

de displicencia, esquivando la conversación y aventurando uno que otro

monosílabo. El poeta perdió los estribos y la lengua se le _enlatinó_,

diciendo a la joven:

--Háblame, niña, con pausa.

¿Estás triste? _¿Quare causa?_

Y Mariquita, recordando el latín que había oído al capellán de las

clarisas, le contestó rápidamente:

--_Tristis est anima mea_,

hasta que la saya vea.

El amartelado poeta, viendo que la muchacha ponía el dedo en la llaga,

tuvo que formular esta excusa que, en situaciones tales, basta para

cortar el nudo gordiano.

--¿_Et quare conturbas me_

si sabes que no hay con qué?

A lo que la picaruela demoledora de corazones, mostrándole el camino de

la puerta, le dijo:

--Entonces, _fúgite in allia_,

que otro gato dará algalia.

Y arroz crudo para el diablo rabudo, y arroz de munición para el diablo

rabón, y arroz de Calcuta para el diablo hijo de... perra, y colorín

colorado que aquí el cuento se ha acabado.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 139 / 206 题