Al siguiente día no se hablaba en San Carlos de Puno sino de la estéril
pesquisa del gobernador y del gato negro que por un tris descalabraba a
su señoría.
Sea que a D. Nuño Gómez de Baeza maldita la gracia que le hiciera el
que lo hubieran metamorfoseado en gato, o que no quisiera tracamandanas
con la justicia, o lo que es más probable, que no lo cautivaran los
trashumados hechizos de la dama, la verdad es que no volvió a ocuparse
de ella, dejando sin respuesta (el muy mal criado) sus amorosos billetes
y desairando las citas que en ellos le proponían.
Mis lectoras convendrán conmigo en que la descortesía del mancebo lo
hacía merecedor de castigo; pues, aunque todo sea barro, no es lo mismo
la tinaja que el jarro.
Convencida, al cabo, Valdetrudes de que el galán se negaba a volver a
las andadas, resolvió emprender la conquista valiéndose de malas artes;
pues, como dice el refrán, «a caballo que se empaca, darle estaca.»
Una mañana llamó a Pascualillo, el barbero de la villa, que era un
andaluz con más agallas que un pez, y le dijo:
--¿Quisieras ganarte un par de ducados de oro?
--¡Pues no he de querer! No gano tanto, señora, en un mes de rapar
barbas, abrir cerquillos, aplicar clisteres, sacar muelas y poner
ventosas y cataplasmas.
--Entonces toma a cuenta un ducado, y sin que lo sepa alma viviente, me
traes mañana domingo una guedeja de cabellos de D. Nuño Baeza.
Cerrado el trato, volvióse el barbero a su tenducho y dióse a cavilar en
lo que aquella pretensión, a tan alto precio pagada, podría significar.
--¡No! Pues yo no lo hago--se dijo el andaluz, como síntesis de sus
cavilaciones.--¡Sobre que el mechón de pelo podría servir para que
sobreviniera algún daño a ese caballero de tanto rumbo, que me paga una
columnaria por su barba, lo que no hacen otros roñosos que andan por ahí
más huecos que si llevaran al rey dentro del cuerpo! ¡Voto va por
Mahudes y Zugarramurdi, que son en España señoríos de brujas! Pero
también es cosa fuerte devolver el ducado de oro con que puedo feriar a
mi Aniceta, para la fiesta del Corpus, una caperuza de filipichín y una
falda de angaripola. ¡Eh! Ya veremos lo que se ingenia; que de aquí a
mañana más horas hay que longanizas.
Al otro día Pascual afeitaba y aliñaba el pelo a D. Nuño, que tenía
costumbre de asistir a misa mayor hecho un gerifalte por lo pulcro y
acicalado. Pero el barberillo era mozo de conciencia; porque, pudiendo a
mansalva cortar cabello y esconderlo en el delantal, resistió
vigorosamente a la tentación.
Al salir del cuarto de D. Nuño, pasó Pascual por la tienda, y con el
pretexto de coger un puñado de cocos y otro de nueces, detúvose delante
de dos zurrones de piel de cabra, y con las tijeras que en la mano traía
cortó de cada uno un poco de pelo, envolviólo en un pedazo de papel, y
muy orondo se dirigió a casa de doña Valdetrudes, murmurando para sí:
--Todo va bien, con tal que ella no repare en que estas hebras son
rubias y que el cabello de su merced es de un negro alicuervo.
Doña Valdetrudes pagó el otro ducado prometido, y tanta era su
complacencia por tener prenda corporal de su ingrato amador, que añadió,
por vía de alboroque, una monedita de plata.
Dicen bien, que amor tiene cataratas; porque madama no paró mientes en
el color del pelo, y echando llave y cerrojo, púsose a invocar al diablo
y a preparar el hechizo.
Créanme ustedes. Yo, que en achaques de brujería aprendí, para escribir
mi susodicho librejo de _Anales de la Inquisición_, hasta la manera de
atar la agujeta y correr el hilo respondón, que es cuanto hay que saber
en la materia, no he podido averiguar qué clase de menjurje o filtro
confeccionó Valdetrudes; pues eso de enredar pelos en piedra imán para
hacerse amar de un hombre, es propio de brujillas de tres al cuarto y no
de catedráticas, como diz que lo fué mi señora la viuda del cabildante.
Probablemente no tuvo a mano Valdetrudes un botecito de agua _cuyana_,
que en ese siglo era todavía remedio infalible para hacerse amar.
Cuando el hechizo estuvo terminado, emperejilóse doña Valdetrudes,
echándose encima el fondo del baúl, y muy sandunguera y con mucho rejo
salió a dar un paseo por la calle de D. Nuño, segura, segurísima de que
éste al verla se vendría tras ella como el ratón tras el queso, pues la
brujería no podía marrar.
Hallábase Gómez de Baeza en la puerta de su tienda, conversando con un
amigo, cuando apareció por la esquina la jamona; y maldito si el mancebo
sintió el más leve movimiento revolucionario en las entretelas del alma.
Y eso que ella, al pasar delante de él, le disparó una de esas miradas
que dicen clarito como en un libro: «piloto quiere este barco,» y se
sonrió, como diría Tomé de Burguillos, con
aquella boca hermosa
que dejó de ser guinda por ser rosa.
De repente y cuando doña Valdetrudes no habría adelantado media cuadra,
un zurrón de nueces y otro de cocos empezaron a bailar la zarabanda
corriendo tras de la bruja. Asustada ella del ruido y de la gritería de
los muchachos, que no perdieron la oportunidad de recoger cocos y
nueces, emprendió la carrera en dirección a la laguna; y mientras más
apuraba ella el paso, menos se detenían los zurrones, que con doña
Valdetrudes fueron al fin a sumergirse para siempre en el Titicaca.
Desde entonces (y ya hace fecha) nació el apóstrofe _Puneña,
zurrón-currichi_.