Marianita Belzunce contaba (según lo dice Mendiburu en su _Diccionario
Histórico_) allá por los años de 1755 trece primaveras muy lozanas.
Huérfana y bajo el amparo de su tía, madrina y tutora doña Margarita de
Murga y Muñatones, empeñóse ésta en casarla con el conde de Casa-Dávalos
D. Juan Dávalos y Ribera, que pasaba de sesenta octubres y que era más
feo que una excomunión. La chica se desesperó; pero no hubo remedio. La
tía se obstinó en casar a la sobrina con el millonario viejo, y vino el
cura y _laus tibi Christi_.
Para nuestros abuelos eran frases sin sentido las de la copla popular:
«No te cases con viejo
por la moneda:
la moneda se gasta
y el viejo queda.»
Cuando la niña se encontró en el domicilio conyugal, a solas con el
conde, le dijo:
--Señor marido, aunque vuesa merced es mi dueño y mi señor, jurado
tengo, en Dios y en mi ánima, no ser suya hasta que haya logrado hacerse
lugar en mi corazón; que vuesa merced ha de querer compañera y no
sierva. Haga méritos por un año, que tiempo es sobrado para que vea yo
si es cierto lo que dice mi tía; que el amor se cría.
El conde gastó súplicas y amenazas, y hasta la echó de marido; pero no
hubo forma de que Marianita apease de su ultimátum.
Y su señoría (¡Dios lo tenga entre santos!) pasó un año haciendo
méritos, es decir, compitiendo con Job en cachaza y encelándose hasta
del vuelo de las moscas, que en sus mocedades había oído el señor conde
este cantarcillo:
«El viejo que se casa
con mujer niña,
él mantiene la cepa
y otro vendimia.»
La víspera de vencerse el plazo desapareció la esposa de la casa
conyugal, y púsose bajo el patrocinio de su prima la abadesa de Santa
Clara. El de Casa-Dávalos tronó, y tronó gordo. Los poderes eclesiástico
y civil tomaron parte en la jarana; gastóse, y mucho, en papel sellado,
y D. Pedro Bravo de Castilla, que era el mejor abogado de Lima, se
encargó de la defensa de la prófuga.
Sólo la causa de divorcio que en tiempo de Abascal siguió la marquesa de
Valdelirios (causa de cuyos principales alegatos poseo copia, y que no
exploto porque toda ella se reduce a misterios de alcoba subiditos de
color), puede hacer competencia a la de Marianita Belzunce. Sin embargo,
apuntaré algo para satisfacer curiosidades exigentes.
Doña María Josefa Salazar, esposa de su primo hermano el marqués de
Valdelirios D. Gaspar Carrillo, del orden de San Carlos y coronel del
regimiento de Huaura, se quejaba en 1809 de que su marido andaba en
relaciones subversivas con las criadas, refiere muy crudamente los
pormenores de ciertas sorpresas, y termina pidiendo divorcio porque su
libertino consorte hacía años que, ocupando el mismo lecho que ella, la
_volvía la espalda_.
El señor marqués de Valdelirios niega el trapicheo con las domésticas;
sostiene que su mujer, si bien antes de casarse rengueaba ligeramente,
después de la bendición echó a un lado el disimulo y dió en cojear de un
modo horripilante; manifiéstase celoso de un caballero de capa colorada,
que siempre se aparecía con oportunidad para dar la mano a la marquesa
al bajar o subir al carruaje, y concluye exponiendo que él, aunque la
iglesia lo mande, no puede hacer vida común con mujer que _chupa_
cigarro de Cartagena de Indias.
Por este apunte imagínense el resto los lectores maliciosos. En ese
proceso hay _mirabilia_ en declaraciones y careos.
Sigamos con la causa de la condesita de Casa-Dávalos.
Fué aquélla uno de los grandes sucesos de la época. Medio Lima
patrocinaba a la rebelde, principalmente la gente moza que no podía ver
de buen ojo que tan linda criatura fuera propiedad de un vejestorio.
¡Pura envidia! Estos pícaros hombres son a veces de la condición del
perro del hortelano.
Constituyóse un día el provisor en el locutorio del monasterio, y entre
él, que aconsejaba a la rebelde volviese al domicilio conyugal, y la
traviesa limeña se entabló este diálogo:
--Dígame con franqueza, señor provisor, ¿tengo yo cara de papilla?
--No, hijita, que tienes cara de ángel.
--Pues si no soy papilla, no soy plato para viejo; y si soy ángel, no
puedo unirme al demonio.
El provisor cerró el pico. El argumento de la muchacha era de los de
chaquetilla ajustada.
Y ello es que el tiempo corría, y alegatos iban y alegatos venían, y la
validez o nulidad del matrimonio no tenía cuando declararse. Entretanto,
el nombre del buen conde andaba en lenguas y dando alimento a coplas
licenciosas, que costumbre era en Lima hacer versos a porrillo sobre
todo tema que a escándalo se prestara. He aquí unas redondillas que
figuran en el proceso, y de las que se hizo mérito para acusar de
impotencia al pobre conde:
«Con una espada mohosa
y ya sin punta ni filo
estate, conde, tranquilo:
no pienses en otra cosa.
Toda tu arrogancia aborta
cuando la pones a prueba:
tu espada, como no es nueva,
conde, ni pincha ni corta.
Lo mejor que te aconsejo
es que te hagas ermitaño;
que el buen manjar hace daño
al estómago de un viejo.
Para que acate Mariana
de tus privilegios parte,
necesitabas armarte
de una espada toledana.»
Convengamos en que los poetas limeños, desde Juan de Caviedes hasta
nuestros días, han tenido chispa para la sátira y la burla.
Cuando circularon manuscritos estos versos, amostazóse tanto el
agraviado, que fuese por desechar penas o para probar a su detractor que
era aún hombre capaz de quemar incienso en los altares de Venus, echóse
a la vida airada y a hacer conquistas, por su dinero, se entiende, ya
que no por la gentileza de sus personales atractivos.
Tal desarreglo lo llevó pronto al sepulcro y puso fin al litigio.
Marianita Belzunce salió entonces del claustro, virgen y viuda. Joven,
bella, rica e independiente, presumo que (esto no lo dicen mis papeles)
encontraría prójimo que, muy a gusto de ella, entrase en el pleno
ejercicio de las funciones maritales, felicidad que no logró el difunto.