Como era natural, la justicia se echó a buscar al delincuente, que fué
como buscar un ochavo en un arenal, y el alcalde del crimen se presentó
el lunes de Pascua en casa de doña Catalina, presunta instigadora del
crimen.
Después de muchos rodeos y de pedirla excusa por la misión que traía, y
a la que sólo sus deberes de juez lo compelieran, la preguntó si sabía
quiénes eran los que en la noche del Jueves Santo habían acuchillado a
doña Francisca Marmolejo.
--Sí lo sé, señor alcalde, y también lo sabe su señoría--contestó la
viuda sin inmutarse.
--¿Cómo que yo lo sé? ¿Es decir, que yo soy cómplice del
delito?--interrumpió amostazado el alcalde D. Valentín Trucíos.
--No digo tanto, señor mío--repuso sonriendo doña Catalina.
--Pues concluyamos: ¿quién ha herido a esa señora?
--Una navaja manejada por un brazo.
--¡Eso lo sabía yo!--murmuró el juez.
--Pues eso es también lo que yo sé.
La justicia no pudo avanzar más. Sobre doña Catalina no recaían sino
presunciones, y no era posible condenarla sin pruebas claras.
Sin embargo, las dos rivales siguieron pleito mientras les duró la vida;
y aun creo que algo quedó por espulgar en el proceso para sus hijos y
nietos.
Esto no lo dice D. Joaquín María Ferrer, capitán del regimiento
Concordia de Lima y más tarde ministro de Relaciones exteriores en
España, bajo la regencia de Espartero, que es quien, en un curioso libro
que publicó en 1828, garantiza la verdad de esta tradición; pero es una
sospecha mía, y muy fundada, teniendo en cuenta que muchos litigan más
por el fuero que por el huevo.
Entretanto, doña Catalina decía a sus amigos y comadres de la vecindad
que con las faldas tapaba los cardenales de los zapatazos, si es que con
paños de agua alcanforada no se habían borrado; pero que doña Francisca
no tendría nunca cómo esconder el costurón que la afeaba el rostro.
De todo lo dicho resulta que las dos señoras de Chuquisaca fueron... un
par de palomitas sin hiel.