Principiaba a esparcir sus resplandores este siglo XIX o de las luces,
cuando fué a establecerse en Ayacucho, provisto de cartas de
recomendación para los principales vecinos de la ciudad, un español
apellidado Rozas, deudo del que en Buenos Aires fué conde de
Poblaciones.
Era el nuevo vecino un gallardo mancebo que, así por lo agraciado de su
figura como por lo ameno de su conversación, conquistóse en breve
general simpatía; y tanto, que a los tres años de residencia fué
nombrado alcalde del Cabildo.
La celda del comendador de la Merced era, tres noches por semana, el
sitio donde se reunía lo más granado, la _crème_, como hoy se dice, del
sexo feo ayacuchano. La tertulia comenzaba a las siete, sirviéndose a
medida que iban llegando los amigos un mate bien _cebado_ de hierba del
Paraguay, que era el café de nuestros abuelos. Después de media hora de
charla sobre agotados temas, que la ciudad pocas novedades ofrecía,
salvo cuando de mes en mes llegaba el correo de Lima, armábanse cuatro o
cinco mesas de malilla abarrotada, y una o dos partidas de chaquete.
Con la primera campanada de las nueve, dos legos traían en sendas
salvillas de plata colmados cangilones de chocolate y los tan afamados
como apetitosos bizcochuelos de Huamanga. Tan luego como en un reloj de
cuco sonaban las diez, el comendador decía:
--Caballeros, a las cuatro últimas.
Y diez minutos más tarde la portería del convento se cerraba con llave y
cerrojo, guardando aquélla bajo la almohada el padre comendador.
* * * * *
Habrá adivinado el lector que el alcalde Rozas era uno de los tertulios
constantes, amén de que entre él y su paternidad reinaba la más íntima
confianza. Eran uña y carne, como se dice.
Pero está visto desde que el mundo es mundo que para desunir amigos y
romper lazos de afecto, el diablo se vale siempre de la mujer. Y fué el
caso que el gentil joven alcalde y el no menos bizarro comendador, que
aunque fraile y con voto solemne de castidad era un Tenorio con birrete,
se enamoraron como dos pazguatos de la misma dama, la cual sonreía con
el uno a la vez que guiñaba el ojo al otro. Era una coqueta de encargo.
Hubo de advertir Rozas alguna preferencia o ventajita que acordara la
hija de Eva al bienaventurado fraile, y la cosa prodújole escozor en los
entrecijos del alma. Dígolo porque de pronto empezó a notarse frialdad
entre el galán civil y el galán eclesiástico, si bien aquél, para no
ponerse en ridículo rompiendo por completo relaciones con el amigo,
continuó concurriendo de vez en cuando a la tertulia de su rival.
Un día, y como bando de buen gobierno, hizo el alcalde promulgar uno
prohibiendo que después de las diez de la noche, alma viviente,
exceptuadas la autoridad y alguaciles de ronda, anduviese por las
calles. La tertulia terminó desde entonces a las nueve y media, y ya, no
el comendador, sino el alcalde era quien decía:
--Caballeros, el bando es bando para todos, y para mí el primero. A
rondar me voy.
Y todos cogían capa y sombrero camino de la puerta.
Una de esas noches, que lo era de invierno crudo y en que las nubes
lagrimeaban gordo y el viento clamoreaba pulmonías, a poco de sonar las
campanadas de las doce, vióse dos bultos que aproximaron una escala a la
puerta de la iglesia, penetrando uno de ellos por la ventana del coro,
de donde descendió al convento. Recorrió con cautelosa pisada el
claustro, hasta llegar a la puerta de la celda del comendador, la que
abrió con un llavín o ganzúa. Ya en la sala de la celda, encendió un
cerillo y encaminóse al dormitorio, donde frailunamente roncaba su
paternidad, y le clavó una puñalada en el pecho. Robusto y vigoroso era
el fraile, y aunque tan bruscamente despertado, brincó de la cama con la
velocidad de un pez y se aferró del asesino.
Así luchando brazo a brazo, y recibiendo siete puñaladas más el
comendador, salieron al claustro, que empezaba a alborotarse con los
gritos de la víctima. Cayó al fin ésta, y el matador consiguió escaparse
por el coro descendiendo por la escala a la calle; pues los alelados
frailes no habían en el primer momento pensado en perseguirlo, sino en
socorrer al moribundo.
En el fragor de la lucha había perdido el asesino un zapato de
terciopelo negro con hebilla de oro, lo que probaba que el delincuente
no era ningún destripaterrones, sino persona de copete.
* * * * *
Amaneció Dios y Ayacucho era un hervidero. ¡Todo un comendador de la
Merced asesinado! Háganse ustedes cargo de si tenía o no el vecindario
motivo legítimo para alborotarse.
A las ocho de la mañana el Cabildo, presidido por el alcalde Rozas,
estaba ya funcionando y ocupándose del asunto, cuando los frailes
llegaron en corporación, y el más caracterizado dijo:
--Ilustrísimos señores: La justicia de Dios ha designado la condición
social del reo. Toca a la justicia de los hombres descubrir el pie a que
ajusta este zapato.
Y lo puso sobre la mesa.
* * * * *
Como entre los vecinos de Ayacucho no excedían de sesenta las personas
con derecho a calzar terciopelo, proveyó el Cabildo convocarlas para el
día siguiente a fin de probar en todas el zapato, lo que habría sido
actuación entretenida.
Por lo pronto se llamó a declarar al zapatero de obra fina que trabajaba
el calzado del señorío ayacuchano, y éste dijo que la prenda
correspondía a la horma llamada _chapetona_, cuarenta puntos largos, que
es pata de todo español decente. La horma de los criollos aristócratas
se llamaba la _disforzada_, treinta y ocho puntos justitos.
Con las declaraciones resultaban presuntos reos treinta españoles por lo
menos.
El alcalde, manifestando mucho sentimiento por el difunto, ofreció a los
frailes desplegar toda actividad y empeño hasta dar en chirona con el
criminal; pero ya entre las paredes de su casa algo debió escarabajearle
en la conciencia; porque en la noche emprendió fuga camino del Cuzco,
pasóse a las montañas de los yungas, y no dió cómodo descanso al cuerpo
hasta pisar la región paraguaya.