Ocho días después de haber dictado el Congreso la ley aboliendo en el
Perú los títulos de Castilla, fué un escribano a notificarle al de la
Vega una providencia judicial en un proceso sobre intereses domésticos.
El notificado tomó la pluma, y ya iba a firmar la notificación
estampando como hasta entonces había acostumbrado _El conde de la Vega
del Ren_, cuando el escribano le detuvo la mano, diciendo:
--Dispense usted, Sr. D. José Matías; pero la ley me prohibe autorizar
esa firma.
--¡Cómo! ¡Cómo! ¿Qué? ¿No soy el conde de la Vega del Ren?
--No, señor mío: ya no hay condes ni marqueses: cata la ley.
Su señoría se quedó como petrificado; mas recobrando al fin la calma,
dijo:
--¿Conque ya no soy hijo de mi padre? Corriente y ¡viva la patria! Venga
la pluma.
Y firmó: _José Matías_.
El escribano le instó para que añadiese su apellido Vázquez de Acuña;
pero no hubo forma de convencer al ex-conde.
--Al quitarme el condado me han quitado el Vázquez de Acuña, y no me
queda más que el nombre de cristiano, y ese usaré en adelante, si es
que también no me lo quitan los noveleros.
Y hasta su muerte no volvió a firmar carta o documento y ni aun su
disposición testamentaria, sino con esta firma: _José Matías_.
V
Pero el privilegio verdaderamente original de que disfrutaban los condes
de la Vega del Ren, y del cual nunca habían querido hacer uso, estaba
consignado en su patronato sobre los agustinos. Fué el conde que vivió
en el siglo actual el único que se vió en el caso de hacerlo valer.
Parece que en una festividad del año 1801 dispensaron los frailes al
marqués de Casa-Concha ciertas atenciones que hirieron el amor propio
del de la Vega.
El marqués de Casa-Concha tenía también justos títulos para merecer el
afecto de los agustinos, pues uno de sus antecesores había costeado la
fábrica de la sacristía y de un altar. Los padres, en muestra de
gratitud, quisieron colocar en la sacristía el retrato de su benefactor;
pero resistióse a esto el marqués y dijo a los conventuales: «Pues se
empeñan sus reverencias en que haya aquí algo permanente y que les
recuerde mi nombre, haré que el arquitecto labre sobre el pórtico una
concavidad en forma de _concha_ marina.
Y el lector que convencerse quisiera, enderece sus pasos a la sacristía
de los agustinos, y admirará una curiosidad artística.
El conde de la Vega tragó por el momento saliva en la fiesta de 1801, y
para humillar a los frailes, tratándolos como patrón, decidió hacer uso
de un derecho consignado en las actas de fundación y en la real cédula
aprobatoria del patronato.
A las siete de la noche del Jueves Santo de 1802, hora en que todo Lima
se congregaba en San Agustín alrededor del paso de la Cena, entró en el
templo el señor conde de la Vega del Ren. Precedíanlo cuatro negros,
vestidos con la librea de su casa solariega, llevando gruesos cirios en
las manos.
Arremolinado el pueblo, le abría calle y lo miraba pasar por la nave
central de la iglesia con arrogantísimo aire, que por entonces era su
señoría muy gallardo mozo, aunque con dientes grandes y torcidos
colmillos.
La multitud estaba estupefacta, como quien presencia algo de maravilloso
o inusitado. Y lo cierto es que aquella estupefacción del pueblo tenía
su razón de ser.
El noble conde de la Vega del Ren, luciendo el manto de los caballeros
de Santiago, espada al cinto, calzadas espuelas de oro y sombrero
puesto, avanzó hasta las gradillas del monumento, se descubrió, se puso
de rodillas, rezó o no rezó una estación, volvió a cubrirse, y salió del
templo con la misma altivez, haciendo resonar las baldosas con el roce
de las espuelas.
Los agustinos estaban que escupían sangre, y su orgulloso provincial
fray Manuel Terón se mordía de cólera las uñas.
Toda protesta era absurda. El señor conde había estado en su perfecto
derecho para entrar en el templo con sombrero puesto y espuelas
calzadas.
Esta escena, que fué el tópico de general conversación entre la nobleza
de Lima y motivo de escándalo para el devoto pueblo, llegó a oídos de la
santa doña Catalina, fundadora del beaterio, que no pudo menos de
exclamar muy compungida:
--¡O es hereje o está loco!
--Ni hereje ni loco, tía--la contestó el conde, que entraba a la sazón
en la sala de la ilustre anciana.
Y la explicó lo sucedido, y la obligó a ponerse las gafas y a leer la
real cédula en que el monarca español y su Consejo de Indias le
acordaban la prerrogativa de entrar en San Agustín con sombrero y
espuelas, siempre que no estuviese descubierto el Santísimo.
La noble señora, aunque era de las que decían «santo y bueno» a todo lo
que llevara el sello real, no acalló del todo sus escrúpulos; porque,
devolviendo el pergamino a su sobrino-nieto, le dijo:
--Así convendrá al bien de la religión y de la monarquía, y a los
vasallos el respeto nos ata la lengua, que no es de leales murmurar de
los mandatos de su majestad. Sin embargo, sobrino, y Dios me perdone lo
que voy a decirte, podrás haber estado en tu derecho..., pero...,
pero...
Y acercando sus labios a la oreja del conde, concluyó la frase, diciendo
muy quedito:
«Cosas tiene el rey cristiano
que parecen de pagano.»