Hildebrando Béjar era el don Juan Tenorio de Arequipa. Como el burlador
de Sevilla, tenía a gala engatusar muchachas y hacerse el orejón cuando
éstas, con buen derecho, le exigían el cumplimiento de sus promesas y
juramentos. El decía:
«Cuando quiera el Dios del cielo
que caiga Corpus en martes,
entonces, juro y rejuro,
será cuando yo me case.»
Víctima del calavera fué, entre otras, la bellísima Irene, tenida hasta
el momento en que sucumbió a la tentación de morder la manzana, por
honestísima y esquiva doncella.
Desdeñada por su libertino seductor y agotados por ella ruegos, lágrimas
y demás recursos del caso, decidió vengarse asesinando al autor de su
deshonra. Y armada de un puñal, se puso en acecho a dos cuadras de una
casa donde Hildebrando menudeaba a la sazón sus visitas nocturnas,
escogiendo para acechadero el _de profundis_ del hospital.
Pero fuese misterioso presentimiento o casualidad, Hildebrando dió en
rodear camino para no pasar por San Juan de Dios.
Descubierta, al fin, como hemos referido, por el prefecto La-Fuente,
Irene le confió su secreto; y a tal punto llegó el general a interesarse
por la desventura de la joven, que hizo venir a su presencia a
Hildebrando, y no sabemos si con razones o amenazas obtuvo que el
seductor se aviniese a reparar el mal causado.
Ocho días más tarde Irene e Hildebrando recibían la solemne bendición
sacramental.
Está visto que sobre la tierra, habiendo hembra y varón de por medio,
todo, hasta las apariciones de almas en pena, remata en matrimonio, que
es el más cómodo y socorrido de los remates para un novelista.